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Jesús, el hijo del hombre 5

Anás

 

 

 

Jesús era un plebeyo

 

Pertenecía a la clase baja; un ladrón, un mistificador; un aventurero y vanidoso, que sólo tocaba su clarín para sí. Nadie lo tuvo en cuenta, más que los herejes y los miserables, y por eso su camino era el de la gente viciosa, malvada, deshonesta y sucia.

Se burló de nosotros y de nuestras leyes; se mofó de nuestro honor y de nuestra dignidad. Era tanta su locura que osó manifestar ante la muchedumbre que derribaría el Templo y profanaría los Santos Lugares.

Era muy casto y altivo, y por ello lo condenamos a muerte humillante y vergonzosa. Venía de Galilea, que es suelo de todos los pueblos; un forastero del Norte, donde Adonis y Astarté siguen disputando a Israel y a su dios su dominio sobre su pueblo. Aquel, cuya lengua farfullaba las parábolas de nuestros profetas, terminó alzando su voz, hablando y arengando en la lengua de los bastardos, a la canalla y la ralea que le seguía. ¿Qué otra cosa podía yo hacer que condenarlo a muerte? ¿No soy el Sumo Sacerdote, guardián del Templo y cumplidor de la Ley? ¿Podía volverle mis espaldas, diciendo tranquilamente: “Este es un loco suelto entre locos; dejadle seguir en paz su camino hasta que su locura lo consuma, por cuanto los locos e idiotas poseídos por espíritus malignos no obstruyen el camino de Israel?”

¿Cómo podía yo cerrar mis oídos a sus palabras, cuando nos insultó llamándonos impostores, hipócritas, chacales, hijos de víboras? No porque era un loco debía yo hacerme el sordo a sus ultrajes. Era un pagado de sí mismo y por eso se atrevió a provocarnos y desprestigiarnos. Ordené que lo crucificaran para castigo y ejemplo de los que se hayan estigmatizado con su sello maldito.

Sé bien que bastante gente ha reprobado mi actitud, y algunos eran del Gran Consejo del Sanedrín, pero comprendí en aquel momento, y de ello estoy seguro ahora, que un hombre solo debería morir en aras de la Nación, para evitar que fuera arrastrada al caos y a la destrucción.

Un enemigo extranjero ha vencido al judaísmo, mas no debemos dejar que un enemigo de adentro también nos subyugue. Ningún hombre de aquel Norte maldito debe llegar hasta nuestra santidad, ni su sombra alcanzar a mancillar nuestra Arca Sacra.

 

Una vecina de María

 

 

 

Elegía

 

Al cumplirse los cuarenta días de su muerte, fueron todas las vecinas de María a consolarla y a cantar sus elegías. Una de ellas cantó de esta manera:

¿A dónde, Primavera mía, a dónde,

Y hasta qué otro espacio se elevó tu perfume?

¿En qué huerta andarás?

¿Hasta qué firmamento alzarás tu cabeza

Para hablar y revelar lo que hay en tu corazón?

Se volverán desiertos estos vergeles,

Ya no tendremos campos rasos Y desiertos eriales.

Todo lo verde y lozano Se marchitará al Sol.

Nuestros jardines no darán más

Que manzanas agrias, y nuestros viñedos

No cargarán sino uva amarga.

Tendremos sed de tu vino

Y ansia de tu aroma.

¿A dónde ¡oh, flor de nuestra primogénita

Primavera! a dónde?

¿Volverás con nosotros?

¿No nos visitará más tu jazmín?

¿No crecerán más flores en

Las orillas del camino, con el

Perfume de tu corazón para advertirnos

Que nosotros también tenemos

Profundas raíces en la tierra,

Y que nuestros suspiros no interrumpidos

Permanecerán elevándose por siempre

Hacia el cielo?

¿A dónde ¡oh, Jesús! a dónde?

¡Oh, hijo de mi vecina María

Y amigo de mi hijo querido!

¿Para dónde ¡oh, nuestra

Primogénita Primavera! y a cuál

Erial te vas?

¿Volverás otra vez a

Estar con nosotros?

¿Visitarás, en la marea de tu Amor,

Las desiertas playas de nuestros sueños?

 

 Ahaz,posadero obeso

 

 

 

La cena antes de Pascua

 

Recuerdo fielmente la última vez que me visitó Jesús el Nazareno. A la hora del mediodía de un jueves llegó Judas y me pidió preparara una cena para Jesús y sus discípulos. Me entregó dos piezas de plata y me dijo:

-Compra todo cuanto sea necesario para la cena.

Al irse dijo mi esposa:

-Para nosotros es un inmerecido honor, porque Jesús es ya un gran Profeta y sus portentos son muchos.

Al declinar la tarde llegó Jesús con sus discípulos y subieron a la planta superior y se sentaron alrededor de la mesa. Estaban silenciosos, como si el Ave estuviese volando sobre sus cabezas. En otras ocasiones vinieron a mi casa pero satisfechos y alegres, cortaban el pan, escanciaban el vino y cantaban nuestras viejas canciones, o escuchaban a Jesús que solía hablarles con animación hasta medianoche, para luego dejarlo solo, porque así él lo deseaba.

Permanecía despierto toda la noche; yo escuchaba el eco de sus pasos. Esta vez me pareció que estaban preocupados él y sus amigos. Mi esposa había preparado pescado del lago, con gangas de Hurán y rellenos de arroz y granos de granada. Yo les serví vino de mi propia cosecha. Observé que deseaban estar solos, y así permanecieron hasta la hora del mogreb, en que se fueron. Jesús, antes de salir, nos dijo a mí y a mi esposa, poniendo su mano sobre la cabeza de mi hija:

-Buenas noches. Retornaremos a vuestra casa y no nos iremos tan temprano como ahora; permaneceremos con vosotros hasta el alba. Volveremos pronto y os pediremos mayor cantidad de pan y vino. Nos habéis tratado bien y os recordaremos cuando lleguemos a nuestra casa y nos sentemos a nuestra mesa.

-He tenido mucho honor en servirte, Señor -respondí-. Mis colegas posaderos me envidian el honor de estas visitas tuyas. Me río con soberbia de ellos en la plaza pública y les vuelvo la espalda.

-Todos los posaderos deben sentirse honrados cada vez que sirven, porque quien da el pan y el vino es hermano de aquel que siega y recoge las gavillas para llevarlas a la era; también es hermano del que estruja la uva en el lagar. Todos vosotros sois generosos, porque dais de vuestros bienes al que llega a vuestra casa con su hambre y su sed.

Luego, hablándole a Judas, que llevaba la bolsa de la Comunidad, le dijo

-Dame dos ciclos.

-Son las dos últimas monedas de plata que quedan en nuestra bolsa -advirtió Judas, dándoselas.

Jesús lo envolvió con su mirada y contestó:

-Pronto tu bolsa se colmará de plata -y poniendo las monedas en mi mano, añadió-: Compra una blusa de seda para tu hija, para que la. luzca en la Pascua, en recuerdo nuestro.

Contempló a mi hija, la besó en la frente, y echó a caminar, saludando:

-Buenas noches a todos.

Ahora me dicen que todo lo que nos dijo esa noche lo escribió uno de sus discípulos sobre cuero fino y lo guardó en su casa; mas yo lo relato tal como lo he oído de sus labios. Mientras viva recordaré el timbre armonioso de su voz, cuando se despidió diciéndome: “Buenas noches a todos”.

Si deseáis saber más sobre este nuevo Profeta, preguntad a mi hija, que hoy ya es mujer, y no trocaría sus recuerdos de su infancia por todo. el oro del mundo. Ella está más preparada que yo para hablaros sobre Él.

 

Barrabás

 

 

 

La cena antes de Pascua

 

Recuerdo fielmente la última vez que me visitó Jesús el Nazareno. A la hora del mediodía de un jueves llegó Judas y me pidió preparara una cena para Jesús y sus discípulos. Me entregó dos piezas de plata y me dijo:

-Compra todo cuanto sea necesario para la cena.

Al irse dijo mi esposa:

-Para nosotros es un inmerecido honor, porque Jesús es ya un gran Profeta y sus portentos son muchos.

Al declinar la tarde llegó Jesús con sus discípulos y subieron a la planta superior y se sentaron alrededor de la mesa. Estaban silenciosos, como si el Ave estuviese volando sobre sus cabezas. En otras ocasiones vinieron a mi casa pero satisfechos y alegres, cortaban el pan, escanciaban el vino y cantaban nuestras viejas canciones, o escuchaban a Jesús que solía hablarles con animación hasta medianoche, para luego dejarlo solo, porque así él lo deseaba.

Permanecía despierto toda la noche; yo escuchaba el eco de sus pasos. Esta vez me pareció que estaban preocupados él y sus amigos. Mi esposa había preparado pescado del lago, con gangas de Hurán y rellenos de arroz y granos de granada. Yo les serví vino de mi propia cosecha. Observé que deseaban estar solos, y así permanecieron hasta la hora del mogreb, en que se fueron. Jesús, antes de salir, nos dijo a mí y a mi esposa, poniendo su mano sobre la cabeza de mi hija:

-Buenas noches. Retornaremos a vuestra casa y no nos iremos tan temprano como ahora; permaneceremos con vosotros hasta el alba. Volveremos pronto y os pediremos mayor cantidad de pan y vino. Nos habéis tratado bien y os recordaremos cuando lleguemos a nuestra casa y nos sentemos a nuestra mesa.

-He tenido mucho honor en servirte, Señor -respondí-. Mis colegas posaderos me envidian el honor de estas visitas tuyas. Me río con soberbia de ellos en la plaza pública y les vuelvo la espalda.

-Todos los posaderos deben sentirse honrados cada vez que sirven, porque quien da el pan y el vino es hermano de aquel que siega y recoge las gavillas para llevarlas a la era; también es hermano del que estruja la uva en el lagar. Todos vosotros sois generosos, porque dais de vuestros bienes al que llega a vuestra casa con su hambre y su sed.

Luego, hablándole a Judas, que llevaba la bolsa de la Comunidad, le dijo

-Dame dos ciclos.

-Son las dos últimas monedas de plata que quedan en nuestra bolsa -advirtió Judas, dándoselas.

Jesús lo envolvió con su mirada y contestó:

-Pronto tu bolsa se colmará de plata -y poniendo las monedas en mi mano, añadió-: Compra una blusa de seda para tu hija, para que la. luzca en la Pascua, en recuerdo nuestro.

Contempló a mi hija, la besó en la frente, y echó a caminar, saludando:

-Buenas noches a todos.

Ahora me dicen que todo lo que nos dijo esa noche lo escribió uno de sus discípulos sobre cuero fino y lo guardó en su casa; mas yo lo relato tal como lo he oído de sus labios. Mientras viva recordaré el timbre armonioso de su voz, cuando se despidió diciéndome: “Buenas noches a todos”.

Si deseáis saber más sobre este nuevo Profeta, preguntad a mi hija, que hoy ya es mujer, y no trocaría sus recuerdos de su infancia por todo. el oro del mundo. Ella está más preparada que yo para hablaros sobre Él.

 

Claudio,centurión romano

 

 

 

Jesús era un gran jefe

 

Después de arrestarlo me lo entregaron. Poncio Pilatos me ordenó que lo incomunicara hasta el día siguiente. Se dejó prender tranquilamente. Yo tenía por costumbre hacer inspecciones nocturnas en la tropa a mi cargo, pero esa noche me dirigí a la sala de armas porque allí estaba el preso. Encontré a mis soldados y a unos jóvenes judíos distrayendo su aburrimiento y burlándose de él. Le habían quitado su ropa y colocado en su cabeza una corona hecha con ramas espinosas. Lo habían sentado al pie de una columna, con una caña en sus manos, y bailoteaban y gritaban alrededor de él. Al verme, uno de ellos exclamó:

-¡Mira, centurión, al rey de los judíos!

Me detuve frente a él y lo contemplé. Súbitamente me sentí avergonzado, sin explicarme por qué. En las Galias y España libré muchas batallas, hallándome frente a la muerte muchas veces; jamás tuve miedo y nunca fui cobarde, pero frente a aquel hombre perdí toda mi valentía cuando me miró, y tuve miedo; sentí que mis labios se habían sellado y no pude pronunciar una sola palabra. En el acto abandoné la sala.

Sucedió esto hace treinta años. En ese entonces mis hijos eran pequeños; hoy son hombres que sirven al César y a Roma; cada vez que los reúno para darles mis órdenes y consejos, les hablo de aquel hombre que mientras moría pedía a su padre perdón para sus verdugos.

Yo soy anciano, he vivido sin privarme de nada y creo que ni Pompeyo ni César tenían el don de mando de aquel galileo, porque desde su muerte, que se ejecutó sin resistencia, se formó un ejército enorme en la tierra, para defender su nombre y combatir por él.

Y a pesar de haber muerto se le sirve y venera, lo que Pompeyo ni César jamás obtuvieron de sus soldados y partidarios.

 

Santiago,hermano del Rabí

 

 

 

La última cena

 

Mil veces me ha visitado el recuerdo de esa noche, y ahora sé bien que mil veces más volverá a visitar mi mente.

La tierra se olvidará de los surcos que hieren su pecho; la mujer olvidará el dolor y el placer del alumbramiento, mas yo no me olvidaré de aquella noche en tanto esté vivo.

Una vez, estando fuera de los muros de Jerusalén, nos dijo Jesús:

-Vayamos a la ciudad a comer en la posada.

Cuando llegamos ya era de noche y todos teníamos apetito. Tan pronto como nos vio, el posadero se apuró a recibirnos cordialmente, conduciéndonos al comedor de la planta alta. Jesús nos pidió que nos sentáramos alrededor de la mesa, pero Él permaneció de pie y dijo al posadero:

-Tráenos una jarra, agua y toalla. Luego nos miró dulcemente y nos dijo: -Sacaos vuestras sandalias.

No entendimos sus intenciones, pero obedecimos. Llegó el posadero con lo que Jesús había pedido y fue entonces cuando nos dijo su voluntad:

-Os lavaré los pies, porque es preciso que yo les quite el polvo del viejo camino, para que podáis entrar libres en el Nuevo Camino.

Quedamos perplejos y ruborizados. Simón Pedro se levantó y pretextó:

-¿Cómo permitiré que mi Señor y Rabí se moleste en lavarnos los pies?

-Lavaré vuestros pies -replicó Jesús- para que no os olvidéis que aquel que sirve a los hombres será más grande que todos los hombres.

Paseó su vista por nosotros y agregó:

-El Hijo del Hombre que os ha elegido por hermanos y cuyos pies han sido ungidos con ungüentos árabes y secados por el cabello de una mujer, quiere, a su vez, lavar vuestros pies.

Echó agua en la jofaina, se arrodilló y nos lavó los pies, comenzando por Judas el Iscariote. Cuando hubo terminado se sentó entre nosotros. Su rostro resplandecía cual una aurora sobre un campo de batalla luego de una noche de combate sangriento.

El posadero y su cónyuge trajeron la comida y el vino. Antes del lavado yo tenía apetito, pero después lo perdí. En mi garganta había llama sacra que no quise apagar con vino. Tomó Jesús un pan y dio un pedazo a cada uno de nosotros, diciéndonos:

-Tal vez ya no comeremos más pan juntos: comamos, pues, este trozo en recuerdo de nuestros días de Galilea.

Acto seguido llenó su vaso de vino y después de beber un sorbo lo pasó a nosotros, diciéndonos:

-Bebed este vino, recordando la sed que juntos hemos conocido. Bebed con la fe de una vendimia nueva y mejor. Cuando me ausente de vosotros, partid el pan cada vez que os reunáis aquí o en otro lugar, y bebed tal como en este momento lo hacéis; luego mirad en derredor de vosotros, que quizá me hallaréis allí.

Y nos repartió pescado y ganga, igual al ave que da alimento a sus pichones. A pesar de que comimos muy poco nos sentíamos hartos y satisfechos. Apenas entonamos unos sorbos, nos pareció que la copa que teníamos delante era un espacio entre esta tierra y otra distinta. Al terminar nos dijo Jesús:

-Levantémonos, y antes de abandonar esta mesa cantemos los cantos de alegría que juntos entonamos en Galilea. Nos pusimos de pie y cantamos; pero su voz sobresalía de las nuestras y en cada tono tenía una armonía particular. Cuando concluimos nos miró a cada uno y dijo:

-Me despido de vosotros por ahora. Encaminémonos a Getsemaní, lejos de estos muros.

-Maestro ¿por qué te despides esta noche de nosotros? -inquirió Juan el hijo de Zebedeo.

-Nada temáis, no os dejaré hasta que os prepare lugar en casa de mi Padre, pero si tenéis necesidad de mí volveré a estar con vosotros; os oiré cuando me llaméis; donde vuestro espíritu me solicite, allí estaré. Recordad que la sed conduce al lagar y el hambre al festín de la boda. Vuestro anhelo os eleva hasta El Hijo del Hombre, porque es la Fuente santa del Amor y el Camino seguro que conduce al Padre.

-Si en verdad nos dejas ¿cómo podremos guiarnos hacia nuestras alegrías, y por qué hablas de separarnos?

-El gamo perseguido conoce la flecha del cazador antes de que se clave en su pecho. El arroyo conoce el mar antes de llegar a la playa. Así es El Hijo del Hombre, que ha recorrido todos los senderos de los hombres. Antes de reventar los botones de los almendros al calor del Sol, mi Árbol habrá buscado el corazón de otros campos.

-Maestro, no nos dejes ahora -rogó Simón Pedro- y no nos prives de la dicha de tu presencia entre nosotros. Iremos donde tú vayas y estaremos a tu lado en cualquier lugar.

Posó Jesús sus manos sobre los hombros de Simón Pedro y le contestó:

-¡Quién sabe si no me negarás antes de terminar esta noche, y me dejarás antes de que yo te deje! -Y súbitamente, dirigiéndose a todos, dijo:

-Vámonos.

Dejamos la posada, y cuando llegamos a la puerta de la ciudad advertimos la ausencia de Judas Iscariote. Pasamos el Valle del infierno. Jesús iba al frente. Al llegar al Monte de los Olivos se detuvo y nos dijo:

-Descansad en este lugar.

La tarde era fría, no obstante hallarse la Primavera a mitad de su carrera. Las moreras reverdecidas y los manzanos en pleno florecimiento. Tenían los jardines encantos de suprema belleza. Cada uno de nosotros se recostó al tronco de un árbol. Yo me recosté debajo de un pino y me envolví en mi manto. Jesús se fue solo al huerto. Yo lo miraba mientras los demás dormían. El Maestro, tranquilo y sereno se paseaba en corto trecho, hasta que deteniéndose, alzó su cabeza hacia el cielo, extendió sus manos hacia el Levante y luego al Poniente. Le oí decir: “El Cielo, la Tierra y el infierno mismo proceden del hombre”. Recordé esas palabras y comprendí que el Hombre que se paseaba a mi vista en el Monte de los Olivos, era el Cielo transformado en Hombre, y pensé que el vientre de la Tierra no es el Principio ni el Fin, sino un vehículo y una estación; una sensación de asombro y de maravilla. También he visto a Gehena en el valle conocido por el infierno, que estaba elevado entre Jesús y la Ciudad Santa.

Yo seguía tendido en el suelo, envuelto en mi manto. Le oía hablar, pero no con nosotros. Tres veces le escuché pronunciar “Padre” y es todo lo que pude oír. Bajó sus brazos y quedó como en éxtasis, de pie, erguido cual un álamo entre mis ojos y el firmamento.

Finalmente se volvió hacia donde estábamos nosotros, ya dormidos, y nos despertó diciéndonos:

-Despertaos y levantaos, ya está cerca mi Hora y el mundo se alza armado en mi contra y se prepara para el combate. Hace un segundo oí la voz de mi Padre, y si no vuelvo más a veros, no olvidéis que el Victorioso no gozará de la paz hasta caer vencido.

Nos levantamos y acercamos a Él y vimos que su cara era como un cielo enjoyado sobre el desierto. Besó a cada uno de nosotros en la frente; sentí que en sus labios había el fuego de un niño afiebrado. En esas circunstancias percibimos fuertes rumores y ruidos que procedían de la entrada del monte; parecía acercarse una multitud, pues se oía bullicio de gentes cuanto más se acercaban los ruidos. Repentinamente aparecen hombres que vienen a todo correr, con antorchas, garrotes y armas. Jesús fue a su encuentro. Los guiaba Judas el Iscariote. Eran soldados romanos y populacho. Judas se adelantó y besó a Jesús, y señaló a los soldados:

-Este es.

Jesús dijo a Judas:

-Me tuviste mucha paciencia ¡oh, Judas! -Y hablándole a los soldados, añadió:-Llevadme con vosotros, pero tratad que vuestra jaula sea muy grande, para que en ella puedan caber estas alas.

Se arrojaron sobre Jesús y lo prendieron entre gritos y vocerío.

El terror me hizo huir para librarme de ellos. Huí sin pensar en nadie durante toda la noche. Al amanecer me encontré en una aldea cerca de Jericó. ¿Por qué abandoné a Jesús? No lo sé. Me siento triste y arrepentido de mi cobardía. Así, avergonzado y arrepentido, volví a Jerusalén. Allí lo habían. encerrado e incomunicado. Después lo crucificaron. Su sangre creó nuevo polvo sobre la tierra. Yo todavía estoy vivo, pero alimentándome con el panal de miel que su vida elaboró.

 

Simón Cireneo

 

 

 

Cómo lo ayudé a llevar la cruz

 

Me dirigía yo al campo cuando lo vi cargado con la cruz y seguido de la multitud, y me agregué a los que iban al lado de él. El peso de su carga lo hizo detenerse varias veces, a medida que sus fuerzas se agotaban. Un soldado me dijo:

-Acércate; eres fuerte y fornido; ayuda a este hombre a llevar su cruz.

Al oír esas palabras mi alma bailó de alegría y aprovechando la ocasión cargué gustoso con la cruz.

Era pesada, por haber sido construida de madera húmeda de pino. Jesús me miró, mientras el sudor de su frente empapaba su barba y me dijo:

-Tú también bebes este cáliz; verdaderamente te digo, que lo apurarás conmigo hasta el fin de los siglos.

Y posó su mano sobre mi hombro y así caminamos juntos hasta la colina del Gólgota. Pero, puesta su mano sobre mi hombro yo no sentía el peso de la cruz; sólo sentía el de su mano, que era cual el ala de un ave. Cuando llegamos a la explanada de la colina, donde todo estaba pronto para la crucifixión, sentí entonces todo el peso de la madera.

Cuando hundieron los clavos en sus manos y pies, no pronunció una sola palabra, ni salió de su boca una sola queja; tampoco tembló su cuerpo bajo los golpes del martillo. Yo creí que sus manos y pies habían muerto y que en ese instante volvían a la vida bañados en su sangre; mas Él anhelaba los clavos como el príncipe su cetro, y quería elevarse hacia lo alto, muy alto.

Mi corazón no tuvo la advertencia de ocuparse de Él, porque la perplejidad llenaba mi ser. Y he aquí el hombre cuya cruz yo había llevado, que se trueca su cruz en mía. Pues si me dicen otra vez: “lleva la cruz de ese hombre”, la portaría con mucho gusto, hasta que me conduzca al camino del sepulcro. Pero entonces le rogaría que sobre mi hombro pusiera su mano.

Esto ha pasado hace muchos años, mas toda vez que sigo el surco de mi campo y cuando el sueño trata de apoderarse de mí, pienso en aquel Hombre querido y siento su Mano Alada posarse aquí, sobre mi hombro izquierdo.

 

 Ciborea,madre de Judas Iscariote

 

 

 

Habla de su hijo

 

Mi hijo era un hombre correcto y virtuoso, y muy amable y cariñoso en su trato conmigo. Amaba a su familia, parientes y compatriotas, y aborrecía a nuestros malditos enemigos, los romanos que se visten de púrpura sin que hayan tejido una sola pieza ni se hayan sentado ante ningún telar; que cosechan y acopian sin sembrar ni crear.

Mi hijo tenía diecisiete años cuando lo prendieron por primera vez, por haberlo sorprendido arrojando flechas contra la guardia romana que pasaba por nuestro campo. En aquella edad hablaba a los jóvenes del pueblo, de la gloria de Israel, pronunciando discursos que yo no podía comprender. Era un hijo muy cariñoso; también era el único. Bebió la vida en este seno ya seco. Ensayó sus primeros pasos en este jardín, agarrado siempre a estas hoy temblorosas manos, que en aquellos tiempos eran más frescas que las uvas del Líbano. He guardado sus primeras sandalias en un lienzo de seda, regios de mi madre, que aún conservo en aquella aliazana que todavía está cerca de la ventana.

Cuando dio sus primeros pasos sentí que yo con él los daba, porque las mujeres no viajan sino cuando son conducidas por sus hijos.

Me han dicho que se suicidó tirándose desde lo alto de un peñasco, por haberse arrepentido de haber entregado a su amigo Jesús el Nazareno a sus enemigos. Estoy segura que no traicionó a nadie, porque amaba a los hombres de su raza y detestaba a los romanos. Un solo norte tenía en su vida: la gloria de Israel; era el tema obligado de sus pláticas y discursos.

Cuando conoció a Jesús me abandonó y lo siguió. Yo sabía que Judas se equivocaría siguiendo a cualquier hombre, porque había nacido para mandar y no para ser mandado. Al despedirse de mí le advertí de su error, pero no quiso oírme. Nuestros hijos no oyen nuestros consejos; son la marea de hoy que no quiere oír la marejada del ayer.

Os ruego no me preguntéis nuevamente por mi hijo. Lo amé y lo amaré hasta el fin de mis días.

Si el amor estuviera en la carne, quemaría la mía con hierros candentes para conseguir mi salvación; pero el amor está en lo más hondo del alma, hasta donde no se puede llegar: Ahora quiero callarme. Id y preguntad a otra madre más honrada y más noble que la de Judas; id a la madre de Jesús, por cuyo corazón pasó también la espada; ella os hablará de mí, y así entenderéis mejor.

 

Una mujer de Biblos

 

 

 

Elegía

 

Llorad conmigo ¡oh, hijas de Astarté y amantes de Tammuz! Que vuestros corazones se expriman y se derramen cual lágrimas de sangre;

Porque Aquel que fue concebido de oro y marfil ya no está más con nosotros.

Lo embistió el jabalí en el bosque oscuro y destrozó su cuerpo con sus colmillos.

Hoy duerme ensangrentado con las hojas de los años ya idos; El eco de sus pisadas no despertará más las semillas que duermen en el regazo de la Primavera.

Su voz no vendrá más con el alba a mi ventana. Viviré eternamente sola.

Llorad conmigo ¡oh, hijas de Astarté y amantes de Tammuz! porque mi Amado se escapó de mis manos.

Mi Amado hablaba como los ríos; su voz y su tiempo eran gemelos.

La boca de mi Amado era un dolor en llamas y luego se transformó en dulzura.

El Amado era Aquel en cuyos labios el acíbar se volvía miel. Llorad conmigo ¡oh, hijas de Astarté y amantes de Tammuz! Llorad conmigo alrededor de su ataúd como cuando lloran los astros;

Y como cuando los pétalos de la Luna caen sobre su cuerpo lastimado.

Mojad con vuestras lágrimas los cobertores de seda de mi lecho; Allí donde descansó mi Amado una vez en mi sueño y luego Se apartó de mis horas de vigilia.

Os conjuro ¡oh, hijas de Astarté! y todos los que amáis a Tammuz que lloréis conmigo; pues Jesús el Nazareno

Ha muerto.

María Magdalena

(Treinta años después)

 

 

 

La resurrección del Espíritu

 

Nuevamente digo que Jesús triunfó sobre la muerte por la muerte misma; resucitó en Espíritu y Fuerza y caminó en nuestra soledad; visitó el jardín de nuestro amor y de nuestros anhelos.

Él no duerme allí, sobre aquella roca labrada, detrás de aquella mole. Nosotros, los que amamos a Jesús, lo hemos visto con estos ojos a los que Él mismo ha dado la luz, y lo hemos tocado con esas manos que Él enseñó a abrirse y a tenderse. A todos los que no pensáis en Él os conozco; yo era uno de vosotros. Hoy sois muchos, pero mañana seréis menos. Mas, decidme, ¿es necesario quebrar vuestro laúd para hallar la música que encierra? ¿Es menester cortar el árbol antes de tener fe en sus frutos?

Vosotros aborrecéis a Jesús porque un Hombre del Norte dijo que era un Hijo de Dios; mas vosotros os odiáis entre vosotros, porque cada uno de vosotros se cree mucho más que un hermano para los otros.

Vosotros lo detestáis porque unos dijeron que nació de una mujer virgen y no del semen de ningún hombre. Vosotros no conocéis a las madres que se van a la tumba aún vírgenes, ni a los hombres que se dirigen a sus sepulturas ahogados en su sed. Vosotros no sabéis que la Tierra se desposó con el Sol, y que la Tierra es la que nos envía al desierto y a la montaña.

Hay un abismo que bosteza entre los que aman a Jesús y los que lo aborrecen; entre los que creen en Él y los que no creen. Cuando los años construyan un puente entre esas orillas opuestas, sabréis entonces que quien vivió en nosotros no morirá, porque era el Hijo de Dios, de la misma manera como nosotros somos también hijos de Dios; y que Él ha nacido de una mujer virgen, tal como hemos nacido de la Tierra que no tiene esposo.

Es curioso y extraño que la Tierra no diera a los creyentes más que las raíces que se nutren de su seno y alas para elevarse y beber el rocío del espacio.

Mas yo sé que sé, y en esto hay demasiado para mí.

 

Opina un hombre del Líbano 

 

 

 

19 siglos más tarde

 

¡Príncipe de los poetas!

¡Oh, soberano de las silenciosas parábolas! Siete fueron las veces que he nacido y siete las veces que he muerto, luego de tu rápida visita y nuestra apresurada recepción.

Otra vez vivo, me encuentro rememorando ese tiempo en cuyo espacio tu marejada nos ha alzado, entre un solo amanecer y un solo crepúsculo, sobre valles y montañas.

Luego he caminado muchos senderos y navegado en muchos océanos, y a cualquier lugar que las caravanas por la tierra y las embarcaciones por las aguas me llevaran, escuché tu nombre, ya en la oración que brotaba de lo hondo del espíritu, ya en las búsquedas de la mente, porque las personas se dividen en dos facciones: una te bendice y la otra te maldice. Pero, la maldición es indicio seguro del fracasó, en tanto que la gracia es el cantar del cazador triunfante que vuelve de cazar pleno y feliz.

Tus compañeros moran aún entre los hombres, para nuestra consolación y ayuda. Asimismo tus enemigos entre nosotros están, y ello aumenta nuestra valentía y nuestra fe.

Tu madre se encuentra entre nosotros; he podido ver la luz de su semblante en el rostro de todas las madres. Su mano mece tiernamente la cuna de todos los niños del planeta, de la misma forma como prepara misericordiosamente las mortajas.

María Magdalena, esa mujer que probó el vinagre de la vida escanciando luego su ambrosía, no se ha ido todavía de entre nosotros. Y Judas, ese hombre de ruinas y rastreras ambiciones y sufrimientos, aún existe y pisa nuestro suelo, y sigue cazándose a sí mismo, y no encontrando otra presa que su propio “yo”, se autoelimina, tratando de hallar otro “yo” más elevado.

Y Juan, cuya juventud ha sido regalada por la belleza, asimismo se halla con nosotros. Prosigue cantando aunque nadie lo oye. Y Simón Pedro, el fogoso, el impulsivo, que negó saber tu nombre a fin de prolongar su vida para conocerte mejor, continúa sentado alrededor de nuestras fogatas; tal vez tenga que negarte nuevamente antes que raye la aurora del día que nace, sin embargo, está predispuesto a inmolarse sin considerarse digno de tal honor.

Y Caifás y Anás aún gozan de la luminosidad de las mañanas, juzgando y dictando sentencia al culpable tanto como al inocente, descansando en sus colchones de plumas en tanto que el látigo flagela la espalda del condenado.

La mujer adúltera continúa asimismo entre nosotros, con hambre del pan que todavía no ha sido sacado del horno y habitando solitaria una casa desierta.

Poncio Pilatos está de pie ante ti, desvestido de su soberbia, dirigiéndose hacia ti con respeto. No osa arriesgar su puesto ni ponerse al frente de un pueblo extranjero. Todavía no ha concluido de lavarse las manos. Jerusalén todavía sostiene la aljofaina y Roma el jarro, en tanto que millares de manos aguardan turno para ser lavadas.

¡Príncipe de los poetas!

¡Oh, soberano de todo lo cantado y todo lo dicho! Las personas han erigido templos en tu nombre y en cada cumbre han alzado tu cruz, en forma de testimonio y símbolo de las huellas de tus vacilantes pasos, y no para felicidad de tu Espíritu, pues tu felicidad es una cima que se yergue más allá de sus ideas y sus premoniciones, y ello no brinda consuelo. Pretenden glorificar a ese ser que no han comprendido, pues… ¿qué consuelo pueden sentir ante un ser que es idéntico a ellos y cuya misericordia es cual la suya, o ante una divinidad que posee un amor idéntico al suyo y cuya piedad y complacencia es como la que ellos tienes?

No es su deseo idolatrar al hombre viviente, a ese hombre primigenio que entreabrió sus ojos y miró al Sol sin parpadear ni vacilar. No lo conocen y pretenden ser iguales a Él.

Desean vivir desconocidos y caminar en cortejos inexistentes. Desean portar su propia melancolía, y es por ese motivo que rehuyen el consuelo que brinda tu felicidad. Sus doloridas almas no buscan alivio en tus poemas ni en tus parábolas. Su sufrimiento silencioso y relajado los convierte en misántropos a los que nadie quiere visitar.

Y a pesar de vivir entre sus compatriotas y parientes transcurren la vida solitarios y sin amigos; peor no pueden sentirse solos y cuando el viento del Oeste sopla se inclinan hacia el del Levante. Te nombran Soberano y pretenden formar parte de tu corte y proclaman que eres el Mesías, pero en realidad lo único que quieren es ungirse a sí mismos con el óleo santo.

¡De qué forma tratan de vivir a tu costa, Señor!

¡Príncipe de los cantores! Tus lágrimas eran como gotas de rocío en Mayo, y tu risa como el oleaje del océano blanco, y en el momento que hablaste, tus frases tradujeron un distante balbucear de su boca, en tiempo que esa boca debía iluminarse por las llamas. Has sonreído para dar felicidad a su médula que no estaba capacitada para recibir la risa. Has vertido llanto para sus pupilas que nada sabían de lágrimas. Tus palabras eran un padre bondadoso para su mente y sus ideas y era también una madre cariñosa para su aliento y sus frases. Siete fueron las veces que he nacido y siete las veces que he muerto, y por segunda vez hoy puedo mirarte: guerrero entre guerreros; poeta entre poetas; monarca sobre todos los monarcas y un hombre desnudo entre los amigos, compañeros vagabundos que caminan a la orilla de los caminos. Todos los días, prelados y sacerdotes inclinan la frente al decir tu nombre, y los pordioseros piden limosna asimismo en tu nombre, diciendo: “¡Una moneda, para comprar pan, en nombre de Jesús!”

Los hombres nos suplicamos y rogamos los unos a los otros, pero en verdad únicamente a ti suplicamos y rogamos. Somos como la marea alta en la primavera de nuestras ambiciones y necesidades, y en cuanto llega nuestro otoño nos parecemos a la marea baja. Aún seamos gigantes o pequeños, patricios o plebeyos, en nuestros labios tu nombre siempre está presente. Eres el Señor Eterno de la Eterna Bondad.

¡Príncipe del Amor! La doncella espera tu llegada en su perfumada alcoba; te aguardan en su jaula la casada como la soltera; tanto la hetaira disoluta como la enclaustrada beata; te aguarda la infecunda detrás del cristal de su ventana, en donde la mano del cierzo helado ha bosquejado una selva fantástica, y que halla consuelo guardándote en sus ensoñaciones.

¡Príncipe de los poetas! ¡Príncipe de nuestras silenciosas ansias! La esencia del mundo repercute con el eco de los latidos de tu corazón. El mundo escucha tu voz con tranquilidad y paz, pero no se molesta en levantarse del lugar donde está sentado para adornar las laderas de tus montes. Los hombres desean soñar tus sueños, mas no desean despertarse con tu alborada, que es todavía más grande que tu sueño. Pretenden observar mediante tus ojos, pero sin encaminar sus entorpecidos pasos hacia tu trono. No obstante, muchos son los que se han colocado en ese trono invocando tu nombre, su testa coronada por tu poder, transformando tu visita áurea en coronas para sus frentes y cetros para sus diestras.

¡Príncipe de la luz! Tu mirada se encuentra en el tacto vidente de los ciegos; todavía se te desprecia, se te mofa y escarnece. ¡Oh, hombre, tus debilidades no te permiten alcanzar a la divinidad! ¡Oh, Dios, tu esencia eterna y humana no permite que alcances la adoración! ¡Señor, cuanto te ofrendan las personas, ya sean oraciones o salmos, misas u Hosannas, no es más que para su propio “yo” preso, porque solamente tú eres ese distante “yo”, sus ansias y su grito lejano!

¡Señor, oh, gran espíritu celestial; héroe de nuestras doradas ensoñaciones! ¡Oh, tú que aún hoy permaneces caminando y entre nosotros habitas, ni espadas ni saetas detienen tu camino, pues avanzas imperturbable entre nuestras lanzas y flechas!

Desde tu Elevación nos sonríes, y no obstante ser menor en edad que todos nosotros, eres nuestro Padre. ¡Oh, poeta! ¡Oh, cantor! ¡Oh, enorme espíritu! ¡Que Dios bendiga tu nombre y el viento que te ha concebido y el seno que te ha amamantado! Y que Dios tenga misericordia de todos nosotros.

 

 

FIN

 

 

 

Jesús, el hijo del hombre 4

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