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Beatles + Drogas + Propaganda = Guerra – (Una de las armas mas poderosas del imperio)


Entra EMI

EMI, dirigida por el aristócrata sir Joseph Lockwood, son las siglas de Electrical Music Industries. Lo que la mayoría ignora es que esa empresa es una de las «principales productoras británicas de componentes electrónicos militares y miembro clave de la Inteligencia militar británica» , pues es una importante contratista de la Oficina de Guerra Británica. Más aún, el socio secreto de EMI era otra gran discográfica, RCA, también activa en el campo de la electrónica espacial y militar de las comunicaciones por satélite. Era un ejemplo clásico de lo que el presidente americano Dwight Eisenhower denominó el «complejo industrial militar», es decir, el Gobierno Mundial concentrando todo el poder cada vez en menos manos. A mediados de la década de 1960, la división de música de la EMI había crecido hasta tener más de setenta mil empleados y unas ventas que superaban los tres mil millones de dólares .

Fue EMI la que creó el mito de la gran popularidad de los Beatles. Bajo la dirección de George Martin (director de grabaciones de Parlophone, una filial de EMI, y él mismo un músico con talento) y Brian Epstein, los Beatles fueron «lavados y limpiados y se les peinó al estilo de los Beatles. » Martin creó en su estudio de grabación a los Beatles y al entorno de celebridades que les seguía, y Theodor Adorno les escribió sus melodías y letras. Esta información, huelga decirlo, fue siempre ocultada al público.


Entorno de celebridades

Uno de los elementos clave del lavado de cerebro en masa aplicado a la opinión pública fue el papel que la publicidad, y por extensión el «culto a la fama», jugó en diseminar lo que los controladores del Bilderberg en el Tavistock querían que la gente creyera.

En la década de 1920, en tiempos de paz, Edward Bernays tomó la propaganda y la rebautizó como «relaciones públicas», creando con ello la sociedad de consumo (de la que se decía que era la guinda del pastel que se suponía era el capitalismo de libre mercado) con la ayuda de los primeros avales de famosos y “product placements”, considerando las teorías de la psicología de masas y los esquemas de persuasión política y empresarial sobre las creencias del ciudadano medio, apelando «por encima de la mente» a las emociones y al instinto.

Su fama, a su vez, se vería «aumentada por los medios utilizando estrellas de cine», es decir, celebridades «que se puedan convertir en líderes de opinión», con tanto poder para inclinar la opinión pública en uno u otro sentido como los políticos; con la llegada de los Beatles, el mismo principio se aplicó también a ellos y, por extensión, al rock and roll.

Así se creó el concepto de «celebridad» y, desde entonces, la televisión lo ha fomentado como algo que pocas personas alcanzan. ¿Y qué es una celebridad sino el pseudo- acontecimiento definitivo, fabricado con el propósito de satisfacer nuestras expectativas de grandeza humana? Es la historia de éxito definitiva del siglo XX en su persecución de una ilusión. Se ha creado un nuevo molde, de modo que humanos comercializables, héroes modernos, puedan ser producidos en masa para satisfacer al mercado sin el menor inconveniente. Las cualidades que hoy convierten a un hombre o a una mujer en una marca «anunciada a nivel nacional» son, de hecho, una nueva categoría del vacío humano.

«Y en este agujero negro, caracterizado por la explotación que realiza la publicidad de tantas imágenes idealizadas (por ejemplo, los Beatles y su imagen adolescente, fomentada con el objetivo de que fueran “descubiertos” por los propios adolescentes), se interpone cualquier religión que prometa acabar con el ciclo de idolatría y ponernos en contacto con el gran ideal que trasciende todos los demás: Dios, la inmortalidad, la conciencia cósmica, la iluminación, el mundo espiritual, el yo profundo o cualquier nombre que se le dé. » Utilizando técnicas que son básicamente religiosas, el Tavistock, sin darse cuenta, publicita la religión, pues anima a la gente a creer que los ideales más importantes y atractivos de nuestra cultura pueden conseguirse con facilidad, «sólo con encontrar el producto adecuado o, por extensión, al salvador, filosofía, iglesia, gurú o culto adecuado ». Es una cultura que ha preferido la ilusión a la realidad.


Los Beatles salen a escena

En agosto de 1963, durante la primera gran aparición televisada del grupo en el Palladium de Londres, resultó obvio lo que los medios habían preparado para el consumo de las masas. Según la prensa londinense, «miles de seguidores de los Beatles generaron disturbios». Al día siguiente, en la portada de los grandes periódicos de Gran Bretaña apareció la noticia de que «la policía trató de contener a miles de adolescentes histéricos». «La noticia era un fraude», escribe Philip Norman en Shout! The in Their Generation. Según Elizabeth Jane Horbay, una actriz canadiense que estudiaba en Londres en aquellos momentos y que estuvo presente durante el supuesto caos desatado por los Beatles, «no hubo disturbios. Yo estuve allí. Sólo vi unas cuantas chicas gritando todo lo que podían».

Seis meses después, en febrero de 1964, la gira de los Beatles llegó a Estados Unidos, «y con ellos llegaron los disturbios amañados en el aeropuerto Kennedy, donde supuestamente fueron acosados por miles de adolescentes histéricas» . La prensa estadounidense anunció inmediatamente que la «beatlemanía» había llegado a Estados Unidos . Pero sin lugar a dudas se sabe que las chicas «histéricas» eran, en realidad, estudiantes de una escuela pública del Bronx que habían sido llevadas al aeropuerto para que «actuaran» ante el público norteamericano y fueran grabadas por las cadenas de televisión a cambio de veinte dólares como parte de un plan ideado por el Tavistock para hacer que aquella banda limpia de rock pareciera popular.

Sin embargo, para terminar de convencer a los fans de que los Beatles eran populares fue necesario crear el mismo tipo de circo mediático que hoy estamos acostumbrados a esperar de la industria del espectáculo. Para lanzar la primera gira de los Beatles, los medios crearon una de las mayores audiencias de la historia. «Durante dos domingos seguidos, algo sin precedentes, en el programa de Ed Sullivan –nos cuenta Donald Phau en The Satanic Roots of Rock-, más de setenta y cinco millones de norteamericanos vieron cómo los Beatles agitaban la cabeza y movían el esqueleto en un ritual que pronto iba a ser copiado por cientos de futuros grupos de rock.»

El hombre encargado de que a los estadounidenses les «gustaran» los Beatles fue el mismo Walter Lippmann. Los Beatles, el grupo más parodiado y versionado de la historia de la música, fueron puestos ante el público norteamericano para que fueran descubiertos. Los adolescentes, que ignoraban lo que en realidad estaba pasando, fueron sometidos a un aluvión incesante de propaganda de la «música de los Beatles», hasta que acabaron convencidos de que les gustaba cómo sonaba y la adoptaron como propia junto con todo lo que la acompañaba . Al crear la ilusión de numerosas y «verificables» fuentes de información, los profesionales del lavado de cerebro engañan a la gente para que crea que lo que está contemplando es información objetiva y equilibrada, previniendo, así, que se genere la sensación de que no hay ningún control externo. Teniendo en cuenta que el Bilderberg controla prácticamente todos los medios de comunicación importantes del mundo, les resulta relativamente fácil conseguirlo.

«El grupo de Liverpool cumplió con las expectativas y «con un poco de ayuda de sus amigos», es decir, de las sustancias ilegales que llamamos drogas, crearon toda una nueva clase de jóvenes norteamericanos moldeados precisamente según la voluntad del Instituto Tavistock», afirma Coleman. Lyndon LaRouche, que escribe para la importante revista de investigación EIR, está de acuerdo con esta afirmación: «Los Beatles y los Animals, los Rolling Stones y los maníacos homicidas del punk-rock que les siguieron fueron, por supuesto, un producto espontáneo de la juventud alienada como lo fue la cultura del ácido que les acompañaba.»

Como el propio John Lennon ha dicho, un día estaban tocando versiones de canciones de otros grupos en bares mugrientos, en garitos de striptease y en clubes del Reino Unido y Europa, y al siguiente les presentaban a la reina de Inglaterra y a los jefes de gobierno de todos los países a los que iban. Pero la cosa fue todavía mucho más allá conforme su importancia. Y su efecto en la «cultura de los jóvenes» se convirtió en una cuestión política. Los jefes de Estado tomaron nota de lo mucho que les gustaba aquel grupo a sus ciudadanos y el Instituto Tavistok para la Conducta Humana se encontró, de repente, con una vía de entrada a todas las salas de estar de América.


El hombre responsable del éxito sin precedentes de los Beatles fue Theodor Adorno. Su arma secreta era un sistema de música atonal con una escala de doce tonos que parecía despertar sensaciones en el cerebro comunes a muchos humanos y que funcionaba especialmente en determinados grupos de edad. La escala de doce tonos o música atonal es un método de composición musical creado a finales de la década de 1910 por el compositor austriaco y agente secreto de la Inteligencia británica Arnold Schönberg. Describe a la música que no se adapta al sistema de jerarquías tonales, característico de la música europea de los siglos XVII y XIX, que trataba algunas notas como más importantes que otras en lugar de tratar cada uno de los doce semitonos de la escala cromática por igual. Al desarrollar esa idea musical, la idea de Schönberg era que actuara como alternativa a la armonía tonal como fuerza motora básica de la música.

«Esta nueva forma de música contribuiría a infligir en la psique y en el subconsciente de los norteamericanos una ruptura subliminal mucho más radical y al mismo tiempo totalmente graduada en los vínculos culturales familiares y religiosos de Estados Unidos», escribe Richard Warren Lipack en Epoch Moments and Secrets: John Lennon and the Betales as the mirror of man’s destinity. «Esto ocurrió de forma natural gracias al cada vez mayor tono desinhibido al que se sometía el cuerpo, el cerebro y el espíritu humano que la rápida progresión de la escala atonal aportaba fácilmente», concluye el mismo autor.

La escala atonal de doce semitonos consistía en sonidos graves y repetitivos que Theodor Adorno tomó de la música del culto a Dionisio y a los que aportó un sabor «moderno».


Dionisio, el dios de la fertilidad, el vino, el crecimiento y la predominancia extática encarnaba el extremo absoluto en el sentido en que trataba de inflamar las pasiones prohibidas del deseo humano, que es la liberación a través del éxtasis contra la cultura racional en la que la responsabilidad y el control consciente se convierten en algo secundario con respecto a los placeres sensoriales básicos. El aulos, un instrumento de dos juncos con un sonido similar al de un gran oboe, se asocia tradicionalmente al culto de Dionisio. El sonido de este instrumento imitaba intencionalmente los gemidos humanos. Los tambores también eran una parte importante de la música de Dionisio.

Si se la compara con Egipto, donde las celebraciones en honor a Osiris eran mucho más polirrítmicas, en Grecia no había mucha cultura sobre la percusión. Pero el tímpano, que generaba un sonido grave y vibrante a partir de la piel de animal, siempre se sacaba para Dionisio, al igual que las castañuelas gigantes conocidas como krotala. Mucha de esta música, además de conmovedora, era muy excitante y enérgica. De hecho, a veces se lausaba para acompañar orgías salvajes y alcoholizadas. «Lo más importante para los seguidores de Dionisio –escribe el economista y ex candidato a la presidencia de Estados Unidos Lyndon LaRouche en IER, una de las principales revistas semanales de investigación– es dejarse ir hacia las profundidades de expresar impulsos que combinan deseos sexuales e ira como una unidad, y expresar esta forma de “placer” en forma de un acto que viola un importante precepto de la propia conciencia.»


Así pues, debería resultar obvio para cualquier persona que reflexione sobre ello que la «cultura popular», y por extensión el rock and roll, no es un acontecimiento espontáneo o accidental, sino algo creado y controlado corporativamente. «Es producto de los estudios clásicos sobre el antiguo culto terrorista frigio de Satán-Dionisio, modelo de los cultos báquicos romanos de características similares», escribe LaRouche en el mismo artículo. «Básicamente la manifestación de este nuevo tipo de música fue, en realidad, un arma […] sacada a colación por unos “medios de comunicación” controlados.»


36- Donald Phau, The Satanic Roots of Rock.

37- Ibíd.

38- Ibíd.

39- Gerald Grow, Don’t Hate Me Because I’m Beautiful: A Commercial In Context, Association for Education in Jornalism and Mass Communication, Portland, 1988.

40- Ibíd.

41- Pero las imágenes idealizadas sólo elevan nuestro espíritu cuando existe alguna forma de moverte desde donde estás en la dirección de los valores implícitos en la imagen. Si no hay nada que nos conecte con la imagen, el ideal nos parece inalcanzable y nos sentimos ajenos a él, produciéndose así no una unión del público, sino una separación. Así pues, de una forma extraordinariamente hábil, la publicidad promociona la desesperación rodeándonos primero con imágenes de inalcanzable perfección. En segundo lugar, la publicidad promociona la desesperación al mostrar que el producto nos dará el ideal que buscamos cuando nunca puede hacerlo. La tristeza traiciona el idilio de anunciar ese mundo más que perfecto.

42- Donald Phau, The Satanic Roots of Rock.

43- «Tres mil seguidores reciben a los británicos Beatles», «Cuatro miembros de un grupo de rock and roll aclamados por adolescentes». «Tres mil adolescentes histéricas reciben a los Beatles», Paul Gardner, The New York Times, 8 de febrero de 1964, pp. 25-26.

44- Debido a su ámbito de influencia, «los medios de comunicación de masas son capaces de llegar a un enorme número de personas con mensajes programados o controlados, lo que es capital para la creación de “ambientes controlados”, necesarios pare el lavado de cerebro. Como las investigaciones del Tavistock demostraron, era importante que las víctimas del lavado de cerebro en masa no fueran conscientes de que su entorno estaba siendo controlado», L. Wolfe, «Brainwashing: How the British Use the Media for Mass Psychological Warfare», en American Almanac, 5 de mayo de 1997.

45- Richard Warren Lipack, Epoch Moments and Secrets: John Lennon and The Beatles at the Mirror of Man’s Destinity, Barrister Publishers, 1996

Referencia: Los secretos del club Bilderberg – Daniel Estulin

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Acerca de algunos símbolos hermético-religiosos – René Guénon –

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Hemos pensado que no carecería de interés el dar algunas explicaciones complementarias sobre ciertos símbolos. Estas explicaciones, es cierto, no se relacionan directamente con el Sagrado-Corazón, pero,queremos creer que no estarán totalmente fuera de lugar aquí.

Uno de los símbolos a los cuales hacemos alusión es el Janus bifrons que ha sido reproducido por L. Charbonneau-Lassay a continuación de su artículo sobre los cuadrantes solares (mayo de 1925, p. 484). La interpretación más habitual es la que considera los dos rostros de Jano como representando respectivamente el pasado y el porvenir: está interpretación es por lo demás perfectamente exacta, pero no corresponde más que a uno de los aspectos del simbolismo muy complejo de Jano.

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Desde este punto de vista, por lo demás, hay ya una observación muy importante que hacer: entre el pasado que ya no existe y el porvenir que aún no está, el verdadero rostro de Jano, aquel que mira el presente, no es, se dice, ni uno ni otro de los que pueden verse. Este tercer rostro, es, en efecto, invisible, porque el presente, en la manifestación temporal, no es sino un instante inaprehensible,(También por esta razón, algunas lenguas, como el hebreo y el árabe, no tienen forma verbal correspondiente al presente); pero, cuando nos elevamos por encima de las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, por el contrario, toda la realidad.

El tercer ojo de Jano corresponde, en otro simbolismo, al ojo frontal de Shiva, invisible también, puesto que no es representado por ningún órgano corporal, y del cual hemos tenido ocasión de hablar a propósito del Santo Grial (agosto-septiembre de 1925, p. 187), como figurando el “sentido de la eternidad”. Según la tradición hindú, una mirada de este tercer ojo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación, pero, cuando la sucesión es transmutada en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todas las cosas permanecen en el “eterno presente”, de suerte que la destrucción aparente no es verdaderamente más que una “transformación”.

Es fácil comprender por estas consideraciones el que Jano pueda tomarse legítimamente como una figura de Aquel que es, no solamente el “Dueño del triple tiempo” (designación que es igualmente aplicada a Shiva), sino también, y antes que nada, el “Señor de la Eternidad”. Por lo demás, el “Dueño del tiempo” no puede estar él mismo sometido al tiempo, lo mismo que, según la enseñanza de Aristóteles, el primer motor de todas las cosas, o el principio del movimiento universal, es necesariamente inmóvil. Es el Verbo eterno que la Escritura Santa designa como el “Anciano de los días”, el Padre de las edades o de los ciclos de existencia (tal es el sentido propio del latín seculum), y la tradición hindú le da también el título equivalente de Purâna-Purusha.

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En los dos rostros de Jano de los que hablaba en su artículo, L. Charbonneau-Lassay había visto “el de un hombre mayor, mirando hacia los tiempos pasados, y el otro, más joven, fijado hacia el porvenir”; y ello, según lo que acabamos de decir, era efectivamente muy plausible. Sin embargo, nos ha parecido que, en el caso actual, se trataba sobre todo de un Jano andrógino, del que se encuentran también frecuentes ejemplos; hemos hecho tal observación a Charbonneau, el cual, tras haber examinado de nuevo la figura en cuestión, ha pensado como nosotros que el rostro girado a la derecha debía ser un rostro femenino.

Bajo este aspecto, Jano es comparable al Rebis de los hermetistas de la Edad Media (de res bina, cosa doble, unión de dos naturalezas en un ser único), que es representado también bajo la forma de un personaje de dos cabezas, una de hombre y otra de mujer; la sola diferencia es que ese Rebis es Sol-Luna, como lo indican los emblemas accesorios que le acompañan de ordinario, mientras que Janus-Jana es más bien Lunus-Luna. Por tal motivo, su cabeza está frecuentemente rematada por una luna creciente, en lugar de la corona que porta en la figuración reproducida en Regnabit (habría mucho que decir sobre las relaciones entre esa corona y ese creciente lunar; hay además que señalar que el nombre de Diana, la diosa lunar, es otra forma de Jana, el aspecto femenino de Janus. No hacemos sino indicar esta vertiente del simbolismo del antiguo dios latino, sin extendernos más, pues hay todavía otros sobre los cuales creemos útil insistir un poco.

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Janus es el Janitor que abre y cierra el ciclo anual, y las dos llaves que porta más frecuentemente son las de las dos puertas solsticiales. Por otro lado, era también el dios de la iniciación a los misterios (initiatio deriva de in-ire, y, según Cicerón, el nombre mismo de Janus tiene la misma raíz que el verbo ire); bajo este nuevo aspecto, las dos mismas llaves, una de oro y otra de plata, eran las de los “grandes misterios” y de los “pequeños misterios”; ¿no es natural que se haya visto ahí una prefiguración de las llaves que abren y cierran el Reino de los Cielos? Por lo demás, en virtud de cierto simbolismo astronómico que parece haber sido común a todos los pueblos antiguos, hay lazos muy estrechos entre los dos sentidos que acabamos de indicar; este simbolismo al cual aludimos es el del ciclo zodiacal, y, no es sin razón por lo que éste, con sus dos mitades ascendente y descendente que tienen sus puntos de partida respectivos en los dos solsticios de invierno y de verano, se encuentra representado en el portal de tantas iglesias de la Edad Media.

Se ve aparecer aquí otra significación de los dos rostros de Jano: es el “Dueño de las dos vías” a las cuales dan acceso las dos puertas solsticiales, esas dos vías de la derecha y de la izquierda que los Pitagóricos representaban por la letra Y, (Es lo que representaba también, bajo una forma exotérica, el mito de Hércules entre la Virtud y el Vicio. Hemos encontrado el antiguo símbolo pitagórico, no sin cierta sorpresa, en la marca del impresor Nicolas du Chemin, dibujada por Jean Cousin), y que la tradición hindú, por su lado, designa como la “vía de los dioses” y la “vía de los antepasados” (dêva-yâna y pitri-yâna; la palabra sánscrita yâna tiene la misma raíz aún que el latín ire, y su forma le aproxima singularmente al nombre de Janus).

Estas dos vías son también, en un sentido, la de los Cielos y la de los Infiernos; y se observará que los dos lados a los cuales ellas corresponden, la derecha y la izquierda, son aquellos donde se reparten los elegidos y los condenados en las representaciones del juicio final, que, ellas también, por una coincidencia bien significativa, se encuentran tan frecuentemente en el portal de las iglesias.

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Por otro lado, a la derecha y a la izquierda corresponden respectivamente, según la Kábala hebrea, dos atributos divinos: la Misericordia (Hesed) y la Justicia (Din), estos dos atributos convienen manifiestamente a Cristo, y más especialmente cuando se le considera en su función de juez de los vivos y de los muertos.

Los Arabes, haciendo una distinción análoga, dicen “Belleza” (Djemâl) y “Majestad” (Djelâl), y se podría comprender con estas últimas designaciones, que los dos aspectos hayan sido representados por un rostro femenino y un rostro masculino. Si nos remitimos a la figura que ha ocasionado esta nota, vemos que, del lado del rostro masculino, Janus porta precisamente un cetro, insignia de majestad, mientras que, del lado del rostro femenino, ostenta una llave; luego esta llave y este cetro sustituyen aquí al conjunto de dos llaves que es un emblema más habitual del mismo Jano, y traduce quizá más claramente aún uno de los sentidos de este emblema, que es el de un doble poder procedente de un principio único: poder sacerdotal y poder regio.

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Ahí está, en efecto, otra más de sus significaciones múltiples, y además concordantes, que aparecen implícitas en el simbolismo de Jano, y también muy propia para ser encarada como una figura de Cristo; no es precisamente a los lectores de Regnabit a quienes es necesario explicar que a Cristo pertenecen eminentemente y por excelencia el Sacerdocio y la Realeza supremos

La Kábala hebrea sintetiza el simbolismo del que acabamos de hablar en la figura del árbol sefirótico, que representa el conjunto de los atributos divinos, y donde la “columna de la derecha” y la “columna de la izquierda” tienen el sentido que hemos venido indicando; este árbol es también designado como el “Arbol de Vida”(Ets ha-Hayim). Es muy de resaltar que una representación estrictamente equivalente aparece en el simbolismo medieval del “Arbol de los Vivos y de los Muertos”, descrito por L.Charbonneau-Lassay en su reciente artículo sobre los Arboles emblemáticos” (agosto-septiembre de 1925, p. 178) y que evoca además la idea de “posteridad espiritual”, muy importante en diversas doctrinas tradicionales.

Según la Escritura, el “Arbol de la Vida” estaba emplazado en mitad del Edén (Génesis, II, 9), y, como hemos explicado en nuestro estudio sobre la leyenda del Santo Grial, el Edén era él mismo el Centro espiritual del Mundo. Este árbol representaba por tanto, el eje invariable alrededor del cual se cumple la revolución de todas las cosas (revolución con la cual se relaciona igualmente el ciclo zodiacal); y por ello el “Arbol de Vida” es designado en otras tradiciones como el “Arbol del Mundo”.

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Enumeraremos solamente algunos de los árboles que, en los diferentes pueblos, se han tomado para simbolizar este “Arbol del Mundo”: la higuera en la India, la encina entre los Celtas y en Dodona, el fresno entre los Escandinavos, el tilo en los Germanos. Pensamos que hay que ver también una figura del “Arbol del Mundo” o del “Arbol de Vida” en el ex libris hermético del siglo XVIII que Charbonneau ha reproducido en el mismo artículo (p. 179); aquí, está representado por la acacia, símbolo hebreo de inmortalidad e incorruptibilidad, luego de resurrección. Es precisamente, según la tradición hebraica también, del “Arbol de Vida” de donde emana este “rocío celeste” del que hemos tenido ocasión de hablar ya en diversas ocasiones y por el cual debe operarse la resurrección de los muertos.

[Nota de la Bitácora: Ver nota Los árboles en el Corán y en la Biblia que árbol eres según los celtas].

A pesar de la presencia de la acacia, el ex libris en cuestión no tiene ningún carácter específicamente masónico; las dos columnas de derecha y de izquierda del árbol sefirótico no están ahí representadas, como lo serían en semejante caso, por las dos columnas del Templo de Salomón. El lugar de éstas es ocupado por dos prismas triangulares con terminación piramidal, colocados en sentido inverso uno del otro, y coronados respectivamente por el sol y por la luna.

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Estos dos astros así relacionados, constituyen la sigla Sol y Luna que acompaña las antiguas crucifixiones,(La cruz está emplazada, en tales representaciones, entre el sol y la luna, exactamente como el “Arbol de Vida” lo está aquí; apenas hace falta señalar que la cruz es también el Lignum Vitae), y evocan al mismo tiempo la idea del Rebis hermético, y ello es aún una confirmación de la muy estrecha relación existente entre todos los símbolos que aquí consideramos.

En cuanto a los dos prismas mismos, ofrecen la imagen de dos ternarios opuestos formando el “Sello de Salomón”, del que hemos hablado en nuestro artículo sobre las marcas corporativas (noviembre de 1925); y estos dos mismos ternarios se encuentran también en la disposición, evidentemente voluntaria, de las ramas y las raíces del árbol mismo, disposición que recuerda bastante claramente la de la flor de Lys y de las otras figuras heráldicas que tienen por esquema general el Crismón.

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Todo ello es sin duda muy curioso y propio para suscitar abundantes reflexiones; esperamos que, señalando todas estas relaciones, habremos al menos logrado hacer sentir en cierta medida la identidad de todas las tradiciones, prueba manifiesta de su unidad original, y la perfecta conformidad del Cristianismo con la Tradición primordial de la que se encuentran así por todas partes vestigios esparcidos.

Para terminar, queremos decir algunas palabras acerca de una objeción que se nos ha dirigido con motivo de las relaciones que hemos considerado entre el Santo Graal y el Sagrado Corazón, aunque, a decir verdad, la respuesta que al mismo tiempo se ha dado nos parece plenamente satisfactoria.(Habríamos podido recordar también el athanor hermético, el vaso en que se cumple la “Gran Obra”, cuyo nombre, según algunos, derivaría del griego athánatos, “inmortal”; el fuego invisible que se mantiene perpetuamente en él corresponde al calor vital que reside en el corazón.

Hubiéramos podido, igualmente, establecer vinculaciones con otro símbolo muy difundido, el del huevo, que significa resurrección e inmortalidad, y sobre el cual tendremos quizá oportunidad de volver. Señalemos por otra parte, al menos a título de curiosidad, que la copa del Tarot (cuyo origen es, por lo demás, harto misterioso) ha sido reemplazada por el corazón en los naipes franceses, lo que es otro índice de la equivalencia de ambos símbolos).

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Poco importa, en efecto, que Chrestien de Troyes y Robert de Boron no hayan visto, en la antigua leyenda de la que no han sido sino adaptadores, toda la significación contenida en ella; esta significación no por ello dejaba de encontrarse realmente contenida, y no pretendemos haber hecho otra cosa que explicitarla, sin introducir nada de “moderno” en nuestra interpretación. Por lo demás, es muy difícil decir con exactitud lo que los escritores del siglo XII veían o no veían en la leyenda; y, dado que no desempeñaban en suma sino un simple papel de “transmisores”, concedemos de buen grado que no debían de ver, sin duda, todo lo que veían sus inspiradores; queremos decir, los verdaderos poseedores de la doctrina tradicional.

Por otra parte, en lo que a los Celtas se refiere, hemos cuidado de recordar qué precauciones se imponen cuando quiere hablarse de ellos, en ausencia de toda documentación escrita; pero, ¿porqué querría suponerse, a despecho de los indicios contrarios que a pesar de todo poseemos, que hayan sido menos favorecidos que los demás pueblos de la Antigüedad?

En efecto, en todas partes vemos, y no sólo en Egipto, la asimilación simbólica establecida entre el corazón y la copa o el vaso; en todas partes, el corazón está considerado como el centro del ser, centro a la vez divino y humano en las aplicaciones múltiples que permite; en todas partes, también, la copa sacrificial representa el Centro o el Corazón del Mundo, la “morada de inmortalidad”; ¿qué más se necesita?

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Sabemos bien que la copa y la lanza, o sus equivalentes, han tenido además otras significaciones que las que hemos indicado, pero, sin detenernos en ello, podemos decir que todas esas significaciones, por extrañas que algunas puedan parecer a los ojos de los modernos, son perfectamente concordes entre sí, y expresan en realidad las aplicaciones de un mismo principio a órdenes diversos, según una ley de correspondencia en la cual se funda la armoniosa multiplicidad de sentidos que se incluyen en todo simbolismo.

Ahora bien, que no sólo el Centro del Mundo se identifica efectivamente con el Corazón de Cristo, sino que esta identidad ha sido claramente indicada en las doctrinas antiguas, es cosa que esperamos poder mostrar en otros estudios. Evidentemente, la expresión “Corazón de Cristo”, en este caso, debe tomarse en un sentido que no es precisamente el que podríamos llamar “histórico”; pero debe señalarse que los hechos históricos mismos, como todo lo demás, traducen en su modo propio las realidades superiores y se conforman a esa ley de correspondencia a que acabamos de aludir, ley que, solo ella, permite explicar ciertas “prefiguraciones”.

Se trata, si se quiere, del Cristo-principio, es decir, del Verbo manifestado en el punto central del Universo; pero, ¿quién osaría pretender que el Verbo eterno y su manifestación histórica, terrestre y humana, no son real y sustancialmente un solo y mismo Cristo en dos aspectos diferentes?

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Tocamos con esto, además, la cuestión de las relaciones entre lo temporal y lo intemporal; quizá no convenga insistir demasiado, pues esas cosas son justamente de aquellas que solamente el simbolismo permite expresar en la medida en que son expresables. En todo caso, basta saber leer los símbolos para encontrar en ellos todo lo que nosotros encontramos; pero, por desgracia, particularmente en nuestra época, no todos saben leerlos.

Publicado en Regnabit, diciembre de 1925.

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¿Podemos seguir siendo judíos? – Por León Rozitchner

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“¿Qué extraña inversión se produjo en las entrañas de ese pueblo humillado, perseguido, asesinado, como para humillar, perseguir y asesinar a quienes reclaman lo mismo que los judíos antes habían reclamado para sí mismos? ¿Qué extraña victoria póstuma del nazismo, qué extraña destrucción inseminó la barbarie nazi en el espíritu judío? ¿Qué extraña capacidad vuelve a despertar en este apoderamiento de los territorios ajenos, donde la seguridad que se reclama lo es sobre el fondo de la destrucción y dominación del otro por la fuerza y el terror? Se ve entonces que cuando el estado de Israel enviaba sus armas a los regímenes de América Latina y de África, ya allí era visible la nueva y estúpida coherencia de los que se identifican con su propios perseguidores. Los judíos latinoamericanos no lo olvidamos. No olvidemos tampoco Chatila y Sabra”.

No tomo partido sólo por el pueblo palestino sino también por el pueblo judío. Reafirmo al mismo tiempo que la situación histórica de los judíos, que culminó durante el nazismo en el aniquilamiento, hizo necesario que también los judíos fueran una nación más entre las naciones del mundo: ése es el derecho moral irrenunciable, es cierto, del pueblo judío. Pero este hecho también impone necesariamente a los judíos respetar la vida de otros pueblos como ningún otro pueblo puede quizá sentirlo. Al hacerlo estoy planteando mi derecho a seguir siendo un judío argentino sin avergonzarme de serlo frente a lo que está también haciendo de nosotros el Estado de Israel en Palestina: si cumple su mandato ético e histórico o sirve a otros designios extraños a nuestra propia historia milenaria.

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La reacción frente al desborde destructivo del Estado israelí contra el pueblo palestino los fue llevando poco a poco a cerrar toda solución justa posible al conflicto y detener su expansión colonizadora. Un análisis de las agresiones, aun sin distinguir desde el comienzo la diferencia que separa a la violencia de los que atacan y la contraviolencia de los que se defienden, llevaría en estos momentos de desborde a una estéril discusión interminable. Porque allí en Israel se está eligiendo por todos los judíos el destino de nuestra dignidad y de nuestra cultura milenaria como modelo de resistencia y de justicia frente a todas las opresiones.

Esta escalada contra Gaza y el Líbano va más allá de los intereses de su supervivencia: se inscribe en la expansión del imperio neoliberal de Occidente sobre los países musulmanes. ¿No serán los EE.UU. quienes, empantanados en Irak, necesitan una frontera segura en el Líbano contra Siria e Irán, y de allí la masacre de la población civil para invadirla?

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Los judíos israelíes, por ser los más fuertes en poder armado, son los que también en mejores condiciones se hallan para dar término al enfrentamiento con justicia: tienen todos los medios para lograrlo. Su existencia, por ahora, no corre peligro. La paz que termine con el enfrentamiento armado y un entendimiento político está sobre todo –y casi diríamos totalmente– en sus manos: sólo tienen que declinar sus ambiciones sobre territorios que no les corresponden y reivindicar el valor de la vida sobre la muerte. Aunque ahora venzan será el judaísmo histórico el vencido y la traición a su pasado habrá infectado para siempre el alma de sus pobladores.

El pueblo judío en Israel sigue doblegado en su mayoría a la estrategia del Imperio cuyo modelo han aplicado en todos los órdenes de la vida. Hace ahora a los palestinos aquello que la cristiandad occidental hizo con nosotros.

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Después de haber sido sometidos los judíos en Europa al más cruel e inmisericorde exterminio, de pronto en pocas décadas de su existencia, y tras haberse plegado a la política de los exterminadores, el Estado de Israel se ha transformado en una potencia del Medio Oriente. ¿Méritos propios? Tienen orgullosos una poderosa fuerza armada con todos los instrumentos de destrucción posibles, armas atómicas incluidas. Pero no tienen vergüenza de los valores milenarios que están sacrificando ante los ojos del mundo y de los millones de judíos que los observamos perplejos y defraudados. Porque esos fantasmas de exterminio que depositan ahora sobre los árabes, esos terrores persecutorios los judíos los han traído del Occidente cristiano colonialista cuyos países antes habitaban, porque fue en Europa donde fueron exterminados y no en Palestina.

Para hacer lo que hacen en Palestina los judíos que están en el poder deben mantener el secreto moral del origen de su derecho a una patria y prolongar allí los valores inhumanos de sus propios perseguidores milenarios. Ocultar, por ejemplo, que lo que comenzó con la Cruz cristiana terminó con la Shoá europea. Deben esconder la verdad sobre la experiencia histórica de su vida en Occidente. Debieron convertirse en cómplices de sus asesinos, no denunciarlos, ya no decir nunca más que el cristianismo y el capitalismo fueron sus exterminadores porque ahora ambos se habían convertido en su modelo y en sus aliados. En lo religioso, se hicieron fundamentalistas y ecuménicos; en lo económico, se hicieron capitalistas globalizadores; en lo político, se hicieron un Estado teocrático colonialista; en lo científico, tomaron como modelo la lógica neutral de la objetividad sin sujeto del iluminismo antijudío y, en lo internacional, sostienen con sus servicios las causas más siniestras de los opresores cristianos e imperiales.

León Rozitchner
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NOTA: El filósofo y ensayista argentino León Rozitchner murió a los 87 años en una clínica de la ciudad de Buenos Aires (1924 – 4 septiembre 2011)

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