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La música, catalizador y bandera de Palestina: Fermin Muguruza – (Video)

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Odisea cotidiana en los retenes sionistas.

Checkpoint Rock nació de la urgencia por hacer algo. Cuando las autoridades israelíes bombardearon Líbano, en 2006, “Desde el punto de vista de músico, ¿qué podemos hacer?”: cruzar los retenes y capturar los sonidos.

“Un pueblo que canta no muere”, dice el músico palestino Shadi Al-Assi desde un campo de refugiados de Belén. Por primera vez, el documental Checkpoint Rock, canciones desde Palestina crea un mapa sonoro palestino, que abarca desde lo tradicional hasta el rock y el hip hop. Y refleja, ante todo, a pesar de la adversidad, esperanza. “Volveremos al amor, volveremos para la paz”, canta Shadi.

“La música es un elemento cohesionador. Es el único elemento que logra visualizar que hay un país que se llama Palestina, que no existe solamente una comunidad árabe que es 20 por ciento de la población en Israel, que no existe sólo la comunidad ocupada de Cisjordania o en la mayor cárcel del mundo –Gaza–, sino que todos, a través de sus propuestas, cuando cantan se convierten en un solo país. Incluso los que están en el exilio. La música es el gran catalizador, es la gran bandera de ese país llamado Palestina. Porque, estén donde estén, ellos son el país: se suben al escenario y en ese momento ese escenario es su país”, contó el músico vasco Fermin Muguruza, director de Checkpoint Rock.

“Ésta es una película en defensa de la vida y contra la muerte”, escribió el realizador y coguionista peruano-español Javier Corcuera (La espalda del mundo), quien conoció a Muguruza en 1998 en Chiapas, durante un viaje de la Comisión Civil Internacional de Observación de los Derechos Humanos.

Influencia de poetas

El equipo realizador cruzó retenes y viajó a Palestina para estar con artistas palestinos, con el poeta Mahmud Darwish como conductor. “Casi todos los grupos (de todo tipo) tienen canciones de Mahmud”, dijo Muguruza. Efectivamente, jóvenes raperos como el grupo DAM dicen que sus primeras influencias fueron los poetas palestinos, en primer lugar Darwish. Muguruza enfatizó la importancia de los poetas en el mundo árabe.

El equipo realizador había quedado de ver a Darwish luego de una operación a la que se iba a someter, pero murió durante la intervención.

Darwish “es el poeta nacional, pero además el héroe nacional (como se ve en la escena de su entierro)”. Estuvo exiliado en Líbano y “en Beirut llegó a dar un recital para 25 mil personas”, contó Muguruza.

Con su muerte “se detenía el corazón de Palestina”, escribió Corcuera.

“Mahmud sirve de guía poética en la película”, contó Muguruza.

Les impidieron entrar a Gaza, por lo que pidieron a Ayman, un rapero de Gaza, que fuera a Ramala para que lo filmaran. “Durante el montaje de la película llegó la noticia del comienzo de los bombardeos a Gaza y supimos que uno de los misiles había caído en casa de Ayman. El ejército de Israel mató a su padre y destrozó su casa”, dijo Corcuera, quien dedica el documental al músico y su familia.

A pesar de que mataron a su padre, Ayman no clama venganza. Muguruza opinó: “Creo que los músicos son los únicos que hacen ese discurso tan alentador, tan colorido”.

¿Qué les da esperanza?

“Los mantiene fuertes la convicción de que no les queda otra”, contó Muguruza. Y recordó una escena en Paradise Now, en la que dos atacantes suicidas platican y uno le comenta al otro que en Suecia tienen una alta tasa de suicidios. Les parece rarísimo. “Para ellos la vida y la muerte tienen un sentido; no entienden el suicidio por estar cansado de la vida. Lo más impactante es que les destruyen las casas, la universidad, las instalaciones de radio, los periódicos y, una vez todo destruido, al día siguiente empiezan a construirlo de nuevo”, dijo Muguruza.

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La resistencia y la solidaridad con Palestina – Eric French

El camino hacia ninguna parte, por Ismail Shammout

Palestina: “A pesar de la violencia despiadada del ejército israelí, mantenemos una resistencia no violenta. Debemos mantener una moral más alta.”

Las palabras de arriba las pronunció el Dr. Mustafa Barghouthi en una charla que atendí. Barghouthi, co-fundador de la Iniciativa Nacional Palestina (el cual tuvo el apoyo de Edward Said) y nominado al Premio Nobel de la Paz 2010 (el cual ya sabemos quién ganó), nunca alzó la voz, pero sus palabras perforaban tu mente con fuerza. Habló con una calma que sólo se ve en monjes budistas con muchos años practicando la meditación, pero con una determinación y firmeza, tratando de no suprimir su ira sobre la injusticia que sufre su pueblo palestino, sino de guiarla a un propósito determinado. El mensaje que dejó fue claro: lo que vive diaramente los palestinos es un crímen de guerra, un crímen en contra de la humanidad, un apartheid.

Pero por lo mismo, lo normal que uno esperaría de tales condiciones de vida a la cual están sometidos los palestinos es llegar a la desesperación, tomar armas y declarar la guerra. Y en casos más extremos, pero hasta cierto nivel entendible, ponerse un chaleco de explosivos e ir a una base militar israelí y volarse a cuantos soldados puede.

Antes que me condenen por mis palabras, quiero defender mi posición y decir que no estoy justificando el terrorismo en ninguna forma. Pero por eso mismo me preguntó por qué muchos sí lo justifican. ¿No es más criminal matar a 412 niños, como lo hizo el ejército israelí a inicios del año pasado, que matar a tres soldados? ¿No es eso terrorismo? A unos los condenan y a otros no, sin importar las razones ni el daño que causan. Como hemos visto en eventos parecidos, lo único que importa es el poder del aparato propagandístico que existe para imponer y vender la historia oficial y distorcionar la realidad.

Es imposible conocer la verdad y realidad absoluta. Lo único que se puede hacer es acercarse a ella escuchando el testimonio de quienes la han sufrido. Barghouthi proclamó mientras nos hablaba, “Es mi deber de hacerlos entender, en la manera más objetiva posible, la realidad en Palestina.” Y si tuvieramos en frente aquella realidad, que por más nos la describan, nunca la podré entender sin realmente vivirla, ¿qué haríamos para defender nuestra tierra y nuestro pueblo? ¿Morir intentando de llevarme conmigo a cuántos hijueputas pueda? ¿O morir, aún resistiendo la ocupación, pero de forma pacífica? Sin disparar ni una bala, ni explotar ninguna bomba, pero siempre gritando para que haya justicia para mi pueblo.

Ante lo que describió el Dr. Mustafa Barghouthi, en verdad es muy difícil no responder con violencia ante la violencia. Imaginemos, aunque nos cueste, lo que es la vida para los palestinos. Desde 1947, Israel ha controlado las tierras en la cual los palestinos alguna vez vivieron tranquilos y libres, una situación sin precedentes hoy en día llamada por Barghouthi, “la ocupación más larga en la historia moderna” (yo diría que la segunda, después de la que sufren los pueblos originarios de América Latina). La historia de cómo y por qué ocurrió el desmantelamiento de Palestina y la Nakba, o “la catástrofe“ de la expulsión de los palestinos de sus tierras celebrada este 14 y 15 de mayo, se nubló por una combinación de manipulación, sufrimiento, vergüenza y el colonialismo de la época. Hay preguntas inconclusas, pero hasta cierto punto ingenuas, que podrían comenzar con, “¿por qué la comunidad internacional no tomó en cuenta la voluntad del pueblo palestino?”, y que no obstante, la mayoría de personas estamos inhibidos de hacernoslas. Pero desde ese momento del Nakba en adelante, las cosas solamente empeoraron.

Dice Barghouthi que, al inicio, los palestinos querían vivir dentro de un mismo estado junto a los judíos, pero la comunidad internacional (o sea, Estados Unidos, Inglaterra y quizá otra potencia entre los ganadores de la II Guerra Mundial) e Israel querían dividir los pueblos en dos naciones, con territorios separados. Aunque los palestinos estaban ahí primero, históricamente (con la cual se refieren a los textos religiosos judeo-cristianos), les correspondía esas tierras a los judíos, y entonces al principio en 1947, los judíos sionistas fundaron Israel en 55 por ciento de ese territorio, y los palestinos en el resto, el 45 por ciento. Claro, como ya sabemos eso nunca sucedió, y por eso, después de haberlos humillados una vez, las promesas falsas de soberanía profundizó esa humillación, convirtiéndose en opresión. Naturalmente, los oprimidos se levantán en contra de sus opresores, y los palestinos declararon una guerra continua que culminó en la guerra de 1967, con la cual Israel utilizó como una excusa más de robarse más tierras. De ahí en adelante, Israel obtuvo control de un 78 por ciento del territorio, y ahora los palestinos tenían una población más grande que antes en un espacio más pequeño. Una vela con una mecha más corta. Estalló la segunda Intifada en el 2000, y para el 2005, Israel tenía un control completo y asentamientos en 89 por ciento de las tierras que alguna vez fueron palestinas.

“La cuestión indígena”, escribió José Mariátegui, fundador de la revista Amauta original en Perú, “tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra.” E ahí la razón de la resistencia y la semilla de la liberación. Los palestinos pasan por lo que siguen pasando los indígenas en nuestra América Latina, y quizá porque nosotros somos los ocupadores en este caso, muchos de nosotros nos identificamos inmediatamente con la causa palestina por la ocupación indirecta que vivimos diaramente bajo la hegemonía capitalista estadunidense, pero nos olvidamos que la lucha indígena es la misma que la palestina, y de cierto modo, la misma nuestra. Pero es la tierra por la cual nos embarramos de sangre. Es cierto que hay militantes palestinos que lanzan cohetes diaramente y atemorizan a los ciudadanos israelíes, algo que nadie debería pasar, pero ves a tus hermanos y hermanas morir de hambre, humillados diaramente sin ninguna salida, con todos tus pasos restringidos físicamente, donde se huele la desesperación todos los días, todo lo que puedes comer son las boronas que no quiere tu vecino más rico, que te ha robado todo y ha podido explotar su propio sufrimiento gracias a la inmensa culpa que sienten aquellos países que fueron la principal causa de esa angustia. Como lo declaró Barghouthi, “Nada de lo que digo minimiza el sufrimiento del pueblo judío. Pero al mismo tiempo, el sufrimiento que pasaron no justifica lo que algunos de ellos le están haciendo a los palestinos. Si aquellos que sufrieron y murieron durante el Holocausto judío pudieran regresar a la vida, estoy seguro que apoyarían a los palestinos porque ellos no quisieran que otros pasen por el mismo sufrimiento.”

Es el sufrimiento de estar bajo vigilancia constante, con más de 600 puestos de control, en las que te someten a revisión indignante, un teatro indefinido de burla y golpes que te tienes que aguantar para no provocarlos a algo peor. Es la injusticia de tener muros que te separan de tu familia, similar a ghettos de campos de concentración, porque los israelíes son expertos en la represión y entienden que las comunidades divididas tienen menos fuerza y representan menos amenaza para lograr una resistencia adecuada. Es la impotencia de conocer que tienes el mar a la vista y no puedes nadar en él, que tienes fuentes de agua potable con la cual puedes saciar tu sed, pero de las cuales no puedes beber porque tu vecino usa 85 por ciento de tu propia agua, de la poca tierra que te queda, como lo es el caso en Cisjordania. Es el descaro de que además de tener menos tierra de lo prometido, no tienes los mismos derechos en ella como los que habitanen asentamientos ilegales, y a ellos, le dan todo lo que debería ser tuyo, y a tí, te tratan peor que a un perro.

Y mientras te acusan de terrorismo por tirar piedras a los soldados y tanques de uno de los ejércitos más poderosos del mundo, esos mismos soldados invaden a tu familia en Gaza, el cual ya tenían bajo control total, e indiscriminadamente bombardean escuelas, hospitales y utilizan a civiles como escudos humanos, asesinando a 1400 personas inocentes en el proceso, incluyendo a 412 niños. A una familia, Balousha, asesinaron a todas las cinco hermanas mientras dormían en su cuarto. Fue tan fuerte la violencia en esta operación militar que un juez judío sionista con precedentes respetables realizó una investigación y llegó a la conclusión de que Israel cometió siete crímenes de guerra, por atacar a civiles indefensos a propósito y el uso de fósforo blanco, un arma química ilegal que todavía no se puede predecir todas sus consecuencias letales donde se uso. A Richard Goldstone lo respetaban, pero ahora ni lo dejan asistir al bar mitzvah de su nieto.

Y si no fuera el colmo, después de toda la exterminación (porque ellos nos tratan como una peste) y la destrucción, no dejan que entre ayuda humanitaria, ni alimentos, ni materiales de construcción como vidrios y cemento porque piensan que puedo construir bombas de la nada. Es irónico, consideran que soy un animal, pero piensan que soy todo un ingeniero, o un mago, en la creación de bombas. No me respetan como ser humano, pero me tienen pavor porque dentro de ellos saben que es tanto el daño que me han hecho, que soy capaz de todo. ¿Y con todo lo que han hecho, no estoy justificado de tomar venganza? ¿No es lógico, casi que natural e instintivo, responder con violencia cuando eso es a lo que me tienen acostumbrado aguantar?

Lo que me lleva a las primeras palabras que escribí de Barghouthi, “mantenemos una resistencia no violenta.” Idealmente, eso es como uno quiere que todo el mundo respondiera, pero considerando la posición de los palestinos, además de que se me hace difícil visualizar su sufrimiento, se me hace aún más difícil poder imaginar tanta fortaleza ante tales circunstancias. Pero eso es lo increíble, a pesar de las adversidades monumentales que atraviesan diaramente los palestinos, la mayoría resiste la ocupación sin violencia. La buena fortuna no está de su parte, pero la justicia de su causa los hace tener esperanza. “Esta forma de resistencia,” manifiesta Barghouthi, “es más efectiva en la lucha.” Si tomamos en cuenta el poder de estos actos, nos damos cuenta que no está dando por condenados a sus compatriotas a que sean mártires pasivos, sino les abre el camino a una solución que sea más probable de triunfar.

Es más fácil nublar la verdad y justificar una ofensiva militar cuando se hace creer que es en defensa propia, por los misiles que los “terroristas” palestinos lanzan a los pueblos de Israel. Como Israel controla las imagenes y palabras que salen de la región, toda verdad es manufacturada a su favor. No obstante, es mucho más difícil manipular y justificar actos supuestamente en defensa propia cuando Israel ataca a palestinos indefensos con poca provocación. Por ejemplo, todos los viernes en el pueblo de Bil’in hay manifestantes en contra de la ocupación. Un gobierno que no le ve amenaza a tales protestas las tiene sin cuidado. Pero es cuando un pueblo tiene la fuerza moral, sabiendo que su opresión es injusta y su rabia digna, consciente de que el poder del opresor está basado en mentiras y sin credibilidad real, y con la confianza que seres humanos respetables no toleran tal trato a otras personas, entonces el gobierno tienen miedo de que ese pueblo adquiera un poder que los anime a rebelarse, y mantener una esperanza creciente de que hay otros escuchando su plegaria y apoyando su lucha. Es a éso a lo que le tiene terror Israel, y más ahora porque se dieron cuenta que se pasaron la raya en la masacre de Gaza. La gente alrededor del mundo le tiene mucho menos simpatía a su causa. Cada vez pierden más respeto. Más y más personas se dan cuenta que los palestinos son los oprimidos, y no al revés, y la cortina de humo que había creado tan cuidadosamente Israel se va esfumando.

En Bil’in, mientras protestan pacíficamente los palestinos, el ejército israelí intenta de reprimir ese descontento para que no agarre fuerza. Hace unas semanas, algún soldado disparó contra un activista desarmado y lo mató. Son sucesos que se repiten constantemente. Antes de eso, en una situación parecida, asesinaron a un niño de diez años, Ahmed Hassan Yousef, con una bala de hule disparada de cerca. Muchas veces intentan de reordenar cómo ocurrieron los eventos para limpiarze de toda culpabilidad, pero de esa forma, el efecto es el contrario y la causa israelí vale aún menos. Lo único que logran con tanta represión es aumentando la fragilidad de la existencia del estado israelí. Israel tiene tanto temor que no quieren siquiera que una tropa de payasos entren a traer algo que se asemeje a la felicidad a los niños en Gaza. Las emociones de alegría pueden ser subversivas porque en Israel quizá piensen que se puedan malacostumbrar a desear y luchar por algo que no se les permite tener bajo la ocupación.

Pero la resistencia no violenta pasa a ser también una respuesta lógica en una estrategia de liberación. Cuando se es el pueblo palestino y en verdad no hay forma de combatir a una potencia militar como la israelí, puede ser una de las pocas salidas que hay. Buscar confrontarse con armas es una causa perdida que lo único que va a traer es más dolor. Responder con violencia es fácil porque no hay que pensar, sólo reaccionar con el mismo impulso destructivo que usaron en contra de uno y así, entregárseles a la posición que ellos quieren, donde pueden controlarlos sin dificultad porque se está actuando predeciblemente. Uno se convierte en una pieza más del juego que tienen planeado. La resistencia no violenta se trata de creación, y de esta forma el poder de imaginar nuestro futuro está en nuestras manos, y no en la de ellos. “Cuando nos manifestamos sin violencia,” declaró Barghouthi, “nosotros tomamos la iniciativa. Cuando el ejército nos ataca, intenta de quitárnosla, pero cuando regresamos todos los viernes a Bil’in, nosotros la capturamos de vuelta.” El poder de esta táctica es que uno toma la acción y la acción no lo toma a uno. Se trata del desafío de sobrevivir, y no de la pasividad de aceptar tu condición actual, de resistir y no darse por vencido, pero lo más importante es no perder la humanidad y la dignidad. “Te pueden torturar, pero no pueden quitarte tu dignidad,” dijó Barghouthi.

La lucha palestina es sobre la justicia, de poder tener un espacio en este mundo al que ellos pueden llamar su tierra, aparte o compartido, pero intacto y soberano. Sin embargo, al final se trata más que todo sobre la dignidad. Los palestinos luchan, aunque les cueste la vida, por mantener su humanidad, porque sin eso, no hay razón de tener su propio pedazo de mundo. Barghouthi considera que para obtener una justicia verdadera, los israelís tienen que ver a los palestinos con igualdad, por lo cual una solución de veras a su conflicto podría lograrse aunque sea bajo un mismo estado, pero siempre y cuando haya igualdad total entre los pueblos.

“Pero no va a funcionar sin una fuerte solidaridad internacional,” dijó Barghouthi. Estas estrategias creativas de resistencia, como la campaña de boicot, sólo puede servir si también hay fuerza fuera de Palestina que apoye su causa y continúe empoderando a los palestinos y debilitando a Israel. Informemos entonces sobre esta injusticia, y la injusticia que sufren otros pueblos, como los indígenas en América Latina, o los que se les explota para sustraer mano de obra barata para las corporaciones o dinero fácil para los bancos. Si más gente está informando, más gente se mantiene informada y comunicada entre sí, creando otras estrategias creativas y acercarnos un poco más a esa verdad escurridiza. Como lo pronunció Barghouthi, “Entre haya más gente que conozca la verdad, más rápidamente vendrá el cambio.”

Por eso celebremos el Nakba palestino junto a ellos para que eventualmente estén celebrando el regreso a sus tierras como seres humanos dignos, y ya no más su expulsión.

Nidal el-Khairy

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Promises. (documental de Palestina e Israel) (Unos Todo … otros Nada…)

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Cuando la guerra tiene otros ojos

Viven a 20 minutos de distancia entre sí, pero no sólo hablan distintos idiomas: en la mayoría de los casos, también se consideran enemigos. Son siete chicos, cuatro israelíes y tres palestinos, entre 9 y 13 años. Todos son víctimas, no sólo de una situación de guerra cotidiana sino también de la violencia atávica y de los prejuicios con que han sido inculcados desde que nacieron. Varios de ellos, además, tienen la experiencia de haber padecido la muerte violenta de algún amigo o familiar directo, en un atentado palestino o bajo la metralla indiscriminada del ejército terrorista israelí. El mérito de Promesas, un documental realizado por tres cineastas noveles de orígenes muy diversos –B. Z. Goldberg es estadounidense/israelí, Carlos Bolado, mexicano, y Justine Shapiro proviene de Sudáfrica,– es haber sabido mirar hacia una realidad que está allí, al alcance de todos, pero que es permanentemente olvidada por la cobertura de los medios: la de los chicos de la guerra.

Filmada en Israel y en los territorios ocupados de la franja occidental entre 1997, 1998 y 2000, un período de relativa calma que siguió a los acuerdos de Oslo (luego echados por tierra), Promesas tiene el pudor y la nobleza de evitar los golpes bajos, de cualquier índole. La película se limita a hacer preguntas sencillas y a escuchar atentamente las respuestas de unos y a otros, hasta eventualmente ilusionarse con la posibilidad de un encuentro, aunque sea fugaz, entre algunos de ellos. Nada más, pero tampoco nada menos.

Yarko y Daniel son mellizos, viven en el sector judío de Jerusalén, pero no son religiosos. Admiran la figura de su abuelo, que sobrevivió a la Shoah y que les dice claramente que no cree en Dios. Ellos mismos, cuando van de visita al Muro de los Lamentos con uno de los cineastas –“B. Z.”, que habla varios idiomas y se logra entender con todos– reconocen que esos hombres barbados, vestidos de negro y murmurando con severidad sus oraciones les dan literalmente “miedo”. Otro de sus miedos: tomar el ómnibus. La línea 28, que los lleva al colegio, es una de las que más atentados ha sufrido, pero tomar el 22 no necesariamente los deja más tranquilos. “Siempre estamos viendo gente sospechosa”, reconoce uno de los mellizos.

Del otro lado de los pasos de frontera y de los checkpoints a cargo del ejército israelí –sin enunciarlo jamás, el film denuncia claramente el estado de ocupación bajo el cual vive gran parte del pueblo palestino–, en el campo de refugiados de Deheishe viven Sanabel y Faraj. La chica es hija de un dirigente palestino, que lleva ya dos años en prisión sin cargos ni juicio a la vista. Aprende baile y forma parte de un grupo que cuenta la historia de su pueblo a través de la danza. Por su parte, el chico, Faraj, tiene un discurso abiertamente anti-israelí y –con la ayuda de los cineastas, que los introducen clandestinamente del lado prohibido de la frontera– acompaña a su abuela a visitar la aldea en donde alguna vez vivió su familia. Todo ha sido arrasado. Sólo queda piedra sobre piedra.

No muy lejos de allí, en un asentamiento judío de la línea dura, Moishe le dice a la cámara que no quiere conocer a ningún chico palestino. Ni siquiera verlos de cerca. Como para darle la razón, del otro lado del alambre de púas, Mahmoud, un admirador de Hammas, afirma muy suelto de cuerpo que “cuantos más judíos matemos, menos habrá”. Y en la ciudad vieja de Jerusalén, el pequeño Shlomo, hijo de un rabino y dedicado a estudiar la Torah 12 horas por día, también se resiste a un encuentro, pero enfrentado azarosamente, cara a cara, con un par palestino, se resigna –ante la falta de otro lenguaje en común– a una improvisada competencia de eructos, que al menos les arranca a ambos una tímida, desconfiada sonrisa.

Pero los cineastas van por más y convencen a los mellizos israelíes, los más abiertos al diálogo, a visitar un campo palestino de refugiados. Faraj se resiste, pero finalmente Sanabel lo convence: “No conozco a un solo chico palestino que haya tratado de explicarle nuestra situación a un chico israelí”, le dice. Todo en el film está dirigido a este encuentro, que prueba ser aún mucho más fructífero y emotivo de lo que los mismos cineastas parecían esperar. La película –que por momentos es formalmente bastante primitiva y a veces incluso hasta un poco torpe– consigue otro hallazgo. Dos años después de esa reunión, en la que parecía que había un futuro común por delante, la cámara vuelve a entrevistar a los mellizos y a Faraj. Ya son preadolescentes, tienen otras preocupaciones y, por encima de todo, el contexto político ha empeorado gravemente. Ya no es tan fácil ahora mantener esas promesas de las que habla el título del film y que quedan suspendidas, más que como una esperanza, como un interrogante cruel

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Promises. (documental de Palestina e Israel) (Unos Todo … otros Nada…) por Aisar Albornoz se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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