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Tierra Amada – Cultura y Resistencia en la Palestina Ocupada

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“Con los dientes/ Defenderé cada palmo de tierra de mi patria/ Con los dientes.

Y no aceptaré otro en su lugar/ Aunque me dejen/

colgando de las venas de mis venas”.

Así dice el poeta Tawfiq Zayyad. Y nos hace saber que una patria se defiende con la palabra y el cuerpo. Las dos herramientas básicas con las que cuenta el ser humano para la vida. También para el teatro. Para el combate. Para la muerte.

En el teatro se representan historias. En la vida, cada sujeto escribe su historia en el escenario que le ha tocado…

Esa escena espantosa en la que viven los palestinos desde 1948, que no eligieron sino que se les vino encima como un maremoto diabólico, tiene realizadores, directores y productores, guionistas y operadores, actores y técnicos, utileros y publicistas. A los palestinos, esa superproducción siniestra, les asignó el papel de expulsados, como no aceptaron les indicó el papel de dominados, como tampoco aceptaron les adjudicó el papel de exterminados.

Pero se siguen negando. Rechazan el personaje del colonizado. Prefieren, escribir la historia de los que luchan por la justicia. Aunque finalmente la horda primitiva logre su cometido eliminando de la faz de la tierra todo lo que remotamente recuerde a Palestina, ellos eligen resistir.

Los Niños de Arna. Crecer y morir en los campos de refugiados palestinos (J.Mer Khamis, 2003)

Este documental nos ofrece retazos de la historia de unos niños que crecieron en una tierra amenazada, que asistieron desde su nacimiento al constante y brutal acoso bélico israelí. Que lejos de sustraerse, ante su situación tan desfavorable, aceptan gustosos los instrumentos que Arna y sus hijos ponen en sus manos, a pesar de las sospechas, que al principio, genera la presencia de estos “israelíes”. Se entusiasman con las actividades artísticas e incorporan y aprovechan los recursos expresivos que desarrollan en los grupos de pintura, música, cerámica, teatro…

Hay una escena, en la que entrevistan a los niños del grupo de teatro. Ellos no tenían un guión preparado, ni unas acciones prefijadas. No sabían qué iban a preguntarles.

Sin embargo, Ashraf, se plantó frente a las cámaras de la TV israelí firme, erguido, la frente alta y dijo desde el fondo de su corazón: “Cuando estoy en el escenario es como si estuviera tirando piedras. No vamos a dejar que la ocupación nos obligue a vivir en las cloacas”.

Yusef, por su parte, asegura, con la mirada clara y la voz firme: “Estoy en contra de la ocupación israelí”.

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Sabemos que estos jovencitos, recibieron apenas instrucción primaria. Que viven con escasos recursos económicos. Que probablemente no conozcan otro espacio que ese campo de refugiados… ¿De dónde les viene la valentía, la inspiración, la precisión para definir, el gesto adecuado, la palabra justa, la claridad conceptual, la convicción férrea?

El poeta Mahmud Darwish, contesta:

Escribe/ que soy árabe/ Soy nombre sin apodo.

Espero, pacientero, en un país/ en el que todo lo que hay

existe airadamente.

Mis raíces/ se hundieron antes del nacimiento

de los tiempos/ antes de la apertura de las eras,

del ciprés y el olivo/ antes de la primicia de la hierba.

Mi padre…/ de la familia del arado/ no de nobles señores.

Mi abuelo era un labriego/ sin títulos ni nombres.

Mi casa es una choza campesina/ de cañas y maderos,

¿te complace?…/ Soy nombre sin apodo.

Escribe/ que soy árabe;

que robaste las viñas de mi abuelo

y una tierra que araba/ yo, con todos mis hijos.

Que solo nos dejaste/ estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,

como se dice?…

Escribe, pues…/ Escribe

en el comienzo de la primera página

que no aborrezco a nadie/ ni a nadie robo nada.

Mas, que si tengo hambre,

devoraré la carne de quien a mí me robe.

¡Cuidado, pues!…/ ¡Cuidado con mi hambre/ y con mi ira!

Todo eso les viene, entonces, de su identidad, de su cultura, de los principios éticos que la rigen, desde el comienzo de los tiempos, transmitidos hasta hoy a través de los labios y las manos de las madres.

Las mismas herramientas-armas con las que amasan sus obras los actores, sirven también a los poetas, los labriegos, los obreros, las madres y los combatientes.

Los tanques y las topadoras israelíes con los que se impone la ocupación, no se detienen con obras de teatro…Los niños que se habían formado en las artes, llegados a la adolescencia, eligen combatir también, con otras armas. Fusiles y bombas caseras. Unas armas de morondanga, que tampoco paran los tanques, pero que requieren, para ser empuñadas ante esa parafernalia destructiva, de un arraigado ideal de justicia y libertad y de una disposición a perder la vida, antes que arrodillarse frente al invasor: “No queremos esta vida, es espantosa”, dice una de las mujeres de Jenín…

En otra escena, Ala, nos hace saber que “Más vale la vida de un combatiente que una casa”. “Mejor perder los bienes materiales, que a un familiar…”

Su madre había opinado lo mismo un rato antes: Y si destruyen su casa? -le preguntan-“Bienvenidos. Es una casa nada más. Puedo vivir en una tienda”. Y muestra su disposición a morir antes que abandonar su ideal, cuando asegura: “No pienso decirle que se rinda aunque me pusieran la pistola en la frente.”

Ala, que no estaba presente cuando su madre hizo esta declaración, opinó como ella, poco después: ¿Y si te atrapan? -le preguntan – “La muerte o la libertad…” -dice-. Y cumple.

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En una escena anterior, se asiste a una discusión entre Ala y Zaccaría acerca de la conveniencia o no de arriesgarse al arresto con tal de mantenerse vivo para seguir resistiendo, o directamente, arriesgarse a la muerte. Se escucha allí varias veces la palabra muqáuama, que es traducida como “combate”, pero que significa literalmente “resistencia”. Reserven esto en su memoria para más adelante.

El documental nos muestra la disposición a la resistencia de los habitantes del campo de Jenín.

Pero lo que se observa allí es sólo un ejemplo de un fenómeno que recorre toda Palestina: mayoritariamente, el pueblo resiste. Cada uno como puede, con lo que tiene a su alcance. Y tratándose de palestinos, cuerpo y palabra no son dos herramientas entre muchas: son casi, las únicas.

En otros documentales, en el abundante material que circula por internet y en muchas publicaciones, se confirman estas afirmaciones.

Por ejemplo, en el libro El Perfume de Nuestra Tierra (Taller de Mario Muchnik, 2003), la periodista francesa Kenizé Mourad, recopila valiosísimos testimonios tomados durante su recorrido de cuatro meses por toda Palestina.

Allí cuenta, por ejemplo, la historia de Salim, un hombre cuya familia fue expulsada en 1948 y nuevamente en 1967. Que se crió en un campo de refugiados y con mucho esfuerzo estudió, formó una familia, trabajó en Arabia Saudí y volvió a Palestina con dinero suficiente para comprar un terreno y construir su casa. Casa que fue demolida tres veces y que Salim insiste en reconstruir por cuarta vez. Este hombre declara: “Me dejaron a mí, a mi mujer y a mis seis hijos en el polvo de los escombros, sin nada. (…) Para mi esposa fue demasiado. Sufrió una auténtica depresión. No hablaba, parecía no oír nada. Tuvo que estar ingresada en un hospital durante meses, pero no se ha curado completamente. En cuanto a los niños (…) cuando por fin comprendieron que (la casa) había sido de nuevo destruida, debería usted haber visto sus ojos. El pequeño de seis años tenía convulsiones. Ya sabe, para un niño (…) la casa es la seguridad, el nido…Si se destruye el nido, se siente en peligro de muerte. (…) (Voy a) continuar resistiendo. Desde hace dos meses estamos volviendo a reconstruir. (…) Quienquiera en el mundo, que vea su tierra ocupada por otros y no resista, es un animal.”

Zayyad, el que defiende la patria con los dientes, piensa como Salim, cuando escribe:

“Sobre vuestros pechos/ aquí/ como un muro/ nos quedamos.

Aquí/ en vuestras gargantas/ como un trozo de vidrio/

como un higo de tuna sin pelar.

Como una tempestad de fuego/ en vuestros ojos.

Sobre vuestros pechos/ aquí/ como un muro/ nos quedamos.

Hambrientos/ Desnudos/ Desafiantes/ Cantando versos.

Llenando las irritadas calles/ de manifestaciones/ y de orgullo, las cárceles.”

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Mourad, interesada por lo que ella llama en principio “atentado suicida”, luego de que varios palestinos le hacen notar que no se trata de “suicidio”, decide nombrarlo “atentado kamikaze”, y obtiene al respecto, entre otras, estas declaraciones:

Ahmed, un joven profesor universitario de inglés, que durante una invasión a su pueblo, perdió a dos hermanos, dos primos y tres amigos, explica: – “Continuaremos luchando hasta que seamos libres, no tenemos elección. Aunque utilicen los armamentos más sofisticados y nosotros nuestras hondas y fusiles, finalmente venceremos porque el derecho está de nuestra parte. Es un combate entre un principio de humanidad -la lucha por la libertad, por los derechos- y el sionismo -que considera al pueblo judío el elegido y superior a los demás. (…) Señora, debe usted comprender: nadie se convierte en kamikaze por desesperación, porque se sufre demasiado. No se trata de un acto aislado, se trata de un acto de guerra, un acto político”.

Imán, una estudiante de 19 años, afirma – “Hoy estoy viva pero mañana tal vez los israelíes vendrán a matarme, por lo tanto prefiero convertirme en kamikaze para que al menos mi muerte sirva de algo, que sirva a mi pueblo. No se necesita ser religioso, creer en una vida futura. La religión bien puede ser el amor a su tierra, el amor a su país”.

Al menos en la cultura árabe, nadie se siente amenazado por la muerte natural, se la considera parte de la vida, una verdad inevitable. Pero estas personas viven bajo amenaza real de asesinato, lo cual le da a su vida y a su muerte un valor distinto. Porque la vida bajo la injusticia, en esa cosmovisión, es imposible.

Maha, una joven de 18 años, ofrece a la periodista, estas definiciones:

“(…) los palestinos asumimos riesgos todos los días, para estudiar, para salir, para simplemente vivir. Cuando miro objetivamente la existencia que llevamos, me digo: ¿cómo se puede soportar esto? y, sin embargo, encontramos los medios de vivir. Desde hace más de 50 años nuestro pueblo ha demostrado que es especialista en sobrevivir. Pase lo que pase, resistiremos.”

KM- ¿Resistir, es lo que los palestinos llaman el sumud?

Maha- “Exactamente. El sumud es no abandonar jamás, es resistir ante y contra todo, una resistencia pasiva si no es posible nada más. Es la paciencia: si somos débiles, bajo las botas del enemigo es no moverse, es aguantar, permanecer. Es, aún bajo el yugo, aún bajo la tortura, continuar con el espíritu libre, el espíritu de rebelión, continuar creyendo en nuestro ideal, en nuestro país…”

Es sumamente interesante, que en estas entrevistas realizadas en idioma inglés, que fueron luego transcriptas al francés y posteriormente traducidas al castellano, se mantenga intacta, justamente la palabra sumud. Palabra, que ha resistido y persistido, en árabe, pasando la barrera de tres idiomas!!

La descripción que Maha nos ofrece, es impecable, porque esa palabra literalmente implica: persistencia, perpetuidad, inmutabilidad, resistencia al hambre y a la sed, fortaleza, sostenimiento de un objetivo, disposición a enfrentar la adversidad…Significados que se mantienen en el uso.

Quiero señalar la diferencia entre sumud y muqáuama, esa palabra que pedí reservar en la memoria y que como dije, también significa resistencia. En esa diferencia hay un dato revelador.

Muqáuama se utiliza como resistencia en tanto respuesta a una agresión. Cuando cesa la agresión, cesa también la muqáuama.

En cambio, como bien lo indicó mi padre, “As-sumud, no es cosa de un día”. Porque nombra una posición en la vida, una posición ética. Y eso es algo que debe ser sostenido eternamente, perpetuamente, para garantizar los derechos. Este es un principio que está en los cimientos de la cultura árabe. Y que ya existía en las culturas que se arabizaron hace más de 1400 años.

Del valor particular que toman la vida y la muerte en esta existencia resistente a la ocupación, da cuenta la poeta Fadwa Tuqan, a través de este dulce testimonio:

Me basta con morir en ella/ con enterrarme en ella;

bajo su tierra fértil disolverme, terminar/ y brotar hecha hierba de su suelo;

hecha flor, con la que juegue/ la mano de algún niño crecido en mi país.

Me basta con seguir en el regazo de mi tierra/ polvo, azahar, hierba.

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Samah Jabr, psiquiatra palestina, en un artículo que titula Ocupados, pero libres en nuestras mentes  afirma:

“Ahmad, un hombre de Ramallah de 46 años, estaba bien hasta la última vez que lo detuvieron. Pero esta vez no pudo soportar el largo encierro en una celda minúscula donde no podía ver ni oír nada. Primero perdió el sentido del tiempo, luego se obsesionó con los movimientos de sus vísceras y empezó a creer que se estaba volviendo “artificial por dentro”. Después desarrolló una paranoia, empezó a oír voces y ver gente en su celda de aislamiento. Actualmente Ahmad ha salido de la prisión, pero está encerrado en la idea de que todo el mundo lo espía”.

Fátima ha pasado varios años consultando a los médicos por una serie de graves enfermedades de cabeza y estómago asociadas con dolores y diversas dermatosis. No había nada que permitiese pensar en una razón orgánica. Finalmente Fátima se confió a nuestra clínica psiquiátrica y contó que todos los síntomas empezaron cuando vio el cráneo abierto de sus hijos asesinados en el suelo de su casa durante la incursión israelí (…).

(…) Durante mi formación como médico en diferentes hospitales y clínicas palestinos he visto a hombres quejarse de imprecisos dolores crónicos desde que perdieron su trabajo como obreros en los sectores israelíes; he visto a colegiales sufrir de incontinencia después de una noche terrorífica de bombardeos. Tengo en la memoria el recuerdo de una mujer que llegó a urgencias con una ceguera súbita producida por la visión de su hijo asesinado; una bala le entró por un ojo y salió de la cabeza por detrás.

(…) Observo el comportamiento trastornado de mis pacientes, escucho sus terribles historias y respondo con los medios de que dispongo: algunas palabras que les ayuden a ordenar sus ideas dispersas; algunas píldoras que pueden ayudarles a reorganizar su pensamiento, a calmar sus delirios y alucinaciones, o que les permitan dormir o relajarse. Pero las palabras y las píldoras no pueden devolver un niño asesinado a sus padres, un padre encarcelado a sus hijos, ni reconstruir un hogar demolido.

(…) El hecho de que nuestra patria esté ocupada no significa, en sí mismo, que no seamos libres. Rechazamos la ocupación en nuestras mentes en la medida en que podemos enfrentarla; aprendemos cómo vivir a pesar de la ocupación y no a adaptarnos.

La resistencia a la ocupación y la solidaridad nacional son muy importantes para nuestra salud mental. Ejercerlas puede protegernos de la depresión y la desesperación.

(…) la enfermedad mental sigue siendo una excepción en Palestina. Resistir y enfrentarse todavía son la norma en nuestro pueblo. A pesar de todas las demoliciones de casas y la extrema pobreza, no será en Palestina donde se encuentre gente que duerma en las calles o rebusque en los cubos de basura para encontrar comida. Esta determinación se basa en los cimientos familiares, en la tenacidad social y en una convicción espiritual e ideológica (…).

La postura de Jabr es muy clara: cuando una población mayoritariamente, generación tras generación, conduce su existencia aceptando lo justo y rechazando lo injusto en sus actos, sus palabras y sus pensamientos, hay menos posibilidades para el arrasamiento subjetivo. Pero si el arrasamiento acontece, contarán quienes lo padezcan con una multitud de compatriotas dispuestos a escuchar, acompañar, tolerar, comprender, cuidar, alojar…

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Como si hubiera leído la mente y el corazón de cada palestino, la pluma combatiente de Samih AlQassem, escribió:

Tal vez me arranques hasta el último palmo de mis tierras.

Tal vez mi mocedad alimente la cárcel.

Tal vez robes la herencia de mi abuelo:

los muebles/ la vajilla/ y los cántaros.

Tal vez quemes mis versos y mis libros.

Tal vez mi carne arrojes a los perros.

Tal vez en nuestra aldea permanezcas

como una espantosa pesadilla.

¡Enemigo del sol!

Pero yo no cederé

Y hasta el último pulso de mis venas

¡Resistiré!

*Artículo presentado en el VI Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos, organizado por la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, llevado a cabo en Buenos Aires, Argentina, 15 al 18 de noviembre de 2007.

Por Beatriz Esseddin

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El año de Harún el Hurón – 903 de la Hégira – (30 de agosto de 1497 – 18 de agosto de 1498) – León el Africano – Amin Maalouf


Aquel año cayó Melilla en manos de los castellanos. Había venido una flota para atacarla, la halló desierta, abandonada por sus habitantes que habían huido hacia las colinas próximas, llevándose sus bienes. Los cristianos se apoderaron de la ciudad y empezaron a fortificaría. ¡Sabe Dios si la abandonarán un día!

En Fez, los refugiados granadinos se asustaron. Creían que el enemigo les pisaba los talones, que los perseguiría hasta el corazón mismo de los países del Islam y hasta el fin del mundo.

La inquietud aumentaba entre los míos pero a mí, volcado por completo en mis estudios y en mis nacientes amistades, no me afectaba todavía.

La primera vez que Harán vino a casa, muy tímido todavía, se lo presenté a mi tío diciéndole a qué gremio pertenecía su familia. Jali tomó en sus manos las de mi amigo, más menudas pero más rugosas ya, y pronunció estas palabras que, en el momento, me hicieron sonreír:

—Si la hermosa Sharazad los hubiera conocido, habría dedicado una noche apacible a contar su historia, le habría añadido genios, alfombras voladoras y linternas mágicas y, antes del alba, habría convertido milagrosamente a su jefe en califa, sus chozas en palacios y sus ropas de trabajo en trajes de ceremonia.

Se refería a los mozos de cuerda de Fez. Trescientos hombres, sencillos todos ellos, todos ellos pobres, analfabetos casi todos y que, sin embargo, habían sabido convertirse en el gremio más respetado de la ciudad, el más solidario, el mejor organizado.

Cada año, aun hoy, eligen un jefe, un cónsul, que organiza minuciosamente su actividad. El es quien designa, al comienzo de la semana, a los que habrán de trabajar y a los que descansarán, según la llegada de las caravanas, al estado de los zocos y la disponibilidad de los compañeros. Lo que gana un mozo de cuerda en la jornada no se lo lleva a casa sino que lo deposita todo en una caja común. Al final de la semana, el dinero se distribuye a partes iguales entre los que han trabajado, menos una parte, reservada para las obras de beneficencia del gremio, que son múltiples y generosas. Cuando muere uno de ellos, se hacen cargo de su familia, ayudan a la viuda a encontrar otro marido, se ocupan de los hijos de corta edad hasta que tienen un oficio. El hijo de uno es el hijo de todos. El dinero de la caja también sirve para los que se casan: todos cotizan para garantizarles una suma que les permita poner casa. El cónsul de los mozos de cuerda negocia en su nombre con el sultán y sus colaboradores. Así, ha conseguido que no paguen impuestos ni gabela y que les cuezan el pan gratis en los hornos de ha ciudad. Además, si uno de ellos comete por desgracia un crimen que merezca la muerte, no lo ejecutan en público como a otros criminales para que no caiga el oprobio sobre el gremio. A cambio, el cónsul ha de escudriñar sin complacencia la moralidad de cada nuevo aspirante para apartar a todo individuo sospechoso. La reputación de los mozos de cuerda ha llegado a ser tan buena que los comerciantes se sienten obligados a echar mano de ellos para vender sus mercancías. Así, los vendedores de aceite, que llegan del campo a los zocos con orzas de todos los tamaños, recurren a mozos especializados que comprueban personalmente la capacidad de los recipientes y la calidad del producto y se la garantizan a los compradores. Igualmente, cuando un negociante importa un nuevo tipo de tejido, echa mano de mozos de cuerda pregoneros para vocear la utilidad de su mercancía. Por cada actividad, el mozo cobra una suma fija, de conformidad con una tarifa establecida por el cónsul.

Jamás hombre alguno, por muy príncipe que sea, se atreve a atacar a uno de ellos pues sabe que tendría que vérselas con el conjunto del gremio. Su divisa es una sentencia del Profeta: «Ayuda a tu hermano, sea opresor u oprimido»; pero interpretan estas palabras como lo hizo el propio Mensajero cuando le dijeron: «Al oprimido lo ayudaremos, es natural. Pero, ¿cómo habríamos de ayudar al opresor?» Y él contestó: «Lo ayudaréis pudiendo más que él e impidiéndole hacer el mal.» Así, era raro que un mozo de cuerda provocara una riña en los zocos de Fez; siempre había entre sus hermanos uno prudente para hacerlo entrar en razón.

Tales eran esos hombres, tan humildes y, sin embargo, tan orgullosos. Tan indefensos y, sin embargo, tan generosos. Tan alejados de los palacios y de las alcazabas y, sin embargo, tan hábiles para gobernarse a si mismos. Si, tal era la raza a la que pertenecía mi mejor amigo.

Todos los días, con los primeros albores, Harán el Hurón pasaba a recogerme para recorrer a mi lado los pocos centenares de pasos que llevaban de casa de Jali a la escuela. A veces nos contábamos algunos chismes, a veces repetíamos los versículos estudiados la víspera. Las más de las veces, no decíamos nada, éramos amigos en silencio.

Una mañana, al abrir los ojos, lo vi en mi habitación, sentado a los pies de mi armario—cama, en lo alto del cual estaba yo acostado. Me sobresalté, temiendo haberme retrasado para la escuela y pensando ya en la caña del maestro, que iba a zumbar al azotarme las pantorrillas. Harán me tranquilizó con una sonrisa.

—Estamos a viernes, no hay escuela pero si hay calles y jardines. Coge un trozo de pan y un plátano y luego reúnete conmigo en la esquina de la avenida.

Desde ese día, sólo Dios sabe el número de caminatas que dimos. Muchas veces empezábamos el paseo en la plaza de los Prodigios. No sé si se llama así de verdad, pero así era como la llamaba Harún. Para nosotros no había en ella nada que comprar, nada que coger, nada que comer. Sólo había cosas que mirar, que olfatear y que oir.

Ante todo, los enfermos fingidos. Unos aseguraban padecer del mal caduco, se sujetaban la cabeza con ambas manos, la sacudían vigorosamente, dejando colgar labios y mandíbulas, luego se revolcaban por el suelo de manera tan experta que jamás se hacían un rasguño, jamás volcaban el platillo puesto junto a ellos para recoger el óbolo. Otros decían que padecían mal de piedra y gemían sin cesar, fingiendo atroces dolores, salvo si Harún y yo éramos los únicos espectadores. Otros exponían a las miradas llagas y pústulas. Yo me apartaba de ellos a toda prisa, pues me habían dicho que bastaba con mirarlos para contraerías.


Había en la plaza numerosos saltimbanquis que cantaban estúpidas romanzas y vendían a la gente crédula papelitos que contenían, decían ellos, fórmulas mágicas para curar todo tipo de enfermedades. Había también curanderos ambulantes que ponderaban sus productos milagrosos y se guardaban muy mucho de pasar dos veces por la misma ciudad. Había igualmente exhibidores de jimios que se divertían asustando a las mujeres encintas, así como encantadores de serpientes que se enroscaban los animales alrededor del cuello. Harún no temía acercarse. Pero a mí me daban tanto miedo como asco.

Los días de fiesta había narradores. Recuerdo sobre todo a un ciego cuyo bastón bailaba al ritmo de las aventuras de Helul, héroe de has guerras de Andalucía, o del célebre Antar Ibn Shadad, el árabe más valeroso. Una vez, mientras evocaba los amores de Antar el negro y la bella Abla, se interrumpió para preguntar si había entre el público, niños o mujeres. Unos y otras se alejaron de mala gana, con ha cabeza gacha. Yo esperé un momento, el suficiente para dejar a salvo mi amor propio. Cien miradas reprochadoras se habían vuelto hacia mí. Incapaz de sostenerlas, me disponía a marcharme, pero, con un guiño, Harún me hizo comprender que no había ni que planteárselo. Me puso una mano en el hombro, se llevó la otra a la cadera y no se movió del sitio. El narrador prosiguió su historia. La escuchamos hasta el último beso. Y sólo después de que la muchedumbre se hubo dispersado continuamos nuestra caminata.

La plaza de los Prodigios estaba situada en el cruce de varias calles transitadas. Una, atestada de libreros y memorialistas, desembocaba en el atrio de la Mezquita Mayor; otra, albergaba a los vendedores de borceguíes y zapatos; la tercera, a los comerciantes de bridas, de sillas de montar y de estribos; la cuarta, en fin, era para nosotros de paso obligado. En ella se hallaban los lecheros, cuyas tiendas se adornaban con jarras de mayólica mucho más valiosas que el producto que en ellas se vendía. No era a esas lecherías a las que íbamos, sino a los puestos de quienes, a sus mismas puertas, les compraban cada tarde a bajo precio la leche que se había quedado sin vender, se la llevaban a sus casas, la dejaban cuajarse durante la noche y volvían a venderla, al día siguiente, helada y rebajada con agua. Era una bebida que quitaba la sed y el hambre y que no era gravosa ni para la bolsa ni para la conciencia de los creyentes.

Harún y yo sólo estábamos empezando a descubrir Fez. Íbamos a desnudarla velo a velo como a una novia en su aposento nupcial. De aquel año he guardado mil recuerdos que me hacen revivir, cada vez que los evoco, el candor despreocupado de mis nueve años. Es, sin embargo, el más doloroso de estos recuerdos el que me veo obligado a contar aquí pues, si lo omitiera, faltaría a mi idea de testigo fidedigno.

El paseo había empezado aquel día como todos los demás. Harún quería huronear, yo no le iba a la zaga en curiosidad. Sabíamos que al oeste de la ciudad había un pequeño arrabal llamado El—Mers del que nuestro maestro sólo hablaba con una especie de mueca preocupada. ¿Estaba lejos? ¿Era peligroso? Otros, en nuestro lugar, habrían parado mientes en estos detalles; nosotros nos contentábamos con caminar.

Al llegar al arrabal, a eso de mediodía, no nos costó trabajo comprender de qué se trataba. Por las calles, mujeres recostadas en las fachadas o en puertas abiertas que sólo podían ser de tabernas. Harún imitaba los andares incitantes de una prostituta. Me reí, imitando, a mi vez, el contoneo de una matrona.

¿Y si fuéramos a ver qué había en las tabernas? Sabíamos que no se nos permitía entrar pero siempre podíamos echar una ojeada deprisa y corriendo.

Así pues, nos acercamos a la primera. Está oscuro. Sólo vemos un grupo de clientes. En medio, una abundante cabellera pelirroja. Nada pues ya nos han visto y echamos a correr a toda velocidad, derechos a la taberna de la calle de al lado. No hay más luz pero nuestras miradas se orientan más deprisa. Contamos cuatro cabelleras, unos quince clientes. En la tercera, nos da tiempo a distinguir algunos rostros, algunas copas relucientes, algunas jarras. Sigue el juego. Nuestras inconscientes cabezas asoman de golpe a la cuarta. Nos parece que hay más claridad. Distinguimos, muy cerca de la puerta, un rostro. ¿Aquella barba, aquel perfil, aquel porte? Saco la cabeza y salgo corriendo por la calle. No huyo ni de los taberneros ni de los encargados de echar a los borrachos. La imagen que quiero dejar atrás es la de mi padre, sentado en la taberna, a una mesa, con una cabellera suelta a su lado. Yo lo he visto, Harún es probable que lo haya reconocido. ¿Nos ha visto él? No lo creo.

Desde aquel día, he tenido ocasión de ir más de una vez a tabernas y a barrios más sórdidos que el—Mers. Pero, aquel día, el suelo se me hundió. Hubiérase dicho el día del Juicio. Sentía vergüenza, dolor. No paraba de correr, con las lágrimas resbalándome por las mejillas, los ojos casi cerrados, un nudo en la garganta, sin resuello.

Harún iba detrás de mí, sin hablarme, sin tocarme, sin siquiera acercárseme mucho. Esperó a que estuviera agotado, a que me sentara en el umbral de una tienda cerrada. El se sentó a mi lado, siempre sin decir palabra. Y luego, al cabo de una hora larga, cuando yo me estaba levantando, más tranquilo, se incorporó e, imperceptiblemente, me puso en el camino de regreso. Hasta que, al crepúsculo, no estuvimos a la vista de la casa de Jali, Harún no abrió la boca:

—Todos los hombres han ido siempre a las tabernas; a todos los hombres les ha gustado siempre el vino. Si no, ¿por qué hubiera tenido que prohibirlo Dios?

Al día siguiente, volví a ver a Harún el Hurón sin sentirme violento. Lo que temía era ver a mi padre. Menos mal que tenía que irse al campo donde estaba buscando un terreno en arriendo. Volvió unas semanas después, pero para entonces el destino ya había ahogado mis penas y las suyas en desgracias mayores.

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Jezabel – La Cleopatra Fenicia

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Los Israelitas mantuvieron a lo largo de los siglos una relación amor-odio con los fenicios. Fenicia rodeada por una cultura cosmopolita y un enjambre politeísta, contrastaba con el yahvismo y los círculos religiosos más cerrados del reino de Israel, pero las circunstancias políticas y el control de las rutas comerciales iban a traer consigo una alianza entre Fenicios e Israelitas que marcaría para siempre la historia de este reino norteño y cuya protagonista sería una mujer fenicia, una mujer que llegaría a ser reina de Israel.

A principios del siglo IX a.C (entre el 900-875 a.C.) nació una princesa fenicia llamada Jezabel. Su padre el rey Etbaal, fue un tirano que consiguió llegar al trono de Sidón asesinando a sus hermanos. Etbaal se había erigido como sumo sacerdote del dios pagano Baal. El propio nombre de este rey”Etbaal” significa: “Estoy con Baal”.

Su hija Jezabel se había criado en Tiro y Sidón, inculcándosele una educación propia de los reyes de fenicia, rodeada de riqueza, y posiblemente llegando a ser una sacerdotisa importante del dios Baal, una deidad de la naturaleza que gobernaba la tormenta y la fertilidad. Una infancia de convicciones religiosas profundamente arraigadas en el politeísmo fenicio, un aprendizaje de sus obligaciones como princesa avocada a una vida educada en palacio. Una mujer que debía dominar varios idiomas y también conocía las costumbres de sus pueblos vecinos. La Biblia no menciona nada sobre la niñez de Jezabel, pero la arqueología nos muestra el estilo de vida que la rodeaba. Tampoco existen registros sobre quien fue su madre o si tuvo hermanos, pero sabemos que sus primeros años debieron discurrir en palacio rodeada de riquezas del extremo Oriente y de las tierras exóticas de Egipto y África del Norte.

Mientras Jezabel se criaba en fenicia, Israel coronaba a un antiguo comandante llamado Omrí. Este monarca trasladó su capital de Siquem y Thersa a Samaria y comenzó la construcción de su palacio (I Reyes 16,24)«Y compró el monte de Samaria de Semer por dos talentos de plata: y edificó en él, y llamó Samaria el nombre de la ciudad, que fabricó allí, del nombre de Semer dueño del monte». La arqueología bíblica ha desvelado que el Palacio de Samaria fue construido por Omrí*  , pues fuentes asirias posteriores, llaman al reino del norte “la casa de Omrí”, lo que significa que fue el fundador de su capital.

El palacio de Samaria fue excavado en la primera década del siglo XX y nuevamente estudiado en los años 30 por un equipo de arqueólogos británicos, norteamericanos y judío-palestinos. El yacimiento esta situado en un paisaje de colinas. Los trabajos arqueológicos localizaron un asentamiento preomríta que encaja con la heredad de Semer, mencionada en la Biblia y un opulento palacio alzado sobre la colina, con edificios auxiliares.

Además de sus proyectos de edificación, Omrí quería mantener la paz y estableció alianzas con sus vecinos. La más importante fue con Fenicia. Por aquel entonces, los fenicios necesitaban extender sus rutas comerciales por tierra, e Israel ansiaba tener un acceso hacía la costa para reforzar los intercambios comerciales con las ciudades de la costa de Canaán. Además esta alianza con Fenicia les reforzaba contra la amenaza de los Sirios. Omrí concertó un matrimonio de conveniencia entre su hijo Ajab y la princesa Jezabel. Estos matrimonios políticos eran frecuentes, al igual que lo hacían los egipcios con los hititas, para evitar ir a la guerra.

Pero en la Biblia, la alianza de Omrí con Fenicia casando al heredero de Israel con una princesa extranjera fue sumamente criticado: (I Reyes 16,25):« Y Omrí hizo lo malo delante del Señor, y obró más inicuamente, que todos cuantos le habían precedido.»

Omrí no vio el enlace de Jezabel con su hijo y no pudo acabar las obras del palacio de Samaria. Con su muerte en el 869 a.C., Ajab le sucede al trono y al casarse con Jezabel, ella se convierte en la reina de Israel.

Es muy probable que el pueblo de Israel viera en un principio con buenos ojos este enlace por la situación política anteriormente descrita, pero lo que no sabemos es como se sintió Jezabel. Quizás se vio como una embajadora o quizás nunca quiso abandonar su ciudad natal. Eso no lo sabremos.

Ajab continuó las obras de su padre y acabó la construcción del palacio de Samaria, al que llamaban “la casa de marfil de Ajab” por su gran cantidad de incrustaciones en marfil.(1 Reyes 22,39): «Y el resto de cosas de Ajab, y todo lo que hizo, y la casa de marfil, que labró, y todas las ciudades que edificó…» En las excavaciones arqueológicas en este palacio se han hallado varias placas de marfil talladas con un diseño intrincado y que datan del s.VIII a.C., mostrando motivos sirio-fenicios y egipcios .

Ajab construyó más al Norte, en el valle de Jezrael otro palacio al que posteriormente se trasladaron(1 Reyes 21,1). Efectivamente el yacimiento de Jezrael fue excavado en la década de 1990 por David Ussishkin, de la Universidad de Tel Aviv y John Woodhead, de la British School of Archeology de Jerusalén [3]. Su formación es muy similar a la de Samaria, pero su duración es muy limitada cronológicamente. Entre su contrucción y su destrucción hay un breve lapso de tiempo, lo que anticipa el drama de la historia de Jezabel.

jezabel_baal_a Mientras que el rey estaba inmerso en los asuntos de Estado, Jezabel se ocupaba de adorar a sus dioses de Fenicia, construyendo templos para las deidades extranjeras en el corazón de Samaria (1 Reyes 16,32-33):«Y erigió (Ajab) un altar a Baal en el templo de Baal, que había edificado en Samaria, y plantó un bosque (una Ashera).»

El Instituto Oriental de Chicago, durante las excavaciones llevadas a cabo cerca de Samaria, halló los restos de un templo dedicado a Asertoret que estuvo levantado durante el reinado del rey Ajab. Próximo a este lugar se encontraron recipientes con restos de bebés que habían sido sacrificados en este templo. Este descubrimiento verifica que la adoración a Baal y a Ashera o Astarte era corriente en Samaria durante los tiempos de Jezabel.

Esto causó ofuscación a los líderes religiosos de Israel, quienes veían que esta mujer influía negativamente en Ajab. El empeño de Jezabel en adorar al dios Baal, e introducir sus ritos de culto, entre los que se encontraba la prostitución sagrada, fue para los devotos israelitas una abominación. En pocos años los israelitas se habían convertido al paganismo y Jezabel se había convertido en una amenaza para los profetas de Israel.

La oposición pública de los profetas contra Jezabel fue reprimida duramente por la reina. Para mayor crispación Jezabel trajo 450 sacerdotes para servir al ídolo de Baal y 400 para servir Astarte. Los alimenta y les da alojamiento con dinero público.(1 Reyes 18,19). El levantamiento popular comienza a tomar cuerpo. Los profetas de Israel clamaron públicamente contra ella y ella mandó asesinarlos. Se había convertido en la enemiga de Israel.

Los eruditos identifican el libro primero y segundo de los Reyes como parte de la historia Deuteronomística, atribuida a un autor o a un conjunto de autores y redactores. Cuando Jezabel entra en escena, les proporciona a los redactores de la Biblia una oportunidad perfecta para enseñar una lección religiosa y moral sobre los malos resultados de la idolatría. La figura de Jezabel incorpora todo lo que debe ser eliminado de Israel, para evitar que la pureza del culto a Yahvé sea contaminada .

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En este momento la Biblia nos introduce un personaje salvador, un siervo de Yavhé que libertará a Israel de la idolatría: el profeta “Elías”.

Elías reconoce la amenaza que supone el creciente número de fieles a Jezabel y sabía que la reina había mandado asesinar a sus opositores. De seguir así se extinguiría el culto a Yavhé. Lo primero que hace es dirigir su cólera contra Jezabel y profetiza una gran sequía en la región. (1 Reyes 17,1)«…no caera rocio ni lluvia en estos años, sino según la palabra de mi boca». Si la profecía se cumplía sería Yavhé y no Baal el verdadero dios que dirige la naturaleza y los fenómenos atmosféricos. Entonces llegó una sequía que duró tres años y medio y no habiendo cedido Jezabel, Elías reta públicamente en el monte Carmelo a los 450 profetas de Baal y a los 400 sacerdotes de Astarté, que estaban al mando de la reina.

La Biblia cuenta con detalle este duelo: Los sacerdotes de Baal cogen un buey trozeado y los ponen sobre leña, e invocan a su dios, pero la pira no se enciende por si sola. Elías edifica un altar a Yavhé, pone sobre la leña un buey trozeado y orando cae un fuego que devora el holocausto. El pueblo queda convencido de que Yavhé es el verdadero Dios y Elías manda matar a los profetas de Baal.

Enseguida que Jezabel tuvo noticias de lo sucedido, condena a Elías a muerte. A Elías no le queda más remedio que huir al monte Horeb. Elías había conseguido dividir religiosamente al pueblo, pero necesitaba un militar que acaudillase la revolución contra la reina.

En ese periodo los sirios atacaron, el rey Ajab fue a la guerra, y Jezabel se hizo cargo del trono. Finalmente Ajab pacta con los sirios para enfrentarse a los asirios y la paz vuelve provisionalmente a Israel. Existen interesantes descubrimientos en el mundo de la arqueología en relación con el Rey Ajab y los hechos que rodearon su vida. Se ha encontrado un sello que le menciona de la siguiente manera: “Perteneciente a Ushna siervo de Ajab”. Se trata de un sello con forma escaraboide, con una gran influencia egipcia en su diseño y forma. La inscripción está escrita en hebreo antiguo.

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A este monarca también se le cita en textos asirios. En una inscripción que relata la batalla de Qarqar (853 a.C.), entre Ajab y su enemigo, el Rey Salmanassar III de Asiria (859-824 a.C.) [6]. En esta inscripción se ha conservado la relación del orden de batalla de los ejércitos aliados que combatieron contra él: “Hadadezer(Bar-Hadad II) de Damasco:1.200 carros de guerra, 1.200 jinetes, 10.000 infantes; Irhuleni de Hamath: 700 carros de guerra, 700 Jinetes, 10.000 infantes; Ajab, el Israelita:2.000 carros de guerra, 10.000 infantes; Que: 500 infantes; 1000 soldados de Musri (probablemente un estado de Siria o Egipto); Arqad:10 carros, 10.000 soldados; Arvard:200 soldados; Usanata (Usnu):200 soldados; Shian:30 carros y 10.000 infantes;1.000 (.?) soldados de Amnon; Gindibu el árabe:1.000 camelleros.” [7]. Este documento asirio menciona a Ajab y deja constancia del tamaño de su ejército.

Por otra parte tenemos la estela de Mesha, rey de Moab, descubierta en 1868 al Este del Mar Muerto; mide 1,13 metros de altura y tiene una anchura de 70 cm; lleva una inscripción de 34 líneas y data aproximadamente del 850-840 a.C. En esta podemos leer otra posible referencia a Ajab: ” Omrí era rey de Israel y oprimió Moab durante numerosos días (…) y su hijo le sucedió y el dijo: Oprimiré a Moab ” [8]

La narración bíblica continua con un último episodio dramático que será crucial para el fatal desenlace. El rey Ajab, mucho más mayor de edad que su esposa, desea una viña contigua a su palacio de Jezrael, que es de propiedad de Naboth.

Ajab le ofrece al dueño otra viña mejor o el dinero que le pida, pero Naboth se niega. Ajab se deprime y todo el palacio se da cuenta. El rey le cuenta su frustación a su mujer y Jezabel le asegura que ella le conseguirá la viña de Naboth. Jezabel se disgusta por la debilidad del rey en un asunto interno o administrativo; teniéndose en cuenta que Ajab era el rey de Israel y que ella conocía como debía actuarse en fenicia en estos casos. Jezabel escribió una carta en nombre de Ajab, y sellóla con su anillo, y la envió a los ancianos y principales, que había en la ciudad de Naboth, y que moraban con él. (1 Reyes 21,8). En la carta les ordenaba que inculpasen a Naboth por traición y que lo condenasen a muerte. Sus órdenes se cumplieron, lo apedrearon y lo matarón. La arqueología bíblica ha encontrado un sello que perteneció a la propia Jezabel. Este sello tiene inscritas las letras JZBL.

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Sello de Jezabel: (1 Reyes 21,8):”Escribió pues una carta en nombre de Ajab, y sellóla con su anillo”

La conspiración contra Naboth había dado resultado. Jezabel había levantado su mano contra un inocente y aquello hizo volver al profeta Elías. Jezabel aparece en la Biblia como una déspota, que haría cualquier cosa por mantener su autoridad y hacerse con el reino. Sin embargo, los detalles de la historia no siempre nos muestran la realidad tal y como nos lo cuenta la Biblia. Cuando hay varias personas inmiscuidas en un complot, puede haber uno que se rebele y cuente lo que el artífice de la conspiración está haciendo, haga saltar la alarma y fruste los planes. Pero curiosamente aquí nadie lo hizo y nos podemos preguntar si fue la propia Jezabel la víctima de esa conspiración. Elías, ya había convencido a Jehú, un general del ejército de Ajab, para que se rebelase contra la actual monarquía y acabase con Jezabel. Todo era cuestión de tiempo.

Tras la muerte de Naboth, el rey entró en su viña y Elías salió a su encuentro. Lo que entonces hace Elías es tirar sobre él y Jezabel una terrible maldición: (1 Reyes 21,19)«Mataste y además poseíste. En este lugar, en que lamieron los perros la sangre de Naboth, lamerán también la sangre tuya» y de Jezabel dijo: « Los perros comerán a Jezabel en el campo de Jezrael», «Si muriere Ajab en la ciudad le comerán los perros, y si muriere en el campo, le comerán las aves del cielo.»

Posteriormente a este acontecimiento Siria rompe su alianza con Israel y Ajab vuelve al campo de batalla, pero esta vez muere en la guerra, herido gravemente por una flecha que le atraviesa entre el pulmón y el estómago.(1 Reyes 22,34-35).

jezabel_3_a-e1315975060939 Tras la muerte de Ajab, le sucede su hijo Ochozias, pero a los dos años muere y Joram su hermano menor, le sucede al trono, pero Jezabel en todo este tiempo sería quien reinará a la sombra. La muerte de Ajab fue el principio del golpe de estado contra la casa de Omrí. El general Jehú aprovecho la oportunidad y se hizo con las tropas, mató a Joram, y encabezó una revolución para hacerse con el reino de Israel. Jehú se encaminó al palacio de Jezrael.

Hay un diálogo entre Jehú y Joram que marcará para siempre a Jezabel a lo largo de la historia como una prostituta. En 2 Reyes 9, 22 Joram le dice a Jehú: ”¿Jehú, hay paz?, más el respondió:¿ Qué paz?, las fornicaciones de Jezabel tu madre, y sus muchos encantamientos están en su vigor”.

Aquello convirtió a Jezabel, la reina más demonizada por la Biblia, en una prostituta. Un ejemplo de esa demonización es La película de 1938 “Jezebel”, protagonizada por Bette Davis donde una tentadora y destructiva Jezabel conduce a un hombre a su muerte. Pero la arqueología nos dice que esta reina no fue lo que la Biblia denuncia. Jezabel fue una patriota fenicia, una mujer fiel a sus propios ideales, que siguió las enseñanzas de su padre y lucho por sus creencias, sin importarle las consecuencias. Fue una mujer fuerte y valiente, contracorriente, que quiso instaurar el culto de sus dioses en un país extranjero y no se dejó pisotear por los sectores más Yavhistas de Israel. Una mujer que dejó su país, para cumplir el mandamiento de su padre y llevar la paz entre Fenicia e Israel. Jezabel fue una esposa leal, fue la mano derecha del rey y fue una Cleopatra fenicia que lucho con dignidad hasta el final.

Su muerte, cruelmente descrita en la Biblia, es un drama histórico, pero que tuvo consecuencias nefastas para el reino. La Biblia dice que cuando Jezabel oyó que Jehú había entrado en Jezrael, se pintó los ojos con khol, y se adornó la cabeza, y salió a la ventana para insultarle. Se había maquillado para morir dignamente y enfrentase a la muerte con valentía.

Las excavaciones en las ruinas del palacio de Samaria, realizadas por la Universidad de Harvard, mostraron una habitación en la que se descubrieron pequeñas cajas de piedra con las que Jezabel, mezclaba sus cosméticos. Las cajas tenían varios pequeños agujeros en los que depositar colores y un hundimiento en medio para realizar la mezcla.

Jehú, mandó a unos eunucos que la tiraran desde su ventana y (2 Reyes 9, 33-37)«quedó salpicada la pared con la sangre y pisáronla los pies de los caballos»

«Y habiendo entrado para comer, y beber, dijó(Jehú): Ir a ver a aquella maldita, y enterradla, que al fin es hija de rey».

«Y habiendo ido a enterrarla, no hallaron sino su calavera, y los pies, y la extremidad de las manos.» Y volviendo, le dieron el aviso. Y dijo Jehú: La palabra del Señor es, que habló por su siervo Elías Thesbita, diciendo: «En el campo de Jezrael comeran los perros las carnes de Jezabel. Y serán las carnes de Jezabel en el campo de Jezrael como el estiércol sobre la haz de la tierra, en tanto extremo, que dirán los que pasen:¿ Es esta aquella Jezabel?».

muerte_jezabel_a Al margen de la crueldad de esta muerte, la Asociación británica para la antropología biológica y la osteoarqueología afirma que estos versículos son el primer testimonio documentado en la que unos restos humanos son útilmente valorados para un reconocimiento del cadáver.

La reina más odiada de Israel había caído (842 a.C.), pero su muerte traería consecuencias nefastas. Fenicia y otras naciones, impactados por el asesinato de Jezabel, rompieron la alianza con Israel y retiraron sus relaciones comerciales. Muy pronto Siria conquistó gran parte del reino del Norte. El reino de Israel se estaba acercando a su fin inevitable, su destrucción.

Nota

*Sexto rey de Israel (885-874 a.C.). Tal personaje, probablemente de origen árabe y no israelita, aunque se le considera también de la tribu de Isachar, fue primero jefe militar y luego, a la muerte de Elá, que había sido asesinado por Zimri (un usurpador que únicamente reinó siete días), y después de una serie de luchas contra Tibni (otro aspirante al trono), fue proclamado rey.

Su habilidad política quedó reflejada incluso en las fuentes asirias de Adad-nirari III, Tiglat-Pileser III, Salmanasar III y Sargón II, en las cuales se alude a Israel y al soberano de turno como mar Khumri (‘hijo de Omrí’), bit Khumri (‘casa de Omrí’) y mat Khumri (‘país de Omrí’). Tras residir seis años en Tirsah, pasó a fijar su capital en Samaría, desde donde supo pactar con Judá en el contencioso de las fronteras entre ambos reinos.

Para defenderse de los arameos, estableció alianza con diferentes ciudades fenicias de la que se derivó un comercio activísimo. Tal alianza tuvo su concreción en el matrimonio de su hijo Acab con Jezabel, hija del rey de Tiro y Sidón Itthobaal I. Sin embargo, hubo de ceder a los arameos varias ciudades de la Transjordania e incluso tolerar la existencia en Samaría de barrios especiales para los comerciantes arameos.

Asimismo, según indica la Estela de Mesha (hoy en el Museo del Louvre), luchó contra Moab, región a la que le arrebató el territorio de Madaba, lo que le permitió cobrar tributo en las vías comerciales que atravesaban aquel territorio. Omrí fue sucedido por su hijo Acab.

Referencias:
Instituto de Estudios Arqueológicos Bíblicos
Los Omrides odiados por la Biblia…¿Por qué?- Israel Finkelstein, Jaime Zamorano y Ronny Reich
La Biblia Desenterrada-Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman
Biblia Scio de San Miguel.
Las batallas de la Biblia.-Chaim Herzog y Mordechai Gichon
Salomón:Entre la realidad y el Mito.-Javier Alonso López
Biografy.-Canal de Historia.-Jezabel.
Jezebel, Phoenician Queen of Israel.

Gerardo Jofre

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