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San Nicolás y otras tradiciones navideñas

San Nicolás
San Nicolás

SAN NICOLÁS

También San Nicolás es un personaje del mundo antiguo cuyo culto cobró fuerza a lo largo de la Edad Media. Nació en Patara, Lycia, provincia romana de Asia Menor, en torno a la década del 270 d.C. Cuando sus padres murieron se entregó plenamente a la vida religiosa. Ordenado sacerdote, llegó a ser obispo de Myra (Turquía), ciudad en la que vivió el resto de su vida. Destacó tanto por combatir el paganismo y la herejía arriana, como por el trato que dispensaba a los niños, a los que cada Nochebuena, regalaba juguetes que el mismo había confeccionado. Murió entre 340 y el 350 d.C.

La fama de su santidad se extendió rápidamente. La tradición dice que de su tumba brotaba un manantial de agua milagrosa que curaba las peores enfermedades. Venerado profundamente en el Imperio Bizantino, sólo en Constantinopla tenía veinticinco templos. En Grecia se extendió con gran fuerza y a principios del siglo X pasó a Rusia donde se convirtió en el santo nacional. Su culto en Occidente empezó a penetrar por Alemania en el año 972, gracias al enlace matrimonial del emperador Otto II con una princesa bizantina. En el siglo XIII, ya era patrono de Ámsterdam y repartía regalos entre los niños la noche del 5 al 6 de enero, día de su fiesta hasta el siglo XVII en que se trasladó al 25 de diciembre.

Quizás la rapidez con la que se extendió su fama se deba a que muy pronto este obispo, fue relacionado con una serie de figuras paganas vinculadas al renacimiento vegetal, como eran por ejemplo el Padre Invierno para los escandinavos o los diferentes gnomos y espíritus de la naturaleza para los celtas. Habitualmente estos seres, no sólo tenían una función simbólica en sus culturas, sino que se decía de ellos que agasajaban con regalos a los niños llegado el Año Nuevo. Curiosamente los restos del obispo, al igual que ocurrió con los Magos de Oriente, iniciaron un largo periplo a partir del año 1087. Primero, fueron depositados en una basílica bizantina levantada en su honor en Myra. Allí fueron robados por comerciantes del sur de Italia que los llevaron a Bari donde fueron vendidos como reliquias. Esta ciudad se sintió tan identificada con el santo que aún hoy se le conoce como San Nicolás de Bari.

TRADICIONES NAVIDEÑAS

Comidas y dulces

El origen de la cena de Nochebuena y de la comida del día de Navidad, es casi tan viejo como la propia fiesta. Estos ágapes, entroncan directamente con los banquetes que los romanos hacían durante la celebración de las Saturnales con las que recibían el Año Nuevo, y que igualmente, tenían un carácter festivo y propiciatorio. Cierto es que los platos que se servían durante el Medioevo debían variar mucho con respecto a los que consumimos hoy día e incluso diferían entre unas clases sociales y otras.

La dieta de la mayor parte de los europeos, se compuso durante muchos siglos de pan, hortalizas, verduras, legumbres secas, carne de cerdo, queso, leche, cerveza y vino. La variedad resultaba mayor en las mesas de los nobles, en la que además hacían acto de presencia la miel, la caza, el cordero y rara vez pescado (si no se trataba de una zona pesquera). Así mismo, las especialidades variaban según las regiones dependiendo de que la base de su economía fuera de tipo agrario, pesquero o ganadero, lo que ha dado como fruto un rico catálogo regional de cocina navideña española.

La tradición de poner sobre la mesa un ave como plato central de la cena de Nochebuena o de la comida de Navidad, habitualmente, ganso, gallo, capón o pavo (una vez traído de América), es muy antigua y proviene del mundo clásico grecorromano. Para ellos las ocas u otras aves migratorias, que volvían al norte al final del invierno, traían con ellas el anuncio de la primavera, por lo que poner un ave de este tipo en el plato, constituía un acto favorecedor del buen tiempo. Con esto se solicitaba el pronto retorno de estas aves y el fin del gélido invierno. De hecho, en época bizantina dentro del mundo cristiano, la presencia en los banquetes de pintadas o gallinas de Guinea, era algo habitual.

Desde el siglo VI lo fue el capón, el gallo castrado y engordado para las comidas de Navidad, mientras que el siglo XIII lo corriente entre la nobleza provenzal, fue el gallo, símbolo de fertilidad y resurrección. El consumo de gansos y ocas fue tan elevado a lo largo de la Edad Media que a punto estuvo de exterminarse esta especie de aves en varias regiones europeas, algunas de las cuales aún hoy la mantienen como tradicional comida navideña.

En cuanto a la variedad de dulces navideños huelga decir que es inmensa. Los más populares y generalizados entre nosotros son el mazapán, el turrón y el famoso roscón de reyes que cierra el ciclo navideño. El origen del mazapán es incierto. Algunos estudiosos afirman que proviene del mundo árabe y llegó hasta nosotros a través de Chipre, Sicilia o Venecia. Otros sitúan su nacimiento en esta última ciudad e incluso en Alemania. Sin embargo, hay serios estudios que afirman que nació en España, en concreto en la ciudad de Toledo, en el convento de San Clemente el Real. En uno de los asedios que sufrió la ciudad por parte de los musulmanes, la comida empezó a escasear y las religiosas recordaron que guardaban en sus despensas gran cantidad de almendras, que machacaron y mezclaron con azúcar hasta formar una pasta que trocearon. Con ello se alimentaron los defensores cristianos de la ciudad. Este hecho tuvo lugar en el año 1214, conocido en las crónicas de la época como el año del hambre.

Ahora bien, el dulce navideño por excelencia es el turrón. Una carta escrita por María de Trastámara, en el año 1453, a las monjas del Convento de Santa Clara de Barcelona, es la primera noticia escrita que tenemos en España de este manjar, a la vez que sirve para sustentar la teoría de su origen español. A pesar de esta carta, parece ser que el origen de este dulce es árabe. Sin ir más lejos, en el famoso Las mil y una noches, donde se recogen cuentos y tradiciones orales antiquísimas, aparece nombrado un dulce muy similar a nuestro turrón, que debió tener su precedente en el alajú o alfajor del mediterráneo oriental.

Por último, el Roscón de Reyes parece ser que tiene un origen pagano. En las Saturnales romanas se comía una gran torta circular en cuyo interior se hallaba un haba. El afortunado que la encontraba en su porción era nombrado rey de la fiesta, y todos los presentes debían obedecerle como tal. Esta tradición se cristianizó y seguía celebrándose de ese modo en el Occidente cristiano allá por el año mil, momento en el que la torta ya recibía el nombre de pastel de Reyes y servía para cerrar las fiestas navideñas. En ocasiones, y según que países, el haba era sustituida por un anillo o por una moneda (sur de Francia).

Según Rachel Arié, los habitantes de al-Andalus, con motivo del primero de enero del calendario juliano, tenían las costumbre de intercambiar regalos, y preparaban para ese día pasteles en forma de ciudades (mada’in) que anuncian la costumbre moderna de los roscones de Reyes para el día de la Epifanía, pero sin habas en su interior. Fernando de la Granja hace la traducción que se detalla:

“Nos ha contado más de un viajero que en algunas ciudades de al- Andalus (Dios la asista y la tenga de su mano) estos puestos llegan a valer setenta dinares o más, por los quintales de azúcar que contienen las arrobas de alfeñiques, la variedad de frutas secas, bolsas de dátiles, sacos de pasas e higos, de diferentes clases, especias y variedades, y toda suerte de cascajos: nueces, almendras, avellanas, castañas, bellotas y piñones; amén de caña de azúcar, y toronjas, naranjas y limas de la mejor calidad”.

Pues bien, con esta fiesta y su roscón se cerraba al igual que en la actualidad el tiempo de Navidad, con la esperanza que el año recién estrenado, colmase las aspiraciones que habitaban en el corazón de los que habían vivido estas fiestas.

OTRAS FIESTAS Y MOTIVOS NAVIDEÑOS

Nochevieja y Año Nuevo

La elección del 31 de diciembre como fractura temporal de cierre de un año e inicio de otro es una convención que se debe a Julio César, cuando en el año 45 a.C., y siguiendo a los astrónomos egipcios, instauró el año solar, que comenzaba el primero de enero, arrinconando así el sistema primitivo.

Más tarde, se sustituyó el calendario juliano por el gregoriano, que introdujo algunos cambios para compensar las desviaciones del anterior y hacer coincidir el año civil con el año trópico. Este nuevo calendario que se implantó en el siglo XVI sigue vigente en la actualidad.

En cuanto a la última noche del año, parece ser que desde los inicios del Imperio Romano, enero estaba dedicado al dios bifronte Janus, que miraba delante y detrás y tenía un rostro envejecido y otro joven. Los romanos invitaban a comer a los amigos y se intercambiaban miel con dátiles e higos para que pasase el sabor de las cosas y que el año que empezase fuese dulce. Esta vieja costumbre romana fue poco a poco entrando en Europa, donde con la misma finalidad venturosa comenzaron a ofrecerse lentejas, de las que se dice que propician la prosperidad económica del año que empieza.

La tradición de tomar las doce uvas, que por cierto es exclusiva de España, se remonta tan sólo a principios de nuestro siglo. La implantación de esta costumbre no se debe a motivos religiosos o culturales, sino más bien a meros intereses económicos. En la Nochevieja de 1909, los cosecheros en un esfuerzo desesperado de imaginación, consiguieron desembarazarse del excedente de uvas de ese año inventando el rito de tomar las uvas de la suerte en la última del año. Existen otras opiniones en cuanto al origen de esta costumbre que la sitúan en Madrid en 1896. Parece ser que comenzó como burla popular a la costumbre de las clases acomodadas de cenar uvas la noche de fin de año.

Árbol de Navidad

Se ha querido ligar al árbol de Navidad con una costumbre romana bien documentada durante las calendas de enero que consistía en colocar ramas de árboles perennes como decoración en las casas. El culto a los árboles fue especialmente practicado entre los pueblos germánicos. Crónicas históricas romanas (destaca la Germania de Tácito) y el análisis lingüístico de las lenguas germánicas, entre otras fuentes, confirman que los antiguos germanos tenían sus santuarios en medio de los bosques. Y no sólo entre los indoeuropeos, diversos pueblos alrededor del mundo han creído en mayor o menor grado en la santidad o divinidad de los árboles.

James George Frazer explica que el culto a los árboles nace de la creencia común en las religiones naturalistas de que todas las cosas, humanos, animales y plantas, tienen un alma. Esta creencia posteriormente evolucionaría de un alma para cada árbol a la de un alma para cada especie de árbol, del «espíritu del árbol» al «dios de los árboles«. Estos dioses de los árboles suelen ser también dioses del sol, la lluvia y la fertilidad, y por los principios de la magia simpatética, practicar rituales sobre un árbol en particular deberá afectar a todos los árboles en general, y por lo tanto deberá actuar sobre el espíritu del árbol y la fertilidad. En el caso del árbol de Navidad, colgarle esferas o foquitos de alguna forma pretende hacer que al llegar la primavera todos los árboles y plantas puedan florecer y dar frutos. Al traer el árbol de Navidad a la casa, se busca atraer la fertilidad propia de los árboles a nuestros hogares y familias.

Paradójicamente, el árbol de Navidad aunque se le relaciona con el consumismo y el materialismo estadounidense, es eco de una religión más antigua que cualquiera de nuestras tradiciones nacionales. En cierto modo, al adoptar el árbol de Navidad hemos recuperado parte de nuestro legado indoeuropeo, que ha sobrevivido a dos mil años de cristianismo. El árbol navideño es una reliquia de una época remota y olvidada, cuando los seres humanos estaban directamente vinculados con la naturaleza y sus grandes ciclos, y que, a pesar de la publicidad descarada, el despilfarro y los excesos, sigue ocupando un lugar central en las celebraciones invernales, recordándonos que después del frío, la oscuridad y la muerte vienen la luz, el calor y la vida.

San Bonifacio, uno de los grandes misioneros de los primeros tiempos del cristianismo extendió su labor evangelizadora por Europa, donde halló el culto a estos árboles. Entre sus cometidos se encontraba el de eliminar los símbolos paganos, y uno de ellos decidió que debía ser el árbol venerado. Se cuenta que el santo, ante la mirada de los germanos tomó un hacha y cortó el árbol y en su lugar plantó un pino, símbolo perenne del amor de Dios, lo adornó con manzanas y con velas; el significado es claro, las manzanas simbolizan las tentaciones y las velas representaban la luz de Cristo que ilumina el mundo. A medida que pasó el tiempo, estos símbolos se fueron transformando en esferas y otros adornos.

Los árboles han tenido a lo largo de la historia un significado muy especial y encontramos que en todas las culturas poseen distintos aspectos simbólicos que pueden ser antropológicos, místicos y poéticos. La idea extendida de los aspectos benéficos de los árboles para el hombre ha dado lugar a distintas leyendas, e incluso, a relacionarlo con sentidos mágicos y rituales. Para muchos, el árbol representa el medio y la unión del cielo y la tierra (ahonda sus raíces
en la tierra y se levanta hacia el cielo). Por ello, en ciertas religiones, sobre todo en las orientales, el árbol es signo de adhesión del hombre con lo sagrado.

Otros de los significados ampliamente extendidos sobre los atributos mágicos del árbol están concernidos a la fecundidad, el crecimiento, la sabiduría y la longevidad. Para los druidas también muchos de los árboles de sus bosques eran sagrados y alrededor de ellos celebraban sus rituales para entrar en contacto con Dios.

En el cristianismo se asocia fundamentalmente para explicar el misterio de la encarnación del hijo de Dios para salvar al hombre. En primer lugar se asocia el árbol de Navidad con el árbol de la vida, que Dios había dispuesto en medio del jardín del Edén y que después de la caída desaparece; la fruta, los adornos y las luces recuerdan las gracias y dones que el hombre tenía cuando vivía en el Paraíso en completa amistad con Dios. A través del nacimiento de Cristo los hombres renacen y tienen acceso a la plenitud de la vida. El Árbol de Navidad simboliza la recuperación por parte del hombre de dichos dones.

Aguinaldo

Breve mención merece esta costumbre que consiste en un regalo o propina que se regala durante las fiestas navideñas. Según la tradición grupos de niños van de casa en casa cantando villancicos y se le obsequia con una cantidad simbólica. Todavía perdura esta costumbre en el ámbito anglosajón. En México, el aguinaldo son los dulces que se reparten en Nochebuena. En Ecuador existe una tradición pintoresca: los hombres se visten de viuda y salen a pedir el regalo, llevando consigo un muñeco con los rasgos de un personaje conocido.

Según la leyenda, el primer aguinaldo lo recibió Rómulo, mítico rey de Roma. Un 1 de enero el Soberano recibió como obsequio las ramas de un árbol frutal. Este detalle fue interpretado como señal de buena suerte para el año que se iniciaba.

Villancicos

Los villancicos son las canciones populares de temática navideña. Parece ser que los primeros fueron poemas de amor repetidos por el pueblo llano (los villanos) durante los siglos XV y XVI. Más tarde, en el siglo XVII, se transformaron en canciones religiosas. De entre ellas, fueron las de Navidad las que tuvieron más éxito, hasta el punto de que villancico pasó a significar canción navideña. Grandes poetas de la época, como Lope de Vega o Luis de Góngora, escribieron algunas de sus letras.

Tarjetas de felicitación

Un antecedente de las actuales tarjetas navideñas son las monedas que se regalaban en la antigua Roma. Estas llevaban el anagrama A.N.F.F. “Anno novo faustum felix, tibi sit” (Que tengas un feliz año nuevo). Siglos después con la invención de la imprenta aparecieron las tarjetas propiamente dichas, siendo la primera conocida del año 1476. Por esa época, la mayoría de las felicitaciones eran grabados coloreados a mano con la figura del Niño Jesús y adornos florales. Más tarde, en el siglo XIX, aparecieron felicitaciones comerciales. A partir de 1843, llegarían los christmas en color, en ocasiones con reproducciones de obras pictóricas famosas.

La lotería

La lotería fue introducida en España por el rey Carlos III, en 1763. Pero es a principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, cuando surge la verdadera Lotería Nacional de España, que se emitió para aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes. Se le va a conocer popularmente como Lotería Moderna y el primer sorteo celebrado en Navidad tuvo lugar el 18 de diciembre de 1812.

Desde 1771 los encargados de cantar los números son los alumnos del Colegio madrileño de San Ildefonso. Estos escolares son conocidos como “los niños de la suerte”. El sorteo de Navidad se celebra cada año el 22 de diciembre, aunque no se trata del único, ya que unos días más tarde, concretamente el 5 de enero, se celebra el también popular sorteo del Niño.

Por Estrella Rodríguez Gallar

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La Navidad en el Medioevo

Joseph Bricley (1973)
Joseph Bricley (1973)

LA NAVIDAD EN LA EDAD MEDIA

No ha de sorprendernos encontrar ya en la Edad Media o en nuestros días, costumbres y tradiciones cristianas íntimamente relacionadas con este pasado pagano, pues si bien es verdad que la Iglesia durante la Edad Antigua, las transformó incorporándolas a su propio culto, no es menos cierto que aportó una enorme riqueza y un sentido espiritual a las mismas, del que carecía la religión grecorromana.

Durante la Antigüedad el cristianismo se acrisoló y desplazó al paganismo de su lugar de privilegio, pero fue durante el Medioevo cuando este depuró, definió y enriqueció sus fiestas y tradiciones navideñas, dotándolas de la grandiosa solemnidad y el riquísimo acervo de manifestaciones y expresiones sociales, artísticas y gastronómicas de las que aún gozamos hoy.

Entre los siglos IV a VI se estableció y generalizó el periodo de Adviento (del latín, adventus, venida, llegada), fase de preparación espiritual previa al nacimiento de Jesús, cuya duración oscilaba entre las tres y las seis semanas según los países, y que se acompañaba de meditaciones, predicaciones, oraciones y penitencias. Los cristianos de la Edad Media siguieron fielmente estas recomendaciones de la Iglesia y así, el tiempo de Adviento, se convirtió en una auténtica etapa de introducción al sentido de la Navidad.

Transcurridas estas semanas, llegaba la época navideña y con ella sus dos primeras grandes fiestas, la Nochebuena y la Navidad. Tras el primer gran banquete, la cena del 24 de diciembre, constatada desde los primeros siglos del cristianismo, los fieles acudían a la Iglesia a medianoche, a celebrar la Misa del Gallo. La realización de esta ceremonia se extendió rápidamente por la Cristiandad y así a partir de los siglos V y VI d.C. comenzó a darse en Hispania, norte de África y norte de Italia, aunque no fue hasta el siglo VIII d.C. cuando se popularizó en toda Europa.

Ahora bien, entre las aportaciones del Medioevo a la liturgia navideña, destaca su serena grandiosidad. Esta llegó a tal, que en la propia noche de Nochebuena, en los monasterios y catedrales se cantaban y proclamaban con solemnidad las Profecías del Profeta Isaías, los textos de León Magno, el Prólogo del Evangelio de San Juan, la genealogía de Cristo y los textos de los oráculos sibilinos que hacían referencia al nacimiento del Mesías. En la Alta Edad Media, la noche del 24 de diciembre, se celebraban no una, sino tres misas; la primera de las cuales, la de medianoche, fue la que se popularizó en todo el mundo cristiano, y aún hoy se conoce como Misa del Gallo.

Esta, recibe su nombre de una leyenda que cuenta, que fue un ave que pasaba la noche en la gruta de la Natividad, la primera en conocer el nacimiento de Jesús y salir a anunciarlo. Algunos identificaron al ave con un ermitaño o cabañero, especie que suele habitar en establos y grutas, otros lo hicieron con un gallo encaramado a las partes más altas del establo. En cualquier caso, el gallo como símbolo de fecundidad y renacimiento en las culturas paganas y como anunciador desde tiempo inmemorial de la salida del sol con su cacareo, fue el ave que dio nombre a esta primera misa de la Navidad, en la cual su canto, imitado en mitad de la misa por un niño ubicado en el coro o por un ave llevada a este efecto hasta principios del siglo XX, servía para anunciar a los cristianos que Cristo acababa de nacer.



Ahora bien, en la liturgia de la medianoche del día de Nochebuena no sólo había solemnidad y recogimiento, sino también un jolgorio y alegría desbordante entre el pueblo. La algarabía llegaba a su punto culminante durante el momento de la adoración al Niño, pues los fieles entonaban cantos, puede que villancicos (aunque el primero recogido está fechado en 1492), hacían sonar sus instrumentos, e incluso liberaban dentro del templo algunos pajarillos que habían sido capturados con este fin.

Parece ser que la Navidad llegó a gozar de tan alto grado de aceptación entre el pueblo cristiano, que la festividad se extendió incluso a otras religiones, tales como la musulmana. La importancia religiosa de Jesús para los musulmanes y la convivencia entre éstos y los cristianos en la Península, allanaron el camino para que la Navidad despertase el interés y se celebrase igualmente entre los seguidores del Islam, tal y como los prueban diversos testimonios entre los que destaca el de Abu-l-Qasim al-Azafí, rey de Ceuta en la segunda mitad del siglo XIII. No hemos de olvidar que el propio Carlomagno escogió el día de Navidad para su coronación como Rey de Romanos, esto es, como emperador de los francos.

EL BELÉN EN LA EDAD MEDIA

El origen del belén se encuentra en Italia y es fruto de un hermoso pero complejo proceso de imaginación, arte y fe, cuyos antecedentes hunden sus raíces, como no, en la Edad Media. De todos es sabido por los relatos evangélicos, que Jesús nada más nacer fue recostado en un pesebre. Este elemento, símbolo pagano de vida y renacimiento natural debido a la madera que lo forma, se convirtió en un icono cristiano. Así, pronto pasó a convertirse en un objeto significativo en las celebraciones navideñas, especialmente a partir del siglo VII, cuando el Papa Teodoro I (642-649) hizo traer de Belén los restos del pesebre que acogió al Niño Jesús, depositándolos en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Desde ese mismo momento y a lo largo de toda la Edad Media, el pesebre se hizo indispensable en todas las iglesias, abadías y catedrales de la Cristiandad durante el tiempo de Navidad. Sus formas eran variadas, podía tratarse de simples troncos de abeto huecos, denominados en Italia, primer país en el que se dio esta costumbre, tettotie, o auténticos pesebres, en los que no está claro si se depositaban o no imágenes del Niño Dios.

Por otra parte, ya en el siglo X se celebraban en Europa representaciones escénicas de ciertos episodios bíblicos del Nacimiento de Jesús. Con el tiempo estas escenificaciones fueron ganando en elaboración y complejidad, llegando a recogerse por escrito y a atraer el interés de escritores del momento, que participaron activamente en su creación. Así nació por ejemplo, la primera de las obras dramáticas de las que tenemos constancia en España, el Auto de los Reyes Magos, elaborada en el siglo XIII, a partir, casi con toda seguridad de fuentes de origen francés 1.

El Auto o representación, de los Reyes Magos, compuesto en versos de nueve, siete y catorce sílabas, comienza con los tres monólogos de los Reyes, en los que cada uno de éstos afirma haber visto una estrella desconocida, lo interpretan como señal del nacimiento del Mesías y decide ir a adorar al recién nacido. Puestos en marcha, los tres Reyes se encuentran y convienen caminar juntos. Melchor se pregunta ¿cómo conocerán la divinidad de Jesús? y Baltasar propone que le ofrezcan oro, mirra e incienso; si escoge este último será prueba de que es el rey del cielo. Los tres Magos acuden entonces a visitar al rey Herodes; éste, sorprendido, le ruega que busquen al nuevo rey y que vuelvan a darle noticia. Al salir los Magos, Herodes se enfurece, llama a sus consejeros y les pide información, pero aquellos fingen no saber nada. Y aquí se interrumpe el texto conservado. Cabe imaginar que la obra concluirá con la adoración de los Magos en el portal de Belén y que la representación quedaría cerrada con el canto de un villancico.

El arte del Auto es muy elemental, pero posee una deliciosa ingenuidad poética, corre con fluidez y no carece de momentos acertados, como la duda de los Magos -sobre todo del rey moro, Baltasar-, el recelo de Herodes y los embustes de los rabinos 2.

Llegadas las festividades navideñas, en las diferentes parroquias se realizaban estas representaciones, en las que como ya hemos visto el jolgorio y la alegría desbordada, daban lugar a abusos y a que la fiesta saliese de los cauces de lo religioso, terminando entre otras cosas, en mofas por parte de los pastores y del propio pueblo, hacia la persona de San José. A fin de cortar de raíz estos excesos, el papa Inocencio III (1198-1216) prohibió en el año 1207 las escenificaciones dentro de los templos, pero sin embargo el deseo de ofrecer una catequesis plástica o en imágenes persistió, lo que hizo que los tradicionales actores fuesen sustituidos por figuras que de manera inmóvil y muda representaran las mismas escenas y movieran a la devoción.

La tradición ha considerado que fue precisamente poco tiempo después de esta prohibición, en 1223, cuando San Francisco de Asís, que habitaba en Greccio, en la Toscana, realizó el primer belén de la historia. Llegado el tiempo de Navidad y previo permiso del Papa Honorio III, el santo de Asís, deseoso de contemplar con sus propios ojos lo que muchas veces había imaginado, preparó una gruta en la que se había dispuesto un buey, una mula y un pesebre con paja. Los campesinos hicieron las veces de pastores, ángeles y Magos, mientras que una joven pareja representaba a José y María en torno a una imagen del niño. Durante la celebración de la Misa del Gallo, las escenas y la predicación del santo emocionaron a los fieles, que se sintieron sobrecogidos cuando en un momento determinado, San Francisco tomó la imagen del niño en sus brazos cobrando este al momento vida y naturaleza humana. El hecho, como no podía ser menos, fue tenido por milagroso, a la vez que se consideró que Dios había puesto de manifiesto su deseo de ser adorado también a través de representaciones e imágenes, con lo que se levantó la anterior prohibición.

Así, en el siglo XIII, fue cuando tuvo inicio la elaboración de figuras tanto para templos como para casas, que pronto se extendió por Italia para saltar desde allí a toda la cristiandad. Papel destacado tuvieron en su difusión los Franciscanos y las Clarisas, rama femenina de la orden, ya que se convirtieron en las introductoras de los Niños Jesús en los conventos y en los domicilios particulares.



Aunque realmente no está claro cual es el belén más antiguo de cuantos conocemos en Europa, se considera que es el del monasterio de Füssen, en Baviera, Alemania, que data de 1252. Otro de los más antiguos es el realizado para la catedral de Florencia en 1289. De manera exacta, los belenes tal como los conocemos hoy, debieron nacer en el siglo XV, cuando las figuras se hicieron exentas, esto es fuera de los relieves y comenzaron a formar grupos escénicos independientes. Las riberas mediterráneas sirvieron de vehículo puente entre países por los cuales se traspasó esta hermosa tradición, de ahí que las figuras más antiguas que tenemos en España, se encuentren en los territorios del antiguo Reino de Valencia y de la Corona de Aragón, aunque la mayor parte de las imágenes se localizan en Castilla y León.

Por último, debemos añadir que en recuerdo de aquel milagro de San Francisco por el cual una imagen del Niño Dios cobró vida, conservamos la costumbre de besar y adorar cada Nochebuena la imagen del niño Jesús al final de la Misa del Gallo.

Por Estrella Rodríguez Gallar


Notas:

1 GOMEZ FERNÁNDEZ, F.J., o.c., pp. 44-47.
2 ALBORG, J.L., Historia de la Literatura Española, Madrid 1970, pp. 198-202.


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