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El cine tematiza el miedo al Islam

“Ici on noie les algériens”, documental de 2010 de Yasmina Adi

El reciente drama de Toulouse ha reavivado el debate sobre la integración de los musulmanes en Europa. Mientras los políticos y medios de comunicación denuncian los brotes de violencia, los inmigrantes musulmanes luchan contra los prejuicios y la discriminación. Un combate que se extiende al cine

Un puñal; un rostro oculto; un traidor; un hombre con bigote, acento oriental y mirada maligna. Son los símbolos clásicos que han utilizado en los siglos pasados la literatura y el cine, para representar al árabe malo – en contraposición a la tradición hebreo cristiana.

“Esos sentimientos de desconfianza y miedo frente a un Islam imaginario y conquistador iban acompañado de una idealización de Oriente, basada en los cuentos de Las mil y una noches.

El estilo de vida oriental, el poder de seducción de sus mujeres, la hospitalidad y la poesía ejercían una fascinación especial sobre los occidentales”, explica el sociólogo de la imagen, Gianni Haver, profesor en la Universidad de Lausana.

“Hubo un tiempo en el que las mujeres con velo eran un emblema de la sensualidad. Hoy, en cambio, encarnan el miedo hacia la religión musulmana y sus tradiciones”.


La fascinación oriental en el cine occidental ha dado paso a los clichés relacionados con el mundo árabe, que explotan los grandes éxitos de taquilla y las teleseries estadounidenses y que a menudo van asociados al espectro del terrorismo o a los recuerdos de la época colonial.

Denuncia social en Europa

El cine del Viejo Continente ofrece otra mirada. La fuerte presencia de inmigrantes magrebíes en países como Francia y el papel predominante del cine de autor han contribuido a que el Islam y su relación con Occidente se transformen en un tema de denuncia social.

Estas películas, escritas y dirigidas en gran parte por inmigrantes de la segunda generación, relatan la otra cara de la presencia musulmana en Europa: las revueltas contra el dominio colonial, el repliegue en la religión como identidad cultural, la discriminación y la incomprensión.

Así lo ilustra el documental Ici on noie les algeriens (Aquí se ahoga a los argelinos), de Yasmina Adi, que narra la represión de los argelinos en la Francia de 1961, un año antes de que el país magrebí proclamara su independencia.

Se trata de un filme de carácter político y social que el Festival Internacional de Cine de Friburgo mostró al público en el marco de una sección dedicada a la imagen del Islam en Occidente.

“A excepción de algunos largometrajes de tono conciliador, estas producciones rara vez llegan a las salas suizas, en las que predominan cada vez más las producciones estadounidenses de gran presupuesto”, explica Thierry Jobin, ex crítico de cine y director artístico del Festival de Friburgo.

El despertar de una identidad religiosa

“En los últimos años, el clima social en Francia se ha deteriorado mucho. La religión, y en especial el Islam, se estigmatiza e instrumentaliza con fines electorales”, explica a swissinfo.ch Yasmina Adi, nacida en Francia en el seno de una familia de inmigrantes argelinos. “Antes, la gente me preguntaba por mi nacionalidad, hoy quiere saber si soy musulmana”.

El Islam, que explotan algunos partidos y medios de comunicación, se ha transformado de una cuestión privada en una problemática pública. Para muchos musulmanes se ha convertido en un instrumento de reivindicación y reconocimiento de su identidad.

Contrariamente a los inmigrantes españoles o italianos en los años 70, los refugiados magrebíes no contaron con la ayuda de los sindicatos o de las misiones católicas. Al sentirse aislados, acorralados en un gueto, se refugiaron en la religión entendida como identidad colectiva”, señala Mariano Delgado, decano de la cátedra de Teología en la Universidad de Friburgo.

“Hoy, esta identidad musulmana es incluso mayor entre los inmigrantes de la segunda generación y choca inevitablemente con una sociedad europea que se dice cada vez más laica y que percibe los símbolos religiosos como ostentación”.

El cineasta argelino Rabah Ameur-Zaïmeche utiliza los clichés y el humor para afrontar el complejo tema de la moral y la tradición religiosa. En Dernier Maquis (El último resistente), que presentó en el Festival de Cannes de 2008 y también en el de Friburgo- los personajes se interrogan sobre qué significa ser un buen musulmán: ¿Orar cinco veces al día? ¿Aprender de memoria el Corán? ¿Someterse a la circuncisión? ¿Llevar el velo?

Son preguntas que se repiten en muchas películas sobre el Islam y su relación con Occidente, en un intento de subrayar la importancia que reviste la fe en el día a día de muchos musulmanes y delimitar la frontera que separa el credo del extremismo religioso.


La fe a la deriva

Cuando Francia parece haber emprendido una caza de los presuntos terroristas tras la matanza de Toulouse, Philippe Faucon, cineasta de origen marroquí, se cuestiona sobre la relación entre fanatismo y exclusión social. Su último filme, La Désintégration (La desintegración), narra cómo tres jóvenes, sin trabajo ni perspectivas, caen en las redes de un islamista y se estrellan contra la sede de Naciones Unidas con un coche bomba.

Más que simplificar la problemática, Philippe Faucon destaca el poder de instrumentalización que reside en la fe. “Las religiones monoteístas son un fenómeno ambiguo que tiene dos rostros”, reconoce Mariano Delgado.

Por un lado, está el carácter universal de estas religiones que se refleja en la reivindicación de paz y justicia. Por otro, sus aspectos absolutistas, que pueden desembocar en violencia, como ocurrió con los católicos en las Cruzadas o la Inquisición “.

Esta contraposición entre el bien y el mal se observa también en películas contemporáneas. Tiene su origen en los delicados equilibrios políticos que influenciaron durante siglos las relaciones entre Oriente y Occidente. Y si el cine europeo parece haber conseguido liberarse de los estereotipos vinculados a la imagen de un árabe invasor, el tema del Islam sigue lleno de significado y reflejando el imaginario colectivo entre reivindicación, fascinación y desconfianza.

Por Stefania Summermatter

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Ya Rayah – Taha,Faudel,Khaled – (+ Video)

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Un puente cultural a través de la danza

El espectáculo «Nya», palabra árabe que significa «confiar en la vida», viene a cristalizar un proyecto trienal de cooperación entre la unidad contemporánea del Ballet Nacional Argelino, la Agencia Argelina para la Proyección Cultural y la Compañía «La Baraka» (creada en Lyon por Abou Lagraa y residente en el teatro Les Gémeaux de la localidad francesa de Sceaux) que entrelaza las visiones artísticas de Francia y Argelia. Pero además de esta apertura cultural, «Nya» también supone un encuentro entre la danza profesional más académica y las prácticas urbanas. Tras más de dos años de duro trabajo, el coreógrafo y director artístico Aboul Lagraa, con la asistencia de la bailarina e instructora Nawal Aït Benalla-Lagraa, dio forma a este díptico, consistente en dos piezas en las que convergen tradición y modernidad. Presentado el pasado domingo en el teatro Jovellanos con un notable éxito de público, la obra ya ha cautivado otros escenarios españoles como Bilbao, Granada, Sevilla, Barcelona o Santiago de Compostela.

Este enlace coreográfico dividido en dos partes se potenció a través de la música escogida como base para cada danza. Por un lado, el «Bolero» de Ravel es una de las composiciones más representativas no sólo de Francia, sino también de los inicios del siglo XX en cuanto a producción académica europea, donde además se dan cita influencias hispanas y orientales en ritmo y melodía. Esta obra sonó en la primera pieza alternándose con sonidos de la calle (de hecho, aquellos momentos en los que aparecía y desaparecía la música de Ravel podrían asemejarse con una procesión popular que iba y venía); por otro, la voz de la cantante Houria Aïchi, especializada en repertorio sagrado de la región montañosa del Aurés argelino, y la percusión del egipcio Hossam Ramzy, conocido en Occidente a través de sus colaboraciones con artistas como Peter Gabriel, Robert Plant o Jimmy Page, evocaron las raíces tradicionales del Magreb en la segunda pieza, contando con los arreglos experimentales del músico francés Eric Aldéa.

En ambos casos, la danza combina movimientos procedentes de estéticas muy diversas. Hay una fuerte herencia de performance con elementos más teatrales -siempre jugando con un lenguaje abstracto muy gráfico- al igual que elementos más cercanos al lenguaje americano de creadores como Jerome Robbins, con una notable influencia del jazz y el musical, sobre todo en los números de conjunto. También hay presencia de un componente más clásico debidamente actualizado y reinterpretado. Pero es el discurso de las danzas urbanas el que ejerce un peso mayor en la concepción artística (vestimenta, pasos de baile, tratamiento del cuerpo y actitud escénica). Rasgos asumidos del hip-hop (breakdance) o del rai (fusionándose lo tradicional con un enfoque más globalizado) deslumbran por su vistosidad y el ingente esfuerzo físico que realizan sus nueve ejecutantes.

El mero hecho de que danzas y músicas tan diferentes convivan en escena con tanta fluidez denota una búsqueda de universalización en el lenguaje artístico de la propuesta, conseguido sobradamente mediante dos escenificaciones tan diversas. El crescendo continuo de la obra de Ravel, generado a través de la repetición y la superposición de capas, fue brillantemente complementada con una coreografía en la que primó la individualidad de cada bailarín (factor fundamental en el Bolero, representado por el timbre) y donde una iluminación con forma de ventana nos invitaba a la observación de la diversidad. En la segunda parte del espectáculo, un sobrio escenario constituido por dos tapices que representaban el cielo y la tierra (con el azul turquesa como referencia simbólica a la protección divina) nos mostró la complejidad de las relaciones humanas, predominando números colectivos en los que hubo enfrentamientos y hermanamientos, rituales de purificación (con surtidores de agua en escena) y de liberación (el propio Abou Lagraa explicó al público el impacto que supuso en Argelia el punto álgido en el que algunos bailarines se quitan la camiseta como gesto simbólico).

Un brillante espectáculo en lo artístico y en lo sociocultural, que contribuirá, sin duda, al establecimiento de un sólido marco pedagógico y profesional en la danza de Argelia.

Por Eduardo G. Salueña (musicólogo)

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