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Tierra Amada – Cultura y Resistencia en la Palestina Ocupada

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“Con los dientes/ Defenderé cada palmo de tierra de mi patria/ Con los dientes.

Y no aceptaré otro en su lugar/ Aunque me dejen/

colgando de las venas de mis venas”.

Así dice el poeta Tawfiq Zayyad. Y nos hace saber que una patria se defiende con la palabra y el cuerpo. Las dos herramientas básicas con las que cuenta el ser humano para la vida. También para el teatro. Para el combate. Para la muerte.

En el teatro se representan historias. En la vida, cada sujeto escribe su historia en el escenario que le ha tocado…

Esa escena espantosa en la que viven los palestinos desde 1948, que no eligieron sino que se les vino encima como un maremoto diabólico, tiene realizadores, directores y productores, guionistas y operadores, actores y técnicos, utileros y publicistas. A los palestinos, esa superproducción siniestra, les asignó el papel de expulsados, como no aceptaron les indicó el papel de dominados, como tampoco aceptaron les adjudicó el papel de exterminados.

Pero se siguen negando. Rechazan el personaje del colonizado. Prefieren, escribir la historia de los que luchan por la justicia. Aunque finalmente la horda primitiva logre su cometido eliminando de la faz de la tierra todo lo que remotamente recuerde a Palestina, ellos eligen resistir.

Los Niños de Arna. Crecer y morir en los campos de refugiados palestinos (J.Mer Khamis, 2003)

Este documental nos ofrece retazos de la historia de unos niños que crecieron en una tierra amenazada, que asistieron desde su nacimiento al constante y brutal acoso bélico israelí. Que lejos de sustraerse, ante su situación tan desfavorable, aceptan gustosos los instrumentos que Arna y sus hijos ponen en sus manos, a pesar de las sospechas, que al principio, genera la presencia de estos “israelíes”. Se entusiasman con las actividades artísticas e incorporan y aprovechan los recursos expresivos que desarrollan en los grupos de pintura, música, cerámica, teatro…

Hay una escena, en la que entrevistan a los niños del grupo de teatro. Ellos no tenían un guión preparado, ni unas acciones prefijadas. No sabían qué iban a preguntarles.

Sin embargo, Ashraf, se plantó frente a las cámaras de la TV israelí firme, erguido, la frente alta y dijo desde el fondo de su corazón: “Cuando estoy en el escenario es como si estuviera tirando piedras. No vamos a dejar que la ocupación nos obligue a vivir en las cloacas”.

Yusef, por su parte, asegura, con la mirada clara y la voz firme: “Estoy en contra de la ocupación israelí”.

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Sabemos que estos jovencitos, recibieron apenas instrucción primaria. Que viven con escasos recursos económicos. Que probablemente no conozcan otro espacio que ese campo de refugiados… ¿De dónde les viene la valentía, la inspiración, la precisión para definir, el gesto adecuado, la palabra justa, la claridad conceptual, la convicción férrea?

El poeta Mahmud Darwish, contesta:

Escribe/ que soy árabe/ Soy nombre sin apodo.

Espero, pacientero, en un país/ en el que todo lo que hay

existe airadamente.

Mis raíces/ se hundieron antes del nacimiento

de los tiempos/ antes de la apertura de las eras,

del ciprés y el olivo/ antes de la primicia de la hierba.

Mi padre…/ de la familia del arado/ no de nobles señores.

Mi abuelo era un labriego/ sin títulos ni nombres.

Mi casa es una choza campesina/ de cañas y maderos,

¿te complace?…/ Soy nombre sin apodo.

Escribe/ que soy árabe;

que robaste las viñas de mi abuelo

y una tierra que araba/ yo, con todos mis hijos.

Que solo nos dejaste/ estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,

como se dice?…

Escribe, pues…/ Escribe

en el comienzo de la primera página

que no aborrezco a nadie/ ni a nadie robo nada.

Mas, que si tengo hambre,

devoraré la carne de quien a mí me robe.

¡Cuidado, pues!…/ ¡Cuidado con mi hambre/ y con mi ira!

Todo eso les viene, entonces, de su identidad, de su cultura, de los principios éticos que la rigen, desde el comienzo de los tiempos, transmitidos hasta hoy a través de los labios y las manos de las madres.

Las mismas herramientas-armas con las que amasan sus obras los actores, sirven también a los poetas, los labriegos, los obreros, las madres y los combatientes.

Los tanques y las topadoras israelíes con los que se impone la ocupación, no se detienen con obras de teatro…Los niños que se habían formado en las artes, llegados a la adolescencia, eligen combatir también, con otras armas. Fusiles y bombas caseras. Unas armas de morondanga, que tampoco paran los tanques, pero que requieren, para ser empuñadas ante esa parafernalia destructiva, de un arraigado ideal de justicia y libertad y de una disposición a perder la vida, antes que arrodillarse frente al invasor: “No queremos esta vida, es espantosa”, dice una de las mujeres de Jenín…

En otra escena, Ala, nos hace saber que “Más vale la vida de un combatiente que una casa”. “Mejor perder los bienes materiales, que a un familiar…”

Su madre había opinado lo mismo un rato antes: Y si destruyen su casa? -le preguntan-“Bienvenidos. Es una casa nada más. Puedo vivir en una tienda”. Y muestra su disposición a morir antes que abandonar su ideal, cuando asegura: “No pienso decirle que se rinda aunque me pusieran la pistola en la frente.”

Ala, que no estaba presente cuando su madre hizo esta declaración, opinó como ella, poco después: ¿Y si te atrapan? -le preguntan – “La muerte o la libertad…” -dice-. Y cumple.

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En una escena anterior, se asiste a una discusión entre Ala y Zaccaría acerca de la conveniencia o no de arriesgarse al arresto con tal de mantenerse vivo para seguir resistiendo, o directamente, arriesgarse a la muerte. Se escucha allí varias veces la palabra muqáuama, que es traducida como “combate”, pero que significa literalmente “resistencia”. Reserven esto en su memoria para más adelante.

El documental nos muestra la disposición a la resistencia de los habitantes del campo de Jenín.

Pero lo que se observa allí es sólo un ejemplo de un fenómeno que recorre toda Palestina: mayoritariamente, el pueblo resiste. Cada uno como puede, con lo que tiene a su alcance. Y tratándose de palestinos, cuerpo y palabra no son dos herramientas entre muchas: son casi, las únicas.

En otros documentales, en el abundante material que circula por internet y en muchas publicaciones, se confirman estas afirmaciones.

Por ejemplo, en el libro El Perfume de Nuestra Tierra (Taller de Mario Muchnik, 2003), la periodista francesa Kenizé Mourad, recopila valiosísimos testimonios tomados durante su recorrido de cuatro meses por toda Palestina.

Allí cuenta, por ejemplo, la historia de Salim, un hombre cuya familia fue expulsada en 1948 y nuevamente en 1967. Que se crió en un campo de refugiados y con mucho esfuerzo estudió, formó una familia, trabajó en Arabia Saudí y volvió a Palestina con dinero suficiente para comprar un terreno y construir su casa. Casa que fue demolida tres veces y que Salim insiste en reconstruir por cuarta vez. Este hombre declara: “Me dejaron a mí, a mi mujer y a mis seis hijos en el polvo de los escombros, sin nada. (…) Para mi esposa fue demasiado. Sufrió una auténtica depresión. No hablaba, parecía no oír nada. Tuvo que estar ingresada en un hospital durante meses, pero no se ha curado completamente. En cuanto a los niños (…) cuando por fin comprendieron que (la casa) había sido de nuevo destruida, debería usted haber visto sus ojos. El pequeño de seis años tenía convulsiones. Ya sabe, para un niño (…) la casa es la seguridad, el nido…Si se destruye el nido, se siente en peligro de muerte. (…) (Voy a) continuar resistiendo. Desde hace dos meses estamos volviendo a reconstruir. (…) Quienquiera en el mundo, que vea su tierra ocupada por otros y no resista, es un animal.”

Zayyad, el que defiende la patria con los dientes, piensa como Salim, cuando escribe:

“Sobre vuestros pechos/ aquí/ como un muro/ nos quedamos.

Aquí/ en vuestras gargantas/ como un trozo de vidrio/

como un higo de tuna sin pelar.

Como una tempestad de fuego/ en vuestros ojos.

Sobre vuestros pechos/ aquí/ como un muro/ nos quedamos.

Hambrientos/ Desnudos/ Desafiantes/ Cantando versos.

Llenando las irritadas calles/ de manifestaciones/ y de orgullo, las cárceles.”

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Mourad, interesada por lo que ella llama en principio “atentado suicida”, luego de que varios palestinos le hacen notar que no se trata de “suicidio”, decide nombrarlo “atentado kamikaze”, y obtiene al respecto, entre otras, estas declaraciones:

Ahmed, un joven profesor universitario de inglés, que durante una invasión a su pueblo, perdió a dos hermanos, dos primos y tres amigos, explica: – “Continuaremos luchando hasta que seamos libres, no tenemos elección. Aunque utilicen los armamentos más sofisticados y nosotros nuestras hondas y fusiles, finalmente venceremos porque el derecho está de nuestra parte. Es un combate entre un principio de humanidad -la lucha por la libertad, por los derechos- y el sionismo -que considera al pueblo judío el elegido y superior a los demás. (…) Señora, debe usted comprender: nadie se convierte en kamikaze por desesperación, porque se sufre demasiado. No se trata de un acto aislado, se trata de un acto de guerra, un acto político”.

Imán, una estudiante de 19 años, afirma – “Hoy estoy viva pero mañana tal vez los israelíes vendrán a matarme, por lo tanto prefiero convertirme en kamikaze para que al menos mi muerte sirva de algo, que sirva a mi pueblo. No se necesita ser religioso, creer en una vida futura. La religión bien puede ser el amor a su tierra, el amor a su país”.

Al menos en la cultura árabe, nadie se siente amenazado por la muerte natural, se la considera parte de la vida, una verdad inevitable. Pero estas personas viven bajo amenaza real de asesinato, lo cual le da a su vida y a su muerte un valor distinto. Porque la vida bajo la injusticia, en esa cosmovisión, es imposible.

Maha, una joven de 18 años, ofrece a la periodista, estas definiciones:

“(…) los palestinos asumimos riesgos todos los días, para estudiar, para salir, para simplemente vivir. Cuando miro objetivamente la existencia que llevamos, me digo: ¿cómo se puede soportar esto? y, sin embargo, encontramos los medios de vivir. Desde hace más de 50 años nuestro pueblo ha demostrado que es especialista en sobrevivir. Pase lo que pase, resistiremos.”

KM- ¿Resistir, es lo que los palestinos llaman el sumud?

Maha- “Exactamente. El sumud es no abandonar jamás, es resistir ante y contra todo, una resistencia pasiva si no es posible nada más. Es la paciencia: si somos débiles, bajo las botas del enemigo es no moverse, es aguantar, permanecer. Es, aún bajo el yugo, aún bajo la tortura, continuar con el espíritu libre, el espíritu de rebelión, continuar creyendo en nuestro ideal, en nuestro país…”

Es sumamente interesante, que en estas entrevistas realizadas en idioma inglés, que fueron luego transcriptas al francés y posteriormente traducidas al castellano, se mantenga intacta, justamente la palabra sumud. Palabra, que ha resistido y persistido, en árabe, pasando la barrera de tres idiomas!!

La descripción que Maha nos ofrece, es impecable, porque esa palabra literalmente implica: persistencia, perpetuidad, inmutabilidad, resistencia al hambre y a la sed, fortaleza, sostenimiento de un objetivo, disposición a enfrentar la adversidad…Significados que se mantienen en el uso.

Quiero señalar la diferencia entre sumud y muqáuama, esa palabra que pedí reservar en la memoria y que como dije, también significa resistencia. En esa diferencia hay un dato revelador.

Muqáuama se utiliza como resistencia en tanto respuesta a una agresión. Cuando cesa la agresión, cesa también la muqáuama.

En cambio, como bien lo indicó mi padre, “As-sumud, no es cosa de un día”. Porque nombra una posición en la vida, una posición ética. Y eso es algo que debe ser sostenido eternamente, perpetuamente, para garantizar los derechos. Este es un principio que está en los cimientos de la cultura árabe. Y que ya existía en las culturas que se arabizaron hace más de 1400 años.

Del valor particular que toman la vida y la muerte en esta existencia resistente a la ocupación, da cuenta la poeta Fadwa Tuqan, a través de este dulce testimonio:

Me basta con morir en ella/ con enterrarme en ella;

bajo su tierra fértil disolverme, terminar/ y brotar hecha hierba de su suelo;

hecha flor, con la que juegue/ la mano de algún niño crecido en mi país.

Me basta con seguir en el regazo de mi tierra/ polvo, azahar, hierba.

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Samah Jabr, psiquiatra palestina, en un artículo que titula Ocupados, pero libres en nuestras mentes  afirma:

“Ahmad, un hombre de Ramallah de 46 años, estaba bien hasta la última vez que lo detuvieron. Pero esta vez no pudo soportar el largo encierro en una celda minúscula donde no podía ver ni oír nada. Primero perdió el sentido del tiempo, luego se obsesionó con los movimientos de sus vísceras y empezó a creer que se estaba volviendo “artificial por dentro”. Después desarrolló una paranoia, empezó a oír voces y ver gente en su celda de aislamiento. Actualmente Ahmad ha salido de la prisión, pero está encerrado en la idea de que todo el mundo lo espía”.

Fátima ha pasado varios años consultando a los médicos por una serie de graves enfermedades de cabeza y estómago asociadas con dolores y diversas dermatosis. No había nada que permitiese pensar en una razón orgánica. Finalmente Fátima se confió a nuestra clínica psiquiátrica y contó que todos los síntomas empezaron cuando vio el cráneo abierto de sus hijos asesinados en el suelo de su casa durante la incursión israelí (…).

(…) Durante mi formación como médico en diferentes hospitales y clínicas palestinos he visto a hombres quejarse de imprecisos dolores crónicos desde que perdieron su trabajo como obreros en los sectores israelíes; he visto a colegiales sufrir de incontinencia después de una noche terrorífica de bombardeos. Tengo en la memoria el recuerdo de una mujer que llegó a urgencias con una ceguera súbita producida por la visión de su hijo asesinado; una bala le entró por un ojo y salió de la cabeza por detrás.

(…) Observo el comportamiento trastornado de mis pacientes, escucho sus terribles historias y respondo con los medios de que dispongo: algunas palabras que les ayuden a ordenar sus ideas dispersas; algunas píldoras que pueden ayudarles a reorganizar su pensamiento, a calmar sus delirios y alucinaciones, o que les permitan dormir o relajarse. Pero las palabras y las píldoras no pueden devolver un niño asesinado a sus padres, un padre encarcelado a sus hijos, ni reconstruir un hogar demolido.

(…) El hecho de que nuestra patria esté ocupada no significa, en sí mismo, que no seamos libres. Rechazamos la ocupación en nuestras mentes en la medida en que podemos enfrentarla; aprendemos cómo vivir a pesar de la ocupación y no a adaptarnos.

La resistencia a la ocupación y la solidaridad nacional son muy importantes para nuestra salud mental. Ejercerlas puede protegernos de la depresión y la desesperación.

(…) la enfermedad mental sigue siendo una excepción en Palestina. Resistir y enfrentarse todavía son la norma en nuestro pueblo. A pesar de todas las demoliciones de casas y la extrema pobreza, no será en Palestina donde se encuentre gente que duerma en las calles o rebusque en los cubos de basura para encontrar comida. Esta determinación se basa en los cimientos familiares, en la tenacidad social y en una convicción espiritual e ideológica (…).

La postura de Jabr es muy clara: cuando una población mayoritariamente, generación tras generación, conduce su existencia aceptando lo justo y rechazando lo injusto en sus actos, sus palabras y sus pensamientos, hay menos posibilidades para el arrasamiento subjetivo. Pero si el arrasamiento acontece, contarán quienes lo padezcan con una multitud de compatriotas dispuestos a escuchar, acompañar, tolerar, comprender, cuidar, alojar…

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Como si hubiera leído la mente y el corazón de cada palestino, la pluma combatiente de Samih AlQassem, escribió:

Tal vez me arranques hasta el último palmo de mis tierras.

Tal vez mi mocedad alimente la cárcel.

Tal vez robes la herencia de mi abuelo:

los muebles/ la vajilla/ y los cántaros.

Tal vez quemes mis versos y mis libros.

Tal vez mi carne arrojes a los perros.

Tal vez en nuestra aldea permanezcas

como una espantosa pesadilla.

¡Enemigo del sol!

Pero yo no cederé

Y hasta el último pulso de mis venas

¡Resistiré!

*Artículo presentado en el VI Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos, organizado por la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, llevado a cabo en Buenos Aires, Argentina, 15 al 18 de noviembre de 2007.

Por Beatriz Esseddin

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Repudio del Centro Islámico a declaraciones del periodista Pepe Eliaschev

El periodista Pepe Eliaschev.

AIN.- En un comunicado de prensa emitido hoy la entidad repudió al periodista por las declaraciones vertidas ayer, entre las 18:05 y las 18:11 horas, en el programa “El puente” (Radio 10 AM 710), al referirse al acto de conmemoración del atentado a la AMIA, donde utilizó el mal intencionado concepto de “terrorismo islámico”.

El periodista José Eliaschev, en el día de ayer, lunes 18 de julio, entre las 18:05 y las 18:11 horas, en el programa “El puente” (Radio 10 AM 710), al referirse al acto de conmemoración del atentado a la AMIA, utilizó el mal intencionado concepto de “terrorismo islámico”.

En el comunicado la entidad expresó: “No existe tal cosa. Es importante señalar que para nosotros se es terrorista o se es musulmán. No existe el concepto de “terrorismo islámico”. Nada más errado y nada más ofensivo para nosotros los musulmanes.

En la historia, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, siempre ha habido terroristas y múltiples terrorismos a cargo de personas, de grupos o de estados.

Sin embargo, una fe como el Islam, o como el Cristianismo o el Judaísmo, no sólo no tiene nada que ver con el terrorismo sino que se opone terminantemente a las prácticas violentas y al uso del terror como medio para resolver conflictos. Podemos leer en el Sagrado Corán, este pasaje que lo dice todo: «Quien matara a una persona fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y que quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad» (5:32).

Y así como un musulmán, o un cristiano o un judío, no puede ser un terrorista, porque el serlo sería ir en contra de la esencia de su propia creencia, un terrorista jamás puede ser musulmán, judío o cristiano: simplemente, es eso: un terrorista, un ser que infunde terror y asesina a sus semejantes.

El rotular los actos terroristas de islámico, judío o cristiano es una simplificación muy peligrosa que conspira en contra de la convivencia, el diálogo entre culturas y el entendimiento entre los pueblos.

Cuando se apela al calificativo de islámico se está involucrando a toda la sociedad islámica que hoy cuenta con más de mil seiscientos millones de seres humanos que en su inmensa mayoría apoyan la paz, el diálogo y la convivencia con sus hermanos y hermanas no musulmanes.

En abril de 2004, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al referirse al execrable atentado en Madrid del 11 de marzo de 2004, señalaba: «En ningún momento me he referido en todo lo que llevamos de debate a terrorismo islámico ni a terrorismo radical islámico. No lo voy a hacer nunca; me referiré sólo al terrorismo internacional, porque debemos de cuidar hasta el lenguaje, creo que sería enormemente conveniente, igual que no nos referimos a otro tipo de terrorismo en función de su ideología o de su origen».

Rodríguez Zapatero ampliaba y precisaba este concepto en la Cumbre de la Liga de los Estados Árabes en Argel, el martes 22 de marzo de 2005: «La Historia demuestra que el terrorismo ha sido utilizado en el falso nombre de diferentes ideologías o confesiones religiosas. No es, por tanto, propio de ninguna y no cabe vincularlo con ninguna civilización, cultura o tradición en exclusiva. El Islam es un pacífico y tolerante elemento de identidad de muchos países y de muchos pueblos. La visión reduccionista que sitúa al terrorismo de manera preponderante en una visión radical y fanática del mismo es un grave error, que pone injustamente bajo sospecha de complicidad a sociedades o colectividades enteras; un grave error que ciega el entendimiento y que sólo conduce a la incomprensión entre culturas» (Discurso del Presidente del Gobierno en la Cumbre de la Liga de los Estados Árabes.).

Sostenemos que el abominable crimen contra AMIA tiene como primera víctima a la Comunidad Judía, pero también entendemos es un crimen contra toda la Sociedad Argentina en su conjunto, y los argentinos de fe islámica formamos parte indisoluble de ella.

A lo largo de la Historia ha quedado demostrado que expresiones como la que hoy repudiamos pueden ser las semillas que germinen luego en ideologías y acciones aberrantes que, una vez que logran demonizar a un colectivo, proponen su exterminio. Se ha pagado el precio de millones de vidas para aprender a no discriminar, a no demonizar comunidades o colectivos. Gracias a Dios la humanidad ya ha aprendido esta lección, es ahora es el turno de José Eliashev.

Es por lo hasta aquí expuesto, que el CIRA repudia y condena enérgicamente estas y otras expresiones irresponsables, y muchas veces impunes, que son guiadas por intereses inconfesables, y que buscan incriminar, discriminar y demonizar a los musulmanes”, finalizó.

Fuente:CIRA

El año de Harún el Hurón – 903 de la Hégira – (30 de agosto de 1497 – 18 de agosto de 1498) – León el Africano – Amin Maalouf


Aquel año cayó Melilla en manos de los castellanos. Había venido una flota para atacarla, la halló desierta, abandonada por sus habitantes que habían huido hacia las colinas próximas, llevándose sus bienes. Los cristianos se apoderaron de la ciudad y empezaron a fortificaría. ¡Sabe Dios si la abandonarán un día!

En Fez, los refugiados granadinos se asustaron. Creían que el enemigo les pisaba los talones, que los perseguiría hasta el corazón mismo de los países del Islam y hasta el fin del mundo.

La inquietud aumentaba entre los míos pero a mí, volcado por completo en mis estudios y en mis nacientes amistades, no me afectaba todavía.

La primera vez que Harán vino a casa, muy tímido todavía, se lo presenté a mi tío diciéndole a qué gremio pertenecía su familia. Jali tomó en sus manos las de mi amigo, más menudas pero más rugosas ya, y pronunció estas palabras que, en el momento, me hicieron sonreír:

—Si la hermosa Sharazad los hubiera conocido, habría dedicado una noche apacible a contar su historia, le habría añadido genios, alfombras voladoras y linternas mágicas y, antes del alba, habría convertido milagrosamente a su jefe en califa, sus chozas en palacios y sus ropas de trabajo en trajes de ceremonia.

Se refería a los mozos de cuerda de Fez. Trescientos hombres, sencillos todos ellos, todos ellos pobres, analfabetos casi todos y que, sin embargo, habían sabido convertirse en el gremio más respetado de la ciudad, el más solidario, el mejor organizado.

Cada año, aun hoy, eligen un jefe, un cónsul, que organiza minuciosamente su actividad. El es quien designa, al comienzo de la semana, a los que habrán de trabajar y a los que descansarán, según la llegada de las caravanas, al estado de los zocos y la disponibilidad de los compañeros. Lo que gana un mozo de cuerda en la jornada no se lo lleva a casa sino que lo deposita todo en una caja común. Al final de la semana, el dinero se distribuye a partes iguales entre los que han trabajado, menos una parte, reservada para las obras de beneficencia del gremio, que son múltiples y generosas. Cuando muere uno de ellos, se hacen cargo de su familia, ayudan a la viuda a encontrar otro marido, se ocupan de los hijos de corta edad hasta que tienen un oficio. El hijo de uno es el hijo de todos. El dinero de la caja también sirve para los que se casan: todos cotizan para garantizarles una suma que les permita poner casa. El cónsul de los mozos de cuerda negocia en su nombre con el sultán y sus colaboradores. Así, ha conseguido que no paguen impuestos ni gabela y que les cuezan el pan gratis en los hornos de ha ciudad. Además, si uno de ellos comete por desgracia un crimen que merezca la muerte, no lo ejecutan en público como a otros criminales para que no caiga el oprobio sobre el gremio. A cambio, el cónsul ha de escudriñar sin complacencia la moralidad de cada nuevo aspirante para apartar a todo individuo sospechoso. La reputación de los mozos de cuerda ha llegado a ser tan buena que los comerciantes se sienten obligados a echar mano de ellos para vender sus mercancías. Así, los vendedores de aceite, que llegan del campo a los zocos con orzas de todos los tamaños, recurren a mozos especializados que comprueban personalmente la capacidad de los recipientes y la calidad del producto y se la garantizan a los compradores. Igualmente, cuando un negociante importa un nuevo tipo de tejido, echa mano de mozos de cuerda pregoneros para vocear la utilidad de su mercancía. Por cada actividad, el mozo cobra una suma fija, de conformidad con una tarifa establecida por el cónsul.

Jamás hombre alguno, por muy príncipe que sea, se atreve a atacar a uno de ellos pues sabe que tendría que vérselas con el conjunto del gremio. Su divisa es una sentencia del Profeta: «Ayuda a tu hermano, sea opresor u oprimido»; pero interpretan estas palabras como lo hizo el propio Mensajero cuando le dijeron: «Al oprimido lo ayudaremos, es natural. Pero, ¿cómo habríamos de ayudar al opresor?» Y él contestó: «Lo ayudaréis pudiendo más que él e impidiéndole hacer el mal.» Así, era raro que un mozo de cuerda provocara una riña en los zocos de Fez; siempre había entre sus hermanos uno prudente para hacerlo entrar en razón.

Tales eran esos hombres, tan humildes y, sin embargo, tan orgullosos. Tan indefensos y, sin embargo, tan generosos. Tan alejados de los palacios y de las alcazabas y, sin embargo, tan hábiles para gobernarse a si mismos. Si, tal era la raza a la que pertenecía mi mejor amigo.

Todos los días, con los primeros albores, Harán el Hurón pasaba a recogerme para recorrer a mi lado los pocos centenares de pasos que llevaban de casa de Jali a la escuela. A veces nos contábamos algunos chismes, a veces repetíamos los versículos estudiados la víspera. Las más de las veces, no decíamos nada, éramos amigos en silencio.

Una mañana, al abrir los ojos, lo vi en mi habitación, sentado a los pies de mi armario—cama, en lo alto del cual estaba yo acostado. Me sobresalté, temiendo haberme retrasado para la escuela y pensando ya en la caña del maestro, que iba a zumbar al azotarme las pantorrillas. Harán me tranquilizó con una sonrisa.

—Estamos a viernes, no hay escuela pero si hay calles y jardines. Coge un trozo de pan y un plátano y luego reúnete conmigo en la esquina de la avenida.

Desde ese día, sólo Dios sabe el número de caminatas que dimos. Muchas veces empezábamos el paseo en la plaza de los Prodigios. No sé si se llama así de verdad, pero así era como la llamaba Harún. Para nosotros no había en ella nada que comprar, nada que coger, nada que comer. Sólo había cosas que mirar, que olfatear y que oir.

Ante todo, los enfermos fingidos. Unos aseguraban padecer del mal caduco, se sujetaban la cabeza con ambas manos, la sacudían vigorosamente, dejando colgar labios y mandíbulas, luego se revolcaban por el suelo de manera tan experta que jamás se hacían un rasguño, jamás volcaban el platillo puesto junto a ellos para recoger el óbolo. Otros decían que padecían mal de piedra y gemían sin cesar, fingiendo atroces dolores, salvo si Harún y yo éramos los únicos espectadores. Otros exponían a las miradas llagas y pústulas. Yo me apartaba de ellos a toda prisa, pues me habían dicho que bastaba con mirarlos para contraerías.


Había en la plaza numerosos saltimbanquis que cantaban estúpidas romanzas y vendían a la gente crédula papelitos que contenían, decían ellos, fórmulas mágicas para curar todo tipo de enfermedades. Había también curanderos ambulantes que ponderaban sus productos milagrosos y se guardaban muy mucho de pasar dos veces por la misma ciudad. Había igualmente exhibidores de jimios que se divertían asustando a las mujeres encintas, así como encantadores de serpientes que se enroscaban los animales alrededor del cuello. Harún no temía acercarse. Pero a mí me daban tanto miedo como asco.

Los días de fiesta había narradores. Recuerdo sobre todo a un ciego cuyo bastón bailaba al ritmo de las aventuras de Helul, héroe de has guerras de Andalucía, o del célebre Antar Ibn Shadad, el árabe más valeroso. Una vez, mientras evocaba los amores de Antar el negro y la bella Abla, se interrumpió para preguntar si había entre el público, niños o mujeres. Unos y otras se alejaron de mala gana, con ha cabeza gacha. Yo esperé un momento, el suficiente para dejar a salvo mi amor propio. Cien miradas reprochadoras se habían vuelto hacia mí. Incapaz de sostenerlas, me disponía a marcharme, pero, con un guiño, Harún me hizo comprender que no había ni que planteárselo. Me puso una mano en el hombro, se llevó la otra a la cadera y no se movió del sitio. El narrador prosiguió su historia. La escuchamos hasta el último beso. Y sólo después de que la muchedumbre se hubo dispersado continuamos nuestra caminata.

La plaza de los Prodigios estaba situada en el cruce de varias calles transitadas. Una, atestada de libreros y memorialistas, desembocaba en el atrio de la Mezquita Mayor; otra, albergaba a los vendedores de borceguíes y zapatos; la tercera, a los comerciantes de bridas, de sillas de montar y de estribos; la cuarta, en fin, era para nosotros de paso obligado. En ella se hallaban los lecheros, cuyas tiendas se adornaban con jarras de mayólica mucho más valiosas que el producto que en ellas se vendía. No era a esas lecherías a las que íbamos, sino a los puestos de quienes, a sus mismas puertas, les compraban cada tarde a bajo precio la leche que se había quedado sin vender, se la llevaban a sus casas, la dejaban cuajarse durante la noche y volvían a venderla, al día siguiente, helada y rebajada con agua. Era una bebida que quitaba la sed y el hambre y que no era gravosa ni para la bolsa ni para la conciencia de los creyentes.

Harún y yo sólo estábamos empezando a descubrir Fez. Íbamos a desnudarla velo a velo como a una novia en su aposento nupcial. De aquel año he guardado mil recuerdos que me hacen revivir, cada vez que los evoco, el candor despreocupado de mis nueve años. Es, sin embargo, el más doloroso de estos recuerdos el que me veo obligado a contar aquí pues, si lo omitiera, faltaría a mi idea de testigo fidedigno.

El paseo había empezado aquel día como todos los demás. Harún quería huronear, yo no le iba a la zaga en curiosidad. Sabíamos que al oeste de la ciudad había un pequeño arrabal llamado El—Mers del que nuestro maestro sólo hablaba con una especie de mueca preocupada. ¿Estaba lejos? ¿Era peligroso? Otros, en nuestro lugar, habrían parado mientes en estos detalles; nosotros nos contentábamos con caminar.

Al llegar al arrabal, a eso de mediodía, no nos costó trabajo comprender de qué se trataba. Por las calles, mujeres recostadas en las fachadas o en puertas abiertas que sólo podían ser de tabernas. Harún imitaba los andares incitantes de una prostituta. Me reí, imitando, a mi vez, el contoneo de una matrona.

¿Y si fuéramos a ver qué había en las tabernas? Sabíamos que no se nos permitía entrar pero siempre podíamos echar una ojeada deprisa y corriendo.

Así pues, nos acercamos a la primera. Está oscuro. Sólo vemos un grupo de clientes. En medio, una abundante cabellera pelirroja. Nada pues ya nos han visto y echamos a correr a toda velocidad, derechos a la taberna de la calle de al lado. No hay más luz pero nuestras miradas se orientan más deprisa. Contamos cuatro cabelleras, unos quince clientes. En la tercera, nos da tiempo a distinguir algunos rostros, algunas copas relucientes, algunas jarras. Sigue el juego. Nuestras inconscientes cabezas asoman de golpe a la cuarta. Nos parece que hay más claridad. Distinguimos, muy cerca de la puerta, un rostro. ¿Aquella barba, aquel perfil, aquel porte? Saco la cabeza y salgo corriendo por la calle. No huyo ni de los taberneros ni de los encargados de echar a los borrachos. La imagen que quiero dejar atrás es la de mi padre, sentado en la taberna, a una mesa, con una cabellera suelta a su lado. Yo lo he visto, Harún es probable que lo haya reconocido. ¿Nos ha visto él? No lo creo.

Desde aquel día, he tenido ocasión de ir más de una vez a tabernas y a barrios más sórdidos que el—Mers. Pero, aquel día, el suelo se me hundió. Hubiérase dicho el día del Juicio. Sentía vergüenza, dolor. No paraba de correr, con las lágrimas resbalándome por las mejillas, los ojos casi cerrados, un nudo en la garganta, sin resuello.

Harún iba detrás de mí, sin hablarme, sin tocarme, sin siquiera acercárseme mucho. Esperó a que estuviera agotado, a que me sentara en el umbral de una tienda cerrada. El se sentó a mi lado, siempre sin decir palabra. Y luego, al cabo de una hora larga, cuando yo me estaba levantando, más tranquilo, se incorporó e, imperceptiblemente, me puso en el camino de regreso. Hasta que, al crepúsculo, no estuvimos a la vista de la casa de Jali, Harún no abrió la boca:

—Todos los hombres han ido siempre a las tabernas; a todos los hombres les ha gustado siempre el vino. Si no, ¿por qué hubiera tenido que prohibirlo Dios?

Al día siguiente, volví a ver a Harún el Hurón sin sentirme violento. Lo que temía era ver a mi padre. Menos mal que tenía que irse al campo donde estaba buscando un terreno en arriendo. Volvió unas semanas después, pero para entonces el destino ya había ahogado mis penas y las suyas en desgracias mayores.

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