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El lento suicidio de Occidente

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Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón. Quienes no tenemos «Rabia» ni «Orgullo» por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

Actualmente, algunas celebridades del pasado siglo XX, demostrando una irreversible decadencia senil, se han dedicado a divulgar la famosa ideología sobre el «choque de civilizaciones» — que ya era vulgar por sí sola — empezando sus razonamientos por las conclusiones, al mejor estilo de la teología clásica. Como lo es la afirmación, apriorística y decimonónica, de que «la cultura Occidental es superior a todas las demás». Y que, como si fuese poco, es una obligación moral repetirlo.

Desde esa Superioridad Occidental, la famosísima periodista italiana Oriana Fallaci escribió brillanteces tales como: «Si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. (. . .) Y si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem.» Caramba, esto sí que es rigor intelectual. «¡Qué asco! — siguió escribiendo, primero en el Corriere della Sera y después en su best seller «La rabia y el orgullo», refiriéndose a los africanos que habían orinado en una plaza de Italia — ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! Raza de hipócritas.» «Aunque fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón». Resumiendo: aunque esos negros fuesen absolutamente inocentes, su presencia le produce igual desazón. Para Fallaci, esto no es racismo, es «rabia fría, lúcida y racional». Y, por si fuera poco, una observación genial para referirse a los inmigrantes en general: «Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden?» Pobre Galileo, pobre Camus, pobre Simone de Beauvoir, pobre Michel Foucault.

De paso, recordemos que, aunque esta señora escribe sin entender — lo dijo ella –, estas palabras pasaron a un libro que lleva vendidos medio millón de ejemplares, al que no le faltan razones ni lugares comunes, como el «yo soy atea, gracias a Dios». Ni curiosidades históricas de este estilo: «¿cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres no deben hacerse fotografías. Porque también esto está en el Corán», lo que significa que en el siglo VII los árabes estaban muy avanzados en óptica. Ni su repetida dosis de humor, como pueden ser estos argumentos de peso: «Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes». Como dice Atilio, tiene el Brillo de Brigitte Bardot. Faltaba que nos enredemos en la discusión sobre qué es más hermoso, si la torre de Pisa o el Taj-Mahal. Y de nuevo la tolerancia europea: «Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría». Para finalmente terminar con una advertencia a su editor: «Te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo». Lo cual ya nos había quedado claro desde el comienzo y, de paso, nos niega uno de los fundamentos de la democracia y de la tolerancia, desde la Gracia antigua: la polémica y el derecho a réplica — la competencia de argumentos en lugar de los insultos.

Pero como yo no poseo un nombre tan famoso como el de Fallaci — ganado con justicia, no tenemos por qué dudarlo –, no puedo conformarme con insultar. Como soy nativo de un país subdesarrollado y ni siquiera soy famoso como Maradona, no tengo más remedio que recurrir a la antigua costumbre de usar argumentos.

Veamos. Sólo la expresión «cultura occidental» es tan equívoca como puede serlo la de «cultura oriental» o la de «cultura islámica», porque cada una de ellas está conformada por un conjunto diverso y muchas veces contradictorio de otras «culturas». Basta con pensar que dentro de «cultura occidental» no sólo caben países tan distintos como Cuba y Estados Unidos, sino irreconciliables períodos históricos dentro de una misma región geográfica como puede serlo la pequeña Europa o la aún más pequeña Alemania, donde pisaron Goethe y Adolf Hitler, Bach y los skin heads. Por otra parte, no olvidemos que también Hitler y el Ku-Klux-Klan (en nombre de Cristo y de la Raza Blanca), que Stalin (en nombre de la Razón y del ateísmo), que Pinochet (en nombre de la Democracia y de la Libertad) y que Mussolini (en su nombre propio) fueron productos típicos, recientes y representativos de la autoproclamada «cultura occidental». ¿Qué más occidental que la democracia y los campos de concentración? ¿Qué más occidental que la declaración de los Derechos Humanos y las dictaduras en España y en América Latina, sangrientas y degeneradas hasta los límites de la imaginación? ¿Qué más occidental que el cristianismo, que curó, salvó y asesinó gracias al Santo Oficio? ¿Qué más occidental que las modernas academias militares o los más antiguos monasterios donde se enseñaba, con refinado sadismo, por iniciativa del papa Inocencio IV y basándose en el Derecho Romano, el arte de la tortura? ¿O todo eso lo trajo Marco Polo desde Medio Oriente? ¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, «democráticos»? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados «bombardeos preventivos»?

Todo esto es la parte oscura de Occidente y nada nos garantiza que estemos a salvo de cualquiera de ellas, sólo porque no logramos entendernos con nuestros vecinos, los cuales han estado ahí desde hace más de 1400 años, con la única diferencia que ahora el mundo se ha globalizado (lo ha globalizado Occidente) y ellos poseen la principal fuente de energía que mueve la economía del mundo — al menos por el momento — además del mismo odio y el mismo rencor de Oriana Fallaci. No olvidemos que la Inquisición española, más estatal que las otras, se originó por un sentimiento hostil contra moros y judíos y no terminó con el Progreso y la Salvación de España sino con la quema de miles de seres humanos.

Sin embargo, Occidente también representa la Democracia, la Libertad, los Derechos Humanos y la lucha por los derechos de la mujer. Por lo menos el intento de lograrlos y lo más que la humanidad ha logrado hasta ahora. ¿Y cuál ha sido desde siempre la base de esos cuatro pilares, sino la tolerancia?

Fallaci quiere hacernos creer que «cultura occidental» es un producto único y puro, sin participación del otro. Pero si algo caracteriza a Occidente, precisamente, ha sido todo lo contrario: somos el resultado de incontables culturas, comenzando por la cultura hebrea (por no hablar de Amenofis IV) y siguiendo por casi todas las demás: por los caldeos, por los griegos, por los chinos, por los hindúes, por los africanos del sur, por los africanos del norte y por el resto de las culturas que hoy son uniformemente calificadas de «islámicas». Hasta hace poco, no hubiese sido necesario recordar que, cuando en Europa — en toda Europa — la Iglesia cristiana, en nombre del Amor perseguía, torturaba y quemaba vivos a quienes discrepaban con las autoridades eclesiásticas o cometían el pecado de dedicarse a algún tipo de investigación (o simplemente porque eran mujeres solas, es decir, brujas), en el mundo islámico se difundían las artes y las ciencias, no sólo las propias sino también las chinas, las hindúes, las judías y las griegas. Y esto tampoco quiere decir que volaban las mariposas y sonaban los violines por doquier: entre Bagdad y Córdoba la distancia geográfica era, por entonces, casi astronómica.

Pero Oriana Fallaci no sólo niega la composición diversa y contradictoria de cualquiera de las culturas en pleito, sino que de hecho se niega a reconocer la parte oriental como una cultura más. «A mí me fastidia hablar incluso de dos culturas», escribió. Y luego se despacha con una increíble muestra de ignorancia histórica: «Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas».

¿Será necesario recordarle a Fallaci que entre todo eso y nosotros está el antiguo Imperio Islámico, sin el cual todo se hubiese quemado — hablo de los libros y de las personas, no del Coliseo — por la gracia de siglos de terrorismo eclesiástico, bien europeo y bien occidental? Y de la grandeza de Roma y de su «concepción de la Ley» hablamos otro día, porque aquí sí que hay blanco y negro para recordar. También dejemos de lado la literatura y la arquitectura islámica, que no tienen nada que envidiarle a la Roma de Fallaci, como cualquier persona medianamente culta sabe.

A ver, ¿y por último?: «Y por último — escribió Fallaci— está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión. . . Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?»

Respuesta fatal: detrás de nuestra ciencia están los egipcios, los caldeos, los hindúes, los griegos, los chinos, los árabes, los judíos y los africanos. ¿O Fallaci cree que todo surgió por generación espontánea en los últimos cincuenta años? Habría que recordarle a esta señora que Pitágoras tomó su filosofía de Egipto y de Caldea (Irak) — incluida su famosa fórmula matemática, que no sólo usamos en arquitectura sino también en la demostración de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein — , igual que hizo otro sabio y matemático llamado Tales de Mileto. Ambos viajaron por Medio Oriente con la mente más abierta que Fallaci cuando lo hizo. El método hipotético-deductivo — base de la epistemología científica— se originó entre los sacerdotes egipcios (empezar con Klimovsky, por favor); el cero y la extracción de raíces cuadradas, así como innumerables descubrimientos matemáticos y astronómicos, que hoy enseñamos en los liceos, nacen en India y en Irak; el alfabeto lo inventaron los fenicios (antiguos libaneses) y probablemente la primera forma de globalización que conoció el mundo. El cero no fue un invento de los árabes, sino de los hindúes, pero fueron aquellos que lo traficaron a Occidente. Por si fuera poco, el avanzado Imperio Romano no sólo desconocía el cero — sin el cual no sería posible imaginar las matemáticas modernas y los viajes espaciales — sino que poseía un sistema de conteo y cálculo engorroso que perduró hasta fines de la Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento, todavía habían hombres de negocios que usaban el sistema romano, negándose a cambiarlo por los números árabes, por prejuicios raciales y religiosos, lo que provocaba todo tipo de errores de cálculo y litigios sociales. Por otra parte, mejor ni mencionemos que el nacimiento de la Era Moderna se originó en el contacto de la cultura europea –después de largos siglos de represión religiosa — con la cultura islámica primero y con la griega después. ¿O alguien pensó que la racionalidad escolástica fue consecuencia de las torturas que se practicaban en las santas mazmorras? A principios del siglo XII, el inglés Adelardo de Bath emprendió un extenso viaje de estudios por el sur de Europa, Siria y Palestina. Al regresar de su viaje, Adelardo introdujo en la subdesarrollada Inglaterra un paradigma que aún hoy es sostenido por famosos científicos como Stephen Hawking: Dios había creado la Naturaleza de forma que podía ser estudiada y explicada sin Su intervención. (He aquí el otro pilar de las ciencias, negado históricamente por la Iglesia romana). Incluso, Adelardo reprochó a los pensadores de su época por haberse dejado encandilar por el prestigio de las autoridades — comenzando por el griego Aristóteles, está claro. Por ellos esgrimió la consigna «razón contra autoridad», y se hizo llamar a sí mismo «modernus». «Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía –escribió –, pero ustedes sólo se rigen por lo que dice la autoridad». Un compatriota de Fallaci, Gerardo de Cremona, introdujo en Europa los escritos del astrónomo y matemático «iraquí», Al-Jwarizmi, inventor del álgebra, de los algoritmos, del cálculo arábigo y decimal; tradujo a Ptolomeo del árabe — ya que hasta la teoría astronómica de un griego oficial como éste no se encontraba en la Europa cristiana –, decenas de tratados médicos, como los de Ibn Sina y el iraní al-Razi, autor del primer tratado científico sobre la viruela y el sarampión, por lo que hoy hubiese sido objeto de algún tipo de persecución.

Podríamos seguir enumerando ejemplos como éstos, que la periodista italiana ignora, pero de ello ya nos ocupamos en un libro y ahora no es lo que más importa.

Lo que hoy está en juego no es sólo proteger a Occidente contra los terroristas, de aquí y de allá, sino — y quizá sobre todo — es crucial protegerlo de sí mismo. Bastaría con reproducir cualquiera de sus monstruosos inventos para perder todo lo que se ha logrado hasta ahora en materia de respeto por los Derechos Humanos. Empezando por el respeto a la diversidad. Y es altamente probable que ello ocurra en diez años más, si no reaccionamos a tiempo.

La semilla está ahí y sólo hace falta echarle un poco de agua. He escuchado decenas de veces la siguiente expresión: «lo único bueno que hizo Hitler fue matar a todos esos judíos». Ni más ni menos. Y no lo he escuchado de boca de ningún musulmán — tal vez porque vivo en un país donde prácticamente no existen — ni siquiera de algún descendiente de árabes. Lo he escuchado de neutrales criollos o de descendientes de europeos. En todas estas ocasiones me bastó razonar lo siguiente, para enmudecer a mi ocasional interlocutor: «¿Cuál es su apellido? Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau. . . Entonces, señor, usted no es alemán y mucho menos de pura raza aria. Lo que quiere decir que mucho antes que Hitler hubiese terminado con los judíos hubiese comenzado por matar a sus abuelos y a todos los que tuviesen un perfil y un color de piel parecido al suyo». Este mismo riesgo estamos corriendo ahora: si nos dedicamos a perseguir árabes o musulmanes no sólo estaremos demostrando que no hemos aprendido nada, sino que, además, pronto terminaremos por perseguir a sus semejantes: beduinos, africanos del norte, gitanos, españoles del sur, judíos de España, judíos latinoamericanos, americanos del centro, mexicanos del sur, mormones del norte, hawaianos, chinos, hindúes, and so on.

No hace mucho otro italiano, Umberto Eco, resumió así una sabia advertencia: «Somos una civilización plural porque permitimos que en nuestros países se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ellos sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos (. . .) Creemos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los miembros de nuestra cultura que no la toleran».

Como decían Freud y Jung, aquello que nadie desearía cometer nunca es objeto de una prohibición; y como dijo Baudrillard, se establecen derechos cuando se los han perdido. Los terroristas islámicos han obtenido lo que querían, doblemente. Occidente parece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Tanto tiempo imponiendo su cultura en otras regiones del planeta, para dejarse ahora imponer una moral que en sus mejores momentos no fue la suya. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La Democracia y la Ciencia nunca se desarrollaron a partir del culto narcisita a la cultura propia sino de la oposición crítica a partir de la misma. Y en esto, hasta hace poco tiempo, estuvieron ocupados no sólo los «intelectuales malditos» sino muchos grupos de acción y resistencia social, como lo fueron los burgueses en el siglo XVIII, los sindicatos en el siglo XX, el periodismo inquisidor hasta ayer, sustituido hoy por la propaganda, en estos miserables tiempos nuestros. Incluso la pronta destrucción de la privacidad es otro síntoma de esa colonización moral. Sólo que en lugar del control religioso seremos controlados por la Seguridad Militar. El Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve terminará por imponernos máscaras semejantes a las que vemos en Oriente, con el único objetivo de no ser reconocidos cuando caminamos por la calle o cuando hacemos el amor.

La lucha no es — ni debe ser — entre orientales y occidentales; la lucha es entre la intolerancia y la imposición, entre la diversidad y la uniformización, entre el respeto por el otro y su desprecio o aniquilación. Escritos como «La rabia y el orgullo» de Oriana Fallaci no son una defensa a la cultura occidental sino un ataque artero, un panfleto insultante contra lo mejor de Occidente. La prueba está en que bastaría con cambiar allí la palabra Oriente por Occidente, y alguna que otra localización geográfica, para reconocer a un fanático talibán. Quienes no tenemos Rabia ni Orgullo por ninguna raza ni por ninguna cultura, sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

 Hace unos años estuve en Estados Unidos y allí vi un hermoso mural en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, si mal no recuerdo, donde aparecían representados hombres y mujeres de distintas razas y religiones — creo que la composición estaba basada en una pirámide un poco arbitraria, pero esto ahora no viene al caso. Más abajo, con letras doradas, se leía un mandamiento que lo enseñó Confucio en China y lo repitieron durante milenios hombres y mujeres de todo Oriente, hasta llegar a constituirse en un principio occidental: «Do unto others as you would have them do unto you.» En inglés suena musical, y hasta los que no saben ese idioma presienten que se refiere a cierta reciprocidad entre uno y los otros. No entiendo por qué habríamos de tachar este mandamiento de nuestras paredes, fundamento de cualquier democracia y de cualquier estado de derecho, fundamento de los mejores sueños de Occidente, sólo porque los otros lo han olvidado de repente. O la han cambiado por un antiguo principio bíblico que ya Cristo se encargó de abolir: «ojo por ojo y diente por diente». Lo que en la actualidad se traduce en una inversión de la máxima confuciana, en algo así como: hazle a l os otros todo lo que ellos te han hecho a ti — la conocida historia sin fin.

Por Jorge Majfud 

Ensayo publicado originalmente en La República, Montevideo, 8 de Enero de 2003

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El lento suicidio de Occidente por Jorge Majfud se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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Crónicas:»Saddam Hussein y la guerra por el dominio mundial del petróleo»

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Cuando las grandes potencias occidentales comenzaban a propagar su supuesta hegemonía a nivel mundial a partir de la crisis del Este europeo, el Irak de Saddam Hussein, un país de aquellos a los que la mentalidad colonialista clasifica como ‘naciones sin historia’, se ha transformado desde la crisis del Golfo Pérsico, en un adversario de los Estados Unidos, una tempestad de guerra, muerte y conquista por la que los anglonorteamericanos tratan de controlar y dominar los pozos petroleros iraquíes.

Como decía Hegel, la ‘astucia de la historia’ juega a los políticos, incluso a los gobernantes internacionales, una mala pasada. La invasión iraquí a Kuwait ocurrió en momentos en que los Estados Unidos dependían en un cincuenta por ciento del petróleo importado para cubrir sus necesidades energéticas. El alza del precio del crudo agudizó los problemas económicos, no sólo de la nación del Norte, sino también del Japón y Europa.

El encarecimiento del precio del petróleo complica las exportaciones norteamericanas y acrecienta su déficit comercial y, aunque pueda beneficiar a los petroleros texanos y al ‘complejo militar-industrial’ norteamericano, golpea a la economía occidental en su conjunto. El vilipendiado Tercer Mundo se venga con la acción de Irak y pone al desnudo la interrelación de las naciones industrializadas con las materias primas que producen las naciones periféricas.

Vale la pena rastrear, entonces, cual es la ideología que nutre la política del jefe iraquí, Saddam Hussein, y la de su partido, el gobernante Baas o Baath (Partido Socialista del Renacimiento Arabe).



Porque la decisión de enfrentar a los Estados Unidos, aún exponiéndose a la muerte personal y la destrucción de Irak no puede entenderse, como se lo está presentando, por el resultado de una decisión arbitraria y despótica. Por el contrario, esa decisión es tributaria de una concepción política particular: la que reunió desde los años treinta, en la Gran Siria, el nacionalismo árabe, el laicismo secularizante y el socialismo basado en la cultura islámica.

Tras cuatro siglos de dominación otomana, las naciones árabes comenzaron a resurgir en esta centuria en el marco de una lucha global de las potencias imperialistas de entonces, principalmente Inglaterra, Francia y Alemania.

En ese marco surgieron clubes y asociaciones árabes, especialmente juveniles, que comenzaron a desarrollar la resistencia política y cultural de los turcos otomanos y las demás potencias imperiales. Algunos de esos grupos fueron el Club Arabe, el grupo Joven Arabe, el Partido del Pacto y de la Fraternidad Arabe, la asociación Qahtaniya, entre muchos otros.

En 1921, una revuelta popular obligó a los británicos, que mantenían un ‘mandato’ sobre Irak desde un año antes, a conceder un grado de autonomía a esa nación que había sacudido el yugo otomano en 1918.

Antes de la fundación del Partido Baas, o coexistiendo con él, se habían desarrollado varias organizaciones políticas: el Bloque Nacional (comprendía a feudales y burgueses y jefes de tribus), la Liga de Acción Nacionalista (desprendimiento de la organización anterior), el Partido Nacionalista Arabe (agrupaba a intelectuales y a jóvenes progresistas); el Partido de la Juventud (de idéntica filiación que el anterior, pero reducido en la zona de Hama), el Partido Nacional Sirio (regionalista), el Partido Comunista, fundado en octubre de 1924, y los Hermanos Musulmanes (religioso fundamentalista).

EL NACIMIENTO DEL BAAS

Entre fines de los treinta y comienzo de los cuarenta, dos intelectuales, Michel ‘Aflaq y Salah al-Bitar, dejaron sus puestos de profesores para consagrarse a la lucha política antiimperialista.

El profesor ‘Aflaq, de singular capacidad política, inspiró los pasos iniciales del Baas, le dio vida y programa revolucionario, uniendo al nacionalismo árabe, la cultura islámica, el socialismo de izquierda y el laicismo en un medio trabado en muchos aspectos por supersticiones y tradiciones retrógradas.

En medio de la Segunda Guerra Mundial, los socialistas árabes comenzaron a modelar su organización, cuyo congreso fundacional se realizó en Damasco, entre el 4 y el 7 de abril de 1947.

Eran estudiantes procedentes de Jordania, del Líbano, de Irak y de Palestina. Se congregaron en el café Rashid de Verano, en la Avenida del 29 de Mayo, y allí dieron vida al Baas, sin imaginar el papel que cubriría en la historia de Irak, de Siria y, en general, en el mundo árabe.

La apertura de la reunión había estado a cargo del profesor ‘Aflaq y la línea política fue trazada por S. Bitar. ‘Aflaq fue designado presidente de la organización; Bitar su secretario general, acompañándolos como miembros de la dirección: Sald-ad, Jalal as-Sayyid y Whaib al Ghanim. Proclamaron ‘una nación árabe’, ‘una misión eterna’, ‘un socialismo ligado a la cultura musulmana’.

Las líneas fundamentales del Baas habían sido establecidas, en 1941, en el manifiesto: ‘Movimiento de la reviviscencia árabe’, ligando la causa nacional a las luchas sociales populares y al antiimperialismo.

Las principales ideas del Baas son las de reconciliar la religión con el nacionalismo, el arabismo con el Islam, denunciando ‘el confesionalismo, el particularismo y el chovinismo local estrecho’. Alentaban la búsqueda del progreso, la libertad y la renovación política ante las viejas políticas feudales y conservadoras.



El otro principio baasista es el de la ‘unidad de la patria árabe’, afirmando que no existiría una auténtica ‘liberación nacional’ sin justicia social. Consideraban los baasistas que ‘el socialismo es una necesidad que brota de la esencia del nacionalismo árabe’.

Sin embargo, el Baas tuvo una relación accidentada, de alianzas y luchas sangrientas, con el Partido Comunista de Irak. En su accionar, fue similar al aprismo peruano de los años veinte y al peronismo argentino de los cuarenta.

SADDAM HUSSEIN Y EL NUEVO CURSO BAASISTA

El Baas fue perseguido con saña desde su fundación y debió confrontar, con otros partidos nacionalistas, principalmente las corrientes ‘nasseristas’, los grupos religiosos fundamentalistas, los comunistas y las viejas fuerzas feudales conservadoras. Hoy, uno de sus principales enemigos son los Hermanos Musulmanes que tienen su sede en Egipto y Al Qaeda, la organización de origen saudita de Osama Bin Laden.

Pero tal vez su mayor contradicción fue su diversidad de tendencias que lo llevaron, a lo largo de su historia, a la división y el fraccionalismo. Su otra rama, el Baas de Siria, actualmente en el gobierno, rompió hace muchos años con su similar iraquí.

En 1958, el Baas de Irak fue el componente más determinante en el derrocamiento de la monarquía que costó la vida del rey Faisal II, del príncipe heredero Abdull Illah y del primer ministro Nuri as Said. La primera medida del gobierno presidido por el general Abdul al-Karim Kassem fue la reforma agraria que abolió el latifundio feudal.

Pero las contradicciones internas, la personalidad del propio Kassem, la ruptura de la alianza que lo había unido al Baas, llevó muy pronto a un enfrentamiento sangriento entre el dictador aliado al Partido Comunista y el Baas.

Se produjeron las masacres de Al Mawsil, Al Basra y de Karkuk, donde cayeron decenas de baasistas. Fue cuando éstos decidieron ajusticiar a Kassem, en represalia por la muerte de sus camaradas, hecho que se produjo el 7 de octubre de 1963, en la Avenida Arrachid, de Bagdad. Entre esos cinco justicieros había uno llamado Saddam Hussein.

De allí en adelante, Hussein fue cumpliendo el cursus honorum partidario, hasta que, a principios de los años setenta, su nombre se hizo popular en Irak. Saddam Hussein fue presidente de la República, desde el 16-7-1979; primer ministro, desde el 29-5-1994, mariscal, jefe supremo de las Fuerzas Armadas, presidente del Consejo de Mando de la Revolución y secretario general del Partido Baas.

El 23 de febrero de 1996, la fracción siria se había desvinculado del Baas iraquí y múltiples divisiones minaban esta última organización.

Tal vez, el mérito mayor de Saddam Hussein fue el de articular alianzas internas que permitieron al Baas recuperar su vigencia política. En 1972 se nacionalizó la Irak Petroleum Co. y fue ratificado el tratado de amistad con la Unión Soviética. Pero, en 1978, la alianza entre el Partido Comunista y el Baas se rompió, dando lugar a nuevos enfrentamientos.

POLÍTICA, ALIANZAS Y LUCHAS

En 1979, Saddam Hussein reemplazó al presidente Ahmad Hassan al Bakr, quien se retiró del cargo, y desde allí gobierna con mano fuerte a Irak. La lucha contra los kurdos y luego la larga guerra con el Irán signarían el gobierno de Hussein cuyo punto más alto fue la resistencia iraquí en la Ciudad de Basora, a la gran ofensiva iraní que condujo luego a la paz, extenuadas las dos partes por una contienda brutal como absurda.

En el trasfondo de la conquista de Kuwait se advirtieron los otros dos hechos bélicos mencionados: la guerra contra los kurdos y contra los iraníes. Para Hussein, la búsqueda de la ‘integridad’ territorial, económica y estratégica es una de las cuestiones que lo conmueve políticamente. Su férrea posición antiisraelí y su apoyo a los palestinos también se insertan en esta concepción geoestratégica.

Las potencia occidentales, pero principalmente los Estados Unidos, lo han declarado a Hussein ‘el hombre más malo del mundo’ y George W. Bush lo incorporó a su ‘eje del mal’. Estados Unidos y Gran Bretaña se disponen avasallarlo por todos los medios. Pero lo cierto es que la crisis del Golfo Pérsico es una ‘caja de Pandora’ que si se abrió hace una década y sus nuevas contiendas bélicas pueden tener terribles graves consecuencias para la paz mundial y el oriente medio.



Del otro lado está George W. Bush que, como su padre, también presidente, es un obstinado impulsor del ‘gran garrote’ en América Latina y otras regiones, continuador armado de la política reganiana. Su estrategia actual es una operación peligrosa.

El siglo no finalizó como afirman los émulos de Francis Fukuyama, con el auge del ‘neoliberalismo’. Por el contrario, concluyó con el resurgimiento del nacionalismo revolucionario en el Este, en América Latina, en Africa y en Asia. La integración mundial del capitalismo concentrado tiene estos sobresaltos que abren perspectivas nuevas en el realineamiento mundial.

BREVE HISTORIA DE IRAK

La Mesopotamia estuvo en el centro de los imperios de Sumer, Babilonia y Asiria entre los siglos 7 a.C. y el año 100. Los árabes conquistaron el territorio 633 y dominaron hasta el siglo 13, cuando fueron conquistados por los mongoles. A finales del siglo 14, el territorio estuvo bajo poder de Timur. Los turcos otomanos invadieron después y gobernaron despóticamente entre el año 1500 y la Primera Guerra Mundial.

En 1920, Gran Bretaña intentó anexar el territorio a su imperio colonial. Emir Faisal ibn Hussein fue proclamado rey en 1921, títere de los ingleses. El país obtuvo su independencia en 1932 pero, como país fuertemente petrolero, fue presa codiciada del nazifascismo y de las potencias aliadas. Los hitleristas lograron un gobierno favorable en Irak y los británicos retomaron el control y no se retiraron hasta 1947. En el ínterin surgió en Irak un fuerte movimiento nacionalista, antibritánico y antifascista. No debe olvidarse que la Italia de Mussolini era el verdugo sangriento de Libia. Los ingleses confundieron tendenciosamente a pronazis con nacionalistas revolucionarios y persiguieron a todos, especialmente a estos últimos ya que los grupos pronazis carecían de apoyo entre los iraquíes.

Los nacionalistas llevaron a cabo la revolución, ya referida, dirigida por Kassem. Amdul Salem Mahoamé Aref organizó el gobierno e intervino en la guerra contra Israel, en 1967, en la que resultó triunfante el estado judío.

En 1968, el Baas logró el gobierno mediante una revolución que se definió como panarabismo, el socialismo y la resistencia a toda intervención extranjera. En 1979, como se expresó, el vicepresidente Saddam Hussein, asumió el gobierno republicano.

Entre los objetivos de Saddam estaban presentes la lucha contra Israel, la recomposición territorial de Irak y la implantación de un régimen político, islámico pero secular, de orientación socialista.

EN LA VORÁGINE DE LAS GUERRAS

En 1980 Irak invadió Irán en reclamo de territorios en el río Shatt-al-Arab, que divide a ambas naciones. Las potencias occidentales alimentaron la guerra Irak-Irán, particularmente los Estados Unidos, adversaria del régimen de los ayatollas iraníes. Ninguna de las dos naciones salió triunfante y las pérdidas, en vidas y bienes materiales fue cuantiosa para los dos países.

El problema del irredentismo kurdo es de antigua data. La nación kurda libra una fiera lucha, como los palestinos, por un estado propio. Los enfrenta con la autocrática Turquía, con el Irak nacionalista y, por diferencias religiosas, con Irán. En 1974, Irak intentó dar una cierta autonomía a los kurdos pero ellos reclaman la independencia.

Sobrevino la guerra en agosto de 1990, entre Irak y Kuwait, un estado ficticio semifeudal, sostenido por Estados Unidos y Gran Bretaña, para servirse de sus enormes recursos petroleros. La ONU, con fuerte presión norteamericana gobernada por George Bush padre, impuso sanciones contra Irak y cuando rehusó a abandonar el pequeño protectorado prooccidental, organizó una campaña militar.

Al mismo tiempo, grupos armados en el sur de Irak y los kurdos en el norte presentaron una amenaza para Saddam. Finalmente, Bagdad logró sofocar los levantamientos internos, en el caso de los kurdos se utilizaron gases químicos. La ONU localizó y destruyó algunas fábricas de armas químicas como, anteriormente, la aviación israelí en 1981 había destruido la central nuclear de Tamuz.

Kuwait logró, con el apoyo de los ejércitos de Estados Unidos y otros países, rechazar a los iraquíes. EE.UU. no restituyó posibilitó ninguna ‘democracia’ y los jeques semifeudales kuwaitíes volvieron a su régimen de explotación de sus pobladores, dedicándose al negocio petroleros y el lavado de dinero y el tráfico de drogas.

Irak es un ‘estado árabe’ con un estatuto de autonomía para una parte del Kurdistán ubicada en Irak, desde 1974. La zona que queda al norte de las antiguas líneas del frente de 1991 vive una situación de casi independencia desde la creación de una denominada ‘zona de protección’ para los kurdos que allí habitan, de acuerdo a los términos de la resolución 688 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el 5-4-1991. El 4-10-1992 los partidos kurdos moderados y conservadores, Partido Democrático del Kurdistán (PDK, de Massud Barzani) y la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK, de Jalal Talabani), proclamaron el Estado federal.

Sin embargo, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, una fuerza marxista revolucionaria, de fuerte implante nacionalista, mantiene una plataforma política distinta, y reclama un Kurdistán libre, con los territorios habitados por los Kurdos de Irak, Irán y Turquía. Turquía, además del genocidio armenio de 1915, donde asesinó a un millón y medio de personas, ha perseguido a los kurdos produciendo varias matanzas.



El dirigente del PTK, Abdullah Ocalan, fue apresado en una operación conjunta de las inteligencias norteamericana, griega e israelí y entregaron al líder del pueblo kurdo al estado Turco, lo que constituyó un atentado a los derechos humanos y a la causa de la liberación de esa nación martirizada.

TODO SEA POR EL PETRÓLEO

Desde 1998, Estados Unidos busca la guerra contra Irak, su invasión y apoderamiento y control de los pozos petroleros. El argumento es que Saddam Hussein es un dictador, lo que es cierto pero también Kuwait es una dictadura, amparada por Washington.

La Comisión de la ONU encargada de controlar el desarme de armamento sofisticado de Irak, fue cuestionada varias veces por Bagdad al sostenerse que miembros de esas comisiones eran en realidad espías y agentes de la inteligencia angloamericanos. Eso produjo el relevo, en dos momentos, de Scott Ritter y del australiano Richard Buttlee, jefe de la Unscom. El pedido de relevo de este último funcionario fue avalado, además de Irak, por Francia, Rusia y China.

En sus 110.000 ataques aéreos contra Irak, por parte de los anglonorteamericanos, desde finales de la guerra del Golfo, fueron lanzados 940.000 proyectiles con uranio empobrecido que ha envenenado el agua y contaminado el ambiente, produciendo toda clase de enfermedades mortales y la muerte de medio millón de niños.

Desnutrición, infecciones, tifus y cólera, causan estragos en la población y el embargo ha agravado el mapa sanitario. Varias ONG y Amnesty International han advertido que la población iraquí no está en condiciones de resistir un nuevo conflicto.

De todas maneras, Saddam Hussein tiene bajo bandera un ejército de 450.000 soldados. La invasión luego de los bombardeos de saturación anglonorteamericanos, no va ser tan fácil para las tropas de Washington y Londres. A partir de esos momentos los atentados terroristas se van a producir en las naciones centrales y es posible una sublevación del mundo musulmán cuando los invasores pongan pie en territorio iraquí.

A los ojos de Europa, principalmente Francia y Alemania, que han criticado las incursiones contra Irak, el embargo ya no sirve para nada. Asimismo, consideran que un ataque al régimen de Bagdad debe ser tomado por las Naciones Unidas y no aceptan una guerra anglonorteamericana contra Irak, sin autorización de la organización internacional.

DEL ‘ZORRO DEL DESIERTO’ A BUSH

Los ataques por divertimento contra Irak fueron comenzados por el presidente Bill Clinton quien desencadenó en diciembre de 1999 la operación ‘Zorro del Desierto’, todo para ocultar el affaire ‘Mónica Lewinsky’ y debilitar un voto de censura (impeachment) contra el presidente norteamericano. Fueron lanzados sobre objetivos militares y civiles miles de misiles crucero muriendo entre 600 y 1.600 iraquíes.

En el 2000 se puso en marcha el plan ‘petróleo por alimentos’ lo que le permitió a Bagdad exportar 5.200 millones de dólares por semestre. Hussein debió reprimir algunas sublevaciones del clero fundamentalista donde fue asesinado el ayatollah Muhammad Sadek as-Sadra Najaf.



A principios del 2001, Irak decidió no cooperar con la ONU, posición que fue revisada ahora, ante el peligro de una invasión anglonorteamericana. George W. Bush y el ‘complejo militar-industrial’, en conjunto con los intereses petroleros ya han decidido la invasión de Irak y su sometimiento por varios años. Pero ello solo desencadenará una guerra de liberación nacional en el convulsionado mapa de Medio Oriente, a los que los territorios de Europa y los Estados Unidos no quedarán ajenos.

Si llegara a caer o fuera asesinado Saddam Hussein, que es laico, se va a producir una partición y guerra en el territorio iraquí, con la entrada de los turcos en contra de los kurdos y la constitución del Estado de Kurdistán y, por otro lado, los fundamentalistas chiítas enrolados en el sector más conservador proiraní se alzará con el gobierno en medio de convulsiones, revueltas, golpes de estado y crímenes políticos. Eso quedó muy claro en la reciente reunión, de trescientos delegados iraquíes, realizada en Londres, donde los ayatollah chiítas manifestaron a kurdos y grupos iraquíes laicos, que no piensan compartir el poder. Es probable que Washington y Londres estén ahora generando nuevos Bin Laden, pero todo sea por el dominio del petróleo.

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