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Cine iraní y árabe

Separación,de Nader (Payman Maadi),año 2011
Separación,de Nader (Payman Maadi),año 2011 

Cada vez que alguien habla sobre el cine árabe, invariable piensa en batallas en el desierto o feroces beduinos y sus caravanas de camellos, o quizá en monstruos fabulosos en las ruinas de Egipto. Sin embargo, la cultura árabe es mucho más que eso; es la heredera de civilizaciones milenarias.

Para el cine de Hollywood, fuera de California todos somos estereotipos: el latino, el asiático, el africano o el árabe. Les gusta ambientar sus películas en lugares «exóticos» o «salvajes», como Latinoamérica, Asia o el Medio Oriente, porque de algún lugar tienen que sacar a sus antagonistas. Después del acontecimiento de las Torres Gemelas, sus villanos favoritos son los «terroristas árabes».

Por fortuna, en todas las regiones del mundo hay talento suficiente como para producir películas al margen del circuito norteamericano. Es cierto que es difícil que sus trabajos fílmicos lleguen a todas las ciudades, debido al monopolio de la distribución, pero aún así, ya sea perdidas en la cartelera o en algún video club, podemos encontrar algunas muestras de la cinematografía árabe, y no sólo las cintas ambientadas en la imaginaria visión «hollywoodense».

EL ISLAM

Algunas precisiones rápidas: el Islam es una religión monoteísta abrahámica, que tiene por Dios a Allâh y se fundamenta en el libro del Corán. Los creyentes en el Islam son los musulmanes, que aceptan a Muhammad (BPD) como el Profeta que transmitió la palabra de Allâh. A este conjunto de creencias se le denomina Islam.

Al igual que el Cristianismo, no se trata de un cuerpo consolidado de dogmas, sino que hay múltiples interpretaciones, variantes y contradicciones. El Islam ha crecido de manera exponencial y predomina en gran parte de África, Medio Oriente y la mayor parte de Asia. En la actualidad, se calcula que existen mil 200 millones de creyentes. Ya rebasó al catolicismo, y el cine no podría dejar de poner sus ojos en este fenómeno.

UNA SEPARACIÓN

Nader (Payman Maadi), es un contador que trabaja en un banco de la capital de Teherán, Irán, y que pertenece a la clase media. Está casado con Simín (Leila Hatami), que es catedrática universitaria. En la historia, la relación ha llegado a una crisis definitiva cuando su mujer le dice que quiere divorciarse. Ella desea emigrar del país en busca de un mejor futuro para su hija de doce años, Termeh (Sarina Farhadí), pero Nader se opone, ya que se encuentra en un grave conflicto porque tiene que decidir entre el amor que le tiene a su hija y el respeto que le debe a su padre, que padece Alzheimer y que no puede salir del país. La separación es inminente.

Una Separación (2011), es una película iraní dirigida por Asghar Farhadi, con un guión de su autoría. En ella, nos cuenta una historia que podría estar ocurriendo en cualquier lugar del mundo. Un conflicto familiar provocado por la permanente insatisfacción de las clases medias, que ven cómo la estructura social no les permite acceder al estado de bienestar deseable.

Los problemas para Nader y Simín se incrementan cuando contratan a Razieh (Sareh Bayat), para cuidar al anciano enfermo. Ésta se encuentra embarazada y por un conflicto con Nader, que llega a los empujones, sufre un aborto. El marido de Razieh, Hojjat (Shahab Hosseini), quiere sacar provecho del incidente y demanda a Nader, que puede ir a prisión.

Lo anterior los conduce a un juicio que va a provocar una crisis en la conciencia de los protagonistas. En Irán, la obediencia a la ley tiene un fundamento religioso: mentir en un juicio es un pecado. La película nos plantea el conflicto interno de Nader y Razieh, ante la posibilidad de respetar o violentar las creencias jurídico-religiosas establecidas. El amor que Nader siente por su familia lo conduce a aceptar las consecuencias que esto le puede ocasionar, mientras que Razieh renuncia a sus intereses personales por el temor a la ira de Allâh.

LA MUJER QUE CANTABA

Incendies (2010), es una película canadiense dirigida por Denis Villeneuve, adaptada de una obra de teatro del actor, escritor y director de escena Wajdi Mouawad, que si bien tiene nacionalidad canadiense, es originario de Beirut, Líbano.

“Entiérrenme sin ataúd, desnuda y sin oraciones, la cara vuelta hacia el suelo, de espaldas al mundo”, dice Nawal Marwan (Lubna Azabal), la protagonista de la historia. Nacida en un familia cristiana de un pueblo de Líbano, es expulsada cuando queda embarazada de un refugiado palestino. Al nacer, el niño es enviado a un orfanatorio. Son los años setenta y ha iniciado la Guerra Civil. Cuando Nawal quiere recuperar a su hijo le resulta imposible.

Al ser testigo de la barbarie cometida por las falanges cristianas, renuncia a su fe y se involucra en el asesinato de un dirigente del partido cristiano, para después ser enviada a la cárcel en la que pasará trece años sometida a todo tipo de vejaciones y humillaciones. Para poder mantener la cordura en una celda de un metro por dos, la mujer canturrea todo el tiempo. Producto de la violación sufrida a manos de su verdugo, nacerán dos hijos mellizos, Jeanne (Melissa Desorme) y Simón (Maxim Gaudette). Al finalizar la guerra, la madre y los niños recibirán asilo en Canadá.

La película comienza con la muerte de Nawal, que le encomienda a sus hijos que vayan al Medio Oriente en busca de sus raíces. La Guerra Civil en Líbano se inicia a finales de los años sesenta, derivada de la Guerra de los Seis Días. Los refugiados palestinos y musulmanes, van a terminar enfrentados a los cristianos radicales derechistas. Cuando la situación se vuelve incontrolable, intervienen Israel y Siria, con lo que el conflicto se recrudece. De manera oficial, la guerra dura de 1975 a 1989, pero la verdad es que hasta la fecha la región es un campo permanente de batalla.

El Medio Oriente es la cuna de tres de las religiones más importantes del mundo: el judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Van a cumplirse casi setenta años de conflictos, y lo más grave es que no se ve el final de este problema. La única solución es la tolerancia, religiosa y política. Pero en este caso, la religión actúa como elemento aglutinador y en vez de ceder un poco a la razón, las posiciones se han radicalizado. En La mujer que cantaba, no hay héroes ni villanos, todos son víctimas, habitantes del imperio del fanatismo.

CARAMELO Y ¿A DÓNDE VAMOS AHORA?

Nadine Labaki es la superestrella del cine libanés; actriz, escritora y directora, nacida en Beirut, es una de las consentidas de los festivales europeos y tiene en su haber dos películas que han alcanzado el reconocimiento en el mundo entero, Caramelo (2007) y ¿A dónde vamos ahora? (2011). Al igual que muchos realizadores, sus inicios fueron en el ámbito del video, haciendo videoclips, después de lo cual dio el salto a la pantalla grande. Además del talento demostrado detrás de las cámaras, no es posible dejar de mencionar que se trata de una mujer de una belleza sorprendente.

A diferencia de muchos otros cineastas del mundo árabe, que nos muestran su terrible realidad de una manera solemne -pues el tema lo amerita- Nadine Labaki ha tenido un acierto en sus trabajos fílmicos al decidirse por la comedia, o como en el caso de ¿A dónde vamos ahora?, por la tragicomedia.

En Caramelo, nos cuenta las vicisitudes de cuatro mujeres que trabajan en un salón de belleza. Con una mirada fresca, estaremos al tanto de los problemas de cada una de ellas: la virginidad, la relación con un hombre casado, la llegada a la madurez, la pérdida de la belleza y las oportunidades y, sobre todo, llama la atención el planteamiento que se hace -de manera muy inocente- de una posible relación lésbica. Es una película hecha con un tono muy ligero y agradable.

Para Nadine Labaki, otro de los temas obligados es el de la violencia que han vivido por los conflictos territoriales y religiosos. En ¿A dónde vamos ahora?, nos cuenta la historia de un pequeño pueblo en las montañas libanesas donde las mujeres están hartas de tantos muertos. “¿Creen que estamos aquí para llorar por ustedes, para estar siempre de luto?”, les grita una de las protagonistas cuando está a punto de estallar una pelea entre cristianos y musulmanes. El guión es muy ingenioso, pues narra todos los recursos y argucias a las que las mujeres del pueblo tienen que recurrir con el fin de evitar un estallido social. Una cinta muy recomendable.

Por Eduardo Santoyo
Con información de El Siglo

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La larga travesía de Peter O’Toole

Peter O'Toole en Lawrence de Arabia
Peter O’Toole en Lawrence de Arabia

Fue una leyenda viva y lo seguirá siendo tras su muerte. Peter O’Toole puso fin a su larga travesía de 81 años, apurada hasta la última gota. El inmortal «Lawrence de Arabia», ocho veces nominado al Oscar y ocho veces relegado a la categoría de «dama de honor» (en palabras propias), falleció en el hospital Wellington de Londres por «una larga enfermedad» no especificada.

Cuarenta años atrás, el actor irlandés había aplazado su cita con la muerte por una pancreatitis aguda, fruto de su adicción a la botella, que nunca ocultó hasta ese mismo momento. A finales de los setenta anunció que dejaría de beber (verdad a medias) y antes de cumplir los ochenta proclamó su jubilación del cine y del teatro, aunque el veneno de las tablas volvió a morderle en los últimos meses. Tal vez porque ya sabía que el final estaba cerca, O’Toole aceptó una papel histórico a su medida, el del orador Cornellius Gallus, en una película de romanos: «Catalina de Alejandría». A las órdenes de Michael Redwood, O’Toole interpreta a uno de los sabios que defiende a la mártir cristiana de la ira del emperador Constantino el Grande.

 O’Toole no pudo resistir la tentación y se integró a un auténtico batallón de veteranos actores británicos (Joss Ackand, Steven Berkoff y Edward Fox) para su definitiva despedida del celuloide, siete años después de su octava y última nominación al Oscar por «Venus» y al cabo de una década del Oscar honorario que no consiguió redimirle de las estatuillas no ganadas. Su hija Kate OToole dio la cara ante los medios para comunicar su muerte y anunciar la celebración de un sepelio que en el que se rendirá homenaje al actor con «música y las buenas vibraciones que él hubiera querido», intentando mantener hasta el epílogo de su vida el espíritu indomable del «loco irlandés», como le llamaban sus viejos amigos.

«La familia aprecia mucho las muestras de cariño y amor que han llegado de todo el mundo», declaró Kate O’Toole. «Estamos realmente desbordados y damos las gracias desde lo más profundo de nuestro corazón».

El «premier» británico, David Cameron, hizo un alto en su pausa dominical para rendir tributo al actor: «Mis pensamientos están con la familia y con los amigos de OToole. Su interpretación en mi película favorita, «Lawrence de Arabia», fue realmente asombrosa.

‘Un gigante del cine y del teatro’

La muerte de O’Toole, como la de Mandela , fue una de esas ocasiones contadas en que las que se detienen las transmisiones de televisión y se adelantan los boletines de radio. «Peter apuró hasta el último momento de su vida, ¿acaso no es verdad?», anunció en Sky News el presentador Michael Parkinson, rompiendo con la letanía habitual en estas ocasiones. Aunque el homenaje más sentido fue el que llegó desde su nativa Irlanda. El presidente y poeta Michael Higgins, amigo personal del actor, dejó de lado el hecho de que su país salía ese día mismo del rescate financiero y quiso recordar así al monstruo escénico: «Irlanda y el mundo han perdido a uno de los gigantes del cine y del teatro». «En una larga lista de papeles estelares en los escenarios y en las pantallas, Peter puso muy alto el listón como actor», reflexionó en voz alta Higgins. «El siempre tuvo un profundo interés en la literatura, y un amor particular por los sonetos de Shakespeare». Sin necesidad de guión, Higgins trazó acaso la semblanza más completa de O’Toole a los pocos minutos de su muerte: «Aunque fue nominado al Oscar en ocho ocasiones, y recibió una estatuilla honoraria de sus compañeros por su contribución al cine, su mayor compromiso fue siempre el teatro. Quienes le vieran en papeles como Lawrence Arabia en 1962, o en el de Enrique II en «Becket», o en «El león de invierno» o en decenas de películas, siempre reconocerán en él la vida consagrada al séptimo arte».

Higgins recordó por último la amistad que les unía desde 1969: «Todos los que conocimos echaremos de menos su cálido humor y su generosidad como amigo. No he conocido a nadie que le supere por esa gracia especial en todas sus interpretaciones, dentro y fuera de los escenarios». El eco de la muerte de O’Toole llegó de Connemara, en Irlanda, a Leeds, en Inglaterra, donde pasó gran parte de su infancia (de hecho, existen dos certificados de nacimiento que acreditan que vino al mundo en 1932 y en los dos lugares, con un par de semanas de diferencia).

Hijo de un enfermera escocesa y de jugador de fútbol y corredor de apuestas irlandés, O’Toole abandonó la escuela a los quince años y ejerció como periodista antes de ingresar en el ejército. En Dublín, en los años cincuenta, pudo dar rienda suelta a su doble vocación de «poeta o actor». Pasó después por la Academia Real de Arte Dramático, y estudió entre otros con Alan Bates y Albert Finney, antes de debutar en el Briston Old Vic y en el Londons Royal Court Theater.

El giro copernicano en su vida se produjo en 1962, cuado David Lean le propuso interpretar a T.E. Lawrence tras la negativa del propio Albert Finney y de Marlon Brando. Aunque O’Toole puso reservas iniciales al papel acabó prácticamente haciéndose un beduino y fue ya incapaz quitarse la arenas del desierto de sus babuchas durante el retos de su carrera.

«Nosotros, Richard Burton, Richard Harris y yo, encarnamos el auténtico espíritu de los sesenta», confesó el actor irlandés tiempo después, con la fama ya consechada de vividor en Hollywood. «Nos atrevimos a hacer en público lo que todo el mundo hacía en privado, y a convertirlo además en show. Bebíamos muchos, y fumábamos hierba»…

Tras contraer la pacreatitis y se tratado por un cáncer de estómago, O’Toole hizo propósito de enmienda. Pero su carrera y su vida personal iban ya embaladas. Se casó con la actriz irlandesa Siàn Phillips y tuvo dos hijas (Kate y Patricia). Se unió luego a la modelo Karen Brown y de esa relación nació su hijo Lorcan Patrick. De ahí pasó a una relación platónica con Rose McGowan, tras el flechazo en el rodaje de «Phantoms».

Durante los ochenta y los noventa alternó el West End con Hollywood. Triunfó con «Macbeth» y se convirtió en indiscutible rey de la comeda con «Jeffrey Bernars is Unwell», en el que interpretaba a su «alter ego» borracho. Y entre uno y otro regreso a los escenarios, la cascada de nominaciones a los Oscar con «Lawrence de Arabia» (1962), «Becket» (1964), «El león en invierno» (1968), «Adiós, Mr Chips» (1969), «La clase dirigente» (1972), «Profesión: el especialista» (1980), «Mi año favorito» (1982) y «Venus» (2007).

Cuando le dieron la estatuilla honoraria en el 2003, pidió que no le jubilaran antes de tiempo. Aunque en el 2012, a punto de cumplir los ochenta, se sintió ya sin ánimos ni fuerzas y escribió una despedida: «Queridos todos, ha llegado el momento de arrojar la toalla y retirarme del cine y de los escenarios. Ya no siento la pasión, ni creo que vuelva». Por fortuna volvió: la película póstuma de Peter O’Toole, «Catalina de Alejandría», se estrenará en el 2014. Pero antes, cumpliendo con sus propios designios, habrá una despedida a su estilo y por todo lo alto. Mejor no llorar.

Por Carlos Fresneda

Con información de : El Mundo

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