Archivo de la categoría: Artesanía

Said Selman: Rey de las guayaberas cubanas

said_selman_guayaberas
Said Selman (Eugenio), nació el 14 de agosto de 1898, en la aldea libanesa de Habbuch. En 1914 llegó a Cuba

Cuentan que Said Selman, sastre de origen libanés, hizo 12 innovaciones a la prenda nacida a orillas del río Yayabo, en Sancti Spíritus, y así se hizo famoso en Cuba y en el mundo.

Su hijo, el profesor Ricardo Munir Selman-Housein Abdo, dijo a la prensa hace varios años: «Nadie puede negar que la guayabera es cubana, nacida en las márgenes del río Yayabo, en Sancti Spíritus, a principios del siglo XVIII. Cuando se hable de su historia, no debe olvidarse lo que hizo mi padre por ella».

El Profesor Selman nació el 9 de junio de 1941 en Cárdenas, Matanzas, de padres libaneses, Said y Hind, y que se asentaron en aquella ciudad yumurina en la primera década del siglo XX.


Cuenta que su primera referencia literaria acerca de la guayabera, la tuvo al leer el folleto de Pedro Carballo Bernal, de Santa Clara: La Guayabera en Cuba, publicado en 1954, donde alude a que una familia de apellido Valdivia le habló del nacimiento de esa prenda en 1709, en Sancti Spíritus, a orillas del río Yayabo.

Su padre fue quien revolucionó la típica prenda cubana, con la creación de novedosos modelos, confeccionados a la medida. Hizo diferentes innovaciones, muy famosas en Cuba y en el extranjero.

guayabera_cubana
La guayabera cubana, nacida en las márgenes del río Yayabo, en Sancti Spíritus

El famoso sastre, Said Selman (Eugenio), nació el 14 de agosto de 1898, en la aldea libanesa de Habbuch. En 1914 llegó a Cuba, procedente de Monte-Líbano, con su cabeza llena de ilusiones y esperanzas. Unos años después, concretamente en 1924, se hizo sastre en la tienda La Salvación Obrera, de la ciudad de Cárdenas.

Evoca Ricardo que su padre se trasladó en 1928 para la ciudad de Santa Clara, donde abre la tienda-sastrería El Líbano. Funda por esa época la Sociedad Libanesa de Santa Clara y la colonia de ese país allí lo nombra su presidente. Más tarde, en 1933, sufre un accidente en un ómnibus; salvó la vida, pero le quedó muy afectado el brazo izquierdo.

Por ese motivo, el padre se traslada al poblado Recreo, de Máximo Gómez, en la provincia de Matanzas, y en 1935 ya se encuentra en plena faena en la tienda El Compás, donde inicia realmente los nuevos diseños de guayaberas, con las innovaciones que lo hicieron famoso.

Allí crea los tres primeros modelos de guayaberas cubanas con siete nuevos modelos de bolsillos que la revolucionan completamente.

En 1940 abrió una sastrería en Cárdenas, ubicada en la calle San Juan de Dios 155 (número antiguo), entre Obispo y Princesa, en el barrio conocido como Fundición.

En 1947, comienza a confeccionar sus 12 nuevos modelos. Personalidades de toda Cuba y del extranjero visitan frecuentemente la sastrería para que «el moro de Cárdenas» o «el rey de las guayaberas de Cuba» —como indistintamente le llamaban—, les confeccionara la elegante, cómoda y atractiva prenda.

Todos querían la célebre guayabera de lino, hecha a la medida, con 23 botones de nácar, en colores blanco o crudo que él confecciona con tanta eficacia y destreza.

Inés, su hija, era en realidad la principal costurera de Said Selman durante toda su vida.

La fama de Eugenio fue creciendo y a partir de 1950 es contratado por la tienda internacional El Encanto, de la calle Galiano, en La Habana, donde confecciona la criollísima guayabera cubana a diversas figuras y famosos artistas de la radio y la televisión.

Así, la renovada moda ocupó un lugar cimero en el vestuario de profesionales, intelectuales, empresarios, funcionarios estatales y políticos del país que en realidad sustituye la vestimenta del caluroso traje y el chaleco, en una isla de eterno verano, relata Ricardo.


Ya en 1952 regresa a su antigua y modesta sastrería cardenense, donde en menos de un año recupera toda su tradicional clientela.

Eugenio falleció el 24 de noviembre de 1959 falleció en la Clínica Modelo del Cotorro, en La Habana, pero fue sepultado en Cárdenas, como fue su voluntad, en medio de una impresionante demostración de duelo popular.

Eusebio Leal, historiador de la Ciudad de La Habana, llamó a Said «el innovador mayor de la guayabera en Cuba». Lo hizo el 14 de agosto de 1998, en la exposición por el centenario del natalicio del sastre.

A juicio de Ricardo, Leal tiene mucha razón, pues su padre Said Selman creó y combinó en las guayaberas siete formas o variantes de bolsillos, las hizo con cuellos de sport y de vestir, de mangas largas y cortas y, sobre todo, eliminando las tiras y tachones de tela cosidos sobre la pieza, porque lo hizo directamente de la propia tela, en total 12 innovaciones a la prenda nacida en el Yayabo espirituano.

Ricardo orgulloso dice: «Mi padre es en la historia un maestro de la guayabera, un diseñador y un as de la sastrería. Luchó mucho por enaltecer y modernizar la tradicional prenda. Un día me dijo: “Ves esa bandera cubana, la guayabera también lo es. La usaron el Generalísimo Máximo Gómez, el Mayor General Calixto García Íñiguez y el General Enrique Loynaz del Castillo. Defiéndela siempre, porque eso también es patriotismo”.

Con información de: Al Mayadeen TV Español

©2016-paginasarabes®

Alpargatas con bordado palestino

alpargatas_palestinas
Artesana catalana combina alpargatas con el bordado palestino en Rāmallāh

Una joven catalana comienza a labrarse un nombre como zapatera artesana en Palestina gracias al diseño de unas llamativas alpargatas que combinan el calzado de esparto con el tradicional y colorido bordado palestino.

Entre patrones, metros y trozos de tela desechados vive Sarai Carbonell, de 26 años y originaria de Ripollet (Barcelona), en un piso compartido de Ramala con vistas a la bulliciosa plaza de Yaser Arafat.

Esta casa-taller (ahora también almacén de alpargatas, diseminadas por todas partes), es donde pasa las horas esta artesana y traductora de alemán que, desde hace casi dos años, también enseña castellano y catalán en el centro Hispano-Palestino de la ciudad cisjordana.

«La idea era combinar la suela típica de Cataluña, la espardenya, con una tela tradicional de Palestina, para combinar mis orígenes con el sitio donde vivo. La mezcla es muy interesante y ha sido muy bien recibida», cuenta a Efe con uno de los últimos pares que ha fabricado en sus manos, en las que asoman durezas fruto de largas sesiones de costura.

Carbonell llegó a Palestina por un fuerte compromiso político. Un corto viaje le abrió los ojos y el interés sobre la situación en la región y decidió regresar por su cuenta «para resolver preguntas».

«Quería comprender el contexto y llevarlo a España con un conocimiento de primera mano, no sólo con un saber de libro sino de vida», afirma.

«Me involucré, empecé a leer. En mi vida hubo un momento de cambio y decidí venir a Palestina», dice y explica creer «fuertemente en los derechos humanos, en este caso, en este lugar, donde son tan vulnerados y hay un contexto de apartheid».

Pero confiesa que le faltaba algo. Carbonell, que de niña regalaba a diestro y siniestro zapatos de cartón creados por ella y que de mayor sueña con ponerse unos «manolos» o algún diseño de su marca fetiche, Chanel, quería explotar su lado más creativo.

En Barcelona había hecho un curso de zapatos, una profesión que le apasiona pero «muy cara y difícil de llevar».

Así que, cuando supo que quería vivir en Palestina, contactó con Abu Amid, un maestro zapatero dueño de su propia marca, Rahala, y acordó que trabajaría para él a cambio de que él le desvelase los secretos de ese mundo al que no tenía acceso.

Dos años después, Sarai ha pasado a formar parte de ese extraño grupo de expatriados en Palestina no vinculados a la cooperación ni al periodismo -a los que se dedican la mayoría de internacionales en la zona- que han llegado atraídos por curiosidad o activismo y han terminado trabajando como camareros, teleoperadores, en empresas de software o negocios personales.

«Ha habido un boom inesperado con las alpargatas», cuenta la catalana sonriente, «las publiqué como una idea creativa en Facebook e Instagram sin intención de venderlas y de repente empezaron a llover pedidos».

Ahora, su marca «I Eat Shoes» ha tenido que rechazar un pedido de 50 pares para un empresario en Dubai y otros de Barcelona. Está decidida a centrarse por el momento en su ciudad de adopción, donde ha encontrado a un nuevo socio en un diseñador gráfico que quiere impulsar la venta de sus creaciones.

«Ha surgido una colaboración con una marca local, Cuptain. Las espardenyas son un concepto nuevo aquí y les gustó la fusión con Palestina», dice con ilusión.

Piensa hacer solo dos o tres modelos diferentes cada año y enseñar la técnica de la alpargata a los locales para «perpetuar la espardenya en Palestina» y contribuir al comercio local.

A pesar de la emoción inicial del gran impacto que ha tenido su zapato, Carbonell reconoce que le será difícil hacerse un hueco en un oficio que «ha quedado reducido a una elite adinerada».

«Esa elite es la que se puede permitir comprar los zapatos a mano, lo que ha causado que los estudios se hayan reducido o extinguido, como ha ocurrido en Barcelona, que el gremio de zapateros desapareció. Dejaron de hacer cursos y los estudios quedaron reducidos a una escuela de elite», lamenta.

Pero agradece la perspectiva que ha ganado al vivir alejada de Europa, en un contexto donde ha comprobado «que no todo tiene que estar vinculado una elite adinerada y se puede ser artesano».

«No todo se reduce a estudiar en la universidad sino que existen otras vías como estudiar con los zapateros. Y no todo se reduce a vender a la elite adinerada sino que puedes conseguir crear unos zapatos artesanos asequibles para todo el mundo», afirma satisfecha.

Por María Sevillano
Con información de:La Vanguardia

©2016-paginasarabes®