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Con ayuda del Espíritu Santo,tal vez ha llegado por fin la hora de un Papa africano

Paride Tabán, obispo de Sudán del Sur, recibe de «Mundo Negro» el Premio a la Fraternidad 2012.

Paride Tabán, a la puerta de la capilla de los Misioneros Combonianos y «Mundo Negro» en Madrid.@ Ernesto Agudo
Paride Tabán, a la puerta de la capilla de los Misioneros Combonianos y «Mundo Negro» en Madrid.©Ernesto Agudo

La revista «Mundo Negro» entrega hoy, en el marco del 25º encuentro de Antropología y Misión, el Premio a la Fraternidad 2012 al valiente y bienhumorado obispo de Sudán del Sur Paride Tabán (Opari, 1936), por «una vida dedicada a construir puentes de encuentro, diálogo y reconciliación». Aunque su nombre significa «cansado» en árabe, Tabán no ha dejado de trabajar jamás. Durante la larga y cruenta guerra con el gobierno árabe de Jartum no dejó de prestar apoyo moral y material a su pueblo, y de jugarse la vida. Aunque cauteloso (invoca siempre al Espíritu Santo), admite que «tal vez ha llegado por fin la hora de un Papa africano».

Desde que en 2004, a los 68 años, presentara su renuncia como obispo de la diócesis de Torit, que le fue aceptada por el Papa Juan Pablo II, este recién propuesto candidato al premio Nobel de la Paz se ha empeñado en un nuevo proyecto: el Poblado de la Paz del río Kurón. No le cabe duda de que «el futuro de la Iglesia católica está en África». En 1994 recibió el primer Premio a la Fraternidad. Acaba de anunciarse su candidatura al Nobel de la Paz. A pesar de sus 77 años, el obispo se sigue levantando a las cinco de la mañana, dando mil pasos y haciendo 20 flexiones. Todos los días. No aparenta los años que tiene, se le ve vigoroso, y, como siempre, bienhumorado y ágil.

Nos conocimos hace 18 años, cuando Tabán tenía 59 años. Nos volvimos a encontrar ayer en Madrid, muy lejos de Narus, 50 kilómetros al norte de la frontera con Kenia, en la provincia de Equatoria Oriental, entonces en disputa en un Sudán en plena guerra civil, ahora parte del más joven país del mundo, Sudán del Sur (alcanzó la ansiada independencia en 2011, tras un referéndum en el que ganó elsí de forma abrumadora). En aquella época solía recorrer 5.000 kilómetros al mes en coche, atendiendo a las 600.000 almas de la diócesis de Torit, que tiene tres veces la superficie de un país como Burundi. Le conocían como el obispo errante. Los Antonov del Norte solían lanzar bombas sobre poblados sudaneses del sur que servían de refugio a la guerrilla del Ejército Popular de Liberación de Sudán del Sur, aunque el propio obispo estaba entre los objetivos de la aviación norteña.

—¿Son sus relaciones con el Vaticano mejores que la primera vez que nos encontramos, en Narus, en el sur de Sudán, en plena guerra?

—Cuando celebré mi 75 cumpleaños recibí una felicitación de Roma. Pensé que me habían olvidado, pero al ver que me felicitaban me di cuenta de que no me habían olvidado del todo [dice con socarronería mientras ríe con ganas]. Y además estoy recibiendo mis 4.000 dólares de retiro cada año. Mi pensión llega puntualmente y eso tal vez quiera decir algo. Y estoy seguro de que me enviarán una felicitación el año que viene por mis 50 años de sacerdocio.

—¿Ve que hay una nueva sensibilidad hacia África desde Roma o sigue estando muy lejos de entender su día a día?

—Roma es la sede de la Iglesia católica, nuestra madre, y siempre miramos hacia ella no en un sentido material, sino espiritual. Si miráramos hacia ella desde un punto de vista material podríamos pensar que nos han olvidado, pero como miembros de la Iglesia vemos que el Santo Padre reza por nosotros. El Vaticano tal vez debería pensar más en África, porque la Iglesia está floreciendo en este continente, donde hay muchas vocaciones. Puede que la Iglesia católica esté muriendo en otros sitios, pero su futuro está en nuestro continente. Aquí hay esperanza.

—¿Entonces está llegando el momento de un Papa africano?

—Creo que ese es trabajo del Espíritu Santo, no del ser humano. Durante años solo los italianos podían ser Papas. Nuestro modo de pensar no está presente actualmente en Roma. Pero es trabajo del Espíritu Santo. La hora llegará.

—¿Pero quizá deberían llamar la atención del Espíritu Santo?

—Rezaremos. Durante la celebración de un siglo de evangelización en el Sur de Sudán, en el año 2012, le dije al cardenal nigeriano John Onaiyekan: eres un joven cardenal, esperamos que tal vez lleguemos a ver en ti un Papa para África. ¿Nosotros, qué podemos hacer nosotros?, me respondió. Eso es cosa del Espíritu Santo. [Y vuelve a reír con ganas].

—¿Está Sudan por fin en paz?

—Sudán del Sur ya está en paz. Sudán todavía no, porque todavía hay guerra en Darfur, en el estado de Blue Nile, en la parte este del país. Es cierto que ha habido provocaciones para intentar volver a la guerra con Sudán del Sur. Pero nosotros les hemos dicho que ya basta. No queremos volver a la guerra nunca más. Hemos tenido suficiente a pesar de que ellos han bombardeado, han provocado. Pero no vamos a responder como ellos desean.

—¿Fue la separación del norte la única forma de resolver los problemas del mayor país africano?

—Sí, pero no fue una separación, fue un derecho. Porque en realidad incluso desde la época colonial el Sur de Sudán fue tratado como si fuera otro país. Cuando alguien del norte era enviado a trabajar al sur recibía un subsidio especial por tener que vivir allí, como si siguieran trabajando en el norte. Hace mucho tiempo que el Sur de Sudán era otro país esperando por el momento de declarar su independencia, que fue muy difícil. Durante muchos años los sureños eran llamados esclavos. Al menos, gracias a Dios, la libertad, teóricamente, se ha convertido en una realidad. Para África este ha sido siempre un país africano. ¡Que ridículo para un africano que algunos llamaran a nuestro propio país un país árabe! África se siente feliz de contar con un nuevo y fuerte país africano, donde viven no solo tradicionalistas, cristianos y musulmanes, sino que todos se consideran a sí mismos como africanos. A pesar de que la mayoría son cristianos, las otras religiones están reconocidas y cuentan con los mismos derechos.

—¿Fue la creación de Sudán del Sur como un nuevo e independiente país del mundo la consecución de su sueño personal?

—Sí, creo que la gente del sur logró por fin que su dignidad y sus derechos y su cultura fueran reconocidos y respetados, porque hasta entonces no estaban autorizados a practicar su propia cultura, incluso su lengua. Por eso ha sido una gran honor para las gentes del sur haber alcanzado su propia independencia. Ya no son ciudadanos de segunda con respecto a los habitantes del Norte, como ocurría antes. Son iguales. Fue una gran conquista. Y en África es uno de los países que llegó a la independencia sin violencia. Mucha gente pensó que habría conflicto, que habría guerra cuando se produjera la proclamación, y no ha sido así. Fue una celebración absolutamente pacífica a la que acudió gente de todas partes del mundo y no vio ninguna clase de incidente. Algunas ONGs abandonaron el país por temor, pero no ocurrió nada

—Sin embargo, el petróleo de Abiyei oil, los recursos, la confianza mutua… son todavía graves problemas dentro de Sudán y entre el Norte y el Sur?

—Por eso hablaba antes de provocaciones por parte del norte. Abiyei [región petrolífera situada en la nueva frontera trazada entre el norte y el sur, con yacimientos que se extienden a ambos lados de la linde] ha de celebrar todavía su propio referéndum, tomar su propia decisión. Fue la gente de Abiyei la que pidió ser administrada desde Kordofán del sur, por razones de suministro, porque era más fácil obtenerlos desde el norte. Fue el acuerdo de sus jefes. Pero si nos lo piden, nos retiraremos. Por eso Abiyei debe celebrar su propio referéndum. Ellos no son norteños, son sureños, y debían ser administrados desde su propio estado en Wau, en Bar el Gazal, en el sur, que es su propia tierra.

—¿Alguna razón para la esperanza este año y los siguientes para construir un verdadero camino hacia la paz entre ex compañeros de un viejo país? Todavía hay disputas sobre el trazado final de la frontera…

—Tenemos muchas relaciones. Hubo muchos matrimonios entre gente del Sur y del Norte, hay hermanos y sobrinos. Sería natural que tuviéramos relaciones mucho más estrechas con el Norte que con otros países alejados, como Alemania, Francia, España… En cierto modo ellos nos necesitan, como nosotros los necesitamos a ellos, a causa de su acceso al Mar Rojo, y otras cosas. Tenemos muchos recursos que compartir. Durante el tiempo de la colonia todas las industrias, todo estaba en el Norte, el dinero, todo fue al Norte. Hay cosas que nosotros necesitamos de ellos. Puede que continúen las diferencias, pero continuaremos las conversaciones, quizás con el régimen actual, tal vez con un nuevo régimen.

—¿Qué piensa de la decisión del Tribunal Penal Internacional de perseguir al presidente sudanés?

—Prefiero no entrar en esa cuestión, sobre todo ahora que somos un país independiente. Prefiero no opinar sobre el presidente de otro país. Cuando hablamos de la justicia, desde el punto de vista de la Iglesia, no hablamos de diente por diente, ni de ojo por ojo. No es eso lo que la Biblia nos enseña. Esa justicia internacional es distinta de la que yo hablo. Aunque él hubiera hecho algo contra mí yo rezaría por él.

—Como un buen cristiano….

—[Se ríe] Como un buen cristiano.

—Durante muchos años fue conocido como el obispo errante, sin un verdadero techo bajo el que vivir para evitar los regalos que el Norte le enviaba a usted y a su gente en forma de bombas. ¿Se acabó para siempre? ¿Tiene ya un verdadero lugar donde vivir pr fin en paz?

—Bueno, paz no significa que no haya guerra, que no haya disputas, que no haya trabajo duro que hacer. Eso no significa que haya paz. Además de todo eso tú has de permanecer tranquilo y a gusto, eso significa paz para mí. En Kurón yo tengo un espacio para vivir que es más o menos como esta salita [en la sede de la revista «Mundo Negro» y los padres combonianos, donde reside durante su estancia en Madrid], con un baño pequeño y una cama. No necesito nada más.

—Pero ya ha dejado su vida errante…

—He dejado mi vida errante con la gente. Los noruegos me han preguntado qué ha pasado con nuestro cuartel general en Torit donde está la sede de la diócesis de la que Tabán era obispo hasta que se jubiló]. Les dije: están allí. Pero ellos, los de ayuda noruega, dijeron: siendo usted un hombre de Dios, ¿nos está diciendo la verdad? Porque tenemos fotos que muestran que han crecido árboles dentro de las casas. Sí, los árboles están allí, les dije. Pero cuando regresen a Torit verán que lo importante no son los edificios, es la gente. La gente es ahora la que se encarga de la administración de Torit, y del Sur. La gente que vosotros habéis formado. Esos son los nuevos edificios. Y cuando el año pasado celebramos 40 años de presencia en el sur de Sudán la gente bailó para ellos. No son los edificios los que bailarán con vosotros, será la gente. Y ellos admitiron al fin: está bien. No son los edificios. Es la gente.

—En 2004, fundó el Poblado de la Paz, donde intentó recrear Neve Shalom/Wahat as-Salaam (Oasis de paz, en hebreo y árabe), cerca de la carretera que une Tel Aviv con Israel, donde familias palestinas e israelíes tratan de vivir juntas a pesar del conflicto. ¿Qué es Kurón?

—Kurón es un oasis de paz en medio del desierto. Es una estrella caída del cielo en medio del desierto. Pero cuando llegas allí verás que hay luz. Tú puedes caminar quinientos kilómetros y no encontrar nada. Pero en un determinado momento encontrarás esta luz, este oasis de paz. No muchos edificios, pero sí tenemos un puente sobre el río, que une dos provincias y que tiene un gran significado. Antes de ese puente no podías caminar ni un kilómetro sin encontrarte con una tribu hostil.

—Los otros.

—Los otros. Tenías miedo. Cuando construimos el puente hubo gente que dijo que estábamos abriendo la puerta a los enemigos. Ahora, todos los que solían llamarse unos a otros enemigos se llaman hermanos, amigos. Creamos talleres, un campo piloto, un teatro en el que mostrábamos cómo vivían los pastores (cuando llovía, morían; ahora bailan; y al verlo lloran), un equipo de fútbol para fomentar la paz en el que juegan miembros de tribus que antes estaban enfrentadas. Hemos establecido lazos entre gentes de la frontera con Etiopía y de las regiones de Equatoria Oriental, en Sur Sudán, gentes de diferentes tribus de pastores: toposa, murle, jie, kachipo, buya, nyangatom, turkana, y muchos otros. Todos ellos se llaman ahora hermanos. Antes se llamaban nyemoi, enemigo, en toposa. Ahora se llaman dopai, amigo, hermano. Ahora hablan entre ellos. La gente ha creado su propia policía comunitaria, no hay ejército ni policía.

—¿Les han enseñado a confiar unos en otros?

—Les hemos enseñado a confiar unos en otros y a resolver sus problemas. Ahora están trayendo a miembros de las tribus nuer, dinka y otros seis condados, diez de cada tribu, para ver cómo hacemos en el Poblado de la Paz de Kurón, en Sudán Meridional, Sudán de Sur. La ONU nos está ayudando a traerlos en helicóptero para que aprendan a hacer la paz entre ellos. Entre el 8 y el 10 de febrero habrá un encuentro con todos ellos para enseñarles a hacer la paz y trabajar juntos. Por eso tengo que estar allí para hablarles. Como había sido el obispo de todos ellos durante la guerra confían en mí. Doctor John dice, no hay que llevar a la gente a la ciudad, hay que llevar la ciudad a la gente.

—¿Está preocupado del avance del radicalismo islámico en países como Malí, Nigeria y Sudán hacia el sur de África?

—Me parece que estamos viendo una especie de cruzada, igual que hicimos nosotros, los cristianos, con las cruzadas. Pero una religión basada en la guerra no puede ser una verdadera religión, sería un monstruo. Una religión que intenta extenderse mediante la fuerza es un monstruo. Quienes hacen eso intentan utilizar a los jóvenes que no saben historia, deberían aprender del pasado, de la historia.

—¿Comparte la idea de que era necesaria una intervención militar en Malí, y con tropas francesas?

—No lo sé. Creo que si se trata de algo temporal, tal vez. Pero no lo sé. Si se puede encontrar un camino, mejor. A veces hemos vemos a quien golpea, pero no al que es golpeado. Tenemos que sentir piedad por ambos. Tenemos que encontrar la manera de arreglar las cosas, además de atender a los que sufren ver por qué son arrogantes los arrogantes. Hay una herida en esas personas, y debemos encontrar el camino para curarles. Hay heridas entre los fundamentalistas, como hay también heridas entre quienes son sometidos por ellos. Por eso tenemos que rezar a Dios para que nos ayude a encontrar el mejor camino.

—¿Ha sido su vida como imaginaba cuando ingresó en el Seminario Menor de Okaru para convertirse en sacerdote?

—No podía haber imaginado cómo iba a ser mi vida. Fue mucho mejor. Nunca pudimos pensar que las cosas iban a ser como fueron. De todos modos, nosotros hacemos nuestros planes, pero Dios tiene los suyos. Y los que prevalecen son los planes de Dios. Y cómo terminará, todavía no lo sé. Pero estoy satisfecho de que Dios me llamara a Okaru, sin que yo supiera muy bien qué buscaba. [En el libro «Mons. Paride Tabán, constructor de paz en Sudán», una suerte de autobiografía redactada por Alberto J. Eisman a partir de largas conversaciones con el obispo, que acaba de publicar la editorial Mundo Negro,se dice que lo primero que le atrajo fueron las elegantes sotanas blancas de los misioneros. Pero una vez en el seminario recibió la llamada del sacerdocio]. El año pasado cumpliré 50 años como sacerdote y volveré a Okaru, que fue la cuna de muchos sacerdotes. Y espero celebrar allí ese aniversario.

—¿Quién es Paride Tabán?

—Está sentado delante de usted. Es un instrumento de Dios para la gente, para su gente. Hubo un conflicto por la propiedad de la tierra entre los acholi y los madi [Tabán es madi]. Cuando, como obispo, me preguntaron de quién era la tierra, dije que había nacido en el lugar, que allí había crecido, que allí me había educado, me había hecho obispo, pero que no sabía de quién era la tierra. Y cuando huyeron a Uganda, les pregunté, quién te acompañó, quién te ayudó, quién te bautizó. Tú, tú, tú. Podríais hacerle la misma pregunta a Jesús. Él nació en Belén, pero no sabría decirte de quién es la tierra. Dios creó la tierra para la gente. Ahora vivo entre los toposa reconciliando a las diferente tribus. Y no sé quién soy. Soy el siervo de Dios, eso es todo lo que sé de mí mismo.

Por Alfonso Armada
Fuente: ABC

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Desde Palestina, con mirada y corazón latinoamericano – Por María Landi

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Habitante de campo de refugiados de Aida, uno de los tres que hay en Belén, la autora, observadora y activista de derechos humanos, desmenuza para Desinformémonos el drama del pueblo palestino.

Campo de refugiados de Aida. Belén, Cisjordania ocupada.

Soy una activista de derechos humanos. He trabajado en este campo desde la dictadura de mi país, Uruguay, hasta Chiapas después del alzamiento zapatista. Desde hace dos años estoy dedicada a la causa palestina, haciendo observación y acompañamiento internacional durante algunos períodos al año. He vivido en la aldea más pequeña del norte de Cisjordania (Yanun, cerca de Nablus), en la Ciudad Vieja de Hebrón (la ciudad cisjordana más grande, en el Sur), y ahora estoy en el pueblo de Belén (a 10 kilómetros de Jerusalén, pero totalmente desconectado de ella por el Muro de apartheid).

Algunas personas me han preguntado por qué a estas alturas de mi vida he decidido volcarme totalmente a la causa palestina. Si yo hiciera la pregunta, la formularía al revés: ¿por qué tan tarde? Pero ya que Desinformémonos me ha invitado a colaborar regularmente con la revista, puede ser una buena oportunidad para intentar responder la pregunta, a modo de introducción a esta colaboración.

El drama del pueblo palestino (un pueblo indígena, originario o nativo de esta tierra) despojado de su territorio y sus derechos elementales por el proyecto sionista de colonización y limpieza étnica sintetiza, para mí, las luchas a las que dediqué mi vida durante 30 años: la libertad de los presos políticos y el fin de la impunidad de las violaciones a los derechos humanos; la resistencia a la militarización y el imperialismo; el apoyo a los pueblos indígenas o campesinos en su defensa de la tierra, el territorio, el agua y los bienes naturales contra el modelo depredador capitalista y neocolonialista; las mujeres como cuidadoras de la vida contra todas las formas de violencia patriarcal, económica y militar.

En estos dos años he intentado –a través de mi blog, artículos, entrevistas radiales e infinidad de charlas y presentaciones públicas- dar a conocer y sobre todo hacer entender la realidad palestina en mi continente, América Latina; donde –estoy convencida- todavía no se la entiende.

La teoría de los dos demonios en Medio Oriente

Como latinoamericana del Cono Sur, encuentro otra similitud entre la tragedia palestina y lo que vivimos en nuestra región. Durante más de 30 años lxs defensorxs de Derechos Humanos nos pasamos refutando la teoría de “los dos demonios”, e intentando explicarle al mundo y a nuestra propia sociedad que los crímenes masivos cometidos por los militares no eran producto de una guerra donde se habían enfrentado dos bandos armados, sino de un sistema de aniquilación de la sociedad civil, planeado y ejecutado desde la institucionalidad del aparato estatal, al que llamamos “terrorismo de Estado”.

La analogía no podría ser más adecuada para explicar la verdadera naturaleza del “conflicto” palestino-israelí. Los medios de comunicación occidentales lo han presentado siempre como una guerra entre dos bandos igualmente responsables por la violencia y la incapacidad de alcanzar una solución negociada (y eso en el mejor de los casos, cuando no se carga todo el peso sobre la “intransigencia” de los palestinos). Esta falsa simetría suele ir reforzada por la imagen estereotipada de los palestinos como terroristas con la cara cubierta y el torso envuelto en explosivos, o con un arma automática en la mano. No pocos intentan incluso presentarlo como un conflicto civilizatorio entre Oriente y Occidente, o hasta religioso entre Islam y el mundo Judeo-cristiano.[1]

Sin embargo, no hay nada más asimétrico que las dos partes enfrentadas en este largo conflicto, ya que nunca se puede equiparar al oprimido con el opresor (al ocupado con el ocupante, en este caso), ni atribuirles la misma responsabilidad. De un lado tenemos a un país del Primer Mundo, con todos los recursos bélicos imaginables, y del otro a un pueblo en su inmensa mayoría desarmado, perseguido y acorralado, que se aferra con uñas y dientes a la tierra de la cual quieren expulsarlo, y la defiende lanzando piedras a los tanques. No en vano las víctimas palestinas son cuatro veces más que las israelíes.

Mientras Israel tiene como aliado incondicional a la potencia más poderosa del mundo (de la cual recibe anualmente dos mil millones de dólares en ayuda militar) y es él mismo la cuarta potencia nuclear del mundo, tiene un sitio en la ONU y una economía que es tres veces la de todos los países vecinos juntos (incluido Egipto), y domina la narrativa en la opinión pública mundial presentándose como la víctima, los palestinos no tienen un sitio pleno en la ONU, no tuvieron nunca un ejército (ni mucho menos armas sofisticadas), tienen una economía totalmente subordinada y 50 veces inferior a la de Israel, y hoy disponen de apenas un 12 por ciento de lo que era su territorio original, la Palestina histórica (mientras Israel mantiene el control absoluto sobre sus fronteras terrestres, su espacio aéreo y marítimo y sus ondas de telecomunicaciones).[2]

Pero por encima de toda la información y los análisis que he intentado elaborar, traducir y compartir, desde que pisé esta “Tierra Santa” (una expresión convencional que me gusta usar en el mismo sentido que los tsotsiles de Acteal hablan de “tierra sagrada de los mártires”) mi principal obsesión ha sido romper los estereotipos fabricados por la maquinaria de propaganda mentirosa israelí (hasbara) y sus cómplices occidentales, y dar a conocer a un pueblo profundamente cálido, comunicativo, amigable, increíblemente paciente y pacífico. Tanto, que al ser testigo directo del infierno en que Israel ha convertido su vida cotidiana hasta en los más mínimos detalles, una no termina de asombrarse que en más de seis décadas haya habido tan pocos atentados suicidas, que la resistencia armada sea tan minoritaria (hoy en día, reducida exclusivamente a Gaza), y que la inmensa mayoría de los palestinos jamás haya usado un arma.

Quienes hemos pisado esta tierra coincidimos en afirmar sin duda alguna que el palestino es el pueblo más hospitalario y generoso del mundo. En cualquier comunidad palestina -urbana o rural, pequeña o grande- la experiencia para cualquier persona que llega del extranjero es la misma: ser bienvenida, agasajada, acogida, cuidada y protegida. Lxs mismxs activistas israelíes lo experimentan cuando vienen a acompañar las ocupaciones, manifestaciones semanales y otras actividades totalmente pacíficas, que son sistemática y violentamente reprimidas por las fuerzas de ocupación.

Vida y muerte en un campo de refugiados

Mi actual lugar de residencia es el campo de refugiados de Aida, uno de los tres que hay en Belén. Para quienes no saben, los campos de refugiados (hay muchísimos en Gaza y en Cisjordania) son asentamientos que se formaron con población expulsada de sus aldeas, pueblos y ciudades de origen cuando las fuerzas sionistas en 1948 y en 1967 realizaron campañas de limpieza étnica para apropiarse del territorio palestino y crear el Estado de Israel primero, y expandir la ocupación después (eso significa que la mayoría de sus habitantes fueron desplazados y convertidos en refugiados dos veces).

Actualmente los campos de refugiados son lo más parecido a una favela brasileña, una barriada de Caracas o un pueblo joven de Lima. Se caracterizan por la pobreza, la precariedad y sobre todo el hacinamiento: debido a la alta tasa de natalidad palestina, las familias van sumando generaciones en la misma vivienda, construyendo una planta encima de la otra o amontonándose en la misma superficie. El espacio público y el planeamiento son inexistentes, los servicios básicos son precarios, y las oportunidades de desarrollo humano mínimas. No obstante, en todos los campos existe una organización dinámica en torno a instituciones que ofrecen actividades educativas, culturales y recreativas (teatro, danza, deporte, talleres, etc.). Una de las vertientes más fuertes de trabajo es la afirmación de la identidad cultural y la memoria colectiva sobre el derecho al retorno a los lugares de donde fueron expulsados durante la Naqba[3]. Por eso las familias guardan las llaves de las casas que fueron obligadas a abandonar y las transmiten de generación en generación. Esas llaves son un componente simbólico poderoso en las artes plásticas, los murales, las danzas y los diseños textiles, y a menudo la entrada de los campos de refugiados está decorada con una enorme llave.

Los muhayyamiin (su nombre en árabe) son también los lugares más politizados y combativos, y por lo mismo, blanco favorito de las fuerzas de ocupación. La semana pasada hubo incidentes en Aida durante cuatro días seguidos. Los “incidentes” no son, como podría pensar un lector desprevenido, enfrentamientos armados entre palestinos y soldados israelíes; son incursiones de las fuerzas de ocupación para reprimir, arrestar e incluso herir o matar a los jóvenes, cuyo delito consiste exclusivamente en tirar piedras contra el Muro que rodea al campo, o –los más intrépidos- tratar de escalarlo para poner en lo alto una bandera palestina. Acciones inofensivas que no comprometen en absoluto la invulnerable seguridad israelí; quizás sí temerarias, considerando que enfrentan a un enemigo sanguinario e implacable, pero totalmente comprensibles cuando esos jóvenes están sometidos a una vida de humillación y abusos cotidianos, sin libertad, sin trabajo, sin perspectivas de futuro, sin poder aspirar a una vida mínimamente normal, y experimentando a diario cómo su dignidad masculina es negada y pisoteada. Se trata de un juego perverso, mortífero y reiterado, donde los muertos siempre los ponen los palestinos, y jamás los soldados.

Algo que diferencia radicalmente a los muhayyamiin de nuestras barriadas populares es la ausencia de delincuencia y los males asociados (drogadicción, alcoholismo, etcétera). El palestino es un pueblo profundamente religioso (musulmán en su mayoría), con una moral muy estricta, donde las actividades criminales se asocian a la colaboración con Israel y se castigan con severidad. Efectivamente, el poder ocupante está siempre intentando corromper a los jóvenes para destruir o debilitar el tejido social; y en algunos lugares concretos parece estar haciendo progresos alarmantes, como la periferia de Jerusalén (donde la policía palestina no pueden entrar, y la israelí deliberadamente la ha convertido en tierra de nadie).

No obstante, aquí –como en casi toda Palestina- yo puedo caminar con total tranquilidad a cualquier hora de la noche con mi cámara y mi laptop a la vista –incluso por los rincones más oscuros- sin el menor temor a ser asaltada. Si encuentro un grupo de muchachos en una esquina, sé que no hay nada que temer, sino al contrario: son guías que me indicarán amablemente cómo llegar a un lugar si no lo encuentro, e incluso me acompañarán hasta mi destino para que no me pierda, preguntándome de dónde soy y repitiendo varias veces “Ahlan wa sahlan” (“bienvenida”).

En mis dos primeros días en Aida, además de intercambiar sonrisas, saludos y frases elementales en “arabinglish” con niñxs, jóvenes, mujeres y comerciantes, experimenté la intensidad con que aquí se pasa abruptamente de la alegría al llanto, de la vida a la muerte y viceversa. La primera noche el muhayyam era una fiesta: todo el mundo estaba en la calle para recibir a Shadi Abu Akar, liberado después de pasar diez años en las cárceles israelíes (un joven que no aparenta más de 30 años). Había banderas por todos lados, carteles y pasacalles con su rostro, guirnaldas de luces y banderitas palestinas, cantos combativos interminables, y por supuesto sillas para recibir a los invitados y ofrecerles café, refrescos, dulces y sándwiches. Aunque las mujeres se mantienen a distancia de este agasajo que suele estar reservado a los hombres, yo, que como extranjera pertenezco a un ‘tercer género’, fui bienvenida y agasajada con naturalidad. Incluso saludé dándole la mano al prisionero liberado, diciéndole que era de América Latina y que estaba feliz de participar de su bienvenida.

Pero la alegría duró poco: al día siguiente se anunció que Saleh Almerin, un adolescente de 15 años (único varón entre seis hijas) del vecino campo de refugiados de Al Azza, que había sido herido gravemente en la cabeza durante los incidentes de la semana pasada en Aida, acababa de morir. Estuve varias horas con la multitud a la entrada de Al Azza, en una noche gélida, esperando que trajeran el cuerpo de Saleh desde Jerusalén. Motazzem, otro adolescente de 17 años, amigo y vecino de Saleh, insistió en quedarse conmigo todo el tiempo, protegiéndome de los gases lacrimógenos que los soldados arrojaron a la gente cuando se concentraba para recibir al difunto (porque Israel no respeta ni a los muertos palestinos ni a sus deudos). “Es que en el fondo nos tienen miedo”- me dijo Mota-; “es la única forma que tienen de defenderse y de controlarnos”.

Desde un balcón de Al Azza asistí en vivo a una escena que tantas veces hemos visto por televisión: el cadáver del niño envuelto en la bandera palestina fue transportado por una multitud de hombres jóvenes en medio de gritos, cánticos y consignas. Las mujeres ululaban y lloraban, y algunos jóvenes amigos de Saleh –incluido mi acompañante- también. Con asombrosa velocidad el cortejo se dirigió caminando varias cuadras hasta el cementerio de Aida, en medio de la oscuridad de la noche sólo iluminada por una luna impávida. “Allah wakbar! Allah wakbar! Allah wakbar!” era el grito más fuerte y persistente, repetido también durante el rápido entierro. La multitud de los dos campos de refugiados era un solo grito de dolor, rabia, indignación e impotencia.

Al salir, una joven de la vecina Beit Jala a la que conozco, me dijo: “Tengo tanta rabia, tanto odio, tanta frustración, que hoy sería capaz de hacer cualquier cosa”. Los muchachos parecían sentir lo mismo, pues un grupo grande se dirigió hacia una de las torres de vigilancia del Muro (donde se apostan los soldados) y empezó a arrojarle piedras de tamaño considerable. La respuesta, como siempre, fue un desborde de gases lacrimógenos, granadas de estruendo y balas de goma forradas de acero.

Pero eso no fue todo: mientras esperábamos el cuerpo de Saleh, corrió la noticia de que otra joven de Belén había sido asesinada por los soldados israelíes ese mismo día. Después supimos los detalles: Lubna Hanash (21 años), estudiante avanzada de ciencias políticas y residente en la localidad contigua de Hindasa, perdió la vida cerca del campo de refugiados de Arroub (en el camino entre Belén y Hebrón). Según testigos sobrevivientes, tres soldados israelíes bajaron de un vehículo frente al centro universitario de Arroub y, sin mediar explicación, dispararon a un grupo de jóvenes. Lubna murió y otros dos están internados en estado crítico. La versión mentirosa de los soldados, desmentida tajantemente por una sobreviviente que fue herida en una mano, fue que los jóvenes estaban provocándolos con cócteles molotov.

Al día siguiente, de nuevo una multitud se concentró frente a Al Azza para salir en marcha de camiones hacia Hindasa, donde todavía tenía lugar el funeral de Lubna. De nuevo haciendo uso del privilegio de ser parte del tercer género, fui invitada por los muchachos a ir con ellos en uno de los minibuses. Llegamos al lugar donde todo estaba dispuesto con gran organización: sillas en fila, café, un toldo grande para proteger del frío, un estrado con micrófono y amplificación para los discursos, presidido por una gigantografía que reproducía el rostro de Lubna; y un público de deudos, vecinos y dignatarios exclusivamente masculino, porque en Palestina los funerales (igual que las bodas) se hacen en espacios separados para cada sexo.

Sin necesidad de pedirlo, un muchacho me hizo señas para que lo siguiera hasta el lugar donde estaban las mujeres, en la casa de Lubna, en cuya fachada lucía una enorme bandera palestina y otra gigantografía con su rostro sonriente. El ambiente allí era más privado, más cálido: las mujeres conversaban (no había discursos ni ceremonias), tomaban café, y también lloraban. Como siempre, me hicieron sentir bienvenida y acogida, las que podían hablaron conmigo en inglés, me presentaron a las hermanas de Lubna, e insistieron en llevarme con su madre. El corazón se me partió cuando abracé a esa mujer deshecha de dolor y la besé varias veces diciéndole entre lágrimas: “Allah iarjama”. Tomé algunas fotos –con el permiso de las mujeres-, pero no quise tomársela a la madre de Lubna: aun cuando podía ser un testimonio poderoso para el mundo, sentí que debía respetar la privacidad de un dolor tan profundo e insondable.

Llorar con las mujeres me hizo sentir aún más cerca de ellas. Mientras tomaba café y conversaba, una de ellas me preguntó (mientras otra traducía): “¿En tu país la gente sabe lo que nos hace Israel? ¿Por qué el mundo no hace nada por nosotros?”. Es la pregunta que escucho siempre a lo largo y ancho de Cisjordania, desde el Valle del Jordán hasta la periferia de Jerusalén, en las aldeas y en las ciudades, y que atraviesa mi corazón como una daga.

Cuando salí de la casa descubrí que los camiones ya habían regresado a Aida, pero no tuve la menor inquietud, porque antes de pensar cómo volver, los hombres del lugar se pusieron de acuerdo y uno de ellos me indicó que subiera al auto para traerme hasta la puerta del muhayyam. Incluso me regaló un poster que traía pegado en el auto con el rostro de Lubna, que me sonríe invencible desde el paraíso de su Dios mientras escribo estas líneas desconsoladas.

Tender puentes hacia América Latina

Yo no tengo una respuesta a las dolorosas preguntas de las palestinas. Lo único que puedo hacer es estar aquí, materializando mi solidaridad, acompañando su resistencia cotidiana cuando enfrentan a los soldados; cuando esperan interminablemente en un checkpoint para ir al hospital, a estudiar, a trabajar o a rezar; cuando los colonos violentos destruyen con total impunidad sus cultivos y sus olivos, matan sus animales y les roban su tierra y su agua; o simplemente llorando con ellas, como hoy.

De hecho este artículo iba a tener como tema la coyuntura política, ya que otra de mis obsesiones es hacerles entender a lxs activistas de América Latina que el tan mentado y flamante “Estado palestino” es una ficción, y que nuestra solidaridad tiene que apuntar en otra dirección que no sea la de celebrar y apoyar algo que no existe. La realidad es que lxs palestinxs sufren a diario un régimen racista de ocupación militar pura y dura, colonización territorial y apartheid jurídico; y eso no sólo no ha cambiado después del 29 de noviembre de 2012, sino que se ha agravado.

Nuestra tarea como colectivos, movimientos y redes latinoamericanos es pues unir fuerzas para boicotear, aislar, sancionar y deslegitimar al régimen colonialista y racista de Israel, con las mismas armas que la comunidad internacional apoyó la lucha sudafricana para derrotar al régimen de apartheid de ese país.

Es lo que nos están pidiendo las y los palestinos de todos los colores desde 2005, y lo que ya están haciendo –con resultados sorprendentemente importantes- en otras regiones del mundo. Pero ese será tema de un próximo artículo.(24/1/2013)

Notas :

[1] Esto es particularmente enfatizado por las poderosas corrientes del cristianismo sionista, surgido en EEUU (donde sus recursos y su poder de incidencia política y mediática son muy similares a los AIPAC, el poderosísimo lobby sionista) pero presente en todo Occidente. No hay espacio en este artículo para profundizar en el fenómeno.

[2] Jeff Halper, Director del Comité Israelí contra las demoliciones de casas (ICAHD).

[3] Nakba significa en árabe “catástrofe” y designa el proceso de limpieza étnica por el que las fuerzas sionistas del naciente Estado de Israel destruyeron más de 500 aldeas, pueblos y ciudades, asesinaron a más de 100 mil personas y convirtieron en refugiadas a unas 800 mil personas, a las que hasta el día de hoy el estado de Israel les prohíbe regresar a su tierra.

 Fuente :  Desinformémonos

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El holocausto olvidado – Por Yetlaneci Alcaraz

Johan Rukeli Trollman Caso emblemático
Johan Rukeli Trollman Caso emblemático

En 1496: auge del pensamiento “humanista”. Los pueblos rom (gitanos) de Alemania, son declarados “traidores a los países cristianos, espías a sueldo de los turcos, portadores de la peste, brujos, bandidos y secuestradores de niños”.

Johann Rukeli Trollman nació en Hannover el 27 de diciembre de 1907 en una familia gitana. Fuerte y hábil con los puños y con un juego de pies privilegiado, en junio de 1933 el joven alemán disputó el título de peso semi-pesado de su país. Sin embargo aquellos no eran buenos tiempos. Adolfo ­Hitler acababa de llegar al poder y en el ambiente imperaba un rechazo abierto a todo lo que no fuera ario.

De piel morena, ojos y cabello oscuros, Trollman no era bien visto por los dirigentes deportivos ni por los políticos. Además de su origen sinti, su estilo de boxeo, basado en el movimiento de sus pies, iba contra la escuela alemana, que en ese momento tenía como prototipo a hombres grandes, fuertes, rígidos, que sólo golpeaban sin hacer grandes movimientos. Su estilo, decían, “no era demasiado alemán”.

En la pelea por el campeonato, ­Rukeli se enfrentó al peso pesado Adolf Witt. Con su movimiento de pies y agilidad dominó por mucho el encuentro. Sin embargo los jueces declararon un empate. La furia de la audiencia por el claro robo del campeonato obligó a los jueces a rectificar en el momento y a reconocer la victoria del joven gitano. Éste lloró al celebrar su triunfo en el ring, pero al cabo de seis días recibió una notificación de la Federación Alemana de Boxeo para informarle que se le retiraba el título por “comportamiento vergonzoso”. El llanto vertido fue el pretexto que las autoridades encontraron para despojarlo del campeonato.

Su desgracia no terminó ahí. Poco tiempo después fue obligado a pelear de nuevo. En esa ocasión la federación le advirtió que debería hacer a un lado su particular estilo y pelear “como un alemán” o de lo contrario perdería su licencia. En un claro reto a la autoridad, el día del combate Rukeli subió al ring con el cabello pintado de rubio y con el cuerpo completamente enharinado. Se plantó en el centro del cuadrilátero y permaneció inmóvil. El encuentro sólo duró cinco rounds, pues no opuso resistencia a su contrincante. Ese fue el fin de su carrera deportiva.

© RealFiction
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En 1938, cuando el régimen nazi comenzó la persecución racial, Trollman fue esterilizado y enlistado en el ejército para combatir en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En 1942, cuando el gobierno nazi determinó la deportación de los gitanos, el expugilista fue enviado al campo de concentración de Neuengamme, en Hamburgo, donde murió en condiciones que aún no se determinan.

La de Trollman se suma a la lista de más de 500 mil historias –en realidad no se sabe el número exacto– de hombres, mujeres, ancianos y niños gitanos que murieron en campos de concentración y exterminio nazis.

Luego de terminada la guerra, los crímenes cometidos contra esta minoría permanecieron en el olvido durante décadas. Nadie habló de los gitanos, a pesar de que junto con los judíos fueron una de las etnias que el régimen nazi se propuso exterminar.

La tragedia de los gitanos no fue reconocida sino hasta 1982, cuando el entonces canciller alemán Helmut Schmidt pronunció por primera vez en un acto público la palabra genocidio. “La dictadura nazi –dijo en un discurso el 17 de marzo de 1982– infligió una gran injusticia contra los sinti y los roma. Fueron perseguidos por razón de raza y los crímenes en su contra constituyen un acto de genocidio”.

Los gitanos de Europa se autodenominan sinti y roma. Ambos términos provienen del romano, el lenguaje de los gitanos. La rama de esta etnia que proviene de Europa central se conoce como sinti; los roma son oriundos del sureste europeo. Hoy en día esta minoría representa, de hecho, la mayor de Europa, con más de 11 millones de individuos.

Tras largos años de lucha, que incluyó en 1980 una huelga de hambre de gitanos sobrevivientes del holocausto en el campo de concentración de Dachau, a comienzos de los noventa las comunidades sinti y roma de Alemania lograron que se les reconociera como víctimas del régimen nazi. En aquel momento el gobierno alemán aprobó la edificación de monumentos en memoria de los judíos, homosexuales y gitanos liquidados por el genocidio nazi.

Sin embargo tuvieron que pasar otros 20 años para que este reconocimiento fuera palpable. En octubre pasado la canciller alemana Angela Merkel inauguró en la capital germana el primer monumento oficial en recuerdo de los gitanos víctimas del holocausto. Se trata de un gran espejo de agua con fondo negro erigido en el punto medio entre el Reichstag (Parlamento alemán) y el monumento a los judíos asesinados en Europa, en el corazón mismo de Berlín. En el centro del estanque sobresale un triángulo negro sobre el que todos los días se coloca una flor como símbolo contra el olvido. El triángulo negro representa el que debían portar de forma visible en sus ropas todas las personas catalogadas como antisociales en la Alemania nazi. Dentro de este grupo se encontraban los gitanos.

“Campo gitano”

A partir de 1934 se registraron las primeras deportaciones de gitanos a los campos de detención acompañadas de la esterilización forzada. Con motivo de los Juegos Olímpicos, desde el verano de 1936 miles de familias gitanas que vivían en Berlín fueron trasladadas al campo de detención de Marzahn, en el suburbio berlinés.

En 1938 por órdenes del máximo jefe de las SS y de la policía alemana, Heinrich ­Himmler, se creó una oficina central dentro de la Policía Criminal del Reich, en Berlín, para dirigir y coordinar el registro y persecución de los gitanos. En diciembre de ese mismo año el jerarca nazi emitió las bases del decreto para enfrentar la cuestión gitana y dar así una solución final al tema.

Por ello a partir de 1939 hubo deportaciones masivas de miles de gitanos hacia los principales campos alemanes, como Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen, Mauthausen y Ravensbrück.

No pasó mucho tiempo para que Himmler ordenara la deportación masiva a territorio polaco ocupado; es decir, a los campos de exterminio. No sólo se decidió el traslado de todos los gitanos que permanecían en suelo alemán, sino también el de todos aquellos que se encontraban en los territorios ocupados y anexados al Tercer Reich. La medida incluyó a los gitanos de Polonia, Austria, Rumania, Hungría, Bélgica, Holanda, Checoslovaquia y Francia.

La mayoría de los grupos sinti y roma fueron llevados al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, que este domingo 27 cumple 68 años de haber sido liberado por el Ejército Rojo.

Este fue el mayor de todos los campos de extermino ideado por los nazis. A 60 kilómetros de la ciudad polaca de Cracovia, en esta prisión fueron asesinados cientos de miles de víctimas en las cámaras de gas. Las cifras oficiales dan cuenta de millón y medio de hombres, mujeres y niños aniquilados con el desinfectante zyklon B e incinerados en los cuatro enormes crematorios instalados ­ex profeso.

Fueron los propios gitanos quienes desde finales de 1942 y hasta principios de 1943 erigieron, a base de trabajos forzados, la Sección B II E de este campo, que sería conocida como “campo gitano”.

El área destinada a esta minoría constaba de 40 barracas cercadas con alambre de púas electrificado; justo detrás de ellas se ubicaban las cámaras de gas y los crematorios.

El horror que ahí se vivió es descrito a partir de informes recabados por el Consejo Central de Sinti y Roma en Alemania. En los documentos se indica que cuando los gitanos llegaban al área destinada para ellos se les registraba, de acuerdo con su sexo, en libros denominados hauptbücher (libros principales). Su condición de seres humanos desaparecía y se convertían en un número, el cual se les tatuaba en el brazo junto con una Z de zigeuner, gitano en alemán. A los bebés les colocaban el número en el muslo.

Hubo casos en los que, sin previo registro, inmediatamente después de haber llegado al campo de exterminio los sinti y roma eran conducidos directamente a las cámaras de gas.

Aunque la mayoría de los gitanos murieron ejecutados o en las cámaras de gas, hubo quienes perecieron aniquilados por el trabajo físico al que eran sometidos, o bien debido a los experimentos médicos de que fueron objeto. Otros sucumbieron en las denominadas “marchas de la muerte”, cuando por órdenes de Himmler los campos de concentración y exterminio fueron desalojados ante la inminente llegada de las tropas aliadas.

“Las exigencias de asimilación, expulsión, o eliminación (no necesariamente en este orden) justificarían la afición de los pueblos rom por los talismanes. Los gitanos llevan tres nombres: uno para los documentos de identidad del país donde viven; otro para la comunidad, y un tercero que la madre musita durante meses al oído del recién nacido. Ese nombre, secreto, servirá como talismán para protegerlo contra todo mal” . José Steinsleger

Con información de: Proceso

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