El gesto de la muerte – Segunda Parte

Katherine Neville introduce el capítulo II de su novela The Eigt con la cita siguiente:

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LEYENDA DE LA CITA EN SAMARRA
[9]

Un criado oyó en la plaza del mercado que la Muerte lo estaba buscando. Volvió a casa corriendo y le dijo a su amo que debía huir a la vecina población de Samarra para que la Muerte no lo encontrara.

Esa noche, después de la cena, llamaron a la puerta. El amo abrió y vio a la Muerte, con su larga túnica y su capucha negras. La Muerte preguntó por el criado.

—Está enfermo y en cama -se apresuró a mentir el amo-. Está tan enfermo que nadie debe molestarlo.

—¡Qué raro! -comentó la Muerte-. Seguramente se ha equivocado de sitio, pues hoy, a medianoche, tenía una cita con él en Samarra. [10]

En su libro Obabakoak el escritor vasco Bernardo Atxaga reproduce, como si fuera un antiguo relato sufí, la historia de la Muerte, titulándola “El criado del rico mercader”:

EL CRIADO DEL RICO MERCADER

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

—Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

—Pero, ¿por qué quieres huir? -le preguntó el mercader.

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

—El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

—Muerte -le dijo acercándose a ella-, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? -contestó la muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado. [11]

El escritor norteamericano Jeffrey Archer inicia su libro de cuentos To Cut a Long Store Short (2000) con esta versión puesta en boca de la propia Muerte:

LA MUERTE HABLA

Érase una vez un mercader de Bagdad que envió a su criado al mercado para comprar provisiones, y el criado regresó al poco rato, pálido y tembloroso, y dijo: Amo, cuando estaba en el mercado, una mujer me empujó en medio de la multitud, y cuando me volví, vi que era la muerte quien me había empujado. Me miró e hizo un gesto amenazador. Prestadme vuestro caballo, huiré de esta ciudad y burlaré a mi destino. Iré a Samarra, y allí la muerte no me encontrará. El mercader le prestó el caballo, el criado lo montó, hundió las espuelas en sus flancos y el caballó partió a galope tendido. Después, el mercader fue al mercado, me vio entre la multitud, se acercó a mí y dijo: ¿Por qué hiciste un gesto amenazador a mi criado cuando te vio esta mañana? No fue un gesto amenazador, dije, sólo de sorpresa. Me sorprendió verlo aquí en Bagdad, porque tenía una cita con él esta noche en Samarra. `[12]

Cita en Samarra (Appointment in Samarra) es el título de un cómic traducido al español que aparece en una antología en blanco y negro sobre Tim Sale, uno de los más famosos y reconocidos dibujantes del cómic norteamericano actual. Aunque no podamos incluir las viñetas, sí nos parece interesante reproducir tan curioso texto:

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CITA EN SAMARRA

En un oscuro y estrecho callejón de Bagdad, un hombre baja corriendo despavorido unas escaleras de piedra. El hombre, presa del terror, entra repentinamente en una casa mientras exclam

—¡Maestro! ¡maestro! Ahora… ¡tiene que salvarme, señor!

—¡Hakim! -exclama el viejo mercader, que, sorprendido, deja a un lado sus anotaciones-. -¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

—Debe ayudarme, señor, ¡por favor! ¡Présteme su caballo…! ¡Abandonaré Bagdad galopando y escaparé de mi destino!

El viejo acerca una silla al hombre y le dice:

—¡Cálmate, Hakim! Anda, siéntate y descansa, déjame servirte un vaso de agua…

—¡No hay tiempo, maestro! ¡Por favor! ¡Debo partir!

—Cuéntame lo que te pasa, amigo mío… -dijo el viejo.

—Justo esta mañana, maestro, como sabe, estaba en el mercado comprando provisiones para la semana. Todo parecía ir bien… Pero justo al terminar y dirigirme a casa… choqué con un hombre entre la multitud. Cuando me di la vuelta ¡vi que era La Muerte quien me había empujado! … y luego… me miró… ¡e hizo un gesto amenazante!

—¿Un gesto amenazante? -inquirió el viejo mercader.

—Oh maestro…, estaba tan asustado…

—Sí. Sí, ya veo… ¿Y ahora…?

—¡Oh!, ¡debo correr, señor! -exclamó el hombre y, descubriendo su rostro, agregó:

—¡Mi hermano vive en Samarra! Si me ayudara…, con su caballo podría…

—Si… -lo interrumpió el mercader-. Tendrás mi semental más veloz… -dijo firmemente el viejo. -¡Sólo espero que sea lo suficientemente veloz, Hakim!

El hombre cabalga por el desierto, mientras el viejo mercader lo ve perderse en el horizonte.

Y así, el mercader regresó al mercado.

Se aproximó a la figura encapuchada y exclamó:

—¡Deseo hablar contigo, Muerte!-. La Muerte volvió lentamente la cabeza hacia el anciano, quien prosigue: -¡Hakim era mi amigo! ¿Por qué le has hecho un gesto amenazante justamente hoy?

Apaciblemente, la Muerte se dirigió al mercader con estas palabras:—¡Eres un buen hombre, mercader!, ¡pero temo que te equivocas! No fue un gesto amenazante… Simplemente me sorprendió verlo en Bagdad esta mañana…, ¡cuando tengo una cita con él por la noche… en Samarra! [13]

Recreaciones literarias sobre el apólogo

La vieja historia de la Muerte, tan sorprendente, efectiva y exacta en su brevedad, ha dado pie, como hemos visto, a diversas versiones con ligeros cambios, pero manteniendo lo esencial y fundamental de la historia. Pero también ha sido el germen de muchas recreaciones literarias que conforman otras historias diferentes con finales distintos, como es el caso de estos dos textos de autores españoles:

NOVENA [«EL CRIADO, EN ESTADO DE INTENSO AZORAMIENTO…»]

El criado, en estado de intenso azoramiento, llegó al mediodía a casa de su amo, un rico comerciante, y con las siguientes palabras le vino a explicar el trance por el que había pasado:

—Señor, esta mañana mientras paseaba por el mercado de telas para comprarme un nuevo sudario, me he topado con la Muerte, que me ha preguntado por ti. Me ha preguntado también si acostumbras a estar en casa por la tarde, pues en breve piensa hacerte una visita. He pensado, señor, si no será mejor que lo abandonemos todo y huyamos de esta casa a fin de que no nos pueda encontrar en el momento en que se le antoje.

El comerciante quedó muy pensativo.

—¿Te ha mirado a la cara, has visto sus ojos? -preguntó el comerciante, sin perder su habitual aplomo.

—No, señor. Llevaba la cara cubierta con un paño de hilo, bastante viejo por cierto.

—¿Y además se tapaba la boca con un pañuelo?

—Sí, señor. Era un pañuelo barato y bastante sucio, por cierto.

—Entonces no hay duda, es ella -dijo el comerciante, y tras recapacitar unos minutos añadió-: Escucha, no haremos nada de lo que dices; mañana volverás al mercado de telas y recorrerás los mismos almacenes y si te es dado encontrarla en el mismo o parecido sitio procura saludarla a fin de que te aborde. En modo alguno deberás sentirte amedrentado. Y si te aborda y pregunta por mí en los mismos o parecidos términos, le dirás que siempre estoy en casa a última hora de la tarde y que será un placer para mí recibirla y agasajarla como toda dama de alcurnia se merece.

Hízolo así el criado y al mediodía siguiente estaba de nuevo en casa de su amo, en un estado de irreprimible zozobra.

—Señor, de nuevo he encontrado a la Muerte en el mercado de telas y le he transmitido tu recado que, por lo que he podido observar, ha recibido con suma complacencia. Me ha confesado que suele ser recibida con tan poca alegría que nunca logra visitar a una persona más de una vez y que por ser tu invitación tan poco común piensa aprovecharla en la primera oportunidad que se le ofrezca. Y que piensa corresponder a tu amabilidad demostrándote que hay mucha leyenda en lo que se dice de ella. ¿No será mejor que nos vayamos de aquí sin que nos demuestre nada?

—¿Lo ves? -repuso el comerciante, con evidente satisfacción-. La hemos ahuyentado; puedo asegurarte que ya no vendrá en mucho tiempo, si es que un día se decide a venir. Tiene a gala esa dama presumir de que ella no busca a nadie, sino que todos -voluntaria o involuntariamente-la requieren y persiguen. Y, por otra parte, nada le gusta tanto como las sorpresas y nada detesta como el emplazamiento a fecha fija. Debes conocer esa historia de la Antigüedad que narra el encuentro que tuvo con ella un hombre que trataba de huir de una cita que ella no había preparado. Pues bien, me atrevo a afirmar que ahora que la hemos invitado no acudirá a esta casa, a no ser que cualquiera de nosotros dos pierda el aplomo y se deje arrastrar a alguna de sus astutas estratagemas.

Aquella tarde, la Muerte -con un talante sinceramente amistoso y desenfadado- acudió a la casa del comerciante para, aprovechando un rato de ocio, testimoniarle su afecto y disfrutar de su compañía y de su conversación. Pero el criado al abrir la puerta no pudo reprimir su espanto al verla en el umbral, la cara cubierta con un paño de hilo muy viejo y protegida la boca con un pañuelo sucio, y sospechando que se trataba de una añagaza compuesta entre su amo y la dama para perderle, se precipitó ciego de ira en el gabinete donde descansaba aquél y, sin siquiera anunciarle la visita, lo apuñaló hasta matarle y huyó por otra puerta.

Cuando la Muerte, extrañada del silencio que reinaba en la casa y de la poca atención que le demostraba aquel hombre que ni siquiera le invitaba a entrar, por sus propios pasos se introdujo en el gabinete del comerciante, al observar su cuerpo exánime sobre un charco de sangre no pudo reprimir un gesto de asombro que pronto quedó subsumido en un pensamiento habitual y resignado:

—En fin, lo de siempre. Otra vez será. [14]

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