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Las demás no somos mujeres – por Yonaida Selam


A colación del desafortunado discurso de la ministra de Igualdad, Bibiana Aido, sobre la imposición que recae sobre las mujeres de confesión musulmana en torno a la vestimenta, especialmente lo referido al hiyab, y aunque no debería causar sorpresa alguna la estereotipización con la que en términos generales se retratan en los medios de comunicación al Islam en general y a los musulmanes, en particular, me causo especial indignación el titular con el que el periódico La Vanguardia titulaba una noticia sobre el rechazo y los apoyos de diferentes organizaciones a las manifestaciones vertidas por la ministra, que rezaba de la siguiente manera “Las mujeres apoyan a Aido ante las criticas de las entidades islámicas”, un titular sin duda perverso donde las presidentas de organizaciones como la Federación de Mujeres

Progresistas o de la asociación de mujeres Themis merecen recibir el calificativo de mujeres, mientras que la presidenta del Consejo islámico de Valencia, Amparo Sánchez o en mi caso como presidenta de la Asociación Intercultura, al parecer no somos mujeres, sino seres abstractos que dirigen entidades de carácter islámico, incapaces de tener ideas propias y al parecer conciencia en torno a las desigualdades, algunas endémicas, que padecen millones de mujeres en todo el mundo.

Algo así como la definición acertada que la escritora y socióloga marroquí Fátima Mernissi ha dado sobre la descripción que en términos generales, el feminismo occidental tiene de la mujer musulmana: como un ser infrahumano, sumiso y medio tonto, que es feliz en la degradación organizada por el patriarcado y la miseria institucionalizada, una descripción que concuerda sin duda con las manifestaciones de la ministra, de la presidenta de la Federación Nacional de Mujeres Progresistas, del titular de La Vanguardia y de la inmensa mayoría del PP (Véase el Contrato de Inmigración, el intento de restricción del uso del velo o las declaraciones vertidas por la Portavoz del PP en el Congreso Soraya Sáez de Santamaría en la Cadena Ser).

Sinceramente, nunca entendí la creación de un Ministerio de la Igualdad, máxime cuando nuestras leyes consagran la igualdad entre hombres y mujeres, y sobre todo porque, habiendo voluntad política y ganas de apostar por la igualdad real entre ambos sexos, sobran macroestructuras, vacías de contenido, con poca dotación presupuestaria y sobre todo con una ministra cuyo noción de feminismo es un poco particular y yo diría que hasta provinciana, cuyo ejemplo más provocador si cabe, han sido sus últimas declaraciones en las que afirmaba sin más que el Islam consagra la desigualdad porque las mujeres se cubren la cabeza con un hiyab y el cuerpo con vestidos largos, mientras que el hombre “árabe” (cabría recordarle que en el mundo existen 1500 millones de musulmanes de los cuales tan sólo un 20% son árabes) puede vestir de forma occidental, y aseverando de manera generalizada que las musulmanas somos seres inferiores, sumisas, incapaces de tomar conciencia o de tener ideas propias.

El pañuelo forma parte de la identidad de muchas mujeres musulmanas. Lo que desde occidente se ve como una barrera entre dos mundos y una forma de represión o de sumisión de la mujer al hombre, para la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas el hiyab supone una reafirmación de su origen, su fe y sus ideas, por lo que no deja de llamar la atención que el feminismo clásico, cuando alude a la discriminación de la mujer musulmana, se simplifique y se reduzca a un pañuelo, y muchísimos estados, como el francés, incluso para acabar con esa supuesta discriminación, prohibe su uso en las escuelas, privando a miles de adolescentes del derecho a la educación y expulsando a cientos de ellas de las escuelas, promulgando una Ley contra su uso, que llegó conocerse como la Ley del Miedo. Asma Lamrabet (ensayista marroquí) lo describe acertadamente: “Es evidente que sobre un fondo de estigmatización del Islam, de racismo y de un gran malestar social frente a las poblaciones de inmigrantes, cada vez más presentes en Occidente, la cuestión del velo se ha convertido en ‘cabeza de turco’ ideal de los medios mediático-políticos”.

Y para ejemplos, el de la ciudadana alemana de origen turco, que tuvo que recurrir a los tribunales para reivindicar su derecho al trabajo, porque el Ministerio de Educación Alemán, en dicha ciudad, la quería obligar a firmar un documento en el que se comprometía a no usar pañuelo mientras impartía clases, el de las dos alumnas del Severo Ochoa de Ceuta, a las que los directores de dicha escuela, les habían prohibido la entrada por usar el hiyab o el de Shaima Saidani, otra alumna a la que le restringieron el acceso a una escuela en Cataluña, hasta que intervino la Generalitat y zanjó el asunto. Sin duda alguna, muestras, como diría Edward Said, de cómo las maliciosas generalizaciones en torno al Islam se han convertido en la última forma aceptable de denigración de una cultura foránea en Occidente: lo que se dice acerca de la mentalidad musulmana, o sobre su carácter, su religión o su cultura, en conjunto no podría ser planteado en la actualidad en ningún debate sobre los africanos o los judíos.

Entre tanto, es confortante ver como la vicepresidenta del gobierno Maria Teresa Fernández de la Vega, desautoriza a un miembro de su gabinete y nos deja claro que el hiyab no es un problema en este país, aunque algunos con su famoso “contrato de integración” (PP) lo quisieron convertir en un problema.

Fuente: Melilla Hoy, 5 de julio de 2008

Extraído de: http://islamofobia.blogspot.com


LA ZAWIYA Y EL AJEDREZ


El joven dijo al Sheyh de la zawiya (comunidad): Me gustaría mucho ser un sufi, pero no he aprendido nada importante en la vida. Lo único que me enseñó mi padre fue a jugar al ajedrez, que no sirve para la iluminación. Además, aprendí que cualquier juego es acto indeseable un  error (Danb)
-Puede ser un  acto indeseable un  error (Danb), pero también puede ser una diversión, y quien sabe si esta zawiya no está necesitando un poco de ambos – fue la respuesta.
El Sheyh pidió el tablero de ajedrez, llamó a un discípulo sufí y le ordenó jugar con el muchacho. Pero antes de comenzar la partida dijo:
-Aun cuando necesitemos diversión, no podemos permitir que todo el mundo se pase jugando al ajedrez. Entonces, solamente conservaremos aquí al mejor de los dos jugadores; si nuestro discípulo pierde, saldrá del la comunidad y dejará la plaza para ti.
El Sheyh hablaba en serio. El joven comprendió que jugaría por su vida y le vino un sudor frío; el tablero se convirtió en el centro del mundo. El discípulo sufí comenzó a perder. El muchacho atacó, pero entonces vio la mirada de santidad del otro, y a partir de ese momento comenzó a jugar mal a propósito. Al fin y al cabo prefería perder porque el discípulo sufí podía ser útil al mundo.
De repente, el Sheyh tiró el tablero al suelo.-Tú aprendiste mucho más de lo que te enseñaron –dijo-. Te has concentrado lo suficiente para vencer, fuiste capaz de luchar por lo que deseabas. Después, tuviste compasión y disposición para sacrificarte en nombre de una noble causa. Sé bienvenido a la comunidad, porque sabes equilibrar la disciplina con la misericordia

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