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Los últimos nubios del Nilo

Los nubios son todavía despreciados por su piel oscura, y aparecen como sirvientes estúpidos en series de televisión o cuentos infantiles ©Samuel Aranda

El pueblo ancestral egipcio lucha para regresar a la tierra de la que fue expulsado.

Ha anochecido y la faluca, ya con la vela plegada, se mece suave a la orilla del Nilo. Rauf se sienta junto a tres amigos en la proa de la embarcación y saca un tambor circular hecho de piel curtida. De vez en cuando, la luz temblorosa de una vela descubre sus rasgos nubios mientras cantan. Los versos transportan a un pasado lejano pero también a una amargura reciente: “El agua inundó nuestra tierra / ¿dónde está nuestro pueblo? / Somos hijos del Nilo, entonan. En el pasado, la civilización nubia, de 7.000 años de antigüedad, tuvo épocas de esplendor: sus faraones negros reinaban y sus ejércitos eran temidos desde Libia a Medio Oriente. Su lengua no árabe y el repiqueteo de sus tambores engalanaban canciones sobre victorias militares, poderosas reinas de ébano o leyendas llenas de misterio a las puertas del África Negra. Aquel brillo se consume hoy entre los versos que afinan Rauf y sus amigos. Desde hace 52 años, el pueblo nubio sueña con regresar a sus tierras ancestrales a las orillas del Nilo. En el año 1964, la construcción de la presa alta de Asuán inundó la tierra natal de los nubios y obligó a más de 8.000 familias a abandonar sus tierras. Más de 60.000 nubios vieron como el lago Nasser se tragaba sus hogares.

En la serie Cartas a la sombra de los faraones, publicada en La Vanguardia en 1970-1971, el escritor Terenci Moix daba testimonio del aire de esperanza que aquella gigantesca obra de ingeniería había insuflado a la región. “El gran sueño del difunto Nasser –escribió el autor de No digas que fue un sueño– reincorpora a partir de hoy el gran mito de la fecundidad del río al progreso hacia el cual se esfuerza por dirigirse la nación egipcia, dejando de preocuparse por sus muertos ancestrales y facilitando de una vez (de una lenta vez) el fatigoso avance de los vivos”.

Para Rauf, aquel paso hacia el progreso y hacia una vida mejor fue un espejismo. “El gobierno egipcio prometió recolocarnos en tierras tan fértiles como antes, pero nos engañaron. La tierra nubia era fértil y verde, daba buenos cultivos, y nos llevaron a zonas de piedra y desierto”.

La nueva Constitución de Egipto, aprobada en el 2014 con un 98% de apoyo tras un controvertido referéndum, acepta el olvido al que fue relegada la comunidad nubia. Un breve artículo de la nueva Carta Magna promete acabar con aquel exilio y “devolver a los residentes de la Nubia egipcia a sus tierras originales y desarrollarlas en diez años”.

Para Arafa Ramadán, activista nubio de Asuán que cambia su nombre por seguridad, esas palabras volverán a ser de cartón piedra. Durante la primera relocalización, se prometió a todas las familias que recibirían una casa y un terreno de dos hectáreas. Aunque río arriba se construyeron casi treinta aldeas con los mismos nombres de las anegadas, no todos recibieron lo prometido y los nuevos hogares están lejos del Nilo, en tierras prácticamente estériles. “Prometen pero nunca cumplen. Sí hubo dinero para poner a salvo los templos y las piedras, pero a nosotros nos dejaron tirados”, dice Arafa. Aún hoy, los nubios son despreciados por su piel oscura e incluso aparecen como sirvientes estúpidos en series de televisión o cuentos infantiles. Para Arafa, el corte autoritario del gobierno del general Abdul Fatah al Sisi no augura nada bueno. “Ahora es incluso peor que con Mubarak, si te quejas, te dicen que calles; y si no lo haces vas a la cárcel. Nuestro corazón sangra por lo que nos ha hecho Egipto. Nos echaron de nuestra tierra y ni nos dejan protestar”.

Desde lo alto de su casa, donde nos recibe bajo una haima azul, Arafa chasquea la lengua mirando hacia el barrio de Garbi Sehiel. Situado a las afueras de Asuán, se ha convertido en un parque temático de la cultura nubia, con tiendas de souvenirs por doquier y camellos bautizados como Bob Marley o Fernando Alonso para atraer a turistas. “El pueblo nubio pagó el precio por el progreso de Egipto pero nunca nos han pagado de vuelta. Ahora intentan borrar nuestra historia”.

En las orillas del lago, más al sur, aún es posible encontrar el esqueleto de algunas aldeas abandonadas. Waled Sad, patrón de un barco para turistas, nos lleva hasta la antigua Hasaya, donde apenas queda nada. Todas las casas están en ruinas y sólo aguantan en pie algunos techos de bóveda de cañón. Hay restos de recipientes rotos de cerámica en el suelo y escaleras que ya no llevan a ningún lado. Waled observa en silencio y no espera a que le pregunte. “Siento fuego en mi corazón. Mi pueblo y su cultura se extinguen”, escupe.

La cercana isla de Heisa es el refugio de los últimos nubios del lago. Al encontrarse entre dos presas no fue evacuada totalmente, aunque muchos tuvieron que reconstruir sus casas montaña arriba. Pero aquí el enemigo no es sólo el agua. La falta de infraestructuras tras años de olvido gubernamental y un desempleo creciente –la amenaza yihadista se ha sumado a cinco años de revolución para acabar de ahuyentar a los turistas– han herido de muerte a la aldea: los jóvenes se van. De los 4.000 habitantes de la isla hace dos décadas, apenas quedan 1.300. Y la última esperanza para la cultura nubia se va con ellos.

En Heisa, bajo una ladera salpicada de casas pintadas de mil colores, Ramadan Wahbi prepara té mientras repara una barcaza de madera. Unos niños nubios chapotean un poco más allá y saltan desde una pequeña barca de remos. Whabi les observa como si estuviera viendo un punto y final. “Egipto prohíbe enseñar lengua nubia en las escuelas. Nuestros niños sólo aprenden árabe o inglés; así que nuestra lengua y nuestra cultura desaparecerán pronto”.

A sus casi 60 años, Wahbi casi no siente como su hogar la tierra bajo sus pies. “Vivimos en las antiguas montañas de piedra, que ahora son islas. Vivíamos en un paraíso y éramos un pueblo agricultor, orgulloso de nuestra cultura. Ahora estamos condenados a ser conductores de barcas para turistas”.

Tras dos horas en la isla de Heisa, nos vamos sin cruzarnos con un solo turista.

Por Xavier Aldekoa
Con información de La Vanguardia

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Mauritania, donde la esclavitud es un estado físico y mental

Biram Dah Abeid

En Mauritania hay una antigua y controvertida tradición que establece que la privación de libertad se transmite por vía matriarcal. De esta manera, los niños nacidos como resultado de violaciones perpetradas por la etnia dominante son propiedad del amo violador.

El Parlamento ha equiparado recientemente esta práctica a un crimen contra la humanidad, castigado con veinte años de prisión. Pero hasta ahora, por desgracia, en todo el país sólo ha sido registrada una condena por este delito.

Biram Dah Abeid, al que muchos apodan “el Madiba de Mauritania”, como Nelson Mandela en Sudáfrica, está todavía en la cárcel.

Dos años de prisión: oficialmente por haber participado, en noviembre de 2014, en una manifestación no autorizada en contra de la esclavitud de la tierra (trabajar gratuitamente tierras expropiadas por el gobierno), oficiosamente por haber desafiado al presidente Mohamed Ould Abdel Aziz en las elecciones presidenciales del 21 de junio de 2014.

Con él, en la cárcel, han acabado dos de sus colaboradores más cercanos. Los tres están acusados de resistencia a la fuerza pública durante una marcha en Rosso, ciudad natal de Biram, en la frontera con Senegal.

Biram, defensor del pueblo de los antiguos esclavos de etnia haratine y líder de la Initiative de Résurgence du Mouvement Abolitionniste (IRA), está, por lo tanto, de nuevo en el calabozo.

Con una vida dedicada a la denuncia de las prácticas esclavistas en Mauritania, ya había terminado en la cárcel en 2012 por haber prendido fuego en público a algunas páginas del Corán con las que se adoctrinaba a los esclavos para que estuviesen orgullosos de su condición.

Un crimen de los más graves en la República de Mauritania, que es una de las cuatro en el mundo que se define como “islámica”, junto con Irán, Pakistán y Afganistán.

En las dos detenciones de Biram la lluvia de críticas duró varios meses. Alzaron la voz sobre todo Amnistía Internacional, el Parlamento Europeo y algunos senadores demócratas de Estados Unidos.

En 2014 Biram mantuvo también una reunión privada con Barack Obama en la Casa Blanca. Su lucha contra la esclavitud tiene algo de inherentemente subversivo en un país como Mauritania, donde desde siempre existe una articulada jerarquía social que asegura el predominio político y económico de los árabes-bereberes.

Según el Índice Global de la Esclavitud, elaborado por la ONG australiana Walk Free y que calcula el número de personas en estado de esclavitud moderna en 167 países, en este país del África del noroeste hay unas 500 mil personas que siguen viviendo en condiciones de esclavitud.

Estas cifras coinciden grosso modo con las de los especialistas de las Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de esclavitud. Mauritania se confirma así como la nación con la mayor proporción de esclavos en el mundo.

Y ello a pesar de que la esclavitud fue abolida por ley en 1981 y de que el Parlamento endureció las penas primero en 2007 y luego en 2014, equiparando la práctica a un crimen contra la humanidad, punible con 20 años de prisión.

Mauritania era el único país en el mundo que no tenía una legislación adecuada contra la esclavitud. Ahora que la tiene, resulta que a menudo las leyes no bastan para eliminar tales prácticas anacrónicas.

Hay muchos factores que ayudan a explicar por qué la esclavitud en Mauritania continúa sobreviviendo.

Razones políticas

Los esfuerzos del gobierno, que niega completamente la existencia de la esclavitud, y que prefiere hablar de “consecuencias” de la esclavitud, no parecen ser lo suficientemente eficaces.

De hecho, han aparecido agencias gubernamentales para la supervisión de la esclavitud, para la reintegración de los esclavos liberados en la sociedad, pero también es cierto que hasta la fecha sólo una persona en todo el país ha sido condenada por posesión de esclavos.

Mucha parte de la ayuda económica internacional para Mauritania depende de la actitud del gobierno hacia la esclavitud, y por lo tanto las autoridades parecen tener mucho interés en el encubrimiento de quejas en contra de los esclavistas y de eventuales procesos.

No es casualidad que a todos los periodistas que quieren tratar la cuestión se les asigne un agente del gobierno que supervisa su trabajo y cuya presencia, inevitablemente, intimida al entrevistado. Por lo tanto, para entrevistar a un sujeto sensible, a menudo hay que salir por la noche, con un ojo siempre en la nuca.

Razones religiosas

Históricamente, los imanes locales siempre se han posicionado a favor de la esclavitud, especialmente en las zonas rurales. Se sirven de versos polémicos del Corán para justificar la práctica.

Razones geográficas

Mauritania es un país enorme, casi totalmente cubierto por las arenas del Sahara, con una gran parte de la población nómada, y por lo tanto en algunas zonas resulta difícil hacer cumplir las leyes.

Mentalidad

En muchos casos, los esclavos no se dan cuenta de que son esclavos. Están tan inmersos en su condición de sometimiento que creen que es su lugar en el mundo, sin sueldo y sin derechos sobre los hijos.

No son raros los casos en los que los antiguos esclavos deciden volver a su antiguo amo o encontrar a uno nuevo porque la libertad les ha dejado en una situación de más miseria.

Al menos, dicen, con un amo tiene algo de comer y un lugar para dormir. Además, el galopante racismo que existe en el país no hace más que inculcar en las mentes de los esclavos que el hecho de tener la piel negra es sinónimo de inferioridad.

Composición étnica

Mauritania está habitada por diferentes grupos étnicos, que se pueden subdividir en cuatro grandes grupos.

1. Los bidanes (literalmente, “los blancos”), o moros blancos, son bereberes con la piel más clara que hablan árabe y que tradicionalmente han poseído esclavos. Ellos son los que ostentan los principales cargos políticos y las mayores riquezas. Sin embargo, no es raro encontrar a un moro blanco que vive en la pobreza.

2. Los abd (literalmente, “esclavos negros”), o moros negros, tienen la piel oscura e históricamente fueron esclavizados por los moros blancos. Originarios de África subsahariana, los moros negros han asimilado muchos aspectos de la cultura árabe de sus amos y hablan hassaniya, un dialecto árabe.

3. Los haratine (literalmente, “los esclavos liberados”), que constituyen aproximadamente el 40 por ciento de la población, son tanto los esclavos liberados de facto como los que pertenecen a los moros negros como esclavos. Viven en una especie de limbo entre la esclavitud y la libertad, y son objeto de discriminación de clase y raza.

4. En Mauritania viven otros negros de otros grupos étnicos, entre los cuales los wolof, los soninké y los pulaar. Estas comunidades no han sido nunca esclavizadas y se caracterizan por su propia cultura e idioma.

Bouboucar Messaoud, hijo de esclavos, junto con Abdel Nasser Ould Ethmane, ex propietario de esclavos, es co-fundador de SOS-Esclaves, una ONG que desde los años 90 lucha por la abolición de la esclavitud.

SOS-Esclaves proporciona asistencia jurídica a los esclavos que aspiran a la libertad, recoge sus testimonios y los hace públicos a través de campañas de sensibilización.

“A pesar de que gozaban de una libertad limitada, mis padres eran esclavos. Y a mí no se me permitió estudiar. Pero me las arreglé para ir a la escuela en secreto, con la ayuda de un profesor al que le había caído simpático. Así pude empezar a leer, para hacerme una cultura, y comprender los valores universales de igualdad. La educación ha sido mi salvación”, dice Bouboucar.

“Un esclavo puede ser comprado, vendido, regalado. Los precios varían de esclavo a esclavo. Los hijos de los esclavos se convierten automáticamente en esclavos”, añade el líder de SOS-Esclaves.

Dice que “los esclavos, que no reciben ningún salario, son tratados como animales, viven como animales. Tengo muchas historias que contar, sobre todo la de Moulkheir”.

Ella, señala, “era una esclava que trabajaba en el campo. Todos sus hijos fueron resultado de las violaciones de su amo. Había tenido recientemente una niña, pero su amo le había ordenado que la dejase sola en la cabaña porque, aunque la llevase en la espalda, habría ralentizado el trabajo”.

Bouboucar relata que “así lo hizo. Pero a su regreso se encontró a la niña muerta, comida por los insectos. El jefe no le concedió ni un entierro digno. Pero ahora Moulkheir es libre”.

Y concluye: “El primer paso hacia la libertad es darse cuenta de que uno está en estado de esclavitud. En Mauritania las cadenas de la esclavitud son mentales, además de físicas”.

“Romperlas requiere un proceso largo y complejo. Pero el esclavo que desciende de muchas generaciones de esclavos es un esclavo también mentalmente. Y está totalmente sometido, está dispuesto a sacrificarse por su amo. Este es el tipo de esclavitud que tenemos hoy en día todavía en Mauritania”, enfatiza.

Con información de Terra

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Guerra, paz, poesía y reconciliación

Gerry Loose

Paz no es el opuesto de guerra. Empecemos por lo básico. La guerra es un virus que nunca erradicaremos por el uso de la fuerza o por el uso del lenguaje de la fuerza. ¿Cuál fuerza de las armas vencerá a la guerra? Claramente ninguna.

La paz no tiene necesidad de respuestas, dado que es el estado natural de todos nosotros. Donde vivimos armoniosamente, donde una madre alimenta a su bebé sin miedo, donde mujeres transitan caminos tranquilos.

La paz llega cayendo lentamente, como escribió el poeta W. B. Yeats; es otra forma de ser, un camino de paciencia, de compasión y sabiduría, de lento vivir, absolutamente distinto al ritmo y la furia y las instantáneas destrucciones de la guerra.

La poesía, y el lenguaje de la poesía, son un antídoto contra la guerra  –no necesariamente el único–, pero no obstante expresión de una asertiva y positiva fuerza que niega la posición de la guerra y el poder opresivo. Es un pensamiento de punta de diamante con total claridad de visión que paradójicamente se escabulle cuando lo examinamos muy de cerca. Es como algo sobre la periferia de la visión nocturna, que mirado de frente, desaparece. No contiene respuestas directas, pero su vitalidad, su vigor, sostienen un espejo ante la inhumanidad de la guerra y las serenidades de la paz y a aquellas pequeñas luchas diarias libres de las opresiones de los belicistas.

La mente de la poesía es la de un principiante. Como la lógica de un niño, hace y deshace preguntas inapropiadas. Por inapropiadas quiero decir preguntas que alcanzan el corazón de aquella lógica por la cual matar se normaliza. El póstumamente publicado Libro de las preguntas de Neruda, como ejemplo, voltea patas arriba nuestras aparentes verdades o a aquellas de nuestros políticos y líderes, de una manera simple y sabia que jóvenes y viejos tienen en común: “Cuán inmenso era el pulpo negro / que oscureció la paz del día?” exige respuestas a muchas preguntas que no habíamos pensado antes.

El papel de la poesía en la paz, entonces, no siempre es directo; a menudo nos permite ver, nos da tiempo para pensar, para investigar; y con aquella indagación poseemos la mente del principiante, con el cuestionar evitamos el pensamiento racional que nos ofrece  sólo soluciones binarias: la mentira que nos ofrecen: que debemos hacerle la guerra al terror, que tenemos que matar a otros por sus transgresiones percibidas.  No arreglas un problema con la mente que lo produjo.

Aquella poesía que le dice la verdad al poder es casi banal ahora, pero es una necesidad. ¿Quién más lo haría sino los poetas?; aunque no los poetas solos. En su Defensa de la Poesía, Shelley escribió que los “poetas son los legisladores no reconocidos del mundo”. Que poderosos y opresores escuchan las canciones y los versos de los poetas es claro cuando examinamos la cantidad de voces que varios regímenes a través del mundo tratan de silenciar con sentencias a prisión, tortura y muerte. Sus palabras son vistas como lo que son: una amenaza al status quo de militancia y despotismo.

Pienso en el poeta palestino Ashraf Fayadh, sentenciado a 8 años de prisión y a 1000 latigazos, a partir de falsas acusaciones de blasfemia en Arabia Saudita, su hogar, dado que el suyo propio ha sido saqueado en actos de guerra. “La poesía es poderosa contra la locura criminal de un estado desquiciado” escribió Margaret Randall sobre su caso. Pienso en otro poeta palestino, una mujer, Dareen Tatour, sentenciada a tres meses de prisión y ahora bajo arresto domiciliario. Su poema (Resiste, pueblo mío, resísteles) traducido al hebreo, fue leído como evidencia en su contra en una corte de Nazaret, donde fue acusada de “Incitación a la violencia contra el Estado”. 

Reflexionemos sobre otros poetas prisioneros en el mundo árabe: Wael Saad Eldien, Adel Labad, Abdulmajid al Zahrani; de mis propios amigos ahora en exilio en Escocia, desde sus propias tierras prisioneros y torturados por “llevar palabras” Ghazi Hussein, Iyad Alhiatly.

Dediquemos un momento a la verdad hablada por el nigeriano Chris Abani, tres veces encarcelado por sus palabras, y una vez en el corredor de la muerte.

Otro momento para el “poeta del pueblo” sudanés, Mahjoub Sharif, prisionero un total de 17 años.

La lista continúa, en el pasado como en el presente, prisioneros o asesinados: Wole Soyinka, Federico García Lorca, Osip Mandelstam, César Vallejo, Ismael Cerna, Armando Orozco Tovar, quienes abandonaron la lucha armada y decidieron promover el cambio social con su escritura: prisioneros muchas veces. No dudo que tú, querido lector, ya estás enfermo con esta lista, pero también podrías añadirte a ella.

¿Dónde entonces va la poesía después de los horrores? ¿Cómo hacen los poetas para trabajar contra estas fuerzas? Son los poetas quienes dan a la tierra su sal, he escuchado decir. Los poetas nos recuerdan los enigmas y bellezas de la existencia, las cosas que no pueden ser compradas o vendidas. Lo que demuestra una y otra vez, no menos por la ira que despierta, que hay otros caminos, que la vida es diversa, que vale la pena celebrar y que el miedo se expulsa con el amor. La poesía es celebratoria.

Hay un uso social para la poesía; oblicuo o directo, hecho por el buen público con aspiraciones culturales. La poesía tiene la energía para sanar. La poesía tiene paisajes enteros como letras, estrellas y hojas, juntas.

Por supuesto, soy un poeta, no un tonto. No creo que un poema derrote una bala; pero sí puede afectar el pensamiento del hombre cuyo dedo está sobre el gatillo. Más fácilmente no puede hacerse. He leído mi obra a las puertas de Faslane, hogar de la flota británica de armas nucleares submarinas.  Allí, entre multitudes, hay militares y policías que se detienen y escuchan. ¿Dónde podrían terminar mis palabras en sus cabezas? ¿Cuándo sus amadas se acerquen, temerosas de la oscuridad? He recorrido los sitios de prueba de armas atómicas de los desiertos de Estados Unidos, dejando semillas y sílabas-semillas de paz, y de nuevo, donde aquellas armas fueron usadas en Japón.  No es porque yo sea valiente (no lo soy) sino que soy humano y como todo aquel que he conocido, deploro la guerra y haré lo que esté en mi poder, como persona de paz, como poeta, para hablar contra ella y hacer que la gente se reúna, para actuar en reconciliación.

El activismo es también entonces una forma de poesía; es poesía o puede acompañar a la poesía. Pequeños actos de resistencia, como las canciones de Pussy Riot, como sentarse frente a los tanques y frente a las puertas de las fábricas de armas: estos son reflexivos actos poéticos. Desafían, pero no violentamente.

Este entonces es uno de los propósitos de la poesía al servicio de la humanidad pacífica: crear las condiciones del pensamiento por medio del cual no sólo la paz, sino posiblemente lo resultante, sino también pensamiento y compasión, justicia y reconciliación, puedan empezar.

La justicia tiene que suceder, pero la gracia empieza a través de la reflexión y el perdón. Como poetas sabemos entonces que tenemos que subvertir y las herramientas –las palabras son todo- aquello que tenemos para hacerlo. Es claro que nuestro lenguaje, no el lenguaje de la guerra o el despotismo y la opresión, sino nuestro léxico con su oblicua vista de mente de principiante podría funcionar hacia la reconciliación.

No hay nadie sino nosotros; y aquellos que trabajamos y aquellos que trabajan con nosotros son uno y lo mismo. Walt Whitman:

Reconciliación

Palabra que abarca todo, ¡bella como el cielo!
Más bella que la guerra y sus matanzas, que han de desaparecer absolutamente;
Que las manos de las hermanas Muerte y Noche, incesantemente lavando con suavidad una y otra vez, este mundo mancillado,
… pues mi enemigo está muerto —un hombre divino como yo está muerto—;
Miro donde yace, pálido y quieto, me acerco al ataúd;
me agacho y toco delicadamente con mis labios su rostro blanco en el ataúd.

(Hojas de hierba)

¿Cuál compasiva realidad? Una comprensión de que las guerras son entre hermanos y padres, a menudo llamadas guerras civiles, guerras que han devastado países a lo largo del mundo: Guatemala, Irlanda del Norte, Colombia, Nigeria, Ruanda, la antigua Yugoslavia. Sabemos que tenemos un suelo común con nuestros hermanos, nuestros padres. Nuestras madres y hermanas sufren al máximo.

Hay una paradoja aquí. La poesía de la guerra y del conflicto es algo a lo que la gente reacciona; la poesía que expresa el sufrimiento, expresa las emociones de la gente atrapada en la confusión, precisamente porque tal poesía puede traer sanación, puede ayudar a confortar a los oprimidos. Esto se consigue, no por palabras polémicas o marciales, sino por permitir al pensamiento y al tiempo y al sufrimiento de la experiencia entrar a sanar las heridas: Yo no estoy solo.  Con la fuerza de las palabras y mis camaradas y mis primos y hermanas, hay esperanza. Puede haber perdón y puede empezar el trabajo hacia la reconciliación. Conocemos el poder de los impotentes, el poder de la palabra sola.

Doy testimonio; la poesía puede permanecer a un lado del conflicto y hablar de amor: porque es aquel la sustancia de la poesía, lo que realmente da a la tierra su sal. Mi amiga Maud Sulter, poeta de Ghana y de herencia escocesa, cuando le pregunté qué tipo de poesía escribía, respondió: “Al final, sólo está la poesía de amor. Esa es la que yo escribo”.

Hablé de poesía sosteniendo un espejo ante el opresor. Interesante entonces, que en otras culturas, la poesía es parte de la sanación y de rituales de auto reconocimiento, hechos para vernos a nosotros mismos claramente y que otros puedan verse a sí mismos.  La palabra puede ser parte de elaborados o simples rituales concernientes a música y teatralidad, como en el caso de Pussy Galore, o el de las canciones sanadoras del pueblo Dine en Norteamérica. Cannupa Hanska Luger, un nativo americano nacido en Standing Rock, y un artista del corazón de la protesta contra los oleoductos de Dakota del Norte, ha concebido un espejo real, barato y fácil de ubicar en las manos de quienes protestan para mostrar a la policía militarizada en sus uniformes blindados con sus cañones de agua y balas plásticas y gas lacrimógeno, precisamente como se ven. Esto es lo que yo llamo la acción de la poesía: no violenta, imaginativa y creadora.

Pero encima de todo está la palabra que usamos. Las palabras de la poesía al final cargan más peso, más significado que las palabras de la diplomacia, que son las palabras comunes de resolución de conflictos y reconciliación. Las palabras de la poesía son las palabras que empleamos en nuestra jornada para describir la ternura, para definir la alegría y la placidez. Palabras para construir y complacer, no para desafiar y someter.

Diplomacia es conflicto sin armas. Nuestro vocabulario poético debería cargar lluvia en la tarde, limones en las bocas de las iguanas, paja en el viento del oeste, una bola rodando por la calle, un salmón nadando a contracorriente, un arrullo maternal. Nuestras canciones deben deleitar e iluminar, echar luz y luminiscencia, resplandeciendo con amor por el planeta y nuestras criaturas compañeras. Fue siempre aquel camino. En el principio era la palabra. Nuestros poemas deben encontrar su camino hacia el principio, la mente del principiante, y demostrar que existen caminos hacia adelante y hacia la reconciliación.

Cómo la poesía puede lograr aquello es múltiple y diverso, como las voces enraizadas de la canción, como las llamadas voces del movimiento global del poeta Sam Hamill, Poetas Contra la Guerra. Celebraciones como el espléndido Festival Internacional de Poesía de Medellín, a cargo del poeta Fernando Rendón. Hay muchas formas, como hay muchos poetas.

El poeta escocés Alan Jackson escribió una vez: “Glasgow está llena de poetas/tienen un metro de altura/y todos comen helado” (Parafraseo). Pero son los poetas quienes pueden, como los niños, mirar claramente, hacer simples, reflexivas preguntas más que aquellos que recorriendo las diplomáticas, normales y punitivas rutas hacia la justicia y la reconciliación nunca pensarán en preguntar: están cerrados en la binaria retórica de la oposición. Ondean banderas.

Es la poesía la que puede construir puentes, no muros. Es lo impensable que necesitamos pensar. Si la guerra no puede derrotar a la guerra, y si las acciones judiciales no pueden traer reconciliación, entonces puede ser, sólo puede ser, que el vigor y la íntegra honestidad de la poesía puedan ayudar.

Nosotros, los hacedores de poesía, estamos obligados por moralidad y por tradición a brindar ayuda. Ofrecer palabras que reemplazarán las palabras cansadas que ha habido, para rehacer el mundo en modos nuevamente nombrados; para crear los nuevos mitos de la equidad y la reconciliación. ¿Quién sabe quién puede oír? ¿Quién sabe qué pueden ser los frutos de nuestras canciones?


Gerry Loose es un poeta y activista cuya obra a menudo se encuentra inscrita en parques, jardines, hospitales y otros espacios al aire libre, así como también en galerías y en muchas publicaciones impresas, catálogos y libros.  Sus más recientes libros son: Falla geológica, y Un almanaque de robledos. Otros títulos incluyen: Aquella persona misma –registro poético de un tour a pie por sitios de pruebas nucleares en Estados Unidos, así como en Hiroshima y Nagasaki e Impreso sobre agua, nuevos y selectos poemas. Sus premios incluyen: Hermann Kesten Stipendium, Kone Foundation, Creative Sclotand y la Beca de investigación Robert Louis Stevenson. Es miembro del Pen escocés y fundador y primer director del Centro de Escritores de Escocia.

Ha tenido residencias en varios Jardines Botánicos, incluyendo los Jardines Botánicos de Glasgow y El jardín de las plantas, en Montpellier. Un ejemplo creciente de su escritura-terrestre puede encontrarse en Mynamaki, Finlandia.

Él no hace distinción alguna entre su producción poética y su arma política anti-nuclear, activismo contra la guerra.  Vive en una pequeña isla retirada de la costa oeste de Escocia, cerca de Faslane, sede base de armas nucleares submarinas británicas.


Por Gerry Loose
Con información de Prometeo

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