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Inicios del nacionalismo árabe

Muhammad Rashid Rida

En su inicio, el nacionalismo árabe se difundió como algo compatible con la pertenencia al Imperio Otomano. El periodista de Alepo al-Kawakibi se contó entre los primeros arabistas que aspiraron a modernizar el Imperio Otomano, pidiendo su descentralización y el establecimiento de un califato árabe en La Meca. Ante el fracaso, sirios como Rashid Rida, al-Zahrawi, al-‘Azm o al-Kawakibi se establecieron en El Cairo, huyendo de la opresión otomana.

A fines del XIX, Taihir al-Jaza’iri sería el más activo defensor de un reformismo arabo-islámico, creando en torno a él un club en Damasco que debatía sobre política, religión y cultura, aunque aún no era claramente nacionalista. Estuvo en contacto con oficiales de los Jóvenes Turcos destinados en Damasco. Al-Jaza’iri promovió un segundo club, integrado por jóvenes que habían cursado una enseñanza moderna. Se crearon varias sociedades secretas árabes, como al ‘Ahd y al-‘Arabiyya al-Fatat (Jóvenes Árabes), fundada por dos estudiantes de Estambul, uno de ellos el palestino al-Hadi.

Posteriormente se implantó en círculos estudiantiles de Beirut, Damasco y París. Al-Fatat mantuvo –incluso durante la guerra– la lealtad al Imperio Otomano, al igual que el Partido de la Descentralización, fundado en 1912 por los exiliados de El Cairo 1.

Tras la llegada al poder de los reformistas Jóvenes Turcos en 1908, Ruhi al-Khalidi y su tío Sa’id al-Husseini se mostraron durante un debate parlamentario críticos con el sionismo, denunciando que su objetivo era crear un Estado judío en Siria. Nisim Mazliah, diputado judío de Izmir del partido gubernamental Comité de Unión y Progreso (CUP), defendió el sionismo, acusando a Ruhi al-Khalidi de falsear la realidad para atacar al gobierno. Cuando murió estaba preparando un estudio sobre el sionismo que –como su tío– conocía muy bien 2.

La existencia de otras identidades no excluía la presencia de cierta idea de palestinidad que se manifestó puntualmente. Por ejemplo, en 1908 se pidió que el Norte de Palestina, que pertenecía al vilayato de Beirut, se integrase en el sanjacado de Jerusalén. Poco antes, en el libro Le Réveil de la nation árabe, que circuló clandestinamente en Palestina, Najib Azuri mostró tener un claro concepto de la unidad palestina y del potencial impacto del sionismo. Aunque libanés, Azuri había trabajado como funcionario en el sanjacado de Jerusalén.

Entre 1910 y 1911 varios artículos periodísticos criticaron la compra de tierras por el Fondo Nacional Judío en al-Fula, donde hubo una fortaleza supuestamente construida por Saladino, produciéndose una importante movilización social 3.

En 1908 se fundó en Estambul la Sociedad de Hermandad Árabe-Otomana, en la que predominaron sirios. La sociedad se enfrentó a reformistas como al-‘Azm y Rida –dispuestos a compatibilizar su nacionalismo árabe con el apoyo al gobierno del CUP– que aprobarían la disolución de la sociedad, acusada de connivencia en el intento golpista de 1909. A fines de ese año, tras desechar la creación de un partido, la oposición árabe al CUP se integró con la no árabe en el Partido Liberal Moderado. En Jerusalén tuvo el respaldo de los Husseini.

En 1911 al-‘Asabi, que había sido subgobernador de Nazaret, se quejó en el parlamento de la infrarrepresentación de los árabes y pidió una política antisionista.

Activistas de al-Fatat de París decidieron celebrar un Congreso Árabe, contactando para ello con el Partido de la Descentralización. El congreso se celebró en París del 17 al 23 de junio de 1913, asistiendo 25 personas que representaban tres líneas: arabistas de al-Fatat, cristianos pro franceses de Líbano y descentralizadores moderados, leales aún al Imperio Otomano, al que el Congreso pediría una mayor descentralización.

El Congreso Árabe recibió numerosos telegramas de la Gran Siria, pero también la condena de notables árabes o sectores islamistas o proturcos. Incluso Filastin o el más arabista al-Karmil temieron que la separación del Imperio hiciera de Palestina una presa fácil para el sionismo 4.

En los meses anteriores al estallido de la guerra, el antisionismo se intensificó y organizó. En enero de 1914 Ibry escribía a Rupin comentándole la existencia de organizaciones de jóvenes cristianos y musulmanes en Jaffa y Jerusalén creadas para oponerse al sionismo.

Efectivamente, se crearon sociedades muy variadas, que a veces combinaban la oposición al sionismo con la aspiración al desarrollo económico y cultural. Najib Nassar influyó en la creación de dos sociedades arabistas y antisionistas. Se constituyeron incluso sociedades femeninas nacionalistas. Estudiantes palestinos de Al-Azhar, en El Cairo, fundaron la Sociedad de Resistencia a los Sionistas y la campaña antisionista de Filastin fue tan intensa que las autoridades otomanas suspendieron el periódico alegando que fomentaba tensiones interraciales. Filastin replicó que los sionistas no eran una raza, sino un grupo político, diferenciando entre sionistas y judíos, acusando a los primeros de romper la tradicional convivencia armónica con estos y de aspirar a controlar el país 5.

En Palestina –aunque no sólo en Palestina– la existencia de lealtades políticas múltiples en los últimos años de dominio otomano era común. Para intelectuales palestinos como Diya’ o Ruhi al-Khalidi, existía una compleja red de lealtades que incluían el ámbito local, pero también otros más amplios. Podían sentirse palestinos, sirios y árabes y al tiempo ser fieles al Imperio. Si bien lo último retrocedió durante la guerra 6, el cónsul español en JerusalénAntonio de la Cierva, pudo testimoniar al inicio de la misma la fidelidad de los habitantes de Jerusalén al sultán 7.

Nafi también sostiene la existencia de lealtades múltiples y piensa que la fuerza de la idea árabe no podría medirse por el número de miembros de sus organizaciones, ya que los partidos, como otros elementos de la modernidad, eran novedosos, practicándose una política tradicional. No obstante, hubo esfuerzos por ampliar las bases sociales. Al-Fatat, por ejemplo, intentó en vísperas de la guerra integrar a jóvenes notables urbanos, jefes tribales, funcionarios y oficiales del ejército. Pero incluso entonces existía un consenso que daba prioridad a la defensa del Imperio sobre los derechos nacionales 8.

La actitud dominante de los nacionalistas árabes hacia el sionismo fue la oposición, aunque hubo excepciones. Sectores del Partido de la Descentralización admiraban los conocimientos, recursos y capacidad para promover el progreso de los sionistas, llegando algunos exiliados en Egipto a ver en ellos posibles aliados en la lucha contra Estambul. Se abría la posibilidad de una comunidad que incluyera a todos los habitantes de tierras árabes.

El judío palestino sionista Nassim Mullul, corresponsal del periódico al-Mukattam contactó con líderes del Partido de la Descentralización. En 1913 y 1914 hubo intentos de negociación por ambas partes. Los del judío Hochberg o del palestino al-Khalidi no progresaron. Los de Weizzman en El Cairo parecieron más esperanzadores. En 1913 el diario beirutí al-Ittihad al-‘Uthmani defendió esta aproximación, coincidiendo con el Primer Congreso Árabe. Hochberg siguió los trabajos de este congreso, entrevistándose con sus principales dirigentes.

Por cierto, aunque el congreso no se pronunció sobre la inmigración sionista, se opuso a la turca. Estos contactos fueron efímeros y no condujeron a ningún acuerdo. En 1913 Albert Antebi constataba que ningún notable palestino quería comprometer su posición favoreciendo abiertamente a los sionistas. Sin embargo, el II Congreso Sionista, celebrado ese año, apostó por un entendimiento con los árabes 9.

Por J.A.R.Rocamora (Depto. de Humanidades Contemporáneas
Universidad de Alicante). Investigaciones geográficas, nº 54.


Notas:
  1. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 19-22, 25-28 y 35-38, 41-42.
  2. Sa’id al-Husseini escribió en 1899 una carta a Herzl exponiendo que Palestina era una tierra densamente poblada y venerada por cristianos y musulmanes, concluyendo su mensaje con un «deje a Palestina en paz». Rashid Khalidi, o. c., pp. 69-70 y 75-78. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 65-66.
  3. Rashid Khalidi, o. c., 1997, pp. 27-31, 105-109.
  4. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 43-44.
  5. A. W. Kayyali, o. c., pp. 33-35, 40.
  6. Rashid Khalidi, o. c., pp. 85, 157-158.
  7. Tom Segev, o. c., p. 15.
  8. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 47-51, 54-55.
  9. Rashid Khalidi, o. c., p. 140. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 59-62. Bichara Khader, o. c., vol. II, pp. 53-55.

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La Primavera Árabe no fue un fracaso sino una lección

Samir Saul es historiador y especialista en relaciones internacionales en los países árabes, en la Universidad de Montreal.

Después de la “revolución del jazmín” en Túnez, le siguieron los egipcios en sus demandas de democracia y justicia.  Fue el inicio de la primavera árabe .

¿Se puede hablar hoy de fracaso de la primavera árabe y del proceso democrático en la región?

La primavera árabe fue una gran experiencia por el mundo árabe. ¿Fracaso…? Es un poco demasiado brutal como evaluación.  Digamos que no llevó a cabo las promesas. Y para eso hay que realizar algunos análisis profundos para comprender el porqué. Se habla de revolución, pero yo creo que no hubo una revolución sino una gran revuelta espontánea del pueblo contra regímenes dictatoriales. Pero esa revuelta no estaba organizada, planificada, no había un programa ni reflexión sobre lo que seguiría. De manera que cuando esa revuelta se quedó sin dirigentes se produjo un vacío que fue llenado por fuerzas organizadas que no eran responsables de la sublevación. Pienso en los yihadistas o en el ejército en el contexto egipcio.

Es decir, para que haya una revolución, tiene que haber una rebelión y también un programa y dirigentes capaces de tomar el relevo. De llenar el vacío. Y la primavera árabe no dio ese resultado. Al inicio había esperanza de que la rebelión espontánea pudiera producir ese tipo de organización y de dirigentes. Me acuerdo muy bien en febrero, antes de la caída de Moubarak yo decía en los medios que los que manifestaban, los que se rebelaban debían organizarse y elaborar un programa. Pero no lo hicieron. Ni en Egipto, ni en Túnez ni en otros lugares, de modo que los poderes organizados  llenaron el vacío. Ocuparon el lugar.

A eso agreguemos las intervenciones extranjeras, que son un problema mayor en el mundo árabe. Se produjo una desviación de la sublevación con programas y estrategias extranjeras dirigidas a los que llevaron a cabo la rebelión,  las poblaciones que se sublevaron.  Eso resultó entonces en el regreso del poder militar en Egipto, tomó la forma de intervención extranjera muy evidente en Libia y Siria, de modo que hubo un despojo de la rebelión en provecho de programas de estrategia de agendas extranjeras. El resultado no fue el esperado pero fue una experiencia histórica. Ese es el lado positivo que muestra que una población no aceptará eternamente la opresión y es también una lección para el futuro.

En el futuro hay que pensar políticamente y no solo en términos idealistas. Tiene que haber un programa, una organización que conduzca el descontento popular.

Lo que es difícil de comprender es por qué no había tal programa. Las sociedades ¿no estaban maduras para esos eventos? ¿Qué sucedió?

Justamente no. El problema en el mundo árabe después de la descolonización es que hubo una despolitización de la sociedad. Hubo poderes que se establecieron por la fuerza, por la demagogia, que son los poderes dictatoriales. Y frente a ellos estaban solo los islamistas. Porque los poderes lograron crear un vacío,  evacuar el debate político, la vida política, dejando en el lugar solo a organizaciones de tipo islamistas. Es decir organizaciones que mezclan la religión con la política y que no saben realmente actuar políticamente. Hay que ser claros, los Hermanos Musulmanes resultaron un fracaso total. Tanto en Egipto como en Siria porque fueron incapaces de hacer política en el sentido propio de la política. Mezclan todo con la religión lo que los llevó al fracaso.

El problema entonces es el vacío político.  Durante 30 a 40 años antes de la primavera árabe había solo dos fuerzas que se enfrentaban, los poderes dictatoriales y los islamistas. Y ninguno de los dos practicaba la política. Unos eran la fuerza, los otros la religión. Es por eso ese vacío político que les resultó muy costoso a las poblaciones que se sublevaron.

¿Qué papel jugó la religión en la primavera árabe?

Jugó muy poco. Justamente lo que prometía la primavera árabe era el inicio del retorno a los temas políticos, sociales, económicos, que habían sido relegados desde hace unos 40 años. Era el resurgimiento de preocupaciones terrenas, laicas, materiales y políticas que iban contra dos poderes binares que se encontraban delante de ellos, es decir, las dictaduras  y los islamistas. La sublevación no fue islamista. Los islamistas no hicieron nada para activar ese levantamiento, al contrario, fueron espectadores. Pero se aprovecharon, porque aquellos que abrieron el tema político no lograron concretizarlo. No lograron un cambio de poder, ni proponer nuevas fuerzas políticas al presentar sus aspiraciones. Había una falta de política y esa carencia llevó al fracaso.

Los países occidentales, incluyendo Canadá ¿jugaron algún papel en el fracaso de la primavera árabe?

Sí, porque la primavera árabe atentaba contra los intereses de los países occidentales. Porque esas potencias occidentales no podían admitir que había una revolución en los países árabes. Eran favorables a las dictaduras, de manera que las potencias occidentales  participaron también al despojo de los pueblos árabes, de su revuelta. Esas potencias contribuyeron a llenar el vacío creado por las revueltas árabes llevando al poder a los islamistas. En Siria, el occidente ayuda a los yihadistas, apoya a las milicias organizadas para derrocar al gobierno de Siria. Entonces, el occidente es uno de los problemas, así como las dictaduras y los islamistas.

Con información de  Radio Canadá International

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Reino de Bahréin, aliado geopolítico clave para Occidente

Otrora uno de los socios más importantes del Imperio británico en el Golfo Pérsico, ahora alberga la quinta flota de los Estados Unidos.

Bahréin, según la nomenclatura de la ONU—, oficialmente el Reino de Baréin (en árabe, مملكة البحرين Mamlakat al-Baḥrayn), es un Estado soberano insular asiático situado en la costa este del golfo Pérsico, cuya forma de gobierno es la monarquía constitucional. Su territorio está organizado en cinco gobernaciones y su capital es la ciudad de Manama.

Se cree que Bahréin fue el hogar de la civilización Dilmún en la antigüedad.​ En tiempos posteriores las islas pasaron a ser gobernadas por los imperios persas de los Partos y los Sasánidas. Sus habitantes fueron de los primeros en convertirse al islam, en el 628 d. C. Tras toda la Edad Media bajo dominio árabe, en 1521 los portugueses ocuparon las islas, aunque éstos fueron expulsados en 1602 por el Sah Abás el Grande, del Imperio safávida. En 1783 la tribu Bani Utbah arrebató el control de las islas a la dinastía Kayar  y desde entonces han estado gobernadas por la dinastía Al Jalifa. A finales del siglo XIX, después de la firma de varios tratados con los británicos, Bahréin pasó a ser un protectorado del Reino Unido, situación que se prolongó hasta que el país europeo se retiró de la región en los años 1960 y el país proclamó su independencia en 1971. Formado inicialmente como Estado,  se declaró reino en 2002. En 2011 comenzó en el país una rebelión inspirada por la Primavera Árabe.

El Reino de Bahréin es a menudo retratado como una de las economías más desarrolladas en el Golfo Arábigo. Sin embargo, hay una narrativa alternativa incómoda de este pequeño grupo de islas. Una narrativa centrada en la represión estatal, la censura y las restricciones políticas. Cerrando un ojo en la creciente represión, es una buena estrategia a corto plazo para los países europeos, pero podría dañar gravemente sus relaciones.

El Reino de Bahréin es a menudo retratado como una de las economías más desarrolladas en el Golfo Arábigo. Fue uno de los primeros países en los que se descubrió el petróleo y fue uno de los primeros países en intentar construir una economía diversificada post-petróleo basada en la industria bancaria y con una mano de obra altamente calificada. Bahréin logra buenos resultados en indicadores económicos, como el índice de desarrollo humano o el PIB per cápita. Sin embargo,  está fuertemente basado en Arabia Saudita, su principal socio comercial, y necesita que la inversión extranjera siga siendo competitiva.

Por esta razón,  al igual que la mayoría de los países del CCG, gasta enormes cantidades de dinero en campañas de relaciones públicas que organizan conferencias internacionales y eventos deportivos como el Gran Premio de Bahréin o la construcción de un equipo fuerte olímpica a través de la naturalización. Al mismo tiempo, la familia real tiene relaciones amistosas con sus homólogos europeos, una preciosa imagen de señuelo. Aunque la monarquía controla el gobierno y la mitad del parlamento fuertemente, Bahréin se describe comúnmente como monarquía constitucional, que la hace parecer más tolerante y progresista que su gran vecino, Arabia Saudita.

Sin embargo, hay una narrativa alternativa incómoda de este pequeño grupo de islas. Una narrativa centrada en la represión estatal, la censura y las restricciones políticas. En 2011, año de la Primavera Árabe, las calles de Manama se llenaron de manifestantes que exigían mejores condiciones económicas y libertad política, aunque las reivindicaciones se intensificaron y se requirió el retiro de la familia real. La revolución del gobierno fue brutal y por primera vez la Fuerza de Escudo de la Península (un proyecto de defensa conjunto de los países del CCG) fue desplegado como una fuerza anti-disturbios con tropas de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

A partir de ese momento, el gobierno aumentó la represión y cientos de activistas, disidentes y figuras de la sociedad civil fueron encarcelados. Ha habido llamadas periódicas a la acción y la ola de protestas, que han llevado a una escalada de la represión. Los últimos acontecimientos fueron la disolución de al-Wefaq , el principal grupo de oposición, y la detención de su líder, religioso chiíta Ali Salman, que también ha sido privado de su nacionalidad ; así como la detención de dos activistas que criticaron el apoyo de Bahréin a las acciones sauditas en Yemen.

La situación, sin embargo, en última instancia, no es nueva. Un informe de 1985 señala que desde 1975, los habitantes de Bahrein han vivido en un estado de emergencia virtual que ha empujado todas las formas de oposición política subterránea a la clandestinidad. En 1980, como hoy, el grupo de oposición más importante era predominantemente chiíta. Sus preocupaciones no eran religiosas, sino económicas y políticas. En 1990 hubo también oleadas de protestas que fueron suprimidas por el gobierno.

La mayoría de los medios occidentales describen los conflictos internos de Bahrein como un reflejo de la división entre chiíes y sunitas, que presuntamente afecta a todo el mundo árabe. De acuerdo con este punto de vista, la ola de protestas en 2011 se originó por la alienación de los chiítas, que son la mayoría de la población, pero son excluidos por el gobierno controlado por sunitas y las fuerzas de seguridad. Según algunos comentaristas, este retrato de una escisión entre sunitas y chiítas sólo beneficia a la familia real. Además, no es muy preciso.

Es cierto que el gobierno está dirigido por sunitas y en cierta medida han podido retratar a la oposición como conspiradores chiíes, amenazando la estabilidad y la prosperidad del reino. De hecho, la mayoría de los chiíes son engañados por el gobierno, independientemente de su nivel socioeconómico. Sin embargo, no todos los suníes son extenuantes defensores de la familia real. Muchos de ellos participaron en las protestas, especialmente las pertenecientes a los sectores más pobres de la población. La estabilidad del régimen, por lo tanto, depende de su éxito en mantener a los fieles sunníes alimentando la recíproca sospecha y el odio sectario: dividir y conquistar.

Bahréin es un aliado geopolítico clave para Occidente, ya que alberga a la Quinta Flota de Estados Unidos. Antes de éso, fue uno de los socios más importantes del Imperio británico en el Golfo Pérsico, una relación que se conmemora este año. Desde su independencia formal en 1971, Bahrein fue gobernado por la familia Al Khalifa, que controlaba el país a finales del siglo XVIII. El país mantiene fuertes relaciones con otras monarquías de la península arábiga, que han colaborado en la prestación de ayuda financiera y militar durante los últimos años. Cerrar la ola de la creciente represión de Bahréin es una buena estrategia a corto plazo para los países europeos, pero podría dañar gravemente su relación con el archipiélago árabe si cae el régimen.

Por Alejandro Salamanca Rodríguez
Con información de  Islam Contemporáneo

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