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Discurso de Netanyahu desata la ira de palestinos

Sieg Heil !!! ... retrotrae a otro personaje de la historia ... verdad?

Washington. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, reiteró ayer que su país “no regresará a las fronteras de 1967”, en un discurso ante el Congreso estadounidense en el que rechazó lo solicitado la semana pasada por el presidente Barack Obama en su mensaje sobre Medio Oriente.

“Jerusalén no debe ser dividida y debe seguir siendo la capital de Israel” agregó Netanyahu en medio de constantes ovaciones de los legisladores que colmaron el recinto, tras subrayar que es “absolutamente vital” que el nuevo Estado palestino sea “desmilitarizado”.

Para el premier israelí, el Movimiento de Resistencia Islámica, Hamas, es la versión palestina de la red Al Qaeda y, en consecuencia, su país no podrá negociar un acuerdo de paz con una Autoridad Nacional Palestina (ANP) que incluya al movimiento islámico que controla la Franja de Gaza.

Durante su discurso, que fue transmitido por la cadena de noticias CNN, Netanyahu dijo que Israel está dispuesta a “hacer dolorosas concesiones” y agregó que su país “será generoso con el tamaño del Estado Palestino, pero será firme en la negociación de sus fronteras”, tras lo cual enfatizó: “Jerusalén jamás será dividida”.

Las palabras del primer ministro constituyeron un rechazo enfático al discurso pronunciado el jueves pasado por Obama, quien propuso a palestinos e israelíes retomar las negociaciones de paz sobre la base de las fronteras de 1967, anteriores a la Guerra de los Seis Días.

Netanyahu también cargó contra Irán y aseguró que su país “no permitirá jamás que Teherán desarrolle armas nucleares”, pues Israel “siempre se reservará el derecho a defenderse a sí mismo”. “Israel jamás dejará de buscar la paz”, concluyó el gobernante derechista.

La Autoridad Nacional Palestina recibió con incredulidad, desconfianza y no poca desesperación, el mensaje del primer ministro, calificándolo de su “peor discurso hasta ahora”.

“Fue el peor de Netanyahu, pero no es él a quien hay que culpar por sus palabras vacías, sino al Congreso de Estados Unidos que lo recibió con semejante calidez”, dijo el portavoz de la ANP, Ghasan Khatib.

En casi un monólogo que denotaba su indignación, Khatib agregó: “Éste ha sido el discurso del No, porque Netanyahu ha dicho No a todo: a los refugiados, a las fronteras, a la partición de Jerusalén…”.

“¿Esa es realmente la paz que tanto desea?”, se preguntó el portavoz al comentar las palabras del premier .

“Es una declaración de guerra, no de paz. No ha ofrecido nada”, se quejó el veterano negociador Nabil Shaat, para quien Netanyahu lo que quiere es “imponer la rendición” y “borrar Jerusalén del sueño palestino”.


Asociación entre Washington y los Hermanos Musulmanes

Dentro de la nebulosa de los Hermanos Musulmanes ¿cuáles son las corrientes vinculadas con los Estados Unidos?
Dentro de la nebulosa de los Hermanos Musulmanes ¿cuáles son las corrientes vinculadas con los Estados Unidos?

 

Asociación entre Washington y los Hermanos Musulmanes

 

Los disturbios que sacuden la región árabe vehiculan elementos del plan de los Estados Unidos para paliar el fracaso estratégico de Washington producido estos diez años pasados y para proteger a Israel antes de la retirada de las GI de Irak en diciembre. Está claro que una parte de los hilos deshilvanados actualmente lo han sido estos dos años pasados en coordinación entre la administración Obama y sus principales asociados internacionales y regionales.

Una de las ideas principales estudiadas los dos últimos años se inserta en el principio de la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y los Hermanos Musulmanes. La experiencia turca ha sugerido un modelo de coexistencia entre la adhesión a la OTAN y las relaciones con Israel y los Estados Unidos, al tiempo que tiene en consideración los sentimientos pro-palestinos de la calle turca, Ankara ha sabido encontrar el justo medio entre el recelo de su base popular respecto del Estado hebreo y las consideraciones estratégicas vinculadas con sus relaciones con la OTAN y los Estados Unidos. Pero sin llegar a tomar iniciativas que modificarían radicalmente las relaciones de fuerzas en beneficio del eje de la Resistencia y el Hezbollah y Hammas.

Al parecer la dirección internacional suprema de la Cofradía de los Hermanos musulmanes ha establecido una asociación con los Estados Unidos para replantear su influencia política y económica en la región árabe. El Egipto post-revolucionario será el terreno que servirá de Test a dicha asociación e intentar perpetuar el modelo turco basado en la coexistencia entre la institución militar y un movimiento islamista así como en el compromiso de la cofradía en el respeto de las constantes vinculadas con la seguridad del Estado hebreo y el acuerdo de Camp David luego de las elecciones presidenciales y legislativas. La alianza entre los Hermanos y los restos del antiguo partido en el poder en el referéndum sobre las enmiendas constitucionales corroboran este nuevo esquema. En lo que se refiere al conflicto israelí-árabe, parece que el plan de paz que los Estados Unidos van a imponer reposa en la iniciativa de Brezinski basada en la abolición del derecho al retorno de los refugiados, el intercambio de territorios entre los Palestinos y el Estado hebreo y en un Estado palestino desmilitarizado. Todo depende de la reelección de Obama por un segundo mandato.

El triunfo de este plan depende de varios factores. Su aceptación por parte de Hammas es esencial. Turquía y los europeos se encargarán de convencer al movimiento palestino con la zanahoria y el bastón.

Pero Siria sigue siendo el principal obstáculo al plan de los Estados Unidos consistente en liquidar la causa Palestina. Debilitar a Damasco y anegar a Siria es una condición necesaria. Tanto más se comprende por consiguiente la convergencia de los papeles entre Arabia Saudita, Qatar y Turquía en la crisis siria. Que los dirigentes de los Hermanos Musulmanes sirios vayan y vengan entre estos tres países llamando a la revuelta contra el régimen de Bachar Al Assad desde Estambul, de Riad o de Doha resulta entonces perfectamente comprensible.

Incluso el Primer ministro saliente de Líbano juega un papel en dicho plan. Un documento revelado por Wikileaks demuestra la posición de Saad Hariri respecto del régimen sirio y de los Hermanos musulmanes. En un cable publicado por el diario libanés Al Intiqad,  Saad Hariri refiere a sus interlocutores: “hay que acabar definitivamente con el régimen sirio”, proponiendo una asociación entre los Hermanos Musulmanes y antiguos responsables del régimen, y agrega que la rama siria de la cofradía “ se asemeja en sus características a los musulmanes moderados de Turquía. Aceptan un gobierno civil e incluso sostienen la paz con Israel «… Saad Hariri refiere a sus interlocutores estadounidenses que él mantiene una sólida relación con el guía espiritual de los hermanos musulmanes en Siria (hoy sustituido) Ali Al Bayanouni e insiste ante los Estados Unidos para que “discutan con Bayanouni. Observen su actitud y verán milagros ».

Todos los medios sirven para hacer pasar este plan incluso si es preciso para ello amenazar la unidad interna de Siria con el riesgo de sumergir al país en una guerra civil. Manteniendo a raya al complot que apunta a desestabilizarla, bajo el pretexto de los derechos humanos y de la libertad, Siria habrá minado una vez más un plan destinado a liquidar la causa Palestina y a perpetuar la hegemonía. Para ganar su apuesta, Bachar Al Assad debe superar el desafío de seguridad y estabilidad que representan los grupos extremistas que hacen estragos en su país. Pero también debe promover imperativamente la planificación de verdaderas reformas políticas, económicas, jurídicas y administrativas modernizando su país.

Siria: de la revuelta a la insurreción armada

Desde el comienzo de la contestación en Siria han sido patentes las primicias de una insurrección armada. Los insurrectos se han infiltrado entre los manifestantes que reclaman reformas con el evidente propósito de provocar a las fuerzas del orden que habían recibido instrucciones estrictas de la Presidencia de no disparar contra los manifestantes pacíficos. Con frecuencia los policías eran enviados sobre el terreno sin municiones a fin de evitar fricciones con los manifestantes que podrían llevar a un baño de sangre.

Que un movimiento de contestación pacífico se haya convertido en insurrección armada ilustra el callejón sin salida en el que se encuentran las fuerzas políticas que organizan las manifestaciones en Siria y que en su mayoría son controladas , financiadas o alimentadas por los Estados Unidos, determinados países europeos, el príncipe saudita Bandar Ben Sultan , Qatar, la coalición libanesa del 14 de Marzo así como por Turquía cuya posición oscila entre la confusión y la ambigüedad.

Este callejón sin salida se explica por la incapacidad de los organizadores de de transformar la contestación en movimiento realmente popular a pesar de los medios financieros y mediáticos gigantescos puestos a su servicio. Las ciudades de Alepo, Raqua, Idlib y sus regiones así como la capital Damasco y, en menor medida, Hassaka y Hama, quedan apartadas del movimiento y, a despecho de todas las proclamas, los habitantes de estas regiones rehúsan organizar manifestaciones hostiles al presidente Bachar Al Assad. En otros lugares la movilización es débil y no congrega más que a unos centenares o todo lo más a miles de personas. Por otra parte, es patente el papel central de los Hermanos musulmanes y de los grupos islamistas extremistas toda vez que las mezquitas se utilizan como punto de reunión y de movilización. Ello ha llevado a decir al célebre poeta Adonis, conocido por su escasa simpatía hacia el régimen sirio, que lo que ocurre hoy en Siria no es una revolución.

La alianza arábigo-occidental es incapaz de propiciar un vasto movimiento de contestación, que queda circunscrito a las regiones rurales y agrícolas sirias. Sin embargo, la enorme máquina mediática funciona al máximo todos los días de la semana para movilizar a la población y los Hermanos musulmanes han debido convocar directamente manifestaciones el viernes 29 de abril sin olvidarse de los sermones semanales con connotación confesional del predicador egipcio qatarí Youssef al Qardaoui.

Las fuerzas que fomentan los disturbios se han inclinado de inmediato por la insurrección militar. Armas y dinero han comenzado a afluir a través de las fronteras de Jordania, de Irak y de Líbano y los servicios de seguridad sirios han incautado importantes cantidades de ellas. A continuación han entrado en liza directamente los grupos extremistas takfiristas [1]. en las mezquitas de Deraa, Homs, y Banias y Lattaquié, llamando al Jihad y enarbolando slogans sectarios con el fin manifiesto de exacerbar las disensiones comunitarias para provocar una guerra civil. Unos 80 oficiales resultaron muertos y cientos de ellos heridos desde el comienzo de los disturbios e igualmente se ha producido un gran número de muertes entre los manifestantes abatidos por desconocidos armados con el objetivo de provocar choques con las fuerzas del orden. De este modo, se instaura un círculo vicioso de muertos- funerales—violencias-muertos, imposible de romper.

Las potencias occidentales, en la cabeza Estados Unidos , desconocen totalmente esta dimensión esencial de la crisis que sacude a Siria. Las mismas concentran su intervención en la necesidad de reformas mediante las cuales esperan obligar al régimen sirio a compartir el poder con las fuerzas sirias que ellas financian y controlan, como los Hermanos musulmanes , Andel Halim Khaddam y con algunas fuerzas liberales marginales y cuyo último objetivo es influir en las opciones estratégicas de Siria basadas desde hace decenios en el apoyo a los movimientos de Resistencia anti-americanos y anti-israelíes. La realidad de lo que ocurre es que los extremistas musulmanes takfiristas combatidos también por Occidente con encarnizamiento desde hace diez años disponen de cédulas activas y bien organizadas en el país . Pero en la política de dos pesos, dos medidas, el terrorismo se considera a veces como un azote por desmoronar y otras veces como una fuerza de cambio.

Nadie en su sano juicio puede dar crédito a las declaraciones occidentales respecto de los derechos humanos y la necesidad de reformas, mientras que el ejemplo de lo que ocurre en Bahrein es palpable. En este pequeño reino Occidente ha embozado políticamente y diplomáticamente el aplastamiento de una revolución pacífica y la ocupación militar de la isla por los países del Golfo. Los Estados Unidos y sus aliados árabes y europeos utilizan a los Hermanos musulmanes y a los grupos takfiristas para someter a Siria y cuando hablan de reformas públicamente ponen bajo el tapete una lista de exigencias semejantes a las que había propuesto en 2003 el secretario de Estado Collin Powell las cuales se articulan en torno a los siguientes puntos: romper la alianza con Irán , terminar con cualquier apoyo a los movimientos de resistencia y aceptar una paz carente de equilibrio con Israel.

Lo que Bachar Al-Assad ha rechazado hace ocho años, mientras que 250000 GI’s estaban concentrados en la frontera, no lo aceptará hoy por motivos de agitación interna, lo que no impedirá la prosecución de reformas políticas, jurídicas y económicas con nuevas decisiones en los próximos días.

Traducción Javier Zugarrondo
Fuente New Orient News (Líbano)

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[1] En el islam, el « Takfirismo » es una forma de intolerancia extrema violenta que se caracteriza por su propensión a anatemizar no solo contra los musulmanes sino también contra ,(e incluso prioritariamente) otros musulmanes . En Siria el takfirismo se ha cristalizado contra los alauitas ( que son abultadamente representados en las instancias políticas y militares) y contra los chiítas, particularmente contra el jeque Mohammad Hussein Fadlalah- 1935/2010), líder espiritual del Hezbollah, asimilando su humanismo y su espíritu conciliador en lo que hace a la democracia o de costumbres en la apostasía.

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Edward Sa’id la condición árabe

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Tengo la impresión de que muchos árabes sienten hoy que lo que ha ocurrido en Irak en los dos meses pasados es poco menos que una catástrofe. Cierto, el régimen de Sadam Husein era despreciable y merecía ser derrocado. También es verdadera la sensación de rabia que muchos experimentan ante la estrafalaria crueldad y despotismo de ese régimen, y el terrible sufrimiento del pueblo iraquí. Parece haber poca duda de que muchos gobiernos e individuos se coludieron para mantener a Husein en el poder, mirando hacia otro lado mientras hacían negocios con él. Con todo, lo que dio a Washington licencia para bombardear el país y destruir su gobierno no fue un derecho moral ni un argumento racional, sino el poderío militar. Después de apoyar durante años al régimen baazista de Irak y a Husein, Estados Unidos y Gran Bretaña se arrogaron el derecho de negar su propia complicidad con ese régimen despótico y luego decretar que estaban librando a Irak de su odiada tiranía. Y lo que parece haber surgido en el país, tanto durante como después de la ilegítima guerra contra el pueblo y la civilización que constituyen la esencia de Irak, representa una grave amenaza al pueblo árabe como un todo.

Es, por tanto, de la mayor importancia recordar en primer término que, pese a sus muchas divisiones y disputas, los árabes son en realidad un pueblo y no una colección de países al azar, pasivamente accesibles a la intervención y dominio del exterior. Existe una clara línea de continuidad imperial, que viene desde el dominio otomano sobre los árabes en el siglo XVI hasta nuestros tiempos. Después de los otomanos, tras la Primera Guerra Mundial llegaron los británicos y los franceses, y luego de éstos, en el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses e israelíes. Una de las corrientes de pensamiento más persistentemente influyentes en el reciente orientalismo estadounidense e israelí, evidente en la política de ambos países desde fines del decenio de 1940, es una hostilidad virulenta, sumamente arraigada, hacia el nacionalismo árabe, y una voluntad política de oponerse a él y combatirlo en todas las formas posibles. La premisa básica del nacionalismo árabe en sentido amplio es que, con toda su diversidad y pluralismo de sustancia y estilo, el pueblo cuyos lenguaje y cultura son árabes y musulmanes (llámesele pueblo arabeparlante, como hizo Albert Hourani en su libro más reciente) constituye una nación y no sólo una colección de estados dispersos entre África del norte y las fronteras occidentales de Irán. Toda formulación independiente de esta premisa ha sido objeto de ataques abiertos, como en la guerra del canal de Suez de 1956, la escalada colonial francesa contra Argelia, las agresiones israelíes de ocupación y despojo y la campaña contra Irak, cuyo propósito manifiesto era derrocar a un régimen pero cuyo objetivo verdadero era devastar el país árabe más poderoso. Y así como la campaña de franceses, británicos, israelíes y estadounidenses contra Abdel Nasser fue diseñada para derrocar a una potencia que abiertamente declaraba su aspiración de unificar a los árabes en una fuerza política independiente de gran poderío, el actual objetivo de Washington es redibujar el mapa del mundo árabe conforme a sus intereses, no los de los árabes. La política estadounidense se finca en la fragmentación de los árabes, su inacción colectiva y su debilidad militar y económica.

Haría falta ser tonto para argumentar que el nacionalismo y la separación doctrinaria de los estados árabes individuales, trátese de Egipto, Siria, Kuwait o Jordania, son mejores y tienen una realidad política más útil que algún esquema de cooperación ínter-arábiga en las esferas económicas, políticas y culturales. Cierto, no veo necesidad de una integración total, pero cualquier forma de cooperación y planificación provechosa sería mejor que las malhadadas cumbres que han desfigurado nuestra vida nacional, por ejemplo durante la crisis de Irak. Todo árabe se hace la misma pregunta que cualquier extranjero: ¿por qué los árabes nunca unen sus recursos para luchar por causas que al menos oficialmente afirman apoyar, en las cuales, en el caso de los palestinos, su pueblo cree de manera activa, de hecho apasionada?

No perderé tiempo en justificar los abusos, miopías, desperdicios, represiones y crueldades que se han cometido en aras de promover el nacionalismo árabe. El saldo no es favorable. Sin embargo, quiero afirmar categóricamente que desde principios del siglo XX jamás han podido lograr su independencia colectiva, en todo o en parte, precisamente a causa de los designios de potencias extranjeras respecto de la importancia estratégica y cultural de sus territorios. Hoy ningún Estado árabe es libre de disponer de sus recursos como desee, ni de adoptar posiciones que representen sus intereses individuales, en especial si esos intereses parecen amenazar las políticas de Washington. En los más de 50 años transcurridos desde que Estados Unidos asumió el dominio mundial, y más después del fin de la guerra fría, ha ejercido una política hacia Medio Oriente basada exclusivamente en dos principios: la defensa de Israel y el libre flujo del petróleo, y ambos se oponen directamente al nacionalismo árabe. En todas las formas significativas, con pocas excepciones, la política estadounidense ha sido de abierta y despreciativa hostilidad hacia las aspiraciones del pueblo árabe, pese a lo cual, desde la declinación de Nasser, ha tenido pocos opositores entre los gobernantes árabes, quienes se han plegado a todo lo que se les exige.

Durante periodos de la más extrema presión sobre uno u otro de ellos (por ejemplo la invasión israelí de Líbano, en 1982, o las sanciones contra Irak que fueron diseñadas para debilitar al pueblo y al Estado como un todo, los bombardeos de Libia y Sudán, las amenazas contra Siria, la presión sobre Arabia Saudita), la debilidad colectiva ha sido poco menos que abrumadora. Ni su enorme poder económico colectivo ni la voluntad de su pueblo han motivado a los estados árabes a intentar el menor gesto de desafío. La política de dividir e imperar ha prosperado porque cada gobierno tiene miedo de que si le hace frente pueda causar daño a su relación bilateral con Estados Unidos. Esta consideración ha tenido prioridad sobre cualquier contingencia, por urgente que sea. Algunos gobiernos dependen de la ayuda económica de Washington, otros de su protección militar. Todos, sin embargo, han llegado a la conclusión de que no confían unos en otros mucho más de lo que se preocupan por el bienestar de su pueblo (lo cual equivale a decir que se preocupan muy poco), y prefieren el odio y desprecio de los estadounidenses, que han empeorado su trato a los estados árabes conforme ha crecido la arrogancia que les da ser la única superpotencia mundial. De hecho, es notable que los países árabes han estado mucho más dispuestos a combatir entre sí que a enfrentar a los verdaderos agresores del exterior.

El resultado, después de la invasión a Irak, es una nación árabe gravemente desmoralizada, aplastada y derrotada, menos capaz de hacer nada excepto doblegarse a los anunciados planes estadounidenses de llevar a cabo todo tipo de esfuerzos para redibujar el mapa de Levante como mejor convenga a sus propios intereses y obviamente a los de Israel. Ni siquiera ese designio grandioso ha recibido hasta ahora la más vaga respuesta colectiva de los países árabes, que parecen esperar estáticos que algo nuevo ocurra en tanto Bush, Rumsfeld y Powell pasan de una amenaza a un proyecto, una visita, un desaire, un bombardeo o un anuncio unilateral. Lo que vuelve particularmente irritante todo este asunto es que en tanto los árabes han aceptado por completo el mapa de ruta estadounidense (o del cuarteto), que parece salido de algún delirio de Bush, los israelíes se han reservado con frialdad cualquier aquiescencia al respecto. ¿Qué sentirá un palestino al observar a un líder de segunda clase como Abu Mazen, que siempre ha sido un subordinado fiel de Arafat, abrazar a Powell y a los estadounidenses, cuando hasta para el niño más pequeño es evidente que el mapa de ruta está diseñado para a) estimular una guerra civil palestina y b) orillar a Palestina a transigir con las exigencias estadounidenses e israelíes de “reforma” a cambio de prácticamente nada? ¿Cuánto más vamos a hundirnos todavía?.

En cuanto a los planes de Washington hacia Irak, ahora ha quedado del todo claro que va a ocurrir nada menos que una ocupación colonial de viejo cuño, como la de Israel a partir de 1967. La idea de imponer en Irak una democracia estilo estadounidense significa alinear al país con la política de Washington, es decir, un tratado de paz con Israel, mercados petroleros que dejen ganancias a los estadounidenses y un mínimo de orden civil que no permita ni una oposición verdadera ni una auténtica construcción de instituciones. Tal vez incluso la idea sea convertir a Irak en lo que fue Líbano durante la guerra civil. No estoy seguro, pero veamos un ejemplo de la planificación que se lleva a cabo: en fecha reciente la prensa estadounidense anunció que Noah Feldman, de 32 años, profesor adjunto de derecho en la Universidad de Nueva York, sería el encargado de redactar la nueva constitución iraquí. En todas las notas de los medios referentes a este importante nombramiento se mencionó que Feldman es brillante experto en derecho islámico, que estudia árabe desde los 15 años y fue educado como judío ortodoxo. Pero jamás ha ejercido la abogacía en el mundo árabe, nunca ha estado en el país cuya constitución redactará ni parece tener conocimiento práctico de la situación de posguerra. Vaya escupitajo al rostro no sólo de Irak, sino de las legiones de mentes jurídicas árabes y musulmanas que pudieron haber llevado a cabo una tarea perfectamente aceptable al servicio del futuro iraquí. Pero no, Estados Unidos quiere que la realice un joven inexperto, de modo que después pueda decir: “le dimos a Irak su nueva democracia”. El resentimiento es tan denso que se puede cortar con navaja.

Lo más desmoralizador es la patente impotencia de los árabes a la vista de todo esto, y no sólo porque no se haya invertido esfuerzo alguno en preparar una respuesta colectiva. Para quien como yo reflexione sobre la situación desde el exterior, resulta asombroso que en este momento de crisis no se haya tenido noticia de algún llamado de apoyo de los gobernantes a su pueblo ante lo que necesariamente debe verse como una amenaza a la nación colectiva. Los militares estadounidenses no han ocultado que planean un cambio radical en el mundo árabe, el cual pueden imponer por la fuerza de las armas porque es muy poco lo que se les resiste. Más aún, la idea parece ser nada menos que destruir de una vez por todas la unidad subyacente del pueblo árabe, transformar sin remedio los fundamentos de su vida y sus aspiraciones.

Yo hubiera creído que una alianza sin precedentes entre los gobernantes y el pueblo árabe representaba la única posible forma de contener semejante despliegue de poderío. Pero es evidente que eso requeriría el compromiso de cada gobierno árabe de abrirse a la sociedad y a su pueblo, dejarlo entrar, derribar todas las medidas represivas de seguridad para crear una oposición organizada al nuevo imperialismo. Una nación empujada por la fuerza a la guerra, o un pueblo silenciado y reprimido, jamás se levantarán en semejante ocasión. Lo que necesitamos son sociedades árabes liberadas del estado de sitio entre gobernantes y gobernados que ellas mismas se han impuesto. ¿Por qué no instaurar en cambio la democracia en defensa de la libertad y la autodeterminación? ¿Por qué no decir “queremos que todo ciudadano esté dispuesto a movilizarse en un frente común contra un enemigo común”? Necesitamos que todas las fuerzas intelectuales y políticas se unan a nosotros contra el propósito imperial de rediseñar nuestras vidas sin nuestro consentimiento. ¿Por qué dejar la resistencia a los extremistas y desesperados atacantes suicidas?.

Como digresión, podría mencionar aquí que cuando leí el informe de la ONU sobre desarrollo humano en el mundo árabe me consternó ver el poco aprecio que se hizo en él de la intervención imperialista y el profundo y prolongado efecto que ha tenido. Cierto, no creo que todos nuestros problemas vengan del exterior, pero tampoco querría decir que todos fueron creados por nosotros. El contexto histórico y la fragmentación política han desempeñado un papel muy importante, al cual dicho informe presta muy poca atención. La ausencia de democracia es en parte resultado de alianzas entre los poderes occidentales y regímenes o partidos minoritarios, no porque los árabes no tengan interés en la democracia, sino porque ésta ha sido vista como amenaza por varios actores del drama. Además, ¿por qué adoptar la fórmula estadounidense de la democracia (por lo común un eufemismo del libre mercado y del escaso interés por el mejoramiento humano y los servicios sociales) como si fuera la única? Este es un tema que requiere un debate mucho mayor, para el cual no tengo tiempo aquí. Así que volvamos al punto principal.

Consideremos cuánto más efectiva habría sido la posición palestina frente al embate de Washington y Tel Aviv si se hubiera dado una muestra de unidad en vez de una vergonzosa rebatiña por los puestos en la delegación que se entrevistaría con Powell. En el curso de los años no he podido entender por qué los líderes palestinos han sido incapaces de desarrollar una estrategia unificada para oponerse a la ocupación y no ver desviado su curso hacia uno u otro plan Marshall, Tenet o del cuarteto. ¿Por qué no decir a todos los palestinos: nos enfrentamos a un enemigo cuyos designios hacia nuestras tierras y vidas son bien conocidos y deben ser combatidos por todos nosotros juntos? El problema de raíz, y no sólo en Palestina, es esa separación entre gobernantes y gobernados que es uno de los efectos distorsionantes del imperialismo, ese miedo esencial a la participación democrática, como si el exceso de libertad pudiera hacer perder a la elite colonial gobernante algo del favor de la autoridad imperial. El resultado es no sólo la ausencia de una verdadera movilización de todos en la lucha común, sino la perpetuación de la fragmentación y la mezquina pugna de facciones. Tal como están las cosas, hay en el mundo demasiados ciudadanos árabes que no se involucran ni participan.

Querámoslo o no, el pueblo árabe enfrenta hoy un ataque mayúsculo a su porvenir por un poder imperial, Estados Unidos, que actúa en concierto con Israel, para pacificarnos, someternos y por último reducirnos a un puñado de señoríos cuya primera lealtad es no a su pueblo, sino a la gran superpotencia (y a su subrogado local). No entender que éste es el conflicto que dará forma a nuestra zona durante las décadas por venir es caer en ceguera voluntaria. Lo que necesitamos ahora es romper las cadenas de hierro que sujetan a las sociedades árabes y las mantienen convertidas en hoscos conglomerados de gente desconfiada, líderes inseguros e intelectuales alienados. Esta es una crisis sin precedente; se requieren, por tanto, medios sin precedente para enfrentarla. El primer paso es darnos cuenta de la magnitud del problema, y después salir a enfrentar lo que nos reduce a la rabia impotente y la reacción marginal, condición que de ninguna forma debemos aceptar. La alternativa a tan poco atractiva condición encierra una esperanza considerablemente mayor.

© 2003, Edward W. Said
Traducción: Jorge Anaya –La Jornada

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