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Amina y los cuidados de su Señor – Naguib Mahfuz

… Cuando el hombre llegó a su altura, ella le precedió alzando la lámpara y él la siguió murmurando:

—¡Buenas noches, Amina!

—¡Buenas noches, señor! —dijo en voz baja, revelando cortesía y sumisión.

A los pocos segundos, la habitación los acogió. Amina se dirigió hacia la mesita para colocar en ella la lámpara, mientras el señor colgaba el bastón del borde de la rejilla de la cama y se quitaba el tarbúsh, que dejó sobre el almohadón que había en medio del sofá. Luego, la mujer se le acercó para quitarle la ropa. Así, de pie, parecía de elevada estatura, ancho de hombros, fornido, con un gran vientre compacto, totalmente cubierto por una yubba y un caftán, de una prestancia y soltura que denotaban magnanimidad y un gran sentido del bienestar. Su cabello negro, planchado a partir de la raya hacia ambos lados de la cabeza, no estaba muy cuidado, pero su solitario, con un gran brillante incrustado, y su gran reloj de oro confirmaban dichas cualidades. Su rostro ovalado, terso y expresivo, de rasgos bien definidos, revelaba, en suma, personalidad y belleza en sus enormes ojos azules; en su nariz grande y altiva que, a pesar de su tamaño, estaba en armonía con la longitud de su rostro; en su boca ancha, de labios carnosos, y en su bigote negro, poblado y de puntas retorcidas con una precisión insuperable.

Cuando la mujer se le acercó, extendió los brazos para que le quitara la yubba, que ella dobló cuidadosamente y colocó acto seguido sobre el sofá. Después, le desató la banda del caftán, se lo quitó y se puso a plegarlo con el mismo esmero, para dejarlo sobre la yubba, mientras el señor se ponía la galabiyya y el bonete blanco, se estiraba bostezando y se sentaba en el sofá con las piernas extendidas y la coronilla apoyada contra la pared. La mujer acabó de arreglar la ropa, se sentó a sus pies y empezó a quitarle los zapatos y los calcetines. Cuando su pie derecho quedó al descubierto apareció el primer defecto de aquel cuerpo tan imponente y bello: su dedo meñique, corroído por la acción repetida de la cuchilla sobre un callo recalcitrante.

Amina se ausentó de la habitación unos minutos, y volvió luego con un barreño y una jarra. Colocó el barreño junto a los pies del hombre y se detuvo atenta con la jarra en alto, al tiempo que el señor se enderezaba en su asiento y le tendía las manos. Ella dejó caer el agua mientras él se lavaba el rostro, se frotaba la cabeza y se enjuagaba abundantemente. Tomó después la toalla del respaldo del sofá y empezó a secarse la cabeza, el rostro y las manos, mientras la mujer recogía el barreño y se lo llevaba al cuarto de aseo.

Éste era el último de los servicios que ella hacía en la gran casa y que desempeñaba desde hacía un cuarto de siglo con un celo jamás menguado por el cansancio; por el contrario, ponía en ello la misma alegría y deleite, el mismo entusiasmo con que realizaba las otras tareas domésticas desde antes de salir el sol hasta que se ponía, y que la habían hecho acreedora al apodo de «la abeja» que le dieron sus vecinas por su perseverancia y actividad incesantes.

Volvió a la habitación y cerró la puerta. Sacó de debajo de la cama un pequeño puf, que colocó delante del sofá, y se sentó en él con las piernas cruzadas como si no hubiera pensado nunca en el derecho de sentarse decorosamente a su lado. El tiempo iba transcurriendo y ella permanecía en silencio hasta que él la invitara a hablar. El señor se apoyó en el respaldo del sofá. Parecía cansado tras su larga velada. Le pesaban los párpados, en cuyos bordes aparecía un desacostumbrado enrojecimiento por efecto de la bebida, y empezó a dar grandes resoplidos cargados de los vapores del alcohol.

Aunque se daba al vino cada noche y lo bebía sin tino hasta la embriaguez, no se resolvía a volver a casa hasta que sus huellas habían desaparecido y recuperaba el dominio de sí mismo, celoso como era de su dignidad y de esa apariencia de la que le gustaba hacer gala en ella. Su esposa era la única persona de la familia con quien se encontraba tras la velada, pero no percibía de las huellas de la borrachera otra cosa que su olor, ni observaba en su conducta ninguna anomalía sospechosa, salvo la que había surgido al principio de su matrimonio y que ella había fingido ignorar.

Al contrario de lo que pudiera esperarse, a ella la enloquecía acompañarlo en aquel rato, por su predisposición a charlar y a explayarse sobre sus asuntos, cosa que escasas veces conseguía en los momentos de total sobriedad. A pesar de todo, ella misma recordaba cómo se sobresaltó el día en que se dio cuenta de que volvía bebido de su juerga. El vino trajo a su imaginación la brutalidad, la locura y, lo que aún era más horrible, la transgresión de la religión que aquél llevaba aparejadas. Sintió asco y se apoderó de ella el terror, y cada vez que volvía sufría un dolor insoportable.

Conforme fueron pasando los días y las noches fue advirtiendo que el señor, al regresar de su velada, era más amable que en cualquier otro momento, pues se despojaba de su severidad y bajaba su vigilancia, a la vez que daba rienda suelta a la conversación. Y así, ella se mostraba afable y se sentía segura, sin olvidarse de rogar a Dios que lo guardara de pecar y lo perdonara. ¡Cómo había deseado ver en él esa relativa dulzura cuando gritaba, estando sobrio! ¡Y cómo se asombraba ante ese extravío que lo volvía más agradable, y que hacía que ella se debatiera largo tiempo entre la aversión religiosa heredada que sentía hacia aquello y la paz y la tranquilidad que le proporcionaba! Pero enterró sus pensamientos en lo más profundo de su alma, y los ocultó como quien no se atreve a reconocerlos más que ante sí mismo…

Naguib Mahfuz

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La devota esposa y los Ifrits – Naguib Mahfuz

La celosía estaba situada frente a la fuente de Bayn el-Qasrayn, y bajo ella se encontraba la calle de el-Nahhasín, que bajaba hacia el sur, con la de Bayn el-Qasrayn que subía hacia el norte. La calleja de la izquierda era estrecha y sinuosa y estaba envuelta en una oscuridad que se hacía más densa en los lugares más altos, adonde daban las ventanas de las casas dormidas, y se difuminaba en las partes más bajas a causa de las luces procedentes de los faros de los coches y de los rótulos luminosos situados en los cafés y en algunas tiendas que permanecían en vela hasta que despuntaba el alba. A la derecha, la calle estaba envuelta en sombras, ya que en esa zona no se encontraban los cafés sino las grandes tiendas que cerraban temprano sus puertas.

Sólo detuvo la mirada ante los minaretes de Qalawún y Barquq, que relucían como fantasmas de gigantes, despiertos bajo la brillante luz de las estrellas. Era un panorama al que sus ojos estaban acostumbrados desde hacía un cuarto de siglo y del que nunca se cansaba —quizá porque a lo largo de su vida, y a pesar de su monotonía, nunca había conocido el aburrimiento—; por el contrario, había encontrado en él al amigo y compañero para sus horas de soledad, del que se había visto privada durante tanto tiempo. Esto fue antes de que sus hijos llegaran al mundo, ya que aquella gran casa, con su patio polvoriento, su pozo profundo, sus pisos y sus amplias habitaciones de techos altos, sólo la había albergado a ella durante la mayor parte del día y de la noche.

Cuando se casó era todavía una niña, aún no había cumplido catorce años, pero pronto, tras el fallecimiento de sus suegros, se había visto a sí misma como dueña y señora de la gran casa. La ayudaba entonces en las faenas cotidianas una mujer anciana que la abandonaba a la caída de la noche para irse a dormir a la habitación del horno, situada en el patio, y la dejaba sola en el mundo de las tinieblas, poblado de espíritus y fantasmas. Dormitaba un rato y se despertaba otro, así hasta que su venerado marido regresaba de la larga velada.

Para tranquilizarse, solía recorrer las habitaciones acompañada por su criada, sujetando con la mano la lámpara ante ella y lanzando miradas escrutadoras y asustadas a los rincones. Luego las iba cerrando con cuidado una tras otra, empezando por la planta baja y terminando en el piso alto. Mientras tanto, recitaba las azoras del Corán que se sabía de memoria para expulsar a los demonios. Cuando llegaba a su habitación cerraba la puerta y se echaba en la cama, sin dejar de rezar hasta que la invadía el sueño.

Tan grande había sido su miedo a la noche en la primera época pasada en aquella casa, que seguía teniendo la idea, ella que conocía mucho mejor el mundo de los genios que el de los hombres, de que no vivía sola allí y que los demonios no podían extraviarse mucho tiempo por aquellas habitaciones antiguas, amplias y vacías. Quizás ellos se habían refugiado en éstas antes de que ella fuera llevada a la casa e incluso antes de haber visto la luz del día. ¡Cuántas veces los había oído susurrar en sus oídos y había despertado con el fuego de su aliento! El único consuelo era recitar la fátiha y la azora del Eterno o correr velozmente hacia la celosía para echar una ojeada a través de sus aberturas hacia las luces de los vehículos y de los cafés, afinando el oído para captar una risa o una tos que le hicieran recuperar el aliento.

Después vinieron los hijos, uno tras otro, pero al ser tan pequeños y tiernos no disiparon su terror ni le trajeron la tranquilidad; por el contrario, su miedo se reduplicaba por ese sentimiento de ternura que sentía hacia ellos y por la inquietud de que les sobreviniera algún mal. Los estrechaba en sus brazos a la vez que los cubría con grandes muestras de afecto, y los envolvía, tanto en la vigilia como en el sueño, con una coraza de azoras, amuletos, hechizos y talismanes. Pero no saboreaba la verdadera tranquilidad hasta que el ausente regresaba de la velada.

No era extraño que, mientras estaba a solas con su hijo pequeño durmiéndolo y acariciándolo, lo estrechara de repente contra su pecho, y después, petrificada de terror e inquietud, elevara la voz, gritando como si se dirigiera a alguien presente: «¡Aléjate de nosotros, éste no es tu sitio! ¡Nosotros somos buenos musulmanes!». E inmediatamente recitaba la azora del Eterno con fervor. Con el paso del tiempo y la prolongada convivencia con los espíritus, sus temores se aligeraron mucho y se fue tranquilizando hasta llegar a bromear con ellos, los cuales, por su parte, jamás le causaron mal.

Si oía el ruido de alguno que rondara por allí, decía elevando la voz con valentía: «¿No vas a respetar a los siervos del Señor? Dios está entre tú y nosotros, así que ¡aléjate de aquí de una vez!». De todos modos, ella no conocía la verdadera tranquilidad hasta que regresaba el ausente. Sin duda, la sola presencia de éste en la casa, despierto o dormido, era para ella una garantía de tranquilidad de espíritu, ya estuvieran las puertas abiertas o cerradas y la lámpara encendida o apagada.

Una vez, en su primer año de convivencia, se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte».

De esta lección y otras que siguieron ella había aprendido que podía hacer cualquier cosa, incluso frecuentar a los ifrits, salvo encolerizarlo, y que le debía una obediencia incondicional; y así lo cumplió; se dedicó a obedecerle con tal abnegación que llegó a aborrecer hacerle cualquier reproche a su costumbre de trasnochar, incluso en su fuero interno. Se convenció a sí misma de que la verdadera hombría, el despotismo y las veladas prolongadas hasta más de medianoche eran atributos indispensables de una misma esencia.

Con el paso de los días ella cambió; se enorgullecía de todo lo que procedía de él, tanto si la alegraba como si la entristecía. Y siguió cumpliendo con todos los requisitos de la esposa amante, sumisa y resignada; ni un solo día se había sentido desgraciada por haber escogido la seguridad y la entrega. Y si en algún momento quería sacar a la luz los recuerdos de su vida, sólo aparecían ante ella el bien y la felicidad, y cuando surgían los miedos y las tristezas eran como siluetas vacías que no merecían más que una sonrisa compasiva. ¿Acaso no había convivido con este esposo y sus defectos durante un cuarto de siglo, y de su relación habían florecido unos hijos que eran la alegría de su vida, un hogar rebosante de bien y bendición, y una existencia fértil y feliz? Por supuesto.

Y en cuanto al trastorno que le producían los ifrits, ella sabía salir indemne noche tras noche, ya que ninguno de ellos había extendido su mano con malas intenciones hacia ella ni hacia ninguno de sus hijos, salvo lo que pudiera entenderse como bromas y chistes. No tenía motivos para quejarse, sino para dar gracias a Dios, que con sus palabras tranquilizaba su corazón y con su misericordia dirigía el camino de su vida.

Incluso esa hora de espera, a pesar de que la sacaba de las delicias del sueño y le exigía tanta disponibilidad, ella la consideraba digna de marcar el final del día y la amaba en lo más profundo de su corazón, ya que se había convertido en una parte inseparable de su vida, incluida entre sus numerosos recuerdos. Había sido y seguía siendo el símbolo vivo del afecto a su marido y de su entrega para hacerlo feliz y para hacerle sentir noche tras noche esa entrega y ese afecto. Todo ello la llenó de satisfacción allí, de pie en la celosía, mientras lanzaba su mirada de un lado a otro, a través de los orificios, hacia la fuente de Bayn el-Qasrayn, la desviación de el-Juranfísh, el portón del baño del sultán y los minaretes; también la dejó vagar entre las casas reunidas sin orden ni simetría a ambos lados de la calle, como si fueran un batallón del ejército en una parada de descanso para aliviarse de una dura disciplina.

Sonrió ante aquel panorama que tanto amaba, aquella calle que permanecía en vela hasta que despuntaba el alba, mientras que las otras calles, barrios y callejuelas dormían. ¡Cuánto la había distraído en su insomnio, la había entretenido en su soledad y había disipado sus temores esa calle que la noche no transformaba hasta que envolvía al vecindario en un silencio profundo, de manera que creaba un ambiente en el que sus voces se elevaran y se hicieran patentes como si fueran sombras que llenaran los rincones del cuadro y dotaran a la imagen de profundidad y nitidez! Por eso, la risa resonaba allí como si anduviera suelta por la habitación; cuando se escuchaba la charla habitual ella distinguía cada una de sus palabras, cuando alguien emitía una tos ruda llegaba hasta ella incluso su último resoplido, que más bien parecía un gemido, y cuando se elevaba la voz del camarero anunciando «tamira mojada», como si fuera la llamada del almuédano, se decía a sí misma con alegría: «¡Dios…, esta gente, incluso a esta hora, pide más tamiral».

Después sus voces le hacían recordar a su marido ausente y decía: «¿Dónde estará mi señor a estas horas…? y ¿qué estará haciendo? ¡Que la paz lo acompañe en todas sus acciones!». Le habían dicho una vez que un hombre como el señor Ahmad Abd el-Gawwad, con su riqueza, su fuerza y su belleza, con sus continuas veladas, no podía carecer de mujeres en su vida. En su día sintió el veneno de los celos y la dominó una inmensa tristeza, pero como no tenía valor para hablar con él de lo que le habían dicho, fue con la pena a su madre. Ésta comenzó a calmar su ánimo con las más dulces palabras que pudo encontrar y luego le dijo: «Él se ha casado contigo tras haber repudiado a su primera esposa, y podía haberla recuperado si hubiera querido, o casarse no sólo contigo sino con dos, tres o cuatro más, ya que su padre se casó varias veces. ¡Agradece a Dios que él te haya conservado como única esposa!».

A pesar de que las palabras de su madre no habían conseguido calmar su tristeza cuando ésta era más intensa, con el paso de los días reconoció la gran verdad que había en ellas. Y aunque fuera cierto lo que se decía, quizá formara parte de las cualidades de la hombría, como las veladas y el despotismo; en todo caso, un mal aislado era mejor que muchos males, y no le resultaba fácil permitir que una murmuración estropeara su vida grata y llena de felicidad y bienestar. Después de todo, quizá lo que se decía no fueran más que imaginaciones o mentiras.

Ella se dio cuenta de que la única postura que podía adoptar ante los celos, al igual que ante las penalidades que se cruzaban en el camino de su vida, era resignarse, como si se tratara de una sentencia inapelable. No encontró mejor medio de defenderse que hacer acopio de paciencia y pedir ayuda a su capacidad de resistencia personal, su único refugio para tratar de vencer lo que tanto odiaba. De este modo, los celos y lo que los suscitaba, así como los aspectos del carácter de su marido, y la compañía de los ifrits, se convirtieron en algo soportable.

Observó la calle, prestando oído a las tertulias nocturnas, hasta que le pareció oír el ruido de unos cascos. Volvió la cabeza hacia el-Nahhasín y vio un coche de caballos que se acercaba lentamente, con sus luces brillando en la oscuridad. Lanzó un suspiro de alivio y murmuró: «¡Por fin!». Era el coche de uno de los amigos del señor que lo traía a la puerta de su casa tras la juerga, para seguir, como de costumbre, hacia el-Juranfísh, llevando a su dueño y a un grupo de amigos que vivían en aquel barrio. El coche se detuvo ante la casa, y se oyó la voz de su marido que decía a gritos, riendo:

—¡Que Dios os proteja!

Naguib Mahfuz

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Al despertar… – Naguib Mahfuz

Frederick Arthur Bridgman – La Siesta (1878)

…Cuando se despabiló un poco, se acurrucó sobre la cama con la cabeza apoyada en las manos, deseando juguetear con esos deliciosos pensamientos que endulzan las visiones del despertar. Pero, como su padre, se había despertado con un gran peso en la cabeza que le estropeaba su ensoñación. Se imaginó a Zannuba, la tañedora de laúd, sin que le hiciera sentir lo mismo que cuando estaba lúcido, aunque en sus labios brilló una sonrisa.

En la habitación contigua, Jadiga no había necesitado los golpes de la masa para saltar de la cama. Era la que más se parecía a la madre en la vitalidad y el pronto despertar. En cuanto a Aisha, se despertaba normalmente con la sacudida que su hermana imprimía a la cama al levantarse y deslizarse hasta el suelo con intencionada brusquedad, provocando con ello una discusión y una pelea que, a fuerza de repetirse, se había convertido en una especie de juego cruel. Cuando se despertaba del todo y dejaban de chincharse, no se levantaba, sino que se entregaba largo rato a uno de los ensueños del despertar feliz, antes de abandonar la cama.

Después, la vida avanzaba lentamente invadiendo todo el primer piso, se abrieron las ventanas y se precipitó la luz hacia el interior, recibiendo después el aire que llevaba el traqueteo de las ruedas de los suarés, las voces de los obreros y las llamadas del vendedor de balüa. Reinó un vaivén continuo entre los dos dormitorios y el baño, y aparecieron Yasín, con su carne prieta y envuelto en una amplia galabiyya, y Fahmi, alto y delgado, que, exceptuando su delgadez, era el vivo retrato de su padre. Las dos chicas bajaron al patio para reunirse con su madre en el horno; en sus rasgos había tales diferencias como raramente se encuentran en el seno de una misma familia: Jadiga era morena y sus facciones no guardaban armonía; Aisha era rubia, e irradiaba una aureola de belleza.

A pesar de que el señor estaba solo en el piso de arriba, Amina no olvidaba atender a sus necesidades. Así, él encontró sobre la mesita un platillo lleno de al-holva para refrescarse el aliento. Fue hacia el baño y le llegó el aroma perfumado del incienso. Allí encontró sobre una silla la ropa limpia y ordenada con cuidado. Se lavó con agua fría como solía hacer cada mañana, manteniéndose fiel a esta costumbre ya fuera invierno o verano, y regresó a su habitación con vitalidad y actividad renovadas. Tomó la alfombrilla de la oración, que estaba plegada sobre el respaldo del diván, y la extendió para cumplir el precepto de la mañana. Rezó con un rostro sumiso, diferente de aquel, sonriente y radiante, con el que recibía a sus amigos, y también del otro, enérgico y decidido, con el que se dirigía a su familia. Éste era un rostro apacible, de cuyas facciones, relajadas y suavizadas por la devoción, el afecto y la solicitud de perdón, emanaban la piedad, el amor y la esperanza.

Él no rezaba de forma mecánica: recitación, puesta en pie y prosternación, sino que su oración era hecha con gran sentimiento y llevada a cabo con el mismo entusiasmo que lo sacudía al volcarse en todos los demás aspectos de la vida, como el trabajo, sacrificándose por él; la amistad, excediéndose en ella; el amor, derritiéndose de pasión, y la bebida, emborrachándose y ahogándose en ella, fiel y sinceramente en toda ocasión. Así, la plegaria era un pretexto espiritual para conocer a fondo la grandeza del Señor. Cuando terminaba su oración se sentaba con las piernas cruzadas y extendía las manos, rogando a Dios que lo protegiera, lo perdonara y bendijera su descendencia y su negocio.

La madre terminó de hacer el desayuno y dejó que las chicas prepararan la bandeja. Subió a la habitación de los hermanos, donde se encontró con que Kamal aún no se había despertado. Se acercó a él sonriendo y posó la palma de la mano sobre su frente, recitando la fátiha. Empezó a llamarlo y a sacudirlo con dulzura hasta que abrió los ojos, y no lo dejó hasta que salió de la cama. Fahmi entró en la habitación y al verla le sonrió y le dio los buenos días. Ella le devolvió el saludo diciendo mientras destellaba en sus ojos una mirada de amor:

—¡Buenos días, luz de mis ojos!

Y con la misma dulzura dio los buenos días a Yasín, «el hijo de su marido», que le respondió con el amor que le merecía la mujer que ocupaba en su corazón el lugar de una madre digna de este nombre. Cuando Jadiga regresó del horno, Fahmi y Yasín, sobre todo Yasín, la recibieron con las bromas que solían gastarle. El motivo era tanto su físico desagradable como su lengua afilada, a pesar de la influencia que ejercía sobre sus dos hermanos al cuidar de sus asuntos con una excelente habilidad de la que raramente gozaba Aisha, la cual aparecía en el seno de la familia como el símbolo de la belleza, fresca, atractiva y carente de utilidad. Yasín la abordó diciendo:

—Estábamos hablando de ti, Jadiga, y comentábamos que si todas las mujeres se te parecieran, los hombres no padecerían mal de amores.

—Y si los hombres se parecieran a ti —saltó ella —, ninguno tendría quebraderos de cabeza.

En ese momento la madre llamó:

—¡Señores, el desayuno está listo!…

Naguib Mahfuz

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