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El vacío – Naguib Mahfuz

Caballeros árabes en el ataque – Adolf Schreyer (1869)

Sería un enfrentamiento violento, salvaje, para satisfacer la sed de venganza alimentada durante veinte años de resignación e impaciente espera. Los ojos del hombre brillaban de ira mientras caminaba rodeado por sus secuaces, todos ellos provistos de bastones para golpear a sus enemigos. Mientras el grupo continuaba su camino, algunos se unieron con cestos llenos de piedras y guijarros. Los hombres avanzaron hacia la desierta montaña decididos a luchar. ¡Tu fin se avecina, Shardaha!

De vez en cuando, un barrendero o un sepulturero miraban el extraño cortejo, centrando su atención en el hombre que parecía el cabecilla de la banda, preguntándose con curiosidad, estupor y desaprobación quién sería ese nuevo jefe al que nunca habían visto.

… ¡Bien pronto le conoceréis y le recordaréis para siempre, moscas del universo!

El sol, al ocaso, proyectaba su luz incandescente sobre los turbantes bordados, y soplaba un fuerte viento del desierto que quemaba los rostros de la gente y esparcía melancolía y odio en el ambiente.

Alguien de la banda le preguntó al hombre al oído:

– Jefe Sharshara, ¿se encuentra Shardaha en el camino de la montaña?

– No. Para llegar tenemos que pasar por el barrio de Al Gawwala.

– Entonces, correrá la noticia de que vamos hacia allí y tu enemigo te estará esperando. Sharshara frunció el ceño y dijo:

– Nuestro deseo es demasiado fuerte: con astucia podemos obtener la victoria, pero no satisfacer la sed de venganza.


«Veinte años en el destierro, manteniendo siempre la sed de venganza, lejos de la vida nocturna de El Cairo, en los ignotos puertos de Alejandría. La única motivación de tu vida es la venganza. Comida, bebida, dinero, mujeres, cielo, tierra…, todo ha estado inmerso en nubes, y los sentimientos se han concentrado en el doloroso proceso de preparación, siendo la venganza su único pensamiento. El amor, la seguridad el dinero…, todo cuanto poseías lo has sacrificado en los preparativos del terrible día. De este modo, la flor de la vida se fundió en el horno del rencor, el odio y el dolor. No estabas satisfecho con tu lenta pero constante superioridad sobre los trabajadores del puerto. No obtenías un fruto auténtico de tu victoria sobre los Yafars en los combates de Kum y Dikka. ¡Qué fácil era vivir como un matón respetado por todos y adoptar Alejandría como lugar de residencia con el nombre de Sharshara resonando bajo el cielo! Pero lo único que tus ojos inyectados en sangre ven en el mundo es a Shardaha en su estrecho camino, su zigzagueante y empinada callejuela y su bravuconería despótica y odiosa. Lahluba, ¡maldito seas!»

El desierto camino de la montaña se terminó en la puerta de la ciudad, y el grupo la cruzó dirigiéndose al poblado barrio de Al Gawwala. Sharshara, con un tono autoritario y duro como un golpe de hacha en una piedra, ordenó:

– No habléis con nadie.

Al paso del cortejo, todos los que estaban en las tabernas y en los cafés se quedaron mirando al nuevo cabecilla; luego empezaron a sentir inquietud y miedo.

– Pensarán que venimos con intención de hacerles daño -dijo uno del grupo.

Sharshara miró las caras pálidas de los que los observaban y dijo en voz alta:

– Hombres, venimos en son de paz. Los hombres se tranquilizaron y saludaron a los recién llegados.

– Buscamos Shardaha -aclaró, mirando de forma significativa al compañero que había hablado anteriormente.

Luego, continuó su camino agitando su amenazador bastón y pensando: «No cesan de mirarte con curiosidad, como si no hubieras nacido en este barrio, en pleno Shardaha. Pero parece que lo único que la gente recuerda es a las víctimas y a los criminales.»

A los veinte años, había trabajado en una fábrica, y su afición favorita era jugar a las canicas bajo una morera. Era huérfano y no tenía adonde ir, pero podía dormir en la propia fábrica gracias a la caridad de Amm Zahra, el propietario. La primera vez que llevó aceite de linaza a casa de Lahluba, éste le dio un golpe en la nuca a modo de saludo. Y Zainab, ¡qué bella era!

Si no hubiera sido por el tirano de Shardaha, ella sería mi esposa desde hace veinte años. El tuvo ocasión de pedir su mano antes que tú, pero no se fijó en ella hasta la noche de bodas. Los clubs quedaron destrozados, el músico huyó y los instrumentos musicales se hicieron añicos. Tú permaneciste inmóvil como un objeto o una parte del mobiliario. No es que fueras débil o cobarde sino que la lucha estaba por encima de tus posibilidades. Te tiraron al suelo y empezaron a darte patadas. Luego él se rió de forma odiosa y dijo con sarcasmo:

«-Bienvenido sea el esposo del aceite de linaza.»

Mi galabeya nueva había sido desgarrada, el turbante se había perdido y me habían robado los ahorros de toda la vida. Entonces dije:

»-Yo soy de Shardaha, señor. Todos somos tus hombres y estamos bajo tu protección.

»Él me golpeó en la nuca, como para darme a entender su benevolencia, y preguntó a sus hombres con sarcasmo:

»-¿Qué creéis que debo hacer con él?

»-Yo soy tu servidor, señor, pero déjame marchar…

»-¿Te está esperando tu esposa?

»-Sí, señor. Y quiero mi dinero. La galabeya no me preocupa tanto.

»Te agarró de los pelos y te empujó hacia él; luego dijo con un tono nuevo, serio e intimidatorio:

»-¡Sharshara!

»-A sus órdenes, señor.

«-Repúdiala.

«-¿Qué?

»-Te ordeno que la repudies, que repudies a tu esposa ahora…

«-Pero…

»-Es bella, pero la vida aún lo es más.

»-Pero si me he casado con ella esta tarde…

»-Y esta noche te divorciarás. Estas cosas es mejor hacerlas rápido.

«Lanzó lamentos de desesperación y el otro le dio una fuerte patada. En unos momentos le despojaron de su ropa y, de un golpe en la nuca, lo arrojaron al suelo. Luego le golpearon con una vara hasta que perdió el conocimiento. A continuación, le arrojaron a la cara orina de caballo. El hombre le ordenó:

«-¡Repúdiala!


»Sharshara lloró de dolor y humillación pero no pronunció ni una sola palabra. El otro dijo en un tono irónico:

«-Nadie te reclamará la parte aplazada de la dote. 1

«Uno de los hombres le zarandeó con fuerza diciendo:

»-Da gracias a Dios y muestra gratitud a tu señor.

»Dolor, humillación y pérdida de la esposa. Y ahora, el olor de las droguerías de Gawwala me hace retornar al pasado, incluso más que mi presencia física, los antiguos campos de juego y el rostro de Zainab que había amado desde que tenía diez años.

»Durante veinte años, mi corazón sólo había sentido rencor, mientras que hasta entonces únicamente sentía amor y diversión. Dentro de poco no lamentaré las cosas que he perdido en la vida. Cuando te tenga bajo mis pies, Lahluba, y te diga: “¡Repúdiala!”, recuperaré veinte años de mi vida perdidos en el infierno. También encontraré cierto consuelo por el dinero que he gastado en este empeño, el dinero conseguido con trabajo, robo, pillaje y la exposición a toda clase de peligros.»

Cuando apareció a lo lejos el túnel que conducía a Shardaha, se dirigió a sus hombres diciendo:

– Arremeted contra los hombres de Lahluba y dejad en paz al resto.

No dudó ni un momento de que la noticia de su incursión habría llegado a Shardaha antes que él, y dentro de poco se encontraría cara a cara con Lahluba. Sólo le separaba de su objetivo un pequeño túnel.

Condujo a sus hombres con cautela, pero en la entrada del túnel no encontraron a nadie. Entraron todos a la vez empuñando sus bastones y lanzando terribles gritos, mas la calle estaba vacía: la gente se había refugiado en las casas y en las tabernas. La calle de Shardaha se extendía solitaria hasta el espacio abierto que limitaba con el desierto. Uno de sus acompañantes le susurró al oído;

– Es una trampa…, una trampa, señor Abu Al Abbás.

– Lahluba no utiliza trampas -dijo Sharshara con extrañeza, y gritó-: ¡

Lahluba! ¡Da la cara, cobarde!

Pero nadie respondió ni salió a la calle. Miró al frente, con actitud acechante y desconcertada, recibiendo una asfixiante bocanada de aire caliente. ¿Cómo soltaría el lastre de veinte años de odio y rencor? Vio la pequeña y arqueada puerta de la fábrica cerrada y se dirigió hacia ella con precaución. Dio un golpe con el bastón y, desde dentro, una voz temblorosa suplicó:

– ¡No me hagas daño!

Sharshara respondió en tono triunfal:

– Amm Zahra, sal y no te pasará nada.

La cara del anciano apareció por un ventanuco situado encima de la puerta, mirando alrededor con su vista débil.

– No tengas miedo, nadie quiere hacerte daño. ¿No te acuerdas de mí?

El anciano se le quedó mirando; luego le preguntó desconcertado:

– ¿Quién eres? ¡Que Dios te proteja!

– ¿Te has olvidado del joven que trabajaba para ti? El hombre abrió los ojos, sorprendido, y exclamó:

– ¡ Sharshara! Por el Libro Sagrado, Sharshara en carne y hueso.

El anciano abrió la puerta inmediatamente y corrió hacia él con los brazos abiertos, ocultando el temor que sentía en su interior. Se abrazaron. Sharshara esperó con paciencia hasta que el anciano terminó de darle la bienvenida, y luego le preguntó:

– ¿Dónde está Lahluba? ¿Por qué no ha venido a defender su barrio?

– ¡Lahluba!

– ¿Dónde está ese cobarde camorrista?

El anciano suspiró y levantó la cabeza, mostrando su cuello delgado con prominentes venas, luego dijo:

– ¿No lo sabes, hijo? Lahluba murió hace tiempo.

– ¡No! -gritó Sharshara desde lo más profundo de su corazón, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe.

– Es la verdad, hijo.

– No, no. Tú chocheas -dijo Sharshara con voz terrible.

– De verdad que murió -aseguró el anciano, retrocediendo un paso por el miedo.

Sharshara se vino abajo. Entonces el anciano continuó:

– Hará unos cinco años.

«¡Ah! ¿Por qué todos los seres desaparecen y no queda más que el polvo?»

– Créeme, está muerto. Le invitaron a un banquete en casa de su hermana y comió cuscús. Él y muchos de sus hombres murieron envenenados.


Respiraba con dificultad, como si el aire estuviera cargado de ladrillos. Se sintió sumergido en lo más profundo de la tierra, sin saber qué quedaba de él en la superficie. Miró a Amm Zahra con impotencia y murmuró:

– Entonces ¿Lahluba ha muerto?

– Sí, y el resto de sus hombres se han dispersado por temor a que los capturaran.

– ¿No ha quedado ninguno?

– Ninguno, gracias a Dios.

De pronto, Sharshara exclamó con voz atronadora:

– ¡Lahluba, cobarde! ¿Por qué has muerto, cobarde?

El anciano, alarmado por la violencia del tono, intentó calmarlo diciendo:

– Tranquilízate, y da gracias a Dios. Sharshara hizo un movimiento para dirigirse a sus hombres, pero de pronto se detuvo y preguntó:

– ¿Y qué sabes de Zainab?

– ¿Zainab? -preguntó a su vez el anciano, desorientado.

– Anciano, ¿te has olvidado de la esposa que me obligaron a repudiar el mismo día de la boda?

– Ah, sí… Ella ahora vende huevos en el barrio de Al Gahsh.

Decepcionado y derrotado, miró a sus hombres, el grupo en el que había gastado la vida, el dinero y la paciencia. Se sentía como si hubiera estado dando palos de ciego.

– Esperadme en la montaña-les ordenó con mal humor.

Los observó con frialdad mientras desaparecían en el túnel uno tras otro. ¿Se reuniría con ellos? ¿Cuándo y por qué? ¿Regresaría por la calle de Gawwala o por el descampado? ¿Y Zainab?…

Sí, Zainab. Por ella había quemado veinte años de su vida. ¿De verdad había sido por ella? «No llegarás a ella pasando sobre el tirano derrotado, como te habías imaginado. Ya está muerto, y no sirve de nada profanar las tumbas. ¡Qué horrible es el vacío! Ahora, ella está en su tienda; ella, y nadie más. ¡Quién se iba a imaginar que nos encontraríamos de una forma tan clandestina y embarazosa!»

Se sentó en un café tan pequeño como una celda y empezó a mirar la tienda, llena de clientes. Allí estaba, una mujer extraña llena de grasa y experiencia de la vida. Los años habían hecho madurar sus inocentes facciones. Iba vestida de negro de la cabeza a los pies, pero su rostro conservaba gran parte de su antigua belleza.

Regateaba y discutía con los clientes, mostrándose unas veces simpática y otras peleona, como una auténtica experta en el comercio. «Ahí está, si la quieres. Puedes tenerla sin peleas, pero también sin honor. Ya no podrás pisarle el pecho a Lahluba y ordenarle que la repudie. ¡Qué horrible es el vacío!»

No podía apartar los ojos de ella. Los recuerdos se vertieron sobre él, haciéndole sentir extrañeza, melancolía y una indecisión desesperante. No tenía idea de lo que iba a hacer. Había creído que Zainab lo era todo en la vida. Pero ¿dónde estaba ella ahora?

Se produjo el ocaso, como si fuera el fin de la existencia, y los clientes empezaron a marcharse. Por fin, Zainab se sentó en una pequeña silla de paja y comenzó a fumar un cigarrillo. Para huir de la confusión, él decidió acudir a su lado. Se puso delante de ella y le dijo:

– Buenas tardes, señora.

Zainab alzó los ojos, pintados de kohl, y le miró. Continuó fumando, sin reconocerle, y le preguntó:

– ¿Desea algo?

– No, gracias.

Ella le volvió a mirar con repentino interés y los ojos de ambos se encontraron. La mujer alzó las cejas y esbozó una sonrisa.

– ¡Soy yo! -exclamó él.

– ¡Sharshara!

– En persona, pero al cabo de veinte años.

– ¡Toda una vida!

– Ha sido como una enfermedad.

– Gracias a Dios estás bien. Pero ¿dónde te habías metido?

– En el territorio de Dios.

– ¿Qué tal el trabajo, la familia y los hijos?

No tengo nada de eso.

– ¡Al fin has vuelto a Shardaha!

– En vano.

Ella le miró con curiosidad y duda.

– Me ha precedido la muerte -dijo él lleno de cólera.

– Ya todo ha pasado -susurró ella, inquieta.

– La esperanza está sepultada con él.

– Ya todo ha pasado -repitió. Se intercambiaron una larga mirada; luego él le preguntó:

– Y tú, ¿cómo estás?

Señalando hacia las cajas de huevos, Zainab respondió:

– Como puedes ver, de maravilla.

Tras un momento de duda, él le preguntó:

– ¿Y no… no te has vuelto a casar?

– Mis hijos ya son mayores.

Era una respuesta sin sentido, una excusa similar a una trampa. ¿De qué servía el regreso, si antes no recuperaba el honor perdido? ¡Qué terrible es el vacío!

– Siéntate -le dijo ella, señalando hacia una silla vacía en una esquina de la tienda.

Su voz era dulce, como el pasado, pero ahora no quedaba más que polvo.

– Otro día -respondió Sharshara con amargura. Luego, tras dudarlo, le estrechó la mano y se marchó. La ocasión no volvería a repetirse. Se sintió igual que veinte años atrás, pero ahora la esperanza no estaba enterrada. Desechó la idea de ir a la montaña pasando por Al Gawwala: no quería ver a nadie ni que le vieran. Y se dirigió al descampado.


Naguib Mahfuz


Notas:

  1. Parte de la dote que el esposo debe pagar únicamente si se consuma el matrimonio. (N. de la T.)

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Amina y los cuidados de su Señor – Naguib Mahfuz

… Cuando el hombre llegó a su altura, ella le precedió alzando la lámpara y él la siguió murmurando:

—¡Buenas noches, Amina!

—¡Buenas noches, señor! —dijo en voz baja, revelando cortesía y sumisión.

A los pocos segundos, la habitación los acogió. Amina se dirigió hacia la mesita para colocar en ella la lámpara, mientras el señor colgaba el bastón del borde de la rejilla de la cama y se quitaba el tarbúsh, que dejó sobre el almohadón que había en medio del sofá. Luego, la mujer se le acercó para quitarle la ropa. Así, de pie, parecía de elevada estatura, ancho de hombros, fornido, con un gran vientre compacto, totalmente cubierto por una yubba y un caftán, de una prestancia y soltura que denotaban magnanimidad y un gran sentido del bienestar. Su cabello negro, planchado a partir de la raya hacia ambos lados de la cabeza, no estaba muy cuidado, pero su solitario, con un gran brillante incrustado, y su gran reloj de oro confirmaban dichas cualidades. Su rostro ovalado, terso y expresivo, de rasgos bien definidos, revelaba, en suma, personalidad y belleza en sus enormes ojos azules; en su nariz grande y altiva que, a pesar de su tamaño, estaba en armonía con la longitud de su rostro; en su boca ancha, de labios carnosos, y en su bigote negro, poblado y de puntas retorcidas con una precisión insuperable.

Cuando la mujer se le acercó, extendió los brazos para que le quitara la yubba, que ella dobló cuidadosamente y colocó acto seguido sobre el sofá. Después, le desató la banda del caftán, se lo quitó y se puso a plegarlo con el mismo esmero, para dejarlo sobre la yubba, mientras el señor se ponía la galabiyya y el bonete blanco, se estiraba bostezando y se sentaba en el sofá con las piernas extendidas y la coronilla apoyada contra la pared. La mujer acabó de arreglar la ropa, se sentó a sus pies y empezó a quitarle los zapatos y los calcetines. Cuando su pie derecho quedó al descubierto apareció el primer defecto de aquel cuerpo tan imponente y bello: su dedo meñique, corroído por la acción repetida de la cuchilla sobre un callo recalcitrante.

Amina se ausentó de la habitación unos minutos, y volvió luego con un barreño y una jarra. Colocó el barreño junto a los pies del hombre y se detuvo atenta con la jarra en alto, al tiempo que el señor se enderezaba en su asiento y le tendía las manos. Ella dejó caer el agua mientras él se lavaba el rostro, se frotaba la cabeza y se enjuagaba abundantemente. Tomó después la toalla del respaldo del sofá y empezó a secarse la cabeza, el rostro y las manos, mientras la mujer recogía el barreño y se lo llevaba al cuarto de aseo.

Éste era el último de los servicios que ella hacía en la gran casa y que desempeñaba desde hacía un cuarto de siglo con un celo jamás menguado por el cansancio; por el contrario, ponía en ello la misma alegría y deleite, el mismo entusiasmo con que realizaba las otras tareas domésticas desde antes de salir el sol hasta que se ponía, y que la habían hecho acreedora al apodo de «la abeja» que le dieron sus vecinas por su perseverancia y actividad incesantes.

Volvió a la habitación y cerró la puerta. Sacó de debajo de la cama un pequeño puf, que colocó delante del sofá, y se sentó en él con las piernas cruzadas como si no hubiera pensado nunca en el derecho de sentarse decorosamente a su lado. El tiempo iba transcurriendo y ella permanecía en silencio hasta que él la invitara a hablar. El señor se apoyó en el respaldo del sofá. Parecía cansado tras su larga velada. Le pesaban los párpados, en cuyos bordes aparecía un desacostumbrado enrojecimiento por efecto de la bebida, y empezó a dar grandes resoplidos cargados de los vapores del alcohol.

Aunque se daba al vino cada noche y lo bebía sin tino hasta la embriaguez, no se resolvía a volver a casa hasta que sus huellas habían desaparecido y recuperaba el dominio de sí mismo, celoso como era de su dignidad y de esa apariencia de la que le gustaba hacer gala en ella. Su esposa era la única persona de la familia con quien se encontraba tras la velada, pero no percibía de las huellas de la borrachera otra cosa que su olor, ni observaba en su conducta ninguna anomalía sospechosa, salvo la que había surgido al principio de su matrimonio y que ella había fingido ignorar.

Al contrario de lo que pudiera esperarse, a ella la enloquecía acompañarlo en aquel rato, por su predisposición a charlar y a explayarse sobre sus asuntos, cosa que escasas veces conseguía en los momentos de total sobriedad. A pesar de todo, ella misma recordaba cómo se sobresaltó el día en que se dio cuenta de que volvía bebido de su juerga. El vino trajo a su imaginación la brutalidad, la locura y, lo que aún era más horrible, la transgresión de la religión que aquél llevaba aparejadas. Sintió asco y se apoderó de ella el terror, y cada vez que volvía sufría un dolor insoportable.

Conforme fueron pasando los días y las noches fue advirtiendo que el señor, al regresar de su velada, era más amable que en cualquier otro momento, pues se despojaba de su severidad y bajaba su vigilancia, a la vez que daba rienda suelta a la conversación. Y así, ella se mostraba afable y se sentía segura, sin olvidarse de rogar a Dios que lo guardara de pecar y lo perdonara. ¡Cómo había deseado ver en él esa relativa dulzura cuando gritaba, estando sobrio! ¡Y cómo se asombraba ante ese extravío que lo volvía más agradable, y que hacía que ella se debatiera largo tiempo entre la aversión religiosa heredada que sentía hacia aquello y la paz y la tranquilidad que le proporcionaba! Pero enterró sus pensamientos en lo más profundo de su alma, y los ocultó como quien no se atreve a reconocerlos más que ante sí mismo…

Naguib Mahfuz

©2018-paginasarabes®

La devota esposa y los Ifrits – Naguib Mahfuz

La celosía estaba situada frente a la fuente de Bayn el-Qasrayn, y bajo ella se encontraba la calle de el-Nahhasín, que bajaba hacia el sur, con la de Bayn el-Qasrayn que subía hacia el norte. La calleja de la izquierda era estrecha y sinuosa y estaba envuelta en una oscuridad que se hacía más densa en los lugares más altos, adonde daban las ventanas de las casas dormidas, y se difuminaba en las partes más bajas a causa de las luces procedentes de los faros de los coches y de los rótulos luminosos situados en los cafés y en algunas tiendas que permanecían en vela hasta que despuntaba el alba. A la derecha, la calle estaba envuelta en sombras, ya que en esa zona no se encontraban los cafés sino las grandes tiendas que cerraban temprano sus puertas.

Sólo detuvo la mirada ante los minaretes de Qalawún y Barquq, que relucían como fantasmas de gigantes, despiertos bajo la brillante luz de las estrellas. Era un panorama al que sus ojos estaban acostumbrados desde hacía un cuarto de siglo y del que nunca se cansaba —quizá porque a lo largo de su vida, y a pesar de su monotonía, nunca había conocido el aburrimiento—; por el contrario, había encontrado en él al amigo y compañero para sus horas de soledad, del que se había visto privada durante tanto tiempo. Esto fue antes de que sus hijos llegaran al mundo, ya que aquella gran casa, con su patio polvoriento, su pozo profundo, sus pisos y sus amplias habitaciones de techos altos, sólo la había albergado a ella durante la mayor parte del día y de la noche.

Cuando se casó era todavía una niña, aún no había cumplido catorce años, pero pronto, tras el fallecimiento de sus suegros, se había visto a sí misma como dueña y señora de la gran casa. La ayudaba entonces en las faenas cotidianas una mujer anciana que la abandonaba a la caída de la noche para irse a dormir a la habitación del horno, situada en el patio, y la dejaba sola en el mundo de las tinieblas, poblado de espíritus y fantasmas. Dormitaba un rato y se despertaba otro, así hasta que su venerado marido regresaba de la larga velada.

Para tranquilizarse, solía recorrer las habitaciones acompañada por su criada, sujetando con la mano la lámpara ante ella y lanzando miradas escrutadoras y asustadas a los rincones. Luego las iba cerrando con cuidado una tras otra, empezando por la planta baja y terminando en el piso alto. Mientras tanto, recitaba las azoras del Corán que se sabía de memoria para expulsar a los demonios. Cuando llegaba a su habitación cerraba la puerta y se echaba en la cama, sin dejar de rezar hasta que la invadía el sueño.

Tan grande había sido su miedo a la noche en la primera época pasada en aquella casa, que seguía teniendo la idea, ella que conocía mucho mejor el mundo de los genios que el de los hombres, de que no vivía sola allí y que los demonios no podían extraviarse mucho tiempo por aquellas habitaciones antiguas, amplias y vacías. Quizás ellos se habían refugiado en éstas antes de que ella fuera llevada a la casa e incluso antes de haber visto la luz del día. ¡Cuántas veces los había oído susurrar en sus oídos y había despertado con el fuego de su aliento! El único consuelo era recitar la fátiha y la azora del Eterno o correr velozmente hacia la celosía para echar una ojeada a través de sus aberturas hacia las luces de los vehículos y de los cafés, afinando el oído para captar una risa o una tos que le hicieran recuperar el aliento.

Después vinieron los hijos, uno tras otro, pero al ser tan pequeños y tiernos no disiparon su terror ni le trajeron la tranquilidad; por el contrario, su miedo se reduplicaba por ese sentimiento de ternura que sentía hacia ellos y por la inquietud de que les sobreviniera algún mal. Los estrechaba en sus brazos a la vez que los cubría con grandes muestras de afecto, y los envolvía, tanto en la vigilia como en el sueño, con una coraza de azoras, amuletos, hechizos y talismanes. Pero no saboreaba la verdadera tranquilidad hasta que el ausente regresaba de la velada.

No era extraño que, mientras estaba a solas con su hijo pequeño durmiéndolo y acariciándolo, lo estrechara de repente contra su pecho, y después, petrificada de terror e inquietud, elevara la voz, gritando como si se dirigiera a alguien presente: «¡Aléjate de nosotros, éste no es tu sitio! ¡Nosotros somos buenos musulmanes!». E inmediatamente recitaba la azora del Eterno con fervor. Con el paso del tiempo y la prolongada convivencia con los espíritus, sus temores se aligeraron mucho y se fue tranquilizando hasta llegar a bromear con ellos, los cuales, por su parte, jamás le causaron mal.

Si oía el ruido de alguno que rondara por allí, decía elevando la voz con valentía: «¿No vas a respetar a los siervos del Señor? Dios está entre tú y nosotros, así que ¡aléjate de aquí de una vez!». De todos modos, ella no conocía la verdadera tranquilidad hasta que regresaba el ausente. Sin duda, la sola presencia de éste en la casa, despierto o dormido, era para ella una garantía de tranquilidad de espíritu, ya estuvieran las puertas abiertas o cerradas y la lámpara encendida o apagada.

Una vez, en su primer año de convivencia, se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte».

De esta lección y otras que siguieron ella había aprendido que podía hacer cualquier cosa, incluso frecuentar a los ifrits, salvo encolerizarlo, y que le debía una obediencia incondicional; y así lo cumplió; se dedicó a obedecerle con tal abnegación que llegó a aborrecer hacerle cualquier reproche a su costumbre de trasnochar, incluso en su fuero interno. Se convenció a sí misma de que la verdadera hombría, el despotismo y las veladas prolongadas hasta más de medianoche eran atributos indispensables de una misma esencia.

Con el paso de los días ella cambió; se enorgullecía de todo lo que procedía de él, tanto si la alegraba como si la entristecía. Y siguió cumpliendo con todos los requisitos de la esposa amante, sumisa y resignada; ni un solo día se había sentido desgraciada por haber escogido la seguridad y la entrega. Y si en algún momento quería sacar a la luz los recuerdos de su vida, sólo aparecían ante ella el bien y la felicidad, y cuando surgían los miedos y las tristezas eran como siluetas vacías que no merecían más que una sonrisa compasiva. ¿Acaso no había convivido con este esposo y sus defectos durante un cuarto de siglo, y de su relación habían florecido unos hijos que eran la alegría de su vida, un hogar rebosante de bien y bendición, y una existencia fértil y feliz? Por supuesto.

Y en cuanto al trastorno que le producían los ifrits, ella sabía salir indemne noche tras noche, ya que ninguno de ellos había extendido su mano con malas intenciones hacia ella ni hacia ninguno de sus hijos, salvo lo que pudiera entenderse como bromas y chistes. No tenía motivos para quejarse, sino para dar gracias a Dios, que con sus palabras tranquilizaba su corazón y con su misericordia dirigía el camino de su vida.

Incluso esa hora de espera, a pesar de que la sacaba de las delicias del sueño y le exigía tanta disponibilidad, ella la consideraba digna de marcar el final del día y la amaba en lo más profundo de su corazón, ya que se había convertido en una parte inseparable de su vida, incluida entre sus numerosos recuerdos. Había sido y seguía siendo el símbolo vivo del afecto a su marido y de su entrega para hacerlo feliz y para hacerle sentir noche tras noche esa entrega y ese afecto. Todo ello la llenó de satisfacción allí, de pie en la celosía, mientras lanzaba su mirada de un lado a otro, a través de los orificios, hacia la fuente de Bayn el-Qasrayn, la desviación de el-Juranfísh, el portón del baño del sultán y los minaretes; también la dejó vagar entre las casas reunidas sin orden ni simetría a ambos lados de la calle, como si fueran un batallón del ejército en una parada de descanso para aliviarse de una dura disciplina.

Sonrió ante aquel panorama que tanto amaba, aquella calle que permanecía en vela hasta que despuntaba el alba, mientras que las otras calles, barrios y callejuelas dormían. ¡Cuánto la había distraído en su insomnio, la había entretenido en su soledad y había disipado sus temores esa calle que la noche no transformaba hasta que envolvía al vecindario en un silencio profundo, de manera que creaba un ambiente en el que sus voces se elevaran y se hicieran patentes como si fueran sombras que llenaran los rincones del cuadro y dotaran a la imagen de profundidad y nitidez! Por eso, la risa resonaba allí como si anduviera suelta por la habitación; cuando se escuchaba la charla habitual ella distinguía cada una de sus palabras, cuando alguien emitía una tos ruda llegaba hasta ella incluso su último resoplido, que más bien parecía un gemido, y cuando se elevaba la voz del camarero anunciando «tamira mojada», como si fuera la llamada del almuédano, se decía a sí misma con alegría: «¡Dios…, esta gente, incluso a esta hora, pide más tamiral».

Después sus voces le hacían recordar a su marido ausente y decía: «¿Dónde estará mi señor a estas horas…? y ¿qué estará haciendo? ¡Que la paz lo acompañe en todas sus acciones!». Le habían dicho una vez que un hombre como el señor Ahmad Abd el-Gawwad, con su riqueza, su fuerza y su belleza, con sus continuas veladas, no podía carecer de mujeres en su vida. En su día sintió el veneno de los celos y la dominó una inmensa tristeza, pero como no tenía valor para hablar con él de lo que le habían dicho, fue con la pena a su madre. Ésta comenzó a calmar su ánimo con las más dulces palabras que pudo encontrar y luego le dijo: «Él se ha casado contigo tras haber repudiado a su primera esposa, y podía haberla recuperado si hubiera querido, o casarse no sólo contigo sino con dos, tres o cuatro más, ya que su padre se casó varias veces. ¡Agradece a Dios que él te haya conservado como única esposa!».

A pesar de que las palabras de su madre no habían conseguido calmar su tristeza cuando ésta era más intensa, con el paso de los días reconoció la gran verdad que había en ellas. Y aunque fuera cierto lo que se decía, quizá formara parte de las cualidades de la hombría, como las veladas y el despotismo; en todo caso, un mal aislado era mejor que muchos males, y no le resultaba fácil permitir que una murmuración estropeara su vida grata y llena de felicidad y bienestar. Después de todo, quizá lo que se decía no fueran más que imaginaciones o mentiras.

Ella se dio cuenta de que la única postura que podía adoptar ante los celos, al igual que ante las penalidades que se cruzaban en el camino de su vida, era resignarse, como si se tratara de una sentencia inapelable. No encontró mejor medio de defenderse que hacer acopio de paciencia y pedir ayuda a su capacidad de resistencia personal, su único refugio para tratar de vencer lo que tanto odiaba. De este modo, los celos y lo que los suscitaba, así como los aspectos del carácter de su marido, y la compañía de los ifrits, se convirtieron en algo soportable.

Observó la calle, prestando oído a las tertulias nocturnas, hasta que le pareció oír el ruido de unos cascos. Volvió la cabeza hacia el-Nahhasín y vio un coche de caballos que se acercaba lentamente, con sus luces brillando en la oscuridad. Lanzó un suspiro de alivio y murmuró: «¡Por fin!». Era el coche de uno de los amigos del señor que lo traía a la puerta de su casa tras la juerga, para seguir, como de costumbre, hacia el-Juranfísh, llevando a su dueño y a un grupo de amigos que vivían en aquel barrio. El coche se detuvo ante la casa, y se oyó la voz de su marido que decía a gritos, riendo:

—¡Que Dios os proteja!

Naguib Mahfuz

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