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Los Gul y los Yinn en la literatura Palestina

Agwal

Entre lo real,lo sobrenatural y lo maravilloso: Los Yinn y los Gul en la Literatura palestina de tradición oral

La Jrefiyye 1

La jrefiyye es un tipo específico de cuento perteneciente a la literatura palestina de tradición oral.

La características principales que lo definen y lo diferencian del resto de los géneros narrativos, son las siguientes:

1º) La narradora por excelencia es la mujer.
2º) Utilización de un lenguaje dialectal y coloquial.
3º) Ausencia de movimientos y gesticulación en su ejecución.
4º)La presencia en la narración de elementos y personajes sobrenaturales y maravillosos.

La jrefiyye constituye todo un mundo donde confluyen una serie de personajes maravillosos y sobrenaturales. Dos tipos son los que aparecen con más frecuencia: el gul (ogro) y el yinn (genio).

El término gul (Pl. Gilan o Agwal) viene de la raíz árabe gala-yagulu que significa: arrebatar, aniquilar, asesinar. El término gul posee una gran variedad de significados: desgracia, accidente, ogro, genio y demonio. Según fuentes antiguas, con la palabra gul se designa tanto a un ser femenino como masculino, aunque los árabes tendían y tienden a verlo como femenino. Como veremos más adelante, muchos consideran a la si’ala como el femenino de gul, sin embargo, el pueblo ha formado el femenino gula que es el más extendido y conocido en todos los cuentos de tradición oral.

En cuanto al término yinn, existen dos teorías sobre la etimología de su raíz. Una que la hace derivar de la raíz árabe yanna-yayunnu que significa: cubrir, envolver, ocultar, volverse loco, ser oscuro, tenebroso, etc. Y otra que asegura que procede del término latino “genius” 2.

Las traducciones que encontramos para el término yinn son numerosas y ambiguas, pues significa tanto genio, como trasgo, gnomo, elfo, demonio, duende y espíritu. La razón de estas traducciones tan poco precisas, es que no existen diferencias muy claras entre los numerosos seres maravillosos y sobrenaturales que existen en la imaginación popular. Tampoco son muy precisas las clasificaciones que hacen muchos sabios y filósofos árabo-musulmanes, pues, según el autor del que se trate, nos encontraremos con divisiones muy diferentes. Esto nos lleva a pensar que la única forma de definir a estos seres, es directamente a través de nuestros cuentos, en donde sí vamos a encontrar características y actitudes bien definidas, o por lo menos más clarificantes.

Tanto los gul como los yinn son personajes muy populares, conocidisimos, no sólo en Palestina, lugar de donde proceden los cuentos que servirán de base para este trabajo 3, sino en todo el mundo arabo-musulmán. Estos seres, presentes en el mundo irreal de los cuentos, forman parte de la experiencia diaria de la gente y de sus más firmes creencias.

La creencia en el gul y yinn proviene de tiempos muy antiguos. Su origen se remonta a los primeros temores del hombre ante la propia naturaleza y lo desconocido.

A pesar de tratarse de personajes tan conocidos y populares, no existe una definición clara y precisa de los mismos, y mucho menos una diferenciación entre lo que es un gul y lo que es un yinn, siendo muy común que sean confundidos entre sí, tanto entre las gentes del pueblo, los filósofos e historiadores más eruditos, como en el cuento mismo.

Según la mayoría de los autores, al gul se le considera una especie perteneciente a la familia de los yinn. Es por esa razón, que en el breve recorrido que se hará desde la época preislámica hasta nuestros días, el término yinn se mencionara la mayoría de las veces, aunque en él quede incluido el gul. En este escueto análisis, se observará cómo la creencia en los genios y ogros ha ido evolucionando, y nos encontraremos con muchas y diferentes opiniones sobre ellos.

Sin embargo, lo que más nos interesa es estudiar a estos seres en nuestro género de cuento, la jrefiyye : cómo son, cómo viven, piensan y sienten, cuál es su función dentro del cuento, cuál es su relación con los héroes y heroínas, etc. Todo ello con el fin de aclarar, situar y diferenciar a estos conocidos y, a la vez oscuros personajes.

La creencia en los Yinn desde la época pre-islámica hasta nuestros días

Época preislámica

Se sabe que la creencia en los diferentes seres sobrenaturales (yinn, shaytan, gul, ‘ifrit, etc.) comunes en la tradición árabo-musulmana, se remonta a las civilizaciones más antiguas. Según Sawqi ‘Abd al-Hakim 4, la creencia en los yinn se remonta al 4000 a.C., particularmente de unos habitantes al sur de Arabia, en el Yemen, conocidos como los Qahtaníes. Al parecer, la situación estratégica del Yemen, a caballo entre el Mar Rojo y el océano Índico, le permitió a este pueblo entrar en contacto con civilizaciones como las de la India y Persia, de las que importó todas estas creencias, que después se propagarían al resto del mundo árabe y más tarde a Europa.

Nos presenta ‘Abd al-Hakim las ideas de otros autores 5 que defienden que la creencia en los genios les llegó a los árabes de sus vecinos los iranios. Sin embargo, los descubrimientos sumerio-iraquíes, mucho más antiguos que los arios, pues se remontan a los principios del 4000 a.C., aportaron nuevas ideas sobre el origen de estas creencias. Ya entre este pueblo se creía en una shaytana 6 (diablesa) que habitaba lugares abandonados y derruidos. De esta primera idea, puede derivar la creencia, todavía presente en la actualidad, de que toda clase yinn y demonios viven en construcciones en ruinas, deshabitadas, en desiertos y sitios poco transitados.

Las tradiciones de los sumerios fueron heredadas por los acadios, pueblo semita, y babilonios, entre los que siguió desarrollándose la creencia en esta shaytana y extendiéndose a todos los pueblos posteriores hasta llegar a los árabes.

Los árabes preislámicos creían en la existencia de los yinn, que representaban las fuerzas hostiles e indómitas de la naturaleza. Se les relacionaba con los animales salvajes, y se pensaba que aparecían bajo diferentes formas animales 7. Era tal el temor y miedo que estos seres les inspiraban a los beduinos que empezaron a ofrecerles sacrificios e implorar su ayuda y protección. Sin duda, los yinn llegaron a alcanzar la condición de semidioses, y debieron existir pocas diferencias entre ellos y los primitivos dioses semíticos, salvo que éstos tenían adoradores y los yinn no. Es más, según un pasaje del Corán (VI,100) los árabes paganos asociaban a los genios como hijos o hijas, e incluso como compañeros de Dios 8.

En cuanto a los parajes por los que suelen pulular estos seres, se cuenta que los árabes preislámicos creían que después de que Dios destruyera los pueblos de Wabar, Tasm, ‘Ad, Zamud y Yadis, los genios ocuparon sus ciudades, casas, baños (hammam), ríos, pozos, etc. 9

Sin embargo, la imaginación y el miedo de los árabes preislámicos debieron ser los verdaderos condicionantes a la hora de precisar los lugares en donde habitaban los yinn: desiertos, descampados, los fondos de los ríos, los pozos, cuevas, ruinas; todos, lugares que les infundían temor, sobre todo con la caída de la tarde 10.

Los viajeros o despistados que se adentrasen en territorio de los yinn podían encontrar la muerte o sufrir incontables burlas y jugarretas por parte de genios, demonios, ogresas y ogros. Por eso, se adoptó la costumbre de invocarlos y pedir su protección al aproximarse a lugares desiertos y solitarios, diciendo: “¡Oh, dueño de este valle! Te pido protección frente a la plebe que te obedece” 11. Con ello se pensaba que obtenía el favor de los genios del lugar, para poder pasar o acampar sin peligro.

La relaciones entre los humanos y los yinn eran bastante hostiles, de ahí el miedo que los árabes sentían hacia ellos, y todas las precauciones que tomaban antes de pasar por un territorio, supuestamente poblado por los genios, procurando en todo momento no ofenderlos ni levantar su temida ira. Sin embargo, la relación que los genios tenían con poetas, magos, sacerdotes y adivinadores solía ser bastante buena. Se creía que los poetas recibían de éstos la inspiración, que al igual que magos, sacerdotes y adivinadores, tenían un vínculo muy especial con estos seres, a los que con frecuencia invocaban y hacían ofrendas.

Otro tipo de relación en la que se creía era la amorosa, y existen varias leyendas que narran amores y matrimonios entre humanos y genios. Una de las leyendas más conocidas es la que cuenta que Balquis, la reina de Saba, era hija de un humano y una yinna 12.

La llegada del Islam

La llegada del Islam supuso, por un lado, la afirmación y supervivencia de muchas creencias y prácticas pre-islámicas, y por otro, la prohibición de muchas otras. La creencia en los yinn fue una de las que lograron sobrevivir y reforzarse, sin embargo se prohibió la costumbre de ofrecerles sacrificios.

Según la concepción musulmana, se definieron como seres corpóreos creados antes que Adán (XV,27) de un fuego purísimo 13 (LV, 15/14), dotados de inteligencia, imperceptibles a nuestros sentidos y capaces de adoptar cualquier forma.

Los yinn aparecen citados en numerosos pasajes del Corán, e incluso existe una sura(LXXII) dedicada a ellos, con el nombre de “al-yinn”. En el libro sagrado se les acepta como una raza en la Tierra que vive entre los humanos y que, al igual que éstos, dan testimonio de su fe (LXXII,2) y aceptan el Islam, exhortando a los ateos para que acepten la verdadera religión y sigan el camino recto (XLVI,29,30,31).

Las relaciones que se establecen en el Corán entre los genios e Iblis (el demonio), no son nada claras. Pues en aleyas como la XVIII, 48, Iblis es considerado un yinn por haberse negado a postrarse ante Adán como los demás ángeles, mientras que en la aleya II,32, es considerado un ángel. Todo ésto ha generado una gran confusión a la hora de diferenciar a los genios de los demonios (Sayatin) y un interminable número de historias, leyendas, hipótesis e interpretaciones acerca de este tema.

A diferencia del yinn, el gul no aparece citado en el Corán. El Profeta era consciente de la creencia popular en los ogros, y aunque en un hadiz niega su existencia, los comentaristas afirman que se refiere solo a la capacidad de transformarse, puesto que existe otro hadiz en el que el Profeta Muhammad recomienda pronunciar el nombre de Dios para escapar de sus maleficios y librarse de ellos 14.

Muchos sabios y eruditos musulmanes, que creían en la existencia de estos seres, han intentado definir y determinar qué son los yinn, con el fin de aclarar la confusión existente en torno a ellos y otros personajes como demonios, ogros, duendes, etc. Sin embargo, nos encontraremos con numerosas definiciones y clasificaciones, cada una diferente de la otra, con lo que la aclaración sobre qué son los genios deja un poco que desear.

Al-Qazwini (1203-1283) los define como animales etéreos, de cuerpo transparente que pueden tomar formas diferentes. Muy parecida es la definición de ad-Damiri (1349-1405) que los considera cuerpos etéreos con posibilidad de adoptar formas diferentes, dotados de inteligencia y capaces de realizar los trabajos más duros.

Donde existen más diferencias es a la hora de la clasificación, según as-Sibli (m.1367) cuando se habla del verdadero genio se le llama yinni. Si es de los que viven con la gente, se le llama ‘amir (habitante), cuyo plural es ‘ummar. A los genios que se le aparecen a los niños se les denomina ‘arwah (espíritus). Si es malo, recibe el nombre de shaytan (demonio), cuando es un poco más malo que éste, se le llama marid (genio, demonio), pero si es peor que los anteriores y tiene mucho poder, se le dice ‘ifrit (diablo, duende).

Para Wahab Ibn Munabbih (655-729) los auténticos yinn son espíritus (‘arwah) que no comen ni beben ni duermen ni procrean. No opina igual ad-Damiri, pues para él existen algunas especies de yinn que comen, beben y se casan, como los ogros (gilan), ogresas (si’ali)demonios (qatarib) y lo mismo ocurre con los hijos de todos ellos.

Ibn al-Kazir (m.1372) dice que los genios fueron creados del fuego y son igual a los humanos, pues comen, beben y se reproducen.

Según algunos hadices atribuidos al Profeta, hay varios tipos de genios: los que son como el viento y vuelan en el aire con sus alas; los que son animales como las serpientes, los escorpiones e insectos; por último los que se comportan y actúan como humanos y tienen descendencia.

Para al-Qazwini el gul (ogro) y la si’ala (ogresa) son los demonios más conocidos, son animales muy feos, poco agraciados por la naturaleza, al vivir aislados en los desiertos se convirtieron en salvajes, así que son mitad bestias mitad humanos. Se aparecen al que viaja solo por la noche y adoptan forma humana para desviar al viajero de su camino.

Al-Yahid (m.869) considera que el gul es el nombre que se le da a los yinn que se aparecen al viajero bajo las formas y ropas más diversas, la mayoría de las veces con apariencia femenina y entonces se la denomina si’ala.

Según ad-Damiri el ogro es una clase de yinn y de šhaytan que tiene poderes mágicos y se aparece a los humanos por la noche. Y considera a la si’ala (ogresa) como la más perversa de entre los ogros que, a diferencia del gul, aparece por el día 15.

Otros sabios medievales como Ibn Sina (Avicena), Ibn Jaldún y el movimiento de la Mu’atazila 16 negaron la existencia de estos seres.

Por Montserrat Rabadán Carrascosa


Notas:

1 Este trabajo está basado en un apartado de la tesis doctoral: La jrefiyye palestina: literatura, mujer y maravilla, la cual presentado en la Universidad Autónoma de Madrid. ** Montserrat Rabadán Carrascosa, El Colegio de México, C.E.E.A., Camino al Ajusco, nº 20, México D.F. 01000.
2 El Corán, Trad. Juan Vernet, Barcelona, Planeta, 1986. p.139, n.100. Véase también: Encyclopédie de l’Islam, s.v. djin, p.560.
3 Tawaddud`Abd al-Hadi, Jararif sa`abiyya [Cuentos Populares], Bayrut, Dar Ibn Rusd, 1980.
4 Sawqi Abd-l-Hakim, Al-fulklur wa-l-‘asatir al-`arabiyya [El folclor y las leyendas árabes], Bayrut, Dar Ibn Jald_n, 1978, p. 129-146.
5 Sawqi Abd-l-Hakim, op.cit. pp.129-130
6Ibid., pp.132-133.
7 Véase: Duncan Black Macdonald, The Religious Attitude and Life in Islam, London, Darf, 1985, pp. 130-156.
8 Duncan Black Macdonald, op. cit. pp.133-134
9 Mahmud Salim al Hut, Fi-l-tariq al-mizuluyia `inda-l-`arab. Bahz mushab fi-l-mu`ataqadat wa-l-asatir al-`arabiyya qabla-lislam.[En el camino de la mitología de los árabes. Un estudio minucioso de las creencias y leyendas árabes antes del Islam], Bayrut, Dar an-Nahar li-n-nasr, 1979, p. 212.
10 Ibid., p.211.
11 El Corán, op.cit., p.636, n.6.
12 Jairat Al-Saleh, Jairat, Ciudades fabulosas, príncipes y yinn de la mitología árabe, Madrid, Anaya, 1986, pp. 50-57.
13 El Corán, op.cit., p. 139, n.100.
14 Encyclopédie de l’Islam, s.v. ghul, pp.1104-1105.
15 Sobre las definiciones de los diferentes autores, véase: Mahm_d S_lim al-H_t, op. cit., pp.208-236.
16 “Los separados”, este movimiento se dio entre los siglos VII-XI, y fueron el grupo que no tomó partido en el conflicto entre los partidarios de ‘Ali y los Mu’awiya. Defienden el libre albedrío, la unidad de Dios y la Justicia Divina. Para más información véase: Miguel Cruz Hernández; Historia del pensamiento en el mundo islámico, 2 vols., Madrid, Alianza Universidad, 1981. vol.1, pp. 89-127.


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Polvo de momias

Un grato enterramiento llega en paz, tus setenta días han sido completados.
Tutmosis II

La farmacopea europea tradicional, hasta no hace muchos años, incluía productos algo exóticos para nuestras mentes acostumbradas a las precisas fórmulas químicas de los medicamentos que utilizamos. Contaban en ese entonces con el rojo polvo de basilisco, con la espirituosa mandrágora en todas sus formas, con el raro esperma de ballena, con los ubicuos excrementos de paloma, con el milagroso bezoar y los enhiestos cuernos de unicornio. Pero por sobre ellos reinaba un remedio a todos los males, fuente de curaciones milagrosas que sólo podía competir en capacidad sanadora con las reliquias de los santos (especializadas éstas en distintas partes de la anatomía aun antes que los profesionales del arte de curar). Se trata del polvo de momia, que los egipcios llamaban Sabu, expendido en forma de moliendas a ingerir o en su variable de mortajas, que aseguraban una pronta curación de cuantas enfermedades hostigaran a la doliente humanidad.

La palabra “momia” tiene su origen en la voz persa mummia. Los árabes usaban un término semejante, mummiya, que significa betún o cera mineral, sustancia empleada profusamente en el proceso de momificación de los cuerpos. Este proceso se inició en tiempos de Osiris, cuando éste fue descuartizado por su hermano Seth, y Anubis debió embalsamarlo para su viaje al país de los muertos. Aunque estas técnicas de embalsamamiento se remontan a las primitivas dinastías, fue durante el período entre XVIII y XXI (1500 a 1000 a. C.), cuando llegaron a su mayor esplendor. La creencia de que el espíritu del muerto (Ka) retornaría a ocupar su cuerpo hacía necesario preservarlo de forma tal que éste lo pudiera reconocer al volver de la otra vida.

El proceso utilizado era el mismo con el que Anubis embalsamó a Osiris. La técnica variaba de acuerdo con la jerarquía del fallecido, pero en todos se preservaba el corazón, lugar donde, suponían, se alojaba el alma. Ni el cerebro ni los ojos se conservaban. Estos últimos eran reemplazados por cebollas coloreadas y el primero era removido íntegramente con un gancho que se introducía a través de los orificios nasales, algo que se hace en algunas operaciones actuales de neurocirugía para extirpar la hipófisis. Una poco cuidadosa técnica podía dejar narices mutiladas, como la de Tausert, la poderosa sacerdotisa del dios Amón. Removidas estas partes comenzaba el proceso de embalsamamiento propiamente dicho, que era llevado a cabo por dos grupos de especialistas: los Parischistes, encargados de remover los órganos, y los Taricheutes, saladores, que introducían los compuestos necesarios para conservar al cadáver. Utilizando un cuchillo de obsidiana se realizaba una incisión vertical de unos quince centímetros sobre el flanco izquierdo del abdomen, a través de ella se retiraban todas las vísceras —intestinos, hígado y bazo— a excepción de los riñones y la vejiga. Por la misma vía cortaban la tráquea y el esófago, removiendo todo el contenido torácico, usando un gancho especial por la misma incisión abdominal, una suerte de grosera cirugía endoscópica. El corazón era devuelto a su lugar, continuando allí su viaje por la eternidad. Este órgano era considerado el sol interior, el Ka mencionado. En él se encerraba la esperanza de una vida eterna. Pero ese corazón debía enfrentarse a la corte de la muerte, curiosa corte ésta, conformada por Anubis, con cabeza de chacal y Ammit, el comedor de muertos, una extraña mezcla de hipopótamo, león y cocodrilo. El difunto debía hacer una confesión negativa, en donde enumeraba ante los cuarenta y dos dioses los pecados que no había cometido. Quizás de esta forma ahorraban tiempo, porque su lista de faltas era más larga que los Diez Mandamientos. Entre muchos otros pecados, consideraban punible el derroche de agua y “el haber multiplicado mis palabras más allá de lo que debería haber dicho”, circunstancia que impediría a abogados y políticos acceder al Olimpo egipcio. Si el corazón era encontrado culpable, le estaba vedada la compañía de los dioses y sólo servía de almuerzo al voraz Ammit.

Las cavidades eran lavadas con agua y vino de palmera. Allí se introducían mirra, canela y otras sustancias aromáticas. Los órganos retirados eran preservados separadamente en resina, recubiertos por una delgada tela de lino, puestos dentro de una vasija canope1 con representaciones de las cuatro cabezas de los hijos de Horus: una humana, una canina, la de un gavilán y la de un chacal. Estos recipientes, a veces, volvían a ser introducidos en la cavidad abdominal. Los órganos reproductores femeninos siempre eran removidos, no así los masculinos, que eran dejados en su lugar. Solamente en el caso de Seti I y Ramsés II los mismos se preservaron en un recipiente separado, vaya uno a saber por qué desgraciado accidente pre o post mortem.

Los egipcios conocían por experiencia que la sequedad del desierto permitía la deshidratación de los cuerpos y la conservación. Así los habían preservado durante las primeras dinastías. Pero este proceso llevaba mucho tiempo. Entonces recurrieron a métodos químicos de deshidratación, utilizando el natrón (solución de carbonato de sodio con bicarbonato sódico, una mezcla extraída del lago Ued-en-natrum2, de donde deriva su nombre).

Los egiptólogos tenían dudas acerca de cómo era usado este natrón. El libro del historiador griego Herodoto, principal fuente explicativa (ya que hasta ahora sólo se encontró el Papiro de Bulaq, donde se comenta superficialmente el tema), no precisa si era usado en solución o en polvo. Hechas las experiencias, se demostró que al sumergir los cuerpos en solución de natrón la carne tendía a desprenderse. Esto explicaría por qué existen momias con una pierna y tres brazos. En caso de dejarlos sobre polvo el cuerpo se preservaba mejor, aunque disminuyendo su tamaño. Este paso demoraba exactamente setenta días. A continuación, los embalsamadores, después de lavar el cuerpo, introducían resina caliente a través del orificio por donde habían extraído el cerebro.

El interior del abdomen era rellenado con liquen, aserrín, telas impregnadas en resina y algunas cebollas, como las utilizadas en reemplazo de los ojos de Ramsés IV.

Hasta acá, la momia era una especie de suela dura y poco flexible. Lo que se hacía era semejante a la salazón de un cuero vacuno, para promover la deshidratación. Luego comenzaba el proceso de curtido. Se coagulaban las proteínas usando aceites de cedro y de comino, trementina, incienso, minerales y grasas animales.

Con la piel y el subcutáneo convertido en un cuero terso y flexible, llegaba el momento de rellenarlo y envolverlo para su largo viaje. Las cavidades se atiborraban con resina. La incisión abdominal era a veces suturada. Las mejillas se rellenaban con telas para darles un aspecto más rozagante y el cuerpo era pintado de rojo, en caso de ser hombre, y de amarillo azafrán si era mujer.

Los brazos se colocaban en distintas posiciones, de acuerdo con lo que habrían de llevar al más allá. Los monarcas, que portaban sus bastones de oro y piedras preciosas, los tenían cruzados sobre el pecho. Como muy pocos conservaron sus ricos atuendos, ni sostuvieron por mucho tiempo sus cetros (sustraídos por generaciones de ladrones de tumbas), quedaron en una pose algo ridícula. Otras momias presentan los brazos a los costados o con las manos sobre el pubis.

Completado el proceso, lo único que faltaba era envolverla en metros de lino3, cosa que llevaba casi dos semanas. Este paso se llamaba Ges y se completaba recubriendo la tela con una goma, según contaba Herodoto. En una momia se encontraron dos ratones que, probablemente ebrios por el incienso y el vino de palmera, quedaron atrapados durante el proceso de amortajamiento y se mantuvieron así por estos 3.000 años como polizones en un viaje hacia otra vida.

La riqueza del sarcófago y de la máscara mortuoria estaba en directa relación con la importancia del personaje en cuestión. Hostigados a lo largo de los siglos por ladrones de tumbas, las generaciones posteriores optaron por no redundar en despilfarros, guardándose el oro y las joyas para los vivos y dejando las maderas y las pinturas para los difuntos.

Tan viejas como la humanidad son las diferencias sociales. Todos los hombres nacen iguales (bueno, no todos) pero no todos mueren igual. Muchos egipcios no podían oblar tales ostentaciones y debían recurrir a embalsamamientos menos costosos. Aquí el acceso a la inmortalidad se hacía literalmente por la puerta trasera. Era la evisceración “per ano”. Por ese orificio introducían un líquido graso llamado enebro cade, dejándolo dentro de la cavidad abdominal, mientras el cuerpo se mantenía en natrón. Una vez retirado el tapón, a los setenta días, los contenidos abdominales disueltos escapaban por su vía natural.

Para aquellos que hoy llamaríamos pobres de solemnidad, se purgaba el cuerpo con un desinfectante vegetal, probablemente con alto contenido tánico, llamado Syrmala, y se depositaba el cuerpo en natrón para su desecación y ulterior entierro.

Como acompañantes del viaje hacia mejor vida, los egipcios solían llevar a sus mascotas: toros, perros, cocodrilos y gatos. En 1859 exploradores británicos encontraron un enterratorio con 300.000 felinos momificados. No en vano el utilitarismo de Jeremy Ben tham había nacido en Inglaterra, porque se llevaron a los rígidos felinos para ser utilizados como abono en la rubia Albión.

Hasta hace pocos años, la princesa Makare ofrecía un misterio de difícil solución. Esta joven noble, sacerdotisa y virgen (ordene usted estas virtudes según su escala de valores) había sido enterrada con la momia de una criatura. ¿Qué hacía ese niño en el sarcófago de la sacerdotisa virgen? ¿Quién era? ¿Por qué estaba con Su Majestad? ¿Un hermano? ¿O acaso el fruto de tentaciones carnales que deshonraron su existencia a punto tal de serle insoportable persistir en este mundo? Todo un enigma que la ciencia resolvió al estudiar a la criatura con rayos X. Para sorpresa de todos y alivio de la dama, era el esqueleto de un simio, mascota de la princesa virgen y sacerdotisa, que de esta forma recuperaba el buen nombre y honor digno de sus virtudes intactas.

Hacia el siglo XV Europa fue invadida por lienzos de momias egipcias que garantizaban la curación de cualquier herida o úlcera cutánea. Magnífico desinfectante, se cree que además de la poderosa sugestión de ser tratado como un faraón, un hongo crecido entre las vendas podría haber sido responsable del desarrollo de un antibiótico como el del Penicillum notatum. De allí su capacidad curativa, que los galenos medievales usaban sin saber de gérmenes ni antibióticos.

Si las telas que recubrían las momias tenían ese poder, los antiguos médicos elucubraron las posibilidades terapéuticas de las mismas momias. Se estableció entonces una interesante corriente comercial entre Egipto y las principales ciudades europeas. Las momias machacadas y disueltas en vino con miel garantizaban curaciones tan milagrosas como la ingesta de reliquias de santos católicos.

El tráfico fue tan intenso, y los requerimientos de tal magnitud, que pronto se quedaron sin momias para ofrecer. Por ende, estos precursores de los ejecutivos de laboratorios multinacionales estimaron que, después de todo, las diferencias terapéuticas entre una momia de tres mil años y otra de pocas semanas no podían ser tantas. ¿Qué mejor que hacer momias último modelo? Por pocos dracmas se conseguía un cadáver que era prontamente tratado con natrón, utilizando el método reservado para ciudadanos de segunda (léase el de la puerta trasera), procesado y secado al sol con ayuda del alquitrán, y de esta forma a las ocho semanas podían contar con una momia casi indistinguible de las de sus antecesores. Y si alguna diferencia subsistía, desaparecía prontamente al ser reducida la momia a polvo, ahorrando en embalaje y presentándose en forma ready for use.

Ambroise Paré, el célebre cirujano de la corte francesa, le desconfiaba al producto, y mucho más cuando de boca de su colega, Gilles de la Fontaine, se enteró de esta práctica engañosa. Sin embargo, su prédica no fue escuchada y este negocio, como tantos otros, llegó a su fin cuando el califa de Egipto, deseoso de compartir los réditos de sus sacrificados empresarios, recargó sus trabajos con pesados impuestos que les quitaron su merecida retribución por tan desagradable tarea. El comercio de las momias cesó, no por falta de efectividad terapéutica, sino por codicia gubernamental (¡y algunos necios sostienen que la historia no se repite!).

Cuando los franceses comenzaron a interesarse en el arte egipcio, más allá de usarlo como blanco de sus cañones (Napoleón apuntaba a la nariz de la Esfinge para calibrar sus armas) y Champolion descifró el misterio de los jeroglíficos en la Piedra Roseta, se enteraron de las terribles maldiciones que podían caer sobre aquellos que perturbasen el sueño de sus momias, advertencias destinadas a espantar a generaciones y generaciones de ladrones de tumbas. La historia se ha cansado de demostrarnos que suculentas ganancias son un estímulo poderosísimo para correr los peores riesgos.

La maldición más conocida tuvo como víctima a lord Carnavon, financiador de la expedición de Carter, que descubrió uno de los pocos recintos reales todavía intactos, la famosa tumba de Tutankamón. Dicen que no menos de 16 personas murieron en forma misteriosa después de haber tenido contacto con el faraón4. Algunos inculparon a un antiguo virus olvidado por los tratados de microbiología que retornaba después de 3.500 años de sueño egipcio a vengar el perturbado reposo del monarca.

Sin embargo, hubo una momia poco conocida, pero particularmente vengativa, responsable de la muerte de 1.522 personas. En 1912 fue embarcada hacia América, como un pasajero más del Titanic.

1 Canope: almirante egipcio que condujo a Isis y Osiris en su viaje a la India. Fue elevado a la categoría de Dios.
2 Ubicado entre El Cairo y Alejandría.
3 Se usaban entre 1.000 y 1.500 metros.
4 No así Carter, que sobrevivió varios años más.

Por Omar López Mato, fragmento del libro Despues del entierro.

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El número 7

El número 7 fue y sigue siendo un número mágico, ya que era el número de los planetas visibles, el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En la Antigüedad y en la Edad Media, muchas funciones estuvieron asociadas a la Astronomía.

Así hay 7 días de la semana, 7 notas musicales, 7 pecados capitales y 7 virtudes en el cristianismo, 7 demonios en Mesopotamia y 7 trompetas en el Apocalípsis judeocristiano. Los antiguos dividieron también el cuerpo humano en 7 partes. Los templos budistas tienen 7 pisos. El infierno sumerio tenía 7 puertas.

Este mito tiene también su vertiente anatómica, ya que el útero de las conejas y otros animales tiene 7 cavidades. Los médicos antiguos no estudiaron la anatomía humana en cadáveres por respeto a los muertos y se conformaron con disecar animales, sobre todo, cerdos, por ser el que más se parece interiormente al hombre.

Galeno aseguró que el útero femenino tiene 7 cavidades y así lo describieron los médicos medievales hasta que se realizaron las primeras disecciones humanas, ya en el siglo XIII.

La historia de los 7 arcoiris 

“Muy en el principio de los mundos que luego caminaron nuestros más grandes abuelos, los más grandes dioses, los que nacieron el mundo, los primeros, se bajaron a platicar con los hombres y mujeres de maíz. Era una tarde como ésta, de frío, lluvia y sol que parpadea. Se sentaron los más primeros dioses a platicar con los hombres y mujeres de maíz para hacer los acuerdos de los caminos que debían caminarse los hombres y mujeres verdaderos. Porque estos dioses, que eran los más primeros, los que nacieron el mundo, no eran mandones como los dioses que fueron llegando luego. No eran mandones los primeros dioses, buscaban el buen acuerdo entre ellos y con los hombres y mujeres de maíz. Buscaban siempre llegar al buen camino juntos, con buen acuerdo y buena palabra. Y entonces estaban esta tarde, que era de las primeras del mundo más primero, platicando los dioses más grandes con los hombres y mujeres de maíz, con sus iguales.

Acuerdo hacían de buscar los acuerdos buenos con otros hombres y mujeres, con otras lenguas y con otros pensamientos. Tenían que caminar los hombres y mujeres de maíz hasta muy lejos adentro de su corazón para buscar las palabras que otros hombres y mujeres, que otros colores, que otros corazones entendieran.

Y entonces sacaron acuerdo de los trabajos que debían hacer los hombres y mujeres de maíz para hacer un mundo bueno. Y entonces sacaron el acuerdo de que siete eran los trabajos más primeros, los más importantes para hacernos nuevos. Y hablaban los 7 primeros dioses, los que nacieron el mundo, diciendo que 7 eran los trabajos que debían cumplirse para que el mundo fuera bueno y nos hiciera nuevos. Decían los más grandes dioses que 7 debían de ser porque 7 eran los aires o los cielos que techo le ponían al mundo y así decían los dioses primeros que estos eran los siete cielos; el séptimo aire el de Nohochaacyum, el gran padre Chaac. En el aire sexto los Chaacob o dioses de la lluvia. En el quinto los Kuilob Kaaxob, los señores del yermo. En el cuarto aire los guardianes de los animales. En el aire tercero los malos espíritus. En el segundo los dioses del viento. En el primero, inmediatamente por encima de la tierra, los Balamob que guardan las cruces del pueblo y de las milpas. En las profundidades estaba Kisin, el dios del temblor y el miedo, el diablo.

Y también decían los primeros dioses que 7 eran los colores y 7 su número en que se contaban. Y la historia de los colores ya te la conté en otro día y la de los 7 trabajos te la cuento después si es que hay tiempo y modo que la escuches y que yo te la hable ­apura el Viejo Antonio al mismo tiempo que se agota el último resplandor en su cigarro.

Y entonces los hombres y mujeres de maíz se estuvieron de acuerdo en cumplir con los 7 trabajos para que el mundo fuera bueno y miraron al lugar donde el sol y la luna se turnan su duermevela y preguntaron a los dioses primeros que cuánto debían caminar para cumplir esos 7 trabajos que sirven para hacer el mundo nuevo y entonces los dioses primeros dijeron que 7 veces 7 se caminaran el 7 porque así había salido el número que recuerda que no todos pueden ser pares y que siempre puede haber lugar para el otro. Y entonces los hombres y mujeres del maíz dijeron bueno y volvieron a mirar hacia la montaña que cajita era para guardar los pechos de la madre tierra por turnos, uno de día, de noche la otra. Y mirando los hombres y mujeres de maíz se preguntaron que cómo saben cuántas veces es 7 veces 7 caminar el número 7 y los dioses primeros dijeron que no lo sabían tampoco porque eran dioses primeros pero no todo lo sabían y tenían todavía que estudiarse mucho y por eso no se iban luego sino que se quedaban con los hombres y mujeres de maíz para aprenderse juntos lo nuevo. Y entonces se hicieron una reunión entre los dioses primeros y los hombres y mujeres de maíz y se pusieron a pensar juntos para juntos encontrar el buen camino que nuevo hiciera el mundo.

Y en eso estaban, o sea que pensándose, o sea que sabiéndose, o sea que hablándose, o sea que aprendiéndose, o sea que estándose cuando la lluvia se colgó en la mera mitad de la tarde sin caerse ni levantarse, nomás estando ahí y los hombres y mujeres de maíz se quedaron mirando y también los primeros dioses y ahí nomás que se empieza a pintar un puente de luz y nubes y colores y de la montaña venía el puente y al valle iba al puente y luego clarito se veía que el puente de colores, nubes y luz no iba a ninguna parte ni se venía de ningún lado sino que nomás se estaba ahí, encima de la lluvia y el mundo. Y tenía el puente de luz, colores y nubes 7 colores como franjas y entonces los dioses primeros y los hombres y mujeres de maíz se miraron otra vez y se volvieron a mirar el puente que no iba ni venía sino nomás se estaba y entonces se entendieron que el puente de colores, nubes y luz no va ni viene sino que sirve para ir o para venir y entonces se pusieron muy alegres los todos que se estaban pensándose y aprendiéndose y supieron que eso era lo bueno, ser puente para que vayan y vengan los mundos buenos, los nuevos que nos hacemos. Y rápido sacaron los musiqueros sus instrumentos y rápido se sacaron los pies los dioses primeros y los hombres y mujeres verdaderos y a bailar se pusieron porque ya estaban un poco pensándose y sabiéndose y hablándose y aprendiéndose. Y ya que se acabaron de bailarse, se reunieron otra vez y encontraron que 7 veces 7 era que 7 arcoiris de 7 colores tenían que hacerse caminando para que pudieran cumplirse los 7 trabajos principales. Y entonces ya se supieron también que terminados los 7 se seguían otros 7 porque los puentes de nubes, colores y luz no van ni viene, no tienen principio y final, no empiezan ni acaban, sino que se la pasan siempre cruzando de un lado a otro. Y así quedó el acuerdo que sacaron los dioses primeros y los hombres y mujeres verdaderos. Por eso, desde esa tarde de alegría y saber, los hombres y mujeres de maíz, los verdaderos, se pasan la vida haciendo puentes, y en la muerte también se hacen puentes. Puentes siempre de colores de nubes y de luz, puentes siempre para ir de uno a otro lado, para hacer los trabajos que nacen al mundo nuevo, al que buenos nos hace 7 veces 7 se caminan el 7 los hombres y mujeres de maíz, los verdaderos. Haciendo puentes se viven, haciéndose puentes se mueren…”Se calla el Viejo Antonio. Yo me le quedo mirando y estoy a punto de preguntarle que qué tiene que ver eso con mi pregunta de hasta cuándo nos vamos a estar escondiendo, cuando una luz le renueva la mirada y sonriendo me señala hacia la montaña, a occidente. Yo me giro y veo un arcoiris que no va ni viene, que se está ahí nomás, puenteando mundos, puenteando sueños…

Hoy, en el séptimo día del amanecer del año, hasta 6 arcoiris fueron apareciendo en el camino. Contradiciendo la angustia en el pecho y la resaca la asfixia del desvelo anterior, un puente curvo de luz, de nubes y de colores 6 veces recordó al Viejo Antonio y su historia de los 7 arcoiris. Pasé el camino esperando la aparición del séptimo y el frío coleto me trajo otros recuerdos de unas madrugadas de hace 2 años cuando con bombas y soldados se pretendía apagar el Ya Basta! moreno que amaneció el mundo. Hace dos años, en estos mismos suelos, la dignidad indígena despertó y nos despertó. No fue poco el dolor ni pequeña la muerte. Pero ésa es otra historia y yo nomás quería decirles que aquí nomás se estaba el séptimo arcoiris, en esta reunión o foro en el que estamos pensándonos, hablándonos, aprendiéndonos, sabiéndonos. Y yo quería decirles que éste, el suyo y el nuestro, es el séptimo arcoiris, el séptimo puente que tenemos que hacernos para nacernos nuevos mundos. Así que ya nomás nos faltan 7 veces 7 caminar el 7 para decir y decirnos que hemos terminado los 7 trabajos que nacen al mundo bueno, al que nos hace nuevos.

Referencias:
Breve historia de los sumerios, Ana Martos Rubio.
Palabras del subcomandante Marcos en la Plenaria del Foro Nacional Indígena San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.7 de enero de 1996

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