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Libros: Las chicas con hiyab hablan

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Les filles voilées parlent, Cuarenta y cinco textos y entrevistas recogidos por Ismahane Chouder, Malika Latrèche y Pierre Tevanian. Editions La Fabrique, París, 2008. Por primera vez un libro aborda la cuestión del pañuelo dando a las mujeres que lo llevan el estatuto de sujetos y no de objetos. Les filles voilées parlent ofrece un espacio para la palabra consecuente (más de 330 páginas) a cuarenta y cuatro mujeres musulmanas con hiyab que viven en Francia, de todas las edades y perfiles, y las deja hablar de lo que ellas quieren, como ellas quieren y en el registro que ellas quieren.El resultado es impresionante, tanto por la manera como se desbaratan las ideas recibidas sobre “la” mujer con hiyab, como por el cuadro sombrío que presenta de la estigmatización, las discriminaciones y las violencias que se hacen en Francia a las mujeres que discrepan de la norma vestimentaria dominante.
En el texto que sigue, quienes han coordinado el libro nos presentan más en detalle el proceso que han llevado adelante y las enseñanzas que sacan de él. Sería vano proponer un análisis o una síntesis de la palabra que se expresa en este libro, porque es muy rica, compleja y diversa. Donde el rodillo compresor mediático y la demagogia política amalgaman, generalizan y homogeneizan todas las situaciones tras un tipo ideal de “la” mujer que lleva hiyab, o “del” hiyab como “símbolo de opresión”, nosotros/as hemos encontrado, por el contrario, mujeres y adolescentes -cuarenta y cuatro en total- todas diferentes unas de las otras: unas, alumnas “brillantes”, otras no tanto; algunas extrovertidas, otras más reservadas; temperamentos “rebeldes” y otros más “reposados”; mujeres comprometidas en la vida asociativa, social o política, otras por el contrario atraídas por el repliegue hacia la familia, el entorno próximo o la comunidad: optimistas y pesimistas -y muchos otros matices todavía…
A la demonización que demasiado a menudo utilizan los demagogos que nos gobiernan y nos informan en Francia, este libro no opone la idealización, sino la humanización: dando la palabra a las mujeres que llevan hiyab, se les deja su humanidad, o se les da la ocasión de manifestarla claramente.Cada mujer o adolescente manifiesta esta humanidad por medio de lo que es justamente lo característico de la especie humana: su propia palabra. Una palabra en primera persona, que nos aleja de generalizaciones sobre “el velo” y “su significado“, para permitirnos entrever, tanto por su contenido como por su tono o estilo, personalidades singulares e interesantes.

Si la cuarentena de mujeres que se expresan en este libro es representativa de algo, es precisamente y ante todo de la infinita diversidad de situaciones, de trayectorias y de temperamentos que abarca el conjunto de las mujeres que llevan hiyab. El libro no pretende por lo tanto dar una visión exhaustiva, sencillamente porque ningún libro podría hacerlo. Este libro es “realista” porque deja ver la diversidad infinita de lo real, pero es un libro abierto, que quiere ser también un acicate para nuevas tomas de palabra.

Sin embargo, de esta diversidad emergen por supuesto ciertos rasgos comunes significativos. Por ejemplo, aunque su itinerario hacia el hiyab sigue caminos diversos (desde la reproducción temprana de una tradición familiar hasta una evolución más tardía y más solitaria, asumida al margen o incluso en contra del entorno familiar, con todos los matices intermedios posibles), todas a su manera han elegido su hiyab.

Lo han hecho por supuesto a partir de una herencia y de un entorno dados, pero ha sido en todo caso su elección. La mayoría se refiere al hiyab impuesto como una situación posible pero muy minoritaria, y todas la condenan. Y esto también lo confirman todas los sondeos sociológicos: el hiyab forzado es extremadamente minoritario, y efectivamente rechazado por la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas, lleven ellas hiyab o no.

En resumen, estamos muy lejos de la tipología maniquea que nos imponen los defensores de la ley de 2004 en Francia, que divide a las mujeres “veladas” en dos grupos: una mayoría silenciosa de “víctimas”, “forzadas” a llevar el “velo”, y una minoría activa de infatigables “militantes” y temibles “soldadas del fascismo verde”. Más allá de sus diferencias, las mujeres y las adolescentes que hemos entrevistado tienen en común que son un desmentido viviente de estos estereotipos.

Todas han elegido llevar su hiyab, y esta elección no les impide para nada considerarse partidarias de la laicidad tal como funcionaba hasta 2004: neutralidad religiosa del Estado, de las instituciones y de los agentes del servicio público, pero no de los usuarios del servicio público; libertad de conciencia y de expresión para todas las personas, sean cuales sean sus creencias o descreencias.

Algunas de ellas tienen un verdadero conocimiento sobre el asunto y citan la ley de 1905, las leyes Ferry-Goblet sobre la laicidad de la escuela o incluso la recomendación del Consejo de Estado de 1989, mientras que otras formulan su “concepto de laicidad” de manera más intuitiva, pero conforme al espíritu de estas leyes. Todas demuestran que, contrariamente a lo que se ha venido diciendo sobre ellas, saben sentir, observar, entender, razonar, argumentar, en definitiva: pensar.

Esto es evidente, se dirá -desgraciadamente no lo es para todo el mundo.En los textos recogidos llama también la atención que pocas de las entrevistadas se extiendan sobre el hiyab mismo y sobre el significado que ellas le dan, aunque esta pregunta formaba parte de los temas que les propusimos. Sin duda esto es así para muchas porque su preocupación principal estaba en otro lado: en testimoniar su situación de mujeres estigmatizadas y excluidas, en expresar sus inquietudes y llamar a la tolerancia y al diálogo, o incluso “hablar un poco de otra cosa” tras la “sobredosis” mediática, por retomar las palabras de una de ellas.

Pero otra razón se desprende de numerosos textos. Algunas de ellas expresan con fuerza el enfado y la irritación que les produce esta cuestión, que afecta a la intimidad y a lo inexpresable, o a lo difícilmente expresable, y más aún: la forma y las condiciones bajo las que se les plantea a menudo esta cuestión.La lección de este libro, de este punto de vista, no es ciertamente que “el hiyab significa esto y lo otro, y se lleva por esta y esta razones” -estas respuestas no pueden ser sino singulares. La lección es más bien una doble invitación, a la prudencia intelectual y al tacto. Prudencia intelectual porque, y así lo subrayan varias autoras, no es posible asignar un significado simple y único a una elección tan personal. Tacto porque tal y como explícitamente lo expresan algunas: hay cuestiones íntimas y complejas que no se preguntan a bocajarro a las mujeres nada más encontrarse con ellas, y más en un clima social en el que “todo lo que digan puede ser utilizado en su contra”.

El punto común más impresionante está en otro lado. Es la experiencia íntima de la estigmatización. Las formas y el nivel de violencia son variables: algunas han podido evitar que las excluyeran de los centros escolares o de que les quitaran a la fuerza el hiyab, otras no; pero todas se refieren a las miradas agresivas o a los comentarios insultantes. Y todas han escuchado claramente los mismos comentarios, que pueden resumirse en dos exhortaciones: “Vuelve a tu país” y “Vete a la cocina”. Es decir: el racismo y el sexismo.

Hacía falta que se dijera todo esto. Hacía falta que un libro ofreciera a estas mujeres un espacio donde esto se pudiera decir. Porque sobre este particular los medios de comunicación permanecen casi mudos. Es increíble el contraste entre el alboroto mediático y los comentarios interminables producidos en torno al “hiyab en la escuela” y el silencio de muerte que se ha abatido sobre las “mujeres con hiyab excluidas de la escuela”. En cuanto a los políticos, basta con recordar el idílico balance oficial que ha presentado Hanifa Cherifi en septiembre de 2005 a propósito de la ley del 15 de marzo de 2004.

Este informe es un modelo de inhumanidad tecnocrática, profusamente lleno de cifras y curvas sobre el número de “casos” o de “signos” registrados en las escuelas en diferentes fechas. La autora del informe se alegra de ver la curva declinar y alcanzar progresivamente el nivel “cero”, y la conclusión se impone por sí misma: ¡el balance de la ley es positivo!

De tal manera que cuando se cierra este impresentable folleto de 50 páginas uno no sabe nada -pues no se le dedica ni una frase- del estado psicológico en el que se encuentran las adolescentes a las que se les ha impedido llevar el hiyab, de la forma en que se desarrollan sus cursos escolares, de qué pasó con las 50 expulsadas y las 60 que dimitieron, sin hablar de las desescolarizaciones no contabilizadas (las de las chicas que han renunciado a la escuela sin siquiera volver a clases en septiembre).

Tampoco sabemos nada del recrudecimiento de las agresiones y de las discriminaciones contra las “mamás con hiyab”, a menudo delante de sus propios hijos, con todas las consecuencias psicológicas que esto puede suponer, o más ampliamente contra las mujeres que llevan hiyab fuera del medio escolar.

Son estas preguntas ocultas las que hemos querido responder, y no podíamos hacerlo sino dando la palabra a las interesadas, ofreciéndoles un espacio hasta ahora inexistente para que contaran lo que viven, lo que experimentan, y cómo lo analizan, cómo lo aguantan, cómo resisten. Nuestro libro es desde este punto de vista como un “libro negro” de la ley anti-hiyab, y en un sentido más amplio de la “hiyabofobia” contemporánea.

Pero no es solamente esto. Porque las mujeres que hemos entrevistado no son solamente víctimas. Ellas mismas rechazan precisamente definirse como tales. Y leyéndolas comprendemos por qué. No es que ellas no sean las víctimas -que lo son es más que evidente. Es que una víctima nunca es sólo una víctima: toda persona que sufre una discriminación se apoya en los recursos de que dispone para resistir y afirmar su dignidad. Adaptación, enfrentamiento, esquivamiento, humor, esperanza: las estrategias son diversas y también pueden ser combinadas.

Llama la atención en los diferentes relatos la casi ausencia de la Justicia, de la Escuela francesa y de las organizaciones progresistas tradicionales. El cuerpo de enseñantes salvo excepciones brilla por su ausencia, los servicios sociales no son siempre tan compasivos, por no hablar de los cargos locales, de los “grandes intelectuales”, de los partidos de izquierdas o de las asociaciones antirracistas y de defensa de los derechos humanos, ausentes de la mayoría de los relatos. Hay excepciones, por supuesto: un/a profesor/a, un/a vecino/a, un/a compañero/a de trabajo, un/a sindicalista o un/a militante de algún movimiento asociativo que supo dar pruebas de empatía y de solidaridad con hechos concretos. Pero estamos lejos por ejemplo del gran -y más que necesario- movimiento de solidaridad que ya está construyéndose desde hace unos años en torno a los alumnos sin papeles.

La última constatación tiene valor de interpelación, y hace de este libro una especie de carta abierta. Las mujeres que se expresan en sus páginas no hacen nada más que dar testimonio, nada más que informarnos y conmovernos: ellas acusan, analizan, interpelan. Acusan no a la sociedad francesa en su conjunto, sino a sus dirigentes y a su cuerpo de enseñantes, subrayando la brecha que se abre entre los proclamados ideales de libertad, igualdad y fraternidad y su propia realidad vivida. Analizan los desfallecimientos de esta República, sus causas y sus reprobables consecuencias.

Finalmente ellas nos interpelan, a todos y a todas, poniéndonos frente a nuestras contradicciones, nuestra ceguera, o nuestra pasividad cara a la exclusión. Aunque algunas, las más jóvenes y las más duramente reprimidas (especialmente las que han sufrido la exclusión o les han quitado el hiyab a la fuerza en la escuela), expresen cólera, en términos a menudo duros, todas manifiestan un arraigo profundo en la sociedad francesa, y una voluntad de ser ciudadanas como las otras, tratadas como tales. Todas expresan el deseo de participar plena y positivamente en la vida del país, como estudiantes, como trabajadoras, como madres de alumnos/as, como ciudadanas. Pero todas dicen también chocarse con una desconfianza o un recelo agotadores y desanimantes.

Algunas eligen ser “conciliadoras”, redoblan sus esfuerzos y su paciencia para resultar útiles y agradables, otras eligen “exigir el respeto” por una actitud más combativa e intransigente en la defensa de sus derechos; otras salen por el humor, o se dicen tentadas a renunciar, a volver al hogar, a replegarse hacia la comunidad o la expatriación. Pero lo que es llamativo es que no hay dicotomía real: las mujeres que se repliegan no querían hacerlo inicialmente, y las que luchan contra este repliegue nos dicen comprenderlo a pesar de todo, e incluso pensar en él a veces para ellas mismas. Estas últimas nos dicen también que en su alrededor muchas de sus amigas comienzan a resignarse.

Nada está pues fijado, y el futuro depende por lo tanto de todos/as nosotros/as. Esta es precisamente la interpelación que nos dirigen las autoras de este libro: hay una elección de sociedad que tomar y que asumir. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si queremos vivir separados/as. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que “en nombre del pueblo francés”, es decir en nuestro nombre, una ley excluya a escolares de los colegios. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre del feminismo se insulte, humille o discrimine a mujeres.

Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre de la laicidad o del “vivir juntos” una parte de la población sea sometida al ostracismo y se la vincule sin cesar con una “diferencia” supuestamente “inasimilable”. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos estas lógicas de la exclusión o si preferimos aceptar la invitación que implica este libro: “dejad de juzgar, apagad el televisor y abramos el diálogo”.

Fuente: Les Mots Sont Importants
Traducción Observatorio de la Islamofobia

De la página web de la editorial:

Mona: “Al argumento del hiyab “símbolo de opresión de las mujeres” yo planteo la pregunta: ¿opresión para quién? No para mi. Yo soy libre en mis elecciones, y yo he elegido llevar el pañuelo, es una expresión de mi libertad…”

Nayer: “En cuanto llegué, cuando ellos me vieron con mi hiyab, me dijeron que la plaza estaba cubierta…”

Malika: “Ella dijo: «¿Acaso esperas encontrar un empleo con eso que llevas en la cabeza?». Me levanté, y le recordé las leyes de la República…”

Jadiya: “Nuestra exclusión estaba a la orden del día, y me encontraba con militantes de los Verdes, o de las JCR, o incluso feministas, ¡que me psicoanalizaban, o que me hacían exégesis del Corán!…”

Ismahane: “Estábamos muchas de Feministas por la Igualdad en la manifestación, y Malika y yo llevábamos el hiyab, y un tío furibundo se puso a gritarnos «¡Ni Dios ni amo!». Yo le contesté: «¡OK, entonces tú no eres mi amo!» (risas).”

Pierre Tevanian enseña filosofía en Drancy. Es coanimador del colectivo “Les mots sont importants” [Las palabras son importantes] y ha publicado varios libros, entre ellos el Dictionnaire de la lepénisation des esprits(Diccionario de la lepenización de los espíritus. Ed. L’Esprit frappeur, 2002), Le Ministère de la peur (El Ministerio del miedo. Ed. L’Esprit frappeur, 2004), Le Voile médiatique (El velo mediático. Ed. Raisons d’agir, 2005) y La République du mépris (La República del desprecio. Ed. La Découverte, 2007).

Ismahane Chouder es miembro del colectivo “Una Escuela para Todos/as” y antigua vicepresidenta del colectivo “Feministas por la Igualdad”. Ha contribuido a la obra colectiva Le Livre noir de la condition des femmes (El libro negro de la condición de las mujeres. XO Editions, 2006).

Malika Latrèche trabaja en “Una escuela para todos/as” y defiende a las madres que han sido excluidas de las salidas de los colegios. Desde octubre de 2006 copreside el colectivo “Feministas por la Igualdad”.

Tema: Islamofobia y discursos sobre la mujer musulmana

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Leyenda Árabe …. El círculo del 99

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente que era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey, cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara ,y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mando a llamar.

-Paje- le dijo- ¿Cuál es el secreto?

-¿Qué secreto, Majestad?

-¿Cuál es el secreto de tu alegría?

– No hay ningún secreto, Alteza.

– No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

– No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.

-¿Por qué está siempre alegre y feliz? Eh, ¿por qué?

– Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos ¿ Cómo no estar feliz?

– Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey – Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.

– Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría mas que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando…

– Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

-¿Por qué él, es feliz?

– Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.

– ¿Fuera del círculo?

– Así es.

– Y éso es lo que lo hace feliz?

– No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

– A ver si entiendo, estar en el circulo te hace infeliz.

– Así es.

-¿Y cómo salió?

– Nunca entró

-¿Que círculo es ése?

– El círculo del 99.

– Verdaderamente, no te entiendo nada.

– La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.

-¿Cómo?

– Haciendo entrar a tu paje en el circulo.

– Éso !, obliguémoslo a entrar.

– No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

– Entonces habrá que engañarlo.

– No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito.

-¿Solito? Pero ¿ él no se dará cuenta de que éso es su infelicidad?

– Si, se dará cuenta.

-¡Entonces no entrará!

– No lo podrá evitar.

– Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en éll y no podrá salir?

– Tal cual Majestad; ¿ estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del circulo?

– Si.

– Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos.

– ¡99! ¿Que más? ¿Llevo los guardias por si acaso?

– Nada más que la bolsa de cuero Majestad, hasta la noche..

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron, junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pincho un papel que decía: “Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste.”

Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban, para ver lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agito la bolsa y al escuchar sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y cerro la puerta. El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas para el. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas.

Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco… y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60… hasta que formó la última pila: ¡¡9 monedas !!. Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más; luego en el piso y finalmente en la bolsa.

-“No puede ser”, pensó.

Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

– Me robaron -gritó- ¡me robaron, malditos!!

Una vez mas busco en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99”.

“99 monedas. Es mucho dinero”, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un numero completo -pensaba- Cien es un número completo pero noventa y nueve, no. El rey y su asesor miraban

por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguién de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.

Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?. Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. Era demasiado tiempo!!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, mas comida habría para vender…Vender… Vender… Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno, Para que más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el circulo del 99…

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entro a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de malas pulgas.

-¿Qué te pasa?- pregunto el rey de buen modo.

– Nada me pasa, nada me pasa.

– Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No paso mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Cuantas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están.

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