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ELLA ES LUNA, SOL, TALLO QUE NACE… – (Abbada Al-Qazzaz)

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Ella es luna, sol, tallo que nace

y perfume de almizcle.

Perfecta, brillante, floreciente

y aroma enamorado.

Quién la mira se prenda de ella,

pero es coto cerrado.

ABBADA AL QAZZAZ, nació en Málaga. Vivió en la corte de Al Mutasim Ibn Sumadih, señor de Almería, en la época de los Reinos de Taifas. Se le considera uno de los mejores poetas de moaxajas.

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Rumi – RELATOS SUFÍES – De «El Libro Interior»

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Se cuenta que una persona, en viaje de peregrinación, penetró en un desierto y sintió una gran sed. Divisó a lo lejos una pequeña tienda destartalada. Se acercó a ella y vio a una joven a la que gritó:

―¡Soy tu huésped y estoy necesitado!

Se detuvo allí y pidió agua. Se la trajeron y era más ardiente que el fuego y más salada que la sal; desde los labios a la garganta quemaba todo al pasar. Aquel hombre, por compasión, aconsejó a la mujer:

―Estoy en deuda contigo por la ayuda que me has prestado ―le dijo―, y se ha despertado en mí compasión hacia ti. Presta atención a lo que te digo: Bagdad está cerca, igual que Kufa, Wasit y otras ciudades. Aunque estés enferma, puedes llegar hasta ellas arrastrándote o reptando. Hay en ellas aguas dulces y frescas, manjares diversos y baños.

Y le contó cuales eran el bienestar, los placeres y los goces de estas ciudades.

Un momento más tarde llegó el marido de la joven; traía unos ratones de campo que había atrapado. Ordenó a su mujer que los cocinase y los compartieron con su huésped. Comió éste de dientes afuera y a medianoche se acostó fuera de la tienda. Oyó que la mujer decía a su marido:

―¿Has oído lo que ha contado nuestro huésped, esas historias y esas espléndidas descripciones?― y luego le contó todo lo que el huésped le había dicho. El hombre dijo a su mujer:

―No escuches esos cuentos. Hay muchos celosos en el mundo. Cuando ven a alguien en estado próspero y afortunado, sienten envidia y quieren que vague lejos de su casa, privado de su fortuna.

La gente es así: cuando una persona por caridad, les da un consejo, lo interpretan como celos, salvo si se trata de alguien sensato que acabará descubriendo la verdad, pues desde el día de Alast [el Pacto primordial] se vertieron sobre él unas gotas [de sabiduría]. Estas gotas lo salvarán de turbaciones y penas. Vamos, ¿cuánto tiempo te quedarás lejos de nosotros, extranjero, hundido en confusión y preocupaciones? Pero, ¿cómo hablar con personas que no han oído esta clase de palabras ni de su Maestro ni de nadie?

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El Sembrador de Dátiles – (Siembra un acto y cosecharás un hábito,siembra un hábito y cosecharás un carácter,siembra un carácter y cosecharás un destino)


En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Elihau de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Elihau transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

— ¿Qué tal anciano? La paz sea contigo.

— Contigo –contestó Elihau sin dejar su tarea.

— ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?

— Siembro –contestó el viejo.

— ¿Qué siembras aquí, Elihau?

— Dátiles –respondió Elihau mientras señalaba a su alrededor el palmar.

— ¡Dátiles! –repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez comprensivamente


— El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

— No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…

— Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?

— No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé… lo he olvidado… pero éso ¿qué importa?

— Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.

— Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar estos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto… y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido,vale la pena terminar mi tarea.

— Me has dado una gran lección, Elihau, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado – y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.

— Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

— Tu sabiduría me asombra, anciano. Ésta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.

— Y a veces pasa ésto – siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas —: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces.

— Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte.

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