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Cuando me hice fruta – Joumana Haddad

Joumana Haddad

Cuando me hice fruta

Hombre y mujer fui concebida bajo la sombra de la luna,

Pero Adán fue sacrificado en mi nacimiento,

Inmolado a los mercenarios de la noche.

Y para colmar el vacío de mi otra esencia

Madre me bañó en aguas del misterio,

Me instaló en la orilla de cada montaña,

Moldeó la luz y la penumbra

Para hacer de mí mujer-centro y mujer-lanza,

Traspasada y gloriosa,

Ángel de los placeres innominados.

Extranjera crecí y ninguno cosechó mi trigo.

Diseñé mi vida en una hoja blanca,

Manzana a la que ningún árbol dio a luz.

Y la horadé y salí,

En parte vestida de rojo y en parte de blanco.

No solo estuve en el tiempo o fuera de él

Porque maduré en los dos bosques

Y recordé antes de nacer

Que soy un tumulto de cuerpos,

Que dormí largo tiempo,

Que viví largo tiempo,

Y cuando me hice fruta

Supe

Lo

Que

Me

Esperaba.

Pedí a los magos que cuidaran de mí,

Y entonces me llevaron consigo.

Dulce era mi risa

Azul mi desnudez

Tímido mi pecado.

Volaba sobre la pluma de un ave

Y me hacia almohada a la hora del delirio.

Cubrieron mi cuerpo de amuletos,

Y untaron mi corazón con la miel de la demencia.

Protegieron mis tesoros

Y los ladrones de mis tesoros,

Me obsequiaron historias y silencios,

Desataron mis raíces.

Y desde aquel día me voy

Me hago nube de cada noche

Y viajo.

Soy la única en decirme adiós

La única en acogerme.

El deseo es mi camino y la tormenta mi compás.

En el amor no echo anclas.

Gemela de las mareas,

De la ola y de la arena

Del candor y de los vicios de la luna,

Del amor

Y de la muerte del amor.

Durante el día mi risa es de los otros

Y la cena solo a mí me pertenece. .

Quien sabe mi ritmo me conoce

Me sigue

No me alcanza.


Joumana Haddad

Traducido por Joumana Haddad


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Cuando me hice fruta – Joumana Haddad por Victoria Yapur se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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Leyenda Arabe del nacimiento de los desiertos.

Lo mismo es hablarle a un muerto, que predicar en un desierto…

Cuenta la leyenda que cuando Dios creó el universo solo había arena en el mar. No había en ninguna otra parte de la tierra. Dios; en su infinita sabiduría, creó al hombre y le dijo que le daba una mente para buscar la verdad, un corazón para servir y un alma para amar.

Pero algún día un ser humano tuvo el impulso de decir una mentira, pequeñita, pero era la primera de una inmensa red de engaños. Dios, que lo sabe todo, se dio cuenta, reunió a sus criaturas y les dijo que no debían mentir y por cada mentira que dijeran había un grano de arena en la tierra.

Fue así como después de la primera mentira vino la segunda, y después la tercera, y la cuarta y la quinta, y la mentira invadió el mundo. Por cada mentira fueron apareciendo mas y mas granitos de arena de modo que los jardines y los verdes campos quedaron cubiertos con ella. Los desiertos crecieron .

Los mentirosos aun están a tiempo de cambiar antes de que la tierra se convierta en un inmenso desierto sin flores, sin verdor y sin vida.

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Reflexiones de un sabio anciano …

 

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Había una vez un anciano muy sabio, tan sabio era que todos decían que en su cara se podía ver la sabiduría. Un buen día ese hombre sabio decidió hacer un viaje en barco, y en ese mismo viaje iba un joven estudiante. El joven estudiante era arrogante y entró en el barco dándose aires de importancia, mientras que el anciano sabio se limitó a sentarse en la proa de barco a contemplar el paisaje y cómo los marineros trabajaban.

Al poco el estudiante tuvo noticia de que en el barco se encontraba un hombre sabio y fue a sentarse junto a él. El anciano sabio permanecía en silencio, así que el joven estudiante decidió sacar conversación:

– ¿Ha viajado mucho usted? –

A lo que el anciano respondió:

– Sí –

– ¿Y ha estado usted en Damasco? –

Y al instante el anciano le habló de las estrellas que se ven desde la ciudad, de los atardeceres, de las gentes y sus costumbres. Le describió los olores y ruidos del zoco y le habló de las hermosas mezquitas de la ciudad.

– Todo eso está muy bien. – dijo el estudiante – Pero… habrá  usted estudiando en la escuela de astronomía. –

El anciano se quedó pensativo y como si aquello no tuviese importancia le dijo:- No. –

El estudiante se llevó las manos a la cabeza sin poder creer lo que estaba oyendo:

– ¡Pero entonces ha perdido media vida! –

Al poco rato el estudiante le volvió a preguntar:

– ¿Ha estado usted en Alejandría? –

Y acto seguido el anciano le empezó a hablar de la belleza de la ciudad, de su puerto y su faro. Del ambiente abarrotado de sus calles. De su tradición, y de otras tantas cosas.

– Sí, veo que ha estado usted en Alejandría. – repuso el estudiante – Pero, ¿estudió usted en la Biblioteca de Alejandría?. -Una vez más el anciano se encogió de hombros y dijo:

– No. –

De nuevo el estudiante se llevó las manos a la cabeza y dijo:

– Pero cómo es posible, ¡Ha perdido usted media vida!. –

Al rato el anciano vio en la otra punta del barco que entraba agua entre las tablas el barco. Entonces el anciano preguntó:

– Tú has estudiado en muchos sitios, ¿verdad?. –

Y el estudiante enhebró una retahíla de escuelas, bibliotecas y lugares de sabiduría que parecía no tener fin.

Cuando por fin terminó el viejo le preguntó:

-¿Y en alguno de esos lugares has aprendido natación?. –

El estudiante repasó las decenas de asignaturas que había cursado en los diferentes lugares, pero en ninguna de ellas estaba incluida la natación.

– No. – respondió.

El anciano, arremangándose y saltando encima de la borda dijo antes de tirarse al agua:

– Pues has perdido la vida entera. –

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