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KITAB AL-HIKAM – (El Libro de la Sabiduría) – Ahmad Ibn Ata’Illah – Capítulo 1

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1.
Señal de que contamos con la acción es que merme la esperanza cuando hay caída.

2. Desear la pobreza cuando Allah te impone que uses las riquezas es búsqueda de ti mismo, disfrazada. Pero careces de altas ambiciones si deseas usar las riquezas cuando Allah te impone la pobreza.

3. La muralla de las decisiones divinas: no la atraviesa ninguna fuerza síquica.

4. Tira el lastre de gobernarte a ti mismo: lo que otro hace por ti no tienes que hacerlo tú.

5. Tus afanes por alcanzar lo que tienes garantizado y tus descuidos al realizar lo que se pide de ti: pruebas de que las tinieblas te velan el ojo del corazón.

6. Cuida de no desesperarte si, pese a tus apremiantes súplicas, tarda Allah en otorgarte Su favor. Cierto es que te lo ha prometido, pero el que El elija para ti y no el que tu elijas para ti mismo. Y en el tiempo que El prefiera, no en el que te hubiera gustado a ti.

7De Su promesa no dudes si lo prometido no llega ni aunque tuviera señalado plazo fijo: dañarías al ojo de tu corazón y empañarías el brillo de tu conciencia.

8. Si Allah te abre una senda al conocimiento ¿qué importa que tus obras sean mínimas? La senda, sólo la ha abierto para darse a conocer por ti. ¿Acaso ignoras que el conocimiento es Su don y las obras tu ofrenda? ¿Qué medida común puede existir entre lo que El te da y las ofrendas que tú Le haces?

9. Muchas y diferentes son las obras, como variado es en sus formas el advenimiento de los estados de Unión.

10. Las obras son formas fijadas: en ellas penetra la vida por el secreto de la intención pura.

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EL HALCÓN DEL REY SINDABAD


“Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy, aficionado a diversiones, a paseos por los jardi­nes y a toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo, y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vio de pronto venir al wekil que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: “¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza.” Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño.

Salieron después y llegaron a un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: “Mataré a aquel por cuyo lado pase la gacela.” Empeza­ron a estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó a dar palmadas para hacer huir a la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se inter­nó tierra adentro.

El rey se volvió entonces hacia los guardas, y vio que guiñaban los ojos maliciosa­mente, Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: “¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?” Y el visir contestó: “Dicen que has jurado matar a aquel por cuya proximidad pasase la gacela.” Y el rey exclamó: “¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar a esa gacela!” Y se puso a galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dio con el pico en los ojos de tal mane­ra, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey, empuñó su maza, golpeando con ella a la gacela hasta hacerla caer desplo­mada.

En seguida descabalgó, dego­llándola y desollándola, y colgó del arzón, de la silla los despojos. Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido, y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caba­llo. Y el rey se volvió y vio un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dio con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dio con la pata por segunda vez y lo volcó. Y el rey se encolerizó, contra el hal­cón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se la presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala.

Entonces dijo el rey: ¡Alah te sepul­te, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo.” Y dio con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguien­do la cabeza; le dijo por señas. “Mira lo que hay en el árbol.” Y el rey levantó los ojos y vio en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se le­vantó, montó a caballo, se fue, lle­vándose la gacela, y llegó a su pala­cio.

Le dio la gacela al cocinero, y le dijo: “Tómala y guísala.” Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una es­pecie de estertor, murió. El rey al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y de amargura por haber ma­tado al halcón que le había salvado de la muerte.

¡Tal es la historia del rey Sinda­bad!”

Cuando el visir hubo oído el rela­to del rey Yunán, le dijo; “¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿que daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver?. Obro así por compasión hacia tu persona. Y ya verás como digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.

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Una Leyenda Árabe


Cuenta una historia  que dos amigos iban caminando por el desierto.
En algún punto del viaje comenzaron a discutir, y un amigo le dio una bofetada al otro.

Lastimado, pero sin decir nada, escribió en la arena:

MI MEJOR AMIGO ME DIO HOY UNA BOFETADA.

Siguieron caminando hasta que encontraron un oasis, donde decidieron bañarse.
El amigo que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, pero su amigo lo salvó.
Después de recuperarse, escribió en una piedra:

MI MEJOR AMIGO HOY SALVO MI VIDA.

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El amigo que había abofeteado y salvado a su mejor amigo preguntó:
Cuando te lastimé escribiste en la arena y ahora lo haces en una piedra. ¿Por qué?
El otro amigo le respondió:

Cuando alguien nos lastima debemos escribirlo en la arena donde los vientos del perdón puedan borrarlo.
Pero cuando alguien hace algo bueno por nosotros, debemos grabarlo en piedra donde ningún viento pueda borrarlo.

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Una Leyenda Árabe por Victoria Yapur se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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