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Literatura Siria

La literatura siria de los tiempos más recientes se inserta en el panorama general de la literatura árabe clásica . Durante la época medieval, Siria e Iraq fueron, con las sobresalientes aportaciones iranias, los dos pilares fundamentales de la literatura árabe oriental, por lo que las historias literarias de los dos países marchan estrechísimamente unidas.

Ciñéndonos ahora, sin embargo, a exponer sucintamente la evolución seguida por esta literatura árabe local, se hará con arreglo a la siguiente periodización:

1) época medieval; 2) s. XVI a XIX; 3) época contemporánea. Para antes de la época medieval, v. SIRIACA, LENGUA Y LITERATURA (y también el art. anterior, VIII). Época medieval.

La incorporación del país sirio al naciente imperio árabe se realiza en época muy temprana, hecho favorecido por no estar Siria y la península arábiga geográficamente separadas, sino unidas por el desierto, y por haber sido la Siria del Sur, desde muy antiguo, escenario de las andanzas y avatares de las tribus árabes del Norte. Siria , de otro lado, aporta al joven Islam una riquísima cultura oriental anterior con contribuciones helenísticas muy desarrolladas. Lo semítico preislámico y lo clásico habían encontrado en este país un abonado campo de desarrollo.

En esta zona de rica y variada tradición cultural, instala la primera dinastía árabe, los omeyas (v.), la capitalidad de su califato, Damasco (v.), y en esta ciudad continúa la literatura árabe el gran desarrollo comenzado en Arabia. Como no podía dejar de suceder, la producción poética es, desde un primer momento, la que se nos ofrece más interesante y con mayor madurez. En torno a la joven corte surge una poesía palatina y alegre, oscilante entre el panegírico y la sátira, y que a pesar de su alcance político se mantiene dentro de los límites marcados en la lírica beduina inmediatamente anterior.

Figura destacada de ella es uno de los propios califas, Walid 11 (m. 744), alegre cantor erótico y báquico, y que es en realidad un pionero de la escuela modernista con una serie de poemas en versos de metro corto y muy rítmicos, aptos para recibir acompañamiento musical. En Damasco se desarrolla también gran parte de la actividad pública y lírica de tres poetas de origen beduino y de proverbial rivalidad, sostenida en sátiras violentísimas: al-Ajtal (m. ca. 710), Yar-ir (m. ca. 732) y Farazdaq (m. ca. 732). Otro poeta de esta época, aunque de menor importancia, y de origen beduino también, es `Adi b. al-Rigá ` (m. 714).

La poesía siria inicia su gran época de apogeo durante la primera mitad del s. IX, cuando Siria se convierte en el bastión de los poetas neoclásicos, en contra de las exageraciones de los modernistas. Esta resistencia neoclásica acaba por triunfar, sobre todo, gracias a dos poetas de primera línea, que son además afortunadísimos antólogos; el primero de ellos es Abi-t-Tammám (m. 845), quizá uno de los genios poéticos más grandes de toda la literatura árabe, hijo de un tabernero de Damasco; el segundo es su discípulo al-Buhturí (m. 897); ambos son autores de sendas antologías llamadas Hatüisa, en las que agrupan temáticamente fragmentos de poesía árabe antigua y dan noticias de muchísimos poetas anteriores. Otro poeta de la época es Dík al-Yinn al-Humsi (m. 850), hombre de dramática existencia y que no gozó de los favores califales.

Este apogeo literario de Siria llega a su punto culminante en la corte del modélico príncipe de Alepo Sayf al-Dawla, a mediados del s. x. Entonces la poesía vive unos fúlgidos momentos de gloria, con los escritos de grandes poetas neoclásicos, como al-Mutanabbi (v.; m. 965) y Abtl-Firás al-Hamdáni (m. 968), autor éste de unos extraordinarios y personalísimos poemas de cautiverio durante su estancia en Constantinopla, y con destacados epígonos modernistas, como al-Sanawbarí (m. 945) y alWa’wa’ (m. ca. 980). También desarrollan su actividad prosistas de valía, como el predicador Ibn Nubáta (m. 984); Abú-Bakr al-luwarizmi (m. 993), de origen persa, verdadero fundador del género epistolar árabe; y al-Tanuji (m. 954), buen representante de la variopinta y anecdótica prosa de adab (v.). Sirio es también, en época algo posterior, uno de las más destacados personajes de la literatura árabe de todas las épocas: Abú-1-`Alá’ al-Ma’arri (v.; m. 1058).

Durante los últimos siglos medievales, Siria vive políticamente encuadrada en el Estado mameluco, con base principal en Egipto (v. III). La época, literariamente considerada, es más de recopiladores y enciclopedistas, de prosistas técnicos y científicos, de divulgadores de alto nivel, que de estrictos creadores, y buen ejemplo de lo que se dice son los nombres de los geógrafos e historiadores Abú-1-Fidá’ (m. 1331), príncipe de Háma; ál-`Umari (m. 1348); al-Safadi (m. 1362), gran biógrafo; Badral-Din al-Ijalabi (m. 1377); e Ibn `Arabsáh (m. 1450), autor de una monografía de Tamerlán. La poesía de la época es de extraordinaria calidad; basta para probarlo citar los nombres del egipcio Ibn Nubáta (m. 1366), que desarrolló en Siria buena parte de su obra, y de Ibn al-Wardi (m. 1349), autor asimismo de una magitma sobre la peste.

Siglos XVI a XIX.

La literatura en Siria durante la época de dominación turca resulta tan escasa y falta de interés como en los demás países árabes. Destacan algunos eruditos en cuestiones lingüistas que se esfuerzan también en tareas versificadoras, como Muhammad A. al-Mahabbi (m. 1699). `Abd al-Gani al-Nabulúsi (m. 1731), aunque de origen palestino, adquirió en Damasco lo mejor de su formación literaria, y allí se encariñaría con la figura del español Ibn `Arabi (v.), a quien más tarde estudiaría, como buen místico, con especial afecto.Otro poeta de la época, recientemente estudiado y revalorizado, es el damasceno Ibn al-Nagib.

Época contemporánea.

La literatura siria adquiere ciertos visos de modernidad durante el s. XIX. En un principio, el núcleo sirio-libanés sigue obrando preferentemente como una unidad cultural, y la diferenciación comienza a partir del momento en que se establece, por decisión primordialmente occidental, la división política, inmediatamente después de la II Guerra mundial (v. IV). En toda esta zona, de tan arraigada tradición cultural arcaico-oriental y árabe al mismo tiempo, las influencias extranjeras son también abundantes y variadas: francesas, inglesas, rusas, americanas, etc., y a lo largo del s. XIX contribuirán a la formación de unas minorías intelectuales, de unos selectos grupos de pensadores, salidos en la mayoría de las ocasiones de familias de la alta burguesía.

Durante la segunda mitad del s. XIX, la labor literaria se ve fomentada por el desarrollo de la prensa, y las figuras más importantes de la época ofrecen una muy variada dedicación, como Fransis Marras (m. 1874), Adib Isháq (m. 1885), que entre Siria y Egipto consumió su breve e intensa existencia, y Yibrá’ il Dallál (m. 1892), viajero en España. Figura importantísima de la época es la del por muchos conceptos destacado reformista `Abd al-Rahmán al-Kawákibi, ideólogo liberal, antiturco, y debelador del absolutismo (m. 1902), uno de los pioneros de las modernas ideas panarábigas.

Inmediatamente después nos encontramos ya con la primera generación de literatos de este siglo, que es fundamentalmente de intelectuales, eruditos e investigadores, de cultos burgueses que inician el quehacer cultural de la Siria contemporánea independiente, que reivindica su condición de «corazón» del arabismo. Figuras destacadas de este grupo son, en un principio, Táhir al-haza’ in (m. 1920) y `Abd al-Masih al-Antáki (m. 1922), y posteriormente, `Abd al-Qádir al-Magribi (m. 1956) y Muhammad K. ‘Ali (m. 1953), fundadores de la Acad. Árabe de Damasco en 1919.

La generación que sigue insiste bastante más en el aspecto puramente creacional; en poesía se elabora una lírica tradicional y culta, académica, preocupada por la forma, con figuras como Muhammad alBazm (m. 1955), Jalil Mardam (m. 1959), Safiq habri (n. 1898) y Jayr al-Din al-Zurukli (n. 1893), buenos discípulos del egipcio Ahmad Sawgi (v. EGIPTO XII) y del también sirio emigrado a El Cairo, lalil Mutrán (m. 1949).

Por las mismas fechas, la narrativa adquiere cierto interés con la obra de Ma’rúf al-Arná’UIt (m. 1948) que, aunque natural de Beirut, desarrolla casi toda su obra en Siria, convirtiéndose en importante cultivador de la narración histórica.

Durante la época de entreguerras, la literatura siria sigue aumentando en calidad, al ganar en humanidad y en problemática. Es cuando aparecen poetas nacionales verdaderamente valiosos, como `Umar Abú-Risa (n. 1908) y Badawi al-Yabal (n. 1908), al tiempo que escriben otros poetas de interés, como `Umar Yahyá (n. 1902) y Anwar al-`Attár (n. 1913). La poesía siria comienza a vivir un momento de esplendor, insinuándose en ella ciertas novedades temáticas y formales, dentro del tono sobriamente clásico que le es propio. Fu’ád al-Sáyib (n. 1911) e Ilfat al-Idilbi (n. 1912) siguen cultivando la narrativa, y el ensayo adquiere calidad con la obra del pensador Yamil Salibá.

Al mismo tiempo, algunos literatos de origen sirio destacan en el continente americano, donde emigraron, y donde se distinguen también los sirios como excelentes comerciantes y hombres de empresa. Así, baste citar a los poetas hñry Saydah (n. 1893) y Nasib `Arida (m. 1946), y al prosista Nazir Zayhln (m. 1967), a los que seguirán, en época posterior, los hermanos residentes en Argentina Ilyás (n. 1914) y Zaki Qunsul (n. 1919).

A la terminación de la II Guerra mundial, la poesía siria se adorna con la obra de un gran poeta renovador, pero en buena medida neoclásico aún, que es Nizár al-Qabb5ni (n. 1922), gran poeta del amor, y que en sus poemas trata con frecuencia el tema de España, país en el que ha residido algunos años. Estrictamente clásico sigue siendo Sulaymán al’Isá (n. 1923), de épico acento; y de una generación algo más joven son Jalil Júri, el prematuramente desaparecido `Abd al-Básit al-Sñfi (m. 1958), íntimo y realista al mismo tiempo, y Muhammad al-MágÍit (n. 1930).

En estos últimos años, la literatura siria ha conocido un gran desarrollo de la narrativa, especialmente del cuento, las más de las veces de sentido realista y nacionalista, con las obras de `Abd al-Salám al`Uyayli, uno de los mejores cuentistas árabes de la actualidad (n. 1918), Faris Zarzúr, lean Kassán, Adib Nahwi, Zakariyá Támir (n. 1931), la joven Gádat al-Sammán (n. 1940) y Colette Juri (n. 1930). Cabe destacar también los ensayos del político `Aflaq y del palestino Mutó` Safadi, y las tentativas teatrales de Walid Ijlási, entre otros.

P. MARTÍNEZ MONTÁVEZ.

Fuentes:

Para la literatura medieval, v. la mencionada en ÁRABES II, y la correspondiente a las figuras más importantes citadas. Para la moderna y contemporánea, en árabe: SÁMI AL-KIYÁLÍ, ,L~a literatura árabe contemporánea en Siria, El Cairo 1959; RAMIL SALÍBÁ, Las tendencias ideológicas en Siria, El Cairo 1958; SAMI AL-DAHHAN, La poesía moderna en la región siria, El Cairo s. f.; NIZAR KABBANI, Poemas amorosos árabes, trad. P. MARTÍNEZ MONTÁVEZ, Madrid 1965.

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¿Quiénes son los hijos de Líbano? – Carlos Martínez Assad


Al cuestionamiento del título, Gibrán Khalil Gibrán responde con otras preguntas:

“¿Encuéntrase acaso, alguno que represente la solidez de las rocas de Líbano, la majestuosidad y grandeza de su altura, la exquisitez de su agua y aroma perfumado de su brisa?

¿Encuéntrase alguno que tenga el valor de decir: fue mi vida una gota de sangre en las venas de Líbano, o una lágrima en sus pupilas, o una sonrisa en sus labios?”

¿Quiénes son entonces los hijos de Líbano? Son los pastores de los rebaños en los valles, los que hacen el vino de sus viñedos, las madres que hilan la seda, los alfareros, los que difunden su religión, los poetas o son quienes abandonaron Líbano “sin poseer más que entusiasmo en sus corazones y fuerza en los brazos”.

Quizás el libro elaborado por Patricia Jacobs, Diccionario enciclopédico de mexicanos de origen libanés y de otros pueblos de Levante (Ediciones del Ermitaño, México, 2000), nos ayude a responder a esas preguntas, porque son cientos de historias personales las que allí se relatan para crear una sola historia que se inicia con las fuertes oleadas migratorias que obligaron a salir de Líbano y de otros países a abuelos y padres que encontraron en México un resguardo para las esperanzas que todo pueblo construye.

De su intenso catálogo ninguno se escapa de ese fenómeno que caracterizó al siglo XX como fueron los grandes movimientos de hombres y mujeres de un continente a otro, de su país de origen al de su adpción. Son esos hombres y mujeres que fueron obligados a renunciar por diversas razones a despertar y desde Becharre contemplar los campanarios de los monasterios maronitas adosados a la Cañada de Qadisha, el Valle de los Santos que ocuparon ese territorio. Son quienes no volvieron a ver el sol ocultándose en la bahía de Beirut y arrastraron siempre los mejores recuerdos para evitar los malos y construirse una nueva identidad, la que rescataba lo propio y asimilaba lo nuevo.

El libro de Patricia nos cuenta como los libaneses se fueron distribuyendo a lo largo y ancho de este país, desde que llegaron quienes se enfrentaron por primera vez al mar tempestuoso de Veracruz, cuando los barcos eran movida por el fuerte oleaje producido por las tempestades que allí abundan. Pero no sólo era el temor por las fuerzas de la naturaleza, sino por lo que les esperaba cuando adivinaban las luces del nuevo continente más próximas de lo que realmente parecían.

En su detallado recuento no está sola porque le precedieron Salim Abud y Julián Nasr, que recorrieron México para elaborar su Directorio libanés o Censo general de las colonias libanesa, palestina y siria ( México, 1948) y Jacques Najm Sacre, que con gran esfuerzo nos dio el Directorio de descendientes de libaneses en México y Centroamérica (México, 1981). Y junto a esos indispensables instrumentos de consulta, estuvieron también los libros editados por Emir y por el Centro de Difusión Cultural de la Misión Libanesa en México para no olvidar aquellos tiempos gloriosos en que al cantar a la Sulamita el Rey Salomón evocaba a Tiro, a Sidón, la ayuda de sus artesanos para construir el Templo y Ezequiel se asombraba de los cedros que Dios sembró en las montañas libanesas. Especial interés pusieron muchos de quienes escribieron en Biblos y la difusión del alfabeto, en las escalas de Levante que llevaron a Elisa a fundar en Cartago el más famoso de los puertos del Mediterráneo. Y desde luego sin dejar de mencionar la cultura que posteriormente los omeyas extendieron para difundir el Islam.

Fue esa expansión que provocó ese encuentro entre Europa y Medio Oriente por medio de los cruzados que no sólo aprendieron tanto de lo que se comenzaba a enunciar como árabe, en un sentido de unicidad que no compartían los pueblos levantinos, sino también a entender que: “La peor arma del hombre es verter lágrimas cuando las espadas están atizando el fuego de la guerra”, como decía el cadí Abu-Saad al-Harawi. Pero el Santo Sepulcro era un gran pretexto para la expansión que las naciones que se conformaban en Europa requerían.

Así como notables antepasados de la comunidad libanesa legaron a los jóvenes que entonces los seguían, ahora nos encontramos con lo que ya es la secuela de esa migración, cuando el torrente libanés desembocó en este país y los libaneses mezclaron su sangre con la de los mexicanos extendiendo sus fronteras geográficas y culturales por las facilidades que encontraron para su integración. La religión cristiana fue un vehículo inapreciable para evitar la hostilidad que lamentablemente otros extranjeros sufrieron; pero los libaneses compartieron pronto lo doméstico a través de las familias mexicano-libanesas que se formaban para demostrar las afinidades compartidas entre quienes habían atravesado el Atlántico y quienes los recibieron acostumbrados, como estaban, al mestizaje.

Fueron muchos los obstáculos a los que los inmigrantes se enfrentaron como el descubrir otra cultura con sus rasgos y valores, las tablas diferenciales que restringían a quienes ya habían iniciado la aventura de emigrar por las carencias de su tierra nativa, pero predominó su afán de libertad y la búsqueda de los derechos que se les negaron en un país ocupado y en medio de las disputas entre los imperios que apenas nacían.

En los trágicos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, los primeros inmigrantes libaneses se jugaron su suerte con México y ya en 1942 Alfredo Kawage Ramia, escribía un sentido elogio para la tierra que los acogió: “Todo lo que yo he podido hacer, construir en México, mi hogar, mi fortuna, mi prestigio personal y profesional, debo entregarlos íntegramente a esta patria de elección que me ha recibido como a un hijo entre los suyos. Todo lo que yo pueda darle a mi patrtia es nada comparado con lo que de ella he recibido, el don inapreciable de la libertad”

Pero ahora han pasado una y otra generaciones de aquellos forzados a dejar su tierra de origen y hemos escuchado los relatos de Domingo Kuri, de Jacobo Simón, Antonio Letayf y otros muchos de quienes acudieron al baile de gala que ofreciera la colonia libanesa que se formaba al presidente Alvaro Obregón para agradecerle su recepeción a esta tierra, quienes cooperaron en la electrificación de la avenida Venustiano Carranza, los que asistieron al banquete para ofrecer su apoyo al presidente Manuel Ávila Camacho cuando el país decidió declarar la guerra a los países del Eje.

Ahora, los mexicano-libaneses tienen un cuadro más próximo al dibujo que realiza Patricia Jacobs a través de los cientos de entradas que dan cuenta de una muestra de descendientes mexicano-libaneses que han destacado en diferentes campos de la industria, del comercio, de las ciencias, de las diferentes ramas de las artes, y en la política. Lo que revela los cambios que se han dado en las exigencias de un mundo complejo, por ello ahora abundan los licenciados, los que han encontrado especialidades en varios países alcanzando los máximos grados académicos, premios nacionales, premios de las academias y colegios de profesionistas, así como quienes han tenido otras disntinciones en México y en países extranjeros. Escritores, pintores, teatristas, poetas, músicos, médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, empresarios, presidentes municipales, gobernadores y secretarios de Estado porque una tendencia de los descendientres de inmigrantes es que en la tercera generación logran acceder a los puestos públicos.

La autora ha realizado un enorme esfuerzo para reunir a tantos personajes en un solo libro, gracias a ella contamos con un instrumento importante que reune a quienes compartimos raíces comunes. Además consideró pertinente ampliar el diccionario con algunas voces referidas a la historia, a las costumbres, a las religiones y al impacto de la cultura levantina en México por lo que su trabajo se amplió incluyendo a sirios, irquíes, judíos y palestinos, mostrando una verdadera vocación cosmopolita en la que está ausente la intolerancia.

Tal aceptación de la presencia de los migrantes de esa parte del mundo en México, se expresaba ya en los anuncios radiofónicos y televisivos de la cerveza Carta Blanca que en los años cincuenta se anunciaba así: “Al evocar los nombres de Jerusalem, Siria y Líbano, viene a nuestra imaginación la idea de un pasado de santidad y misterios legendarios y primorosos lugares cuyo ambiente arrobador y mítico deleita al viajero y donde la esquisitez y fragancia de la cerveza Carta Blanca se brinda al paladar del peregrino sediento como el mejor presente del Nuevo Mundo.”

El resultado final del libro preparado por Patricia Jacobs pudo haber sido más extenso pero muchos de los miles de cuestionarios que la autora envió no tuvieron respuesta; de cualquier forma quedó una muestra representativa de la gama de ocupaciones y afinidades que unen a los miembros de una comunidad inserta y plenamente aceptada en México.

Patricia Jacobs realiza una aportación a la cultura nacional al mostrar los rasgos que enriquecen el rostro de México, esa diversidad que se expresa bien en el pensamiento de Gibrán y lo que queda después de leer este libro : “Vosotros tenéis vuestro Líbano y Yo, mi Líbano.”

Carlos Martínez Assad

Palabras leídas en la presentación del libro de Patricia Jacobs, Diccionario enciclopédico de mexicanos de origen libanés y de otros pueblos de Levante (Ediciones del Ermitaño, México, 2000)

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Letras mexicanas libanesas: Bosquejando el cedro americano – Rodrigo Cánovas

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El primer ejercicio literario sobre la inmigración libanesa en México es realizado por Héctor Azar, en su novela biográfica Las tres primeras personas (Azar, 1977). Siendo eminentemente un hombre de teatro, no es extraño que componga su relato a través de cuadros o escenas fijas, que aparentan ser costumbristas pero que son intervenidas por un lenguaje celebratorio (una abigarrada escenografía) que atraviesa a los cuerpos migrantes dotándolos de visibilidad.

La obra se abre con los testimonios de la partida del bled y de las penurias del viaje de las tres personas migrantes, un gajo familiar compuesto por la hija mayor (Perla, de 11 años), Brillante (de 9 años) y Musa, el padre, hacia el año 1907. A continuación viene el cuadro dedicado a Veracruz (espacio de acogida nutricio, donde se les agasaja con cazuelas en pote de barro) y al Interoceánico (nombre del tren que lleva al grupo hacia el interior). Hasta aquí, el lector entiende que está leyendo un relato documental (incluso aparece una foto del padre y las dos niñas; supuestamente del abuelo y las tías del escribiente), que cubre el desvío migrante de USA a México (se les rechaza la entrada a las hijas), los contactos espontáneos con los libaneses del puerto veracruzano y las primeras imágenes del paisaje campestre mexicano a través de las ventanas del tren.

No obstante, ya en este viaje el mundo comienza a desordenarse en la conciencia de los personajes, apareciendo también cierto desparpajo lingüístico de una voz comunitaria: “La calle principal del pueblo que acabamos de dejar era un atajo de burros entre montañas de mierda, pedazos de carne pegados a una mesa plagada de moscas con un marco de madera y ondas de longaniza enteca haciéndose la payasa, la muy cabrona” (Azar, 1977: 40). Por supuesto que este parlamento no puede estar pronunciado por los recién llegados; siendo una acomodación hecha por una voz familiar actual (dispuesta por el nieto, nacido en este país) que va envolviendo a estos primeros paisanos en el habla coloquial mexicana.

Ya en el siguiente cuadro, entendemos que el formato documental (de registro realista) es un débil tinglado, acaso un esqueleto, sólo necesario para ser rellenado por una experiencia de extravío y asimilación, en la cual el espíritu de la lengua ilumina y traga a esos cuerpos migrantes. El capítulo se denomina “La Gare Saint-Lazare”. Sin más, alguien evoca desde el presente su encuentro con un obrero español en París, quien vive con una mujer pronta a ser deportada a América. Desde la noción de distanciamiento, escuchamos la voz de la autoría –“el que esto escribe” (Azar, 1977: 45)–, quien exhibe las dificultades de su proyecto: cómo rescatar a sus parientes, cómo figurarlos, cómo apropiarse de ellos. Escuchemos: “¡Taca! ¡Taca! ¡Ta cabrón! ¡Pariente prójimo del oriente medio! ¡Deja que yo te ame como a mí mismo, pero taca!” (Azar, 1977: 51).Y más adelante continúa: “¡Deja que te corone con las tunas cardonas desde tupida nopalera altiplano y rejega y que te aguantes con el chichicaste de las rosas guadalupanas, únicas que tenemos, por ahora, en las venas y en las arterias que van a dar a nuestro corazón mezcalero y tlachicotón! ¡Salud!” (Azar, 1977:51).

De cómo los descendientes (la tercera generación) se colocan en el lugar de los mexicanos que vieron por primera vez a esos abuelos inmigrantes, de los albures, de las risotadas, de un país que de inmediato los incluye desde la celebración lingüística de esos nombres extraños, tergiversándolos, por cierto; pero también haciéndolos transitar libremente por la primera década del siglo XX, en vísperas del Centenario. Así, frente al nombre propio de Musa, ya comienza el ingenio mexicano a ejercer la herida de la asimilación; único remedio a la orfandad de estos hablantes árabes (con el francés como lengua franca): “–¿Cómo Musa? Ese será nombre de hembra, no de hombre / –Oui, Musa / –Ponle Moisés y que muera el cuento / … / –¿Musa? O manso / –O menso. Tiene cara de pensil” (Azar, 1977: 48).

Los siguientes capítulos se presentan como grandes frisos lingüísticos, en los cuales se exhiben discursos sociales en sus variantes políticas y populares, de un modo festivamente paródico. Así se habla de los destinos de la nación en un lenguaje positivista altisonante (haciéndose un símil con los rasgos físicos del hombre mexicano en “Dibujando la cabeza”) y se presenta a las damas de la caridad en los jardines de la Tabacalera Mexicana en un lenguaje farsesco y vociferante (en “El reparto de ropa”).

Son pastiches, la mimesis de la mexicanidad de hace un siglo, ejercicios que abarcan también la escritura de una carta de don Moisés a su esposa Zaide Zenorina. ¿Qué decir, en qué formato, con qué remitente? Leemos una carta escrita en español, dictada al amanuense don José Loreto Trejo (que, de seguro, intervino el texto a nivel lexical y sintáctico), a quien le parece que la misiva es muy sentimentaloide (una interpretación local para la sensibilidad del bled). Más allá de la información del barrio donde viven (en la azotea de la casa del callejón de Manzanares) y del trabajo que ejerce (empleado en una lavandería de unos chinos); es evidente que los datos constituyen aquí un mero decorado ante la pregunta y el desafío sobre cómo escribir una historia familiar, habiendo extraviado la lengua de origen y, además, siendo ya –en el caso del escritor– un mexicano de tomo y lomo.

Y aparece también la atracción y la repulsión por el testimonio (de allí los constantes descalces entre vidas y actuaciones, entre espacios reales y decorados, entre el presente y el pasado; en fin, entre el nieto y el abuelo) y el deseo de construir un texto vanguardista, que sólo se sostenga en el concierto abigarrado de voces híbridas (letradas y populares), que sostendrían y acunarían estos seres llegados de tan lejos. Es como si la autoría los sintiera muy remotos y, sin embargo, fueran parte de su memoria íntima; entonces, lo que tiene que hacer es traducir esa experiencia interior en un lenguaje propio que sea capaz de contener las voces anteriores y del futuro. No es posible rescatarlos en su ser –de allí que presente a estas tres primeras personas de modo lateral y casi silentes–; pero sí desde su descendencia y hacerlos vibrar al ritmo del habla mexicana. Sólo el aprendizaje lingüístico rescata (y funda) el espíritu mexicano-libanés: “Sobre cada curul, un velo de tul; sobre cada hogar hay un holgazán; en los bancos de salitre, los propietarios buitres; para los trabajadores, los explotadores; lo que tenemos y no apreciamos, don Moisés; para la patria que añora, jugar carretas con la locomotora” (Azar, 1977: 88).

El relato toma un vuelco con la presentación de Anna Gould, condesa de Castellane, acaso el único personaje más delineado y acabado de toda la obra. Estamos en Pachuca, donde las tres primeras personas aparecen bajo el amparo de su pariente Slaimei, un libanés tórrido, mantenido de la condesa, con quien comparte los rasgos del oportunismo, despilfarro, sensorialidad y una vena privilegiada para los negocios. Los cuadros que se exhiben hasta la conclusión del texto recrean el espacio institucional provinciano de Pachuca. En “El Simulacro” asistimos a los juegos de guerra realizados en el Colegio Militar ante las autoridades, incluida Ana la chabacana, escuchando la cháchara sobre los planes del Centenario. Luego en “La Antigua Frontera” aparece la condesa con don Rómulo Luna, dueño del negocio de ese nombre, dialogando allí sobre el acontecer nacional (aquí Ana deja conectado a Musa, para pedir mercadería y venderla en las calles como varillero y juglar, junto a su hija mayor).

La siguiente escena (son cuadros sociales, exhibidos desde un lenguaje abigarrado que convierte a los personajes en actores de opereta) se denomina “Malgré Tout”, donde se escenifica la disputa de Ana con la Mère Jacqueline (del Colegio del Sagrado Corazón), quien se niega a aceptar a la hija de un inmigrante como pupila. En sordina, escuchamos una ralea de frases que van retorciendo la figura de la madre superiora: “Jacqueline cangrina, purgativa, molina, repelina, tuberculina, prostatina que jamás osó ponerme [a mí, Ana, ex alumna de este colegio] corona de laureles en mis Premios de Excelencia por no sé qué rescoldo vivo” (Azar, 1977: 118). La conexión francesa con lo libanés, el parentesco de credo (la cristiandad) y la educación religiosa que asegura el blanqueo, son dispuestos aquí en diálogos hipócritas y juegos lingüísticos churrierescos que desarman el entarimado ideológico previo a la Revolución.

Siguiendo como hilo conductor a la condesa (Musa y sus hijas aparecen apenas en el reparto), entramos en “El Salón Fumador”, una pieza de estar de la condesa –especie de pastiche orientalista–, donde se relaja la élite empresarial de la ciudad, contando entre sus asiduos miembros a Mr. Guifford. Como si lo mexicano se trasvistiera de cierta indolencia y eroticidad provista por elementos extraños y que, sin embargo, se incluyen naturalmente en el escenario local.

Teniendo como telón de fondo “El Volcán Popocatépetl”, se presentan dos tipos de discursos: un informe sobre la inmigración libanesa a México, escrito en francés (como sacado de un libro de Historia) y una voz en off, (como si fuera la del nieto), que insta al abuelo a ser un peregrino en el ancho mundo mexicano, bajo la imagen de mestizarse con su paisaje. Voz mexicana actual que pugna por vencer las resistencias de un Musa tradicional, apegado a códigos ancestrales y sólo con el referente francés: “Cuando regreses a tu hogar original lo encontrarás deshabitado y entonces tú serás el verdadero árbol de la noche triste” (Azar, 1977: 141). Aunque en este texto nunca se es muy conclusivo en cuanto a qué aspectos hay que renunciar para la marca mexicanalibanesa .

El cierre es cómico, pintoresco, contradictorio y vital. En un gesto de carnavalización, por cuanto aparece revuelto lo que a nivel normativo se debiera separar, escuchamos al General Marín Ochoa –cuyo nombre original es Tuntún Schuare– inaugurar una nueva cárcel en una edificación que fuera un antiguo convento de las Carmelitas, que tiene como apéndice el negocito de Musa Barba, denominado “El Puerto Libanés”. Es como si lo libanés instituyera el orden del Bazar, descubriendo un rasgo caótico en la sociedad edilicia previa a los sucesos de 1910.

Libro experimental, donde compiten formas antiguas y nuevas de representación: el documento y la vanguardia, el realismo y su desfiguración farsesca, las personas y sus impostaciones. Libro biográfico, con marcas escondidas, que revela ciertas fracturas culturales en el diálogo intergeneracional. Libro migrante, que se desliza por distintos registros de habla y que tiene su centro en el festejo de la lengua mexicana, matriz que acoge el alma extranjera.

Sin ella, pareciera indicarnos Héctor Azar, no es posible el viaje hacia los otros orígenes.

 Por Rodrigo Cánovas
Pontificia Universidad Católica de Chile

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