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El ayuno de Ramadán

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“Ha llegado Ramadán, un mes bendito, durante el cual Allah os ha prescrito el ayuno. Durante él las puertas del Jardín están abiertas, las puertas del Fuego cerradas y el rebelde satanás encadenado. Durante él Allah tiene una noche que es mejor que mil meses. Quien se ve privado de su bondad sufre una gran pérdida.”

“Toda buena acción se recompensará aumentada de diez a setecientas veces, excepto el ayuno que se observa por Mí, el cual recompensaré Yo”. Hadith Qudsi, Sahih al-Bukhari

1.1.- MARCO CULTURAL DEL RAMADÁN

La vida musulmana esta regida por 5 pilares básicos (arkán ed-din ) (Al`ala al-maududi 2003) que son:
– La aceptación de la Unicidad Divina o profesión de fé (shahada).
– La oración (salat).
– La preocupación por los necesitados (Zaqat)
– El ayuno (Ramadan).
– La peregrinación a la Meca. (Al Hayi)

El Ramadán constituye, pues, uno de los preceptos ineludibles de la confesión islámica que, a partir de una cierta edad, obliga a todos por igual, sin distinción de sexo o condición, con algunas salvedades especiales.

1.1.1.- CRONOLOGÍA DEL RAMADÁN: (Tarrés, S 1998; Tarrés, S 1999;Durán, P 2004).

El calendario islámico consta de 12 meses lunares teniendo cada uno de ellos una duración de 29 días, 5 horas, 5 minutos y 35 segundos. El mes se considera comenzado cuando es visible el primer cuarto creciente de la luna nueva, 2 días después de esta.

El ayuno se realiza durante el noveno mes lunar del calendario musulmán,llamado mes de Ramadán, quedando instituido como mes de ayuno obligatorio en el segundo año de la Hégira (comienzo del calendario islámico 622d.C). El inicio del Ramadán es causa de confusión entre los occidentales, ya que cada año varia, debido a que el año musulmán al guiarse por el calendario lunar, es de 11 a 12 días más corto que el calendario solar, es por ello que el mes sagrado no coincide siempre en la misma fecha del calendario occidental.

El comienzo lo marca la aparición de la luna nueva, el cual se basa en la visión directa de la misma. La noche del comienzo se denomina lailat ech-chek, o noche de la duda, ya que es el periodo donde se espera el avistamiento de la luna para comenzar el ayuno. En Europa los musulmanes de origen extranjero suelen comenzar el mes de Ramadán siguiendo el calendario de sus países de origen (Marruecos, Libia, Senegal,  Líbano, Malí, etc.)

Tras el comienzo, se procede a la abstinencia durante el día y cambiando el ritmo del día, se produce la ruptura del ayuno por la noche. Una vez roto, se realiza en la mezquita el salat at tarauih (la oración del descanso). En los países musulmanes la ruptura del ayuno se suele marcar con cañonazos, sonido de tambores o sirenas.

La vigésima séptima noche del mes es la de lailat al-kadr o noche del destino,donde los musulmanes permanecerán en las mezquitas rezando o leyendo el Corán. En esta noche los musulmanes celebran la aparición del arcángel Gabriel a Muhammad para revelarle el Corán. Esta noche los musulmanes la consideran que “vale más que mil meses” por lo que las buenas acciones que se realicen durante la misma serán recompensadas como tantas se puedan realizar en mil meses. En este día algunos islámicos suelen pasar la noche en sus terrazas o patios al aire libre, esperando recibir su baraka (gracia especial divina). El mes tiene una duración de 29 noches, pero no se puede romper el ayuno sin haber observado la luna; si las nubes no permitieran hacerlo, éste se prolongará hasta el día 30.

Posteriormente el Aid el-fitr o pascua menor, es la fiesta que marca el fin del Ramadán, que da su comienzo sobre las 9 o 10 de la mañana con una oración en las mezquitas. En este día los musulmanes acostumbran a estrenar ropa, visitar a parientes o amigos y entregar el Zakat (entrega del 2,5% de los beneficios excedentes), que puede ser antes de romper el último día de ayuno del Ramadán, lo que es considerado como lo más conveniente, o se puede entregar a lo largo de este mes). El clima de fiesta se suele prolongar durante tres días, en los cuales los fieles se sienten orgullosos de que lo realizado va a ser tenido en cuenta por Dios. Tras el Aid, se vuelve a la normalidad.(Santoni, E 1996).

1.1. 2.- CONTEXTO ESPIRITUAL, RELIGIOSO, CULTURAL Y SOCIAL:

El Ramadán puede considerarse como un ayuno intermitente, situación que no es vivida de forma negativa o restrictiva por los musulmanes, sino más bien, es sentida como un tiempo de autodominio lo cual explica los periodos de abstinencia durante el día y el recreo de la noche, situación que de otra forma seria inexplicable. (Goytisolo, J 1997)

Con todo, el ayuno no es más que una de las características del Ramadán (la fisiológica); centrarse sólo en ella sería como observar una parte del mismo, es decir,fijarse en lo que resulta más evidente para las personas ajenas al mes del ayuno. Para los musulmanes, sin embargo, hay otras dimensiones, espiritual, social, religiosa que lo completan y le dan sentido.

1.1.2.1.-Dimensión espiritual del ayuno:

El ayuno del mes de Ramadán no es utilizado por los musulmanes para el arrepentimiento, ni es considerado como un castigo. El mes de Ramadán adquiere una importancia mayor que el de ser un acto en el que se ayuna. Se considera a este mes como generoso, donde fue revelado el Corán a su Profeta, lo que hace que otros aspectos del ayuno lleguen a ser incluso más importantes, como puede ser lo que se asume como “ayuno a nivel espiritual” que consiste en: no mentir, no enfadarse, no calumniar, no gritar, no ser irrespetuoso, no hablar de nadie que no esté presente, etc…

Durante este mes un musulmán intenta cambiar para ser mejor persona reprimiendo las pasiones y deseos dejando todo por la ley divina. Los musulmanes intentan privarse de todos sus caprichos, demostrándose que pueden tener un control total sobre el cuerpo, de modo que tienen que desarrollar la capacidad de autocontrol y paciencia. En definitiva, este periodo es considerado como un mes válido para que el musulmán refuerce el alma y el espíritu, a través del refuerzo de la voluntad. Al final del mes el musulmán que ha realizado el Ramadán espera haberse convertido en una persona espiritualmente más fuerte y recompensado por Allâh.

Uno de los motivos que aducen los musulmanes, sobre la realización de la abstinencia durante el Ramadán, es que se trata de un precepto divino, sin embargo existen otras razones por las que cumplir con las obligaciones de este mes, con independencia del contexto en el que se encuentren. El mes del Ramadán no solo es no comer o beber sino que abarca más dimensiones del ser humano. Para un musulmán el cumplir con el mes del Ramadán es sinónimo de estar más cerca de Allah, de ser capaz de reconocer sus propios caprichos y egoísmos y corregirlos, de participar en la unión de los musulmanes, es un medio de aprender disciplina, de ser solidarios. (Goytisolo, J 1997)

Por ello para todo musulmán el cumplir con el mes de Ramadán, es considerado como una forma de devolverle a Allah todos lo que les ha ofrecido y les ha dado. Es por ello que la persona que no lo hace de forma voluntaria, se pierde todos estos beneficios,alejándose de su cultura y del Islam. El mes de Ramadán es vivido como un mes de alegría, ya que para un creyente representa sobretodo limpieza espiritual, afirmando que cuando un no islámico lo realiza dicen no sentir esa limpieza espiritual o de acercamiento a un ser divino, pero si la satisfacción personal de autocontrol y superación.

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1.1.2.2.- Dimensión Religiosa del Ramadán:

El Ramadán, para un musulmán, no solo es el mes donde se prescribe el ayuno (El Corán, 1995), sino que también se producen acontecimientos que hace de éste un mes especial, desde el punto de vista religioso. Durante este periodo, fueron reveladas las primeras ayats del Corán a Muhammad, en la soledad de la cueva Hira. También en el Corán se describe como durante el mes Ramadán “se hizo descender el Corán para guía de los hombres”. Según la tradición musulmana, la revelación divina acaeció exactamente en la noche del 27, denominada Laylat-al-Quadr o noche del destino, en la que, según el Corán, Allâh determina el curso del mundo durante un año. Así mismo en el segundo año de la hégira durante el mes del Ramadán, se produce la batalla de Badr,victoria crucial para la misión profética del Islam.

El Ramadán por lo tanto tiene un claro carácter religioso que se sustenta no solo en los hechos mencionados sino que también en la oración, expresión, y reafirmación de los valores y normas del Islam, así como en su expresión pública. Hoy en día, con la presencia de colectivos musulmanes en todos los países, también puede ser considerado como una forma de confirmación de la fe musulmana en el mundo, una manera de identificarse socialmente y de reivindicar la fe islámica. (Tarrés, S 1999)

1.1.2.3.- Dimensión social del ayuno:

Para los musulmanes, este periodo tiene un claro carácter social, pues consideran que durante los primeros días del Ramadán en los cuales están hambrientos y sedientos,comprenderán mejor el sufrimiento al que se ven sometidos los pobres. Esto despierta en las personas de religión islámica un sentimiento de caridad y de compartir con los demás. (Goytisolo, J 1997)

A nivel colectivo el Ramadán, supone para los islámicos la igualdad entre todos los seres humanos, ya que afecta a todos por igual con independencia de su nivel económico. En definitiva, el índole social del ayuno fortalece por otra parte los vínculos de solidaridad y conciencia identificatoria de los creyentes, sus cambios de ritmo trastornan por completo los horarios y costumbres tanto individuales como colectivos.

Todo el mundo se ve afectado de un modo u otro por él (en especial en los países islámicos): cierre de restaurantes y cafés, modificación de jornadas laborales, diferentes horas de reposo y esparcimiento. Este ritmo igualitario, unificador, afecta por igual a todo aquel que se haga llamar musulmán. (Lacomba, J 2001) Si bien durante el ayuno,los musulmanes pueden llevar a cabo sus asuntos cotidianos como de costumbre. Durante las noches del mes de Ramadán, las personas que realizan la abstinencia suelen reunirse entorno a la familia, existiendo menús más elaborados de lo habitual.

1.1.3.- OBLIGACIONES DEL MES DEL RAMADÁN

Las obligaciones del Ramadán hacen referencia a abstenerse de realizar ciertas actividades entre la salida y la puesta del sol, manteniendo durante todo el día un espíritu de reflexión y oración. Están obligados a realizarlo los mayores de edad , haber llegado a la pubertad y poseer capacidad de razonamiento, alrededor de los 14 años,aunque se debe estimular a los niños menores a realizarlo, aunque sea solo de forma parcial, para cuando lleguen a la pubertad se encuentren mental y psíquicamente preparados para el ayuno.

Quedan exentos de realizarlo:

1- Las embarazadas y las mujeres en periodo de lactancia, si su médico así se lo recomendase.

2- Las personas enfermas (los cuales deberán alimentar a una persona por cada día que no ayunen).

3- Los viajeros

4- Las mujeres durante los días que dure la menstruación o el puerperio.

5- Personas con problemas de demencia o problemas mentales.

6- Las personas de edad muy avanzada que han perdido el control de sus facultades.

7- Personas que tengan que socorrer a alguien que este en peligro (aunque deberán realizar un día de ayuno por cada día que hayan roto el ayuno del Ramadán).

El ayuno del Ramadán se divide en condiciones u obligaciones externas del ayuno y condiciones internas:

Las condiciones externas del Ramadán son las siguientes (Al Gazali 1999):

1- La primera obligación es vigilar el comienzo del mes del Ramadán y anunciarlo al observar la luna nueva. Si esto fuera imposible por las condiciones meteorológicas el mes del ayuno se debería prolongar durante 30 días. La fecha exacta de su comienzo presenta algunos problemas a los musulmanes, debido principalmente, a que el inicio debe fundarse en una visión directa de la luna y a pesar de que el cálculo astronómico marca el momento exacto, no se reconoce el valor de esta ciencia más que a título indicativo. Se denomina lailat ech-chek o noche de la duda a este período en el que se espera la vista de la luna para comenzar el ayuno

2- La segunda obligación es la intención. EL musulmán debe hacer intención la primera noche que precede al ayuno y después cada noche antes del alba se debe mantener la intención de ayunar de forma específica y deliberada; si esto no se cumpliese el ayuno no sería valido.

3- La tercera obligación es que mientras la persona recuerde que está ayunando debe impedir la entrada en su sangre de comida, bebida, tabaco o enema. De todas formas si la persona en Ramadán por accidente, por olvido o si es forzada, comiese ese día, el ayuno quedaría intacto.

4- Durante el mes del Ramadán, los musulmanes deben abstenerse de intercambio sexual y solo se les permite tomar a sus esposas durante las noches. La tradición religiosa islámica aconseja el retiro espiritual en las nueve últimas noches del mes sagrado: en este caso, los hombres devotos se abstienen de todo contacto con sus esposas y se recogen a orar y meditar en las mezquitas.

5- Abstenerse de emitir semen voluntariamente. Los besos y caricias entre los esposos que no supongan eyaculación de semen, no anulan el ayuno, si bien, son desaconsejados sobre todo entre los más jóvenes.

6- La última obligación externa es abstenerse de vomitar. Aunque si el vómito es involuntario el ayuno sigue intacto.

En lo referente a las condiciones internas, estas hacen alusión a los distintos grados del Ramadán, es decir, a mantener el pensamiento en un estado de reflexión espiritual y libre de malas intenciones.

En las horas nocturnas, está autorizada la comida, bebida y copulación, siempre que sea con el cónyuge legal. A estas prácticas la tradición ha añadido otras muchas como son la total limpieza corporal, mantenerse con la ablución hecha, la prohibición en el uso del maquillaje para las mujeres, abstenerse de la crítica a los demás, etc.

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1.1.4.- CONTEXTO DONDE SE REALIZA EL RAMADÁN

Debido a las características del mundo actual los fenómenos migratorios han hecho que numerosos musulmanes (en Europa hay alrededor de doce millones de musulmanes) tengan que realizar el ayuno del mes de Ramadán en un contexto occidental. Esta circunstancia puede llegar a producir un Ramadán completamente diferente al que se realiza en los países islámicos ya que los hábitos de vida occidentales no se modifican durante el mes del ayuno.

En los países islámicos durante el mes de Ramadán la actividad económica,social y cultural se traslada a la noche, de esta forma los bancos y la administración pública suele atender solo hasta las 2 de la tarde, los centros comerciales suelen permanecer abiertos hasta altas horas de la madrugada y los restaurantes abren por la noche, ya que durante el mes de Ramadán en los países islámicos esta prohibido comer en la calle o en algún lugar público a la vista de las personas que están realizando el ayuno, si los restaurantes abren durante el día deben hacerlo con las puertas cerradas, ya que esta norma afecta también a los no musulmanes. El ambiente que se vive es religioso y por lo tanto los hábitos de los ciudadanos en los países islámicos se adaptan para tal fin durante la duración del mes de Ramadán.

En estos países, se suele apreciar una inactividad forzada durante el día donde se observan a muchas personas comprando alimentos en grandes cantidades, así como tradiciones culinarias familiares, ansiedad en los minutos que preceden a la ruptura del ayuno, donde la animación callejera producida por las personas que se dirigen a sus casas para romper el ayuno, precede a un periodo de soledad en las calles en los minutos previos al desayuno. Una vez roto el ayuno se observa una reapertura paulatina de los comercios y de salida de personas a la calle. (Goytisolo, J 1997)

Por el contrario, en los países occidentales el día a día continúa inalterable siguiendo con su ritmo normal de vida por lo que es común encontrar personas comiendo o fumando mezclados con musulmanes que están realizando la abstinencia.

Los centros comerciales colegios, bancos, restaurantes, etc., mantienen sus horarios habituales, en tanto que las personas de religión musulmana siguen cumpliendo con su precepto en estos países, lo que implica que el cumplimiento del mismo sea más difícil debiendo adaptarse a este contexto no islámico, lo que sirve al musulmán para reafirmar sus creencias y valores. (Tarrés, S. 1999).

Fuente:

ESCUELA DE ENFERMERÍA CEUTA – UNIVERSIDAD DE GRANADA

TESIS DOCTORAL: ANÁLISIS NUTRICIONAL Y MECANISMO DE ADAPTACIÓN A LA RESTRICCIÓN HÍDRICA, DURANTE EL AYUNO DEL RAMADÁN, EN JÓVENES MUSULMANES DE CEUTA

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El Laúd de Plata

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Después que los Reyes Católicos conquistaron Granada a los moros, esa hermosa ciudad fue durante muchos años residencia habitual de los soberanos españoles. Pero una serie de terremotos asoló la región, derribando muchos edificios, con lo cual cundió el pánico entre los habitantes y los monarcas decidieron abandonar aquel lugar que consideraban peligroso, seguidos, naturalmente, por toda la Corte.

Así transcurrieron muchos, muchos años, sin que ningún personaje real pisara la ciudad. La Alhambra, aquella maravilla mora, quedó sumida en el más completo abandono, y la famosísima Torre de las Infantas, que en otro tiempo habitaran las bellísima Zaida, Zoraida y Zorahaida, se convirtió en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas, y sus cámaras y aposentos perdieron todo su brillo, así como sus jardines todo su esplendor.

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Claro que al abandono de la Torre contribuían sin duda las muchas leyendas que sobre ella se contaban, siempre al oído y en voz baja. Se decía que, a menudo, por las noches se encendía una luz en la que fue habitación de la más pequeña de las tres princesas, y el espíritu de la tímida y dulce Zorahaida se paseaba por los pasillos y por las escaleras, sentándose en ocasiones a llorar su soledad y pulsando en otras su laúd de plata, al que arrancaba dulces y nostálgicas notas.

El tiempo, sin embargo, hizo borrar todos los recuerdos. Y un buen día, el entonces rey de España, Felipe V, el primero de la dinastía de los Borbones, decidió pasar una temporada en Granada, en compañía de su joven y bella esposa la reina Isabel, princesa italiana de la casa de Parma, célebre no sólo por su hermosura, sino también por su elegancia y su espíritu cultivado y refinado.

Los obreros realizaron a toda prisa su trabajo y pronto la Alhambra volvió a resplandecer como en sus mejores tiempos, para dar la bienvenida a la real pareja. Y el redoble de los tambores y los sones de las trompetas anunciaron con alegría la llegada de la comitiva regia, mientras los aposentos y las estancias se llenaban con el rumor de las voces de los cortesanos, el crujir de las sedas de los trajes de las damas y las pisadas de los guardias, mientras en los patios se oía el ruido de las armas y el piafar de los caballos.

Entre el séquito real habla un paje que se llamaba Ruiz de Alarcón. Era joven, contaba sólo dieciocho años, y era de noble cuna, descendiente de una aristocrática y linajuda familia. Además, era muy inteligente y avispado, y a esas cualidades se unía también un físico muy agradable por todo lo cual se había convertido en el paje favorito de la reina Isabel.

¡Y grandes habían de ser en verdad su inteligencia, su gracia y su belleza, para merecer la particular atención de la soberana que, como ya dijimos, poseía un espíritu culto y refinado, y habiendo tantos otros pajes jóvenes y de noble cuna en la corte!

Una mañana, se hallaba el paje paseando por los alrededores de la Alhambra, adiestrando al halcón favorito de la reina, cuando vio a un pájaro que se elevaba hacia el cielo desde las ramas de un árbol próximo.

El paje lanzó el halcón en persecución de la avecilla, pero ésta, con gran astucia, consiguió escapar mientras el halcón, satisfecho sin duda de sentirse en libertad, siguió volando tranquilamente. Al fin se posó en las altas almenas de una torre que se levantaba en el extremo de las murallas de la Alhambra.

El paje experimentó un gran sobresalto, porque sabía que la reina le reprendería muy severamente si regresaba sin su halcón preferido. Incluso, por ese incidente, podía perder el favor real. Por eso se apresuró a llegar al pie de la torre, que no era otra que la famosísima Torre de las Infantas. Descendió al barranco y subió después por el otro lado, pero no vio ninguna puerta ni ventana lo suficientemente baja por la que poder penetrar.

Sin embargo, estaba decidido a penetrar en la torre, y dio un gran rodeo por el lado que daba al interior de las murallas.

En aquella parte descubrió un pequeño jardín, rodeado de un cerco de cañas, por las que subían deliciosas y frescas enredaderas.

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Decidido, cruzó un portillo y llegó hasta la puerta, pasando entre macizos de rosas y otras flores, que llenaban el aire con sus perfumes. Comprobó que la puerta estaba cerrada, pero, por una hendidura en la madera, pudo ver el interior, que le asombró por lo bien cuidado y por el encanto que de él se desprendía.

La puerta se abría sobre un saloncito de estilo moro, de paredes muy blancas y adornadas con finas columnas. En el centro había una hermosísima fuente de alabastro, rodeada de flores; a un lado se veía una jaula en la que se hallaba encerrado un pájaro, mientras, en una silla, dormitaba un gato que llevaba un primoroso lazo rosa atado al cuello, junto a un cesto de labor femenina. Allí podían verse ovillos de seda de distintos colores; y, apoyada en el respaldo de la silla, una guitarra.

Al punto acordóse Ruiz de Alarcón de las muchas leyendas que, desde que estaba en Granada, le habían contado acerca de princesas moras y otros cuentos maravillosos. ¿Sería quizá aquel gato una princesa hechizada por un mago envidioso de su belleza…? Pero al punto se rió de sus pensamientos y llamó suavemente a la puerta.

Nadie contestó a la llamada. Sólo, por un instante, le pareció que un rostro de mujer se asomaba a una de las ventanas que se abrían encima de la puerta. Pero fue tan corto ese instante, que casi no podía asegurar si la fugaz visión había sido fruto de su imaginación.

Por éso, viendo que transcurría el tiempo sin que ningún rumor llegase del interior, repitió la llamada, esta vez con mayor fuerza. Y de nuevo apareció el rostro de mujer en aquella ventana, y esta vez el paje pudo convencerse de que era realidad, y que pertenecía a una joven que apenas tendría quince años y de belleza excepcional.

El paje Ruiz de Alarcón, sobreponiéndose a la impresión que la hermosura de la joven le había hecho, se quitó el gorro de plumas que llevaba y, con él en la mano, hizo una graciosa reverencia.

– Perdonadme si os molesto, bella doncella, pero necesito que me permitáis entrar en la torre, para recoger un halcón que se ha posado en sus almenas.

– Imposible, señor -contestó la muchacha con dulce y encantadora voz-. Mi tía, con quien vivo, me tiene prohibido que abra la puerta a desconocidos.

– Por favor, os lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!

– ¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.

– Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí: soy un sencillo paje, que perderá el favor de la reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito.

Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje. ¡Eran tan amables sus palabras, tan educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un muchacho tan gentil, tan amable…?

Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si perfecto y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.

«¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.

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Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una, gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.

Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada. Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.

Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.

Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció con una sonrisa.

Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger el ovillo.

– ¡Por favor, señor, os creía un caballero de bien! -exclamó.

– No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo respeto y homenaje -se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.

Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa jovencita.

Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.

– Apresuraos, marchad enseguida, señor -exclamó-. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría mucho si os encontrase aquí.

– Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizá mañana pensara que vuestra hermosa imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.

Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.

– Tomadla -dijo-. Pero no os entretengáis, por favor.

Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se llamaba la muchacha.

Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.

– Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre -dijo Jacinta.

– ¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula…?

Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar muchas historias.

Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la guerra. Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle. ¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la semana, y siempre en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!

Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto se hablaba en varias leguas a la redonda.

Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora. Y aunque desde aquel día oía a menudo rasgueo de guitarras en las frondas que rodeaban su casa, jamás pensó que las canciones, sentimentales en ocasiones, nostálgicas o románticas en otras, iban dedicadas a Jacinta. Pero así era en realidad.

El paje Ruiz de Alarcón no había olvidado a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos, y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.

Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer el abismo social y jerárquico que les separaba.

Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada. Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver, para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.

Cuando ya todo el cortejo real hubo traspuesto las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.

Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín, un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia, encendidas de rubor las mejillas…

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El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.

Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos, mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

– Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! -exclamaba, acongojada.

– Pero, ¿qué dices…? ¿De quién hablas…? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo…

– ¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse con los reyes…

– ¿Y de qué conoces tú a ese paje…?

Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.

– No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. Olvídale también tú.

– Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda… -afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.

– ¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda…, aun en el caso de que él la deseara.

Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza. Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después, los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses… sin que recibiera ninguna noticia del paje.

Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra. Y también pasó el invierno y se anunció con alegría la primavera en las flores, en los jardines, en el cielo, en la ciudad toda… mientras en el corazón de Jacinta seguía siendo invierno y la muchacha estaba cada día más pálida, cada día más triste…

Ya no la interesaban sus labores, ni la distraía el melodioso canto del pájaro en su jaula, ni la entretenían los jugueteos del gato que ronroneaba a sus pies. Y tampoco tañía nunca la guitarra, que era antes su pasatiempo favorito.

Una calurosa noche, cuando hacía ya rato que su tía dormía apaciblemente, la muchacha, desvelada, se sentó junto a la fuente y allí evocó una vez más el recuerdo de aquella inolvidable mañana, en la que hasta ella había llegado el paje Ruiz de Alarcón, en pos del halcón.

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El año de las hospederías – León el Africano – Amin Maalouf – (+ Video)

El año de las hospederías – León el Africano – Amin Maalouf

Antes de llegar a Fez, jamás había puesto los pies en una ciudad, jamás había observado ese hormiguero ajetreado de las callejuelas, jamás había sentido en el rostro ese poderoso soplo, como el viento en alta mar, pero cargado de gritos y de olores. Es cierto que nací en Granada, majestuosa capital del reino de Andalucía, pero ya estaba muy avanzado el siglo y sólo la he conocido agonizante, vacía de sus hombres y de su alma, humillada, extinguida y, cuando salí de nuestro arrabal del Albaicín, éste ya no era para los míos más que un vasto campamento de barracas, hostil y desmantelado.

Fez era otra cosa y tuve toda mi juventud para enterarme. De nuestro primer encuentro, aquel año, no me quedan más que recuerdos borrosos. Me había acercado a la ciudad montado en una mula, lastimoso conquistador medio dormido, sujeto con mano firme por mi padre, pues todos los caminos estaban en cuesta, tan empinada a veces que la montura no avanzaba sino con paso vacilante y poco seguro. A cada sacudida, me ponía derecho antes de volverme a amodorrar. De pronto, sonó la voz paterna:

—¡Hasan, despiértate si quieres ver tu ciudad!

Emergiendo del sopor, me di cuenta de que nuestro pequeño convoy estaba ya al pie de unas murallas de color arena, altas y macizas, erizadas de innumerables merlones puntiagudos y amenazadores. Deslizando una moneda en la mano de un portazguero, pudimos cruzar una puerta. Estábamos dentro de los muros.

—Mira —insistía Mohamed.

Alrededor de Fez se alineaban, hasta donde se perdían de vista, colinas en que se incrustaban incontables casas de ladrillo y piedra, adornadas, en muchos casos, como en Granada, con azulejos.

—Allí, en aquella llanura que cruza el uadi, está el corazón de la ciudad. A la izquierda, la orilla de los andaluces, fundada hace siglos por emigrados de Córdoba; a la derecha, la orilla de los de Kairuán, en cuyo centro están la mezquita y la escuela de los kairuaníes, ese gran edificio de tejas verdes donde, si Dios quiere, recibirás enseñanzas de los ulemas.

Escuché distraído esas doctas explicaciones pues lo que más me entró entonces por los ojos fue el espectáculo de los tejados: aquella tarde de otoño, gruesos nubarrones suavizaban la luz del sol y, por doquier, sentados como en azoteas, había miles de ciudadanos, platicando, gritando, bebiendo, riendo, fundiéndose todas sus risas en una inmensa algarabía. A su alrededor, tendida o puesta a secar en el suelo, de ricos y pobres se estremecía con cada soplo de la brisa, como el velamen o navío. Un rumor embriagador, un bajel boga de tempestad en tempestad y, a veces, naufraga, ¿no es eso acaso una ciudad? En mi adolescencia, pasé a menudo días en sus ante un paisaje, soñando sin freno. El día que llegué a Fez no fue sino un arrebato pasajero. El trayecto desde Melilla me había agotado y estaba ansioso por llegar a casa de Jali. En verdad, no había guardado ningún recuerdo de mi tío, que circundidando a Berbería cuando yo contaba un año, ni de mi abuela que se había marchado con él que era el mayor de sus hijos. Pero estaba seguro de que su cálido recibimiento nos haría olvidar los horrores del viaje.

Fue cálido, desde luego, para Salma y para mí. Mientras ella desaparecía con todos sus pertrechos bajo los velos desplegados de su madre, yo me encontré en brazos de Jali que me contempló un buen rato sin decir palabra antes de darme en la frente el más afectuoso de los besos.

—Te quiere como todo hombre quiere al hijo de su hermana —me decía mi mama—, además, como él sólo tiene hijas, te considera como su propio hijo.

Había de probármelo en repetidas ocasiones. Pero aquel día su solicitud me resultó nefasta.

Tras haberme dejado en el suelo, Jali se volvió hacia Mohamed.

—Llevaba mucho tiempo esperándote —le dijo en un tono en que apuntaba el reproche, ya que nadie ignoraba el embarazoso idilio que había retrasado la emigración del alanun. Ambos hombres se abrazaron, a pesar de todo. Luego mi tío se volvió por primera vez a Warda que se había quedado aparte. Estuvo a punto de posar los ojos en ella pero se le escabulleron con presteza hacia la lontananza. Había optado por no decir nada. No era bien recibida en su casa. Ni siquiera Mariam, adorable chiquilla regordeta y sonriente, recibió la menor caricia. Temía ese recibimiento y por eso me alegré cuando Warda apareció en el barco, me explicó más adelante mi madre. Siempre había soportado en silencio los descarríos de Mohamed. Su comportamiento me había humillado a ojos de todo el vecindario y toda Granada había acabado por guasearse de sus calaveradas. A pesar de ello, no dejaba de decirme a mí misma: “¡Salma, eres su mujer y le debes obediencia; un día, harto de ir, volverá a ti!” Mientras tanto estaba resignada a inclinar pacientemente la cabeza. Su hermano, tan orgulloso, tan altivo, no podía hacer lo mismo. Hubiera olvidado el pasado, sin duda, si hubiéramos llegado los tres solos. Pero recibir bajo su techo a la rumiyya de la que todo el mundo decía que había embrujado a su cuñado lo hubiera convertido en el hazmerreír de los emigrados granadinos, que no son menos de seis mil en Fez, todos los cuales lo conocen y lo respetan. Excepto yo, colmado de atenciones y soñando ya con deleitosos mimos, todos los míos respiraban con dificultad. Era como si estuviéramos asistiendo a una ceremonia que un genio malvado hubiera transformado de boda en funeral, me dijo Mohamed. Siempre he considerado a tu tío como un hermano y sentía deseos de gritarle que Warda se había fugado de su aldea para reunirse conmigo jugándose la vida, que había abandonado el país de los rum para unirse a nosotros, que ya no teníamos derecho a considerarla como una cautiva, que ni siquiera teníamos derecho a llamarla rumiyya. Pero de mi garganta no salía ningún sonido. No me quedaba más que dar media vuelta y salir, en un silencio sepulcral.

Salina lo siguió, pisándole los talones, sin vacilar ni un instante, aunque estaba a punto de desmayarse. De todos, era la más afectada, más aún que Warda. Cierto es que la concubina se había visto humillada. Pero por lo menos, tenía el consuelo de saber que a partir de ese momento Mohamed no podía abandonarla jamás sin perder su prestigio, y, mientras temblaba en un rincón, la reconfortaba el sentimiento de haber sido víctima de una injusticia. Un sentimiento que hiere pero que pone bálsamo en ha herida; un sentimiento que mata a veces pero que, con mayor frecuencia, proporciona a las mujeres poderosas razones para vivir y luchar. Salma no tenía nada de todo esto.

«Me sentía destrozada por la adversidad, para mí era el día del Juicio, estaba perdiendo a tu padre, después de haber perdido mi ciudad natal y la casa en que había parido.»

Así que volvimos a montar en las mulas sin saber qué dirección tomar. Mohamed refunfuñaba mientras daba puñetazos a su acémila en la cruz:

—¡Por la tierra que cubre a mi padre y a mis abuelos, si me hubieran dicho que iban a recibirme así en este reino de Fez nunca hubiera abandonado Granada!

Sus palabras restallaban en nuestros atemorizados oídos:

—¡Marcharse, abandonar casa y tierras, cruzar montes y mares para no encontrar más que puertas cerradas, bandidos en los caminos y miedo a las epidemias!

Era cierto que, desde que habíamos llegado a la tierra de África, desgracias y contrariedades no habían dejado de cebarse en nosotros. Y ello desde el instante en que nuestra fusta atracó en el puerto de Melilla. Pensábamos encontrarnos allí con un remanso del Islam en que las palmas de todas las manos posarían sobre nosotros, tranquilizadoras, para espumar el cansancio de los viejos y las lágrimas de los débiles. Pero en el muelle sólo nos habían recibido entrecortadas preguntas:” ¿Es cierto que los castellanos están a punto de llegar? ¿Habéis visto sus galeras?” Los que así nos interrogaban, no pensaban en absoluto en preparar la defensa del puerto, sino en unirse cuanto antes a la desbandada. Al ver que nos tocaba a nosotros, refugiados, dispensar las palabras del apaciguamiento, nos corría más que prisa poner una montaña o un desierto entre nosotros y aquella orilla que se entregaba, abierta, a los invasores.

Se presentó a nosotros un hombre. Era mozo de mulas, decía, y debía partir sin tardanza hacia Fez. Si queríamos, nos alquilaría sus servicios por una módica cantidad, unas cuantas decenas de dirhems de plata. Deseoso de abandonar Melilla antes de la noche y atraído sin duda por la tarifa, Mohamed accedió sin regatear. Pidió, no obstante, al mozo que fuera por el camino de la costa hasta Bedis antes de bajar en derechura al Sur, hacia Fez; pero el hombre tenía una idea mejor, un atajo que nos haría ganar, juraba, dos días enteros. Lo seguía todos los meses, conocía sus menores asperezas como el lomo de su mula. Tan buenos argumentos presentó que, media hora después de desembarcar, ya estábamos en camino, mi padre y yo en una acémila, mi madre en otra con el grueso del equipaje y Warda y Mariam en la tercera; el mozo de mulas caminaba a nuestro lado con su hijo, un detestable granuja de unos doce años, descalzo, con los dedos mugrientos y bizco.

No habíamos caminado tres millas cuando dos jinetes con velos azules se presentaron ante nosotros con puñales curvos en las manos. Como si sólo estuvieran esperando una señal, el mozo de mulas y su hijo echaron a correr cuesta abajo sin hacer más averiguaciones. Los bandidos se acercaron. Al percatarse de que tenían que vérselas con un solo hombre obligado a proteger a dos mujeres y a dos niños y al sentirse, así, confiados del todo, se pusieron a palpar con mano experta el cargamento de las mulas. Su primer trofeo fue una arqueta de nácar donde Salma había metido, imprudentemente, todas sus alhajas. Luego, se pusieron a sacar, uno tras otro, espléndidos vestidos de seda así como una sábana bordada que había formado parte del ajuar de mi madre.

Acercándose a continuación a Warda, uno de los bandidos le ordenó:

—¡Salta!

Al parecer ésta desconcertada, vino hacia Mohamed y le puso en el cuello la punta de un puñal. Aterrada, la concubina se sacudió y gesticuló como un pelele desarticulado, pero no despegó los pies del suelo. Sin percatarme de lo trágico de la situación solté una franca carcajada que mi padre cortó frunciendo el ceño. El malhechor voceaba:

—¡Salta más alto!

Warda saltó lo mejor que pudo y se oyó un tintineo de monedas.

—¡Dame eso!

Metiéndose la mano bajo el vestido, sacó una modesta bolsa que arrojó rodando al suelo con ademán desdeñoso. El bandido la recogió sin darse por ofendido y se volvió hacia mi madre.

—Ahora tú.

En ese instante, sonó a lo lejos la llamada del almuecín de una aldea. Mi padre levantó la mirada hacia el sol, inmóvil en lo alto del cielo y, con mano ágil, cogió del costado de su montura su alfombrilla de creyente que extendió en la arena; luego, postrándose de hinojos, mirando hacia La Meca, se puso a recitar en voz alta la oración del mediodía. Todo ello visto y no visto y con tal naturalidad que los bandidos no sabían muy bien cómo reaccionar. Mientras se consultaban con la mirada, surgió del camino, como por milagro, una densa polvareda delante de nosotros, a menos de una milla. A los malhechores no les dio tiempo más que a subirse a los caballos para poner pies en polvorosa en sentido contrario. Estábamos salvados, mas madre no había tenido que cumplir la orden.

Si lo llego a hacer, no se habría oído un tintineo sino una auténtica trueno, pues tu padre me había hecho cargar con cientos de dinares, bien apretados en diez gruesas bolsas, y yo me las había atado alrededor de las costillas, convencida de que jamás hombre alguno se atrevería a registrarme tan a fondo.

Cuando los providenciales transeúntes llegaron a nuestra altura, vimos que se trataba de un destacamento de soldados. Mohamed se apresuró a contarles con todo detalle la maquinación de que habíamos sido víctimas. Precisamente, replicó su comandante con una sonrisa en los labios, él y sus hombres tenían como misión patrullar por ese camino, infestado de salteadores desde que los andaluces llegaban por barcos enteros a Melilla. En general, añadió con el tono más anodino, a los viajeros les cortan el cuello y el mozo viene a recuperar sus animales y la parte del botín que le dejan. Según el oficial, muchos granadinos que habían ido a Fez o a Tremecén habían vivido similares desventuras. En cambio, a los emigrantes que habían optado por Túnez, Tetuán, Salé o ha Mitiya de Argel no los habían importunado.

—Volved al puerto y esperad —nos aconsejó—, en cuanto se forme una caravana de mercaderes, marchad con ella. Irá necesariamente acompañada de guardias y estaréis a salvo.

Cuando mi madre preguntó si tenía alguna probabilidad de recuperar su valiosa arqueta, contestó, como hombre prudente, con un versículo del Corán:

—Puede ocurrir que una cosa os parezca detestable y os resulte beneficiosa; puede ocurrir que os alegréis de una cosa y os cause la desgracia; pues Dios sabe y vosotros no sabéis.

Antes de comentar:

—Estas mulas que se han visto obligados a dejaros los salteadores serán más útiles que las alhajas; cargarán con vosotros y con vuestro equipaje y no atraerán a los ladrones.

Seguimos al pie de la letra los consejos de aquel hombre y así fue como, al cabo de diez días, llegamos a nuestro destino, extenuados pero a salvo. Para comprobar que los nuestros nos negaban la hospitalidad.


Ahora teníamos que encontrar un techo que nos cobijara, lo que no resultaba fácil desde que los emigrados andaluces, que habían llegado a Fez en oleadas sucesivas, se habían apropiado de todas las casas disponibles. Cuando había desembarcado Boabdil, tres años antes, lo acompañaban, según dicen, setecientas personas, que ahora tenían su propio barrio donde la vida seguía rigiéndose por los usos de la Alhambra, sólo que sin el orgullo. Lo habitual era que los recién llegados se hospedaran, durante un tiempo, en casa de sus parientes más allegados, que es lo que nosotros habríamos hecho de no haber estado Warda. Tal como se presentaban las cosas, no podía ya ni pensarse en pasar una sola noche en casa de Jali, donde mi padre pensaba, con toda la razón, que lo habían escarnecido.

Quedaban las hospederías, las fonduks. No hay menos de doscientas en Fez, la mayoría muy limpias, cada una dotada de una fuente así como de letrinas recorridas por abundantísima agua corriente que arrastra constantemente las inmundicias hacia el río, divido en mil canales afluentes. Algunas tienen más de ciento veinte habitaciones espaciosas que dan todas ellas a pasillos. Las habitaciones se alquilan completamente vacías, sin ni siquiera una cama, y el hospedero no provee a los clientes más que de una manta y una esterilla para dormir, dejándoles el cuidado de comprar sus propios alimentos y mandarlos guisar. Muchos se amoldan, sin embargo, pues las hospederías no son sólo lugares de paso para viajeros, sino también viviendas para algunos viudos de Fez que no tienen ni familia ni suficiente dinero para costearse casa y servidumbre, que se alojan a veces de dos en dos en la misma habitación para repartirse el alquiler y las tareas cotidianas, para hacerse compañía en su desamparo. Nosotros habíamos de instalarnos del mismo modo por unos días, los necesarios para encontrar una vivienda más decente.

No era, sin embargo, la vecindad de estos desdichados la que preocupaba a mi padre sino la de una muy diferente ralea. Como había visitado Fez en su primera juventud, recordaba aún la fama de ciertas hospederías, tan detestable que ningún ciudadano honrado hubiera querido traspasar sus umbrales sin dirigir la palabra a uno de sus hospederos, porque en ellas vivían los llamados alhiwa. Como he dicho en mi Descripción de África, cuyo manuscrito se ha quedado en Roma, son unos hombres siempre vestidos de mujeres, que usan afeites y adornos, que se rapan la barba, no hablan sino con voz de falsete y, durante el día, se dedican a hilar lana. La gente de Fez no los ve más que cuando hay funerales, pues es costumbre contratarlos junto con las plañideras para que el desconsuelo sea mayor. Hay que saber que cada uno de estos seres tiene un concubino y se conduce con él exactamente igual que una mujer con su marido. ¡Que el Altísimo nos guíe lejos de los caminos equivocados!

Mucho más peligrosos son los forajidos que infestan esas mismas hospederías. Asesinos, bandidos, contrabandistas, chulos, agentes de todos los vicios se sienten en ellas seguros como en un territorio exterior al reino, organizando a su gusto el tráfico del vino, los fumaderos de kif y la prostitución, conchabándose para perpetrar sus fechorías. Me he preguntado durante mucho tiempo por qué la policía de Fez, tan diligente a la hora de sancionar la avaricia de un comerciante y el hambre de un ladrón de pan, no interviene nunca en tales lugares para hacerse cargo de esos truhanes y acabar con unos hechos que desagradan a Dios tanto como a los hombres. No he necesitado muchos años para dar con la respuesta: cada vez que el ejército del sultán salía de campaña, esos hosteleros eran los encargados de procurarle gratis el personal necesario para la cocina de los soldados. A cambio de esta participación en el esfuerzo militar, el soberano les dejaba hacer lo que les venía en gana. Es cierto que, en toda guerra, orden y desorden son cómplices.

Para estar seguros de no caer en uno de esos lugares de mala fama, teníamos que buscar una hospedería en las proximidades de la mezquita de los kairuaníes. Allí es donde se instalan los ricos mercaderes de paso. Aunque el precio de las habitaciones es más elevado que en otros sitios, estos establecimientos están siempre llenos; los clientes los invaden por caravanas enteras. La tarde de nuestra llegada tuvimos, pues, mucha suerte al encontrar alojamiento en un establecimiento regentado por un inmigrado granadino. Mandó a uno de sus esclavos a comprarnos, en el mercado del Humo, pescaditos fritos, buñuelos de carne, aceitunas y unos cuantos racimos de uvas. También nos dejó en el umbral de la puerta una alcarraza de agua fresca para la noche.

En vez de unos días, estuvimos cerca de seis semanas en esta posada, hasta que el propio hospedero nos encontró, no lejos del mercado de las flores, al fondo de un callejón, una casa pequeña, la mitad de la que teníamos en Granada, cuya puerta de entrada era baja y algo sórdida, tanto que no se podía acceder a ella sin chapotear en un enorme charco de barro. Cuando nos la propuso, nos explicó que vivía en ella un mercader andaluz que había decidido ir a afincarse a Constantinopla la Grande para desarrollar allí su actividad. Pero la realidad era muy otra, como iban a apresurarse a explicarnos nuestros vecinos: nuestro predecesor, constantemente en cama, incapacitado para ejercer su comercio, sin haber tenido a lo largo de tres años que había pasado en Fez ni un solo día de felicidad, se había vuelto, sencillamente, a Granada. Dos de sus hijos habían sucumbido a la peste y su hijo el mayor había contraído, según decían, una enfermedad vergonzosa, la que llaman «las bubas». Cuando llegamos nosotros, todo Fez estaba obsesionado con ese mal; se extendía tan aprisa que parecía que ningún hombre había de librarse de él. En los primeros tiempos, se aislaba a las personas afectadas en habitaciones aparte, como a los leprosos, pero el número creció tan aprisa que hubo que devolverlos al seno de sus familias. La ciudad entera se estaba convirtiendo en un inmenso barro infestado, ninguna medicina resultaba eficaz.

El rumor que rodeaba al mal era casi tan asesino como éste. La gente de la ciudad susurraba que nunca se había manifestado entre ellos hasta la llegada de los andaluces. Estos se defendían proclamando que «las bubas» las habían extendido sin duda los judíos y sus mujeres; quienes, a su vez, acusaban a los castellanos, a los portugueses e incluso, en ocasiones, a los marinos genoveses o venecianos. En Italia, esa misma plaga se llama el mal francés.

Aquel año, creo que fue por la primavera, mi padre se puso a hablarme de Granada. Lo haría con frecuencia, en lo sucesivo, reteniéndome durante horas a su lado, siempre sin mirarme, sin saber si lo escuchaba, si entendía, si conocía los personajes y los lugares. Se sentaba, cruzando las piernas, se le iluminaba el rostro, modulaba la voz, se le esfumaban cansancio y enfado. Durante minutos u horas, se convertía en narrador. Dejaba de estar en Fez, dejaba sobre todo de estar entre aquellas paredes pestilentes que olían a rancio. Viajaba por su memoria y no regresaba sino a disgusto.

Salma lo miraba con compasión, con inquietud, con pánico a veces. En su actitud no descubría ni la nostalgia del terruño ni el reflejo de las dificultades de su vida de emigrado. Para ella, mi padre había dejado de ser el mismo el día que Warda se había marchado y el regreso de la concubina no había solucionado nada. Esos ojos ausentes, esa voz cohibida, esa atracción por el país de los rum, esas obsesiones que lo hacían actuar contra toda prudencia daban a entender que Mohamed estaba bajo los efectos de un hechizo. Quería librarlo de él a toda costa, aunque tuviera que consultar uno a uno a todos los adivinos de Fez.

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