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La tradición sobre el canto de los camelleros…

La prosa rimada de los oráculos y de los adivinos, es el primer eslabón en la cadena del desarrollo poético . Lo mismo puede decirse de la tradición sobre el canto de los camelleros que, según la leyenda, nació del ritmo de las monturas. En esta escala evolutiva sigue el rayaz, verso de cuatro a cinco pies y, más tarde la casida que será una composición complicada, con una estructura modelada por reglas fijas, recursos preestablecidos y temas usuales.

J.R. Calderón Benavides – Universidad Nacional de Costa Rica

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Los manuscritos secretos del Monte Sinaí

Los manuscritos secretos del Monte Sinaí

La biblioteca del Monasterio de Santa Catalina está situada en Egipto, a los pies del monte Sinaí, lugar donde supuestamente donde Moisés viera la zarza ardiendo. Ella guarda celosamente la historia escrita más antigua y olvidada de pueblos y lenguas que ya no existen.

Es la biblioteca activa más antigua en el mundo. Entre sus miles de pergaminos se encuentran por lo menos 160 palimpsestos, manuscritos que tienen pequeños rasguños y manchas de tinta debajo de escritos más recientes. Estas marcas ilegibles son las únicas pistas de palabras que fueron removidas por los monjes del monasterio entre los siglos VIII y XII para reutilizar los pergaminos. Algunos fueron escritos en lenguas largamente perdidas que casi se han desvanecido del registro histórico.

Desde sus comienzos, fue un reconocido centro de aprendizaje que data de hace ya 1500 años. Tras el paso del Islam en el siglo VII casi todos los lugares cristianos del Sinaí acabaron desapareciendo. El Monasterio de Santa Catalina, sin embargo, resistió aislado y fortificado. Durante las Cruzadas las peregrinaciones al monasterio fueron más esporádicas y los escribas, a menudo, se veían obligados a reutilizar pergaminos más antiguos, después de lavarlos con zumo de limón y de rasparlos cuidadosamente. Cientos de esos pergaminos, muchos de ellos preservados desde el siglo VII gracias al clima seco, contienen esos palimpsestos, revelados a través de rasguños y manchas de tinta apenas intuidas debajo de escritos más recientes. Esas marcas, casi por completo ilegibles, son las únicas pistas del proceso con el que los monjes reutilizaron los pergaminos, raspándolos.

En algunos de ellos hay palabras que ya habían sido olvidadas y de las que no se tiene ninguna otra constancia escrita. Sin embargo, la tecnología ha conseguido arrancar del pasado esas páginas borradas. A través de los rayos X se han conseguido revelar secretos que los manuscritos medievales ocultan desde hacía siglos en la Biblioteca de la Universidad de Leiden. Un grupo de investigadores han utilizado técnicas de imagen especializadas en las que se fotografían los pergaminos con diferentes colores de luz desde múltiples ángulos para sacar a la luz lo que esconden los palimpsestos de la Biblioteca del Monasterio de Santa Catalina, revelando poemas antiguos perdidos y textos religiosos tempranos, y permitiendo descubrir un corpus de vocabulario que no ha sido utilizado en más de mil años.

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Para revelar las palabras borradas de los palimpsestos, los investigadores fotografían cada página doce veces, iluminándolas con luz visible de diferentes colores, luz ultravioleta y luz infrarroja. Otras fotografías se toman con la luz desde detrás de la página o en un ángulo oblicuo, ayudando a resaltar minúsculas señales y depresiones en la superficie. Todas estas fotografías juntas, ayudan a revelar las minúsculas huellas de tinta o los arañazos dejados por la pluma del escriba, que quedan en las páginas después de que fueran borradas. A continuación esas fotografías son procesadas, bajo distintos algoritmos, que analizan y combinan las imágenes para separar el texto borrado del texto superior.

Durante cinco años, los investigadores recolectaron 30 terabytes de imágenes de 74 palimpsestos, de un total de 6.800 páginas. En la actualidad estos pergaminos se consideran una mina de oro de incalculable valor lingüístico e histórico, tanto para los estudiosos que investigan las primeras escrituras del cristianismo o los historiadores que buscan pistas sobre la vida en el Egipto medieval como para los lingüistas que buscan restos de lenguas antiguas perdidas por completo.

En algunos casos, los textos borrados han aumentado el vocabulario conocido de un idioma hasta en un 50 por ciento. Una de esas lenguas, revelada por los manuscritos, es la perteneciente al antiguo reino de Albania caucásica, que cubrió el sur de la actual República de Daguestán y gran parte de Azerbaiyán, cuyos registros escritos se perdieron, casi por completo, entre los siglos VIII y IX, cuando sus iglesias fueron destruidas. O el arameo palestino cristiano, una extraña mezcla de siríaco y griego usada por algunas de las primeras comunidades cristianas en el Medio Oriente que murió en el siglo XIII. Algunas de las primeras versiones del Nuevo Testamento fueron escritas en este idioma, y existía toda una cultura en torno a esta lengua, actualmente extinta y desaparecida.

Manuscritos palimpsestos del Monasterio de Santa Catalina

Los palimpsestos de esos manuscritos están permitiendo darle una nueva vida a esa lengua, a la cultura que representa, mostrándonos cómo han influido en nuestra cultura. Otros palimpsestos esconden escritos en idiomas más comunes como el árabe, el siriaco, el latín o el griego. Pero eso no significa que no haya lugar para los descubrimientos importantes. Bajo textos árabes han aparecido más de cien páginas de poesía griega, hasta ese momento desconocida. Y también se han encontrado tres tratados médicos griegos, también desconocidos, incluyendo uno que contiene la receta conocida más antigua acreditada a Hipócrates, el padre de la medicina occidental. Para los historiadores clásicos y medievales, la posibilidad de leer esos textos perdidos ha supuesto una enorme revolución en su campo.

Curiosamente, lo que demuestran algunos de los palimpsestos recuperados es que las tensiones entre el islamismo y el cristianismo no siempre fueron tan acentuadas y que el monasterio jugó un papel importante como punto de encuentro y de unión entre creencias. Muchos de los textos demuestran que existía un intercambio de ideas y de literatura entre creencias, como podemos ver a través de las traducciones de escrituras y liturgias cristianas al árabe. El equipo de investigadores encargado de sacar esos textos a la luz, con Michael Phelps a la cabeza, están haciendo públicos todos sus descubrimientos en la Early Manuscripts Electronic Library , para que estudiosos de todo el mundo puedan utilizarlos como parte de sus investigaciones. Algo que es de agradecer, teniendo en cuenta que recientemente el Monasterio de Santa Catalina se ha visto amenazado por ataques de grupos afines al Estado Islámico. De esta manera, se asegura que las generaciones futuras tengan acceso a ese material, al margen de las presiones políticas.

Con información de The Atlantic

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La última de las ciudades sagradas – Kamal Sabti

La última de las ciudades sagradas
(Fragmento)

 

Entonces, es Asbah
Aquello es un perro; y eso, cuatro puertas y cien torres.
¿Cómo acudiste a nosotros? Felices, escondidos detrás de las colinas. Una mujer desflorada excavó su pozo. Un fuego se enciende al principio de la noche… jóvenes inmortales… Una flauta por un dolor oculto detrás de las comarcas. Un recelo: descienden unos extraños de un collado para preguntar a un anciano acerca del que trae el año. Se vuelve hacia las manos de un agricultor a quien interrogan sobre una casa detrás de sus ojos. Señala con sus manos a un erudito que había emigrado en tiempo de lluvia. Un recelo… y varios países. En la nube norteña hay leña del sur. Dice quien estaba en el ejército del faraón: ha sido olvidada una palabra. Sale otro de un montón de madera para pronunciarla. No articulaban. Era un tiempo que daba licencia a la locura de las colinas, y quien no conocía la palabra la balbuceó sobre una roca. Otro despertó con ella a un vagabundo.

Atabales y ataúdes se precipitan hacia unos puertos pétreos. Construyen los enviados unas casas sobre un río, cuyos dedos se aferran a lo  alto del mar. El polvo borra las huellas de los emigrantes. Las mujeres desplegarán su peste en la encrucijada de dos caminos. Se ve a un hombre que reúne guijarros habitualmente al comienzo de la mañana. Se refugia a la sombra de un templo. Llámalo cuando los atabales enumeren los azotes de una espalda: mil y una columnas…

Varios ríos, cuatro mares y un collado…

Marineros, pescadores y monjes norteños…

Festejan las palabras su enigma; festejan los puertos el grito de unos hechiceros, un verano inerme y arañas. Festeja la palabra la salida de las colinas: los amuletos de los locos, historias de ahogados, poetas, un país…

Rescata una mano a un ahogado,

labios para un beso sobre la frente…

Aclaman los albañiles: nuestra herencia, salvación de las colinas. No permaneció quien no escuchó al collado. Caballos en forma de viento se recuestan en extraños mapas, Nawbahar. No cierres tus ojos todavía; no cuelga todavía un gato degollado del techo; no ha encontrado el joyero el anillo. Se decía que había una puerta de piedra que conducía al cementerio. A sus afueras se sentó un sabio para escuchar lo que parecía el canto. Pasó una noche y otra, y el sabio dio la espalda a una luna sumergida en un espejo y articuló una letra que parecía la dal, y desapareció la luna… Se quebró el espejo. Abrió la puerta una mujer y entró con el sabio en una caverna negra. Los guardianes de este cementerio preguntarán al sabio de la cueva: ¿qué país es un país? Dirá quien quebró el espejo: el país feliz, collados. Será sepultado en la caverna, y los guardianes colgarán otra luna sobre la puerta. Quizá pase otro tiempo semejante a la dal.

Sangre de la pata de un chacal junto al horno de un leñador que perdió una letra del nombre de un visitante invernal.

Un árbol sombrea un templo de monjes en Tikrit; después de una marcha de un día, en una hora hacia el oeste, llámalo cuando se oculte el dicho: Suaaba, o llámalo el Mausoleo de los Cuarenta. Esperamos a los mensajeros que nos traían lo que se nos ocultaba. Dijeron que se había desplomado la casa de un enviado rumí sobre el río. Decía todas las mañanas: esperad lo que va a venir de un país al que nunca oísteis mencionar. Moría solo. Clamaron los transeúntes: murió el extranjero, acarreamos su cadáver en la noche, arrojamos al río las velas de nuestro único loco y nos ausentamos en nuestras casas a la espera de que los mensajeros nos trajeran lo que se nos había ocultado cada vez.

Una nube viuda se desmiga sobre una ciudad egipcia; espera el griego la cosecha de algodón. Ése es un templo que espera ser adornado con un alminar. Llámalo cuando un transeúnte olvide saludar al río, la Mezquita de los Perfumistas. Las gradas de los sabios no daban cabida a todos… dijo el historiador. Unos transeúntes aclaman a unos mapas. Una mano rescata a un ahogado. Olvida el griego la cosecha de algodón, y su báculo señala la costumbre de los emigrantes de insultar a todas las ciudades. Se alejan los mapas, se aleja aquella nube con nosotros. Se apoya ese ciego en el tronco de un árbol para preguntarle a un leñador por un prolongado invierno. Espera el leñador a que duerma el ciego para ver las ruinas de una nube que cae como una ciudad. Dice el ciego: conozco esa ciudad. Braza. No me lavé en el antiguo zoco. Me delataron los cocineros ante el jefe del ejército. Me ocultaron los mozos de carga y los conductores de carro en tus barrios. Dijeron los mensajeros: perdimos un viaje en una hora hacia el oeste. Olvida el historiador la perplejidad del leñador; descuida una letra en el camino al invierno de unos enviados…

Rescata una mano a un ahogado,

labios para un beso sobre la frente…

Una letra parecida a dal fue grabada en el tronco de un árbol. Dijo un kufí: lo veré, esto no es magia, y cerró la puerta. El aire es verde, el agua amarilla; y el tapiz es un vapor de un muro que se colorea cada poco tiempo con sangre de la pata de un chacal. Los extraños que a él acudieron durmieron cerca de su casa una única noche. Por la mañana, el kufí contó lo que había visto. Una mujer de entre ellos le regañó: eso no es propio de la sabiduría que conocemos. Sangre es esta nube, oh enviado rumí, sangre que dijiste de un país, sangre de este jueves y ejércitos de varias cabilas. El ciego oye un grito: esta negrura es el jardín de Quraysh. Atabales para los reyes de las comarcas. El viento acarrea nuestros funerales sin lluvia, y un invierno nos despide hacia los campamentos del desierto. El collado nos hace oír el llanto de un rebaño que ha perdido a todos los ríos. Nos rodearon unos negros que se asemejaban a nuestros aldeanos. Conocí al jefe del ejército y a los cocineros del rey. Dijo un predicador deletreando nuestras palabras: baalun baala … Se equivocaron, no era un nombre. Braza. No me lavé en un antiguo zoco. Los mensajeros llevaron el manto de una anciana al collado para que una mitad muerta clamara: ésta es la paz de Atenas.

Un castillo como dote para una reina que perdió a su sabio en una caverna y un viento que acarrea funerales. ¿Qué país es un país, sabio? Un leñador perdió una letra que fue grabada en el tronco de un árbol, perdió un cadáver tendido de un árbol. No lo llamó un predicador de un pueblo que se nos parecía. Dijo: baalun baala. No era un nombre. Giramos hacia un visitante invernal que escuchaba la llegada de un humo. No había llegado todavía a su tumba, y él aún estaba caído sobre el pavimento cercano al café. Tendió una mano a lo alto del balcón que se asomaba a los astrólogos del oro del regreso. Articuló una letra semejante a la dal. Lo oyó un viejo ciego que guiaba con su muleta a una anciana que había visto en su himno el recuerdo de un cadáver colgado de un árbol. Dirá el historiador después de nosotros: es una sabiduría que se le ocultó al pretendiente al poder. Diremos en el himno: es un país que no sale de noche ni de día.

Kamal Sabti
(Irak 1954-2006)

Traducido por Milagros Nuin.

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