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Magreb: Topos, policías del camuflaje

Policías de paisano listos para mezclarse entre los grupos radicales en una protesta en Barcelona Pedro Armestre afp

Los agentes infiltrados se introducen en células yihadistas, grupos de ultraderecha y extrema izquierda, bandas de narcos… A los más implicados en la lucha antiterrorista se les busca un destino cómodo si son descubiertos. Se mueven en un terreno resbaladizo. «No tienen bula para infringir la ley».

Como esos animales que se mimetizan con el entorno, hay policías y agentes secretos que se camuflan en las bandas criminales y se funden y confunden con delincuentes de toda laya. En los años de plomo de ETA, lograban infiltrarse en los comandos terroristas. Ahora, cuando las células yihadistas han tomado el testigo del horror, los topos del siglo XXI hablan el dialecto del árabe que se usa en el Magreb, suelen ser musulmanes y tienen un profundo conocimiento de las costumbres y la cultura islámicas. En estos territorios hostiles y reservados, España tiene una valiosa experiencia acumulada tanto en el combate contra ETA como en el esclarecimiento de la trama que perpetró la matanza del 11-M.

Hay que, sin embargo, alega que se han cometido errores de bulto. Frente a lo que cuentan las películas, adentrarse en el seno de una organización delictiva no es una tarea que se realiza de un día para otro. Exige una preparación y una logística cuidadosas. El alcance de la presencia de las fuerzas de seguridad del Estado en los grupos islamistas radicales es un secreto guardado bajo siete llaves. Lo que sí se sabe es que cuando son descubiertos, los funcionarios policiales son retirados y enviados a destinos más cómodos y menos expuestos. A mediados de los años 90, la Policía logró entremeter en el ‘comando Donosti’ a una agente encubierta. Cuando después de mucho tiempo ETA se percató, la funcionaria se esfumó. Fue destinada a una embajada. Gracias a un trabajo que duró siete años, el grupo fue desarticulado y capturados Sergio Polo y Kepa Etxebarria. Fue ella quien trasladó en su coche a los dos etarras a una cita que era en realidad una trampa. Los terroristas fueron apresados el 10 de marzo de 1999, según un reportaje publicado en su día por la revista de la izquierda abertzale ‘Ardi Beltza’ y que avalan fuentes policiales.

Un caso parecido lo protagonizó un policía nacional que trabajó en la lucha contra ETA. Logró hacerse uña y carne con algunos etarras, a los que engañó haciéndose pasar por carnicero. Aquel mostrador de chuletones y ‘txistorras’ era la tapadera. «Cuando se quemó, se le buscó acomodo como profesor en la Academia de Policía de Ávila», desliza un agente del cuerpo. «No es igual la protección a posteriori que se da a un funcionario infiltrado en ETA que a uno metido en un grupo de guarros [okupas]», explica. Sobra decir que el primero se juega más el tipo. «Si los malos levantan al infiltrado, se le retira rápidamente de la operación. El afectado adopta un perfil bajo, patrulla por la calle o cambia de destino», sostiene una fuente cercana al Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Identidad falsa

«Muchos agentes antiyihadistas son reclutados en las comisarías de Policía de Ceuta y Melilla»

Desaparecida ETA, la prioridad la constituye ahora el control de los afectos al Estado Islámico. Las fuentes consultadas coinciden en que traspasar el cerco con que se dotan los miembros de las redes yihadistas locales es muy difícil. Puede hacerse de dos maneras: bien pagando a un confidente, al que se retribuye con dinero de los fondos reservados; bien introduciendo a un agente en un grupúsculo. «Los agentes antiyihadistas que ejercen de espías son reclutados en las comisarías de Policía de Ceuta y Melilla. Se les pide que dominen bien el dariya, el dialecto del árabe que se habla en el Magreb, y que sean musulmanes. Y se les proporciona una identidad falsa y un trabajo acorde con el ambiente en que se van a desenvolver. Puede ser un empleo de barrendero o un mecánico de taller», dice un agente veterano, buen conocedor de la lucha antiterrorista.

A raíz de los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004 en Madrid contra los trenes de cercanías de Renfe, se recabó mucha información, incomprensible muchas veces, porque los terroristas hablaban en dariya. Por eso se tuvo que recurrir a un buen puñado de traductores y policías procedentes de las ciudades españolas en el norte de África.

Este funcionario, que no se prodiga en halagos hacia la cúpula policial, cree sin embargo que las fuerzas de seguridad españolas tienen mucho que enseñar a los cuerpos policiales europeos en lo que atañe al combate contra los fanáticos del islam. «Por desgracia, el combate contra ETA ha sido una buena escuela».

No piensa lo mismo una fuente que estuvo vinculada a los servicios secretos. A su entender, últimamente se han producido algunos yerros inadmisibles. Este ex agente del CNI se refiere, por ejemplo, a la ‘operación Serkan’, una actuación contra una célula yihadista en Madrid de la que se decía estaba preparada para atentar en Navidad de manera inminente. Un policía se introdujo en el grupo. La investigación policial fue desacreditada de forma contundente por el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz. En uno de los vídeos incautados, se ve a un extremista con el torso desnudo. «Un islamista jamás aparece mostrando la piel del pecho, está estrictamente prohibido. Se nota enseguida que está tomando el pelo a los agentes. Hasta en los vídeos que graba el ISIS en la guerra de Siria y que muestran cadáveres destrozados se pixela la piel si la barriga o el pecho están al descubierto». Esto mueve al exagente de la inteligencia española a pensar que el grado de penetración de la policía y la Guardia Civil en las redes yihadista es deficiente.

Pese a que los peligros que entraña ser descubierto, pertenecer a la Brigadas Provinciales de Información supone engrosar la élite policial. Es un buen lugar para ascender y recibir medallas.

Más pasivo que activo

El terreno en el que se mueven los topos es resbaladizo. No conviene que el infiltrado aporte ideas a los criminales que, luego, revisadas por un magistrado, puedan ser interpretadas como una inducción al delito. «Es necesario ser más pasivo que activo. Una técnica a la que recurre el infiltrado con frecuencia es repetir los argumentos que emplean los demás. Un agente encubierto no tiene bula para infringir la ley», aducen fuentes próximas a los servicios secretos. Vuelta a la ‘operación Serkan’, tumbada por el juez Pedraz. Por ser demasiado incitador, un agente encubierto se hizo pasar por traficante de armas y vendió a los acusados de yihadismo el cargador de un Kalashnikov. Pedraz dejó a todos los detenidos en libertad por entender que la Policía había inducido a cometer un hecho ilícito.

Pero donde especialmente han demostrado su habilidad los agentes españoles es en la vigilancia de los narcos que operan en Galicia y la Costa del Sol. Y eso que los traficantes cuentan entre sus huestes con un buen número soplones. En fuentes policiales goza de cierta reputación una funcionaria que se hizo pasar por chica de compañía y que obtuvo abundante información. «Lo hizo además sin acostarse con nadie. Cuando se reveló su verdadera identidad, pronto fue apartada y destinada a labores de documentación», apunta un compañero de la agente.

La Policía cree que los grupos de extrema izquierda, como okupas y grupúsculos cercanos a los independentistas abertzales, están menos vigilados que los de ultraderecha. Los primeros son más numerosos, mientras que los segundos tienen una predisposición innata a confiar en las fuerzas del orden. «Infiltrarse en la extrema izquierda es fácil. «Basta con no lavarse, hacer que fumas porros y llevar pendientes», dice una fuente que, como todas las que salen en este reportaje», pide el anonimato. Sin embargo, no suscribiría esta opinión el agente que fue descubierto en la protesta ‘Rodea el Congreso’. Cuando se percataron de su identidad, los manifestantes le agredieron y perdió un 30% de la visión en un ojo.

Por Antonio Paniagua
Con información de Hoy

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Sghaïer Ouled Ahmed, el poeta más rebelde de Túnez

Sghaïer Ouled Ahmed, poeta

Fustigó en sus versos al dictador Ben Alí y tras su caída fue perseguido por los islamistas.

Seguramente, no fue casualidad que Sghaïer Ouled Ahmed, uno de los poetas contemporáneos tunecinos más queridos y admirados en todo el mundo árabe, naciera el 4 de abril de 1955, en plena agitación nacionalista, solo un año antes de lograr la independencia de Francia. Ni que el nombre de pila de su madre fuera Tounes (Túnez en árabe). Sus más conocidos poemas fueron los de temática patriótica, como el que empieza con el verso “Nosotros amamos el país como nunca nadie lo ha amado”, que los compositores, Mohamed Mejri y Mouhanned Naser convertirían en un himno de amor a la patria al añadirle melodía.

Probablemente, tampoco fue una cuestión de azar que el poeta más rebelde del país, el que se atrevió a rechazar la Orden Nacional al Mérito Cultural en 1993 al temido dictador Ben Alí, fuera originario de un pueblo de la provincia de Sidi Bouzid, cuna de la Revolución de los Jazmines. No lejos de su aldea, “en el desértico sur, el sur profundo”, se inmoló en diciembre de 2010 Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas desesperado por una vida sin expectativas ni dignidad. “Una luz que resplandece entre los planetas del sistema solar”, señaló en su homenaje literario al primer mártir de la primavera árabe.

Mientras los políticos y diplomáticos occidentales rendían pleitesía a Ben Alí y los analistas del FMI alababan la estabilidad y el crecimiento económico de Túnez, en los años noventa los versos de Sghaïer Ouled Ahmed ya presagiaban una revuelta que en menos de un mes terminó con una de las más brutales autocracias árabes y cambió la historia de Oriente Próximo. “El viento se anuncia y sus techos son de paja. / La palma de la ira es alta y sus cristales son frágiles”, advertía su pluma ácida.

La noticia de su muerte el pasado 5 de abril sumió a Túnez en un estado de conmoción. Medios de comunicación, políticos, personalidades del mundo de la cultura y simples ciudadanos le han rendido homenaje de formas diversas. Muchos, simplemente compartiendo su poema favorito en las redes sociales. El presidente del país, Béji Caïd Essebsi, ofreció su pésame a la familia del difunto y en un comunicado destacó que Ouled Ahmed “defendió la causa del pueblo tunecino, compartió sus penas y militó por su libertad y dignidad”.

El día antes de su deceso, en la celebración de su 61º aniversario, ya presentía cerca su final. Su último poema, escrito ese mismo día en su lecho de muerte, sonaba a despedida: “No tengo otra tumba / en el más allá / que estas tres sílabas tu-ni-sie”.

Desde hace meses la opinión pública tunecina era consciente de su delicado estado de salud, provocado por un cáncer en estado avanzado. En julio del 2015, un tuit anunció su muerte por equivocación y el rumor corrió como la pólvora por las redes sociales. Él mismo lo desmentiría con un mensaje irónico en su página de Facebook: “Buenos días… Soy yo, Sghaïer Ouled Ahmed”, que acompañó de un vínculo a una canción titulada No quiero reventar. Y es que su furor revolucionario no ahogaba su sentido del humor, que a menudo utilizaba para fustigar al poder. Para muestra, esta ingeniosa frase: “La esperanza de vida de los tunecinos es de dos presidentes y medio”.

En 1984 terminó su primer libro de poemas, pero fue inmediatamente prohibido por la censura por su contenido contestatario. Entonces trabajaba aún de animador cultural en un centro público para jóvenes. Un año después, como castigo por su activismo político, perdería su empleo y optó por emigrar a Francia para estudiar psicología. A mediados de los noventa, en un intento por parte del régimen de congraciarse con los intelectuales de izquierda, le ofrecieron hacer realidad su sueño de más de una década: dirigir un instituto cultural dedicado a difundir la poesía tunecina. No obstante, duró poco tiempo en el cargo.

Ni tan siquiera la caída de la dictadura le alejó definitivamente del clima de amenazas e incertidumbre. Musulmán a la vez que antiislamista, fue acusado de ateo por algunos clérigos fundamentalistas, a los que tildaba con sarcasmo de “embajadores de Allâh”. En agosto del 2012, de las palabras pasaron a los actos, y fue brutalmente agredido en la calle por un grupo de jóvenes salafistas. Pero tampoco ellos le amedrentaron, pues continuó fustigando su intolerancia “con las bombas de la poesía”.

Por Ricard González
Con información de El País

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El islamismo radical y el populismo se alimentan

Bichara Khader, experto en relaciones euro-árabes
Bichara Khader, experto en relaciones euro-árabes

ENTREVISTA A BICHARA KHADER, EXPERTO EN RELACIONES EURO-ÁRABES

Las migraciones árabes a Europa comenzaron en los 60, pero es ahora cuando el recelo se ha hecho más patente

-La primera generación vino sin el objetivo de quedarse y no ha sido hasta que las familias se han asentado de modo duradero cuando se ha producido un proceso de visibilización. El inmigrante, para integrarse, tiene que tener posibilidades objetivas de educación y empleo, posibilidades de escapar del gueto urbano y de su propia comunidad. Cuantos más recursos simbólicos, culturales y financieros tiene, más fácil es su integración. Hay que acabar con el espejismo de que es el islam el que impide la integración, porque no hay una comunidad musulmana, sino musulmanes que viven su religión de modo muy diferenciado.

Sin embargo, el discurso formal presenta un todo monolítico

-No lo es, hay musulmanes de perfiles educativos, culturales, económicos y orígenes distintos. Desde hace una veintena de años observo una fractura identitaria que conduce a replegarse sobre símbolos religiosos y a retradicionalizar las conductas sociales a aquellos sectores que no han podido acceder a buenos niveles económicos y educativos, y que no han podido desarrollar su propia conducta individual. Esos repliegues comunitarios, al mismo tiempo, nutren los movimientos xenófobos populistas.

¿El repliegue identitario musulmán y la xenofobia populista van de la mano?

-Se autoalimentan y se refuerzan mutuamente. Son producto de una crisis económica, ética y moral, y suponen un retorno a formas caducas de identidad concebida como una prisión, yo lo llamo el muro invisible. Los movimientos populistas utilizan la crisis política y social para inventar una narrativa que utilizan la inmigración como amenaza de su identidad.

¿Cómo se rompe ese proceso?

-Tenemos que revitalizar la dimensión democrática de los estados como motor del desarrollo humano y social porque han perdido la capacidad para crear una narrativa diferente a la del trabajo, el consumo y el tener.

¿Tiene Europa estrategia?

-He constatado con tristeza que todas las políticas europeas se han asentado sobre el comercio y la seguridad, sin fomentar un verdadero diálogo de los pueblos asentado en el respeto, el reconocimiento y la asociación. Sin embargo, el desarrollo del mundo árabe es un interés europeo. Cuanto más seguros, prósperos y estables sean los países árabes más segura, estable y próspera será Europa. En 2025 los 22 países árabes tendrán 470 millones de habitantes, de los que 90 millones tendrán entre 15 y 26 años. Esos jóvenes quieren trabajo, perspectivas y esperanzas. Si no respondemos a sus aspiraciones el Mediterráneo se sumirá en una situación de inseguridad perpetua. Mira solo cómo impacta en la Unión Europea lo que ocurre en Siria.

Pero la reacción ha sido cerrar, hasta el punto de poner en riesgo el espacio Schengen

-El conflicto de los refugiados ha puesto contra las cuerdas a la Unión Europea amenazando su propio proyecto, su existencia y su mensaje ético. Poner cordones sanitarios en las fronteras externas simplemente hace que el inmigrante se desplace y arriesgue más su vida. El Mediterráneo se está transformando en un cementerio de sueños fracasados.

¿Se encierra Europa en el concepto occidente y deja de mirar al Mediterráneo?

-Se está desenterrando la estúpida idea de que el musulmán es el otro, el enemigo y la amenaza. Toda esta narrativa es muy peligrosa. Es una victoria de movimientos radicales como Daesh que buscan a través de atentados suscitar una guerra civil entre los europeos y los musulmanes que viven en territorio europeo.

Turquía ha pasado de ser ejemplo de democracia en un país musulmán a tomar una deriva muy incierta

-La imagen de Turquía como modelo de un islam democrático está desapareciendo. Ahora se ve cómo un polo geopolítico que trata de imponer su agenda. La política exterior turca hace unos años tenía un eslogan: ningún problema con los vecinos. Hoy día Turquía tiene muchos problemas y pocos vecinos. Tiene problemas con Irak, con el régimen de Bashar al Asad, con EgiptoTurquía tiene malas perspectivas y temo mucho por su estabilidad. Pienso que los grandes actores de Oriente Próximo, como Arabia Saudí, Egipto, Irán y Turquía tienen que ponerse de acuerdo en una conferencia regional de la paz y seguridad, poner en marcha un mecanismo de seguridad, acabar con las rivalidades y definir el papel de cada uno de forma constructiva. No se puede hablar de ejes chií/suní. Estas no son guerras de religión, sino guerras geopolíticas, de poderes políticos que quieren imponer su agenda utilizando la religión como una herramienta de movilización y justificación.

Por Encarna Maldonado
Con información de Diario de Sevilla

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