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La Mano de Fátima- Khamsa

 

Atributos y forma de representación

La mano de Fátima o khamsa consiste en la representación plana de una mano abierta, con los dedos extendidos. Suele estar constituida por un diseño estilizado, en el que el dedo corazón actúa como eje de simetría, resultando casi siempre imposible determinar si se trata de la extremidad derecha o izquierda .

Este destacado icono fue entre los musulmanes medievales, particularmente los shiíes, un símbolo de providencia divina, generosidad, hospitalidad y fuerza/poder, así como un eficiente amuleto que expulsaba los malos espíritus causantes de las enfermedades y las desgracias además de repelente del mal de ojo. Portar talismanes como protección o contra el aojamiento, fue una de las muchas prácticas pre-islámicas absorbidas por la cultura islámica primitiva, y tolerada por su teología.

El mal de ojo, también llamado fascinación, es una creencia de carácter casi universal que se documenta ya en el Antiguo Egipto y en las culturas antiguas del Creciente Fértil. Los romanos también conocían esta superstición, a la que denominaron “fascinatio” o “fascinum”, la cual se transmitió al mundo medieval, tanto cristiano como musulmán, siendo objeto de la atención de eruditos como al-Kindi (801-873) o Avicena (980-1037). Se basa en la creencia, transmitida por Platón en el Timeo, de que la visión se produce por la proyección a través de los ojos de unos rayos o fuego visual que, al ser emitidos por almas contaminadas, dan lugar al mal. En el mundo islámico, se considera que este mal de ojo procede de la envidia, según explica Ibn Jaldún:

“Los efectos producidos por el mal de ojo se incluyen en el número de las impresiones que resultan de la influencia del alma. Proceden del alma del individuo dotado de la facultad del mal de ojo y tienen lugar cuando él ve una calidad o un objeto cuyo aspecto le causa placer. Su admiración se vuelve tan intensa que hace nacer en su entraña un sentimiento de envidia juntamente al deseo de arrebatar esa calidad o ese objeto a quien los posee”.

En el Corán, Muhammad señala y admite la creencia en el mal de ojo (‘ayn), y las tradiciones islámicas reconocen que el propio Profeta aceptaba el uso de talismanes y tatuajes para preservarse de él. En la Arabia preislámica, según testimonio de Tertuliano, las mujeres se protegían del mal de ojo cubriéndose el rostro con un velo, e incluso por un fenómeno de magia simpática, los ojos de determinados animales con presunto poder fascinador, como el lobo, eran utilizados como amuleto, al igual que determinados minerales o piedras, entre ellas el azabache. Uno de los talismanes más empleados en todo el mundo islámico es la khamsa o “mano de Fátima”. La mano extendida y sintética tiene el mismo valor que el gesto de recitación de la fórmula “hamsa fi‘ayni-k” (cinco en tu ojo) contra el sujeto que se cree que nos está aojando.

La eficacia apotropaica de este amuleto está relacionada con el poder mágico del número cinco, que es el significado del término khamsa (literalmente “cinco”, en alusión al número de dedos). Como ya señaló René Guénon, y ha recogido Chebel en su Dictionnarie des symboles musulmans, se ha intentado tradicionalmente explicar el valor de este guarismo, por su equivalencia con las cinco letras del nombre de Allah en árabe: el índice corresponde a la alif, el anular a la primera lam, el medio y el índice al segundo lam, que es doble, y el pulgar al he, lo que explica el carácter divino de la mano y de la cifra cinco, que constituye un símbolo habitual dentro del mundo islámico. Además, en la tradición suní, la mano es la síntesis de la ley del Profeta, identificándose los dedos proverbialmente con los cinco pilares o preceptos del Islam (el testimonio de fe, la oración ritual, la limosna, el ayuno y la peregrinación), mientras que la tradición shií los ha relacionado con las cinco personas sagradas pertenecientes a la familia del Profeta(Muhammad, ’Ali, Fátima, Hassán y Hussein). Parece que en ambos casos se ha tratado de islamizar una creencia de origen bereber.

La khamsa es denominada también habitualmente “mano de Fátima”. Aunque con frecuencia el origen de esta expresión se ha querido poner en relación con los europeos establecidos en el Norte de África durante el Protectorado, y especialmente con los militares franceses que tenían la costumbre de llamar “Fátima” de forma despectiva a todas las mujeres argelinas o tunecinas, los estudios más recientes  muchos de ellos sin rechazar tampoco abiertamente la hipótesis anterior‒, abogan por su conexión con Fátima al-Zahra (606-632), hija predilecta de Muhammad, a la que acabamos de referirnos como pariente destacada del Profeta. Ningún pasaje documentado de la vida de Fátima sugiere relación alguna con este símbolo, aunque las cuantiosas leyendas posteriores asociadas a ella, hacen referencia a su carácter maternal y protector, lo que tal vez podría vincularla con el amuleto de la mano, dado que este siempre se ha conectado con fines apotropaicos. Fátima adquiere en el Islam un destacado papel como mujer santa y modelo de hija, madre y esposa, lo que ha llevado a su frecuente comparación con la figura de la Virgen María en el ámbito cristiano.

Este popular amuleto protector adopta en la Edad Media diseños variados. Lo normal es que se represente exclusivamente como una mano exenta, aunque en la tipología áulica de los jarrones nazaríes de la Alhambra, su superficie se amplía hasta abarcar el antebrazo, adornándose este con amplias mangas. Asimismo la mano puede albergar a veces en su interior ojos, que acentúan su significación talismánica, al invocar su lucha contra el aojamiento. Ocasionalmente también puede incorporar inscripciones epigráficas de carácter coránico.

Fuentes escritas y orales

No existen evidencias textuales o fuentes escritas para el origen de la mano de Fátima. No obstante, la mención a la sacralidad de la mano o de las manos aparece reflejada en varios pasajes del Corán. La sura 67:1 dice: “¡Bendito sea Aquel en cuya mano está el señorío! Él, sobre toda cosa, es poderoso”. En las suras 69:25 y 84:7 se identifica la mano izquierda con el mal y la derecha con el bien, respectivamente. Igualmente en 23:88, 36:83 y 57:29 las manos se ponen en conexión con la imagen de la soberanía divina.

Algunos relatos populares carentes de legitimidad religiosa ponen en relación la mano-amuleto con un gesto del propio Muhammad. Un día, los discípulos del Profeta, se quejaron a su maestro de la supresión de las imágenes y entonces este, por toda respuesta, habría metido en tinta los cinco dedos de su mano y los habría impreso sobre una hoja de papel, mostrándolos a sus seguidores.

Autores como A. Maitrot o Probst-Biraben recogen el relato, sin ninguna validez histórica, de que durante la batalla de El Bedr Hanin (624 H.), que consagró la pujanza de Muhammad, los partidarios del fundador de la nueva religión no tenían estandarte o bandera, por lo que confiaron su pena a la hija predilecta de su jefe, Fátima, quién mojó su mano en la sangre de un herido y la imprimió sobre su velo.

Otra leyenda cuenta que una noche la hija del Profeta estaba preparando la cena cuando su esposo Alí regresó a casa acompañado por una concubina. Al verla, Fátima, celosa, regresó a la cocina irritada y metió la mano en la pasta hirviendo que estaba cocinando, continuando su elaboración con la mano desnuda. Su pena era tan grande que no sentía la quemazón. Desde entonces en el Islam, la mano de Fátima llegó a ser símbolo de paciencia y lealtad, confiriendo suerte, abundancia y paciencia a quienes portaban o se encontraban bajo la protección de este símbolo.

Extensión geográfica y cronológica

Aunque se desconoce con precisión en qué momento concreto comenzó a utilizarse de forma sistemática, la espectacular expansión territorial protagonizada por el recién nacido Estado islámico fue determinante en la propagación de este amuleto, siendo introducido paulatinamente en todos aquellos territorios que, desde la Península Arábiga, fueron progresivamente incorporados al Dar al-Islam, incluida al-Andalus, donde se documenta a partir de la época de las dinastías africanas. Asimismo, gracias a la permeabilidad cultural bajomedieval, su uso trascendió las fronteras políticas para ser asimilado también dentro del ámbito cristiano y judío en contacto con el Islam.

Como amuleto protector y apotropaico se ha seguido empleando desde entonces hasta la actualidad dentro del ámbito musulmán o de pasado musulmán, donde suele aparecer en puertas, viviendas y también decorando la joyería o metalistería popular. Existen infinitos ejemplos desde la Península Ibérica y el Norte de África (zona del Magreb) a Palestina, así como en el sur de Italia, en la zona de Nápoles. También se ha infiltrado en tradiciones religiosas y culturales no musulmanas, como la de los judíos sefardíes, que con frecuencia han usado el símbolo de la mano extendida como amuleto para salvaguardar personas y hogares.

En la actualidad, este icono está ampliamente difundido como consecuencia del fenómeno de la globalización, y resulta habitual encontrar personas de cultura occidental que portan collares o pulseras con el símbolo de la khamsa.

Soportes y técnicas

La mano protectora se presenta en la Edad Media en todo tipo de soportes y técnicas artísticas, ya sea en forma de amuletos exentos de plata o azabache, ya como elemento decorativo pintado, tallado, esculpido o grabado formando parte de la ornamentación arquitectónica, de manuscritos iluminados o de objetos suntuarios diversos, especialmente de carácter personal (joyas o adornos). Aparece muy frecuentemente también en cerámicas, ya que se considera que el momento de la comida o la bebida es especialmente propicio para la penetración de malos espíritus, que pueden acechar escondidos en las vasijas.

Precedentes, transformaciones y proyección

La khamsa corresponde a una tradición iconográfica musulmana, aunque el motivo genérico de la mano tiene un carácter universal y su uso puede retrotraerse a tiempos ancestrales. Ya en la pintura rupestre parietal del Paleolítico Superior se identifican paneles con manos pintadas en positivo o negativo, como en la cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria, España), lo que apunta a que el simbolismo de las manos extendidas como repelentes de males podría conectarse con ritos o cultos mágicos preislámicos.

Este amuleto protector se identifica asimismo en las civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo. La Qāt Istar, también conocida como la Qāt Inana, o Mano de Ishtar/Inana, fue usada por los sucesivos pueblos que se asentaron en el territorio mesopotámico, principalmente sumerios y acadios, como talismán contra las enfermedades. También parece existir una estrecha conexión entre la Mano de Fátima y la Mano Pantea o Mano de Todos los Dioses, que fue originalmente un amuleto egipcio conocido como los “Dos dedos”, en alusión a Isis y Osiris. Este amuleto invocaba a los espíritus protectores de los padres. El pulgar se interpretaba como Horus (“el hijo”), mientras que el índice y el corazón se relacionaban con Isis y Osiris, sus progenitores. Otra teoría remonta los orígenes de la khamsa a Cartago, donde se utilizó la mano de la deidad suprema, Tanit, para alejar el mal de ojo. Asimismo, en la cultura cananeo-púnica, la mano de Ba’al se empleaba con un sentido análogo.

Existieron además otros destacados símbolos antropomorfos de divina protección anteriores al advenimiento del Islam, como la Mano de Venus (o Afrodita) en el mundo romano. Incluso las manos de Buda (gesto de mudrā) o de Shiva han tenido un sentido protector y benéfico en las tradiciones budista e hinduista, o, dentro del Cristianismo, la propia Dextera Dei fue empleada como símbolo del poder divino.

La asimilación cultural del emblema de la mano de Fátima y su proyección más allá de los territorios islámicos comenzó ya en época medieval. Por ejemplo, durante el siglo XV en los reinos hispanos, pequeños colgantes quiromorfos llamados gumças eran colocados sobre los trajes de los niños para protegerlos o formaban parte de collares, como el descubierto cerca de Mondújar, en la región de Almería. Parece que el término gumça procede de la castellanización del vocablo árabe khamsa. Igualmente, la mano protectora se encuentra representada sobre numerosas piezas cerámicas procedentes de los talleres de Paterna y Manises, destacando su empleo como parte de la decoración de un grupo de pilas bautismales toledanas realizadas en barro vidriado, encabezadas por los ejemplares procedentes de la iglesia de Camarenilla (Toledo) y de la Hispanic Society of America (Nueva York)25, ambas de mediados del siglo XV, donde las cruces flordelisadas y el monograma “JHS” alternan con el talismán islámico.

Un ejemplo excepcional de la enorme difusión de este amuleto islámico dentro del territorio cristiano se pone de manifiesto con la noticia de que en 1526 una comisión episcopal convocada por el emperador Carlos V, reunida para decidir sobre las costumbres de los musulmanes recientemente convertidos al cristianismo (moriscos) decretó la prohibición de su uso y su sustitución por cruces o medallas con efigies de personajes sagrados. Poco después, en 1586, Pedro Guerra de Lorca describió a los musulmanes como hijos del demonio, portadores de medallones donde estaba grabada una llave y una mano, esta última significando, según él, la pujanza de Dios. Para Don Diego López de Mendoza en 1607, estas manos portadas por los moriscos de Granada serían una alusión a los cinco mandamientos de Muhammad .

Los cristianos sirios y los europeos utilizaron un símbolo equivalente a la khamsa conocido como Mano de María. Su objetivo es igualmente proteger a las mujeres del mal de ojo, aumentando su fertilidad, promoviendo embarazos sanos y buenas lactancias, y fortaleciendo a los más débiles (mujeres encintas, recién nacidos o niños de corta edad).

A través del contacto con el Islam, su uso se popularizó también entre las comunidades judías, especialmente sefardíes, instaladas tanto en el Norte de África como en Oriente Medio. Los judíos se refieren a ella como la mano de Miriam (Kef Myriam) en recuerdo de la Miriam bíblica, la hermana de Moisés y Aarón.

Temas afines

Un tema relacionado con la mano de Fátima es el divulgado motivo iconográfico de la higa, que consiste en la figuración de una mano cerrada sobre sí misma en forma de puño, con el dedo pulgar alojado entre el índice y el corazón, al que se ha otorgado un similar valor protector y profiláctico, pues se utilizaba igualmente para evitar la influencia maléfica de la fascinación y para atraer la buena suerte.

Por Noelia Silva Santa-Cruz
©Revista Digital de Iconografía Medieval

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El Burka como excusa. Terrorismo intelectual, religioso y moral

Entrevista a Wassyla Tamzaly escritora y feminista argelina. La revolución no puede ser solo feminista, debe ser de todos los sectores.

La escritora argelina sostiene que en el imaginario occidental la mujer árabe ha pasado de ser “combativa y con el cabello suelto a esa imagen de mujer velada”. Reconoce que su posición es “incómoda” porque la derecha xenófoba se ha apropiado del discurso contra el velo.

“El burka como excusa. Terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres”. El título de uno de los libros más famosos de Wassyla Tamzali, feminista argelina militante, deja poco lugar a la imaginación. Tamzali lleva décadas alzando la voz por la igualdad y libertad de la mujer árabe.

Su historia, narra en su libro, es “la conquista de la calle, que desde la infancia hemos podido recorrer, con los cabellos al viento, bajo la mirada cómplice de nuestras abuelas, vestidas de blanco. Nuestra historia es la del desvelamiento (…). Yo, que nunca he estado velada, llevo la historia del velo escrita en mi piel”. Abogada en Argelia antes de dirigir el programa de Igualdad de la UNESCO durante 20 años, Tamzali ha continuado su labor por los derechos de la mujer a través de artículos, libros y charlas, en los que se rebela contra la ideología del velo y un tipo de izquierda “condescendiente” a la que tacha de “adepta del relativismo cultural”.

Aunque Wassyla entiende que la suya es una “posición incómoda”, ya que la derecha xenófoba se ha apropiado del discurso contra el velo (por motivos diametralmente diferentes), recuerda que “lo que está en juego aquí no son trozos de trapos, de colores, de formas y de longitudes diversas, sino visiones del mundo, proyectos de vida diametralmente opuestos”. De un lado, los derechos humanos y de otro, un islamismo que ha convertido la dominación de la mujer “en el corazón de esta religión que vive un período de oscurantismo y de absolutismo sin precedentes en la historia del islam”.


En un encuentro en la Fundación Tres Culturas de Sevilla, la escritora septuagenaria habla sobre feminismo, velos y racismo.

¿Qué significa para usted el feminismo islámico?

Es un oxímoron, una contradicción absoluta. Se puede ser musulmana feminista, hasta se puede luchar por la igualdad en el interior del Islam, pero no es suficiente para que eso sea ser feminista. El feminismo es la deconstrucción del patriarcado, algo que no hacen ellas. Me parece que estas mujeres tienen derecho de existir, pero lo que me molesta no es lo que digan o hagan, sino que su discurso se haya construido para deslegitimar el discurso feminista. Eso sí que me molesta.

¿Es peligroso en el imaginario occidental que la mujer musulmana vaya con velo?

Yo abogo por los imaginarios libres. Occidente no tiene suficiente cultura para saber lo que es el mundo árabe. Es lo que ocurre con los orientalistas. Con la globalización, cualquiera puede saber perfectamente lo que ocurre en Argelia, pero hay periodistas que no hacen ningún tipo de esfuerzo por informarse y al final nos quedamos con imágenes orientalistas que nada tienen que ver con el verdadero mundo árabe.

¿Por qué en el debate sobre el velo no aparecen más mujeres como usted?

El problema es que en el imaginario del que usted habla yo no ocupo lugar, porque la gente no conoce nuestra historia. En mi libro ‘Mi Tierra Argelina’ se ve cómo hemos pasado de una imagen de la mujer árabe combativa, con el cabello suelto y que trabajaba en el campo a esa imagen de la mujer velada. Lo que usted dice es muy importante, porque yo siempre digo que cuando se debate, la gente no me ve. Si a mi lado hay una mujer velada, se la va a escuchar y ver a ella, no me van a escuchar a mí.

¿Cuál es la raíz del problema?

La relación con Occidente está contaminada por el colonialismo y por su complejo de superioridad hacia otros pueblos. Occidente tiene dificultad para escapar de esta idea de dominio. Ve el mundo exterior a través de un prisma donde prima lo pintoresco, la diferencia con el otro, cuando la diferencia no es lo primero que se debería evocar cuando se dialoga con el otro.

¿Por qué la izquierda europea parece tener problemas para criticar el burka, como usted critica?

Porque ya no hay izquierda europea. Ya no hay personas de pensamiento progresista y lo han convertido en post-solidaridad. Han dejado de luchar.

¿Entra en juego el tabú del racismo?

Sí, no quieren que nadie los tache de racistas. Son decadentes, viven de ideas decadentes. La libertad se vive como un producto de consumo, como vestir o hacer lo que a uno le dé la gana. Sin embargo, no reflexionan sobre lo que es la libertad y terminan dándosela a personas que no la respetan. Ese no es el sentido de la libertad, no se le puede dar carta libre a los islamistas, para que hagan con ella lo que quieran.

¿Ha empeorado la situación de la mujer tras la Primavera Árabe?

La situación de la mujer está ligada a las mejoras del resto de la sociedad. Las sociedades musulmanas y árabes necesitan hacer su revolución. Sin embargo, cuando esto ocurre, también hay una contrarrevolución. Eso es lo que nos ha enseñado la historia. Las ideas que nacen de una revolución resurgen una y otra vez, mientras que las contrarrevoluciones se pierden. En la plaza de Tahrir (El Cairo), las mujeres y los homosexuales salieron a luchar por la libertad, mientras que los islamistas y los militares salieron para detenerlos. Han detenido a unos y otros, pero esas ideas no se han muerto, sino que resurgirán. Cuando una sociedad comprende el sentido de la libertad en sus entrañas, su mente y su corazón, ya no hay nadie que se la pueda arrebatar.

¿Hay esperanza de una revolución feminista en el mundo árabe?

No, la revolución debe ser global. Si los obreros lo hacen por su cuenta es una revuelta de obreros. Si los estudiantes lo hacen por su lado, es una revuelta estudiantil. Si, en cambio, se unen los estudiantes, los obreros y las mujeres, entonces habrá revolución.

Por Alejandro Ávila Villares
Con información de La Haine

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Un héroe sevillano para el persa

Joaquín Rodríguez ©Javier Barbancho

El traductor Joaquín Rodríguez Vargas ha sido premiado en Teherán por la mejor traducción del persa gracias a ‘Los arcanos de la Unicidad de Dios en las estancias espirituales del sheij Abu Sa’id’.

En España, del idioma persa apenas sabemos nada. Como mucho cuatro versos de la lengua de los mil poetas. Si acaso cuatro rasgos de quienes la hablan.

«La ars poetica persa es de una delicadeza y belleza femenina, aun cuando ha sido creada mayormente por hombres. El hecho es que la poesía forme parte de lo cotidiano de los iraníes, de cualquier condición y estrato social, que cualquier persahablante sepa al menos varios centenares de versos, y que todos hayan versificado, bien o mal, en algún momento de su vida… Así que es normal que esta lengua tenga un particular vigor en algo en lo que se ha estado ejercitando desde el siglo X, cuando el Irán adoptó la métrica árabe, de una perfección matemática, para su poesía».

El que habla es Joaquín Rodríguez Vargas. Es de Sevilla, tiene 51 años y acaba de recibir de manos del presidente iraní Hasan Rohaní el galardón Libro del año a la mejor traducción y edición crítica de una obra en lengua persa. El sevillano se impuso en el apartado de Estudios persas e islámicos de la sección de extranjeros, en la que se habían presentado 2.500 obras.

El autor premiado, recibiendo su premio junto a las autoridades iraníes ©El Mundo

«Es un idioma de una inusitada belleza en la poesía, musical en la pronunciación, elegante en su escritura y gramaticalmente sencilla». Así define Rodríguez el persa, idioma que aprendió «de forma autodidacta» porque, por aquél entonces, en España, persas no había ni felinos. Y los cuartetos de Omar Jayam, el épico Shahnamé de Ferdousí, los versos al vino de Hafez eran trazos inexplicables en libros medievales.

Como ni su economía ni su familia estaban para grandes aventuras, Joaquín se introdujo en la lingua franca de iraníes, afganos y tayikos lejos de las universidades, encomendándose a algunos vecinos iraníes, a libros escolares de su país lejano y a una lengua, el árabe, cuya caligrafía e historia está casada religiosamente con el idioma oficial de Irán.

El 18 de diciembre de 2015, Joaquín se doctoró cum laude en Filología Árabe y Estudios Islámicos. 19 años antes, logró la categoría de intérprete jurado de lengua persa nombrado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Fue también redactor de la primera gramática del persa moderno en español y traductor del Golestán (La Rosaleda) la obra maestra de Sa’adi, entre otras.

«Mi clave fue el enorme interés que tenía por el persa; lo descubrí en mi juventud. A esto, me viene a la memoria un dicho de Avicena, el celebérrimo médico y filósofo persa, que decía que para aprender hace falta un poco de inteligencia y mucho interés. Nótese que no lo dice al revés, mucha inteligencia y un poco de interés».

¿Y su traducción al español de Los arcanos de la Unicidad de Dios en las estancias espirituales del sheij Abu Sa’id, objeto del premio oficial? La obra llegó al español con el auspicio de la Consejería Cultural de la Embajada de la República Islámica de Irán y fue editada por Mandala. En sus páginas relata la vida de un sufí persa del siglo XI a través de la pluma de su tataranieto, Mohammad Ibn Monavvar, 130 años tras su muerte. «De todas las obras que he traducido hasta ahora, esta ha sido la más problemática y desafiante. Su dificultad puede resumirse en la naturaleza de la obra: un texto sufí, escrito en 1178, con el cuerpo de texto redactado en el persa del Jorasán de aquella época, y los diálogos de los personajes en el dialecto de Nishapur (muchas veces, no siempre), salpicados de versos en persa y árabe y con grandes fragmentos en árabe […] Hay palabras que solamente aparecen en esa obra, o sólo en dos o tres más… Ni los iraníes tienen muy claro el significado».

Rodríguez tuvo que irse hasta la Universidad de Teherán para rematar dos años de labor consultando con Shafii Kadkani, profesor de literatura persa, «una docena de dudas que me fueron imposibles resolver».

¿Por qué decidió traducir este libro? «La obra es de una importancia capital en la literatura sufí persa temprana», resalta Joaquín. «Como se explica en el libro, Abu Sa’id es conocido en la literatura persa como el Sócrates del sufismo porque no escribió nada, pero si lo hubiera hecho, se habría erigido, quizá, al mismo rango literario y habría dejado un legado intelectual semejante a otros místicos egregios como Rumí o Attar de Nishapur».

Con su publicación, Rodríguez Vargas pretende también ampliar la todavía escasa bibliografía de autores persas en español. «Se trata de una lengua poseedora de una de las literaturas más ricas y bellas de la humanidad, y en el mundo hispanohablante ni siquiera se ha comenzado a sondear», advierte. Critica que, en España, donde perezosamente empieza a enseñarse la lengua persa, «el estudio del mundo islámico se ha circunscrito, quizás demasiado, al Al-Ándulus en primera instancia y al mundo árabe en segunda», dejando de lado el persa, la otra gran lengua del islam.

En Irán, por el contrario, el traductor destaca que «los departamentos de Lengua y Literatura Españolas son cada vez más fuertes. El español era inexistente hasta la década de los 90; entonces entró en la universidad, y se percataron de su importancia en el panorama cultural y literario del mundo. Ahora lo abordan hasta dónde lo permiten sus posibilidades. En España, lamentablemente, no es así con el persa».

Por Lluís Miquel Huetado
Con información El Mundo

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