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El Ramadán en la ciudad de la Mezquita

Rezo musulmán en la mezquita situada en los jardines de Colón de la capital cordobesa ©Rafa Alcaide – efe

Unos 4.000 musulmanes viven en Córdoba en la actualidad.

En la ciudad de la mezquita más importante de todo el periodo islámico del Al-Ándalus, actualmente no hay suficientes templos para que los 4.000 musulmanes que viven en Córdoba puedan reunirse cómodamente y muchos han tenido que rezar durante el mes de Ramadán fuera del único morabito.

Una vez roto el ayuno propio del mes sagrado, más de un centenar de musulmanes se acercan al pequeño morabito o mezquita situada en los céntricos jardines de Colón de la capital cordobesa en el que es un momento especial para realizar los “rakaat” o rezos del “Tarawih” o ruptura el ayuno y compartir en comunidad el final del día durante los treinta que dura el Ramadán.

Sin embargo, en la mezquita, construida durante la Guerra Civil española para que las tropas franquistas marroquíes pudieran rezar, apenas hay sitio para las mujeres y para una veintena de hombres.

El resto reza sobre alfombras colocadas en la puerta y, aunque hay otro local más grande en el barrio del Sector Sur, “una ciudad como Córdoba merece tener una mezquita como la de Granada o Madrid”, ha comentado el presidente de la Asociación de Musulmanes de Córdoba, Kamel Mekhelef.

“UN REFERENTE HISTÓRICO”

“Para los musulmanes, Córdoba es un referente histórico y cultural igual que lo ha sido Constantinopla”, ha afirmado Mekhelef, quien ha resaltado que durante la época de Al-Ándalus, “Córdoba era el centro científico de todo Occidente”, pasado que ahora podría reflejarse en la existencia de un “centro islámico cultural” donde se puedan dar conferencias, reunirse o aprender árabe.

Desde las instituciones de la ciudad el apoyo a la comunidad islámica se ha visibilizado durante el último mes con una treintena de actividades culturales enmarcadas en “Las Noches del Ramadán”, organizadas por el Ayuntamiento, la Casa Árabe y la Junta Islámica, una entidad que trata de integrar el Islam en la sociedad, difundiendo su cultura y valores, como abstenerse de ingerir alimentos poniéndose en la piel de quien no los tiene o realizando obras caritativas.

Su presidenta, Isabel Romero, que también dirige el instituto Halal, organismo dedicado a regular, controlar y certificar los alimentos y servicios destinados al consumo por parte de musulmanes en España, ha destacado que la iniciativa, con talleres de recetas árabes o películas que ilustran el día a día de familias musulmanas, entre otras opciones, permite “la visión normalizada de un acontecimiento que celebran 1.600 millones de personas en el mundo”.

La oferta de ocio durante los días de Ramadán contribuye, según Romero, a que la sociedad conozca el valor para los musulmanes del mes en el que se conmemora la revelación del Corán al Profeta Muhammad, pero además, “se trata de un rito más en las sociedades diversas” donde se celebra la Navidad o la Semana Santa y, en el caso de Córdoba, unos 4.000 musulmanes han sorteado este mes las calurosas jornadas en ayuno.

TRABAJADORES AUTÓNOMOS

Los musulmanes que siguen el Ramadán en Córdoba, la mayoría trabajadores autónomos, hacen un contundente desayuno sobre las cinco de la mañana y ellos mismos regulan su jornada laboral en la que están en ayuno hasta la noche, cuando en el morabito se ofrece la sopa “harira”, tradicional marroquí, además de dátiles, yogures, fruta, zumo y agua.

Allí, un día antes del Eid al-Fitr, celebración final de Ramadán, Chaima, cordobesa, de padres árabes y estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones, preguntada por cómo es posible no beber en una ciudad donde ha llegado a alcanzar los 44 grados, ha contestado que “el primer y el segundo día cuesta, pero el tercero te acostumbras” porque “la voluntad es más fuerte”.

Por Estrella Serna
Con información de Diario Córdoba

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San Isidro, un santo católico con influencias árabes

San Isidro vivió entre los siglos XI y XII, cuando la capital estaba todavía dominada por los árabes, lo que hizo que el patrón de Madrid recibiera el influjo de esta cultura, hasta el punto de que una investigadora del CSIC, Matilde Fernández, no descarta que pudiera llegar a ser musulmán.

Fernández considera que, dada la época en que vivió (aproximadamente de 1082 a 1172), el santo madrileño podría haber sido mozárabe -nombre adjudicado a los cristianos en territorio islámico que conservaban su religión- o bien musulmán.

Una teoría que ya expuso en su artículo ‘Isidro, el varón de Dios, como modelo de sincretismo religioso en la Edad Media’, publicado en 1999, y que asegura que desde ese momento han compartido otros investigadores e historiadores.

“No es muy importante saber si San Isidro o sus padres eran musulmanes, cristianos o mozárabes, porque sus costumbres o sus vidas diferirían muy poco”, cuenta en una entrevista.

La doctora en geografía e historia, especializada en temas de Madrid y que trabaja en el centro de lengua, literatura y antropología del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) dice que la influencia árabe de San Isidro “es de sentido común”.

Independientemente de la religión que profesara, sostiene que el Códice de San Isidro, del siglo XIII, que es el primer documento escrito que se conserva sobre la vida del santo, describe al actual patrón de Madrid como “un personaje cristiano con características islámicas”.

Al respecto, afirma que el hecho de dar atributos de santidad a una persona sencilla que trabajaba como campesino es más propio en aquella época de santos musulmanes que cristianos, ya que por aquel entonces estos últimos solían ser mártires, nobles o religiosos de vida consagrada.

“Veo muchos elementos que le hacen un santo islámico, el mensaje es que se puede ser buen musulmán, buen cristiano y, sobre todo, buen madrileño”, señala.

A su juicio, San Isidro es un “personaje legendario que cumple la función de un santo” en un momento de la historia en el que opina que su figura representaba “la conciliación entre ambas culturas”, árabe y cristiana.

Sin embargo, el presidente de la Real Congregación de San Isidro, Luis Manuel Velasco, no duda en que San Isidro fue mozárabe, ya que “mantuvo su fe y sus prácticas cristianas en mitad de la dominación musulmana”.

Además, recuerda que el Códice de San Isidro, que se conserva en la catedral de La Almudena, señala que el actual patrón de Madrid era un cristiano feligrés de la iglesia de San Andrés.

Lo que no descarta es la posibilidad de que jugara un papel conciliador entre las dos religiones monoteístas: “Era una persona tan buena que puede que fuera un modelo en ese sentido”, dice en una entrevista.

En el proceso de canonización en el siglo XVII tuvo mucho peso el códice y la tradición oral sobre San Isidro, al que se atribuyen cientos de milagros y que junto a su mujer, Santa María de la Cabeza, es uno de los pocos casos de matrimonios de santos católicos.

Patrón de Madrid desde 1212, el presidente de la Real Congregación de San Isidro destaca entre las virtudes del santo su religiosidad y caridad, así como el amor a la familia y al trabajo.

Todavía hoy, en cientos de localidades rurales de dentro y fuera de España los sacerdotes bendicen los campos en su nombre.

“Es un santo muy del pueblo”, dice Velasco, abogado de profesión que siempre ha sentido una gran devoción por esta figura.

Representado habitualmente con sus aperos de labranza, San Isidro también se dedicó a cavar pozos. Según Velasco, tres de ellos todavía se conservan en Madrid: uno próximo a la Basílica de San Miguel, otro en la ermita de San Isidro (junto al cementerio del mismo nombre) y el tercero y más famoso en el interior del Museo de los Orígenes de Madrid o de San Isidro.

Según la tradición, en este lugar estuvo la casa de los Vargas, amos de San Isidro, donde vivió y murió el santo.

El actual edificio, del siglo XVI, alberga una reconstrucción del conocido como ‘pozo del milagro’, donde supuestamente San Isidro salvó a su único hijo de morir ahogado al hacer subir las aguas hasta el brocal.

“Hay personas que preguntan directamente por el pozo porque ya tienen referencias”, cuenta María Victoria López Hervás, una de las trabajadoras del museo.

Este edificio es un punto de peregrinación fundamental para los que quieran conocer más detalles sobre la vida del santo, tanto por su archivo como por las esculturas, pinturas y demás objetos artísticos relacionados con el patrón de la capital.

Los más devotos acuden hasta la Real Colegiata de San Isidro, del siglo XVII, que fue la anterior catedral de Madrid y alberga en el altar una urna con el cuerpo incorrupto del santo y otra con las reliquias de su esposa, Santa María de la Cabeza.

Por Sol Carreras
Con información de La Vanguardia

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La Mano de Fátima- Khamsa

 

Atributos y forma de representación

La mano de Fátima o khamsa consiste en la representación plana de una mano abierta, con los dedos extendidos. Suele estar constituida por un diseño estilizado, en el que el dedo corazón actúa como eje de simetría, resultando casi siempre imposible determinar si se trata de la extremidad derecha o izquierda .

Este destacado icono fue entre los musulmanes medievales, particularmente los shiíes, un símbolo de providencia divina, generosidad, hospitalidad y fuerza/poder, así como un eficiente amuleto que expulsaba los malos espíritus causantes de las enfermedades y las desgracias además de repelente del mal de ojo. Portar talismanes como protección o contra el aojamiento, fue una de las muchas prácticas pre-islámicas absorbidas por la cultura islámica primitiva, y tolerada por su teología.

El mal de ojo, también llamado fascinación, es una creencia de carácter casi universal que se documenta ya en el Antiguo Egipto y en las culturas antiguas del Creciente Fértil. Los romanos también conocían esta superstición, a la que denominaron “fascinatio” o “fascinum”, la cual se transmitió al mundo medieval, tanto cristiano como musulmán, siendo objeto de la atención de eruditos como al-Kindi (801-873) o Avicena (980-1037). Se basa en la creencia, transmitida por Platón en el Timeo, de que la visión se produce por la proyección a través de los ojos de unos rayos o fuego visual que, al ser emitidos por almas contaminadas, dan lugar al mal. En el mundo islámico, se considera que este mal de ojo procede de la envidia, según explica Ibn Jaldún:

“Los efectos producidos por el mal de ojo se incluyen en el número de las impresiones que resultan de la influencia del alma. Proceden del alma del individuo dotado de la facultad del mal de ojo y tienen lugar cuando él ve una calidad o un objeto cuyo aspecto le causa placer. Su admiración se vuelve tan intensa que hace nacer en su entraña un sentimiento de envidia juntamente al deseo de arrebatar esa calidad o ese objeto a quien los posee”.

En el Corán, Muhammad señala y admite la creencia en el mal de ojo (‘ayn), y las tradiciones islámicas reconocen que el propio Profeta aceptaba el uso de talismanes y tatuajes para preservarse de él. En la Arabia preislámica, según testimonio de Tertuliano, las mujeres se protegían del mal de ojo cubriéndose el rostro con un velo, e incluso por un fenómeno de magia simpática, los ojos de determinados animales con presunto poder fascinador, como el lobo, eran utilizados como amuleto, al igual que determinados minerales o piedras, entre ellas el azabache. Uno de los talismanes más empleados en todo el mundo islámico es la khamsa o “mano de Fátima”. La mano extendida y sintética tiene el mismo valor que el gesto de recitación de la fórmula “hamsa fi‘ayni-k” (cinco en tu ojo) contra el sujeto que se cree que nos está aojando.

La eficacia apotropaica de este amuleto está relacionada con el poder mágico del número cinco, que es el significado del término khamsa (literalmente “cinco”, en alusión al número de dedos). Como ya señaló René Guénon, y ha recogido Chebel en su Dictionnarie des symboles musulmans, se ha intentado tradicionalmente explicar el valor de este guarismo, por su equivalencia con las cinco letras del nombre de Allah en árabe: el índice corresponde a la alif, el anular a la primera lam, el medio y el índice al segundo lam, que es doble, y el pulgar al he, lo que explica el carácter divino de la mano y de la cifra cinco, que constituye un símbolo habitual dentro del mundo islámico. Además, en la tradición suní, la mano es la síntesis de la ley del Profeta, identificándose los dedos proverbialmente con los cinco pilares o preceptos del Islam (el testimonio de fe, la oración ritual, la limosna, el ayuno y la peregrinación), mientras que la tradición shií los ha relacionado con las cinco personas sagradas pertenecientes a la familia del Profeta(Muhammad, ’Ali, Fátima, Hassán y Hussein). Parece que en ambos casos se ha tratado de islamizar una creencia de origen bereber.

La khamsa es denominada también habitualmente “mano de Fátima”. Aunque con frecuencia el origen de esta expresión se ha querido poner en relación con los europeos establecidos en el Norte de África durante el Protectorado, y especialmente con los militares franceses que tenían la costumbre de llamar “Fátima” de forma despectiva a todas las mujeres argelinas o tunecinas, los estudios más recientes  muchos de ellos sin rechazar tampoco abiertamente la hipótesis anterior‒, abogan por su conexión con Fátima al-Zahra (606-632), hija predilecta de Muhammad, a la que acabamos de referirnos como pariente destacada del Profeta. Ningún pasaje documentado de la vida de Fátima sugiere relación alguna con este símbolo, aunque las cuantiosas leyendas posteriores asociadas a ella, hacen referencia a su carácter maternal y protector, lo que tal vez podría vincularla con el amuleto de la mano, dado que este siempre se ha conectado con fines apotropaicos. Fátima adquiere en el Islam un destacado papel como mujer santa y modelo de hija, madre y esposa, lo que ha llevado a su frecuente comparación con la figura de la Virgen María en el ámbito cristiano.

Este popular amuleto protector adopta en la Edad Media diseños variados. Lo normal es que se represente exclusivamente como una mano exenta, aunque en la tipología áulica de los jarrones nazaríes de la Alhambra, su superficie se amplía hasta abarcar el antebrazo, adornándose este con amplias mangas. Asimismo la mano puede albergar a veces en su interior ojos, que acentúan su significación talismánica, al invocar su lucha contra el aojamiento. Ocasionalmente también puede incorporar inscripciones epigráficas de carácter coránico.

Fuentes escritas y orales

No existen evidencias textuales o fuentes escritas para el origen de la mano de Fátima. No obstante, la mención a la sacralidad de la mano o de las manos aparece reflejada en varios pasajes del Corán. La sura 67:1 dice: “¡Bendito sea Aquel en cuya mano está el señorío! Él, sobre toda cosa, es poderoso”. En las suras 69:25 y 84:7 se identifica la mano izquierda con el mal y la derecha con el bien, respectivamente. Igualmente en 23:88, 36:83 y 57:29 las manos se ponen en conexión con la imagen de la soberanía divina.

Algunos relatos populares carentes de legitimidad religiosa ponen en relación la mano-amuleto con un gesto del propio Muhammad. Un día, los discípulos del Profeta, se quejaron a su maestro de la supresión de las imágenes y entonces este, por toda respuesta, habría metido en tinta los cinco dedos de su mano y los habría impreso sobre una hoja de papel, mostrándolos a sus seguidores.

Autores como A. Maitrot o Probst-Biraben recogen el relato, sin ninguna validez histórica, de que durante la batalla de El Bedr Hanin (624 H.), que consagró la pujanza de Muhammad, los partidarios del fundador de la nueva religión no tenían estandarte o bandera, por lo que confiaron su pena a la hija predilecta de su jefe, Fátima, quién mojó su mano en la sangre de un herido y la imprimió sobre su velo.

Otra leyenda cuenta que una noche la hija del Profeta estaba preparando la cena cuando su esposo Alí regresó a casa acompañado por una concubina. Al verla, Fátima, celosa, regresó a la cocina irritada y metió la mano en la pasta hirviendo que estaba cocinando, continuando su elaboración con la mano desnuda. Su pena era tan grande que no sentía la quemazón. Desde entonces en el Islam, la mano de Fátima llegó a ser símbolo de paciencia y lealtad, confiriendo suerte, abundancia y paciencia a quienes portaban o se encontraban bajo la protección de este símbolo.

Extensión geográfica y cronológica

Aunque se desconoce con precisión en qué momento concreto comenzó a utilizarse de forma sistemática, la espectacular expansión territorial protagonizada por el recién nacido Estado islámico fue determinante en la propagación de este amuleto, siendo introducido paulatinamente en todos aquellos territorios que, desde la Península Arábiga, fueron progresivamente incorporados al Dar al-Islam, incluida al-Andalus, donde se documenta a partir de la época de las dinastías africanas. Asimismo, gracias a la permeabilidad cultural bajomedieval, su uso trascendió las fronteras políticas para ser asimilado también dentro del ámbito cristiano y judío en contacto con el Islam.

Como amuleto protector y apotropaico se ha seguido empleando desde entonces hasta la actualidad dentro del ámbito musulmán o de pasado musulmán, donde suele aparecer en puertas, viviendas y también decorando la joyería o metalistería popular. Existen infinitos ejemplos desde la Península Ibérica y el Norte de África (zona del Magreb) a Palestina, así como en el sur de Italia, en la zona de Nápoles. También se ha infiltrado en tradiciones religiosas y culturales no musulmanas, como la de los judíos sefardíes, que con frecuencia han usado el símbolo de la mano extendida como amuleto para salvaguardar personas y hogares.

En la actualidad, este icono está ampliamente difundido como consecuencia del fenómeno de la globalización, y resulta habitual encontrar personas de cultura occidental que portan collares o pulseras con el símbolo de la khamsa.

Soportes y técnicas

La mano protectora se presenta en la Edad Media en todo tipo de soportes y técnicas artísticas, ya sea en forma de amuletos exentos de plata o azabache, ya como elemento decorativo pintado, tallado, esculpido o grabado formando parte de la ornamentación arquitectónica, de manuscritos iluminados o de objetos suntuarios diversos, especialmente de carácter personal (joyas o adornos). Aparece muy frecuentemente también en cerámicas, ya que se considera que el momento de la comida o la bebida es especialmente propicio para la penetración de malos espíritus, que pueden acechar escondidos en las vasijas.

Precedentes, transformaciones y proyección

La khamsa corresponde a una tradición iconográfica musulmana, aunque el motivo genérico de la mano tiene un carácter universal y su uso puede retrotraerse a tiempos ancestrales. Ya en la pintura rupestre parietal del Paleolítico Superior se identifican paneles con manos pintadas en positivo o negativo, como en la cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria, España), lo que apunta a que el simbolismo de las manos extendidas como repelentes de males podría conectarse con ritos o cultos mágicos preislámicos.

Este amuleto protector se identifica asimismo en las civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo. La Qāt Istar, también conocida como la Qāt Inana, o Mano de Ishtar/Inana, fue usada por los sucesivos pueblos que se asentaron en el territorio mesopotámico, principalmente sumerios y acadios, como talismán contra las enfermedades. También parece existir una estrecha conexión entre la Mano de Fátima y la Mano Pantea o Mano de Todos los Dioses, que fue originalmente un amuleto egipcio conocido como los “Dos dedos”, en alusión a Isis y Osiris. Este amuleto invocaba a los espíritus protectores de los padres. El pulgar se interpretaba como Horus (“el hijo”), mientras que el índice y el corazón se relacionaban con Isis y Osiris, sus progenitores. Otra teoría remonta los orígenes de la khamsa a Cartago, donde se utilizó la mano de la deidad suprema, Tanit, para alejar el mal de ojo. Asimismo, en la cultura cananeo-púnica, la mano de Ba’al se empleaba con un sentido análogo.

Existieron además otros destacados símbolos antropomorfos de divina protección anteriores al advenimiento del Islam, como la Mano de Venus (o Afrodita) en el mundo romano. Incluso las manos de Buda (gesto de mudrā) o de Shiva han tenido un sentido protector y benéfico en las tradiciones budista e hinduista, o, dentro del Cristianismo, la propia Dextera Dei fue empleada como símbolo del poder divino.

La asimilación cultural del emblema de la mano de Fátima y su proyección más allá de los territorios islámicos comenzó ya en época medieval. Por ejemplo, durante el siglo XV en los reinos hispanos, pequeños colgantes quiromorfos llamados gumças eran colocados sobre los trajes de los niños para protegerlos o formaban parte de collares, como el descubierto cerca de Mondújar, en la región de Almería. Parece que el término gumça procede de la castellanización del vocablo árabe khamsa. Igualmente, la mano protectora se encuentra representada sobre numerosas piezas cerámicas procedentes de los talleres de Paterna y Manises, destacando su empleo como parte de la decoración de un grupo de pilas bautismales toledanas realizadas en barro vidriado, encabezadas por los ejemplares procedentes de la iglesia de Camarenilla (Toledo) y de la Hispanic Society of America (Nueva York)25, ambas de mediados del siglo XV, donde las cruces flordelisadas y el monograma “JHS” alternan con el talismán islámico.

Un ejemplo excepcional de la enorme difusión de este amuleto islámico dentro del territorio cristiano se pone de manifiesto con la noticia de que en 1526 una comisión episcopal convocada por el emperador Carlos V, reunida para decidir sobre las costumbres de los musulmanes recientemente convertidos al cristianismo (moriscos) decretó la prohibición de su uso y su sustitución por cruces o medallas con efigies de personajes sagrados. Poco después, en 1586, Pedro Guerra de Lorca describió a los musulmanes como hijos del demonio, portadores de medallones donde estaba grabada una llave y una mano, esta última significando, según él, la pujanza de Dios. Para Don Diego López de Mendoza en 1607, estas manos portadas por los moriscos de Granada serían una alusión a los cinco mandamientos de Muhammad .

Los cristianos sirios y los europeos utilizaron un símbolo equivalente a la khamsa conocido como Mano de María. Su objetivo es igualmente proteger a las mujeres del mal de ojo, aumentando su fertilidad, promoviendo embarazos sanos y buenas lactancias, y fortaleciendo a los más débiles (mujeres encintas, recién nacidos o niños de corta edad).

A través del contacto con el Islam, su uso se popularizó también entre las comunidades judías, especialmente sefardíes, instaladas tanto en el Norte de África como en Oriente Medio. Los judíos se refieren a ella como la mano de Miriam (Kef Myriam) en recuerdo de la Miriam bíblica, la hermana de Moisés y Aarón.

Temas afines

Un tema relacionado con la mano de Fátima es el divulgado motivo iconográfico de la higa, que consiste en la figuración de una mano cerrada sobre sí misma en forma de puño, con el dedo pulgar alojado entre el índice y el corazón, al que se ha otorgado un similar valor protector y profiláctico, pues se utilizaba igualmente para evitar la influencia maléfica de la fascinación y para atraer la buena suerte.

Por Noelia Silva Santa-Cruz
©Revista Digital de Iconografía Medieval

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