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Árabes en Canadá: 130 años de historia

La historia de los arabos canadienses no es nueva como muchos lo creen,  más bien parece haber comenzado en 1882 con la llegada del primer inmigrante de origen árabe, Ibrahim Abu Nader, libanés de la ciudad de  Zahle quien, en 1882, formaba parte del Moutassarrifiyat del Monte Líbano, territorio autónomo en el seno del Imperio Otomano.

Sin embargo, después de más de 130 años de inmigración, la historia de los arabos canadienses sigue poco documentada.

Pero, de donde provienen los canadienses de origen árabe? Sus diferentes comunidades, su contribución al mosaico canadiense, dónde y cómo viven, cuáles son sus religiones, las personalidades que se destacan y las organizaciones y los medios de comunicación que los representan? También, cómo los arabo canadienses  reaccionan frente a eventos políticos, como el debate sobre la Carta de la laicidad, la primavera árabe o el terrorismo.

Un análisis del Instituto Canadiense Árabe  producido en 2014 sostiene que habría un poco más de 750 mil canadienses de origen árabe!

Estadísticas oficiales canadienses fijaron en 2011 este número en un poco más de 550.000.

Lo seguro, después de más de 130 años de inmigración árabe en Canadá,  es que el conocimiento sobre los canadienses árabes sigue siendo prácticamente desconocido.

Al inicio, la historia de los inmigrantes de origen árabe en Canadá se parecía de muchas maneras a la de los que inmigraban a Estados Unidos. Generalmente escapaban de la pobreza o huían de regímenes déspotas o corruptos.

Henri Habid, profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad Concordia, de Montreal, destaca entre otros, que, aunque inicialmente la inmigración árabe fue masivamente cristiana,  los problemas políticos actuales en Siria y la caída de Irak en 2003 permitieron la llegada masiva de musulmanes. Y que “hoy existe una migración mixta musulmana-cristiana pero no podría decir cuál es la más grande”.

Por otro lado,  el profesor de sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, Rachad Antonius, en su libro Las comunidades árabes en Canadá y Quebec distingue  cuatro olas de inmigración provenientes de los países árabes. La primera data de finales del siglo XIX e inicios del XX,  la segunda va desde los años 1950 hasta más o menos 1975, la tercera se extiende de 1975 a 1992, y la cuarta de 1992 hasta el momento actual.

Ellas se distinguen entre sí por los países de procedencia de la mayoría de estos inmigrantes así como por sus características sociodemográficas.  Estos períodos sirven como punto de  referencia, sobre todo para las dos últimas olas según Rachad Antonius.

Los primeros inmigrantes árabes – 1882

Los primeros inmigrantes originarios de los países árabes llegaron a Canadá, más concretamente a Montreal, en 1882. Eran de la Gran Siria, una región que correspondía a los territorios actuales de Siria, Líbano, Jordania y  Palestina.

Se estima que había unos 2.000 inmigrantes sirios en Canadá en 1901, y casi 7.000 en 1911. Pero esta inmigración árabe se detuvo en el medio de las dos guerras y solo el crecimiento natural fue responsable del aumento de la comunidad.

Compuesta  principalmente por cristianos, la primera generación de este grupo fue económicamente activa en la explotación de los pequeños comercios.

La segunda ola de árabes desde 1950

La segunda ola comenzó en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y continuó hasta 1975.

Esta segunda oleada de inmigrantes árabes vino sobre todo de Egipto (37%) y Líbano (33,6%) pero también de Marruecos (14,9 %), de Siria (7,6 %) y de otros países árabes (6,6 %). Conjuntamente, estos grupos árabes suman, en 1971, 28 550 personas en total, según las cifras oficiales que se compilaron siguiendo el criterio de la lengua materna y no el del país de origen.

En 1971, Canadá tenía entre 50 000 a 60 000 personas de origen árabe, y de 70 000 a 80 000 en 1975.

Si bien los inmigrantes de origen egipcio conforman el mayor contingente de esta ola, y que muchos se han asentado en Montreal, cabe señalar que una mayoría de esos egipcios eran cristianos de origen sirio-libanés, proveniente de un grupo que inmigró a Egipto a finales del siglo XIX.

Varios otros grupos originarios de Egipto constituyen esta segunda ola de migración: los coptos (cristianos nativos egipcios) y los musulmanes.

En cuanto a los inmigrantes en esta segunda ola provenientes de Líbano, en su mayoría  eran cristianos, pero también figuraban muchos sunitas, drusos y chiíes.

La tercera ola desde 1975

A partir de 1975 el perfil sociodemográfico de los recién llegados se diversificó en varios aspectos. Ellos no tuvieron el conocimiento de las lenguas inglesa ni francesa contrariamente a los grupos egipcios y libaneses llegados en las décadas de 1960 y 1970.

Éstos solían ser trilingües (árabe-francés-inglés) o, por lo menos, bilingües (árabe y francés o árabe e inglés). Muchos libaneses que deseaban huir de la guerra de las milicias de Líbano, que duró unos quince años, pudieron instalarse en Canadá gracias a la flexibilización de los procedimientos de inmigración, especialmente del llamado Programa Libanés.

También empezaron a emigrar a Quebec personas y grupos procedentes del sur de Líbano, mayoritariamente musulmanes o chiíes. Pero los países de origen ya no son sólo Egipto y Líbano, sino que a partir de este momento se añaden otros países del Levante como Iraq, Jordania, Siria, Palestina, así como países petroleros de la Península Arábiga, como Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. También aumenta el porcentaje de inmigrantes procedentes de Túnez y de Marruecos.

La mayoría de estos inmigrantes son musulmanes, francófonos o más bien  bilingües (árabe / francés), en contraposición a la anterior oleada de inmigrantes con una alta proporción de habla de lengua inglesa.

Estos nuevos inmigrantes árabes, incluyendo a los argelinos huyen de la violencia y ponen la religión en el centro de su identidad colectiva.

La cuarta ola

Entre 1997 y 2006, más de 53.000 argelinos y marroquíes llegaron a Canadá.

Con el 24% del total de la inmigración árabe en Canadá entre 1960 y 2011, Líbano es de lejos el mayor contribuyente de inmigrantes árabes, seguido de Egipto (lejos detrás) en 14%, Marruecos 13%, Argelia  11%, e Irak con un 11%. Entre ellos, estos países representan casi tres cuartas partes de la inmigración árabe a Canadá en este período que se extiende aproximadamente en unos 52 años.

Los canadienses árabes, minoría visible

Baha Abu-Laban y Sharon Mcirvin Abu-Laban,  profesores eméritos de sociología en la Universidad de Alberta, dicen en sus escritos, que las categorías raciales son construcciones sociales cambiantes, tal y como prueba la experiencia de las personas de ascendencia árabe en Norteamérica. Y destacan que los primeros inmigrantes árabes, tanto en Estados Unidos como en Canadá, combatieron las leyes de inmigración racistas reivindicando su «blancura» racial.

A diferencia de lo que sucedía en EE.UU, los primeros inmigrantes árabes de Canadá lucharon por la aceptación arguyendo que la legislación existente contra la inmigración iba dirigida a las personas procedentes del Este asiático y que ellos eran caucásicos. Después de la Conferencia de San Remo de 1920, llegaron a sostener que eran europeos, ya que sus países natales estaban en ese momento bajo protectorado francés o británico. Los inmigrantes árabes acabaron consiguiendo convencer a los legisladores de ambos países de su etnicidad «blanca», pero, en la actualidad, la clasificación de los arabos estadounidenses como blancos es puramente oficial.

En Canadá, las personas de origen árabe son consideradas «minorías visibles», es decir, pertenecen a un grupo clasificado como no caucásico y/o «de color no blanco» dentro de la Ley de Igualdad en el Empleo de 1986, que fomenta las prácticas de empleo propositivas para atenuar la gravedad de la exclusión histórica en el mercado de trabajo. La construcción «minoría visible» constituye un término creado por el gobierno canadiense, utilizado de manera habitual por los medios de comunicación y que engloba a todo un abanico de personas que incluye chinos, sud asiáticos, negros y latinoamericanos, entre otros.

Los canadienses de origen árabe definen ellos mismos su pertenencia o no a una minoría visible en los formularios de los censos.

En 2006, uno de cada seis canadienses entraba en la clasificación de minoría visible.

Con información de Radio Canada International

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La Bogotá de los árabes

Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel - El Espectador
Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel – El Espectador

En la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, hay una pequeña zona donde la comunidad árabe de Bogotá rehizo su vida con el comercio.

Incrustado en el centro de Bogotá hay un almacén que se llama Pequeño París, pero su dueño es de Ramallah, una ciudad Palestina. A Hassan Alí le pertenecen esa y otras tres tiendas de ropa ubicadas en la misma cuadra. Parado detrás del inmenso mostrador de su local principal, con un impecable traje azul oscuro con delgadas rayas beige, Hassan no parece tener 65 años de edad. Ni su cabeza completamente cana lo delata. Sólo cuando empieza a narrar su historia da la impresión de que ha vivido un siglo.

Cuenta que llegó a Bogotá en 1976, escapando de la escasez que azotó a Palestina debido al conflicto árabe-israelí, que se desató cuando se creó el Estado de Israel en 1948. Empezó su vida en Colombia a los 22 años, vendiendo cobijas en la calle, y hoy tiene cuatro locales mayoristas.

Al lado de Pequeño París, a dos cuadras de la Plaza de Bolívar, hay una serie de tiendas en las que la comunidad árabe ha vendido por décadas. A simple vista parece una cuadra comercial como muchas otras: las coloridas telas, cobijas, manteles y sábanas que cuelgan en la puerta de los almacenes ondean suavemente con la brisa. Unos maltrechos maniquíes, a veces sin nariz o brazos, exhiben abombados vestidos blancos y oscuros trajes de paño en vitrinas decoradas con flores de papel crepé. Un sector muy común. Pero si se mira con más detenimiento, se verá que esa es la Bogotá de los árabes.

¿A qué árabes me refiero? ¿A los de Palestina, como Hassan y su familia? ¿A los de Irak, los de Siria o Líbano? A todos. A todos los que por razones económicas, sociales o religiosas tuvieron que dejar su tierra y embarcarse hacia al extraño mundo occidental. Contar la historia de la inmigración árabe a Bogotá es narrar cómo se desarrolló esta colorida y multifacética ciudad creada con retazos de múltiples culturas. Para historiadores como Louise Fawcett, entre los extranjeros venidos a Colombia desde la Independencia los árabes constituyen el segundo grupo más numeroso, luego de los españoles. Se estima que entre los años 1890 y 1930 migraron entre 5.000 y 10.000 árabes al territorio colombiano. Por esta razón, su influencia en el idioma, la religión y los negocios también es grande.

La inmigración empezó en 1880, cuando llegaron turcos que huían de la persecución religiosa que se desató en el Imperio otomano. Los árabes cristianos migraban hacia países como Estados Unidos o Argentina. Pero a veces, más por azar o equivocación que por planeación, llegaban a Colombia. La mayoría se quedaba en las ciudades costeras, como Barranquilla, con la añoranza de regresar a su tierra. Otros buscaban una embarcación que los llevara por el río Magdalena hasta La Dorada, de allí a Girardot y finalmente a Bogotá.

Desde ese primer período de inmigración hasta hoy ha pasado más de un siglo, y todos esos pioneros cumplieron su cometido de volver a su patria o continuaron hacia otros lugares, algo que el teórico de las migraciones Sélim Abou llama la “eterna utopía de una tierra prometida”. Pero los nietos y sobrinos de esa primera generación escucharon historias de un país suramericano llamado Colombia y por eso hubo otros dos períodos en los que vinieron al país. Es por eso que Hassan llegó a Colombia. Y es por eso que todavía hay una calle en el centro de la capital que tiene tiendas con nombres como Almacén La Palestina, Alí Babá Parrilla y Nofal e Hijos.

Hassan recuerda que llegó a Bogotá sin estudios, sin familia ni dinero para montar un negocio. “Iba para Venezuela, pero por un error en el vuelo terminé en Bogotá. Recordé que mi tío había vivido aquí en la década de los 50 y nos contaba historias sobre esta ciudad, así que me quedé”.

Empezó a aprender español mientras vendía cobijas y sábanas puerta a puerta por los barrios bogotanos. Así pasó 16 años. Cuando tuvo suficientes clientes y confianza con los proveedores, pidió un crédito y abrió su primer almacén. Lo hizo en la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, por la misma razón que lo habían hecho otros árabes antes que él: porque los locales le pertenecían a la Beneficencia de Cundinamarca y los arriendos eran económicos. Pero, aun con las facilidades del crédito y el arriendo barato, pasaron dos años en los que el negocio sólo le alcanzaba para pagar los gastos.

Esos años pasaron. Ahora se apoya sobre el mostrador y lanza una carcajada mientras recuerda todo lo que le costó tener una clientela habitual. “Hoy en día todo va más rápido. Mire, mi hijo menor de 23 años acaba de abrir un local aquí al lado y ya lo llenó. Venga se lo presento”.

Sale de la tienda y camina con las manos en los bolsillos. Sólo las saca para señalar los letreros de sus almacenes. “Ese se llama Lina Linda, porque así se llama una de mis hijas. El otro se llama Sara Linda, porque me gusta ese nombre”.

Hassan tuvo pocos hijos, sólo cuatro. Pocos comparados con la familia Nofal: son siete. Cuando sus hijos eran pequeños los mandó para Palestina para que aprendieran el idioma y no olvidaran su religión. Se veían cada año por veinte días o un mes. Gracias a ese esfuerzo, todos sus hijos crecieron con respeto hacia la cultura árabe y la religión musulmana.

En la tienda de Ahmed, el hijo menor de Hassan, hay fotos de toda la familia pegadas en la pared. El muchacho saluda efusivamente y cuenta que desde hace unos años las tiendas de la cuadra dejaron de vender sólo telas y empezaron a comerciar productos terminados. “Deja mejor ganancia”.

Después de mostrar con orgullo los logros de su hijo, Hassan continúa su recorrido por la cuadra. Saluda a los dueños de las demás tiendas con una corta inclinación de cabeza y un “As-salamu alaikum”, “que Dios te dé protección y seguridad”. “Antes había mucha familia acá. Más de cien hogares árabes tenían sus negocios en esta zona. Ahora quedamos pocos, creo que no más de veinte”. El resto se fueron para Estados Unidos, Canadá, Panamá… la eterna utopía.

Caminando nos encontramos con Cais Nofal, el hijo mayor de Alí Nofal, uno de los comerciantes más antiguos de la zona. Su familia tiene seis almacenes en esa cuadra. Él también saluda con una pequeña inclinación de la cabeza a los amigos que disfrutan los últimos rayos de sol sentados a la entrada de sus negocios o charlando con los policías que custodian la zona. Acepta contarnos cómo fue crecer entre Colombia y Palestina.

Sin prisa camina hasta el almacén que administra y se sienta detrás de un pequeño mostrador de vidrio. El techo del local está unos cinco metros por encima del suelo y hasta allá llegan las cajas apiladas. Hay zapatos, vestidos, chaquetas, accesorios… todo lo que un bogotano promedio podría necesitar para un bautizo, primera comunión, baby shower, colegio, matrimonio o cualquier otro evento formal. Allí, entre la obra de vida de su padre, cuenta su historia.

“Nací en Colombia, pero nos fuimos para Palestina en el año 2000. Viví una etapa clave allá. La juventud fue cuando mi vida empezó a cobrar sentido. Por eso desarrollé un arraigo tan profundo hacia Palestina, la tierra de mis padres y de mis abuelos. Cuando llegamos empezó el levantamiento Intifada Al Aqsa, cuando los palestinos reclamaban Jerusalén como territorio árabe. Vivimos cosas difíciles. Al principio nos daba miedo salir a la calle, pero después nos acostumbramos y entendimos la cultura. Estuve seis años allá y en 2006 me fui para Cuba a estudiar medicina. Por mi labor como médico me gustaría volver a ayudar a mi gente”. Cais se casará este año y afirma que también criará a sus hijos en Palestina.

Cais y Hassan están de acuerdo en que el secreto del éxito de sus negocios radica en su perseverancia. Ambas familias llevan 25 años en el sector y han construido el comercio poco a poco. Hassan enfatiza la importancia de los amigos en los negocios. “La palabra vale más que el dinero”, dice una y otra vez. Con esto quiere decir que un negocio sale adelante con un buena vida crediticia. “Si los proveedores creen en su palabra, si le dan crédito aún cuando el mes no está bueno, el negocio sale adelante”.

Lejos de mimetizarse, de hacerse una con la ciudad, la comunidad árabe de Bogotá mantiene sus costumbres, sus creencias y sus locales. Es un retazo cultural más de los que componen la diversa capital.

Por Susana Noguera Montoya
Con información de El Espectador

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Chile, mayor refugio de la diáspora palestina fuera de Oriente Medio

Chile, el gran refugio de la diáspora palestina fuera del Oriente Medio
Chile, el gran refugio de la diáspora palestina fuera del Oriente Medio

Después de meses de surcar mares y océanos, sobrevivir al hambre y cruzar los Andes, tres jóvenes palestinos llegaron a la ciudad de Santiago de Chile. Era finales del siglo XIX y las crónicas de la época cuentan que los aventureros hicieron fortuna.

Tras regresar a su madre patria para casarse, los árabes viajaron de nuevo al país austral acompañados en esta ocasión por sus esposas, amigos y también abuelos. Hoy se estima que los descendientes de esa generación en Chile superan las 300.000 personas y conforman la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe.

“Llegamos huyendo de la guerra, buscando nuevas oportunidades para nuestras familia y un mayor bienestar económico y social para los hijos”, relata el comerciante chileno Carlos Abusleme, cuyos padres se radicaron en Chile tras escapar de la persecución de los turcos otomanos a principios del siglo XX.

La mayoría de los palestinos huía de una tierra azotada por siglos de dominación, conflictos religiosos y disputas territoriales que proyectaban un horizonte no más brillante que el que dibujan actualmente los muros de hormigón que mutilan sus libertades.

Gran parte de ellos procedían de los mismos barrios de Beit Jala, Beit Sahour o Belén, tres ciudades de la región conocida como Cisjordania pobladas por cristianos ortodoxos, cuya tradición también trajeron a Chile.

“Fue una migración en cadena. Los recién llegados necesitaban a gente que les ayudara en sus trabajos y empezaron a traerse a sus familias, a la gente de su barrio y del mismo clan familiar”, explica el académico Eugenio Chahuán.

Así como otros jóvenes países de Sudamérica, en esa época Chile necesitaba más mano de obra para consolidar su economía y, a pesar de que los gobiernos apostaron preferentemente por los inmigrantes europeos, como los alemanes o los austriacos, (a quienes se ofrecían tierras y derechos), los palestinos llegaron sin preguntar y comenzaron a forjar su futuro de la nada.

En ese periodo, el modelo de la economía chilena, que hasta el momento se basaba eminentemente en la producción agrícola, estaba transmutando hacia un sistema de producción capitalista, un contexto que, según Chahuán, “favoreció” a los inmigrantes palestinos, que aprovecharon la expansión del mundo de los negocios y se dedicaron al comercio y a los textiles.

Los recién llegados de Medio Oriente arribaban a Chile con un conocimiento del mundo mucho más amplio que los habitantes del país, aislado al este por la gigantesca cordillera de los Andes y al oeste por la inmensidad del océano Pacífico.

Este impulso comercial se plasma hoy en distintas multinacionales chilenas e instituciones como el Club Social Palestino, encargado de dinamizar la actividad cultural y social de la comunidad, y el Club Deportivo Palestino.

No obstante, la adaptación a la vida y costumbres chilenas no les hizo perder la identidad de su tierra, de ahí que en muchos hogares de descendientes palestinos aún sea común ver servirse hojas de parra, hummus y berenjenas rellenas, cuyo aroma se entremezcla con el dulce ritmo de las melodías árabes.

“Mi alma es chilena pero mi corazón es palestino”, dice la santiaguina Patricia Eltit, segunda generación en Chile y propietaria del restaurante de comida palestina Qatir, ubicado en uno de los barrios acomodados de la capital.

Aunque Eltit no visitó Palestina hasta que ya fue adulta, asegura que al poner un pie en la tierra de sus antepasados sintió un fuerte magnetismo por esos paisajes de laderas pedregosas y gente cercana.

“No nos entendíamos con palabras, pero muchas veces no era necesario hablarnos, porque traducía perfectamente sus gestos y miradas, tan sorprendentemente parecidos a los míos y a los de mis padres”, relata la cocinera mientras enrolla hojitas de parra con una destreza asombrosa.

A pesar de esta exitosa adaptación e integración, el proceso de asimilación de elementos culturales de la sociedad chilena también acarreó la consecuente pérdida de algunos rasgos propios. Uno de los más evidentes fue la pérdida idiomática, pues tan solo 2.000 miembros de la comunidad continúan dominando el árabe.

Ello no ha impedido que algunos jóvenes de ascendencia palestina se sientan atraídos por la música árabe, lo que les ha llevado a crear grupos y orquestas de música tradicional en los que interpretan canciones de su tierra, cuyas letras son incapaces de descifrar.

“Lo que se reproduce es un cierto modo de ser y, por tanto, como las sensaciones y el gusto por la música perduran, los músicos, a pesar de no conocer la lengua, son capaces de interiorizarla e interpretarla”, dice el músico Kamal Cumsille.

Aunque muchos hayan perdido el idioma y algunas de sus tradiciones, la distancia entre ambos pueblos y el siglo y medio de generaciones que ha habido por medio no han conseguido impedir que las raíces de éstos chileno-palestinos permanezcan latentes y sólidamente ancladas en los dos puntos del planeta.

Por Júlia Talarn Rabascall
Con información de El Diario

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