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Muerte,una visión humanista

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Nuestro tema de hoy es la muerte, visión humanista, en otras palabras: ¿cómo debe ser vista la muerte desde el punto de vista del conocimiento?. Me permito comenzar definiendo la voz “humanismo”, por cuanto con el paso del tiempo ha tenido distintas acepciones.

Apareció un movimiento literario y cultural que se extendió por Europa durante los siglos XIV y XV, el cual consistió fundamentalmente en un renacimiento de los estudios greco romanos. Debo significarles que la invención de la imprenta, sobre la cual haré mención más adelante, otorgó un gran impulso al humanismo mediante la difusión y edición de los clásicos.

Originalmente llamábamos humanista a quien conocía esos clásicos greco-romanos y algunos historiadores, con una acepción diferente, hacían referencia a la revalorización y a la investigación.

Hubo en su momento una renovación de las letras, se fomentaron y divulgaron valores que contribuían a un mayor progreso y desarrollo del ser humano, y con ello el aumento de su bienestar y felicidad personal.

Posteriormente, al hombre conocedor de muchos tópicos se le empezó a llamar humanista, quizás hoy debiéramos hablar de doctos, sabios y eruditos. Llamamos docto al conocedor de una materia, sabio al conocedor de muchos temas que tienen aplicación práctica y erudito al poseedor de muchos conocimientos pero sin aplicación práctica o utilitaria.

Al definir al humanismo como un movimiento literario y cultural, nace, a mi juicio, la confusión entre literato e intelectual. Todos acá presentes somos intelectuales pues estamos dedicados al trabajo intelectual, no obstante ello acoto que hoy por hoy existe una sinonimia entre intelectual y literato.

Para el intelectual su herramienta es el pensamiento, sin embargo, aseguraba un filósofo español que pareciera ser que el pensamiento ya no estaba de moda y con ello los intelectuales también pasamos de moda. Con agudeza acotaba Ortega y Gasset que el problema era que la suma de la inteligencia en el planeta era una constante, pero la población aumentaba cada día.

Refiere el filósofo que en el siglo XVII se le entregó al hombre la herramienta de la razón para la solución de todos los problemas; ello se propagó a los siglos XVIII y XIX, de ahí la fabulosa producción de trabajos científicos, teorías, ideas; de ahí la fe en la inteligencia.

Seguramente lo malo fue que no nos conformamos con interpretar el mundo en el cual vivíamos, así como tampoco quedamos satisfechos con el deber orientador; quisimos transformar el mundo y creo que esa fue la gran equivocación.

Más aún, viendo hacia atrás, tampoco han sido los intelectuales los creadores de los pueblos. Lo fueron los labradores, sacerdotes y guerreros y no es hasta el Renacimiento, con el cual aparece la Era Moderna, cuando el intelectual empieza a ganar terreno, desalojando, desplazando, ocupando el lugar del guerrero, del sacerdote y del labrador. Esa era la época de la inteligencia, el momento de los grandes hombres: Galileo, Newton, Descartes, Leibniz.

Pero el intelectual se involucró en demasiadas cosas como para desertar de repente y aún quedan áreas en las cuales tenemos presencia o ascendencia, mas la realidad nos demuestra que al mundo lo gobiernan personas con temple, ímpetu, tenacidad, acción, en otras palabras, con características que no son precisamente las de un intelectual.

Debemos además sumarle al conocimiento este nuevo mundo de la informática que ha creado un lenguaje universal: el lenguaje digital. En Internet hace pocos años se aseguraba que su contenido era de más de 800 millones de páginas, lo cual significa que un ser humano necesitaría unos 20 mil años para leer su contenido. Por ello me permito afirmar que el humanista, conocedor de todos los tópicos, no existe ya.

El conocimiento ha modificado el concepto de generación. Originalmente se cuantificaba una generación en función de la presencia del hombre en este mundo, luego un filósofo árabe de nombre Ibn Khaldum, cuantificó la generación en función del tiempo en el cual surge una idea, vive su apogeo, se pone en práctica, sufre su perigeo y desaparece.

Con esta definición una generación ya podía trascender la vida del hombre. Pero a partir de 1920 se empieza a estimar la duración de una generación cada 7 años, porque a partir de ese entonces, se considera que el hombre viene duplicando su conocimiento cada septenio, en otras palabras el concepto de generación se cuantifica en función del conocimiento.

No quiero dejar por fuera a los peripatéticos, pues Aristóteles consideraba que una generación duraba 15 años alegando que en ese lapso el sentimiento del hombre cambiaba, no bruscamente, pero si en una especie de solape en el cual seguramente las cosas que no habían sido de interés tres lustros atrás, después si habrían de serlo, o por el contrario las que habían sido de gran importancia, transcurrido ese tiempo, dejaban de tenerla.

Resalto que la acepción de la voz ¨humanista¨ ha variado, así como entiendo que el concepto médico de la muerte, también ha variado. Cincuenta años atrás se usaba un espejo para constatar respiración, hace pocas décadas era mediante el pulso, hoy día a una persona descerebrada, se le considera médicamente muerto. Ya ni puede adquirir conocimiento ni puede hacer uso de él.

Visto que nuestro tema es, “La muerte; visión humanista” y entendiendo por humanismo, conocimiento, me voy a atrever a condensar ese conocimiento en lo que me atrevo a llamar: los tres pilares de la sabiduría, a saber: teología, filosofía y ciencia. En estas disciplinas podríamos resumir todo lo que el hombre estudia.

Con motivo de la llegada del nuevo milenio, una empresa de televisión por cable, preparó un programa en el cual se habría de presentar al hombre más importante del milenio.

En verdad no era difícil el adivinar o mejor dicho el acertar el personaje, pues partiendo de la clasificación del conocimiento en la trilogía anunciada, lógicamente habría que descartar la teología del último milenio por cuanto partiendo del judaísmo, siglo XVI a. C y posterior al Islam, siglo VII d.C., no ha habido religión ni protagonista ni seguidor de relevancia en el campo confesional.

Considero interesante el conocer la historia de la humanidad a través de un recuento sucinto de las religiones sin que ello conlleve un interés catequético o catequístico.

Me permito resumir: siglo XVI a. C., el judaísmo; siglo XV a.C., en la India, el hinduísmo. Es esta religión un acopio de distintas creencias, no hay un fundador, al contrario su creencia se fundamenta en deidades locales, grupos o colectividades.

Japón, año 600 a .C., el sintoísmo. Durante más de dos milenios el sintoísmo se había mantenido como la religión del estado hasta que el emperador Hiroito se vio obligado a renunciar a su ¨divinidad¨, como una de las condiciones de rendición y firma de la paz, por parte de las fuerzas aliadas al final de la II guerra mundial.

China, año 551 a.C., el confucionismo. No son pocas las personas que consideran el confucionismo más como una filosofía que como una religión. Los seguidores no tienen templos, ni clero ni iglesia.

La India, año 534ª a.C., El budismo. Sidharta, igual al título de una famosa novela de Hermann Hesse, era un príncipe que vivía en la región de Kapilavastu. En contra de la voluntad de su padre, visitó la aldea donde presenció por primera vez un entierro enterándose así que la muerte existe. En una segunda incursión vio un mendigo, revelándose ante el la mendicidad y en una tercera incursión vio un enfermo, comprendiendo así que la enfermedad también existía. A partir de ese momento se convierte en Sakya, abandona su bienestar palaciego y se va a meditar sobre lo que es “el dolor”. Años después regresa convencido que el dolor es ocasionado por una pérdida, bien sea material o espiritual. A partir de ese momento se convierte en Buda y decide abandonar y renunciar a todo aquello que le pudiese hacer sentir el dolor.

La China, siglo VI a.C., el taoísmo, religión de los chinos cuyo origen se debe a un filósofo de nombre Lao-Tse. Su ideología se fundamenta en que el camino que conduce al virtuosismo es el camino de la compasión y de la humildad.

Palestina, el cristianismo. Los principios de la cristiandad están volcados en la Biblia y dentro del cristianismo la iglesia católica es la que más devotos tiene.

Arabia Saudi , año 622 d.C., el Islam, seguramente la religión con la cual se puede ser más preciso al hablar de su nacimiento, 16 de julio del año 622, fundada por el Profeta  Muhammad (BPD). A los seguidores de esta religión se les llama musulmanes y practican una adherencia al Corán, el cual después de la Biblia, es considerado el libro de mayor influencia en el mundo.

Permítaseme en este punto hacer una acotación. Para la mayor parte de los occidentales entendemos “musulmán” por árabe. Árabes son sólo los de la península Arábiga: Arabia Saudita, Kuwait, Yemen del Norte, Yemen del Sur, el estado insular de Bahrein y emiratos Árabes Unidos entre otros. En esta península la población según un censo de hace 10 años era de apenas 33 millones de habitantes. Claro está y ya es un lugar común, llamamos países árabes a las naciones árabe-parlantes, entre las cuales la mayor población es la de las naciones africanas: Marruecos, Egipto, Libia, Argelia, Túnez. Ello significa que del total de la población islámica, la árabe parlante representa apenas un 20 % aproximadamente. No olvidemos que son musulmanes el resto de los países africanos y los llamados asiáticos, los del cercano, mediano y lejano oriente, Pakistán, Turquía, Irán, Indonesia, Malasia, naciones éstas donde la religión nacional es el Islam.

Este breve recuento es simplemente con la finalidad de descartar la religión o alguno de sus seguidores en la escogencia del hombre más importante del milenio, pues ninguna de ellas, o ninguno de sus seguidores pertenece cronológicamente al segundo milenio.

En lo concerniente a la filosofía y de manera también muy sucinta, tenemos en la filosofía occidental: la escuela jónica, primer paso a la explicación científica contra el misticismo. Sobre este particular me permito acotar que la filosofía originalmente tenía que dar una explicación a todo acontecer y lo hacía mediante lo que pudiéramos llamar “el pensamiento especulativo”. En la medida que avanza la ciencia, la parcela inmensa de la filosofía se ha ido achicando pues corresponde precisamente a la ciencia el dar explicaciones irrefutables.

En los siglos VI y V a.C. aparece el pitagorismo que aúna la visión mítica con el auge científico; decía Pitágoras que a la purificación del alma se llegaba mediante el cultivo de las virtudes intelectuales. Con Sócrates, año 399 a.C. se impone el conocimiento, le siguen Platón y Aristóteles. Año 206 a.C., para Epicuro el destino de la vida es el placer y posteriormente Séneca aseguraba que la felicidad era ajena al bienestar material. Llegamos al escepticismo de Pirrón para quien el hombre nunca llegaría al conocimiento y luego de los neoplatónicos, con Plotino, se llega el declive de la civilización greco-romana y se abandona la investigación científica; se abandona la búsqueda de la felicidad en este mundo, con lo cual surge el auge del cristianismo y la búsqueda de la felicidad en otro mundo mejor. Ya después de Cristo San Agustín y luego de su muerte, a mi manera de ver, transcurren varios siglos sin aporte de relevancia a la filosofía. Segundo milenio, siglo XI, Al-Andaluz, quien concilia la filosofía con la fe religiosa, era la época de Avicenas y Averroes. Siglo XII, Santo Tomás de Aquino quien concuerda la ciencia aristotélica con la teología agustina. Se fraterniza la filosofía racional con la religión.

Con la filosofía moderna hay una interacción universo-pensamiento. Bacon, Descartes, Kant, Hegel, Compte, Marx y Engels con su materialismo dialéctico, Darwin, con su teoría evolucionista y posteriormente el existencialismo, que enfrenta a la ciencia y a la razón a favor de una implicación apasionada de la vida. Más recientemente siguen Heidegger, Jaspers, Unamuno, quien destaca el valor de la existencia individual y resalta el valor de la literatura como fuente de expresión filosófica; Ortega y Gasset, quien defiende la intuición ante la lógica y finalmente, a mi escaso entender, Jean Paul Sartre, quien populariza el existencialismo mediante sus escritos. En definitiva, el hombre asume la responsabilidad de sus propios actos.

Por supuesto, nos queda el área científica: la ciencia como tercer pilar de la sabiduría. Me permito recordarles que en el siglo pasado, en el área científica, se consideraron como los inventos más relevantes: la teoría del quantum, la teoría de la relatividad y la bioquímica de la formación genética. Debo en lo personal añadir lo que considero el mayor alarde tecnológico del siglo pasado que fue la llegada del hombre a la luna. A un costo de 25 mil millones de dólares; tres misiones: Mercurio, Géminis y Apolo; 400 mil técnicos y científicos involucrados; 15 millones de piezas que funcionaron prácticamente a la perfección y unos 800 millones de televidentes que presenciaron por televisión esa hazaña. Hago referencia a este hecho tecnológico por cuanto en verdad el hombre no percibe en su cotidianidad la ciencia, sino su aplicación social, que es la tecnología. Ejemplo, la gente no conoce la teoría del quantum, pero con seguridad ha oído hablar de la resonancia magnética.

De regreso a la pregunta del canal de televisión por cable: ¿quién habrá sido el hombre más importante del milenio? Si hemos descartado la religión como hecho sustancial entre el año 1000 d.C. y 2000 d.C., nos preguntamos ahora :¿qué hecho tecnológico se une a la divulgación del conocimiento?. Si filosofía es amor a la sabiduría, ¿cuál fue el invento que permitió su mayor divulgación? Evidentemente la imprenta, por ello Guttenberg fue seleccionado como el hombre más importante del milenio. Por cierto que el primer libro médico que se publicó con el uso de la imprenta fue un “Calendario de flebectomía y laxantes”, año 1457.

Cuando hablo de tecnología y seguramente les habrá de sonar curioso, debo acotar que la técnica es lo contrario a la adaptación. El animal se conforma con su medio ambiente, el hombre no. El ser humano, con el recurso de la técnica reta y transforma su medio ambiente. El hombre no se conforma con estar, aspira al bienestar, y si no lo logra, no se siente capaz y comete suicidio. Al hombre no le interesa estar en el mundo, sino estar bien, si tiene necesidad de dormir, recurre a la tecnología para descansar mejor: la cama, el aire acondicionado o calefacción, ambiente musical, cortinas.

Seguramente, si me he explicado bien, se estarán dando cuenta que según mi exposición, aparentemente la técnica es la producción de lo superfluo, pero no es así. El animal es atécnico y se conforma con lo objetivamente necesario para sobrevivir, por el contrario: hombre, tecnología y bienestar son una sinonimia.

Durante el último siglo el mayor auge en tecnología ha sido en las áreas de comunicaciones y transporte. ¿Por qué?; por que el hombre sabe que ha de morir, el hombre se sabe finito. Y ¿qué es finito?, todo aquello que tiene principio y tiene fin; infinito es lo que tiene origen y no tiene fin; y eterno es lo que no tiene comienzo ni final. En la eternidad todo era, todo es y todo será siempre igual, y precisamente lo que rebate el concepto de la eternidad es la evolución.

Si comparamos nuestra llegada a este mundo con el momento en que habremos de dejarlo, cuanta transformación podremos constatar. Al haber evolución hay origen, al haber origen hay creación, si hay creación hay Creador, si hay Creador hay Dios. Para mí no es el problema de discutir la existencia o no de Dios. Respetuosamente el problema en todo caso es el creer o no, en Él.

Quiero destacar que la evolución es tal, que nos sentimos obligados concientemente a dejar un mundo mejor al que hemos recibido y en esta evolución acoto categóricamente que el hombre más sabio del mundo aporta menos a la humanidad que lo que recibe de ella. Por ello estamos en la obligación de mejorar el mundo que hemos heredado.

Cuando hablo de un mundo mejor, viene a mi mente aquella historia sobre un anciano quien se encontraba sembrando una palma en el desierto y en plena faena, calurosa, por lo demás, fue invitado por un amigo a refrescarse con una bebida a lo cual no consintió. Se le insiste alegando que el ya estaría muerto para cuando esa palmera diese su fruto, a lo cual respondió el anciano: es cierto, pero yo me estoy comiendo estos dátiles gracias a alguien que los sembró no para él, sino para la generación futura.

Hemos hablado del conocimiento y de la vida, hablemos ahora de la muerte, pues sin ella, ni la vida ni el conocimiento existiesen.

José Antonio Calcaño se refería a la muerte como la benigna, la piadosa, la benévola y como no adjetivarla así, pues de no existir la muerte ninguno de los tres pilares de la sabiduría tendría sentido. Sin muerte, no es necesaria ni la teología, ni la filosofía, ni la ciencia. Sin la muerte no hacen falta dogmas, ni religión ni tecnología.

Imaginemos por un momento que existiese la eternidad, que no existiese la muerte. Para acercarme a alguno de ustedes a razón de un milímetro cada 5 mil millones de años, iría muy rápido, me sobra tiempo. En otras palabras, lo que estoy queriendo decir es que de no existir la muerte, aunque suene paradójico, ni ustedes ni yo estuviésemos aquí.

Por supuesto que no he venido a decir que la muerte es una maravilla, pero si les aseguro que de no existir la muerte, la vida sería tediosa, insoportablemente tediosa. Y sí he venido a decirles que la muerte no es necesariamente el fracaso del conocimiento; si hay negligencia o mala praxis, ese es otro tema. Estamos acostumbrados a decir que fulano murió de tal enfermedad. Creo que tendríamos que decir que zutano enfermó de tal cosa porque tenía que morir.

El hombre no muere necesariamente por enfermedad, simplemente muere porque tiene que morir, porque ha de morir. No voy a sacarle el cuerpo a un tema que seguramente han conversado en más de una oportunidad: la eutanasia, obviamente relacionada con la muerte y con la finalidad de fijar posición me voy a permitir hacer un ejercicio volteriano.

Si usted pregunta a 10 personas sobre el significado de “dignidad”, seguramente encontrará 10 respuestas diferentes; pero si compasión es lo que uno siente por alguien que recibe lo inmerecido; si indignación es lo que sentimos cuando alguien disfruta lo inmerecido; luego dignidad debe ser todo aquello a lo que el hombre tiene derecho por el solo hecho de estar vivo. Creo en la eutanasia, cuando está en riesgo la dignidad del ser humano.

Recuerdo haberle leído, palabras más o palabras menos, a la condesa de Campo Alange: “Mi cuerpo dejó de ser objeto erótico, peor aún, dejó de ser objeto estético. Mi cuerpo se hizo transparente a la mirada de los hombres jóvenes y a la de los mayores también. Me di cuenta que había envejecido, mas no sé si la longevidad es una virtud, pues el dolor punzante que ocasiona el ver a tantos seres queridos irse de este mundo es desgarrador”. 

Cuan acertada estaba la escritora. El hombre no vive su propia muerte, la muerte la vivimos o la sufrimos quienes seguimos vivos. Claro que es dolorosa, pero para superar ese dolor hay un proceso luctuoso por el cual debemos transitar.

Es nuestra primera impresión, una verdadera pesadilla la noticia de la pérdida del ser querido; luego nos da una sensación de “mea culpa”; si lo hubiese llamado, si le hubiese dicho. A este proceso luctuoso sigue la resignación, quizás la peor de todas las etapas, por cuanto ello significa la aceptación de un hecho en contra de la propia voluntad, hasta finalmente cerrar el ciclo con el recuerdo o remembranza grata y hasta alegre del ser desaparecido.

El dolor que provoca la pérdida de un familiar o amigo también se ha cuantificado, considerándose el mayor de todos, el que ocasiona la muerte de un hijo, seguido por el dolor que causa la muerte de la madre y finalmente el dolor que da a lugar la desaparición de un hermano o amigo menor que uno.

A mi juicio, lamentablemente como nos negamos a hablar sobre la muerte, eso hace de ella algo traumático, aunque lo inquietante no sea la muerte en sí, sino lo que para muchos es la incertidumbre que sigue a la muerte.

Para terminar, si aún dudamos de lo benévolo de la muerte, quiero recordar un pasaje de Homero en el cual la diosa Calypso le confiesa a un humano el envidiarle. El interlocutor le reprocha alegando que siendo diosa no debiese envidiar a un humano, a lo cual palabras más, palabras menos, respondió ella “Claro que te envidio, porque eres mortal y yo no”. Se asegura que el castigo de los dioses es su inmortalidad.

Por  el Arq. Garam Mattar
Con información de la Gacetilla Médica de Caracas 2007;115(2):155-159.Conferencia dictada en la Academia Nacional de Medicina en la sesión del 27 de julio de 2006.

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Aristóteles en España

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Representación árabe medieval de Aristóteles

Pocos saben que los escritos de Aristóteles, piedra angular del conocimiento científico y filosófico de nuestro tiempo, estuvieron a punto de perderse irremediablemente. Nuestro territorio, antes siquiera de llamarse España, tuvo una importancia capital en la salvaguarda de todo aquel compendio del saber, en la transmisión a occidente de tan valioso legado.

España fue correa de transmisión de una parte trascendental del saber científico y filosófico de la antigüedad hasta nuestros días. El proceso, a nivel geográfico, fue en cierto modo laberíntico, y en general no estuvo exento de buena fortuna, teniendo en cuenta los factores externos que pudieron haber alterado la consecución del resultado.

Para comenzar por el principio, digamos que con Europa meridional aún convulsionada, durante el siglo VI tendrá lugar un hecho cultural muy significativo: nos referimos al traslado de buena parte de los escritos de los sabios griegos, que corrían peligro de perderse, en dirección a Oriente Medio. Bagdad, en particular, se había erigido como referente del saber, escenario en el que durante mucho tiempo se darían cita los mejores científicos, filósofos y traductores de un Islam en plena expansión migratoria y cultural. Alrededor de esa “nueva ágora” representada por la biblioteca de Bagdad, es donde se establecerán los primeros y decisivos lazos entre una cultura en vías de desaparecer, la griega, y otra en plana ebullición, la musulmana.

Los eruditos árabes, de mente abierta y seducidos por la sabiduría contenida en aquellos legajos, procedieron a la traducción de todos ellos y posteriormente a su estudio, crítica y comentario. Concluyamos, por tanto, que el saber griego tomó un rumbo inesperado hacia Oriente Medio, en primer lugar como consecuencia del declive e invasión europeos, en segundo lugar gracias a una influencia oriental absorbida por el mundo árabe, y en tercer lugar, y más importante, debido a la propia inquietud científica del Islam y su predisposición a aglutinar otras corrientes culturales.

De esta simbiosis, en definitiva, surgiría un apetito científico sin parangón que no se tradujo en un simple eclecticismo cultural, sino en el surgimiento de una nueva fusión cultural gracias a una actitud abierta, revisionista, crítica y personal del mundo árabe.

Entre estos primeros filósofos del Islam, destacó al-Kindi, no en vano apodado como «filósofo de los árabes». Sin embargo, el hilo conductor aristotélico propiamente dicho vino de la mano de otros dos grandes filósofos árabes, Avicena (s. XI) y sobre todo el cordobés Averroes (s. XII) que traducen e interpretan dos versiones distintas del pensamiento aristotélico, en el caso de Avicena de un estilo más neoplatónico, y en el caso de Averroes considerada más fiel y coincidente a las ideas de Aristóteles.

Cabe preguntarse, no obstante, cómo pudo ser que finalmente fuera un filósofo cordobés como Averroes el máximo exponente del aristotelismo. La razón hay que buscarla en la presión ejercida por las diferentes facciones árabes, y en particular en el alto grado de independencia cultural alcanzada por el Califato de Córdoba, a partir de Abderramán I (siglo VIII), respecto a los Omeyas y el Califato de Damasco.

La consecuencia directa de esta independencia, fue la genuina personalidad que alcanzaría el desarrollo filosófico de al-Andalus. La obra de Averroes, nuestro polifacético filósofo cordobés, fue ingente, destacando en disciplinas tan dispares como la astronomía, la medicina, el derecho, la teología y por supuesto la filosofía. De alguna forma, la figura de Averroes significa un punto de inflexión en el desarrollo de la filosofía árabe, pues será él quien rompa definitivamente con los lazos que le unen a ella para volcarse en la lectura e interpretación aristotélicas. Con Averroes, morirá de algún modo la filosofía tradicional del Islam.

Concluyamos por tanto que al-Andalus se había convertido, ya en el siglo XII, en un hervidero cultural donde la ciencia, las artes y la filosofía ocupaban las mentes privilegiadas. No obstante, cabe relatar la forma en que la Europa Continental puso sus ojos en esta fuente de sabiduría, cómo el mundo del Islam, en cierto modo, se transformó en paradigma para muchos teóricos europeos.

Con anterioridad a estos acontecimientos, y aunque pudiera parecer anecdótico, siempre existieron diplomáticos, viajeros y comerciantes bilingües que conectaron el saber entre fronteras, contactos culturales que sumados unos a otros fueron creando un poso de confianza, aceptación y curiosidad hacia el mundo islámico, y en menor medida judío, depositarios últimos de riquezas intelectuales inimaginables hasta entonces.

Poco a poco, a Europa habían llegado las primeras traducciones del árabe al latín, entre ellas varios tratados sobre matemáticas o el astrolabio realizados en el siglo X en España, o una serie de tratados médicos, y más concretamente galénicos, llevadas a cabo por un monje norteafricano llamado Constantino, despertando un inusitado interés por aquel saber que veía la luz.

Pero no cabe duda de que la consolidación de estos contactos, así como de este interés foráneo por lo nuestro, tuvo su explicación en las irrepetibles condiciones sociales, de convivencia y tolerancia religiosa, que se dieron en España en plena Reconquista, donde algunos territorios mantuvieron unas relaciones sociales y un equilibrio dignos de elogio.

A nivel teórico, el gran reto era salvar la dificultad de comprensión de unos textos tan importantes como ingentes, en su mayoría traducidos al árabe desde fuentes clásicas ya desaparecidas, motivo por el cual en el futuro la traducción del árabe al latín se convertiría en una labor de investigación crucial.

Tal como afirma David C. Lindberg en su obra Los inicios de la Ciencia Occidental, España tenía la ventaja de poseer una brillante cultura árabe, una amplia provisión de libros árabes y, sobre todo, comunidades de cristianos, los mozárabes, a los que, bajo el gobierno musulmán, se les había permitido practicar su religión y que ahora podían ayudar a mediar entre las dos culturas.

Como resultado de la reconquista cristiana de España, los centros de cultura arábiga y las bibliotecas de libros árabes cayeron en manos cristianas. Toledo, el centro más importante, quedó en manos cristianas en 1085, y en el curso del siglo XII las riquezas de su biblioteca empezaron a ser seriamente explotadas, gracias en parte al generoso mecenazgo de los obispos locales. La creación de Toledo como centro intelectual se debe, en gran parte, a la penetración en el territorio de los almorávides y concretamente de los almohades, cuyo fanatismo religioso obligaría a muchos musulmanes y judíos a refugiarse en esta ciudad.

Algunos de estos traductores eran de origen español, como Juan de Sevilla (probablemente mozárabe), o Hugo de Santalla, o Marco de Toledo, que dominaban por diferentes razones el árabe y el latín. Otros traductores, no obstante, llegaron desde Europa sin previo conocimiento del idioma, y una vez en en España tomaron los servicios de un maestro de árabe, o incluso se unieron a algún judío o mozárabe para traducir en equipo.

Por Gabriel Muñiz

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