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Un paseo religioso por Siria – Qara, el pueblo de los Cristianos

Qara,un refugio para los cristianos de Medio Oriente

Qara es un pueblo de montaña ubicado en la cordillera montañosa de Qalamun. Se encuentra entre Homs y Damasco, Siria y la región libanesa de Baalbek.

Fue descrito por los turcos en su Geografía de 1321 como “un gran pueblo a medio camino entre Damasco y Homs. Una estación de paso para las caravanas”.

“Qara” es una palabra aramea. Significa “el gran frío” porque un viento frío tiende a soplar aquí desde el oeste. Este pueblo de 55 km que se extiende en una meseta entre la cordillera Anti-Líbano, (en árabe, جبال لبنان الشرقية Jabal Lubnan ash-Sharqi), en el oeste y la cordillera de Qalamun en el este. La altitud de es de aproximadamente 1300 m sobre el nivel del mar.

Los residentes de esta remota ciudad en la montaña en Siria vivían de la producción de los cerezos que florecían en sus afueras.

Antiguamente la cordillera Anti-Líbano  albergó verdes bosques florecientes y osos. En el período de la invasión turca,  construyeron un ferrocarril desde Turquía a La Meca, talando todos sus árboles. Ahora es un páramo,  con ocasionales plantaciones de cerezos.

La mayoría de sus habitantes son cristianos  ortodoxos y católicos griegos. Parte de la población profesa la religión musulmana sunita.

Persecución en los días de Baibars

En 1266 d.C  el sultán mameluco Baibars mató a una gran cantidad de cristianos Qari, vendiendo a sus hijos como esclavos en Egipto. En los días de Baybars, esta ciudad tenía una población que era completamente cristiana, con algunos judíos. Algunas fuentes estiman que la población debía ser entre 30 o 40000 habitantes Después de la incursión de Baybars, los cristianos de Qara ya no serían mayoría.

En 1712, los turcos ingresaron al monasterio de San Jacobo, el Persa, matando a 120 monjes. Después del período otomano, durante la ocupación francesa, que duró hasta la independencia de Siria en 1948, los cristianos sufrieron persecuciones porque estaban asociados al invasor francés  ya que compartían su religión. Esta fue la fuente de muchos crímenes de odio.

Hubo 11 iglesias (3 que todavía existen en la actualidad) y un obispado. Desde el inicio del cristianismo, esta ciudad fue un bastión para la ortodoxia. Hoy no son más que 500 cristianos en una población de 20 000.

Monasterio de San Jacobo el Interciso

En Qara se puede visitar el monasterio de San Jacobo el Interciso,(el Persa). San Jacobo, por sobrenombre Interciso, “dividido”, mártir, que en tiempo del emperador Teodosio,  renegó de Cristo por congraciarse con el rey Lasdigerd, pero al ser severamente reprendido por su madre y su esposa, se arrepintió e, intrépidamente, confesó ser cristiano ante Varam, hijo y sucesor del soberano de Persia, quien, airado, pronunció contra él sentencia de muerte, ordenando que lo despedazaran miembro a miembro y finalmente decapitaran.

El monasterio fue fundado en el siglo VI y abandonado por los monjes en el siglo XIX. Los trabajos de restauración comenzaron el 14 de julio de 1994. El 14 de septiembre de 2000, durante la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz del Año del Gran Jubileo, las autoridades eclesiásticas emitieron el decreto de restablecimiento del convento de acuerdo con la tradición de los monasterios orientales. Así decretó el comienzo de una nueva orden religiosa diocesana de las monjas de la Unidad de Antioquía, cuya Casa Madre sería el monasterio.

El 15 de agosto 2004 el obispo extendió la fundación a los hombres: “Que se iniciaran en la torre y cuando crecieran en número, construirían su propio monasterio. La vida comunitaria se inició rápidamente”.

A pesar del número todavía reducido, las monjas y los candidatos por orden de llegada de diversas tradiciones orientales: católico griego-melquita, maronita, ortodoxos armenios, ortodoxos sirios, Latina y también hermanos procedentes de origen musulmán.

Actualmente es propiedad de la Iglesia greco-católica de Qara. Fue donde se refugió San Jacobo de la persecución a principios del cristianismo. En la actualidad hay un monasterio, una iglesia y un espacio para acampar en verano.

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Orígenes de los Cristianos Árabes de Medio Oriente

Monasterio de San Sergio en Ma’aloula – Siria

Los árabes cristianos pertenecen a  las distintas confesiones : la Iglesia Melkita griega católica, la Iglesia ortodoxa griega, la Iglesia católica Maronita, la Iglesia católica caldea, la Iglesia católica siriaca, la Iglesia Ortodoxa siriaca, la Iglesia Católica Romana y las Iglesias Protestantes. Son cultural, lingüística y étnicamente árabes, y seguidores de la fe cristiana. Los cristianos árabes ya tenían presencia en el mundo árabe antes de la llegada del Islam y su expansión por Asia y África en el siglo VII.

Muchos musulmanes árabes descienden de árabes originalmente cristianos que se convirtieron al Islam por varias razones;  el pago de la “Yizia”, un impuesto existente en ciertas dinastías musulmanas para los habitantes no musulmanes, o la opresión ejercida por parte de los bizantinos hacia la gran mayoría árabe cristiana, ya sea unitaria, monofisita o arriana.

La primera referencia del cristianismo en las tierras árabes se menciona en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo se refiere a su viaje a Arabia después de su conversión (Gálatas 1:17-18)

17- Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.
18- Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días.

Más tarde, Eusebio de Cesárea habla de un obispo llamado Berilo en la sede de Bostra (la actual Bosra), donde se realiza un Concilio.

La mayoría de los árabes cristianos actualmente proceden del Levante Mediterráneo, mientras que históricamente en el mundo árabe los cristianos árabes eran descendientes de los Kahlani y Qahtani, tribus del antiguo Yemen (es decir, ghasánidas y lajmíes principalmente). La mayoría de los patriarcas maronitas de los últimos 10 siglos son descendientes de los conocidos nobles gasánidas Qahtani, árabes que gobernaron el Levante en el período romano y bizantino hasta la era franco-ghasánida.

Los cristianos existen en las tierras de habla árabe desde el siglo tercero. Algunos expertos sugieren que Filipo el Árabe fue el primer emperador cristiano de Roma. En el siglo IV, un número significativo de cristianos ocuparon la Península del Sinaí, Mesopotamia y Arabia. Otros dicen que el primer gobernante cristiano fue un árabe llamado Abgar VIII de Edesa, quien fue convertido al cristianismo.

A lo largo de muchas épocas de la historia, los cristianos árabes han coexistido muy pacíficamente con  no-cristianos de habla árabe, principalmente los musulmanes y los judíos. Incluso después de la rápida expansión del Islam desde el siglo VII d.C en adelante, donde muchos cristianos optaron por no convertirse al Islam y en lugar de eso mantener sus creencias pre-existentes.

Maronitas

Los maronitas eran habitantes del valle del río Orontes (Al-Asi). Pudieron ser descendientes de algunas tribus árabes que nunca se convirtieron al Islam o en parte de los arameos. Es muy posible que los maronitas, como una comunidad de origen árabe, se encontraran entre las últimas tribus de árabes cristianos que llegaron a Siria antes que el Islam y desde el siglo XIV adoptaron la lengua árabe para la liturgia, el siríaco, la forma literaria cristiana del arameo, originalmente el lenguaje litúrgico de todas las sectas semíticas cristianas, tanto en Arabia así como en el Levante y Mesopotamia.

Como “Pueblo del Libro”, los cristianos de la región gozan de ciertos derechos por la ley islámica teórica (Sharía) para practicar su religión sin interferencias o persecuciones, que fue, sin embargo, estrictamente condicionado al pago de una cantidad especial de dinero (tributo) obligado para los no musulmanes llamado yizia, en forma de efectivo o bienes, por lo general se entregaba una gran cantidad de animales, a cambio de su seguridad y la libertad de culto. El impuesto no se aplicaba a los esclavos, mujeres, niños, monjes, los ancianos, los enfermos, ermitaños, o pobres.

Muchas tribus árabes  se adhirieron al cristianismo desde el siglo primero, incluidos los nabateos y los ghasánidas. Eran de origen qahtani y hablaban árabe-yemení. Protegieron la frontera sur-oriental de los Imperios Romano y Bizantino en el norte de Arabia.

Del mismo modo que los musulmanes árabes y judíos árabes, los árabes cristianos se refieren a Dios como Allâh, ya que esta es la palabra árabe para “Dios”. El uso del término en árabe Allâh, en las iglesias cristianas es anterior al Islam por varios siglos. Desde mediados de 1800, algunos nativos árabes de la región de Levante han sido convertidos a las Iglesias Protestantes tradicionales más recientes, también a  bautistas y metodistas.

Cristianos de Siria

Los cristianos de Siria en la actualidad  son  entre 15 -25%  de la población total del país, que se reparten entre greco-ortodoxos (mayoría en Siria), maronitas, armenios (ortodoxos y católicos) sobre todo en Aleppo y Damasco, melquitas (sirio católicos), jacobitas (sirio- ortodoxos), nestorianos (asirios), caldeos, greco-católicos, católicos latinos, protestantes y anglicanos, todos conviven en armonía.

Los tesoros de la Siria Cristiana

En Siria es posible seguir los pasos de los primeros protagonistas del cristianismo. En Damasco se pueden encontrar huellas de San Pablo: la antigua Vía Recta, capilla de San Ananías, capilla de San Pablo o Bab Kisan (lugar por donde escapó el santo), la tumba de San Juan Bautista (dentro de la mezquita de los Omeyas) y la iglesia Mariyamieh (de María). En Ma’aloula, y en dos pueblos vecinos, todavía se habla el arameo (lengua utilizada por Cristo) y también se pueden seguir los pasos de Santa Tecla. En Seidnaya se levanta uno de los monasterios más venerados de toda la región  que data del año 547, donde existen iconos pintados por San Lucas.

Existen iglesias y monasterios que  pueden ser visitados en casi todo el país, sin olvidar las importantes ciudades cristianas de Damasco y de Aleppo donde se pueden realizar recorridos para descubrir iglesias tan antiguas como el cristianismo mismo en la región.

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Breve cuestionamiento sobre los Evangelios Apócrifos

Si he de ser sincero, tuve que recurrir al Diccionario de la Real Academia para conocer exactamente el significado de «apócrifo».

Había oído hablar de los Evangelios apócrifos. Pero no terminaba de entender por qué, precisamente, se les llamaba así.

He aquí lo que apunta el Diccionario Ideológico de la Lengua Española.

«Apócrifo: dícese de los libros de la Biblia que, aunque atribuidos a autor sagrado, no están declarados como canónicos.»

El problema empezaba a esclarecerse. Sin embargo, al leer lo de «canónicos» me entraron nuevas dudas. ¿Y qué es exactamente «canónico»? ¿Por qué unos libros están declarados como tales y otros no? ¿Qué criterio o valoración se había seguido para ello?.

La cosa era sencilla. «Canon» es «el catálogo de libros sagrados admitidos por la Iglesia Católica».

En realidad, la cuestión quedaba reducida a un único punto: ¿y qué criterio seguía la Iglesia Católica para decidir si un libro tenía carácter apócrifo o canónico?.

El asunto, según he podido comprobar, recibe una «larga cambiada» por parte de los teólogos y estudiosos de la Biblia con un planteamiento pleno de fe, pero disminuido en su carácter racional y científico.

«La Biblia, y por tanto los libros canónicos —dicen los expertos— está inspirada por Dios.»

Esto significa que todo cuanto hubiera podido ser escrito sobre Cristo —incluso en vida del Maestro—, pero que no fuera reconocido por los hombres que forman la Iglesia como «inspirado», no tiene el menor valor canónico.

El tema, cuando menos, se presta a discusión.

Y no es que yo dude del referido carácter divino de esos libros. Creo en Dios y considero que, efectivamente, puede ser. Pero si la propia Iglesia Católica reconoce que buena parte de esos Evangelios apócrifos fueron confeccionados por autores sagrados, ¿por qué no son incluidos en el «lote» bíblico? Y lo que es peor: ¿por qué durante siglos han sido perseguidos y condenados?.

Según la propia Biblioteca de Autores Cristianos —declarada de interés nacional—, «apócrifo», en el sentido etimológico de la palabra, significa «cosa escondida, oculta». Este término servía en la antigüedad para designar los libros que se destinaban exclusivamente al uso privado de los adeptos a una secta o iniciados en algún misterio. Después, esta palabra vino a significar libro de origen dudoso, cuya autenticidad se impugnaba.

Entre los cristianos —prosigue la BAC— se designó con este nombre a ciertos escritos cuyo autor era desconocido y que desarrollaban temas ambiguos, si bien se presentaban con el carácter de sagrados.

Por esta razón, el término «apócrifo» vino con el tiempo a significar escrito sospechoso de herejía o, en general, poco recomendable.

En algo tiene razón la Iglesia. No todo el «monte es orégano». Quiero decir que, con el paso del tiempo, han surgido tantas historias de la vida y milagros de Jesús que resulta laborioso separar el grano de la paja.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, la propia Iglesia Católica reconoce hoy el valor de algunos de estos textos —llamados, como digo, Evangelios apócrifos—, en los que se amplían o dan a conocer por primera vez algunos pasajes de la natividad, infancia y predicación del Señor.

El mismo san Lucas asegura que, ya desde el principio, muchos emprendieron el trabajo de coordinar la narración de las cosas que tuvieron lugar en tiempo de Jesús.

Esto resulta lógico y del todo humano. En realidad se venía haciendo desde hacía siglos con los grandes personajes griegos, romanos, sumerios, egipcios, etc. ¿Por qué no hacerlo con Jesús de Nazaret, hacedor de milagros, Hijo del Dios vivo, revolucionario para muchos y enfrentado a los Sumos Sacerdotes de Israel?.

Resulta igualmente verosímil que alguien tuviera la feliz iniciativa de relatar y dejar por escrito cuanto había hecho y dicho el Maestro. Esa idea —estoy seguro, como periodista que soy— debió florecer muy poco tiempo después de la muerte y resurrección del Cristo.

Parece claro que esa tarea de «reconstruir» la vida de Jesús fuera emprendida no sólo por los cuatro evangelistas oficialmente aceptados, sino por otros apóstoles, discípulos y «voluntarios» en definitiva.

Y ahí están los Evangelios apócrifos de Santiago, de Mateo, el Libro sobre la Natividad de María, el Evangelio de Pedro y el Armenio y Árabe de la Infancia de Jesús, entre otros, para ratificarlo.

Estos textos apócrifos son hoy reconocidos por la Iglesia Católica como parte de la Tradición. Y aunque, en efecto, hay pasajes en los mismos que resultan dudosos, otros, en cambio, coinciden entre sí y —a su vez— con los de los cuatro evangelistas… «titulados».

Esta situación, salvando distancias, me recuerda un poco la planteada en nuestros días.

En mis 20 años como profesional del periodismo he conocido a decenas de hombres y mujeres que, a pesar de no haber estudiado en la Facultad de las Ciencias de la Información y de no poseer, lógicamente, título alguno que les acreditase como periodistas, han demostrado y siguen demostrando que, a la hora de «hacer periodismo» son tan buenos o mejores que los «canónicos», si se me permite la licencia…

¿Qué quiero decir con todo esto?

Algo muy simple.

Estoy seguro que hubo otros cronistas —incluso apóstoles y discípulos de Cristo— que llevaron al papel un excelente trabajo sobre la vida y milagros del Maestro. Relatos, incluso, que pudieron servir de base en determinados momentos a los cuatro evangelistas «oficiales».

Hoy, esos textos —aparecidos en su mayor parte en los siglos II y IV— son considerados como «apócrifos».

En realidad, lo que les distancia y diferencia de los cuatro Evangelios canónicos no es otra cosa que lo ya apuntado anteriormente: el hecho de que «no han sido inspirados por Dios».

Y yo sigo preguntándome: ¿dónde está la prueba científica y palpable de esa «inspiración divina»? ¿Es que Dios ha vuelto a descender sobre el Sinaí para entregar el «catálogo» de los libros «canónicos», como si se tratara de un vendedor de libros a domicilio?

¿Hasta qué punto no se ha manipulado —por parte de los hombres que han formado la Iglesia— esa circunstancia de la «inspiración divina»?

¿Hasta qué punto no se han distorsionado las propias palabras de Jesús, con el fin de «arrimar el ascua a la sardina» de esa institución llamada Iglesia?…

Por J.J.Benítez

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