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Árabes en Canadá: 130 años de historia

La historia de los arabos canadienses no es nueva como muchos lo creen,  más bien parece haber comenzado en 1882 con la llegada del primer inmigrante de origen árabe, Ibrahim Abu Nader, libanés de la ciudad de  Zahle quien, en 1882, formaba parte del Moutassarrifiyat del Monte Líbano, territorio autónomo en el seno del Imperio Otomano.

Sin embargo, después de más de 130 años de inmigración, la historia de los arabos canadienses sigue poco documentada.

Pero, de donde provienen los canadienses de origen árabe? Sus diferentes comunidades, su contribución al mosaico canadiense, dónde y cómo viven, cuáles son sus religiones, las personalidades que se destacan y las organizaciones y los medios de comunicación que los representan? También, cómo los arabo canadienses  reaccionan frente a eventos políticos, como el debate sobre la Carta de la laicidad, la primavera árabe o el terrorismo.

Un análisis del Instituto Canadiense Árabe  producido en 2014 sostiene que habría un poco más de 750 mil canadienses de origen árabe!

Estadísticas oficiales canadienses fijaron en 2011 este número en un poco más de 550.000.

Lo seguro, después de más de 130 años de inmigración árabe en Canadá,  es que el conocimiento sobre los canadienses árabes sigue siendo prácticamente desconocido.

Al inicio, la historia de los inmigrantes de origen árabe en Canadá se parecía de muchas maneras a la de los que inmigraban a Estados Unidos. Generalmente escapaban de la pobreza o huían de regímenes déspotas o corruptos.

Henri Habid, profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad Concordia, de Montreal, destaca entre otros, que, aunque inicialmente la inmigración árabe fue masivamente cristiana,  los problemas políticos actuales en Siria y la caída de Irak en 2003 permitieron la llegada masiva de musulmanes. Y que “hoy existe una migración mixta musulmana-cristiana pero no podría decir cuál es la más grande”.

Por otro lado,  el profesor de sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, Rachad Antonius, en su libro Las comunidades árabes en Canadá y Quebec distingue  cuatro olas de inmigración provenientes de los países árabes. La primera data de finales del siglo XIX e inicios del XX,  la segunda va desde los años 1950 hasta más o menos 1975, la tercera se extiende de 1975 a 1992, y la cuarta de 1992 hasta el momento actual.

Ellas se distinguen entre sí por los países de procedencia de la mayoría de estos inmigrantes así como por sus características sociodemográficas.  Estos períodos sirven como punto de  referencia, sobre todo para las dos últimas olas según Rachad Antonius.

Los primeros inmigrantes árabes – 1882

Los primeros inmigrantes originarios de los países árabes llegaron a Canadá, más concretamente a Montreal, en 1882. Eran de la Gran Siria, una región que correspondía a los territorios actuales de Siria, Líbano, Jordania y  Palestina.

Se estima que había unos 2.000 inmigrantes sirios en Canadá en 1901, y casi 7.000 en 1911. Pero esta inmigración árabe se detuvo en el medio de las dos guerras y solo el crecimiento natural fue responsable del aumento de la comunidad.

Compuesta  principalmente por cristianos, la primera generación de este grupo fue económicamente activa en la explotación de los pequeños comercios.

La segunda ola de árabes desde 1950

La segunda ola comenzó en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y continuó hasta 1975.

Esta segunda oleada de inmigrantes árabes vino sobre todo de Egipto (37%) y Líbano (33,6%) pero también de Marruecos (14,9 %), de Siria (7,6 %) y de otros países árabes (6,6 %). Conjuntamente, estos grupos árabes suman, en 1971, 28 550 personas en total, según las cifras oficiales que se compilaron siguiendo el criterio de la lengua materna y no el del país de origen.

En 1971, Canadá tenía entre 50 000 a 60 000 personas de origen árabe, y de 70 000 a 80 000 en 1975.

Si bien los inmigrantes de origen egipcio conforman el mayor contingente de esta ola, y que muchos se han asentado en Montreal, cabe señalar que una mayoría de esos egipcios eran cristianos de origen sirio-libanés, proveniente de un grupo que inmigró a Egipto a finales del siglo XIX.

Varios otros grupos originarios de Egipto constituyen esta segunda ola de migración: los coptos (cristianos nativos egipcios) y los musulmanes.

En cuanto a los inmigrantes en esta segunda ola provenientes de Líbano, en su mayoría  eran cristianos, pero también figuraban muchos sunitas, drusos y chiíes.

La tercera ola desde 1975

A partir de 1975 el perfil sociodemográfico de los recién llegados se diversificó en varios aspectos. Ellos no tuvieron el conocimiento de las lenguas inglesa ni francesa contrariamente a los grupos egipcios y libaneses llegados en las décadas de 1960 y 1970.

Éstos solían ser trilingües (árabe-francés-inglés) o, por lo menos, bilingües (árabe y francés o árabe e inglés). Muchos libaneses que deseaban huir de la guerra de las milicias de Líbano, que duró unos quince años, pudieron instalarse en Canadá gracias a la flexibilización de los procedimientos de inmigración, especialmente del llamado Programa Libanés.

También empezaron a emigrar a Quebec personas y grupos procedentes del sur de Líbano, mayoritariamente musulmanes o chiíes. Pero los países de origen ya no son sólo Egipto y Líbano, sino que a partir de este momento se añaden otros países del Levante como Iraq, Jordania, Siria, Palestina, así como países petroleros de la Península Arábiga, como Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. También aumenta el porcentaje de inmigrantes procedentes de Túnez y de Marruecos.

La mayoría de estos inmigrantes son musulmanes, francófonos o más bien  bilingües (árabe / francés), en contraposición a la anterior oleada de inmigrantes con una alta proporción de habla de lengua inglesa.

Estos nuevos inmigrantes árabes, incluyendo a los argelinos huyen de la violencia y ponen la religión en el centro de su identidad colectiva.

La cuarta ola

Entre 1997 y 2006, más de 53.000 argelinos y marroquíes llegaron a Canadá.

Con el 24% del total de la inmigración árabe en Canadá entre 1960 y 2011, Líbano es de lejos el mayor contribuyente de inmigrantes árabes, seguido de Egipto (lejos detrás) en 14%, Marruecos 13%, Argelia  11%, e Irak con un 11%. Entre ellos, estos países representan casi tres cuartas partes de la inmigración árabe a Canadá en este período que se extiende aproximadamente en unos 52 años.

Los canadienses árabes, minoría visible

Baha Abu-Laban y Sharon Mcirvin Abu-Laban,  profesores eméritos de sociología en la Universidad de Alberta, dicen en sus escritos, que las categorías raciales son construcciones sociales cambiantes, tal y como prueba la experiencia de las personas de ascendencia árabe en Norteamérica. Y destacan que los primeros inmigrantes árabes, tanto en Estados Unidos como en Canadá, combatieron las leyes de inmigración racistas reivindicando su «blancura» racial.

A diferencia de lo que sucedía en EE.UU, los primeros inmigrantes árabes de Canadá lucharon por la aceptación arguyendo que la legislación existente contra la inmigración iba dirigida a las personas procedentes del Este asiático y que ellos eran caucásicos. Después de la Conferencia de San Remo de 1920, llegaron a sostener que eran europeos, ya que sus países natales estaban en ese momento bajo protectorado francés o británico. Los inmigrantes árabes acabaron consiguiendo convencer a los legisladores de ambos países de su etnicidad «blanca», pero, en la actualidad, la clasificación de los arabos estadounidenses como blancos es puramente oficial.

En Canadá, las personas de origen árabe son consideradas «minorías visibles», es decir, pertenecen a un grupo clasificado como no caucásico y/o «de color no blanco» dentro de la Ley de Igualdad en el Empleo de 1986, que fomenta las prácticas de empleo propositivas para atenuar la gravedad de la exclusión histórica en el mercado de trabajo. La construcción «minoría visible» constituye un término creado por el gobierno canadiense, utilizado de manera habitual por los medios de comunicación y que engloba a todo un abanico de personas que incluye chinos, sud asiáticos, negros y latinoamericanos, entre otros.

Los canadienses de origen árabe definen ellos mismos su pertenencia o no a una minoría visible en los formularios de los censos.

En 2006, uno de cada seis canadienses entraba en la clasificación de minoría visible.

Con información de Radio Canada International

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Eremìtica: Un modo de vida nacido  en Oriente

Juan El Bautista
El primer gran eremita de la era cristiana.

Soy la voz que clama en el desierto (Mateo 3:3).

La vida de Juan El Bautista se encuentra llena de mística y misterio. Una vida consagrada a la preparación del camino hacia Cristo.

Gran parte de su existencia permaneció él en el desierto, alejado de todo. En un modo de vida donde la introspección y el acercamiento espiritual son fundamentales para la subsistencia.

Juan era un profeta, y más que profeta. Era el profeta más grande del Antiguo Testamento, el hombre escogido por Dios para señalar al Mesías y preparar al pueblo por él según la fe cristiana. Este fue el tipo de hombre que Dios escogió para preparar el camino del Señor —un asceta— de vida Eremítica. Era un hombre de Dios, una persona completamente dedicada a Dios (Lucas 7, 26-28).

“Todos tenían a Juan como un verdadero profeta” (Marcos 11, 32). Antes de Cristo “entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mat. 11, 11).

¿Pero qué llevo a Juan a elegir este modo de vida? ¿Cuán importante es alejarse de todo para encontrarse con uno mismo y trascender en el mundo de la espiritualidad?

“Todos necesitamos internarnos en nuestro propio desierto para conocernos como en verdad somos”.

¿QUÉ ES LA VIDA EREMÍTICA O DE DESIERTO?

Un ermitaño o eremita es una persona que elige profesar una vida solitaria y ascética, sin contacto permanente con la sociedad. El vocablo ermita procede del latín eremīta, que a su vez deriva del griego ἐρημίτης o de ἔρημος, que significa «del desierto». En sentido laxo, el término se extendió para significar a todo aquél que vive en soledad, apartado de los vínculos sociales.

En el cristianismo, la vida eremítica tiene por finalidad alcanzar una relación con Dios que se considera más perfecta. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por valores que incluyen el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de éste, el silencio, la oración, el trabajo y, en ocasiones, la itinerancia. Se considera que el eremitismo en el cristianismo nació a fines del siglo III y principios del siglo IV particularmente tras la paz constantiniana, cuando los llamados «Padres del Desierto» abandonaron las ciudades del Imperio romano y zonas aledañas para ir a vivir en las soledades de los desiertos de Siria y Egipto, sobresaliendo el desierto de la Tebaida.

La práctica del eremitismo también se encuentra presente en la historia del hinduismo, el budismo, el sufismo y el taoísmo.

En el mundo moderno suele verificarse una variante que, si bien no puede catalogarse como eremitismo propiamente dicho, mantiene algunas de sus características. En este caso, no se verifica una «fuga geográfica» del mundo, sino un aislamiento respecto del estilo o de la forma de vida que el mundo presenta. Se trata de un «eremitismo en medio del mundo», impregnado por rasgos de soledad, oración y trabajo, que huye de cualquier tipo de publicidad.

El eremitismo en el cristianismo temprano

El eremitismo es un modo de vida nacido en Oriente, particularmente en Egipto y Siria, hacia el siglo III, pero con algunos precedentes precristianos, como el de la comunidad judía de los Terapeutas, curadores de almas, con asiento en Alejandría, que propugnaba la soledad y el aislamiento como camino para alcanzar la perfección espiritual.

Ermitaño fue el nombre dado desde el siglo III al V al cristiano que, para entregarse con toda libertad a la vida contemplativa y penitente en busca de Dios, se apartaba de los vínculos sociales usuales, para habitar en los desiertos de la Tebaida (a unos mil kilómetros del delta del Nilo) y en las comarcas vecinas. La norma de vida de aquellos eremitas era de un ascetismo llevado a sus límites: vivían en el desierto, se alojaban en albergues precarios o en cuevas, y subsistían gracias al trabajo manual. Sus ayunos eran muy prolongados y mantenían una vida espiritual durísima.

El modelo inicial de eremitismo, propio de los anacoretas orientales del siglo III, tendría más tarde imitadores -aunque con reservas- en la vida monástica occidental. Sucesivamente y por extensión, se asignó el mismo nombre a todos los que se retiraron a lugares solitarios para vivir una vida libre de las ataduras de la sociedad. Algunos fijaban su misión en el cuidado y protección de una ermita dedicada a algún santo, por lo general, en algún territorio despoblado y poco visitado. El retiro del ermitaño se consideraba parte de su vida espiritual y de su entrega cristiana.

En su evolución posterior, la Iglesia generó una tendencia hacia la transformación de aquellas primeras comunidades eremíticas en órdenes religiosas estables, que permitieran una vida ascética pero evitando prácticas extravagantes o exageradas, reglando las horas de oración, de trabajo y de estudio. Se mantenía la pobreza, pero con vestimenta y comida adecuadas. Así, se dio el nombre de ermitaños a ciertas órdenes religiosas como las de San Pablo, San Jerónimo o San Agustín.

Jesùs y sus días en el desierto.

Entra en el desierto, humilde y sosegado. Al Dios que te espera, la única cosa de valor que le has de presentar es tu entera disponibilidad. Cuanto más ligero sea tu equipaje humano, cuanto más pobre seas de lo que estima el mundo, mayor será tu oportunidad de éxito, ya que Dios gozará de mayor libertad para manejarte. Te llama a vivir a solas con El, a nada más (Dom Esteben Chevevière).

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. (Mateo 4:1)

Un claro ejemplo del “desierto” de Jesús en sus 40 días de vida eremita. Textos bíblicos manifiestan ese período de tentación y fortaleza espiritual a la que se sometió Jesús en un claro alejamiento de la vida terrenal para experimentar una vida espiritual despojada de todo aquello vano y perenne.

El desierto es implacable: expele infaliblemente a todo el que se busca a sí mismo.

Podríamos decir que aquellos grandes guías espirituales del Cristianismo fueron los precursores de la vida eremítica. No es un dato menor asociar este tipo de vida al acercamiento y conocimiento de uno mismo, como así también del acercamiento espiritual a las creencias propias.

Ejemplos de eremitismo temprano

Se dice que el primer ermitaño en el cristianismo temprano  fue Pablo, el egipcio que vivió noventa años en el desierto (desde 250 a 340 d.C.).

Entre los ejemplos más notables de eremistisno de los siglos III a VI se cuentan:

Antonio Abad, también llamado Antonio de Egipto, siglo IV, uno de los Padres del Desierto, considerado el fundador de la vida monástica.

Jerónimo de Estridón, siglo IV, Doctor de la Iglesia, considerado el padre espiritual de la orden eremítica de los Hieronimitas.

San Palemón y su discípulo San Pacomio, siglo IV, fundadores del monasterio de Tabennisi.

Macario el Viejo, siglo IV, fundador del monasterio de San Macario el Grande, presunto autor de las llamadas “Homilías espirituales”

San Onofre, ermitaño que vivió en el desierto egipcio en el siglo IV.

Sinclética de Alejandría, siglo IV, Egipto, una de las más tempranas Madres del desierto, sus máximas se suelen incluir entre los dichos de los Padres del Desierto

Gregorio I el Iluminador, siglo IV, evangelizador de Armenia y considerado su patrono

María de Egipto, siglos IV-V, Egipto y Transjordania, penitente

Simón el Estilita, siglos IV-V, Siria, “el ermitaño de la columna”

Sara del Desierto, siglo V, Egipto, una de las Madres del desierto, sus máximas se suelen incluir entre los dichos de los Padres del Desierto

Millán, también conocido como San Emiliano, siglos V-VI, actual patrono de Castilla

Benito de Nursia, siglo VI, Italia, autor de la llamada Regla de San Benito, considerado uno de los fundadores del monasticismo de occidente.

El eremitismo en los siglos XI y XII

En la Edad Media, el eremitismo consistió principalmente en la renuncia ascética a una patria, a lo que se unía la llamada peregrinatio pro Christo (la condición de itinerante por amor a Cristo).

El eremitismo, tal como se generalizó en Europa a partir de las severas reformas monásticas en los siglos XI y XII, se verificó como una alternativa a la regla vivida por los monjes en los grandes monasterios o abadías. Ya no tenía las características del practicado en la Alta Edad Media, sino que se generó en ciertas personas (aristócratas, clérigos o monjes insatisfechos) como reacción de carácter espiritual frente a la vida de opulencias. El «progreso» económico y la vida de opulencia se prodigaba particularmente en las nuevas ciudades y entre los propietarios de campos. El «eremitismo» suponía aquí un cambio o «conversión», que implicaba un salto desde la «opulencia» que se abandonaba a la «suma pobreza» que se asumía sin atenuantes, dejando las ciudades.

Es así como muchos monjes volvieron a la soledad del desierto, solos o en pequeños grupos. A los asentamientos eremíticos que se produjeron en el siglo XI corresponde la aparición de las órdenes de los cartujos y los camaldulenses, en tanto que el siglo XIII surgen los ermitaños agustinos, identificados con las órdenes mendicantes. Así se produce la unión del anacoretismo y el cenobitismo en una orden centralizada.

Además de las distintas formas de eremitismo organizado, existieron hombres y mujeres llamados «inclusos» o «reclusos» que, temporalmente o de por vida, se encerraban voluntariamente en una celda que hacían tapiar. Estas salas carentes de puertas poseían como único medio de acceso una ventana pequeña por la que entraba algo de luz. A través de esa apertura, la gente le hacía llegar alimento y bebida utilizando una polea. Solían gozar de gran prestigio por las virtudes heroicas que se les atribuía. Esta forma perdió prontamente importancia en el siglo XV hasta desaparecer por completo en el siglo XVII. Sin embargo, el eremitismo como tal continuó existiendo.

Ejemplos de eremitismo en los siglos XI y XII

Entre los ejemplos más conocidos de eremistisno de los siglos XI y XII se pueden mencionar:

San Romualdo, siglo X-XI, Italia, fundador de la Orden de la Camáldula, conocidos como camaldulenses.

Bruno de Colonia, siglo XI, Francia, fundador de la Orden de los Cartujos.

Pedro de Amiens el Ermitaño, siglo XI, Francia, uno de los conductores de la Cruzada de los Pobres.

En los siglos XIII al XV se presentaron casos paradigmáticos de eremitismo, entre los que sobresalen el de Celestino V quien, en una decisión espontánea, renunció al papado para retornar a su vida eremítica, y el de Juliana de Norwich, considerada una de las más grandes escritoras místicas de Inglaterra.

El eremitismo en tiempos contemporáneos.

Luego de la secularización que significó la ilustración alemana del siglo XVIII, surgió en la primera mitad del siglo XIX una nueva fraternidad eremítica en la diócesis de Ratisbona (en alemán, Regensburg), Alemania. Los miembros de la fraternidad vivían como terciarios de San Francisco de Asís, y se extendieron por zonas yermas de Alemania, Suiza y Austria.

En el siglo XX, el eremitismo tomó diferentes formas.

Algunos ermitaños famosos pertenecen a órdenes religiosas, aunque solicitan permiso para llevar una vida eremítica. Tales son los casos de María Boulding (monja benedictina, 1929-2009) o Thomas Merton (monje cisterciense, 1915-1968). Otros ermitaños son consagrados según el canon 603, como Scholastica Egan. Hay ermitaños que no pertenecen a ninguna orden religiosa, como la hermana Wendy Beckett (quien perteneció a las hermanas de Notre Dame de Namur), o Jan Tyranowski, figura central en la formación de Karol Wojtyla.

El beato Carlos de Foucauld (1858-1916) constituye un caso emblemático. Habiendo sido un militar de vida disipada y un explorador de Marruecos, se convirtió al catolicismo y vivió como monje trapense, primero en Francia y luego en Siria. Más tarde abandonó la Trapa para llevar una vida eremítica aún más exigente en el Sahara argelino, aunque su espiritualidad incluyó numerosos rasgos de servicio hacia los más abandonados. Su figura, simbolizada en la célebre «Oración de abandono» constituye una renovación del eremitismo y de la llamada «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX.

El eremitismo en otras religiones y culturas

La práctica del eremitismo está presente además en la historia del hinduismo, el budismo y el sufismo. El taoísmo también cuenta en su haber con figuras ascéticas y eremíticas, aunque raramente el eremitismo fue una forma de vida permanente para los taoístas practicantes. Desde un punto de vista religioso, la vida solitaria se torna así en una forma de ascetismo, en donde el ermitaño renuncia a las preocupaciones y placeres mundanos. En la vida eremítica asceta, el ermitaño busca la soledad para la meditación, la contemplación y la oración sin las distracciones de contacto con la sociedad humana, el sexo, o la necesidad de mantener otros estándares socialmente aceptables (por ejemplo, de alimentación o vestimenta).

En China, la vida ascético-eremítica típica de la espiritualidad del budismo y del cristianismo pre-protestante no formó parte de la cultura antes de la introducción del budismo, y hasta la actualidad se la ve con cierto recelo desde el punto de vista de los valores normativos de China. Por otro lado, existe un inusual eremitismo no ascético, que tiene en China una historia que precede al budismo. Para una élite, el equivalente de la vida eremítica en China en la actualidad consiste en negarse a ocupar cargos gubernamentales o en ser forzado a retirarse. Este fue un estilo de vida entendido como religioso —a menudo relacionado con la experiencia extática religiosa—, así como el mantenimiento de los más altos valores éticos. El ascetismo no estaba implicado sino que, de hecho, podría tratarse de un estilo de vida dedicado a búsquedas estéticas.

Es la tierra de la gran soledad, y el hombre, por instinto, teme el cara a cara consigo mismo. El Eremita es un separado efectivo. La esencia del desierto es la ausencia del hombre; el desierto puro no tolera ni la vida. El mar de arena, al igual que la cima helada de los montes, es la naturaleza virgen, tal como salió de las manos del Creador, sobre la cual parece posarse aún el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas al comienzo del mundo (Génesis 1,2). Las almas ricas sienten el hechizo de esa virginidad del paisaje. El desierto es puro y purifica; donde no está el hombre, tampoco está el pecado ni el ruido de los negocios terrenales. La soledad te resultará buena, pero su austeridad te dará en rostro. Dios mismo define el desierto: “tierra de arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa, tierra por donde no transita nadie y donde nadie fija su morada” (Jeremías 2,6).

Fuentes: El Eremitorio Espiritualidad del desierto (Dom Esteben Chevevière).  www.ecured.cu. San Juan El Bautista y la vida eremítica (P. Steven Scherrer).

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Reliquias coptas – El Evangelio perdido de San Marcos

1 Cirilo se arrastró con dificultad hasta la embocadura del pasadizo que debía conducirle a la iglesia de San Sergio. Húmedo y maloliente, el corredor arrancaba a la vuelta de un escueto tramo de escaleras que el monje descendió con toda precaución.

A su lado estaba Takla, otro hermano copto bautizado así para honrar al patrón de Etiopía. Desde hacía semanas nunca viajaba sin él, ni siquiera cuando decidía darse un garbeo por el bazar musulmán en busca de regalos con los que obsequiar a sus feligreses más necesitados.

Takla, que aún no había cumplido los veinticinco, llevaba aquel día atado a la espalda un enorme fardo que afeaba su silueta. Así, en la penumbra, cualquiera de los supersticiosos habitantes de Masr el-Qadima le hubiera confundido con un secuaz del Maligno.

—Debemos apurarnos, hermano Cirilo —bisbiseó el fraile con el aliento entrecortado por el esfuerzo—.

El Patriarca desea veros antes del atardecer. Y si me permitís decirlo, su secretario parecía especialmente ansioso ante esta cita.

—¿Ansioso? —bufó el anciano—. ¿Ansioso por qué?

—Por veros llegar puntual y rendir cuentas lo antes posible al Santo Padre…

El tono de Takla destilaba una mal disimulada impaciencia.

—¡Ya, ya! —protestó mientras vigilaba dónde colocaba sus pies—. ¡Qué sabrá el buen pastor de los problemas de su rebaño!

Si los franceses no tuvieran la ciudad sembrada de controles, ya haría un buen rato que estaríamos en Abu Sarga con él.

El joven copto ocultó su sonrisa bajando el rostro. Todo el mundo en los conventos cercanos al antiguo corazón de El Cairo sabía que a Cirilo nadie podía meterle prisa. Era lento para todo, pero también extraordinariamente minucioso. Maestro indiscutible en el arte de pintar iconos, de restaurar frescos, e incluso de clasificar las innumerables antigüedades que ahogaban el país, al buen Cirilo, de cuna italiana, impetuoso, le hervía la sangre cada vez que alguien trataba de inmiscuirse en su peculiar ritmo de vida.

—Hay que comprenderlos, padre —Takla trató de excusar a los franceses sin demasiado convencimiento—. Parece que temen una nueva ofensiva de los ingleses, o de los turcos, que para el caso son lo mismo. Su derrota en Abukir no les debió sentar nada bien, y a estas alturas deben estar rearmándose…

Cirilo no replicó.

—…Ayer, mientras perseguían a dos espías en la Ciudadela, destrozaron el mercado de telas; están muy nerviosos. En El Cairo no se habla de otra cosa.

—Espías, ¡bah!

Los dos apretaron el paso. La monótona llamada a la oración de los muecines desde lo alto de los mil minaretes de la urbe les animó a forzar la marcha. Takla, agarrotado bajo el peso de su carga, le brindó un brazo para que el venerable no resbalara. Sus órdenes eran precisas: debía escoltar y proteger con su vida si fuera preciso a aquel anciano. A fin de cuentas, Cirilo de Bolonia era el único hombre en toda la diócesis capaz de resolver el acertijo que desasosegaba desde hacía meses a los gerifaltes del accidentado mandato del santo padre Marcos VIII, y había que blindarle.

El novicio conocía bien esa peculiar historia. Él mismo había sido testigo del rescate de las dos vasijas de barro selladas con betún que aparecieron semienterradas exactamente enfrente de la mezquita de Nebi Daniel.

Todo ocurrió en Alejandría. Fue una mañana del verano anterior cuando Abdul Harish, el cariacontecido guardián del templo, le había llamado horrorizado para que retirara «aquellas cosas cristianas» de delante de su puerta. Se lo exigió con asco, como si el terremoto de la noche precedente hubiera removido un estiércol profundo y apestoso, propio de los coptos. Es más: su certeza de que «las cosas» no podían ser sino recipientes con las cenizas de algún antiguo cristiano —un pez dibujado al carbón lo delataba—, hizo que el escrupuloso Harish se desentendiera rápidamente del descubrimiento. «Yo no toco las cenizas de un copto ni muerto», juró.

Al obispo de Alejandría, sin embargo, le brillaron los ojos nada más enterarse. ¿Y si, por ventura, aquellos cántaros guardaban las reliquias de un mártir? El obispo se relamió imaginando que pudieran ser las del propio san Marcos, que se sabe predicó y edificó la primera iglesia de Egipto, no muy lejos de Nebi Daniel. ¿Y por qué no? Su desbocada fe, y con ella la de los secretarios y padres más cercanos, se disparó: ¿completarían por fin el cuerpo del gran evangelista, del que conservaban sólo el cráneo?

Tanto entusiasmo duró poco. Aunque los coptos prohíben expresamente la veneración de los santos, de haberse hallado un fragmento del cuerpo de Marcos semejante norma hubiera pasado a un segundo plano. El evangelista no fue un santo común, ¡san Marcos había traído la fe verdadera a Egipto!

Takla recordaba con claridad la decepción que se vivió poco después: al quitarles sus precintos, las cerámicas no entregaron hueso alguno; sólo algunos manojos de papiros sucios y desordenados. En un principio nadie les prestó atención. Parecían escritos en copto bohairico, pero ninguno de los sacerdotes que los examinaron fue capaz de entender una sola línea.

El galimatías era demasiado complejo para unos monjes ansiosos de huesos y milagros. No en vano la lengua de los primeros coptos derivaba directamente de la que empleaban los antiguos egipcios. Los más sabios sostenían que hacia el siglo VII a.C. los jeroglíficos mutaron en una clase de escritura más sencilla llamada hierática, y de ésta a otra todavía más simplificada que bautizaron como demótica.

Del demótico al copto el salto fue fácil: bastó con escribir en caracteres griegos la lengua de los antiguos dioses del Nilo. Sin embargo, el texto rescatado en Alejandría tampoco parecía copto, sino griego. La única frase comprensible de todo el legajo estaba escrita en ese idioma. Encabezaba el más voluminoso de los escritos, y su lectura reavivó las esperanzas del obispo en un prodigio en toda regla. Decía así: De los últimos días del Señor en la Tierra. En un principio, hasta él dudó.

Pensó en una broma urdida por Abdul Harish y su exaltado grupo de adeptos, pero descartó la hipótesis de inmediato. Esperar la llegada de un temblor de tierra para poner en circulación aquellos recipientes era demasiado refinado para los bárbaros de Nebi Daniel. Además, estaba seguro de que ninguno de los responsables de la mezquita sabría redactar una frase en griego sin cometer un par de errores gramaticales importantes. ¿Y entonces? Hasta el obispo, que nunca había tenido fama de listo, sabía que sólo quedaba una alternativa razonable: que aquellas vasijas pertenecieran, en efecto, a alguna antigua comunidad cristiana alejandrina que hubiese escondido en ellas sus textos sagrados.

La historia de la ciudad había atravesado períodos suficientemente aciagos como para justificar una maniobra así. La pobre imaginación del Patriarca se disparó. Casi podía ver las caras de los primitivos cristianos sellando herméticamente sus papiros más valiosos. Rondarían diez, a lo sumo doce familias. Todas ellas con dos o tres hijos y seguramente a sueldo de algún patricio romano poco escrupuloso con la fe de sus sirvientes. Incluso era capaz de imaginar el revuelo que la inminente visita de una patrulla romana dispuesta a sofocarles debió causar en la comunidad. Con toda probabilidad alguno de sus vecinos les había traicionado a cambio de unas pocas monedas de plata, como Judas al Señor. Por suerte, uno de los ancianos del clan, inspirado por el Altísimo, dio la orden de enterrar los papiros que les delatarían, protegiendo así sus vidas y un tesoro que, ahora en sus manos, podría reavivar la fe de muchos indecisos.

Además, por el lugar y el modo en el que habían sido arrojados de las profundidades, el descubrimiento obedecía a un milagro. A un signo de Dios. Tal vez incluso fuera una señal más, a sumar a la de la reciente ocupación francesa de Egipto, de que el cristianismo estaba a punto de imponerse de nuevo sobre la insoportable hegemonía islámica.

No. A Takla no le extrañó en absoluto la celeridad con la que el obispo de Alejandría hizo llegar el manuscrito a Su Santidad Marcos VIII primero y, a través de éste, al padre Cirilo después. Se tomaron todas las precauciones posibles, haciendo viajar los textos por separado, envueltos en telas, disimulados en dobles fondos de barcazas y hasta aplicados al cuerpo de los últimos mensajeros que los transportaron hasta El Cairo.

Toda precaución era poca para proteger el nuevo Signo de Dios. Las prisas y el empeño puestos en saber qué contenían aquellos escritos estaban también más que justificados. Y Cirilo de Bolonia, de setenta y un años pero lúcido como si tuviera veinte, lo sabía. De hecho, con las respuestas a tanto enigma ya en sus manos, el anciano de ojos saltones y labios agrietados se sentía el más anhelado de los coptos.

Al llegar a su destino, ajeno a las cavilaciones del joven guardaespaldas, el anciano copto suspiró. La fachada, oscura, mostraba un relieve de san Jorge dando muerte al dragón copiado de alguno de los iconos orientales del interior.

Dadme fuerzas, Señor, para seguir firme a vuestro servicio —murmuró casi imperceptiblemente.
—Amén
Takla asintió.
—¿Crees, muchacho, que este es el fin de nuestras preocupaciones? ¿Que todo terminará cuando entreguemos la traducción al Santo Padre?
Las preguntas sorprendieron al novicio.
—Estoy seguro —dijo
—. Habéis cumplido bien con vuestro trabajo. Nuestro venerado Patriarca os colmará de bendiciones, y pronto regresaremos a nuestro convento.
—Que así sea.
—Entremos, pues. Como cada ocaso, el templo de San Sergio presentaba a esa hora su aspecto más solemne. Las celebraciones de todo el día habían dejado el lugar impregnado de olores y luces que evocaban santidad. No en vano habían sido citados en la primera iglesia cristiana del viejo Cairo. Su planta se alzó en el siglo IV sobre la caverna en la que la Sagrada Familia buscó refugio hacía más de dieciocho siglos, y la cueva, pulcramente cincelada, aún se utilizaba como cripta para las ceremonias más importantes.

El venerable frater, tras inhalar los vapores de incienso acumulados durante siglos, sonrió por primera vez en toda la jornada. Sus viejas rodillas temblaron de emoción. Por el modo en que lo miraba todo, se diría que casi podía escuchar las historias que susurraban los muros.

—¿No sientes nada, querido Takla? ¿No notas el suave aleteo del Espíritu Santo en tu estómago? Aquí las piedras hablan como en ninguna otra iglesia de Egipto. Cuentan cosas que no escucharás en otro lugar de este mundo… El novicio ni siquiera hizo ademán de responder.
—¡Presta atención! ¿Las oyes? ¿Escuchas cómo murmuran las piedras? —el fraile, encendido, alzó sus brazos al techo abovedado del recinto—. Hablan de la huida de Nuestro Señor a este país. Nos dicen que en su fuga de los desmanes de Herodes el Grande, José el Carpintero estableció su hogar aquí. ¿No oyes su confesión? ¡La casa de la Sagrada Familia estuvo bajo las losas que ahora pisan tus pies! ¡Descalcémonos!
—Yo no… Cirilo no le dejó replicar. —En este suelo —continuó— María amamantó al Hijo de Dios. Quienes la acompañaron en su éxodo construyeron aquí una gran alberca de aguas sagradas con las que bautizar a los conversos. El venerable anciano, tratando de disimular la honda impresión que le causaba tanta historia sagrada reunida en un espacio tan reducido, prosiguió cada vez más entusiasmado con sus explicaciones:

—¿Ves esas doce columnas que se agrupan bajo la nave?

Fray Cirilo señaló al frente. —Todas son de mármol blanco, excepto una. —¿Y por qué, padre? —preguntó Takla atónito. —Representan a los doce apóstoles. Incluso, si te fijas bien y dejas que tus ojos se acostumbren a esta luz, verás sobre ellas lo que queda de los rostros que un día las decoraron. Uno por cada seguidor de Cristo. —¿Y la última columna? —La más oscura —Cirilo dudó— fue erigida para recordar la impiedad de Judas, el traidor. Por eso es de granito. Por eso no tiene rostro… Los dos frailes avanzaron por el nártex del templo, rodeando la nave en dirección a la sacristía y la cripta. Los paneles de ébano y marfil, rematados por iconos que representaban a los apóstoles y a la Virgen, flotaban a casi dos metros por encima de sus cabezas.

La iglesia, cada vez más oscura, no revelaba signo alguno de actividad. Es más: Abraham, Isaac y Jacob, con los ojos bien abiertos, blancos, como si la protegieran de visitas incómodas, parecían vigilar sus pasos desde la capilla sur del templo. Takla, que jamás había visto en Alejandría pinturas tan bien acabadas como aquéllas, las miraba de reojo, no fueran a cobrar vida de repente. Su temor fue casi una premonición:

—Y bien, Cirilo —bramó una voz desde las afiligranadas faldas del Patriarca Abraham—, ¿has terminado ya tu trabajo? Un calambre recorrió de arriba abajo a Takla. La frase, pronunciada de manera contundente y autoritaria, retumbó por todo el synthronon. El lugar en el que el obispo y los ancianos se reúnen en las grandes ocasiones, ahora negro y frío, tembló como si fuera a desplomarse frente a ellos.

—… ¿Tanto se tarda en estudiar y copiar unos viejos manuscritos? —remató la voz. El pobre Takla estuvo a punto de caerse sobre el bulto que transportaba. Cirilo, en cambio, no pareció inmutarse lo más mínimo. Pese a emerger de la penumbra, aquel tono le resultó vagamente familiar al anciano copto: el vozarrón no podía ser sino de Marcos VIII en persona, el centésimo octavo Patriarca copto y cabeza visible de la verdadera y más antigua iglesia de Cristo en la Tierra.

La cita, en efecto, era allí con él, pero ¿qué hacía el Patriarca más poderoso de Oriente sin protocolo, despojado de la molesta nube de ayudantes que jamás se despegan de sus faldas?

—Santidad…—susurró el fraile complacido—.Al fin nos encontramos. El Pontífice debió sonreír. Dos hileras de dientes blancos brillaron como perlas de buen tamaño bajo la luz de una enorme lámpara de aceite, revelando su posición exacta bajo los frescos. Sólo entonces los monjes supieron a dónde mirar. Aunque hacía años que no se encontraban a solas, a Cirilo le costó no ver en él al travieso estudiante de latín que pegaba en la espalda de su sotana las declinaciones para que toda la clase las copiara.

¡Había cambiado tanto! Marcos ya no era el imberbe revoltoso de hacía veinte años, y, aunque su gesto conservara algo del pícaro de entonces, verle consagrado como Santo Padre le recordaba que su propia vida languidecía ya en los últimos compases. Que le quedaba poco, bien poco. —Supongo que habrás terminado tu trabajo, padre Cirilo —dijo severo, interrumpiendo sus cavilaciones—Y supongo también que estarás preparado para rendirme los resultados de inmediato.

—En efecto. Todo está listo según vuestros deseos. La oronda silueta de Marcos VIII se hinchó como la de un pavo real orgulloso de mostrar su plumaje a quien fuera su maestro más estricto.

—¿Y bien? Cubierto por un hábito negro de algodón, tocado con una capucha ribeteada con cintas y cruces de oro, el pontífice echó un vistazo descarado al bulto que Takla sostenía contra su espalda. Ni las pobladas barbas del Patriarca pudieron disfrazar su curiosidad.

—El libro que me confiasteis ha resultado ser más complejo de traducir de lo que pensé al verlo por primera vez. Marcos se encogió de hombros. Ni siquiera sabía que los papiros que le había confiado formaran un libro. —¿Más complejo? ¿Qué quieres decir?

—Como bien sabéis —atajó el anciano—, los documentos hallados en Alejandría no presentaban firma alguna. Tampoco fueron encuadernados, por lo que he tenido que organizados siguiendo un orden probable. Y por si no acumulaban ya bastantes problemas, fueron escritos por distintas manos en un griego muy adulterado. Sus líneas están llenas de expresiones extrañas que dificultan la lectura. Sin duda se trata de una koiné 2 muy contaminada.

—¿Varias manos? —Sí. Según parece, fueron tres o cuatro copistas los que trabajaron en la reproducción de un mismo libro, y algún sacerdote piadoso los reunió y ordenó con infinita paciencia. —

¿Puedo ver ya tu obra? Cirilo asintió. Ordenó a Takla que deshiciera los nudos que sujetaban el bulto que llevaba a cuestas, y éste, con una precisión exquisita, lo desplegó ante los venerables padres. El hatillo contenía cien o ciento veinticinco pliegos de hoja de palma de El Fayum cubiertos por la apretada escritura del padre Cirilo. Junto a ellos estaban también los papiros originales hallados en Nebi Daniel. Se trataba de trozos de desigual factura, algunos deshechos por el tiempo y de aspecto quebradizo. Estaban mucho más limpios que la última vez que Marcos los viera, y aunque viejos, ahora daban la impresión de poder aguantar otro par de siglos sin problemas.

—El documento… —Cirilo titubeó— es en realidad un evangelio.
—¿Un evangelio? Marcos VIII clavó su mirada en el anciano aguardando una explicación. —… O eso parece.

—Explícate mejor, maestro Cirilo.
—Soy consciente de lo que esta conclusión significa, por eso prefiero que la prudencia presida mis palabras, Santidad.
—No te andes con rodeos. Cirilo tosió antes de continuar. Sus manos, pequeñas y meticulosas, hicieron crujir el manojo de páginas que sostenía.
—Santidad: lo que se recuperó en Nebi Daniel se corresponde, casi con toda seguridad, con el evangelio perdido de nuestro amado san Marcos —respiró hondo—. Por lo que sabemos por nuestra tradición, este no puede ser sino el texto que escribió a la vez que el evangelio que conocemos. El mismo libro que el apóstol Marcos decidió mantener en secreto porque estaba seguro de que el tiempo para que fuera leído y comprendido no había llegado aún.

—¿El evangelio perdido de san Marcos? El Patriarca no dio tiempo a que los frailes respondieran a su innecesaria pregunta:
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Todos los textos están escritos en primera persona, y contienen copias de todas las epístolas que Marcos envió a Pedro, a Roma, informándole de sus progresos en Egipto. No. No tengo dudas, Santidad. Es el texto de san Marcos.

—Entonces, ¿crees que El Tiempo ha llegado?
—Definitivamente, sí.
El Santo Padre, más serio que nunca, le miró directamente a los ojos.
—¿Estás absolutamente seguro de eso?
—Completamente, Santidad. No hemos hallado los huesos del evangelista, pero Dios nos ha puesto en las manos algo mejor: su Secreto.

Por Javier Sierra


Notas:

  1. 2 de agosto de 1799 según el calendario copto. Año 1515 del Synaxarion.
  2. Una forma de griego muy extendida en todos los pueblos mediterráneos, de uso popular. No culto.

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