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Los hombres árabes también conversan en las peluquerías

En respuesta a una corriente de ideas difamatorias dirigidas contra la comunidad árabe después del 11 de septiembre, la directora canadiense Nisreen Baker filmó Things Arab Men Say, un documental íntimo y revelador que pinta una imagen muy diferente de este complejo y multifacético grupo.

En este antídoto contra las representaciones de los árabes como terroristas y extremistas, se da un encuentro en el documental con Jay, Ghassan y sus amigos, que se reúnen en la barbería Eden Barber de Jamal para discutir política, religión y familia mientras se cortan el pelo o se afeitan las barbas. A menudo divertida, a veces triste, esta película documenta los desafíos que estos hombres enfrentan en términos de integración en la vida canadiense, preservando su identidad y cultura.

Es una especie de rutina. Jay, Ghassan, Faisal y sus amigos,  mientras esperan por un corte de pelo o una afeitada con el barbero Jamal en su peluquería Eden Barber,  arman siempre una animada discusión sobre política, religión e identidad. Aunque ubicada en la ciudad de Edmonton, la barbería de Jamal podría muy bien encontrarse en Vancouver, Toronto o Montreal, y ser percibida como un microcosmos de la comunidad árabe.

A veces serio, pero con un humor muy hábil, el grupo debate los temas sin censura, ofreciendo visiones a menudo sorprendentes.

Cosas que los hombres árabes dicen

Mientras la cineasta Nisreen Baker se sentó en el área de espera de la barbería local de la ciudad de Edmonton, esperando que su esposo se cortara el pelo, se encontró escuchando las conversaciones de los hombres.

Eran ocho, de varios países. Pero tenían al menos dos cosas en común: todos eran árabes y a todos les gustaba hablar.

Escuchando a los hombres, Baker supo que tenía una gran historia para compartir.

“Quería que una mayor cantidad de canadienses echara un vistazo a lo que se dice.”

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

En entrevista con Brent Bambury, conductor del programa Day 6, del radiodifusor público CBC, Nisreen le dijo que se sorprendió por la contundente discusión que escuchó del grupo.

“Acababa de oír opiniones divertidas, sin lamentos, contundentes, muy honestas y directas”, explica. “Así que pensé, ‘aquí hay algo que vale’.”

Baker dice que la comunidad árabe es generalmente tímida, y reacia a hablar cuando una cámara está presente. Pero cuenta que puso una cámara en la tienda un sábado, y le pidió a los hombres de hablar como lo hacen normalmente.

Para el tercer sábado, ya estaban más cómodos y capaces de hablar sin mirar a la cámara. Fue entonces cuando Baker comenzó a filmar.

“Ese fue un ambiente íntimo y que quería compartir con el público en general”, dice Baker.

“Quería que vieran lo que sucede – no sólo en una peluquería- porque esas son las conversaciones que solemos tener dentro de nuestras propias casas”.

Los hombres y los estereotipos

Jamal, mientras corta el pelo participa en la conversación teniendo el documental como como telón de fondo,  un partido de hockey junior en la televisión.

Los hombres alternan entre el inglés y el árabe con facilidad mientras se sientan y hablan en un semicírculo, esperando su turno en la silla del barbero Jamal.

Ellos provienen  de Irak, Líbano, Egipto y Sudán. Ghassan es palestino y Fisal tiene raíces mestizas y libanesas.

Está claro que tienen un buen vínculo, ya que bromean y se burlan entre ellos. Pero en medio de la risa, también discuten temas serios.

Ghassan les pregunta a los hombres si les han enseñado a sus hijos a hablar árabe, y si eso es importante para ellos. Varios hombres en el grupo hablan para decir que el lenguaje es una parte de la cultura.

“Piensen en la situación de Quebec y en el idioma francés”, dice Hassan, quien es de Egipto. “Piensen en las comunidades aborígenes y en las lenguas, así que si pierdes el idioma pierdes parte de la cultura”.

También hablan de los estereotipos que persiguen a los hombres árabes, y de cómo son percibidos.

No me importa si eres cristiano o druso o lo que sea, si eres de origen árabe o de origen asiático del sur, formas parte de esa misma categoría: “somos terroristas y somos ISIS y tienen que protegerse contra nosotros “, dice Fisal. “Eso se está utilizando como un truco político para ganar votos”.

Ghassan habla sobre los estereotipos con los que ha lidiado en cada trabajo que ha tenido en Canadá.

“Cuando se acostumbran a ti y saben que eres un tipo normal o lo que sea, comienzan las bromas”, dice. “Los chistes son casi siempre sobre que soy un terrorista, que hago explotar algo.”

Baker reconoce que estos comentarios pueden ser entendidos como chistes, pero hay un significado más oscuro detrás de ellos.

“Cada broma tiene un poco de la mentalidad del bromista y de cómo él, o ella, percibe el mundo. Simplemente me digo que quizás en el fondo de su mente ellos están pensando que tal vez él es uno de los buenos, que es la excepción a la regla, mientras que la realidad es que él es la regla, esos maníacos son la excepción”.

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

El hogar está en Edmonton

Baker dice que esos estereotipos raciales, con Donald Trump y su prohibición de viajar a países musulmanes, son ahora el tema de discusión en la barbería.

“Muchos de nosotros tenemos familia en Estados Unidos y nuestras familias nos llaman aterrorizadas”, dice en el programa Day 6.

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

Baker recuerda el tiempo en que su cuñada en los Estados Unidos descubrió a su joven hija, de seis años, empacando todos sus juguetes en una bolsa de mano. Cuando su madre le preguntó qué estaba haciendo, la chica dijo que se mudaba a Canadá para vivir con su tío.

Una de las amigas afroamericanas de la niña le había dicho que el presidente los iba a perseguir. Baker no sabía cómo consolar a su cuñada.

“La decisión de emigrar es una de las decisiones más difíciles y valientes que cualquiera puede tomar”.

Ella dice que dejan todo atrás, incluyendo la familia, viajando a lo desconocido.

Pero, señala Baker, ella ahora siente que Edmonton definitivamente es su casa.

“Ahora cuando voy al viejo país a veces pienso: ‘¡Extraño a casa!’”

Things Arab Men Say se estrenó  en Toronto el jueves, 15 de junio en Jackman Hall en la Galería de Arte de Ontario.

Por Leonora Chapman
Con información de Radio Canada International

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Árabes en Canadá: 130 años de historia

La historia de los arabos canadienses no es nueva como muchos lo creen,  más bien parece haber comenzado en 1882 con la llegada del primer inmigrante de origen árabe, Ibrahim Abu Nader, libanés de la ciudad de  Zahle quien, en 1882, formaba parte del Moutassarrifiyat del Monte Líbano, territorio autónomo en el seno del Imperio Otomano.

Sin embargo, después de más de 130 años de inmigración, la historia de los arabos canadienses sigue poco documentada.

Pero, de donde provienen los canadienses de origen árabe? Sus diferentes comunidades, su contribución al mosaico canadiense, dónde y cómo viven, cuáles son sus religiones, las personalidades que se destacan y las organizaciones y los medios de comunicación que los representan? También, cómo los arabo canadienses  reaccionan frente a eventos políticos, como el debate sobre la Carta de la laicidad, la primavera árabe o el terrorismo.

Un análisis del Instituto Canadiense Árabe  producido en 2014 sostiene que habría un poco más de 750 mil canadienses de origen árabe!

Estadísticas oficiales canadienses fijaron en 2011 este número en un poco más de 550.000.

Lo seguro, después de más de 130 años de inmigración árabe en Canadá,  es que el conocimiento sobre los canadienses árabes sigue siendo prácticamente desconocido.

Al inicio, la historia de los inmigrantes de origen árabe en Canadá se parecía de muchas maneras a la de los que inmigraban a Estados Unidos. Generalmente escapaban de la pobreza o huían de regímenes déspotas o corruptos.

Henri Habid, profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad Concordia, de Montreal, destaca entre otros, que, aunque inicialmente la inmigración árabe fue masivamente cristiana,  los problemas políticos actuales en Siria y la caída de Irak en 2003 permitieron la llegada masiva de musulmanes. Y que “hoy existe una migración mixta musulmana-cristiana pero no podría decir cuál es la más grande”.

Por otro lado,  el profesor de sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, Rachad Antonius, en su libro Las comunidades árabes en Canadá y Quebec distingue  cuatro olas de inmigración provenientes de los países árabes. La primera data de finales del siglo XIX e inicios del XX,  la segunda va desde los años 1950 hasta más o menos 1975, la tercera se extiende de 1975 a 1992, y la cuarta de 1992 hasta el momento actual.

Ellas se distinguen entre sí por los países de procedencia de la mayoría de estos inmigrantes así como por sus características sociodemográficas.  Estos períodos sirven como punto de  referencia, sobre todo para las dos últimas olas según Rachad Antonius.

Los primeros inmigrantes árabes – 1882

Los primeros inmigrantes originarios de los países árabes llegaron a Canadá, más concretamente a Montreal, en 1882. Eran de la Gran Siria, una región que correspondía a los territorios actuales de Siria, Líbano, Jordania y  Palestina.

Se estima que había unos 2.000 inmigrantes sirios en Canadá en 1901, y casi 7.000 en 1911. Pero esta inmigración árabe se detuvo en el medio de las dos guerras y solo el crecimiento natural fue responsable del aumento de la comunidad.

Compuesta  principalmente por cristianos, la primera generación de este grupo fue económicamente activa en la explotación de los pequeños comercios.

La segunda ola de árabes desde 1950

La segunda ola comenzó en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y continuó hasta 1975.

Esta segunda oleada de inmigrantes árabes vino sobre todo de Egipto (37%) y Líbano (33,6%) pero también de Marruecos (14,9 %), de Siria (7,6 %) y de otros países árabes (6,6 %). Conjuntamente, estos grupos árabes suman, en 1971, 28 550 personas en total, según las cifras oficiales que se compilaron siguiendo el criterio de la lengua materna y no el del país de origen.

En 1971, Canadá tenía entre 50 000 a 60 000 personas de origen árabe, y de 70 000 a 80 000 en 1975.

Si bien los inmigrantes de origen egipcio conforman el mayor contingente de esta ola, y que muchos se han asentado en Montreal, cabe señalar que una mayoría de esos egipcios eran cristianos de origen sirio-libanés, proveniente de un grupo que inmigró a Egipto a finales del siglo XIX.

Varios otros grupos originarios de Egipto constituyen esta segunda ola de migración: los coptos (cristianos nativos egipcios) y los musulmanes.

En cuanto a los inmigrantes en esta segunda ola provenientes de Líbano, en su mayoría  eran cristianos, pero también figuraban muchos sunitas, drusos y chiíes.

La tercera ola desde 1975

A partir de 1975 el perfil sociodemográfico de los recién llegados se diversificó en varios aspectos. Ellos no tuvieron el conocimiento de las lenguas inglesa ni francesa contrariamente a los grupos egipcios y libaneses llegados en las décadas de 1960 y 1970.

Éstos solían ser trilingües (árabe-francés-inglés) o, por lo menos, bilingües (árabe y francés o árabe e inglés). Muchos libaneses que deseaban huir de la guerra de las milicias de Líbano, que duró unos quince años, pudieron instalarse en Canadá gracias a la flexibilización de los procedimientos de inmigración, especialmente del llamado Programa Libanés.

También empezaron a emigrar a Quebec personas y grupos procedentes del sur de Líbano, mayoritariamente musulmanes o chiíes. Pero los países de origen ya no son sólo Egipto y Líbano, sino que a partir de este momento se añaden otros países del Levante como Iraq, Jordania, Siria, Palestina, así como países petroleros de la Península Arábiga, como Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. También aumenta el porcentaje de inmigrantes procedentes de Túnez y de Marruecos.

La mayoría de estos inmigrantes son musulmanes, francófonos o más bien  bilingües (árabe / francés), en contraposición a la anterior oleada de inmigrantes con una alta proporción de habla de lengua inglesa.

Estos nuevos inmigrantes árabes, incluyendo a los argelinos huyen de la violencia y ponen la religión en el centro de su identidad colectiva.

La cuarta ola

Entre 1997 y 2006, más de 53.000 argelinos y marroquíes llegaron a Canadá.

Con el 24% del total de la inmigración árabe en Canadá entre 1960 y 2011, Líbano es de lejos el mayor contribuyente de inmigrantes árabes, seguido de Egipto (lejos detrás) en 14%, Marruecos 13%, Argelia  11%, e Irak con un 11%. Entre ellos, estos países representan casi tres cuartas partes de la inmigración árabe a Canadá en este período que se extiende aproximadamente en unos 52 años.

Los canadienses árabes, minoría visible

Baha Abu-Laban y Sharon Mcirvin Abu-Laban,  profesores eméritos de sociología en la Universidad de Alberta, dicen en sus escritos, que las categorías raciales son construcciones sociales cambiantes, tal y como prueba la experiencia de las personas de ascendencia árabe en Norteamérica. Y destacan que los primeros inmigrantes árabes, tanto en Estados Unidos como en Canadá, combatieron las leyes de inmigración racistas reivindicando su «blancura» racial.

A diferencia de lo que sucedía en EE.UU, los primeros inmigrantes árabes de Canadá lucharon por la aceptación arguyendo que la legislación existente contra la inmigración iba dirigida a las personas procedentes del Este asiático y que ellos eran caucásicos. Después de la Conferencia de San Remo de 1920, llegaron a sostener que eran europeos, ya que sus países natales estaban en ese momento bajo protectorado francés o británico. Los inmigrantes árabes acabaron consiguiendo convencer a los legisladores de ambos países de su etnicidad «blanca», pero, en la actualidad, la clasificación de los arabos estadounidenses como blancos es puramente oficial.

En Canadá, las personas de origen árabe son consideradas «minorías visibles», es decir, pertenecen a un grupo clasificado como no caucásico y/o «de color no blanco» dentro de la Ley de Igualdad en el Empleo de 1986, que fomenta las prácticas de empleo propositivas para atenuar la gravedad de la exclusión histórica en el mercado de trabajo. La construcción «minoría visible» constituye un término creado por el gobierno canadiense, utilizado de manera habitual por los medios de comunicación y que engloba a todo un abanico de personas que incluye chinos, sud asiáticos, negros y latinoamericanos, entre otros.

Los canadienses de origen árabe definen ellos mismos su pertenencia o no a una minoría visible en los formularios de los censos.

En 2006, uno de cada seis canadienses entraba en la clasificación de minoría visible.

Con información de Radio Canada International

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¿Quién quiere adoptar un sirio?

Mouhamad y Wissam Ahmed con su hija recién nacida, Julia, y Liz Stark, quien ayudó a Wissam durante su embarazo ©Damon Winter The NYT
Mouhamad y Wissam Ahmed con su hija recién nacida, Julia, y Liz Stark, quien ayudó a Wissam durante su embarazo ©Damon Winter The NYT

Un día helado de febrero, Kerry McLorg fue a un hotel del aeropuerto local a recoger a una familia de refugiados sirios. Era precavida por naturaleza (tenía un trabajo en el que revisaba datos de seguros) pero nunca había hablado con quiénes estaban a punto de mudarse a su sótano.

“No sé si saben que existimos”, comentó.

En el hotel sonó el teléfono de la habitación de Abdullah Mohammad, y un intérprete le dijo que bajara. Las únicas pertenencias de sus hijos estaban en maletas de plástico rosa y los documentos de la familia iban en una bolsa blanca de papel impresa con una bandera canadiense. Habían llegado las personas que lo apadrinaban, le dijeron. No tenía idea de qué significaba eso.

En todo Canadá, ciudadanos comunes y corrientes están interviniendo en uno de los problemas más apremiantes del mundo, consternados con los reportajes de las noticias sobre niños que se ahogan y la exclusión de inmigrantes desesperados. Su país les permite tener un poder y una responsabilidad extraños: pueden juntarse en grupos pequeños y reubicar personalmente —en esencia, adoptar— a una familia de refugiados. Solo en Toronto, mamás que recogen a sus hijos del hockey, amigos que pasean juntos a sus perros, miembros de clubes de lectura, amigos del póker y abogados han formado círculos para aceptar familias sirias. El gobierno canadiense dice que la cifra oficial de apadrinamientos ronda los miles, pero los grupos tienen muchos más miembros.

Cuando McLorg entró en el vestíbulo del hotel para conocer a Mohammad y su esposa, Eman, llevaba una carta para explicarles cómo funcionaba el apadrinamiento: durante un año, McLorg y su grupo les proporcionarían apoyo económico y práctico, desde subsidiar la comida y la renta hasta proveer ropa, ayudarles a aprender inglés y encontrar trabajo. Ella y sus compañeros ya habían reunido más de 40.000 dólares canadienses (cerca de 30.700 dólares estadounidenses), elegido un apartamento, hablado con la escuela local y encontrado una mezquita cercana.

McLorg, madre de dos adolescentes, se abrió paso por el vestíbulo lleno de gente, una especie de purgatorio para los sirios que recién habían llegado. Otra integrante del grupo sostenía un letrero de bienvenida que había escrito en árabe, pero después se dio cuenta de que no sabía si las palabras estaban bocarriba o bocabajo. Cuando aparecieron los Mohammad, McLorg les pidió permiso para darles la mano y recibió a la gente que tenía enfrente; ya no eran nombres en una forma. Abdullah Mohammad se veía mayor de sus 35 años. No había manera de saber cómo era su esposa, ya que llevaba una niqab que oscurecía todo su rostro menos una ranura angosta para los ojos. Sus cuatro hijos, todos menores de 10 años, llevaban puestas parcas donadas que aún tenían las etiquetas puestas.

Para la familia Mohammad, quienes llevaban menos de 48 horas en Canadá, las señales eran aún más difíciles de leer. En Siria, Abdullah había trabajado en las tiendas de su familia y Eman había sido enfermera, pero, después de tres años de apenas sobrevivir en Jordania, ya no estaban acostumbrados a sentirse queridos o bienvenidos. “¿Entonces dejaremos el hotel?”, preguntó Abdullah. Se preguntaba: “¿Qué querrán estas personas a cambio?”.

En muchas partes del mundo se está reaccionando con vacilación y hostilidad ante la crisis de refugiados: se trata de 21 millones de personas que han sido desplazadas de sus países, cerca de 5 millones de los cuales son sirios. Grecia envió de regreso a Turquía a inmigrantes desesperados; Dinamarca confiscó sus objetos de valor; incluso Alemania, que ha aceptado a más de medio millón de refugiados, está teniendo dificultades con la resistencia hacia ellos, que va en aumento. La ansiedad más extendida sobre la inmigración y las fronteras ayudó a motivar a los británicos a que tomaran el paso extraordinario de votar para dejar la Unión Europa la semana pasada.

En Estados Unidos, incluso antes de que la masacre de Orlando generara nuevos temores hacia el terrorismo “solitario”, la mayoría de los gobernadores estadounidenses dijeron que querían bloquear a los refugiados sirios porque algunos podían ser peligrosos. Donald Trump, el candidato presidencial republicano, ha llamado a prohibir de manera temporal la entrada de todos los musulmanes al país y recientemente advirtió que los refugiados sirios provocarían “grandes problemas en el futuro”. El gobierno del presidente Obama prometió aceptar 10.000 sirios para el 30 de septiembre, pero hasta ahora solo ha admitido a cerca de la mitad.

Sin embargo, tan solo al otro lado de la frontera, el gobierno canadiense apenas puede con la demanda para aceptarlos. Muchos voluntarios sintieron que debían actuar al ver la fotografía que tomó Alan Kurdi del niño sirio que arrastró la marea a una playa de Turquía el otoño pasado. A pesar de que su relación con Canadá era mínima —una tía vivía cerca de Vancouver—, su muerte causó una recriminación tan fuerte que ayudó a elegir a Justin Trudeau, un primer ministro idealista que acepta refugiados.

Hay personas impacientes por apadrinar que han estado buscando más familias. El nuevo gobierno se comprometió a aceptar 25.000 refugiados sirios y después aumentaron decenas de miles más.

“No puedo dar refugiados tan rápido a todos los canadienses que quieren apadrinarlos”, dijo en una entrevista John McCallum, ministro de inmigración del país.

Los defensores de los apadrinamientos creen que los particulares pueden lograr más que el gobierno: aumentar el número de refugiados admitidos, guiar a los recién llegados de manera más efectiva y resolver potencialmente el acertijo de cómo reubicar musulmanes en países occidentales. El temor es que todo este esfuerzo pueda terminar mal, y que los canadienses se vayan a ver ingenuos en más de una manera.

Se debe revisar a los sirios, y muchos apadrinadores y refugiados se ofenden ante la noción de que pudieran ser peligrosos; argumentan que ellos suelen ser víctimas del terrorismo. Sin embargo, los funcionarios estadounidenses señalan que es muy difícil rastrear actividad terrorista en la guerra caótica que vive Siria. Varios miembros del Estado Islámico involucrados en los ataques de 2015 en París llegaron a las costas de Europa desde Siria aparentando ser refugiados.

Algunos de los refugiados en Canadá tienen antecedentes de ser de clase media y alta. Pero muchos más tienen un camino cuesta arriba para integrarse: no tienen dinero, sus posibilidades de empleo son inciertas y encuentran enormes diferencias culturales. Algunos nunca habían sabido de Canadá hasta poco antes de llegar aquí.

Además, los voluntarios no pueden anticipar con certeza a qué se puedan enfrentar: expectativas acerca de si las mujeres sirias deberían trabajar, tensiones sobre cómo gastar el dinero, familias que aún sean dependientes después de terminar el año, discrepancias con los grupos de apadrinamiento.

Con todo, para mediados de abril, solo ocho semanas después del primer encuentro con McLorg, los Mohammad tenían un apartamento en el centro con una buena cocina, bicicletas para que los niños anduvieran por el patio y una bandera canadiense en la ventana.

Abdullah Mohammad buscó las palabras correctas para describir lo que el apadrinamiento había sido para él: “Es como haber estado en llamas y ahora estar a salvo en el agua”, dijo.

Aún había choques culturales. Cuando Abdullah Mohammad llevó a sus hijos a una piscina comunitaria, se encontró con una mujer en un bikini de tiras. “Me alejé”, dijo después. “Nunca había visto algo así en mi vida”.

A mediados de mayo, al final de la junta de rutina de los apadrinadores y los Mohammad, McLorg compartió una noticia: tenía cáncer de mama. Ahora que sería operada, ella era la vulnerable y los sirios eran los que iban a estar pendiente de ella.

Le llevaron flores y chocolates; los otros apadrinadores, con la experiencia adquirida en la logística de la solidaridad, ofrecieron llevarle comida y otro tipo de apoyos. “No tenía la intención de hacer mi propio grupo de ayuda, pero ahora tengo uno”, dijo McLorg.

Bayan y Batoul, los dos hijos mayores de Mohammad, hicieron tarjetas para desearle que se mejorara y usaron las mismas acuarelas que habían usado los apadrinadores para hacer los carteles de bienvenida ese primer día en el hotel del aeropuerto. La mañana siguiente a la operación, cuando McLorg pudo bajar a su sala de estar, lo primero que vio fueron las tarjetas.

Por  Jodi Kantor y Catrin Einhorn
Con información de The New York Times

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