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En busca de la tumba de Alejandro Magno

Hallaron en Alejandría, Egipto, un sarcófago negro de 2.000 años de antigüedad que podría ser de uno de los hombres más poderosos de la historia de la humanidad, Alejandro Magno.

En el ataúd, de casi tres metros de largo, encontraron una momia que data de la época ptolemaica, período que se extiende desde el año 305 hasta el 30 a.C. Los investigadores quedaron sorprendidos por el estado de conservación, se pudo observar únicamente un ligero deterioro en los huesos y el cráneo.

El organismo que se encuentra trabajando en la tarea de identificar el cuerpo es el Consejo Supremo de Antigüedades.

El hallazgo tuvo lugar cuando se limpiaba la zona para la construcción de un nuevo edificio.

Expertos indicaron que podría tratarse del sitio de entierro de Alejandro Magno, rey del antiguo reino griego de Macedonia, quien vivió entre los años 356 y 323 a.C y el lugar del sepulcro fue un misterio.

El hallazgo ha generado especulación sobre la posibilidad de que sea la tumba perdida de Alejandro Magno, el rey de Macedonia que conquistó gran parte del mundo antiguo.

“Si se trata de la tumba de Alejandro Magno, sería uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de todos los tiempos”.

“Esperamos que esta tumba pertenezca a uno de los grandes dignatarios de su período” compartió el Dr. Ashmawy.

Con información de La Voz


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Abdalónimo, El Rey Jardinero

Batalla de Issos

Se llamaba Abdalónimo y fue el mejor rey que recuerde memoria humana. De Sidón el ejército avanzó aún hacia el sur en dirección a Tiro, donde existía un grandioso templo de Melkart, el Hércules de los fenicios. (Aléxadros II, Las arenas de Amón).

La batalla de Issos

En la Batalla de Issos, (año 333 a.C), Alejandro Magno con un ejército de unos 40.000 soldados en total, derrotó al ejército persa de Darío III compuesto por unos 100/120.000 soldados en total. Darío III cuando vio perdida la batalla, abandonó su carro de combate y sus pertrechos y huyó del campo de batalla a lomos de su caballo. Ésta no fue la derrota definitiva de Darío III, ésta se produjo en la Batalla de Gaugamela, (1 de Octubre del 331 a.C), la más importante y famosa de las que peleó Alejandro Magno, donde con un ejército de entre 47/50.000 soldados venció a Darío III con un ejército de más de 200.000 soldados.

Alejandro Magno en Sidón

Sidón es una ciudad de la costa de Líbano, país que en la Antigüedad recibía el nombre de Fenicia. Junto a Tiro y Biblos constituía un trío de pujantes urbes enriquecidas por el comercio hasta el punto de que fundaron numerosas colonias por todo el Mediterráneo. Obviamente, la prosperidad fenicia atrajo depredadores y primero asirios y luego persas se hicieron con su dominio en los siglos VII y VI a.C. respectivamente, hasta que en la centuria siguiente llegaron los macedonios.

Después de la Batalla de Issos, Alejandro entra en Sidón, encarga a su general y amigo Hefestión que busque entre los nobles de la ciudad a una persona recta a la que confiar el trono de Sidón. Al cabo de una semana Hefestión había indagado y hablado con muchas personas pero ninguna le satisfacía. Después de reunirse con Alejandro y explicarle todo lo investigado por él entre los nobles, llegan a la conclusión de que hay que buscar a una persona que sobretodo sea recta, trabajadora y leal, no hace falta que sea noble.

Abdalónimo, el Jardinero de Sidón

A los pocos días, Hefestión paseaba por la ciudad acompañado por traductores y por su guardia personal, vio una mansión rodeada de una alta valla, por encima de la cual asomaban todo tipo de árboles frutales, aquel arbolado verde y frondoso en medio de un territorio árido como era aquel le llamó poderosamente la atención.

Se acercó a la puerta y entró, era un sitio maravilloso, con todo tipo de flores, plantas, árboles de toda especie, la mansión presentaba externamente un aspecto inmejorable, había un sólo hombre, se les acercó, Hefestión por medio de su traductor le preguntó: ¿Dónde está el dueño?. Quiero hablar con él. El hombre le contestó que su señor había partido hacía más de dos años a la guerra contra los persas, no sabía nada de él desde su partida, no sabía si iba a volver ni cuándo, sin embargo, sin recibir dinero alguno, seguía custodiando y cultivando su jardín para que lo encontrase impecable cuando volviese.

Él era el jardinero, se llamaba Abdalónimo. Hefestión sonrió, sabía que su búsqueda había terminado.

Reunido esa misma tarde con Alejandro, llegaron a la conclusión de que ese jardinero, que con tanta honestidad y fidelidad había cumplido con su deber, sabría dirigir la ciudad del mismo modo como había cuidado el jardín.

Al día siguiente Alejandro Magno, en una gran ceremonia, proclamó a Abdalónimo, Rey de Sidón. Al principio hubo sus suspicacias entre los nobles de Sidón pero pronto se mostró como un gran rey, fue querido por todo su pueblo, quizás ha sido el mejor rey de Sidón, pasó a la historia como Abdalónimo el Rey Jardinero, y fue fiel a Alejandro hasta su muerte.


El sarcófago de abdalónimo

Se encontró en una cámara sepulcral de la Necrópolis Real de Sidón en 1887. Está hecho de mármol del Pentélico, (un monte cercano a Atenas), presentando similitudes técnicas con el estilo de Lisipo y temáticas con el célebre mosaico de Nápoles sobre la Batalla de Issos, lo que lleva a deducir que ambas piezas se inspiraron iconográficamente en una fuente común, una pintura de Filoxeno de Eretria encargada por Casandro, general macedonio.

Se atribuyó el sarcófago a Alejandro Magno por los relieves policromados de su decoración, especialmente el frontal, que mide más de tres metros de longitud. Después se rectificó, identificando al personaje central con Abdalónimo, al que se ve a caballo y ataviado a la moda persa blandiendo una lanza contra un león que ataca a su montura, flanqueándole otros dos que, se cree, son Alejandro y Hefestión. En los lados cortos de la obra también se representa a Abdalónimo, en uno cazando otra vez y en otro combatiendo, (seguramente en la Batalla de Gaza, que tuvo lugar durante la Tercera Guerra de los Diádocos, en el año 312 a.C.).

Museo Arqueológico de Estambul

Dentro del museo la Necrópolis de Sidón, el Sarcófago de Alejandro, el Sarcófago de las Aflijidas y las fascinantes galerías de estatuas.

El sarcófago de Alejandro es el punto estrella de todo el Museo Arqueológico. Situado en la sala número 3, su belleza impresiona incluso desde lejos. Es una pieza clásica que representa al general Alejandro y a su ejército luchando contra los persas en unos altorrelieves fascinantes. Su talla se hizo en mármol y es del siglo IV a.C. con un estado de conservación perfecto.

A pesar de su nombre, este sarcófago no fue esculpido para Alejandro Se hizo para el rey Abdalónimo de Sidón

Como escena principal en los relieves vemos a Alejandro a caballo, llevando una cabeza de león como tocado -símbolo de Hércules-. En el otro lado del sarcófago vemos una violenta y fascinante caza de un león. Lo que más sorprende es que el sarcófago aún conserva algunos trazos de su pintura original.

Con información de La historia jamás contada

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Alejandría, el sueño del gran Alejandro Magno

Al inicio de su  campaña en pos de la conquista del mundo, Alejandro III, hijo de Filipo II de Macedonia y luego  conocido como Alejandro Magno, había conquistado el primer gran poderío persa, cuando expulsó a las fuerzas de Darío III de Egipto. Alejandro dejaría a Ptolomeo Sores, uno de sus generales, a cargo de Egipto y seguiría su marcha hacia oriente. El proyecto de Alejandro, discípulo de Aristóteles, era fundir el mundo en uno.  En la cosmopolita Alejandría. El ideal se concretó, particularmente en el primer centro de conocimiento de la humanidad establecido con la pretensión de abarcarlo todo, la Biblioteca de Alejandría.  La Biblioteca funcionó hasta la conquista árabe del puerto (640), es decir, durante casi un milenio.

La fundación de Alejandría

En el año 332 a.C. Egipto estaba bajo el dominio persa. Alejandro Magno entró triunfante en ese mismo año a Egipto como vencedor del rey persa Darío III y los egipcios lo aceptaron y lo aclamaron como a un libertador. Al año siguiente, en el 331 a.C, fundó la ciudad que llevaría su nombre.

Dicen  que Alejandro  Magno se sentía arrastrado por un anhelo siempre más grande, un impulso interior que lo empujaba a traspasar fronteras geográficas en busca de lo desconocido –“Repetidamente me aconsejaban volver los compañeros, pero yo no quise, porque deseaba ver el fin de la tierra”– y a traspasar también barreras establecidas por tradiciones inveteradas y costumbres arcaicas. A través de gestos simbólicos como los matrimonios de macedonios con mujeres persas y de él mismo con la hija de Darío deseaba fundir Oriente y Occidente en una nueva humanidad unida por el ideal de la concordia.

Los ideales de la Grecia clásica y el afán del conocimiento le habían llegado a través de su maestro Aristóteles. En sus expediciones militares le acompañaban científicos y cronistas que registraban todas las novedades de las tierras conquistadas.

Después de conquistar Siria y Egipto, Alejandro buscaba un lugar donde establecer la capital de su imperio y ese lugar lo encontró en el delta del Nilo. El territorio elegido fue una península habitada por el poblado Rakotis, un pueblo de pescadores que más tarde formaría parte  de la ciudad de Alejandría. Al abrigo de las crecidas del Nilo y con la posibilidad de crear dos puertos fundamentales, uno marítimo en el mar Mediterráneo y otro fluvial en el Nilo, que a través de un canal unía el Puerto, el Lago y el Nilo, y con el Nilo acceso a todo Egipto. En  torno al año 331 a.C  había fundado, bajo la dirección del arquitecto Dinócrates, la ciudad de Alejandría en la desembocadura del Nilo. Dinócrates se ocupó del trazado de la ciudad y lo hizo según un plan hipodámico, sistema que se venía utilizando desde el siglo V a.C: una gran plaza, una calle mayor de treinta metros de anchura y seis kilómetros de largo que atravesaba la ciudad, con calles paralelas y perpendiculares, cruzándose siempre en ángulo recto. Se construyeron barrios, semejantes a los que levantaron los españoles en las ciudades hispanoamericanas, las llamadas cuadras. Las calles tenían conducciones de agua por cañerías. Administrativamente se dividió en cinco distritos, cada uno de los cuales llevó como primer apelativo una de las cinco primeras letras del alfabeto griego.

Ciertamente Alejandría era una ciudad cosmopolita, cuya población en un principio estaba integrada por griegos, judíos y egipcios procedentes del campo.

Alejandría Helenística

Alejandría fue durante siglos no sólo la capital de Egipto, sino la reina del mediterráneo, el puerto más grande del mundo clásico. En el siglo I a.C , escribe Diodoro Sículo: “Es sin duda la primera ciudad del mundo civilizado, está muy por delante del resto ciertamente en cuanto a elegancia y extensión, riqueza y lujo”. Situada en una encrucijada de rutas comerciales que comunicaban Asia y África con Europa se convirtió en un centro de fermentación intelectual. Alejandría se hizo muy pronto famosa en el mundo helenístico por su biblioteca. Lo que sabemos de la antigua biblioteca son ecos de noticias posteriores a su época de esplendor.

La estructura de Alejandría está reflejada como telón de fondo en la descripción de la creación que hace Filón en su tratado De opificio mundi,  cuando habla de que Dios funda la megalovpoli cósmica. Megalovpoli (así la llama Filón el Judío en su In Flaccum), quien dice “Alejandría está evocando el Cesareón en el que se suicidó Cleopatra y donde siglos más tarde una población fanática y exaltada remató a la filósofa neoplatónica Hipatia; el Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo; el Museo, la gran biblioteca con sus setecientos mil rollos o volúmenes y su filial del Serapeo; la tumba de Alejandro”.

El gran sueño de Alejandro

Ptolomeo I, uno de los generales de Alejandro y su amigo más fiel, conocía como nadie los sueños del gran conquistador. A la muerte del héroe logró recuperar su cadáver  para enterrarlo en la ciudad de su nombre. Como fundador de la dinastía Lágida, Ptolomeo I quiso traer también a Alejandría la biblioteca de Aristóteles, muerto un año después de Alejandro (322 ac), y a su discípulo Teofrasto. No se sabe si lo consiguió pero al menos logró atraer desde Atenas a Demetrio de Falerón, discípulo de Teofrasto, y de la misma escuela peripatética, quien influyó en la fundación y concepción de la Biblioteca del Mousei’on, el santuario de las Musas, construida en torno al 306 a.C, junto al palacio real.

Ptolomeo II Filadelfo, continuó enriqueciéndola hasta convertirla en la primera institución académica e investigadora de la Antigüedad, en la ciudad más importante del Mediterráneo y de toda la tierra habitada. Los Ptolomeos eran de origen macedonio, habían heredado de los griegos el gusto por el saber y el conocimiento, y, como dinastía extranjera en Egipto, buscaban legitimar su autoridad con una intensa política cultural. Como expresión de esta política fijan la capital del imperio en la ciudad de Alejandría y crean una biblioteca que deslumbró a los contemporáneos por su carácter grandioso y excepcional. Durante siglos fue el vehículo por el que se transmitieron a Occidente los principales saberes de la antigüedad, gracias a la lengua común, el griego.

Con información de  Alejandría, el sueño de Alejandro Magno.

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