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Al-Farabi y el alma tras la muerte – Abentofail,Abu Bakr Muhammad

En cuanto a los escritos de Abu Nasr, [al-Farabi], que han llegado hasta nosotros, la mayor parte se refieren a la lógica; y los que tratan de la filosofía, contienen muchas cosas dudosas. Así, en el Kitab al-milla al-fadila afirma que las almas de los malos, después de la muerte, permanecen eternamente en tormentos sin fin; pero después, en su Siyasa al-madimiyya, dice francamente que estas almas se disuelven y reducen a la nada, y que no sobreviven, sino las almas virtuosas y perfectas; finalmente, en su comentario al Kitab al ajlaq, describe algo de lo que se refiere a la felicidad humana, y allí dice que sólo se la halla en esta vida y en este mundo. A continuación añade una frase cuyo sentido es: «Y todo lo que se diga, fuera de esto, son chocheces y cuentos de viejas». Esta doctrina hace desesperar a los hombres de la misericordia de Dios, pues pone al bueno y al malo en el mismo nivel, al afirmar que el fin de todos es la nada. Tal aserto es un error que no tiene nombre y una falta que no tiene perdón. Sin contar, además, las perversas teorías que profesa respecto de la profecía, que él cree una propiedad natural de la facultad imaginativa, inferior en rango a la filosofía; con otras muchas cosas que no tenemos necesidad de recordar aquí.

Abentofail, (Abu Bakr Muhammad)

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Los moros y su influencia en la agricultura hispana


Nihil est agriculturâ melius, nihil uberius , nihil dulcius, nihil bomine , nihil libero dignius.

Cicer. de Officiis. Lib. 1. Cap. 42.

El oficio más honroso, el mejor, el más abundante, más delicioso y propio de un hombre de bien y libre, es la agricultura.


Otro pueblo heredero de los romanos se restableció en España, después de haber recorrido y habitado en todo el Mediodía de Europa 1. Este pueblo formado de pastores guerreros y turbulentos, permaneció por mucho tiempo ignorante de los trabajos agrícolas, y por una partición singular, y que carece de ejemplo en la historia, reservó para sí una estension de territorio, en la cual colocó sus ganados. Asi los godos se presentaron desde luego como los enemigos más peligrosos de la industria agrícola; pero cansados de vencer, y vencidos ellos mismos por el clima, se asociaron con aquellos á quienes habían despojado, y reunidos los unos y los otros por los vínculos de mutuo interés y necesidad, no formaron desde aquella época sino una sola nación.

El código visigodo, (Fuero juzgo), y algunas otras obras, que el acaso nos ha transmitido, manifiesta el estado de la agricultura durante un período de 300 años. Si las invasiones más ó menos desastrosas; si las intrigas de los magnates, y las guerras civiles que estallaban a los principios de cada reinado, tuvieron algunas veces funestas consecuencias, bastaban algunos años de tranquilidad para reparar todas las pérdidas, y preparar al Estado para sufrir nuevas conmociones.

Es así como la agricultura fue estacionaria bajo los godos; y en tanto que la debilidad de los últimos soberanos preparaban un nuevo orden de cosas, un pueblo animado por la sed de las conquistas y por el celo del proselitismo, se presentó en las costas de España , y mudó de repente los destinos de esta nación. Una sola batalla puso fin al imperio visigodo. Dueños los árabes de un extenso país, presentaron en un momento a la Europa admirada del espectáculo singular de una nación , predicando su creencia religiosa con la espada en la mano, y amenazando a la vez todos los tronos y todos los pueblos.

Una honrosa resistencia, sin embargo , detenía a los vencedores en varios puntos, y algunos pueblos á quienes se consideraba como envilecidos, aunque desunidos y debilitados por la guerra, defendieron con la más heroica decisión las ruinas de su patria. Consiguieron cansar el valor de sus feroces enemigos, y tratados honrosos reunieron en fin a las dos naciones sin confundirlas jamás. Se víó a la vez un mismo suelo , y quizás una misma techumbre reunir a hombres de costumbres diversas, y que profesaban religiones enemigas, sometidos a leyes y a jueces extraños unos a otros.

Tal es la constante influencia de la agricultura bajo el hermoso suelo de España; y no tememos repetir que siempre ha contribuido al desarrollo de las mismas virtudes en los corazones de sus mismos habitantes. Poseedores estos de un terreno que puede satisfacer a todas sus necesidades, y el cual ha cuidado la naturaleza de limitar por barreras imponentes, abismados a veces en un sueño secular, despiertan al alarma de los desastres: las desgracias públicas exaltan su patriotismo, y jamás se han manifestado tan verdaderamente grandes como en el infortunio.

Asi es, que los vencidos conservaron bajo la dominación de los califas, y aun en los palacios de los grandes, la necesidad de vivir libres al abrigo de un yugo extranjero. Se les vió correr a las armas cuando la esperanza de la victoria reanimó su decaído valor. Las guerras más sangrientas precedieron a la expulsión de los moros; y este mismo pueblo, arrojado al África por los españoles, experimenta a su vez; las amarguras del destierro, y volviendo a menudo sus ojos hacia su patria adoptiva, ruega al Profeta , aun en el día, que le devuelva a las bellas campiñas de Granada y a los palacios de sus califas.

No aconteció, sin embargo, durante la dominación de los moros lo que había sucedido en tiempo de los godos. Aquellos habitantes del desierto, a quienes había hecho guerreros la voz del Profeta, volvieron a hacerse pastores y agricultores así que no tuvieron más enemigos que conquistar. Herederos de los caldeos, de los egipcios y de los persas, habían adquirido en el Oriente aquellos conocimientos prácticos, cuya aplicación fue tan dichosa en los hermosos valles de España.

La agricultura nabatea , formada y fundada en las observaciones más escrupulosas, se enseñó en las escuelas de Granada 2, y contribuyó eficazmente a mejorar la suerte de los pueblos , creando riquezas desconocidas en un suelo que habían cultivado los romanos con tanto esmero. Abu-Omar, autor de la Almokna, o recopilación de los mejores preceptos de agricultura. Abu-Abdalah, que escribió con tanta sabiduría, y labró sus campos personalmente ; Abu-el-Jair, apellidado el Docto ; Abecn-Azan-el-Haj , y otros escritores, a cuya cabeza pondremos al célebre Ebn-el-Awan , traducido por Banqueri, eran todos naturales de España.

Estos grandes hombres supieron honrar los trabajos rurales, tanto por la constancia de sus trabajos y escritos, cuanto por la importancia de sus investigaciones, al paso que los califas iban muchas veces a solicitar su amistad en el fondo mismo de sus retiros. Varias célebres universidades se consagraron entonces al estudio de las ciencias naturales. Un sin número de excelentes escritos constituyeron el precioso depósito de las luces; pero a causa de una triste fatalidad, estas obras , a las cuales adeuda la España las riquezas agrícolas que posee, se hallan en el día sepultadas en el polvo de los archivos y de las bibliotecas, sin que pueda todavía calcularse la futura duración de su destierro.

Mucho padeció la agricultura durante las luchas dilatadas que precedieron a la expulsión de los moros. Antes de decidirse a sembrar necesita el agricultor tener alguna seguridad de recoger su cosecha , y la industria siempre retrógrada ante los acasos de la guerra.

Examinemos por un instante el influjo que las guerras nacionales han ejercido sobre los destinos de España y sobre la suerte de su agricultura.


Los nobles, a quienes había creado el gobierno de los godos, volvieron a aparecer en España, así que hubo armado algunos brazos el deseo de la independencia. Poniéndose a la cabeza de las cruzadas, se distinguieron por brillantes acciones, y los descendientes de los íberos, que consideraban como una esclavitud odiosa toda alianza en los sarracenos, se sometieron voluntariamente a sus caudillos que les prometían la libertad; tomaron las armas los agrícolas, y fueron a establecerse al abrigo de los castillos, que la suerte de la guerra había puesto en manos de los jefes vencedores; allí encontraban la protección suficiente para entregarse sin peligro a sus ocupaciones usuales, y el apoyo necesario para arraigar sus nacientes fortunas.

Si nuevos peligros amenazaban por un instante la seguridad de estas nuevas colonias, la espada del noble estaba pronta a protegerlas, rechazando corajosamente al enemigo; se le veía volar al combate por doquier que se presentaban obstáculos que derribar o triunfos que adquirir. El reconocimiento de los colonos fue su primera recompensa, y las brillantes donaciones añadieron un nuevo premio a sus victorias.

El soberano entonces no era mas que el jefe de estos intrépidos caballeros, y su poder estaba subordinado al celo y a los esfuerzos de sus compañeros de armas. El pueblo no tomaba partido en las guerras caballerescas. Lejano del campo de batalla, y protegido por una infinidad de castillos pequeños que formaban un cordón inexpugnable , cultivaba en paz el terreno tan recientemente conquistado. Así es, que la industria rural hizo algunos esfuerzos para progresar; recogió cuidadosamente las tradiciones árabes, y la España, que volvía a formar un estado europeo, presentó el modelo de un pueblo que salía de la barbarie, para encaminarse rápidamente a la civilización.

Algunos navegantes visitaron las costas del Mediterráneo, nuevas relaciones y nuevos intereses fueron el inmediato resultado de estas primeras tentativas, y acudió el comercio a colocar sus coronas sobre las cabezas de los guerreros, a quienes habían sentado sobre su trono legítimo una sucesión de victorias tan rápidas como esclarecidas. La España había recobrado ya una parte de sus riquezas; era agrícola y comerciante, al paso que los sajones vegetaban en Inglaterra, y que los franceses desunidos y anonadados tenían un rey , cuya autoridad era dirigida por el capricho de sus grandes feudatarios.

En esta, época, bien notable en la historia de España, estaba la nación dividida en tres clases distintas, el guerrero o noble , el agricultor o villano, y el comerciante o ciudadano. Un cúmulo de instituciones, heredadas de los diversos pueblos que habían ocupado la España, gobernaban a estas tres clases, y protegían todos los poderes. Si en posteriores tiempos se impusieron varias gabelas, (haces de espigas cortadas), al agricultor, sin concederle premio alguno, la Iglesia se declaraba protectora suya, y en aquella primitiva época, los obispos se consideraban como los naturales defensores de sus diocesanos.

Cesaron las guerras santas con la derrota de los moros. Extinguióse el entusiasmo de las cruzadas, y ensanchándose la autoridad de los reyes, sucedieron nuevas guerras a los rancios abusos. Cesaron los nobles de componer entonces la principal, ó mas bien la única fuerza del ejército. La franquicia de las ciudades creó una barrera contra la autoridad aristocrática; unió les intereses del soberano y de los pueblos, y marchó a campaña a la cabeza de la nación.

Mientras que el pueblo, alejado de los trabajos agrestes, se arruinaba por las guerras 3  y reducido a la extremidad por las hambres crueles, por la minoría y por las pestes asoladoras, se separaba más y más de su primitivo estado, exigió el interés del momento que se desterrase de le península á los moros y á los judíos. Las circunstancias políticas de la nación sancionaron una medida, por la cual tres millones de hombres o habitantes fueron expatriados, llevándose consigo la industria y los caudales. Cesó de prosperar la agricultura; desfalleció bien pronto por falta de brazos y de recursos, quedando vinculada a aquellos parajes donde halló acogida en la localidad del terreno, o en la buena disposición de elementos estacionarios.

Ningún esfuerzo, ningún progreso caracterizó su marcha en los siglos que sucedieron: usáronse los mismos instrumentos oratorios, los mismos métodos , las mismas leyes, y por consiguiente subsistieron las mismas costumbres, las mismas preocupaciones, y el mismo pueblo. He aquí el motivo de conservarse los usos y prácticas agrícolas en muchos parajes tan insuficientes y tan defectuosos, y que atraen , con pesar, la atención del viajero. He aquí la causa de hallarse esos valles tan fecundos y bien cultivados, contiguos a desiertos inmensos, en que se encuentran solamente alguna que otra cabaña de pastores.

La industria, empero , de la actual generación estrechará los límites de estas soledades, y convirtiendo poco a poco en terreno productible estos vastos yermos, hará que desaparezcan poco a poco, a medida que se generalicen las benéficas disposiciones para el engrandecimiento y prosperidad de los españoles.

Así es que esta nación, rica bajo el dominio de los moros, pues ninguna monarquía, dice nuestro sabio Martínez de Mota, ha sido dueña de tantas riquezas como España ha tenido, vio decrecer en los siguientes siglos su prosperidad y el bienestar de sus habitantes. Se empobreció bajo del imperio de los soberanos que consiguieron alarma para debilitar el poder excesivo de la nobleza.

Acrecentóse su indigencia doméstica, mientras los príncipes de la casa de Austria reinaron en esta noble porción del continente. No redundó beneficio alguno al estado las brillantes conquistas que sometieron una parte de la Europa a los reyes de Castilla. Empleáronse las fuerzas de la nación para ejecutar proyectos que, si bien añadían laureles a sus blasones, debilitaban sensiblemente su poderío. No mejoraron en el primer reinado y monarca de la casa de Borbón; el cual, obligado a conquistar mucha parte de sus estados, tuvo que luchar incesantemente contra toda clase de obstáculos.

Más, bajo el imperio de los sucesores de Felipe comenzó la España a levantarse de sus ruinas; se dispusieron y ejecutaron obras utilísimas, e inesperados socorros vinieron a alentar la industria y a reanimar el comercio. Salieron leyes sabias del gabinete del príncipe;  dióse un nuevo impulso a las artes, y vióse por todas partes mejorar la agricultura; varios agrícolas celosos conservaban cuidadosamente las bellas obras de los antiguos, y comenzaron por ellas sus labores, y por la instrucción que les prestaban las bien conservadas tradiciones.

Muchos autores 4 agotaron en sus apreciables escritos todos los ramos de economía rural, y sus obras atestiguan que la ilustración y las ciencias jamás han abandonado la península.  Así vemos á este país dichoso desarrollar sin obstáculo el grado de prosperidad y de fuerza a que le convida la belleza del clima , la naturaleza del suelo y el carácter de sus moradores.

Hasta ahora la España había cifrado todos sus recursos en la América. En el día ya va conociendo el valor incomparable de las riquezas que encierra su seno, riquezas de que no puede privarle ningún acaso inconstante de la fortuna. Las instituciones más admirables, unidas al sistema de agricultura, no menos sabio que las leyes que le protegen, van extendiéndose desde los rincones de la península, donde en tiempos más funestos se acogieron; y guiadas por la voz del soberano, van recordando sucesivamente a todas las provincias su primitivo esplendor y su antigua prosperidad , a despecho de las revoluciones que han nublado por un momento el cielo español, ha permanecido el lustre de estos preciosos monumentos , levantados en tiempos más felices, y vinculados a la posteridad por un pueblo que consideró la agricultura como la primera de las artes, han inspirado a los últimos de España y a algunos de sus ministros, de conservarlos y de embellecerlos.

Por Celedonio Rojo Payo Vicente



Nota de la bitácora: en honor a los Comas, Barrionuevo, Villanueva, Acosta, Albornoz, trabajadores de la tierra y amantes del campo y sus tradiciones.


Notas:
  1. Es la región antigua que ocupaba La Francia, los Países bajos, La Suiza, la Alemania, La Bohemia, la Hungría, la Polonia, la Prusia, España, Portugal, Italia y la Turquía en Europa. Encyclopedia Metódica: Geografía Moderna. Biblioteca Complutense Ildefonsina 1792
  2. El ilustre Ebn el Awan hace un brillante elogio del tratado de agricultura nabatea, escrito por el árabe Kutsani. Es una colección de todas las operaciones agrícolas de escritores árabes.
  3. Campomanes, Industria Popular
  4. Campomanes y Jovellanos………………………1765 y 1795
    Feijó, Teatro crítico…………………………………………………….1764
    Rodrigues ……………………………………………………………………..1790
    Vicente Peres , Discursos políticos……………………. 1766
    Manresa Barreda, Addic. al Despertador……….. 179O
    Padre Jil, Plan de Montes……………………………………… 1794
    San Martin , Labrador vascongado……………………. 1797
    Asso,  Hist.  econom. política de Aragón………….. 1798
    Muñoz, Discursos sobre Economía política…….1796
    Quintero……………………………………………………………………… 1765
    Banqueri, Tratado de Ebn el-Auwan………………… 1783


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La princesa Wallada bint Al-Mustakfi e Ibn Zaydun:Una historia de amor

La historia de  amor de Walada e Ibn Zaydun

Cuando Robert de Brie, de origen gascón pero afincado en Inglaterra, regresó de la cruzada, en 1261, tras dos años en el sitio de Jerusalén y uno en Damasco, traía, por todo bagaje, un sencillo carromato cubierto tirado por dos caballos frisones, regalo del Duque d’Auvergne por los servicios prestados, (quien, a su vez, era súbdito del artífice de la VII cruzada: el rey santo Luis IX, de Francia).

En el carromato, Sir Robert, (pues en calidad de Par de Francia se le había otorgado la equivalencia nobiliaria inglesa), traía dos tesoros: uno, eran seis plantones de rosas damascenas que él desconocía a pesar de su afición, como buen Lord inglés, a la botánica; el otro, un pequeño cofre de marfil ricamente grabado e incrustado de cornalina roja y jaspe verde en motivos florales.

En efecto, antes de embarcarse en Plymouth hacia Oriente, Sir Robert empleaba su aristocrático tiempo en el noble arte de la rosicultura; es decir, se dedicaba a investigar nuevas especies de rosas. Desde que Mendel descubriera las leyes de la genética en los guisantes, se extendió una fiebre en el mundo anglosajón por la experimentación agrícola y jardinera; todo el mundo sabe que el empirismo nació en Inglaterra y no poco débito le debe al afán coleccionista y observador del ocioso lord inglés que no tenía otra forma mejor en qué emplear su precioso tiempo. Fue así como Sir Robert de Brie, al llegar a las puertas de Damasco y descubrir en los jardines de las residencias palaciegas de los Omeyas, allende los muros de la ciudad, una rosa que poseía un aroma inigualable quiso interesarse por su origen y cultivo para llevársela con él de vuelta a casa… cuando volviera (si es que volvía).

Del destino de los plantones poco hay que añadir a lo que ya se sabe: Sir Robert de Brie fue el introductor en Europa de la rosa damascena, también conocida como Rosa de Ispahan, (pues según cuentan los mismos anales abasíes fue en las riberas del Zayandeh, río de aguas turquesadas que riega los huertos de la simpar Isfahan, donde floreció por primera vez esta fragante rosa sembrada por la mano delicada de la diosa Ishtar, la Astarté fenicia); esta variedad de rosa, bien es sabido, además de ser una de las más hermosas, es la base del más excelso eau de roses.

Del segundo tesoro -el contenido del hermoso y valioso cofre- sí que tendré que dar cuenta, si resumidamente, por lo portentoso de lo que en él se guardaba.

Durante el asedio, infructuoso, a Damasco, las huestes comandadas por Sir Robert, en un golpe de audacia, penetraron en las zonas residenciales de la mansión de verano de los califas. Allí, tras la huída de los guardianes, en una de las lujosas estancias de paredes y techos estucados con columnatas de alabastro, encontraron, en un pequeño mihrab que presidía la pared Sur, varios objetos que parecían tener una función de culto; entre estos objetos estaba el cofre referido.

Sir Robert lo tomó como derecho de botín, como tomó de rehenes a varias mujeres que no pudieron huir. Una de ellas, era una princesa consorte del Visir de Damasco, por tanto, de familia real: una abasí que tras la derrota de los Omeyas ascendió a lo más alto del escalafón nobiliario.

Ella fue, quien le contó a Sir Robert la historia del contenido del cofre.

Primero he de decir que cuando el noble Lord abrió el cofre se encontró con una preciosa piedra cristalizada de un bello color rosa translúcido y forma de rosa de Ispahan; apenas poco más que un capullo abierto. Estaba tan finamente tallada, y su filigrana era de líneas tan puras, que bien parecía una rosa de verdad que se hubiera cristalizado por arte de magia. No sabía él bien lo cerca que andaba de su presunción. Si era un diamante, era el más extraordinario que jamás viera; si era un rubí, su tonalidad atípica, por lo clara, hacían de él, así mismo, el rubí más maravilloso conocido.

Pero lo que la princesa Wallada bint Al-Mustakfi le relató superaba todo cuanto podía imaginar.

Según la princesa, cuando los Omeyas estaban en plena decadencia, poco antes de ser defenestrados por la dinastía Abasí -a la que ella pertenecía-, un noble súbdito del príncipe Abd-al-Rahman la cortejaba incesantemente pues estaba locamente enamorado de ella, amor que le era correspondido. Cuando su familia, los abasíes, se levantaron y derrocaron al último Califa Omeya de Damasco, la represión posterior acabó con todos los descendientes… salvo uno, que avisado oportunamente por el noble amante de la princesa pudo escapar.

Este afortunado -y desgraciado- amante fue Ibn Zaydun, quien sería con el tiempo un afamado poeta al servicio de Abd-al-Rahman, y al que acompañaría en su huída hasta el Magreb, donde hallaría asilo entre las tribus bereberes, para pasar después, junto a un grupo de fieles, el estrecho que le separaba de Al-Andalus y llegar a Córdoba para fundar una nueva dinastía Omeya en Occidente que sería luz del mundo.

Antes de huir, Ibn Zaydun, sabiendo que quizás no volviera a ver a su amada, le hizo un doble regalo: un capullo de rosa de Ispahan, en señal de amor sensual; y un diamante de Mosul, como prueba de amor eterno. Las dos preciosas prendas venían en un cofre de marfil ricamente labrado e incrustado de cornalina roja y jaspe verde formando motivos florales -entre ellos, rosales de Ispahan– y cuyo interior estaba revestido de la más fina seda natural, tintada en negro en señal de duelo en que su amor se iba a quedar.

Le entregó, pues, este presente, y tras una última noche de amor, el joven poeta montó su alazán árabe y sin mirar atrás -para que ella no viera sus lágrimas- huyó hacia lo desconocido sabiendo que no sería peor que abandonar a quien, así, amaba…

Esto sucedió, hacía ya un año. Pero en este tiempo no dejaron de ocurrir hechos maravillosos. El primero fue que el capullo de rosa de Ispahan no se marchitaba, permanecía fresco e incluso parecía seguir floreciendo lentamente, muy, muy lentamente. Mientras, su amor por Ibn Zaydun no sólo no se mitigaba sino que iba creciendo, quemándole las entrañas. Sus sueños se poblaban de la presencia de su amado con el que saboreaba las mieles del amor casi tan vívidamente como en la realidad, ya, lejana.

Un día, mientras oraba ante el mihrab donde depositó el cofre con su bienamado tesoro, oyó una voz, que ella imaginó celestial, diciéndole:

-El amor confiado a la Rosa de Ispahan vivirá eternamente mientras la flor y el diamante compartan el mismo alma.

Y dicho esto, se levantó una leve brisa que corrió las cortinillas de la hornacina donde el cofre se veía abierto. Asustada se levantó y fue hacia él temiendo lo peor -que alguien hubiera robado sus tesoros-, pero al llegar allí se quedó demudada ante lo que vio: el capullo de rosa no estaba y el diamante había perdido su prístina transparencia para transmutarse en un capullo de rosa rosa idéntico al que, fresco, compartía hasta ese momento el recóndito espacio

Posteriormente -hacía poco más de dos meses-, tuvo un sueño en el que la misma voz que le anunció la maravillosa transformación del diamante en rosa le comunicó que el diamante volvería a ser diamante y la rosa rosa si los enamorados volvían a encontrarse, o sí sus descendientes respectivos algún día el destino quisiera que se enamoraran como ellos lo estaban.

Cuando terminó su relato Walada rogó a Sir Robert le llevara con él de regreso a Europa, pues sabía que Ibn Zaydun aún la amaba por las cartas que en secreto recibía periódicamente -cartas que tardaban un mes en llegarle desde que aquél las enviara-. Pensaba que no le sería difícil que en Córdoba, donde se encontraba su amado, le abonaran el rescate que pidiera por ella.

Sir Robert, conmovido por la historia, accedió, y cuando llegó el momento del regreso lo hicieron juntos.

Más que como rehén, ella, viajaba como invitada; invitada que solícitamente era atendida por el destacamento que penosamente cruzaba valles, montañas, ríos y mar. Pero quiso el destino que Wallada cogiera unas fiebres de las que no puedo reponerse. Antes de expirar le suplicó a Sir Robert que hiciera todo lo posible por entregar su tesoro a su amado, Ibn Zaydun; consiguiendo su firme compromiso. ¿Qué más podía hacer el bueno de Sir Robert ante tamaña expresión de amor?

Enterraron a la princesa y prosiguieron su viaje hasta Venecia, donde tomaron tierra para no encontrarse con las razias navales de los musulmanes, dominadores de esta parte del Mediterráneo. Por tierra llegó hasta Normandía y desde allí, por mar, otra vez, hasta casa.

Una vez en su castillo, en su invernadero, plantó los rosales e inició una próspera historia para las rosas de Ispahan en esta parte del mundo -donde acabaría creando un agua de rosas que se haría harto famosa.

Le costaba desprenderse del segundo tesoro, pero el compromiso adquirido era más poderoso que su voluntad. En uno de los navíos mercantes que comerciaban con la península embarcó seis meses después de su llegada. Atracó poco después en lo que hoy es San Lúcar de Barrameda y tras entablar negociaciones con las autoridades andalusíes dependientes del Califato de Córdoba, remontó río arriba el Guadalquivir hasta Sevilla y de allí llegó por tierra a la Ciudad Luz del Mundo.

No le costó mucho encontrar a Ibn Zaydun, que allí llamaban Abenzaidún, pues era poeta famoso en la corte de Abderramán. El insigne poeta le recibió entre la hermosura incomparable de los jardines de Medina Azahara; jardines que entre otra multitud de flores y plantas ornamentales y aromáticas, disponían de cuidados parterres donde florecían Rosas de Ispahan.

Una vez ante él, le contó todo lo sucedido, muerte de su amada incluída, y le hizo entrega de la joya. Abenzaidún al reconocer el cofre no pudo contener las lágrimas y al abrirlo para contemplar la maravilla de la transubstanciación una lágrima resbaló de su mejilla cayendo sobre la Rosa Diamantina de Ispahan; en ese momento, ante sus ojos, la preciosa gema revertió su proceso de transmutación volviéndose a convertir en capullo de rosa y diamante: la rosa, fresca, abierta, esplendorosa; el diamante, inmaculado, irisado, prístino.

“Alegría desparrama a nuestro alrededor
el dulce aroma de la rosa florecida”
¡Salud, dulce flor! Tu abierta corola
vierta tu grata fragancia; con nuestros amigos regocijémonos,
despreocupados de la fugacidad de tu vida.
Pasad la jarra del vino, pues ¿quién sabe
cuándo perderemos a la rosa florida?”

Hafiz, poeta Persa.

Con información de Consentido Propio

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