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Los moros y su influencia en la agricultura hispana


Nihil est agriculturâ melius, nihil uberius , nihil dulcius, nihil bomine , nihil libero dignius.

Cicer. de Officiis. Lib. 1. Cap. 42.

El oficio más honroso, el mejor, el más abundante, más delicioso y propio de un hombre de bien y libre, es la agricultura.


Otro pueblo heredero de los romanos se restableció en España, después de haber recorrido y habitado en todo el Mediodía de Europa 1. Este pueblo formado de pastores guerreros y turbulentos, permaneció por mucho tiempo ignorante de los trabajos agrícolas, y por una partición singular, y que carece de ejemplo en la historia, reservó para sí una estension de territorio, en la cual colocó sus ganados. Asi los godos se presentaron desde luego como los enemigos más peligrosos de la industria agrícola; pero cansados de vencer, y vencidos ellos mismos por el clima, se asociaron con aquellos á quienes habían despojado, y reunidos los unos y los otros por los vínculos de mutuo interés y necesidad, no formaron desde aquella época sino una sola nación.

El código visigodo, (Fuero juzgo), y algunas otras obras, que el acaso nos ha transmitido, manifiesta el estado de la agricultura durante un período de 300 años. Si las invasiones más ó menos desastrosas; si las intrigas de los magnates, y las guerras civiles que estallaban a los principios de cada reinado, tuvieron algunas veces funestas consecuencias, bastaban algunos años de tranquilidad para reparar todas las pérdidas, y preparar al Estado para sufrir nuevas conmociones.

Es así como la agricultura fue estacionaria bajo los godos; y en tanto que la debilidad de los últimos soberanos preparaban un nuevo orden de cosas, un pueblo animado por la sed de las conquistas y por el celo del proselitismo, se presentó en las costas de España , y mudó de repente los destinos de esta nación. Una sola batalla puso fin al imperio visigodo. Dueños los árabes de un extenso país, presentaron en un momento a la Europa admirada del espectáculo singular de una nación , predicando su creencia religiosa con la espada en la mano, y amenazando a la vez todos los tronos y todos los pueblos.

Una honrosa resistencia, sin embargo , detenía a los vencedores en varios puntos, y algunos pueblos á quienes se consideraba como envilecidos, aunque desunidos y debilitados por la guerra, defendieron con la más heroica decisión las ruinas de su patria. Consiguieron cansar el valor de sus feroces enemigos, y tratados honrosos reunieron en fin a las dos naciones sin confundirlas jamás. Se víó a la vez un mismo suelo , y quizás una misma techumbre reunir a hombres de costumbres diversas, y que profesaban religiones enemigas, sometidos a leyes y a jueces extraños unos a otros.

Tal es la constante influencia de la agricultura bajo el hermoso suelo de España; y no tememos repetir que siempre ha contribuido al desarrollo de las mismas virtudes en los corazones de sus mismos habitantes. Poseedores estos de un terreno que puede satisfacer a todas sus necesidades, y el cual ha cuidado la naturaleza de limitar por barreras imponentes, abismados a veces en un sueño secular, despiertan al alarma de los desastres: las desgracias públicas exaltan su patriotismo, y jamás se han manifestado tan verdaderamente grandes como en el infortunio.

Asi es, que los vencidos conservaron bajo la dominación de los califas, y aun en los palacios de los grandes, la necesidad de vivir libres al abrigo de un yugo extranjero. Se les vió correr a las armas cuando la esperanza de la victoria reanimó su decaído valor. Las guerras más sangrientas precedieron a la expulsión de los moros; y este mismo pueblo, arrojado al África por los españoles, experimenta a su vez; las amarguras del destierro, y volviendo a menudo sus ojos hacia su patria adoptiva, ruega al Profeta , aun en el día, que le devuelva a las bellas campiñas de Granada y a los palacios de sus califas.

No aconteció, sin embargo, durante la dominación de los moros lo que había sucedido en tiempo de los godos. Aquellos habitantes del desierto, a quienes había hecho guerreros la voz del Profeta, volvieron a hacerse pastores y agricultores así que no tuvieron más enemigos que conquistar. Herederos de los caldeos, de los egipcios y de los persas, habían adquirido en el Oriente aquellos conocimientos prácticos, cuya aplicación fue tan dichosa en los hermosos valles de España.

La agricultura nabatea , formada y fundada en las observaciones más escrupulosas, se enseñó en las escuelas de Granada 2, y contribuyó eficazmente a mejorar la suerte de los pueblos , creando riquezas desconocidas en un suelo que habían cultivado los romanos con tanto esmero. Abu-Omar, autor de la Almokna, o recopilación de los mejores preceptos de agricultura. Abu-Abdalah, que escribió con tanta sabiduría, y labró sus campos personalmente ; Abu-el-Jair, apellidado el Docto ; Abecn-Azan-el-Haj , y otros escritores, a cuya cabeza pondremos al célebre Ebn-el-Awan , traducido por Banqueri, eran todos naturales de España.

Estos grandes hombres supieron honrar los trabajos rurales, tanto por la constancia de sus trabajos y escritos, cuanto por la importancia de sus investigaciones, al paso que los califas iban muchas veces a solicitar su amistad en el fondo mismo de sus retiros. Varias célebres universidades se consagraron entonces al estudio de las ciencias naturales. Un sin número de excelentes escritos constituyeron el precioso depósito de las luces; pero a causa de una triste fatalidad, estas obras , a las cuales adeuda la España las riquezas agrícolas que posee, se hallan en el día sepultadas en el polvo de los archivos y de las bibliotecas, sin que pueda todavía calcularse la futura duración de su destierro.

Mucho padeció la agricultura durante las luchas dilatadas que precedieron a la expulsión de los moros. Antes de decidirse a sembrar necesita el agricultor tener alguna seguridad de recoger su cosecha , y la industria siempre retrógrada ante los acasos de la guerra.

Examinemos por un instante el influjo que las guerras nacionales han ejercido sobre los destinos de España y sobre la suerte de su agricultura.

Los nobles, a quienes había creado el gobierno de los godos, volvieron a aparecer en España, así que hubo armado algunos brazos el deseo de la independencia. Poniéndose a la cabeza de las cruzadas, se distinguieron por brillantes acciones, y los descendientes de los íberos, que consideraban como una esclavitud odiosa toda alianza en los sarracenos, se sometieron voluntariamente a sus caudillos que les prometían la libertad; tomaron las armas los agrícolas, y fueron a establecerse al abrigo de los castillos, que la suerte de la guerra había puesto en manos de los jefes vencedores; allí encontraban la protección suficiente para entregarse sin peligro a sus ocupaciones usuales, y el apoyo necesario para arraigar sus nacientes fortunas.

Si nuevos peligros amenazaban por un instante la seguridad de estas nuevas colonias, la espada del noble estaba pronta a protegerlas, rechazando corajosamente al enemigo; se le veía volar al combate por doquier que se presentaban obstáculos que derribar o triunfos que adquirir. El reconocimiento de los colonos fue su primera recompensa, y las brillantes donaciones añadieron un nuevo premio a sus victorias.

El soberano entonces no era mas que el jefe de estos intrépidos caballeros, y su poder estaba subordinado al celo y a los esfuerzos de sus compañeros de armas. El pueblo no tomaba partido en las guerras caballerescas. Lejano del campo de batalla, y protegido por una infinidad de castillos pequeños que formaban un cordón inexpugnable , cultivaba en paz el terreno tan recientemente conquistado. Así es, que la industria rural hizo algunos esfuerzos para progresar; recogió cuidadosamente las tradiciones árabes, y la España, que volvía a formar un estado europeo, presentó el modelo de un pueblo que salía de la barbarie, para encaminarse rápidamente a la civilización.

Algunos navegantes visitaron las costas del Mediterráneo, nuevas relaciones y nuevos intereses fueron el inmediato resultado de estas primeras tentativas, y acudió el comercio a colocar sus coronas sobre las cabezas de los guerreros, a quienes habían sentado sobre su trono legítimo una sucesión de victorias tan rápidas como esclarecidas. La España había recobrado ya una parte de sus riquezas; era agrícola y comerciante, al paso que los sajones vegetaban en Inglaterra, y que los franceses desunidos y anonadados tenían un rey , cuya autoridad era dirigida por el capricho de sus grandes feudatarios.

En esta, época, bien notable en la historia de España, estaba la nación dividida en tres clases distintas, el guerrero o noble , el agricultor o villano, y el comerciante o ciudadano. Un cúmulo de instituciones, heredadas de los diversos pueblos que habían ocupado la España, gobernaban a estas tres clases, y protegían todos los poderes. Si en posteriores tiempos se impusieron varias gabelas, (haces de espigas cortadas), al agricultor, sin concederle premio alguno, la Iglesia se declaraba protectora suya, y en aquella primitiva época, los obispos se consideraban como los naturales defensores de sus diocesanos.

Cesaron las guerras santas con la derrota de los moros. Extinguióse el entusiasmo de las cruzadas, y ensanchándose la autoridad de los reyes, sucedieron nuevas guerras a los rancios abusos. Cesaron los nobles de componer entonces la principal, ó mas bien la única fuerza del ejército. La franquicia de las ciudades creó una barrera contra la autoridad aristocrática; unió les intereses del soberano y de los pueblos, y marchó a campaña a la cabeza de la nación.

Mientras que el pueblo, alejado de los trabajos agrestes, se arruinaba por las guerras 3  y reducido a la extremidad por las hambres crueles, por la minoría y por las pestes asoladoras, se separaba más y más de su primitivo estado, exigió el interés del momento que se desterrase de le península á los moros y á los judíos. Las circunstancias políticas de la nación sancionaron una medida, por la cual tres millones de hombres o habitantes fueron expatriados, llevándose consigo la industria y los caudales. Cesó de prosperar la agricultura; desfalleció bien pronto por falta de brazos y de recursos, quedando vinculada a aquellos parajes donde halló acogida en la localidad del terreno, o en la buena disposición de elementos estacionarios.

Ningún esfuerzo, ningún progreso caracterizó su marcha en los siglos que sucedieron: usáronse los mismos instrumentos oratorios, los mismos métodos , las mismas leyes, y por consiguiente subsistieron las mismas costumbres, las mismas preocupaciones, y el mismo pueblo. He aquí el motivo de conservarse los usos y prácticas agrícolas en muchos parajes tan insuficientes y tan defectuosos, y que atraen , con pesar, la atención del viajero. He aquí la causa de hallarse esos valles tan fecundos y bien cultivados, contiguos a desiertos inmensos, en que se encuentran solamente alguna que otra cabaña de pastores.

La industria, empero , de la actual generación estrechará los límites de estas soledades, y convirtiendo poco a poco en terreno productible estos vastos yermos, hará que desaparezcan poco a poco, a medida que se generalicen las benéficas disposiciones para el engrandecimiento y prosperidad de los españoles.

Así es que esta nación, rica bajo el dominio de los moros, pues ninguna monarquía, dice nuestro sabio Martínez de Mota, ha sido dueña de tantas riquezas como España ha tenido, vio decrecer en los siguientes siglos su prosperidad y el bienestar de sus habitantes. Se empobreció bajo del imperio de los soberanos que consiguieron alarma para debilitar el poder excesivo de la nobleza.

Acrecentóse su indigencia doméstica, mientras los príncipes de la casa de Austria reinaron en esta noble porción del continente. No redundó beneficio alguno al estado las brillantes conquistas que sometieron una parte de la Europa a los reyes de Castilla. Empleáronse las fuerzas de la nación para ejecutar proyectos que, si bien añadían laureles a sus blasones, debilitaban sensiblemente su poderío. No mejoraron en el primer reinado y monarca de la casa de Borbón; el cual, obligado a conquistar mucha parte de sus estados, tuvo que luchar incesantemente contra toda clase de obstáculos.

Más, bajo el imperio de los sucesores de Felipe comenzó la España a levantarse de sus ruinas; se dispusieron y ejecutaron obras utilísimas, e inesperados socorros vinieron a alentar la industria y a reanimar el comercio. Salieron leyes sabias del gabinete del príncipe;  dióse un nuevo impulso a las artes, y vióse por todas partes mejorar la agricultura; varios agrícolas celosos conservaban cuidadosamente las bellas obras de los antiguos, y comenzaron por ellas sus labores, y por la instrucción que les prestaban las bien conservadas tradiciones.

Muchos autores 4 agotaron en sus apreciables escritos todos los ramos de economía rural, y sus obras atestiguan que la ilustración y las ciencias jamás han abandonado la península.  Así vemos á este país dichoso desarrollar sin obstáculo el grado de prosperidad y de fuerza a que le convida la belleza del clima , la naturaleza del suelo y el carácter de sus moradores.

Hasta ahora la España había cifrado todos sus recursos en la América. En el día ya va conociendo el valor incomparable de las riquezas que encierra su seno, riquezas de que no puede privarle ningún acaso inconstante de la fortuna. Las instituciones más admirables, unidas al sistema de agricultura, no menos sabio que las leyes que le protegen, van extendiéndose desde los rincones de la península, donde en tiempos más funestos se acogieron; y guiadas por la voz del soberano, van recordando sucesivamente a todas las provincias su primitivo esplendor y su antigua prosperidad , a despecho de las revoluciones que han nublado por un momento el cielo español, ha permanecido el lustre de estos preciosos monumentos , levantados en tiempos más felices, y vinculados a la posteridad por un pueblo que consideró la agricultura como la primera de las artes, han inspirado a los últimos de España y a algunos de sus ministros, de conservarlos y de embellecerlos.

Por Celedonio Rojo Payo Vicente


Nota de la bitácora: en honor a los Comas, Barrionuevo, Villanueva, Acosta, Albornoz, trabajadores de la tierra y amantes del campo y sus tradiciones.


Notas:
  1. Es la región antigua que ocupaba La Francia, los Países bajos, La Suiza, la Alemania, La Bohemia, la Hungría, la Polonia, la Prusia, España, Portugal, Italia y la Turquía en Europa. Encyclopedia Metódica: Geografía Moderna. Biblioteca Complutense Ildefonsina 1792
  2. El ilustre Ebn el Awan hace un brillante elogio del tratado de agricultura nabatea, escrito por el árabe Kutsani. Es una colección de todas las operaciones agrícolas de escritores árabes.
  3. Campomanes, Industria Popular
  4. Campomanes y Jovellanos………………………1765 y 1795
    Feijó, Teatro crítico…………………………………………………….1764
    Rodrigues ……………………………………………………………………..1790
    Vicente Peres , Discursos políticos……………………. 1766
    Manresa Barreda, Addic. al Despertador……….. 179O
    Padre Jil, Plan de Montes……………………………………… 1794
    San Martin , Labrador vascongado……………………. 1797
    Asso,  Hist.  econom. política de Aragón………….. 1798
    Muñoz, Discursos sobre Economía política…….1796
    Quintero……………………………………………………………………… 1765
    Banqueri, Tratado de Ebn el-Auwan………………… 1783


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La Resistencia Agrícola Palestina preserva sus semillas tradicionales

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La Resistencia Agrícola Palestina: ‘Se Lanzó Oficialmente la Primera Colección de Semillas Tradicionales de Palestina’

Tras su regreso a Palestina, por primera vez en cinco años, Vivien Sansour se dio cuenta de los cambios en su tierra natal “Todas las cosas que me había echado de menos, como los deliciosos tomates,el queso y muchos productos tradicionales que las señoras vendían frente a nuestra casa habían desaparecido”, explica Vivien, “volví y resulta que compraba brócoli israelí en el supermercado y no había otra alternativa”.

En junio, se lanzó oficialmente la primera colección de semillas tradicionales de Palestina como herramienta de preservación del conocimiento y el trabajo de numerosas generaciones de agricultores que han cultivado variedades de verduras orgánicas, frutas y hierbas adaptadas al clima y al suelo de la región.

Debido a las políticas de ocupación israelíes y a las técnicas agrícolas neoliberales, muchas variedades de productos agrícolas tradicionales palestinos están en peligro de extinción. Estas semillas tienen el poder de evitar que esto suceda. Cualquier persona puede tomar prestado un paquete de semillas de la colección y hacer crecer las variedades locales de productos, devolviendo semillas de la próxima cosecha.

“Las semillas tradicionales nos dan poder para resistir su dominio y ser dueños de nuestro cultivo y no ser esclavos de nuestro amo”, dice Vivien.

En virtud de los Acuerdos de Oslo, cerca del 63 por ciento de las tierras agrícolas de Cisjordania fueron designadas como “Área C”, lo que las situaba bajo el control de los militares israelíes. Como resultado, los agricultores palestinos, legítimos propietarios de las tierras, se vieron obligados a dejar el cultivo, esta situación se mantiene hasta hoy día.

Mientras tanto, los asentamientos israelíes en Cisjordania se han multiplicado, y las granjas de los asentamientos producen una gran cantidad de cultivos a bajo coste utilizando pesticidas y otros métodos con lo que el cultivo tradicional no puede competir, sobretodo, si a esto añadimos la gestión colonial de los recursos hídricos que beneficia al colono.

De acuerdo con las autoridades de ocupación israelíes, el valor de los bienes producidos en los asentamientos y exportados a Europa asciende a aproximadamente 300 millones de dólares al año.

Israel está inundando el mercado palestino con sus productos de bajo coste, mientras que al mismo tiempo controla las exportaciones e importaciones palestinas. Las restricciones a la importación de fertilizantes ha reducido la producción agrícola entre 20 y 33 por ciento. Esta presión está obligando a los agricultores palestinos a abandonar sus tierras, teniendo muchos que trabajar en las granjas de los asentamiento que los desplazaron por tan poco como la mitad del salario mínimo israelí, en condiciones de trabajo inseguras y sin derecho a vacaciones o licencia por enfermedad.

“Oslo ha sido un desastre para el sector agrícola en Palestina”, dice Sansour. Aparte de las restricciones impuestas a los agricultores como consecuencia del acuerdo, también ha traído inversiones extranjeras, explica. “La ayuda fue diseñada de una manera neoliberal, propiciando la producción de ciertos artículos, este tipo de financiación empujó a los agricultores a pasar de la agricultura sostenible al monocultivo (la producción de un tipo de cultivo) diseñado para la exportación o la venta a los consumidores en el mercado israelí, con métodos dependientes de productos químicos. Pasamos de producir alimentos a producir veneno”, añade.

Sansour destaca el impacto de lo expuesto en el Protocolo de París, un anexo de los Acuerdos de Oslo, que liga la economía palestina a la israelí. Esto conlleva a situaciones de desigualdad, ya que las industrias israelíes, como la de tabaco, alquilan tierra palestina por un precio con el que los pequeños agricultores no pueden competir. Estos factores motivaron a Lamya Hussain a implantar el Proyecto Kale-Palestina, apoyado por MAAN y Refutrees, destinado a la aparición de coles en el mercado palestino. Dos años después de su creación, el proyecto ya ha dado su fruto, varias variedades de col rizada, “El estado de Israel ejerce un gran control sobre todo lo que se produce y lo que no, así este proyecto es un gran desafío”, dice la directora. “Los pequeños productores palestinos luchan por hacerse un lugar en este terreno mercantil, donde Israel muy fácilmente puede entrar y abaratar los precios de sus productos, lo que dificultaría la tarea de emancipación de la economía palestina de la israelí”.

Fareed Taamallah era uno de estos pequeños agricultores que luchan por vender su producción en este sistema injusto. Cansado de la venta de sus aceitunas y aceite de oliva a granel a un comerciante que luego lo vende al consumidor, teniendo la mayor parte de la ganancia, cofundó Sharaka, una organización que vincula directamente al productor y el consumidor palestinos. “En la Palestina ocupada la cuestión de mantener al agricultor en su tierra cultivando y produciendo es más importante que en cualquier otro lugar, ya que no es sólo una cuestión de producción, sino también una cuestión de soberanía alimentaria”, dice Taamallah. “Sharaka está tratando de hacer frente a parte de estos problemas y ayudar a los agricultores a pequeña escala a permanecer en su tierra, facilitando el comercio de sus productos con precios justos, y de esta manera apoyarlo para que permanezcan firmes en sus huertos. Por otro lado, tratamos de ayudar a los consumidores a tener acceso a alimentos sanos palestinos para no depender de los productos israelíes que se encuentran en el mercado local”.

El impacto de la ocupación israelí en la industria agrícola palestina ha sido muy brusco y negativo. Por esos son necesarios todos los esfuerzos de este sector, en clave alternativa, por ofrecer al pueblo palestino sus propios productos. Sansour compara la compra de productos israelíes con el hábito de fumar, “pagar por la propia intoxicación”.

Por Jessica Purkiss
Con información de: ABNA

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Historia de los naranjos de Ibn Bassal

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Aunque pueda parecer que han formado parte de nuestra dieta desde la más remota antigüedad, las naranjas no se conocieron en la Península Ibérica hasta el siglo XI.

Ibrahim Ibn Bassal, uno de los agrónomos andalusíes más importantes, consiguió -aunque no sin grandes dificultades- aclimatar esta delicada especie en un clima tan poco propicio para ello como el toledano. Fue en la Huerta del Rey (Yannat al-Sultan), la extensa finca en donde el rey taifa Al-Mamun (1037-1075) había instalado un jardín botánico. Se trataba de naranjas amargas (Citrus aurantium), recién llegadas al sur de Europa procedentes de Persia.

Habría que esperar todavía algunos siglos más para que comerciantes portugueses introdujeran la variedad dulce a la que hoy estamos tan acostumbrados (Citrus sinensis). Aunque se trataba de una especie a la que acabarían cantando los poetas -que comparaban sus frutas con el oro y las hojas con las esmeraldas-, no siempre fue así. Se atribuye al granadino al-Tignari -explica el historiador Carlos Gómez de Avellaneda– haber propalado el rumor de que el naranjo era un árbol maldito, pues todos los territorios por donde se extendió en época taifa acabarían pronto conquistados por los cristianos. Según comentaría posteriormente el famoso historiador Ibn Jaldun, ya en el siglo XV, «la ciudad en que se plante recibirá la advertencia de su próxima ruina».

Los naranjos que tanto entusiasmaron a Al-Mamun no fueron el único cultivo que arraigó en Toledo durante el siglo XI. Conservamos los suficientes testimonios como para saber -según acababa de escribir entonces Ahmad ibn Muhammad al-Razi, el célebre ‘Moro Rasis’ autor de la crónica del siglo X que sería bautizada en su honor en zona cristiana- que «su territorio es fértil para la agricultura, produce cosechas de gran rendimiento e inmejorable grano».

Al-Razi contribuiría notablemente a destacar la calidad del cereal toledano, pues añadió que «su trigo puede almacenarse durante setenta años sin que se estropee», motivo por el cual «a Toledo jamás le falta grano, incluso en tiempo de guerra». Por su gran importancia, fueron muchos los autores que le siguieron y reprodujeron este comentario, como Al-Zuhri, que fue contemporáneo de Alfonso X.

Otro autor del siglo XII -según recogió la historiadora del arte y arqueóloga Clara Delgado (1952-1998) en su trabajo ‘Noticias sobre Toledo suministradas por los geógrafos musulmanes’ (publicado en el número 8 de la revista En la España medieval, 1986)- fue el poeta guadalajareño Abu Muhammad al-Hiyari. Su obra no se conserva, pero ha quedado perpetuada en la de escritores posteriores, como el poeta, historiador y geógrafo granadino Said al-Magribi (XIII). Por él conocemos la «grandeza» de las defensas de Tulaytula «y los árboles que la rodean por todas partes».

Según este autor, «a través de la puerta de la Sagra [de Bisagra] se ven granados sin par, cuya flor tiene casi el tamaño de la granada». Esta fruta poseía gran simbolismo dentro del mundo andalusí. El sevillano Ibn al-Awwam, autor de un tratado de agricultura de gran importancia (Kitab al-Filaha), escribiría las siguientes palabras: «Cuidad del granado; comed la granada, pues ella desvanece todo rencor y envidia». Antiguos topónimos toledanos, como el del Granadal (el entorno de las ruinas del convento de San Pablo y el segundo remonte mecánico), son lo que se han conservado de aquella antigua abundancia. Aparte de las granadas, Al-Hiyari ponderó también los higos toledanos, una variedad «que tiene la mitad verde y la otra mitad blanca, extremadamente dulces».

Los naranjos de Ibn Bassal (autor del tratado Diwan al-filaha, que destacaba por sus conclusiones basadas en experiencias personales más que en citas de otros autores), el trigo de Al-Razi (quien también definió nuestro azafrán como «el mejor de España, tanto por su color como por su aroma») y las granadas y los higos de Al-Hiyari son una insignificante parte de los abundantes cultivos que debió de poseer el Toledo del siglo XI. Incluso dentro de la tradición cristiana, los panes que la princesa mora santa Casilda dispensaba a los cautivos -milagro representado al fresco por Francisco Bayeu en el Claustro de la Catedral en el siglo XVIII- se transformaron en flores y frutas.

Desgraciadamente, apenas han llegado hasta nosotros manifestaciones materiales de aquella etapa. Mucho menos, elementos relacionados con la gastronomía. Mientras que la Córdoba emiral contó con referentes como el iraquí Ziryab -a quien se atribuyen costumbres orientales como el uso de vajillas de cristal, el empleo de la cuchara y nuevos platos, desde las albóndigas (al-banadiq) hasta los primeros pistos-, Tulaytula, ciudad rebelde a Córdoba por excelencia (ahl Tulaytula, «los toledanos» o «las gentes de Toledo»), celebraba por entonces un banquete mucho menos agradable. La Jornada del Foso, más conocida como ‘Noche toledana’ -acontecimiento que probablemente fue más legendario que real, pues no aparece recogido en las fuentes de la época y cuenta con paralelismos en antiquísimas leyendas orientales-, comenzó con un festín que terminó de manera trágica.

Con estas palabras describió el funesto banquete el Muqtabis de Ibn Hayyan, uno de los grandes historiadores hispanomusulmanes (siglo XI): «Cuando [el emir Abderramán II] leyó la carta a los principales de Toledo, éstos se alegraron de lo oído y se dispusieron a asistir. Fijó también un día concreto, para el que ordenó sacrificar reses, preparar manjares y hacer postres, invitando aquel día sonado a los toledanos y sentándose a su vista en un punto inmediato de su Alcázar, aunque habiendo dispuesto contra ellos hombres armados al lado del foso que había preparado en su interior». No hace falta explicar el desenlace.

Imaginemos por un momento que este banquete llegara a producirse (pues la rebeldía de los habitantes de la ciudad, contra quienes habría estado dirigida la Jornada del Foso, sí que ha sido acreditada por las fuentes históricas en varias ocasiones). No sabemos a ciencia cierta dónde eran sacrificados los animales para su consumición en el siglo IX, pero sí algunos cientos de años más tarde, cuando los documentos mozárabes mencionarán el «corral donde degüellan las reses los musulmanes». Era propiedad de la Catedral y se encontraba en el entorno del Colegio de Infantes.

Cereales y legumbres -incluido el renombrado trigo que podía conservarse durante varias generaciones- serían, sin duda, la base de los platos de aquel trágico menú. Por ejemplo, la alboronía (al-baraniyya), guiso de hortalizas que incluía calabazas, berenjenas y cebollas rehogadas. Es posible que incluyera también albóndigas o salchichas (mirkas) aromatizadas con azafrán y canela, o cualquiera de la amplia variedad de escabeches y salazones, tanto de carne como de pescado, que formaron parte de la gastronomía andalusí -de los más pudientes, al menos- desde sus inicios.

Frutos secos y dulces, fundamento de la posterior repostería española, aromatizados con agua de azahar y de rosas, serían también muy abundantes, incluyendo jarabes (xarab) y sorbetes (sherbet) elaborados con el hielo procedente de pozos de nieve, el cual se conservaba la mayor parte del año.

Aprovecharemos este espacio para incluir una breve referencia a la «tierra comestible» de Magán, la greda (tafl), extraída y exportada nada menos que hasta el Magreb, Egipto, Siria, Irak y Turquía. Se trataba de una arcilla principalmente empleada para lavar prendas y cabellos, según ha llegado hasta nosotros a través de Al-Hiyari y de Al-Idrisi, aunque también podía pulverizarse y mezclarse con harinas para la elaboración de pan. Su comercio en Toledo debía de estar relacionado con un topónimo bastante mencionado en las fuentes medievales, al-Taffalin o «Puerta de los Grederos», situada en la zona norte de la ciudad, probablemente en las proximidades de la Puerta del Vado.

Para conocer con más detalle los usos del Toledo islámico recomendamos los trabajos publicados por la Asociación Tulaytula, especialmente el artículo ‘La alimentación en el Toledo árabe’, obra del médico e historiador gastronómico Luis Jacinto García. Desgraciadamente, pese a tratarse de una consolidada plataforma cultural que organiza actividades y otorga cada año los Premios Clara Delgado, la Asociación Tulaytula (que anteriormente se denominaba Amigos del Toledo Islámico) lleva casi un año sin sede tras verse obligada a abandonar el espacio que ocupaba en la Posada de la Hermandad.

Durante los tres siglos y medio de historia del Toledo musulmán, gracias a la labor de agrónomos como Ibn Bassal o médicos y botánicos como Ibn Wafid, fueron introducidas en la Península especies como el arroz, la sandía, la berenjena, la espinaca, la caña de azúcar, la almendra… Los potentados cultivaban estos exóticos vegetales en almunias o fincas de recreo que incluían explotaciones hortofrutícolas y de las que la Yannat al-Sultan o «Huerta del Rey» del Toledo taifa sería el máximo exponente. El único testigo de aquellos tiempos, sumamente modificado, es hoy el denominado «Palacio de Galiana», en las proximidades de la Estación de Ferrocarril.

Frente a las clases más adineradas, sin embargo, la mayoría de habitantes de la ciudad seguiría basando su alimentación en el pan, con consumo ocasional de los frutos de las huertas y de carne de volatería. Un buen testimonio de la vida en el Toledo del Año Mil es el que recreó el arabista Juan Antonio Souto en el volumen conjunto Regreso a Tulaytula: guía del Toledo islámico (siglos VIII-XI), editado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en 1999 y en el que participó también Clara Delgado con un amplio trabajo dedicado a ‘La estructura de Toledo en época islámica’. Dice así:

«La casa se inundaba del suave aroma de la gallina rellena. Allí estaba, dorada y a punto. Las hijas de Ahmad rivalizaban entre ellas por tener la mano de su madre en aquellos asuntos. Y de veras que la tenían. En la sala ya estaba dispuesto todo: ataifores, redomas, aguamaniles, servilletas, hasta dos fuentes llenas de fruta fresca. Día de fiesta. Se sentaron y se lavaron las manos. Rabí’a trajo la gallina ya trinchada y lista. En el nombre de Dios tomó Ahmad el primer bocado, detrás Maryam y luego las hijas. No se sabía qué estaba mejor: si la delicada carne o el relleno compuesto de manzana, orejones de melocotón y albaricoque, uvas pasas, nueces y almendras, sin que en la salsa faltasen la miel, la canela ni las especias que le daban tan buen sabor. Layla se chupaba los dedos. Sus hermanas le reprendieron, pero es que aún era tan niña… Al poco rato no quedaban en la fuente sino los huesos. Gada trajo entonces el bote con los buñuelos que quedaban del día anterior (…) Layla trajo las raíces para los dientes. Todos se frotaron con ellas. La boca quedaba limpia tras la comida y con un sabor muy agradable. Con razón lo hacía el Profeta, Dios lo bendiga y lo salve».

Por A. de Mingo
Con información de La Tribuna de Toledo

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