Sultán Baibars – El León de Egipto

Baibars y sus mamelucos

Al-Malik al-āhir Rukn al-Dīn Baybars al-Bunduqdārī , o Al-āliī

De esclavo a Sultán

El famoso héroe Ruknuddín Baibars (1223-1277), apodado al-Bundukdarí (“El Ballestero”), que luego sería sultán y derrotaría en repetidas ocasiones a los francos, sería el primer comandante y organizador de la formación militar de los mamelucos.

Baybars fue concebido en la nación de los turcos Kipchak en la costa norte del Mar Negro. Después del ataque mongol a su nación en torno a 1242, Baybars fue uno de los habitantes de Kipchak vendidos como esclavos. Los esclavos que hablaban turco, se habían convertido en la columna vertebral militar de la mayoría de los estados islámicos, eran muy apreciados.

De origen kipchak, fue hecho esclavo en Crimea, donde se había refugiado su tribu, en la década de 1240, y vendido en Alepo. Se dice que fue capturado por los mongoles en la estepa de Kipchak / Cumanía y vendido como esclavo, terminando en Siria. Baibars fue rápidamente vendido a un oficial mameluco llamado Aydekin al bondouqdar y enviado a Egipto, donde se convirtió en guardaespaldas del gobernante Ayyubid As-Salih Ayyub.   Participó en la victoria de Ain Jalut sobre los mongoles, pero al no obtener la recompensa esperada  participó en el asesinato del sultán Qutuz en 1260. Resultó el mayor azote de los cruzados desde los tiempos de Saladino y selló su eliminación del Levante.

Era un nombre de gran estatura, de cabellos rubios y ojos azules. Los egipcios le llamaban el “león de Egipto”, entrenado como un mameluco (ghulam)  bajo el sistema Seljuk del Medio Oriente.

Su carrera militar no tiene igual en ninguna época islámica anterior o posterior. Solamente durante sus diecisiete años de sultanato (1260-1277) realizó treinta y ocho campañas durante las cuales recorrió cuarenta mil kilómetros.

Nueve veces luchó contra los mongoles, cinco contra los armenios y tres contra los hashashiyyín (“los Asesinos”). Sólo contra los francos luchó en 21 ocasiones, y salió vencedor en todas. A los cruzados les logró capturar baluartes considerados inexpugnables, como los castillos de Safed (mar de Galilea), en 1266, Beaufort de los templarios (a orillas del Litani, sur de Líbano), en 1268, y el famoso Krak de los Caballeros (al oeste de Homs, en Siria), en 1271. Además conquistó las ciudades de Arsuf, Cesárea, Jaffa, Haifa,Torón y Antioquía. En 1270 envió a la flota mameluca a atacar el puerto chipriota de Limassol en represalia por la ayuda constante de la dinastía Lusignan (1191-1489) a los baluartes cruzados de Palestina y Siria. En 1273 destruyó el castillo de los Asesinos en Masyaf (cerca de Hama, en Siria), donde residía Sinán (m. 1192), el llamado «Viejo de la Montaña» (Sheij al-Ÿabal), y su siniestra organización.

Otro gran comandante  Baibars, el padre de la conquista

Su victoria más importante, sin embargo, fue en el oasis de dunas de Ain Ÿalut (“La fuente de Goliat”), en la actual localidad palestina de Ein Harod (a mitad de camino entre Afula y Bet She’an), el 3 de septiembre de 1260. Ese día, el general Baibars y el sultán Qutuz (g.1259-1260) derrotaron a un poderosísimo ejército mongol de cincuenta mil hombres y diez mil jinetes enviado por Hulagú (el nieto de Gengis Kan) al mando de Ketbogha. La estrategia de los mamelucos fue una copia casi exacta del ardid por el cual el general cartaginés Aníbal Barca venció a los romanos en Cannas (agosto, 216 a.C.). La infantería musulmana (unos veinte mil hombres) al mando del sultán Qutuz Ibn Abdullah aguardó fuera de la vista del enemigo mientras Baibars y sus doce mil jinetes fingieron hacer un ataque masivo y luego retrocedieron. Los mongoles persiguieron a lo que se retiraban, sin percatarse por la rapidez de la acción y la polvareda reinante que eran conducidos al centro de una pinza que se cerró inexorablemente en el momento preciso, mientras la caballería mameluca giraba en redondo y contraatacaba. Ketbogha sucumbió en el combate. Esa finta de Baibars consiguió el triunfo.

Esta batalla fue una de las más importantes de la historia, comparable a la de Gaugamela (1 de octubre, 331 a.C.), por la que Alejandro conquistó el Imperio persa, a la de Hastings (14 de octubre, 1066), por la que Inglaterra pasó a manos de los normandos, a la de Waterloo (18 de junio, 1815), por la que Napoleón fue definitivamente vencido, o a la del Alamein (23 de octubre-4 de noviembre, 1942), por la que el Afrika Korps de Rommel fue frenado y desbandado a las puertas de El Cairo. Dice el medievalista británico Steven Runciman: «La victoria mameluca salvó al Islam de la amenaza más peligrosa con que se había enfrentado nunca. Si los mongoles hubieran penetrado en Egipto no habría quedado ningún estado musulmán importante en el mundo al este de Marruecos» (S. Runciman: Historia de las cruzadas, Alianza, Madrid, 1997, vol. III: “El Reino de Acre y las últimas cruzadas”, pág. 289).

Un Caballero Templario que luchó en la Séptima Cruzada se lamentó

La rabia y el dolor están sentados en mi corazón … tan firmemente que apenas me atrevo a seguir con vida. Parece que Dios desea apoyar a los turcos en nuestra pérdida … ah, señor Dios … por desgracia, el reino de Oriente ha perdido tanto que nunca podrá volver a levantarse. Harán una mezquita del convento de Santa María, y dado que el robo agrada a su Hijo, quien debería llorar al respecto, nos vemos obligados a cumplir también … Cualquiera que desee luchar contra los turcos está loco, porque Jesucristo no lucha ellos más. Ellos han conquistado, ellos conquistarán. Por cada día nos atropellan, sabiendo que Dios, que estaba despierto, duerme ahora, y Muhammad se vuelve poderoso.

La Historia lo recuerda como un gran gobernante

Se destacó como renovador religioso y estadista. Prohibió la prostitución y las bebidas alcohólicas bajo pena de muerte. En el campamento de turno y en el palacio de El Cairo o Damasco denunciaba con su voz potente e imperturbable los males de la época y recomendaba las soluciones apropiadas. Hizo construir escuelas, hospitales, un estadio de tamaño olímpico, embalses y canales en el valle del Nilo, cocinas populares, distribución anual de diez mil bolsas de cereal para beneficencia, e implementó un servicio postal de cuatro días para una carta de El Cairo hasta Damasco; eficiencia que hoy día rara vez se alcanza. La lista de sus obras sociales es casi tan larga como aquélla de sus empresas militares.

Sus memorias fueron grabadas en Sirat al-Zahir Baibars (“La vida de al-Zahir Baibars”), un popular romance árabe que registra sus batallas y logros. Él tiene un estado heroico en Kazajstán, así como en Egipto y Siria.

Al-Madrassa al-Zahiriyya es la escuela construída junto a su mausoleo en Damasco. La biblioteca de Az-Zahiriyah tiene una gran cantidad de manuscritos en diversas ramas del conocimiento hasta el día de hoy. La biblioteca y el mausoleo están siendo reconstruidos por el fondo del gobierno de Kazajstán.

El mundo musulmán no olvida al que fue uno de sus grandes generales y conquistadores de todos los tiempos.

Con información de Mundo Historia

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Inicios del nacionalismo árabe

Muhammad Rashid Rida

En su inicio, el nacionalismo árabe se difundió como algo compatible con la pertenencia al Imperio Otomano. El periodista de Alepo al-Kawakibi se contó entre los primeros arabistas que aspiraron a modernizar el Imperio Otomano, pidiendo su descentralización y el establecimiento de un califato árabe en La Meca. Ante el fracaso, sirios como Rashid Rida, al-Zahrawi, al-‘Azm o al-Kawakibi se establecieron en El Cairo, huyendo de la opresión otomana.

A fines del XIX, Taihir al-Jaza’iri sería el más activo defensor de un reformismo arabo-islámico, creando en torno a él un club en Damasco que debatía sobre política, religión y cultura, aunque aún no era claramente nacionalista. Estuvo en contacto con oficiales de los Jóvenes Turcos destinados en Damasco. Al-Jaza’iri promovió un segundo club, integrado por jóvenes que habían cursado una enseñanza moderna. Se crearon varias sociedades secretas árabes, como al ‘Ahd y al-‘Arabiyya al-Fatat (Jóvenes Árabes), fundada por dos estudiantes de Estambul, uno de ellos el palestino al-Hadi.

Posteriormente se implantó en círculos estudiantiles de Beirut, Damasco y París. Al-Fatat mantuvo –incluso durante la guerra– la lealtad al Imperio Otomano, al igual que el Partido de la Descentralización, fundado en 1912 por los exiliados de El Cairo 1.

Tras la llegada al poder de los reformistas Jóvenes Turcos en 1908, Ruhi al-Khalidi y su tío Sa’id al-Husseini se mostraron durante un debate parlamentario críticos con el sionismo, denunciando que su objetivo era crear un Estado judío en Siria. Nisim Mazliah, diputado judío de Izmir del partido gubernamental Comité de Unión y Progreso (CUP), defendió el sionismo, acusando a Ruhi al-Khalidi de falsear la realidad para atacar al gobierno. Cuando murió estaba preparando un estudio sobre el sionismo que –como su tío– conocía muy bien 2.

La existencia de otras identidades no excluía la presencia de cierta idea de palestinidad que se manifestó puntualmente. Por ejemplo, en 1908 se pidió que el Norte de Palestina, que pertenecía al vilayato de Beirut, se integrase en el sanjacado de Jerusalén. Poco antes, en el libro Le Réveil de la nation árabe, que circuló clandestinamente en Palestina, Najib Azuri mostró tener un claro concepto de la unidad palestina y del potencial impacto del sionismo. Aunque libanés, Azuri había trabajado como funcionario en el sanjacado de Jerusalén.

Entre 1910 y 1911 varios artículos periodísticos criticaron la compra de tierras por el Fondo Nacional Judío en al-Fula, donde hubo una fortaleza supuestamente construida por Saladino, produciéndose una importante movilización social 3.

En 1908 se fundó en Estambul la Sociedad de Hermandad Árabe-Otomana, en la que predominaron sirios. La sociedad se enfrentó a reformistas como al-‘Azm y Rida –dispuestos a compatibilizar su nacionalismo árabe con el apoyo al gobierno del CUP– que aprobarían la disolución de la sociedad, acusada de connivencia en el intento golpista de 1909. A fines de ese año, tras desechar la creación de un partido, la oposición árabe al CUP se integró con la no árabe en el Partido Liberal Moderado. En Jerusalén tuvo el respaldo de los Husseini.

En 1911 al-‘Asabi, que había sido subgobernador de Nazaret, se quejó en el parlamento de la infrarrepresentación de los árabes y pidió una política antisionista.

Activistas de al-Fatat de París decidieron celebrar un Congreso Árabe, contactando para ello con el Partido de la Descentralización. El congreso se celebró en París del 17 al 23 de junio de 1913, asistiendo 25 personas que representaban tres líneas: arabistas de al-Fatat, cristianos pro franceses de Líbano y descentralizadores moderados, leales aún al Imperio Otomano, al que el Congreso pediría una mayor descentralización.

El Congreso Árabe recibió numerosos telegramas de la Gran Siria, pero también la condena de notables árabes o sectores islamistas o proturcos. Incluso Filastin o el más arabista al-Karmil temieron que la separación del Imperio hiciera de Palestina una presa fácil para el sionismo 4.

En los meses anteriores al estallido de la guerra, el antisionismo se intensificó y organizó. En enero de 1914 Ibry escribía a Rupin comentándole la existencia de organizaciones de jóvenes cristianos y musulmanes en Jaffa y Jerusalén creadas para oponerse al sionismo.

Efectivamente, se crearon sociedades muy variadas, que a veces combinaban la oposición al sionismo con la aspiración al desarrollo económico y cultural. Najib Nassar influyó en la creación de dos sociedades arabistas y antisionistas. Se constituyeron incluso sociedades femeninas nacionalistas. Estudiantes palestinos de Al-Azhar, en El Cairo, fundaron la Sociedad de Resistencia a los Sionistas y la campaña antisionista de Filastin fue tan intensa que las autoridades otomanas suspendieron el periódico alegando que fomentaba tensiones interraciales. Filastin replicó que los sionistas no eran una raza, sino un grupo político, diferenciando entre sionistas y judíos, acusando a los primeros de romper la tradicional convivencia armónica con estos y de aspirar a controlar el país 5.

En Palestina –aunque no sólo en Palestina– la existencia de lealtades políticas múltiples en los últimos años de dominio otomano era común. Para intelectuales palestinos como Diya’ o Ruhi al-Khalidi, existía una compleja red de lealtades que incluían el ámbito local, pero también otros más amplios. Podían sentirse palestinos, sirios y árabes y al tiempo ser fieles al Imperio. Si bien lo último retrocedió durante la guerra 6, el cónsul español en JerusalénAntonio de la Cierva, pudo testimoniar al inicio de la misma la fidelidad de los habitantes de Jerusalén al sultán 7.

Nafi también sostiene la existencia de lealtades múltiples y piensa que la fuerza de la idea árabe no podría medirse por el número de miembros de sus organizaciones, ya que los partidos, como otros elementos de la modernidad, eran novedosos, practicándose una política tradicional. No obstante, hubo esfuerzos por ampliar las bases sociales. Al-Fatat, por ejemplo, intentó en vísperas de la guerra integrar a jóvenes notables urbanos, jefes tribales, funcionarios y oficiales del ejército. Pero incluso entonces existía un consenso que daba prioridad a la defensa del Imperio sobre los derechos nacionales 8.

La actitud dominante de los nacionalistas árabes hacia el sionismo fue la oposición, aunque hubo excepciones. Sectores del Partido de la Descentralización admiraban los conocimientos, recursos y capacidad para promover el progreso de los sionistas, llegando algunos exiliados en Egipto a ver en ellos posibles aliados en la lucha contra Estambul. Se abría la posibilidad de una comunidad que incluyera a todos los habitantes de tierras árabes.

El judío palestino sionista Nassim Mullul, corresponsal del periódico al-Mukattam contactó con líderes del Partido de la Descentralización. En 1913 y 1914 hubo intentos de negociación por ambas partes. Los del judío Hochberg o del palestino al-Khalidi no progresaron. Los de Weizzman en El Cairo parecieron más esperanzadores. En 1913 el diario beirutí al-Ittihad al-‘Uthmani defendió esta aproximación, coincidiendo con el Primer Congreso Árabe. Hochberg siguió los trabajos de este congreso, entrevistándose con sus principales dirigentes.

Por cierto, aunque el congreso no se pronunció sobre la inmigración sionista, se opuso a la turca. Estos contactos fueron efímeros y no condujeron a ningún acuerdo. En 1913 Albert Antebi constataba que ningún notable palestino quería comprometer su posición favoreciendo abiertamente a los sionistas. Sin embargo, el II Congreso Sionista, celebrado ese año, apostó por un entendimiento con los árabes 9.

Por J.A.R.Rocamora (Depto. de Humanidades Contemporáneas
Universidad de Alicante). Investigaciones geográficas, nº 54.


Notas:
  1. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 19-22, 25-28 y 35-38, 41-42.
  2. Sa’id al-Husseini escribió en 1899 una carta a Herzl exponiendo que Palestina era una tierra densamente poblada y venerada por cristianos y musulmanes, concluyendo su mensaje con un «deje a Palestina en paz». Rashid Khalidi, o. c., pp. 69-70 y 75-78. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 65-66.
  3. Rashid Khalidi, o. c., 1997, pp. 27-31, 105-109.
  4. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 43-44.
  5. A. W. Kayyali, o. c., pp. 33-35, 40.
  6. Rashid Khalidi, o. c., pp. 85, 157-158.
  7. Tom Segev, o. c., p. 15.
  8. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 47-51, 54-55.
  9. Rashid Khalidi, o. c., p. 140. Basheer M. Nafi, o. c., pp. 59-62. Bichara Khader, o. c., vol. II, pp. 53-55.

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La diosa de la fortuna en Babilonia

Si un hombre tiene suerte, es imposible predecir el tamaño de su riqueza. Si lo lanzan al Éufrates, saldrá con una perla en la mano.

Todas las personas desean tener suerte, y ese deseo existía tanto en el corazón de los individuos de hace cuatro mil años como en los de nuestros días. Todos esperamos la gracia de la caprichosa diosa de la fortuna. ¿Existe alguna manera de poder obtener no sólo su atención, sino también su generosidad? ¿Hay algún modo de atraer la suerte?

Esto es precisamente lo que los habitantes de la antigua Babilonia querían saber y lo que decidieron descubrir. Eran clarividentes y grandes pensadores. Esto explica que su ciudad se convirtiera en la más rica y poderosa de su tiempo.

En aquella lejana época no existían las escuelas. Sin embargo, sí que había un centro de aprendizaje muy práctico. Entre los edificios rodeados de torres de Babilonia; este centro tenía tanta importancia como el palacio los jardines colgantes y los templos de los dioses. Ustedes constatarán que en los libros de historia este lugar aparece muy poco, probablemente nada, a pesar de que ejerciera una gran influencia en el pensamiento de aquel entonces.

Este edificio era el Templo del Conocimiento. En él, profesores voluntarios explicaban la sabiduría del pasado y se discutían asuntos de interés popular en asamblea abierta. En su interior, todos los hombres eran iguales. El esclavo más insignificante podía rebatir impunemente las opiniones del príncipe del palacio real.

Uno de los hombres que frecuentaban el Templo del Conocimiento era Arkad, hombre sabio y opulento del que se decía que era el más rico de Babilonia. Existía una sala especial en la que se reunían, casi todas las tardes, un gran número de hombres, unos viejos y otros jóvenes, pero la mayoría de edad madura, y discutían sobre temas interesantes. Podríamos escuchar lo que decían para verificar si sabían cómo atraer la suerte…

El sol acababa de ponerse, semejante a una gran bola de fuego brillante a través de la bruma del desierto polvoriento, cuando Arkad se dirigió hacia su estrado habitual. Unos cuarenta hombres esperaban su llegada, tumbados en pequeñas alfombras colocadas sobre el suelo. Otros llegaban en ese momento.

-¿De qué vamos a hablar esta tarde? preguntó Arkad.

Tras una breve indecisión, un hombre alto, un tejedor, se levantó, como era costumbre, y le dirigió la palabra.

-Me gustaría escuchar algunas opiniones sobre un asunto; sin embargo, no sé si formularlo porque temo que os pueda parecer ridículo, y a vosotros también, mis queridos amigos -apremiado por Arkad y los demás, continuó-. Hoy he tenido suerte, ya que he encontrado una bolsa que contenía unas monedas de oro. Me gustaría mucho seguir teniendo suerte y como creo que todos los hombres comparten conmigo este deseo, sugiero que hablemos ahora sobre cómo atraer la suerte para que, de ese modo, podamos descubrir las formas que podemos ,emplear para seducirla.

Un tema realmente interesante –comentó Arkad-. Un tema muy válido. Para algunos, la suerte sólo llega por casualidad, como un accidente, y puede caer sobre alguien por azar. Otros creen que la creadora de la buena suerte es la benévola diosa Ishtar, siempre deseosa de recompensar a sus elegidos por medio de generosos presentes. ¿Qué decís vosotros, amigos? ¿Debemos intentar descubrir los medios de atraer la suerte y que seamos nosotros los afortunados?

-¡Sí, sí! Y todas las veces que sea necesario –dijeron los oyentes impacientes, que cada vez eran más numerosos.

-Para empezar -prosiguió Arkad-, escuchemos a todos los que se encuentren aquí que hayan tenido experiencias parecidas a la del tejedor, que hayan encontrado o recibido, sin esfuerzo por su parte, valiosos tesoros o joyas.

Durante un momento de silencio, todos se miraron, esperando que alguien respondiera, pero nadie lo hizo.

-¡Qué! ¿Nadie? -dijo Arkad-. Entonces debe de ser realmente raro tener esa suerte. ¿Quién quiere hacer una sugerencia sobre cómo continuar con nuestra investigación?

-Yo contestó un hombre joven y bien vestido mientras se levantaba-. Cuando un hombre habla de suerte, ¿no es normal que piense en las salas de juego? ¿No es precisamente en esos lugares donde encontramos a hombres que pretenden los favores de la diosa y esperan que los bendiga para recibir grandes sumas de dinero?

-No pares -gritó alguien al ver que el joven volvía a sentarse-. Sigue con tu historia. Dinos si la diosa te ha ayudado en las salas de juego. ¿Ha hecho que en los dados aparezca el rojo para que llenes tu bolsa, o ha permitido que salga la cara azul para que el crupier recoja tus monedas que tanto te ha costado ganar?

No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allí -contestó el joven sumándose a las risas de los demás-. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.

-Un buen principio -interrumpió Arkad-. Estamos aquí para examinar todos los aspectos de cada cuestión. Ignorar las salas de juego sería como olvidar un instinto común en casi todos los hombres: la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.

-Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer -gritó uno de los asistentes-. Si la diosa frecuenta las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos espumadores. Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró que apostarais a los caballos grises de Nínive? Yo estaba justo detrás de vos, y no daba crédito a mis oídos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún tronco en toda Asiria capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera honesta.
¿Acaso la diosa os dijo al oído que apostarais a los grises porque en la última curva el caballo negro del interior tropezaría y, de ese modo, molestaría a nuestras yeguas y provocaría que los grises ganaran la carrera y consiguieran una victoria que no habían merecido?

Arkad sonrió con indulgencia.

-¿Por qué pensamos que la diosa de la fortuna se interesaría por la apuesta de cualquiera en una carrera de caballos? Yo la veo como una diosa de amor y de dignidad a la que le gusta ayudar a los necesitados y recompensar a los que lo merecen. No la busco en las salas de juego ni en las carreras donde se pierde más oro del que se gana, sino en otros lugares donde las acciones de los hombres son más valerosas y merecen recibir una recompensa.

Al cultivador, al honrado comerciante, a los hombres de cualquier ocupación se les presentan ocasiones para sacar provecho tras el esfuerzo y las transacciones realizadas. Quizás el hombre no siempre reciba una recompensa, porque su juicio no sea el más adecuado o porque el tiempo y el viento a veces hacen fracasar los esfuerzos. Pero si es persistente, normalmente puede esperar realizar un beneficio, pues tendrá mayores posibilidades de que el beneficio vaya hacia él.

Pero si un hombre arriesga en el juego –continuó Arkad-ocurre exactamente al revés, porque las posibilidades de ganar siempre favorecen al propietario del lugar. El juego está hecho para que el propietario que explota el negocio consiga beneficios. Es su comercio y prevé realizar grandes beneficios de las monedas que tuestan los jugadores. Pocos jugadores son conscientes de que sus posibilidades son inciertas, mientras que los beneficios del propietario están garantizados.

Examinemos, por ejemplo, las apuestas a los dados. Cuando se lanzan, siempre apostamos sobre la caza que quedará a la vista. Si es la roja, el jefe de mesa nos paga cuatro veces lo que hemos apostado, pero si aparece una de las otras cinco caras, perdemos nuestra apuesta. Por lo tanto, los cálculos demuestran que por cada dado lanzado, tenemos cinco posibilidades de perder, pero, como el rojo paga cuatro por uno, tenemos cuatro posibilidades de ganar. En una noche, el jefe de mesa puede esperar guardar una moneda de cada cinco apostadas. ¿Se puede esperar ganar de otra forma que no sea ocasional cuando las posibilidades están organizadas para que el jugador pierda la quinta parte de lo que juega?

-Pero a veces hay hombres que ganan grandes sumas -dijo de forma espontánea uno de los asistentes.

-Es cierto, eso ocurre -continuó Arkad-. Me doy cuenta de ello, y me pregunto si el dinero que se gana de este modo aporta beneficios permanentes a los que la fortuna les sonríe de esta manera. Conozco a muchos hombres de Babilonia que han triunfado en los negocios, pero soy incapaz de nombrar a uno sólo que haya triunfado recurriendo a esa fuente.

Vosotros que esta tarde estáis reunidos aquí conocéis a muchos ciudadanos ricos. Sería interesante saber cuántos han conseguido su fortuna en las salas de juego. ¿Qué os parece si cada uno dice lo que sabe?

Se hizo un largo silencio.

-¿Se incluye a los dueños de las casas de juego? -aventuró uno de los presentes.

-Si no podéis pensar en nadie más -respondió Arkad-, si no se os ocurre ningún nombre, ¿por qué no habláis de vosotros mismos? ¿Hay alguno entre vosotros que gane regularmente en las apuestas y dude en aconsejar esta fuente de beneficios?

Entre las risas, se oyó que en la parte de atrás unos refunfuñaban.

-Parece que nosotros no buscamos la suerte en estos lugares cuando la diosa los frecuenta -continuó- . Entonces exploremos otros lugares. Tampoco hemos encontrada sacos de monedas perdidos ni hemos visto la diosa en las salas de juego. En cuanto a las carreras, debo confesaros que he perdido mucho más dinero del que he ganado.

Ahora, analicemos detalladamente nuestras profesiones y nuestros negocios. ¿Acaso no es normal que cuando hacemos un buen negocio, no lo consideramos como algo fortuito, sino como la justa recompensa a nuestros esfuerzos? A veces pienso que ignoramos los presentes de la diosa. Quizá nos ayuda cuando no apreciamos su generosidad. ¿Quién puede hablar del tema?

Dicho esto, un comerciante entrado en años se levantó alisando sus blancas vestimentas.

-Con vuestro permiso, honorable Arkad y mis queridos amigos, quiero haceros una sugerencia. Si, como habéis dicho, nosotros atribuimos nuestros éxitos profesionales a nuestra habilidad, a nuestra propia aplicación, ¿por qué no considerar los éxitos que casi hemos tenido, pero que se nos han escapado, como eventos que habrían sido muy provechosos? Habrían sido raros ejemplos de fortuna si se hubieran realizado. No podemos considerarlos como recompensas justas, porque no se han cumplido. Probablemente aquí hay hombres que pueden contar este tipo de experiencias.

-Esta es una reflexión sabia -comentó Arkad-. ¿Quién de entre vosotros ha tenido la fortuna al alcance de la mano y la ha visto esfumarse de inmediato? Se alzaron varias manos; entre ellas, la del comerciante.  Arkad le hizo un ademán para que hablara.

-Ya que has sido tú el que has sugerido esta discusión, nos gustaría escucharte a ti en primer lugar.

-Con gusto os contaré un hecho que he vivido y que servirá de ilustración para demostrar hasta qué punto la suerte puede acercarse a un hombre y cómo éste puede dejar que se le escape de las manos
a pesar suyo.

Hace varios años, cuando era joven, recién casado y empezaba a ganarme bien la vida, mi padre vino a verme y me indicó que tenía que hacer una inversión urgentemente. El hijo de uno de sus buenos amigos había descubierto una zona de tierra árida no lejos de las murallas de nuestra ciudad. Estaba situada sobre el canal donde el agua no llegaba.

El hijo del amigo de mi padre ideó un plan para comprar esta tierra y construir en ella tres grandes ruedas que, accionadas por unos bueyes, consiguieran traer agua y dar vida al suelo infértil. Una vez realizado esto, planificó dividir la tierra y vender las partes a los ciudadanos para hacer jardines.

El hijo del amigo de mi padre no poseía suficiente oro para llevar a cabo tal empresa. Era un hombre joven que ganaba un buen sueldo, como yo. Su padre, como el mío, era un hombre que dirigía una gran familia y con pocos medios. Por eso, decidió que un grupo de hombres se  interesarìan por su empresa. El grupo debía estar formado por doce personas con buenas ganancias y que decidieran invertir la décima parte de sus beneficios en el negocio hasta que la tierra estuviera lista para su venta. Entonces, todos compartirían de forma equitativa los beneficios según la inversión que hubieran realizado.

-Hijo mío -me dijo mi padre-, ahora eres un hombre joven. Deseo profundamente que empieces a hacer adquisiciones que te permitan un cierto bienestar y el respeto de los demás. Deseo que puedas sacar provecho de mis errores pasados.

-Eso me gustaría mucho, padre contesté.

-Entonces te aconsejo lo siguiente: haz lo que yo hubiera tenido que hacer a tu edad. Guarda la décima parte de tus beneficios para hacer inversiones. Con la décima parte de tus beneficios y lo que te proporcionarán, podrás, antes de tener mi edad, acumular una gran suma.

-Padre, usted habla con sabiduría. Deseo fervientemente poseer riquezas, pero gasto mis ganancias en muchas cosas y no sé si hacer lo que me aconseja. Soy joven. Me queda mucho tiempo.

-Yo pensaba del mismo modo a tu edad, pero ahora han pasado varios años y todavía no he empezado a acumular bienes.

-Vivimos en una época diferente, padre. No cometeré los mismos errores que usted.

-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.

A pesar de la opinión de mi padre, dudé. Los mercaderes del Este acababan de traer ropa de tal riqueza y belleza que mi mujer y yo ya habíamos decidido que compraríamos al menos una pieza para cada uno. Si hubiera aceptado invertir la décima parte de mis ganancias en esa empresa, hubiéramos tenido que privarnos de esas vestimentas y de otros placeres que deseábamos. No quise pronunciarme hasta que fuera demasiado tarde; fue una mala idea. La empresa resultó más fructífera de lo que se hubiera podido predecir. Esta es mi historia y muestra cómo permití que la fortuna se me escapara.

-En esta historia vemos que la suerte espera y llega al hombre que aprovecha la oportunidad – comentó un hombre del desierto de tez morena-. Siempre tiene que haber un primer momento en el que se adquieren bienes. Puede ser unas monedas de oro o de plata que un hombre consigue de sus ganancias por su primera inversión. Yo mismo poseo varios rebaños. Empecé a adquirir animales cuando era un niño, cambiando un joven ternero por una moneda de plata. Este gesto, que simbolizaba el principio de mi riqueza, adquirió gran importancia para mí. Toda la suerte que un hombre necesita debe confluir en la primera adquisición de bienes. Para todos los hombres, este primer paso es el más importante, porque hace que los individuos que ganan su dinero a partir de su propia labor pasen a ser hombres que consiguen dividendos de su oro. Por suerte, algunos hombres aprovechan la ocasión cuando son jóvenes y, de ese modo, tienen más éxito financiero que los que aprovechan la oportunidad más tarde o que los hombres desafortunados, como el padre de este comerciante, que no la consiguen nunca.

Si nuestro amigo comerciante hubiera dado este primer paso de joven, cuando se le presentó la ocasión, ahora poseería grandes riquezas. Si la suerte de nuestro amigo tejedor le hubiera determinado a dar ese paso por aquel entonces, probablemente ese hubiera sido el primer paso de una suerte mayor. –

-A mí también me gustaría hablar -dijo un extranjero levantándose-. Soy sirio. No hablo muy bien vuestro idioma. Me gustaría calificar de algún modo a este amigo, el comerciante. Quizá penséis que no soy educado, ya que deseo llamarlo de ese modo. Pero, desgraciadamente, no conozco cómo se dice en vuestro idioma y si lo digo en sirio, no me entenderéis. Entonces, decidme, por favor, ¿cómo
calificáis a un hombre que tarda en cumplir las cosas que le convienen?

-Contemporizador -gritó uno de los asistentes.

-Eso es -afirmó el sirio, mientras agitaba las manos visiblemente excitado-. No acepta la ocasión cuando se presenta. Espera. Dice que está muy ocupado. Hasta la próxima, ya te volveré a ver… La ocasión no espera a la gente tan lenta, ya que piensa que si un hombre desea tener suerte, reaccionará con rapidez. Los hombres que no reaccionan con celeridad cuando se presenta la ocasión son grandes contemporizadores, como nuestro amigo comerciante.

El comerciante se levantó y saludó con naturalidad como contestación a las risas.

-Te admiro, extranjero. Entras en nuestro centro y no dudas en decir la verdad.

Y ahora escuchemos otra historia. ¿Quién tiene otra experiencia que contar? -preguntó Arkad.

-Yo tengo una contestó un hombre de mediana edad, vestido con una túnica roja-. Soy comprador de animales, sobre todo de camellos y caballos. Algunas veces, compro también ovejas y cabras. La historia que voy a contaros muestra cómo la fortuna vino en el momento que menos la esperaba. Quizá sea por eso que la dejé escapar. Podréis sacar vuestras propias conclusiones cuando os lo cuente.

Al volver a la ciudad una tarde, tras un viaje agotador de diez días en busca de camellos, me molestó mucho encontrar las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto. Mientras mis esclavos montaban nuestra tienda para pasar la noche que preveíamos escasa en comida y agua, un viejo granjero que, como nosotros, se encontraba retenido en el exterior se acercó.

Honorable señor, dijo al dirigirse a mí, parecéis un comprador de ganado. Si es así, me gustaría venderos el excelente rebaño de ovejas que traemos. Por desgracia, mi mujer está muy enferma, tiene fiebre y tengo que volver rápidamente a mi hogar. Si me compráis las ovejas, mis esclavos y yo podremos hacer el viaje de vuelta sobre los camellos sin perder más tiempo.

Estaba tan oscuro que no podía ver su rebaño, pero por los balidos supe que era grande. Estaba contento de hacer un negocio con él, ya que había perdido diez días buscando camellos que no había podido encontrar. Me pidió un precio muy razonable porque estaba ansioso. Acepté, pues sabía que mis esclavos podrían franquear las puertas de la ciudad con el rebaño por la mañana, venderlo, y conseguir buenos beneficios.

Una vez cerrado el trato, llamé a mis esclavos y les ordené que trajeran antorchas para poder ver el rebaño que, según el granjero estaba compuesto de novecientas ovejas. No quiero aburriros describiendo las dificultades que tuvimos para intentar contar a unas ovejas tan sedientas, cansadas y agitadas. La tarea parecía imposible. Entonces, informé al granjero que las contaría a la luz del día y le pagaría en ese momento.

“Por favor, honorable señor, rogó el granjero. Pagadme sólo las dos terceras partes del precio esta noche, para que pueda ponerme en marcha. Dejaré a mi esclavo más inteligente e instruido para que os ayude a contar las ovejas por la mañana. Es de fiar, os podrá pagar el saldo.”

Pero yo era testarudo y rechacé efectuar el pago esa noche. A la mañana siguiente, antes de que me despertara, las puertas de la ciudad se abrieron y cuatro compradores de rebaños se lanzaron a la búsqueda de ovejas. Estaban impacientes y aceptaron de buen grado pagar el elevado precio porque la ciudad estaba sitiada y escaseaba la comida. El viejo granjero recibió casi el triple del precio que a mí me había ofrecido por su ganado. Era una rara oportunidad que dejé escapar.

-Esta es una historia extraordinaria –comentó Arkad-. ¿Qué os sugiere?

-Que hay que pagar inmediatamente cuando estamos convencidos de que nuestro negocio es bueno – sugirió un venerable fabricante de sillas de montar-. Si el negocio es bueno, tenéis que protegeros tanto de vuestra propia debilidad como de cualquier hombre. Nosotros, mortales, somos cambiantes. Y, por desgracia, solemos cambiar de idea con mayor facilidad cuando tenemos razón que cuando nos equivocamos, que es sin duda cuando más testarudos nos mostramos. Cuando tenemos razón, tendemos a vacilar y a dejar que la ocasión se escape. Mi primera idea siempre es la mejor. Sin embargo, siempre me cuesta forzarme a hacer deprisa y corriendo un negocio una vez que lo he decidido. Entonces, para protegerme de mi propia debilidad, doy un depósito al instante. Esto me impide que más tarde me arrepienta de haber dejado escapar buenas ocasiones.

-Gracias. Me gustaría volver a hablar -el sirio estaba otra vez de pie-. Estas historias se parecen. Todas las veces la suerte se va por la misma razón. Todas las veces, trae al contemporizador un plan bueno. En todas las ocasiones, dudan y no dicen: Es una buena ocasión, hay que reaccionar con rapidez. ¿Cómo pueden tener éxito de este modo?

-Tus palabras son sabias, amigo -respondió el comprador-. La suerte se ha alejado del contemporizador en las dos ocasiones. Pero eso no es nada extraordinario. Todos los hombres tienen la manía de dejar las cosas para más tarde. Deseamos riquezas, pero ¿cuántas veces, cuando se presenta la ocasión, esa manía de contemporizar nos incita a retrasar nuestra decisión? Al ceder a esa manía, nos convertimos en nuestro peor enemigo.

Cuando era más joven, no conocía esa palabra que tanto le gusta a nuestro amigo de Siria. Al principio, pensaba que se perdían negocios ventajosos por falta de juicio. Más tarde, creí que era una cuestión de cabezonería. Finalmente, he reconocido de qué se trata: una costumbre de retrasar inútilmente la rápida decisión, una acción necesaria y decisiva. Realmente detesté esta costumbre cuando descubrí su verdadero carácter. Con la amargura de un asno salvaje atado a un carro, he cortado las ataduras de esta costumbre y he trabajado para tener éxito.

-Gracias. Me gustaría hacer una pregunta al comerciante dijo el sirio-. Su vestimenta no es la de un pobre. Habla como un hombre que tiene éxito. Decidnos, ¿sucumbís ante la manía de contemporizar?

-Al igual que nuestro amigo comprador, yo también he reconocido y conquistado la costumbre de contemporizar -respondió el comerciante-. Para mí, ha resultado un enemigo temible, al acecho y que esperaba el momento propicio para contrariar mis realizaciones.

La historia que he narrado es tan sólo uno de los abundantes ejemplos que podría contar para mostraros cómo he desaprovechado
buenas ocasiones. El enemigo se puede controlar fácilmente una vez se le reconoce. Ningún hombre permite de forma voluntaria que un ladrón le robe sus reservas de grano. Como tampoco ningún hombre permite de buen grado que un enemigo le robe la clientela para su propio beneficio. Cuando un día comprendí que la contemporización era mi peor enemigo, la vencí con determinación. De este modo, todos los hombres deben dominar su tendencia a contemporizar antes de poder pensar en compartir los ricos tesoros de Babilonia.

¿Qué opina usted, Arkad? Usted es el hombre más rico de Babilonia y muchos sostienen que también es el más afortunado. ¿Está de acuerdo conmigo en que ningún hombre puede conseguir un éxito completo mientras no haya liquidado por completo su manía de contemporizar?.

Eso es cierto -admitió Arkad-. Durante mi larga vida, he conocido a hombres que han recorrido las largas avenidas de la ciencia y de los conocimientos que llevan el éxito en la vida. A todos se les han presentado buenas ocasiones. Algunos las aprovecharon de inmediato y pudieron, de este modo, satisfacer sus más profundos deseas; pero muchos dudaron y se echaron atrás.

Arkad se giró hacia el tejedor. -Ya que has sido tú el que nos has sugerido un debate sobre la suerte, dinos lo que opinas a ese respecto.

Veo la suerte bajo un nuevo prisma. Creía que era algo deseable que pudiera llegar a cualquier hombre sin que éste realizara esfuerzo alguno. Ahora, soy consciente de que no se trata de un acontecimiento que uno puede provocar. He aprendido, gracias a nuestra discusión, que para atraer la suerte, es preciso aprovechar de inmediato las ocasiones que se presentan. Por eso, en el futuro, me esforzaré en sacar el máximo partido posible de las ocasiones que se me presenten.

-Has entendido muy bien las verdades a las que hemos llegado con nuestra discusión -respondió Arkad-. La suerte toma a menudo la forma de una oportunidad, pero pocas veces nos viene de otro modo. Nuestro amigo comerciante habría tenido mucha suerte si hubiera aceptado la ocasión que la diosa le brindaba. Nuestro amigo comprador, también habría podido aprovechar su suerte si hubiera completado la compra del rebaño y lo habría vendido consiguiendo un gran beneficio.

Hemos seguido con esta discusión para descubrir los medios necesarios para que la suerte nos sonría. Creo que vamos bien encaminados. En las dos historias hemos visto cómo la suerte toma la
forma de una oportunidad. De todo esto se desprende la verdad, verdad que por muchas historias parecidas que contáramos no cambiaría: la suerte puede sonreíros si aprovecháis las ocasiones que
se presentan. Los que están impacientes por aprovechar las ocasiones que se les presentan para sacarles el máximo provecho posible atraen la atención de la buena diosa. Siempre se apresura en ayudar a los que son de su agrado. Le gustan sobre todo los hombres de acción. La acción te conducirá hacia el éxito que deseas. A los hombres de acción les sonríe la diosa de la fortuna.

Por G.S. Clason

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