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Ataques terroristas: Nuevos para nosotros; pero no para los afganos

 

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Como si fuera un poster de “Se Busca” subliminal, los noticieros de la televisión pasan imágenes de las destruidas Torres Gemelas, seguidas a mayores intervalos por el rostro de Osama bin Laden. La aclaración de que aún no tenemos idea de quien es responsable de los brutales ataques en Manhattan, Washington y Pittsburgh parece débil frente a esta “evidencia” visual. Siendo poco probable que se le conceda nada aproximado a un debido proceso, el sospechoso de la década probablemente verá sus intereses violentamente atacados por los EE.UU. y por la OTAN en los próximos días. Es mucho soñar el esperar que no haya víctimas civiles, cuando G.W. Bush cumpla su promesa de “no hacer distinción entre los terroristas que cometieron estos actos y quienes les dan asilo”, que implica que el pueblo de Afganistán pronto será sometido a un bombardeo aéreo. Los EE.UU. probablemente “validarán… la lógica del terrorismo” (Human Rights Watch), siguiendo la consigna de que la violencia y el terror son la respuesta adecuada a la violencia y el terror.

Michael Sheehan, el Coordinador Anti-terrorismo del Departamento de Estado, ha hecho un gran escándalo acerca de un “desplazamiento geográfico” de la actividad terrorista del Oriente Medio al Sur de Asia. Sheehan atribuye este desplazamiento a la guerra contra la ocupación soviética de Afganistán durante los años ochenta: “Esta guerra destruyó al gobierno y a la sociedad civil de Afganistán, trayendo al mismo tiempo armas, combatientes de todo el mundo y narcotraficantes a la región.” Sheehan elimina cualquier rastro de participación humana en esto – fue “esta guerra” la que llevó armas, combatientes y narcos a Afganistán, destruyendo su sociedad civil. Lo que Washington tiende a ignorar convenientemente es que bin Laden y el resto de terroristas extremistas capacitados para pelear en Afganistán fueron educados en “la lógica del terrorismo” por nuestra propia Agencia Central de Inteligencia (CIA).

La CIA ensambló una red de terror que sigue siendo causa de miseria a todo lo ancho del mundo. El director de la CIA William Casey llamó a esto “la clase de cosa que deberíamos estar haciendo”. De acuerdo con las fuentes estándares, la ayuda a grupos extremistas en Afganistán fue una respuesta a la invasión soviética. La verdad es que el presidente Carter dio luz verde al apoyo clandestino al Mujaheddin seis meses antes de la invasión de diciembre de 1979. En palabras del entonces Consejero en Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, uno de los principales arquitectos de la política de Carter, ellos estaban “conduciendo a los rusos a la trampa afgana”. Los EE.UU. dieron apoyo a siete grupos extremistas fundamentalistas durante los ochenta y hasta principios de los noventa con dinero en efectivo, armamento sofisticado y entrenamiento por valor de cinco mil millones de dólares – según datos oficiales. Se ha reportado que el Presupuesto Negro secreto de la CIA se cuadruplicó hasta 36.000 millones de dólares por año cuando Reagan llegó a la presidencia en 1980, y parte de este dinero fue a apoyar operaciones secretas en Afganistán. Algunos de los primeros entrenamientos se llevaron a cabo dentro de los EE.UU., e incluyeron tiro con rifle en el club de tiro High Rock en Naugtuck, Connecticut. Entrenamiento más técnico tuvo lugar en el Campo Peary de la CIA, apodado “La granja”, al noreste de Williamsburg, Virginia. Entre los tópicos cubiertos por las sesiones de entrenamiento estaban: vigilancia y contra-vigilancia, contra-terrorismo, contra-narcóticos y operaciones paramilitares.

Al mismo tiempo, se buscó una fuente de financiamiento privada para la guerra. A Osama bin Laden, un hombre con “impecables credenciales sauditas” (la compañía constructora de su padre acababa de obtener un contrato para reconstruir y restaurar los sitios sagrados de La Meca y Medina), la CIA le otorgó “libertad para actuar en Afganistán”. Usando su parte del imperio comercial de su familia, construyó campos de entrenamiento y aeropuertos, y talló búnkeres en las montañas de Afganistán, todo con la aprobación de Wáshington. Del otro lado de la frontera, la base de bin Laden en Pakistán era la mezquita Binoori en Karachi. El líder de la oración en esa mezquita era un tal Mullah Mohammed Omar, hoy en día “supremo líder” del talibán.

Después de la retirada soviética en 1989, los grupos del Mujaheddin comenzaron a emplear sus armas estadounidenses unos contra otros, y contra la población civil de Afganistán. En 1990, la CIA empezó a aprovisionar al Mujaheddin directamente, en vez de emplear al servicio de inteligencia pakistaní (el ISI) como canal. De acuerdo al entonces jefe de la división del ISI en Afganistán, Mohammad Youssaf, el objetivo de la CIA era “jugar con las diferencias entre las diversas facciones y sus comandantes”, en un esfuerzo por “tomar las riendas del poder” de las facciones y abrir el paso para un desconocido “Régimen de Transición”, posiblemente el Talibán.

El fortalecimiento que dio la CIA a los terroristas fundamentalistas de Afganistán empezó a mostrar sus consecuencias durante este período. Las primeras víctimas fueron las gentes de Afganistán. El grupo que estaba obteniendo mayor ayuda de EE.UU., dirigido por Gulbuddin Hekmatyar, comenzó a bombardear con cohetes a Kabul. Amigo cercano de bin Laden, Hekmatyar era considerado por sus benefactores “un loco, un extremista, y un hombre muy violento” (palabras del embajador de EE.UU. en Afganistán Robert Neumann). En los setenta había obtenido notoriedad por arrojar ácido a la cara de mujeres que se negaban a usar el velo. El periodista Michael Griffin describe a Kabul bajo la arremetida de Hekmatyar: “ninguna ciudad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial – excepto Sarajevo – ha sufrido tal nivel de violencia depredadora como Kabul entre 1992 y 1996. Sarajevo fue casi un espectáculo menor en comparación y, al menos, no fue olvidada.” Entre 1990 y 1994 se asesinó a 45.000 civiles, mientras 300.000 habían huído a Pakistán, y Kabul había sido “transformada en una ruina que recordaba a Dresden después del bombardeo”. La mayoría de los afganos no tiene hoy en día medios de subsistencia, reducida a pedir limosna a las agencias de ayuda internacional. Hoy en día los gobierna el fascista Talibán, que protege a bin Laden.

Terroristas entrenados y armados por la CIA para combatir en Afganistán han sido implicados desde entonces en los ataques al World Trade Center en 1993, y en los bombardeos de las embajadas de EE.UU. en Kenya y Tanzania en 1998, los cuales mataron a cientos de personas. Estos esfuerzos palidecen en comparación con la reciente destrucción en Manhattan, Wáshington y Pittsburgh. Si se le hallara culpable en un juicio justo, bin Laden debería ciertamente pagar su responsabilidad. Pero el pueblo afgano, que no es ningún desconocedor del terrorismo de bin Laden y sus amigos, no debería sufrir más las consecuencias de nuestras acciones. Fueron nuestros oficiales quienes originalmente desencadenaron estas fuerzas de destrucción en Afganistán. Tal vez las caras de Zbigniew Brzezinski, William Casey, Jimmy Carter y Ronald Reagan deberían estar en las pantallas de televisión también, al lado de la de Osama bin Laden y de los vacíos que marcan el sitio en que se levantaban las Torres Gemelas.

El autor es miembro de la Dirección de la Misión por las Mujeres Afganas, y es científico en propiedad en el Instituto Tecnológico de California.

por James Ingalls

Traducido por Guillermo Calderón

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