Los sufís de Al-Andalus 3 – Por Ibn Arabi

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Ebn Ja´far

Le conocí en África, donde me recibió como a un hermano. Sus plegarias (du’a) siempre eran aceptadas y estaba muy avanzado en el Camino. Una vez, como había sucumbido a cierta impureza, Allah le castigó al momento introduciendo su cabeza en el suelo, con los pies al aire y su cuerpo sobresaliendo del suelo un codo. Aunque pedía ayuda, nadie podía sacarlo de allí. Cuando se informó del asunto a su shaykh, fue al lugar y le ordenó que se arrepintiera de su falta, cosa que hizo. Su cuerpo se soltó inmediatamente y sus miembros fueron liberados (1).


Un día estaba con el Príncipe de los Creyentes Yahya b. Ishaq (2);era en la época en que el país ensordecía bajo el estrépito de los ejércitos, de los tambores y de los cuernos. El sonreía y. cuando el Príncipe le preguntó en qué pensaba, el shaykh respondió: “En ese asunto monstruoso en el que estás implicado. No te proporcionará ningún honor, sino que va a ayudar a tu derrota”. Ante estas palabras, el Príncipe lloró y dijo: “Ciertamente, pues eso que ves son los árabes de África”.

(1) El castigo inmediato es, en cierto sentido, un acto de misericordia divina, puesto que nos pone en guardia en lo relativo a nuestro estado real y porque libra de un castigo futuro, mucho más severo si se reincide en la falta o se agrava.
(2) Yahya b. Ishaq era el príncipe almorávide que continuó resistiendo ante los almohades mucho tiempo después de su conquista del Maghreb y del Sur de
la Península Ibérica. Conservó territorios en la región de Túnez durante algunos años. Murió en 1237.

 

 ‘Umar al-Qarqari 

 

Era un hombre de Allah que se dedicaba a la disciplina del alma; prefería vivir retirado y no se sentaba con nadie.

Se ganaba la vida con sus propias manos y sólo cogía de su sueldo lo que necesitaba para comer, dejando lo demás a los que le empleaban, sin guardar nada para el día siguiente.

Cuando vino a este país, oyó hablar de nosotros y vino a vernos. Después de llegar residió entre nosotros con una actitud que no nos parecía normal. Corno algunos se habían percatado de ello, le dije durante la sesión: “Oh, ‘Umar, si quieres marcharte puedes hacerlo”. Entonces se puso a llorar y me dijo: “Hermano, una reunión sobre Allah es una cosa de la que se debe sacar el máximo provecho;
así que déjame de lado, pues la sesión será inútil para mí si sólo soy consciente de mí mismo”.

Le había oído decir: “En este mundo, el hombre debe adorar a Allah en el retiro y no salir de él más que para ir al otro mundo”. Me pidió que le diera un vestido que me perteneciera, y le ofrecí un trozo de tela a rayas. Después me enteré de que fue enterrado con aquella tela.

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