Los sufís de Al-Andalus 3 – Por Ibn Arabi

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Abu ‘Abdallah Muhammad b. al-Mujahid 


Hombre versado en las ciencias tradicionales y jurista malekita, enseñó en la mezquita de al-Muqaybirat. Vivió de acuerdo con este hadith del Profeta: “Pedíos cuentas antes de que os las pidan “.También anotaba sus pensamientos, sus actos, sus palabras, lo que había oído y todas las cosas de este tipo. Después del salat del maghrib, se retiraba a una habitación, examinaba los actos del día que requerían arrepentimiento y se arrepentía. Hacía lo mismo con lo que llamaba su gratitud. Comparaba sus acciones con lo que requería
la Ley revelada. Luego dormía un poco, a continuación se despertaba para decir sus letanías (awrad) y para realizas las ibadas según la Sunna del Profeta. De esta manera, alternaba el sueño y el salat durante toda la noche .


Hacía un círculo de libros a su alrededor, de forma que, cuando había acabado un acto de adoración, cogía un volumen y lo leía. Un día recibió la visita del califa Abu Ya’qub .En el transcurso de la conversación, el Califa le dijo: “Oh, ‘Abdallah, ¿No sientes soledad al vivir solo?”. Y él respondió: “La intimidad con Allah abole toda soledad. ¿Cómo podría estar solo cuando El está siempre conmigo? Cuando voy a conversar con mi Señor, abro el Corán. Si deseo entretenerme con el Enviado de Allah, cojo un volumen de los hadiths y si quiero unirme a los Compañeros o a los Siguientes , leo una obra que trate de su vida. De esta forma, puedo dirigirme a cada hijo de vecino. ¿Cómo puedes hablar entonces de soledad, oh, Abu Ya´qub? “Y recitó versos haciendo alusión a esta práctica.


En el omento de despedirse, Abfu Ya’qub ordenó al guardián de palacio, Abu al-‘Ala’ al-Jami, que le diera al shaykh algo para mejorar su situación. El don consistía en una bolsa que contenía mil dinares de oro. Como el shaykh manifestó que no tenía ninguna necesidad de dinero, el Califa respondió que sólo Allah no necesitaba nada. “Es muy cierto, le dijo’ Abdallah, ¿Pero por qué no devolvérselo a su propietario que lo necesita más que yo?”, haciéndole ver de este modo que aquel dinero había sido conseguido injustamente. Ante estas palabras el Califa enrojeció de vergüenza y dejó el dinero en mitad de la estancia. La bolsa se quedó allí donde el Califa la había dejado y el shaykh no la abrió ni la tocó durante doce años, hasta su muerte. Cuando el sultán Abu Ishaq b.Yusuf  oyó esta historia, asistió en persona a los funerales. Entonces ocurrió una cosa bastante extraña: se dio la orden de distribuir el dinero entre los necesitados de la familia del shaykh según su condición y no según las reglas normales de la herencia .


Un día que el shaykh necesitaba dinero, sólo encontró para vender un viejo abrigo remendado cuyo valor era medio dirham; no obstante se lo confió a un agente. Cuando éste le dijo a la gente que el abrigo pertenecía a Ibn al-Mujahid, uno de los mercaderes ofreció setenta dinares de oro. El agente volvió entonces a casa del shaykh con el comprador, el dinero y el abrigo. Cuando el shaykh preguntó de donde salía todo aquel dinero, el agente explicó que era el precio pagado por el abrigo. Ante estas palabras, el shaykh bajó la cabeza y repitió varias veces: “Así que la religión de Ibn al-Mujahid vale setenta dinares!”. Entonces le dijo al mercader, volviendo a coger su abrigo: “Eso no es lo que vale mi abrigo, amigo mío. Ya no lo vendo, puedes recoger tu dinero”. Obedeciendo al shaykh, el comerciante recogió su dinero y se marchó llorando. Dicen que repartió el dinero en limosnas. Después de aquello, Allah satisfizo las necesidades del shaykh de una manera inesperada .

Un día, cuando volvía a la mezquita, observó que una persona desconocida le seguía. Al llegar a la puerta de su casa, se volvió y le dijo al hombre: “Tú, el de ahí! Si necesitas algo, habla y dime qué es”. El otro le contestó que no necesitaba nada. El shaykh entró en su casa y cerro la puerta, dejando fuera al hombre. No había llegado al vestíbulo de la entrada cuando vio al hombre a su lado. “¿Cómo estás aquí, le dijo, si la puerta está cerrada y no has pedido permiso para entrar?”. “Oh, shaykh”, respondió el desconocido, “no soy un hombre, sino un ángel enviado por el Señor para estar a tu lado y protegerte de todo mal”. Al oír aquello, el shaykh se puso a llorar. El ángel permaneció con él hasta el día de su muerte.

Hemos hablado de sus estados espirituales en la Durrat al-fákhirah y esto no es más que un resumen . Muchos entraron gracias a él en el Camino, entre otros lbn Qassun , Abu ‘Imran al-Martuli ,ash-Shantarini y al- Acbahi, igual que otros walis (íntimos de Allah) de Sevilla de los que saqué gran provecho.

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