Los sufís de Al-Andalus – Por Ibn Arabi

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Abfi Muharnrnad ‘Abdallah b. Muharnmad b. al-‘ Arabi at- Ta’i

Este shaykh que era mi tío paterno, entró en el Camino tarde en su vida, por conducto de un chiquillo. No sabía nada del Camino y ya tenía ochenta años cuando lo conoció. Perseveró en la lucha interior (al-mujahadah) y en el recogimiento a lo largo de las costas hasta que obtuvo la excelencia. Recitaba a diario la totalidad del Corán y dedicaba la mitad de su lectura al chico que había contribuido a su entrada en el Camino.

Sentado en su casa, decía a menudo: “Aquí está la aurora”. Una vez le pregunté que cómo lo sabía, puesto que estaba en su casa. El me respondió: “Hijo mío, Allah, desde Su Trono, envía un viento que sopla en el Paraíso y que, al alba, desciende del Paraíso, de forma que todo creyente verdadero lo respira todos los días”.

Mi tío padecía una gran hernia que le colgaba como un cojín. Tenía un mal hijo que le daba muchos problemas. Le maldijo y luego cayó enfermo. Entonces le pidió a Allah que le hiciera morir, después de lo cual podría seguirle. Su hijo murió y, cuando lo enterraron, dijo: “Alabado sea Allah! Sobreviviré a mi hijo cuarenta y cuatro días, luego le seguiré!”. Y efectivamente, vivió el tiempo que había dicho y después murió.

La noche de su muerte, nos quedamos sentados junto a él después del salat (‘ishá’). Estaba tendido, en reposo, con la cara vuelta hacia La Meca; su hernia se había hinchado considerablemente. “Tranquilizaos, nos dijo, podéis iros a dormir”. Nos fuimos a dormir. Me levanté antes del alba y ví que había entregado su alma Que Allah se apiade de él!. Nadie le había visto morir. Cuando buscamos su hernia, no encontramos nada. Se pensó que su hernia puede que no hubiera sido más que una hinchazón debida a los gases, en cuyo caso podríamos haber visto la piel estirada todavía; pero no fue así, su piel estaba normal. Me maravillé de que Allah hubiera ocultado de esa forma (su imperfección) y hubiera hecho aparecer (su santidad); Durante su vida, nos había contado muchas cosas sorprendentes.

Habían transcurrido tres años entre su entrada en la Vía y el día de su muerte, que aconteció antes de mi ingreso en esta Senda. 

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