Jesús, el hijo del hombre 4

 Filippus

 

filippus

 

 

Cuando murió, la Humanidad murió con él

 

Cuando murió nuestro Amado, murió con Él toda la Humanidad. Se transformó en silencio todo cuanto había en el espacio y cambió de color. El levante se oscureció y de sus profundidades bramó una tempestad huracanada que envolvió toda la tierra. Los ojos del cielo se abrían y cerraban provocando una lluvia fortísima que lavó la sangre que manaba de sus manos y sus pies.

Yo he sido uno de los desmayados, pero lo escuché en la hondura de mi negligencia hablar así:

-¡Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen! Su voz buscó mi alma ahogada y me condujo por segunda vez a la orilla. Abrí mis ojos y vi su cuerpo blanco y puro colgado frente a las nubes. Sus palabras se reencarnaron en mi alma y me hice un hombre nuevo. Desde aquel entonces no supe lo que era el gusto de la tristeza.

¿Quién se aflige por el mar cuando se quita el velo de su cara, o por la montaña cuando se ríe frente al Sol? ¿Qué corazón humano es capaz, al ser herido, de decir sendas palabras?

¿Qué juez, entre los jueces de los hombres, ha perdonado a sus jueces? ¿Habrá existido un amor, en todos sus cursos, que hubiera vencido al odio con esa fuerza absoluta que tanta confianza tiene en sí? ¿Cuándo ha oído la Humanidad la voz de un clarín cual éste, que hace temblar la tierra y el cielo? ¿Se ha oído antes de ahora a una víctima pedir piedad para sus torturadores? ¿Se ha visto que un topo detuviera el curso de un rayo?

Sucederán y pasarán las estaciones y se plegarán los años antes de desaparecer de la tierra el eco de estas palabras: “¡Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen!.

Pero tú y yo, si nacemos por segunda vez, no olvidaremos esas palabras. Y ahora marcho a mi casa para mendigar, con la frente alta, a su Puerta.

 

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