Jesús, el hijo del hombre 4

Susana,nazarena vecina de María

 

susana_nazarena

 

 

El joven y el hombre en Jesús

 

Conocí a María, madre de Jesús, antes de casarse con José el carpintero. En aquel momento las dos éramos solteras. María tenía visiones y oía voces, y hablaba de servidores celestiales que la visitaban en sus sueños.

Los nazarenos tenían obvia preocupación por ella y la observaban en sus idas y venidas. La miraban con dulzura, porque su frente era alta y derechos sus pasos, mas unos decían que era loca, porque actuaba con entera libertad. Yo la consideraba como una mujer adulta, pese a su plena juventud, porque he visto una sazón de cosecha en sus flores y frutos, ya maduros, en su Primavera.

Nació y creció en medio de nosotros, y sin embargo ha sido en nuestra aldea como una extraña del Norte. En sus ojos había siempre la sorpresa del extranjero que nunca nos vio. Tenía también el mismo orgullo de la vieja Myriam que con su hermana se había retirado del Nilo al desierto. Después se casó con José el carpintero.

Durante su embarazo, de Jesús, María solía hacer paseos por los prados, y cuando regresaba traía en sus ojos una belleza encantadora y un hondo dolor. Y al nacer Jesús, me contó una amiga que María dijo a su madre:

-No soy sino un árbol cuyas ramas aún no fueron podadas, sino observa este fruto.

Estas palabras fueron oídas por Martha la partera.

Luego de tres días fui a visitarla. En sus ojos se reflejaba sorpresa y su pecho estaba agotado. Tenía abrazado al niño como la concha que atesora su perla. Todos hemos amado al hijo de María y seguimos sus pasos con amorosos ojos, porque el niño estaba lleno de vitalidad. Pasaron las estaciones y sucediéronse las lunas, y llegó el niño a la pubertad.

Era alegre; reía mucho. Nadie sabía lo que iría a ser ese niño que parecía extraño a nuestra raza.

Nadie se animaba a reprenderlo, no obstante el peligro a que muchas veces se exponía por su tesón e intrepidez. Jugaba con sus compañeros, pero no podría aseguraros si estos jugaban con él.

Cuando llegó a los doce años ayudó a un ciego a vadear el arroyo, y lo llevó hasta el camino real. El ciego, agradecido, le preguntó:

-¿Quién eres, tú, niño?

-No soy niño, soy Jesús.

-¿Quién es tu progenitor?

-Dios es mi padre.

Se rió el ciego y agregó:

-Has dicho la verdad, hijo mío. ¿Quién es tu madre?

-Yo no soy hijo tuyo, y la Tierra es mi madre.

-Entonces es el Hijo de Dios y de la Tierra el que me ha llevado.

-Te conduciré a donde quieras y mis ojos acompañarán tus pies.

Y crecía Jesús como una preciosa palmera en nuestros jardines, y cuando llegó a los diecinueve años era ya un mozo muy gallardo y bello como un gamo. Sus ojos eran dulces y llenos del asombro del día. Su boca tenía la sed de un rebaño en el desierto frente a un arroyo cristalino. Caminaba solo en los campos, mientras nuestros ojos y los de las mozas de Nazareth lo seguían con ternura, pero en presencia de los suyos todos nos sentíamos avergonzados, y como el Amor es púdico y vergonzoso ante la belleza, ésta es y siempre será el objeto y punto de mira del Amor.

Y luego lo invitaron las estaciones a conversar en los jardines de Galilea. A menudo María le seguía los pasos para oír sus palabras y en ellas escuchar a su espíritu, mas cuando iba con sus amigos a Jerusalén no lo seguía, porque siempre en las calles de Jerusalén se mofaban de nosotros, los hijos del Norte, aunque vengamos con nuestro presente para el Templo. María era tan delicada que no quería ser causal de mofa de la gente del Sur.

Jesús visitó otros países de Oriente y Occidente, y a pesar de no conocer nosotros el país que Él había visitado, nuestros corazones lo seguían. Mientras, María lo esperaba sentada en el umbral de su casa, mirando siempre al camino por donde tenía que volver al hogar. Y cuando regresaba Jesús a su casa venía María a decirnos:

-Es enorme para que sea mi hijo; su elocuencia supera la inteligencia de mi corazón callado. ¿Cómo, pues puedo pretender que me pertenezca?

Noté que María no pudo creer que la llanura engendrara la montaña, y en el candor de su corazón no: advirtió que la falda de la montaña era el camino a la cima. Ella conoció en Jesús al Hombre, pero como era su hijo no se atrevió a reconocerlo como tal.

Un día fue Jesús al lago para encontrarse con sus amigos los pescadores; María me susurró al oído:

-¿Quién es el Hombre, sino ese ser inquieto que surge de la Tierra y del ansia, y que se yergue camino del cielo? Mi hijo es un anhelo que viene de muy lejos; es todos nosotros elevándonos con nuestros anhelos hacia las estrellas. ¿Dije yo que es mi hijo? ¡Dios me perdone! Pero mi corazón me dice que soy su madre.

Me es difícil poder contaros más de lo referido sobre María y su hijo Jesús, mas aunque nazcan espinas en mi paladar, o que mis palabras os arribaran a vosotros cual paralítico que se arrastra, no puedo menos que contaros lo que he visto y oído. El año era feliz y glorioso por su lozanía encantadora. Las anémonas engalanaban las cumbres de las colinas, cuando Jesús llamó a sus apóstoles y les dijo:

-Venid conmigo a Jerusalén y asistiremos al sacrificio del cordero en la Pascua.

El mismo día vino María a mi casa y me dijo:

-Él va a la Ciudad Santa. ¿Querrás acompañarme para seguirlo junto con las otras mujeres?

Y en el momento nos encaminamos tras de María y su hijo, por aquel largo camino hasta llegar a Jerusalén donde fuimos recibidos por una multitud de gente a la entrada de la ciudad, porque sus discípulos habían anunciado su arribo a sus adeptos; pero Jesús dejó la ciudad esa misma noche, con sus amigos. Nos dijeron que se había marchado a Betania. En la fonda quedó María con nosotros esperando su regreso.

Lo prendieron lejos de los muros de Jerusalén y lo encarcelaron. Cuando lo supimos observé que María no dijo una sola palabra, mas en sus ojos se había manifestado rápida mente la oculta verdad de aquel prometido dolor y aquella futura alegría, que todos hemos visto cuando era novia en Nazareth.

María no lloró; andaba con nosotros cual el espíritu de una madre que no quiere llorar por el alma de su hijo. Nos sentamos en cuclillas en el suelo, mientras ella caminaba erguida por el cuarto, y de vez en cuando se detenía para contemplar por la ventana la lontananza, peinando sus cabellos con las manos. Al despuntar la aurora la vimos de pie entre nosotros, como un estandarte que flamea en un desierto sin legiones.

Lloramos cuando supimos lo que el día de mañana guardaba para su hijo, pero ella no lloró. Sus huesos eran del más puro bronce y su fuerza era de encina; sus ojos como el firmamento, en su amplitud y temeraria dimensión. Dime si has visto una calandria cantar ante su nido destrozado por el fuego. ¿Habrás visto una mujer cuyo dolor sobrepasa sus lágrimas o un corazón herido que se eleva por sobre de su sufrimiento? No has visto a esa mujer porque no estuviste ante María, y porque jamás te ha tenido en su regazo la Madre Transparente.

En aquella hora serena, en cuyo espacio las herraduras del silencio golpeaban sobre el pecho de los que nos hallábamos en vigilia, entró Juan, el hijo menor de Zebedeo, exclamando: -¡Oh, Madre! ¡Oh, María! Jesús se va; ¡sigámosle!

Colocó María su mano sobre el hombro de Juan y salieron seguidos de nosotros. Cuando llegamos a la torre de David, vimos a Jesús cargando con su cruz y rodeado de mucha gente. Lo acompañaban dos hombres que también llevaban una cruz cada uno. María tenía la cabeza erguida; iba con nosotros al lado de su hijo, con pie firme. Tras ella caminaban Sión y Roma; es decir, el mundo entero, para vengarse de sí mismo ante el Hombre Libre y Único. Cuando llegamos a la colina lo crucificaron. Yo observaba a María; su rostro era el de una mujer afligida. Tenía el aspecto de la tierra fértil que da hijos sin cesar y los entierra displicente. Después, evocando la adolescencia de su hijo, exclamó:

-¡Hijo mío que no es mi hijo! ¡Oh! Hombre que habitó una vez mi vientre, ¡gloria a tu fuerza y a tu valor! Sé que cada gota de sangre que fluye de tus manos, será un manantial que formará ríos de naciones. Mueres en esta tormenta tal como ha muerto, una vez, mi corazón en el ocaso del sol. Es por eso que no te lloraré.

En ese instante intenté cubrirme el rostro con las manos, a fin de huir y regresar a mi tierra del Norte; pero en ese momento oí a María exclamar:

-¡Hijo mío que no es mi hijo! ¿Qué es lo que dijiste al hombre de tu diestra para hacerlo feliz en sus dolores, tanto que ya en su rostro se dibuja apenas la sombra de la muerte, y al punto que él no puede quitarte de sus ojos? Tú me sonríes ahora y esa sonrisa me dice que has vencido al mundo. Entonces Jesús miró a su madre y respondió:

-¡Oh, María, sé a partir de hoy una madre para Juan.

Y dirigiéndose a éste:

-Sé un tierno hijo de esta mujer. Vete a su morada y que tu sombra se dibuje y atraviese aquel umbral sobre el cual tantas veces me he sentado. Haz todo eso en mi memoria.

Alzó María su diestra hacia Jesús; estaba cual un árbol de un solo gajo, y le dijo:

-¡Hijo mío que no eres mi hijo! Si esto es de Dios, vénganos entonces la paciencia y que nos brinde el conocimiento de la Verdad; y si es del hombre, que Dios lo perdone por toda la eternidad. Si es de Dios, la nieve del Líbano te servirá de mortaja, mas si es de estos sacerdotes y de estos soldados solamente, mi manto cubrirá tu cuerpo desnudo. ¡Hijo mío que no es mi hijo! Lo que Dios crea aquí no puede desaparecer, y lo que el hombre destruye permanecerá construido y en pie, pero en una forma que escapa al raciocinio del hombre.

En ese momento el Cielo lo entregó a la Tierra, cual una voz y un Soplo viviente. También María lo dio al hombre cual una herida y un bálsamo.

-Mirad ahora -agregó María-, ya se fue, ya concluyó la batalla y el Astro dio su luz. Ya llegó la nave al puerto, y Aquel que se había recostado sobre mi pecho, se cierne hoy en el espacio. Aún en la propia muerte se sonríe. Venció al mundo, y me enorgullece ser la madre del Triunfador.

María se puso en camino a Jerusalén, apoyada en el brazo de Juan, el discípulo amado. Era una madre cuyas esperanzas ya se habían realizado. Cuando arribamos a la puerta de la ciudad, miré su rostro y quedé hechizada. Si es cierto que la cabeza de Jesús estaba en ese día más erguida y altiva que la de todos los hombres, la de María no lo estaba menos. Ocurrió todo esto en la Primavera; ahora estamos en Otoño, y María ha vuelto a su morada y vive sola.

Desde dos sábados mi corazón era como una piedra en mi pecho,,porque mi hijo me había abandonado para ir en busca de una barca en Tiro y largarse a los mares. Me dijo que no regresaría a verme.

Una tarde fui a visitar a María y la encontré sentada ante su telar, pero no trabajaba; se hallaba en contemplación, con la vista puesta en el horizonte, hacia la lejanía de Nazareth.

-¡Salud, oh María!

-Ven y siéntate a mi lado -respondió extendiéndome la mano- a contemplar cómo vierte el sol su sangre sobre estos montes.

Me senté al lado de ella a contemplar el paisaje; pasado un momento, dijo:

-No sé a quién crucifica el Sol esta tarde.

Yo, a impulsos de la obsesión que allí me llevó, repuse:

-Vine en busca de consuelo. Mi hijo me dejó y se fue al mar, dejándome sola en casa.

-Quisiera consolarte, mas ¿cómo lograrlo?

-Háblame de tu hijo y ello me consolará.

-Te contaré de Él, porque lo que a ti te consuela me trae a mí un consuelo mayor.

Y me relató de Jesús todo lo que fue desde el comienzo.

No hizo distinciones entre su hijo y el mío, pues formuló esta comparación:

-Mi hijo es marino como el tuyo; ¿por qué no entregas tu hijo al anhelo de las horas tal como entregué el mío? La mujer será eternamente por siempre un vientre y una cuna, pero jamás será un sepulcro. Nosotras morimos para otorgar vida a la vida; tanto como cuando nuestras manos tejen los hilos de una vestidura que no usaremos jamás. Nosotras echaremos nuestras redes para pescar peces que no comeremos. Por eso nos afligimos y nos entristecemos; pero en todo eso se halla nuestra alegría y felicidad.

Así habló María. Retorné a mi casa y, a pesar de haber declinado el día, me puse al telar a tejer la tela que nunca vestiré.

 

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