Jesús, el hijo del hombre 3

 Uría,un anciano nazareno

 

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Era un extraño en nuestro medio

 

Era un extraño en nuestro medio. Su vida se hallaba oculta por un manto oscuro. No siguió el camino de la felicidad, por cuanto ha elegido el camino de los malvados y la canalla. Su juventud se reveló y rechazó la dulzura de la leche que hay en nuestra naturaleza. Su juventud ardía como paja seca en la noche. Y cuando llegó a hombre tomó las armas contra todos nosotros. Hombres como éste son concebidos en la dulce bonanza humana. Nacen en las furiosas tormentas y en ellas viven un día, y luego mueren para siempre.

¿No lo recordáis cuando era niño, cómo discutía con nuestros sabios doctores, mofándose de sus investiduras? ¿No recordáis su juventud, transcurrida entre el serrucho y el cepillo, cuando rehusaba acompañar a nuestros hijos e hijas en los días de fiesta, prefiriendo la soledad? No devolvía el saludo a los transeúntes, como si nosotros no fuésemos amasados de su mismo barro. Una vez lo vi en el campo; lo saludé y sólo me sonrió. En su sonrisa vi reflejada la soberbia y el desdén.

Mi hija fue a la viña con sus compañeras, a cortar uvas; lo encontró, lo saludó, y él no respondió el saludo. En cambio dirigió la palabra a todas las trabajadoras de la viña, como si mi hija no hubiese estado entre ellas.

Cuando dejó a sus padres y vagó por el país, perdió todo y se hizo charlatán. Su voz era, en ese entonces, como garra que se hundía en nuestra carne. Rememoramos un eco ingrato y doliente de su voz: Hablaba mal de nosotros y de nuestros padres y abuelos; su lengua era una flecha envenenada que traspasaba el alma.

Ese era Jesús.

Si hubiese sido hijo mío lo hubiera enviado con el ejército romano, al país de los árabes, y hubiera solicitado al general que lo pusiera en primera fila, para que en la hora del comba te muriera bajo las flechas del enemigo, y así librarme de su audacia y soberbia. Mas no tengo hijo, por suerte; ¿qué habría sido de mí si de mi hijo hubiera salido un enemigo de su pueblo? Mis canas se habrían cubierto de ceniza y mi blanca barba se habría deshonrado.

 

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