Jesús, el hijo del hombre 2

Un hombre del desierto

 

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Los cambistas

 

Yo no era un extranjero en Jerusalén. Vine a la Ciudad Santa en tren de peregrinación a conocer el Gran Templo, y a ofrecer mi presente en el altar, en agradecimiento a Dios, porque mi mujer había dado a luz dos niños para mi tribu. Después de haber hecho el sacrificio, me detuve en una galería a mirar los fariseos y los vendedores de palomas. En ese instante la algarabía de la multitud llegaba al cielo. En esa circunstancia entró de pronto un hombre, y con la rapidez del rayo se detuvo entre los cambistas y mercaderes. Tenía un aspecto venerable e imponente; llevaba en la mano un látigo trenzado de cuero de cabra, con la otra mano tiraba las mesas de los cambistas, mientras repartía latigazos. Le escuché gritar con potente voz:

-¡Soltad esas aves al espacio, que allí es su nido! Hombres y mujeres escapaban, mientras Él se movía entre ellos cual un huracán sobre un arenal. Todo esto sucedió en un instante, pasado el cual las galerías del Templo quedaron desocupadas. Aquel hombre quedó solo y sus camaradas agrupados a cierta distancia. Observé alrededor de mí y descubrí un hombre que observaba desde otra galería del templo; llegué hasta él y le pregunté:

¿Quieres decirme quién es ese hombre que está allí parado como si fuera otro Templo?

-Es Jesús el Nazareno, el Mesías que últimamente apareció en Galilea. Aquí, en Jerusalén, todos le aborrecen.

-Pues hay en mi espíritu una fuerza que me impulsa a convertirme en su látigo, y una sumisión y respeto como para hincarme a sus pies.

Se encaminó Jesús hacia el núcleo de sus amigos que lo esperaban, cuando tres palomas de las que había librado de su jaula, se posaron sobre sus hombros; Jesús las acarició con infinita ternura y siguió su camino. En cada uno de sus pasos había millas de distancia.

Pero decidme ahora, por vuestro Dios, ¿con qué fuerza ha castigado a esos cientos de hombres y mujeres, dispersándolos sin resistencia? Me dijeron que todos ellos lo detestaban, pero ninguno osó resistirlo ni ponérsele delante ese día. ¿Habrá arrancado los colmillos del odio en su camino al Templo?

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