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Examinando la identidad – Amin Maalouf

Amin Maalouf

Igual que otros hacen examen de conciencia, yo a veces me veo haciendo lo que podríamos llamar “examen de identidad”. No trato con ello -ya se habrá adivinado- de encontrar en mí una pertenencia “esencial” en la que pudiera reconocerme, así que adopto la  actitud contraria: rebusco en mi memoria para que aflore el mayor número posible de componentes de mi identidad, los agrupo y hago la lista, sin renegar de ninguno de ellos.

Vengo de una familia originaria del sur de Arabia que se estableció hace siglos en la montaña libanesa y que se fue dispersando después, en sucesivas migraciones, por varios rincones del planeta, desde Egipto hasta Brasil, desde Cuba hasta Australia. Tiene el orgullo de haber sido siempre, a la vez, árabe y cristiana, probablemente desde el siglo II o III, es decir, mucho antes de que apareciera el islam y antes incluso de que Occidente se convirtiera al cristianismo.

El hecho de ser cristiano y tener por lengua materna el árabe, que es la lengua sagrada del islam, es una de las paradojas fundamentales que han forjado mi identidad. Hablar el árabe teje unos lazos que me unen a todos los que a diario en sus oraciones, a muchas personas que, en su gran mayoría, la conocen peor que yo; si alguien que va por Asia central se encuentra con un viejo erudito a la puerta de una madrasa timurí, le basta con dirigirse a él en árabe para sentirse en una tierra amiga y para que él le hable con el corazón, como no se atrevería jamas a hacerlo en ruso o en inglés.

La lengua árabe nos es común a él, a mí y a más de mil millones de personas. Por otra parte, mi pertenencia al cristianismo -da lo mismo que sea profundamente religiosa o solo sociológica- me une también de manera significativa a todos los cristianos que hay en el mundo, unos dos mil millones. Muchas cosas me separan de cada cristiano, como de cada árabe y de cada musulmán, pero al mismo tiempo tengo con todos ellos un parentesco innegable, en el primer caso religioso e intelectual, en el segundo lingüístico y cultural.

Dicho esto, el hecho de ser a la vez árabe y cristiano es una condición muy específica, muy minoritaria, y no siempre fácil de asumir, marca a la persona de una manera profunda y duradera; en mi caso, no puedo negar que  ha sido determinante en la mayoría de las decisiones que he tenido que tomar a lo largo de mi vida, incluida la de escribir este libro.

Así, al contemplar por separado esos dos elementos de mi identidad, me siento más cercano, por la lengua o por la religión, a más de la mitad de la humanidad; y al tomarlos juntos simultáneamente, me veo enfrentado a mi especificidad.

Lo mismo podría decir de otra de mis pertenencias: el hecho de ser francés lo comparto con unos sesenta millones de personas; el de ser libanés, con entre ocho y diez millones si cuenta la diáspora; pero el hecho de ser ambas cosas, francés y libanés, ¿con cuántos lo comparto? Con unos miles, como mucho.

Cada una de mis pertenencias me vincula con muchas personas; sin embargo, cuanto más numerosas son las pertenencias que tengo en cuenta, tanto más específica se revela mi identidad.

Aunque me extienda un poco más sobre mis orígenes, debería precisar que nací en el seno de la comunidad que se denomina católica griega, o melquita, que reconoce la autoridad del Papa si bien sigue siendo fiel a algunos ritos bizantinos. A primera vista, eso no es más que un detalle, una curiosidad, pero pensándolo mejor resulta que es un aspecto determinante de mi identidad; en un país como Líbano, donde las comunidades más fuertes han luchado durante mucho tiempo por su territorio y por su parcela de poder, los miembros de las comunidades muy minoritarias como la mía raras veces han tomado las armas, y han sido los primeros en exiliarse. Personalmente, yo siempre me negué a implicarme en una guerra que me parecía absurda y suicida; pero esa forma de ver las cosas, esa mirada distante, esa negativa a tomar las armas no deja de tener relación con mi pertenencia a una comunidad marginada.

Así que soy melquita. Sin embargo, si alguien se entretuviera un día en buscar mi nombre en el registro civil -que en Líbano, como cabe imaginar, está organizado en función de las confesiones religiosas-, no me encontraría entre los melquitas, sino en la sección de los protestantes. ¿Por qué? Sería demasiado largo de explicar. Me limitaré a contar aquí que en nuestra familia había dos tradiciones religiosas enfrentadas, y que durante toda mi infancia fui testigo de esa rivalidad; testigo y, en ocasiones objeto de ella: si me matricularon en la escuela francesa, la de los jesuitas, fue porque mi madre, decididamente católica, quería sustraerme a la influencia protestante que dominaba entonces la familia de mi padre, en la que era tradicional enviar a los hijos a los colegios americanos o ingleses; y es por ese conflicto por lo que soy francófono, y es por ello también por lo que, durante la guerra de Líbano, me fui a vivir a París y no a Nueva York, a Vancouver o a Londres y por lo que comencé a escribir en francés.

¿Más detalles todavía de mi identidad? Podría hablar de mi abuela turca, de su esposo, maronita de Egipto, y de mi otro abuelo, muerto mucho antes de que yo naciera, del que me han contado que fue poeta, librepensador, masón tal vez, y en cualquier caso violentamente anticlerical. Podría remontarme hasta un tío tatarabuelo mío que fue el primero que tradujo a Moliére al árabe y que lo llevó, en 1848, a las tablas de un teatro otomano.

Pero no lo haré, pues basta con esto, y pasaré a una pregunta: ¿cuántos de mis semejantes comparten conmigo esos elementos dispares que han configurado mi identidad y esbozado, en líneas generales, mi itinerario personal? Muy pocos. A lo mejor ninguno.

Y es en esto en lo que quiere insistir: gracias a cada una de mis pertenencias, tomadas por separado, estoy unido por un cierto parentesco a muchos de mis semejantes; gracias a esos mismos criterios, pero tomados todos juntos, tengo mi identidad propia, que no se confunde con ninguna otra.

Extrapolando un poco, diré que con cada ser humano tengo en común algunas pertenencias, pero que no hay en el mundo nadie que las comparta todas, ni siquiera que comparta muchas de ellas;  de las decenas de criterios que podría enumerar, bastaría con unos cuantos para establecer con claridad mi identidad específica, que es distinta de la de cualquier otra persona, incluso de la de mi propio hijo o la de mi padre.

Dudé mucho antes de ponerme a escribir las páginas precedentes. ¿Debía extenderme así, desde el principio del libro, sobre mi caso personal? Por un lado, y sirviéndome del ejemplo que mejor conozco, quería decir de qué manera una persona puede afirmar a un tiempo, en función de algunos criterios de pertenencia, los lazos que la unen a sus semejantes y lo que la hace singular. Por otro, no ignoraba que cuanto más nos adentremos en el análisis de un caso particular, más riesgo corremos de que se nos replique que se trata precisamente de eso, de un caso particular.

Al final me tiré al ruedo, convencido de que todo el que trate con buena fe de hacer también su “examen de identidad” no tardará en descubrir que su caso es tan particular como el mío.

La humanidad entera se compone sólo de casos particulares, pues la vida crea diferencias, y si hay “reproducción” nunca es con resultados idénticos. Todos los seres humanos, sin excepción alguna, poseemos una identidad compuesta; basta con que nos hagamos algunas preguntas para que afloren olvidadas fracturas e insospechadas ramificaciones, y para descubrirnos como seres complejos, únicos, irreemplazables.

Es exactamente eso lo que caracteriza la identidad de cada cual, compleja, única, irremplazable, imposible de confundirse con ninguna otra. Lo que me hace insistir en este punto es ese hábito mental, tan extendido hoy y a mi juicio sumamente pernicioso, según el cual para que una persona exprese su identidad le basta con decir “soy árabe”, “soy francés”, “soy negro”, “soy serbio”, “soy musulmán” o “soy judío”; a quien, como yo acabo de hacer, enumera sus múltiples pertenencias se lo acusa al instante de querer “disolver” su identidad en un batiburrillo informe en el que todos los colores quedarían difuminados. Sin embargo, lo que trato de decir es lo contrario. No que todos los hombres sean parecidos, sino que cada uno es distinto a los demás. Un serbio es sin duda distinto de los demás serbios, y cada croata distinto de todos los demás croatas. Y si un cristiano libanés es diferente de un musulmán libanés, no conozco tampoco a dos cristianos libaneses que sean idénticos, ni a dos musulmanes, del mismo modo que no hay en el mundo dos franceses, dos africanos, dos árabes o dos judíos idénticos. Las personas no son intercambiables, y es frecuente observar, en el seno de la misma familia ruandesa, irlandesa, libanesa, argelina o bosnia, y entre dos hermanos que han vivido en el mismo entorno, unas diferencias en apariencia mínimas que sin embargo les harán reaccionar, en materia de política, de religión o en su vida cotidiana, de dos maneras totalmente opuestas, y que incluso pueden determinar que uno de ellos mate y otro prefiera el diálogo y la reconciliación.

A pocos se les ocurriría discutir explícitamente todo lo que acabo de decir. Pero nos comportamos como si no fuera así. Por comodidad, englobamos bajo el mismo término a las gentes más distintas, y por comodidad también les atribuimos crímenes, acciones colectivas, opiniones colectivas: “los serbios han hecho una matanza…”, “los ingleses han saqueado…”, “los árabes se niegan…”. Sin mayores problemas formulamos juicios como que tal o cual pueblo es “trabajador”, “hábil” o “vago”, “desconfiado” o “hipócrita”, “orgulloso” o “terco”, y a veces terminan convirtiéndose en convicciones profundas.

Sé que no es realista esperar que todos nuestros contemporáneos modifiquen de la noche a la mañana sus expresiones habituales. Pero me parece importante que todos cobremos conciencia de que esas frases no son inocentes, y de que contribuyen a perpetuar unos prejuicios que han demostrado, a lo largo de toda la historia, su capacidad de perversión y muerte.

Pues es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos.

Por Amin Maalouf (Les identités meurtriéres)
Versión española de Fernando Villaverde

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Melquitas: Iglesia Católica de Oriente

Iglesia Católica Greco Melkita – (Catedral San Jorge – Córdoba – Argentina)

La Iglesia melquita es consciente de ser la más antigua en el mundo sucesor, directa e inmediata de los Apóstoles. Nuestro Patriarca Gregorio III, quien lleva el título de “Patriarca de Antioquía y todo el Oriente, Alejandría y Jerusalén.” 

Jerusalén es la ciudad santa por excelencia, donde Pedro, cabeza de los Apóstoles, dio sus primeros discursos, realizó sus primeros milagros, presidió el primer Consejo de la primavera de la Iglesia. Y es a Jerusalén, donde  Pablo se dirigió más de una vez, especialmente para encontrar a Pedro y participar en el Consejo de los Apóstoles.

Antioquía es la “Ciudad de Dios”.

Es en Antioquía que se llamó primero “cristianos” (Hechos 11:26)Pedro en Antioquía estableció su primera sede, antes de establecerse en Roma. En Antioquía Pablo estableció sus funciones fundamentales en Asia Menor, Chipre, Grecia y Roma.

Alejandría fue evangelizada por Marcos, un discípulo de Pedro. La ciudad del helenismo sirvió en gran medida la difusión del Evangelio en todo el mundo grecorromano, y de allí a la totalidad de Occidente. Los Melquitas hoy son los descendientes de estos centros del cristianismo primitivo. Desde hace veinte siglos, los melquitas eran testigos fieles, es decir, los mártires, testigos de la  fe de Pedro, Pablo y los apóstoles.

Melquitas son el pueblo de Siria, Palestina y Egipto, que se mantuvo fiel al Concilio de Calcedonia (451) cuando la mayor parte se volvió monofisita. El significado original del nombre por lo tanto es una oposición al Monofisismo (1).

Los nestorianos y sus comunidades residian en el este de Siria hasta que el emperador Zenón (474-491) cerró su escuela en Edesa en el 489, y les obligaron a retirarse hacia la frontera de Persia. En la región al oeste de Siria, Palestina y Egipto eran melquitas que aceptaron Calcedonia, o monofisitas (también llamados jacobitas en Siria y Palestina, los coptos en Egipto), hasta que la herejía Monoteísta en el siglo VII complica aún más la situación. Pero  se mantuvo el nombre Melquitas de aquellos que fueron fieles a la gran Iglesia, católica y ortodoxa, hasta el Cisma de Focio (867) y Cerulario (1054) de nuevo dividido.

Desde ese momento ha habido dos tipos de melquitas en estos países, los melquitas católicos que mantienen la comunión de Roma, y ​​cismáticos melquitas (Ortodoxo) que siguieron a Constantinopla y la gran masa de los cristianos orientales en el cisma. Aunque el nombre ha sido y aún se utiliza ocasionalmente para estos dos grupos, ahora se aplica únicamente a los católicos de rito oriental.

En aras de la claridad, es mejor mantener a este uso, el nombre Ortodoxa es suficiente para los demás, mientras que entre los muchos grupos de católicos, América y Oriente, de diversos ritos, se necesitó un nombre especial para este grupo. Sería, en efecto, aún más conveniente si se pudiera llamar a todos los católicos de rito bizantino “melquita”. Pero este uso de la palabra nunca ha obtenido. No se podía llamar con cualquier nombre a los rutenos, los católicos orientales del sur de Italia o Rumanía.

Por lo tanto debe mantener el nombre de los de Siria, Palestina y Egipto, todos los cuales hablan el árabe. Se define un melquita entonces, como cualquier cristiano de estas tierras en comunión con Roma, Constantinopla, y la gran Iglesia del Imperio antes del cisma de Focio, o como un cristiano de rito bizantino en comunión con Roma desde entonces.

Como la palabra implica la oposición a los monofisitas originalmente, por lo que ahora marca la distinción entre estas personas y todos los cismáticos, por una parte, entre ellos y los latinos o los católicos de otros ritos (maronitas, armenios, sirios, etc) por el otro. El nombre se explica fácilmente filológicamente. Se trata de un semita (presumiblemente siríaco) de la raíz con un final griego, es decir, imperialista. Melk es siríaco para el rey (melek en hebreo, árabe. Malik). La palabra se utiliza en todas las lenguas semíticas por el emperador romano, como el “basileus” griego. Al añadir la terminación griega – itas tenemos la melquitas forma, igual a basilikos. Cabe señalar que el radical, tercera parte de la raíz semítica es caf: no hay guturales. Por lo tanto la forma correcta de la palabra es melkita, en lugar de la habitual forma melquita. La pura palabra siríaca es malkoyo (malakiyyu del árabe; vulgar, milkiyyu).

Para los musulmanes historiadores, hasta el siglo XV, “melquita” era sinónimo de “católica”. El Patriarca de Roma, es decir, el Papa, fue nombrado jefe de la religión melquita. Después de la invasión de los tres patriarcados por el Islam, fueron los melquitas con los bizantinos, los únicos en el Este de estar en comunión con el Papa y la sede de Roma.  Durante los siglos VII y VIII buen número de papas  eran de origen melquita entre ellos,  Pedro III, Patriarca de Antioquía, opositor a los calcedonianos, después del Gran Cisma entre Roma y Constantinopla,. Con la caída de Constantinopla en 1453 en las manos de los otomanos y la posterior invasión de los tres Patriarcados melquitas, hasta el final de la primera Guerra Mundial  , las persecuciones fueron tantas y tan intensas que podemos considerar un milagro de supervivencia de las Iglesias orientales.

Gracias a los misioneros europeos (jesuitas, franciscanos, capuchinos y carmelitas), un movimiento de “despertar” cristiano se manifestó en el siglo XVII en el Este. Este movimiento ayudó a los cristianos a recuperar la confianza en su Iglesia, su historia y su tradición. Este “despertar” les permitió dirigir hacia Roma y el catolicismo por el cual estos misioneros trabajaron, a pesar de las dificultades creadas por los Patriarcas de Cosntantinopla, que fueron apoyados por los sultanes otomanos. Este apoyo dio a los patriarcas de Constantinopla un dominio a todos los cristianos del Imperio que gobernaba, independientemente de su individualidad o su identidad particular. Este mismo apoyo que animó a un gran número de melquitas a la liberación de la autoridad Constantinopla y declarar oficialmente la unión con la Sede Romana.

Con la muerte del Patriarca de Antioquía, Atanasio III Dabbas, en 1724, fue elegido a la Sede Cirilo Tanas (pro-romana). En oposición a este hecho el Patriarca de Constantinopla , Jeremías III, creyó que su autoridad había sido cuestionada.

Jeremías declaró que la elección de Cirilo era inválida, excomulgándolo y nombrando a Silvestre, un monje griego, para la sede patriarcal de Antioquía.

Por Viviana Saf


Notas:

  1. Monofisismo: se dice de quienes profesaban la doctrina teológica que sostiene que en Jesús sólo está presente la naturaleza divina, pero no la humana.

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