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Trasmoz, el único pueblo excomulgado y maldecido por la Iglesia

Las leyendas sobre brujas y aquelarres han perseguido a Trasmoz (Zaragoza) a lo largo de los siglos. Ubicado en las faldas del Moncayo, a escasos kilómetros del Monasterio Cisterciense de Veruela, este pequeño municipio zaragozano, con apenas 70 habitantes, ha estado siempre rodeado de un halo de misterio. Lo cierto es que actualmente es el único pueblo maldito y excomulgado de España y solo el Papa podría poner fin a esta situación que vive el pueblo desde hace cientos de años.

Corría el siglo XIII cuando la localidad fue excomulgada. Por aquel entonces Trasmoz era como una isla laica rodeada de todos los pueblos que pertenecían al Monasterio de Veruela. Según cuentan las leyendas, la actividad de las brujas estaba en aquellos años en su máximo apogeo y, entre los muros de su castillo, los aquelarres y todo tipo de actos paganos eran una constante.

La silueta de Trasmoz destaca en el camino hacia las faldas del Moncayo. Su caserío trepa una pequeña colina coronada por un castillo que aún mantiene buena parte de la envergadura que debió tener en sus mejores tiempos. A ojos del viajero llama inmediatamente la atención. Y se acrecienta cuando, una vez dentro de la población, descubre figuras de brujas en las paredes, en las veletas o en los paneles informativos. Incluso tiene una fiesta dedicada a las servidoras del Diablo.

Lo cierto es que este pequeño núcleo de población es el epicentro de un territorio plagado de leyendas. Una zona bajo el influjo mágico de la montaña más alta del Sistema Ibérico. Allí se encuentra también el no menos misterioso Monasterio de Veruela y se recuerda a un autor español que cultivó el relato de leyenda, Gustavo Adolfo Bécquer.

Es muy posible que el escritor del romanticismo paseara por las calles de Trasmoz. Es seguro que residió por un tiempo en el Monasterio de Veruela, con el objetivo de tratar la tuberculosis que le aquejaba. Allí escribió sus conocidas “Cartas desde mi celda” y leyendas ambientadas en el paisaje que le rodeaba, en lo que muchos señalan como una parte fundamental de su etapa creativa. Con Gustavo Adolfo estaba su hermano Valeriano, que cultivó el arte por el que sería conocido: la pintura. De hecho, es el autor las imágenes más antiguas que se conocen de Trasmoz, concretamente de su castillo.

Valeriano dejó tres ilustraciones de las ruinas que debió encontrar por entonces en lo más alto de Trasmoz. En las tres destaca una figura que muchos se han preguntado si sería la de su hermano Gustavo. Bajo algunos de los dibujos una fecha, “31 de junio de 1863”. Por entonces ya conocían la leyenda negra del municipio, unida para siempre a las brujas. Así lo dejó escrito el escritor en uno de sus relatos:

“Los sábados, después de que la campana de la iglesia dejaba oír el toque de las ánimas, unas sonando panderos, y otras, añafiles y castañuelas, y todas a caballo sobre escobas, los habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesas como las grullas, que iban a celebrar sus endiablados ritos a la sombra de los muros de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte”

Las historias de aquelarres y rituales paganos como éste que describe Bécquer se relacionan con Trasmoz desde hace siglos. El propio origen del castillo es ya legendario, pues se asegura que lo construyó un mago llamado Mutamín en una sola noche.

En el siglo XIII se describía a Trasmoz como una “isla laica” rodeada por los territorios controlados por los monjes de Veruela. Con régimen y recursos propios por gracia de la Corona, cuentan que en aquel pueblo la herejía era una actividad constante. Por eso la iglesia lo consideró como pueblo maldito y fue excomulgado en 1252. De hecho, aseguran que nunca se ha revertido aquella decisión, por lo que la del Moncayo sigue siendo la única localidad excomulgada de España.

Una de las historias que se cuentan sobre Trasmoz viene a explicar la razón por la que el castillo se conoció como escenario de rituales paganos y otros terrores. Aseguran que, en realidad, allí fabricaba moneda falsa un sacristán de Tarazona. Por eso, para evitar las visitas inconvenientes o las miradas curiosas decidió divulgar todo tipo de cuentos sobre brujas y encantamientos.

Pero, aunque suene a leyenda, lo cierto es que la presencia de brujas en el municipio ha quedado documentada en antiguos legajos. Se dice de ellas que maldecían, echaban males de ojo, propagaban enfermedades o destrozaban las cosechas. Incluso a algunas se las recuerda por su nombre. La tía Casca es la más famosa. Sus vecinos la despeñaron en 1850 por un barranco, acusada de atraer males sobre los niños, animales y cosechas.

Cuenta el autor de “Rimas y Leyendas”, Gustavo Adolfo Bécquer, en una de sus narraciones,a lo que le sucedió un día en el que, paseando por los bellos parajes cercanos al Monasterio de Veruela, en la comunidad de Aragón, quedó desorientado.

Tras un largo caminar, finalmente se encontró con un pastor que le hizo una advertencia. “No tome la senda de la Tía Casca, en ella fue despeñada la señora en cuestión, y al ser rechazada por Dios y por el Diablo, su alma vaga por ese camino, y mediante engañosos sonidos, unas veces con lloros de niño otras con gruñidos de lobo, atrae a los ingenuos caminantes para, con su seca mano, despeñarlos por el barranco”

Gustavo Adolfo Bécquer escribió que en ese lugar quedó entonces su alma, errando en pena.

El Castillo de Trasmoz era el lugar preferido por las brujas para celebrar sus aquelarres, se reunían para volar con sus escobas y practicar ritos perversos.

Las brujas acudían los sábados a este lugar tras el toque de las ánimas de la campana de la iglesia, llegaban desde distantes lugares para participar en sus conciliábulos.

La Tía Casca, vivió en Trasmoz durante el S.XIX su leyenda popular continúa estremeciendo y sobresaltando a todo aquel visitante que se acerque hasta estas tierras del Moncayo.

Sus poderes procedían de un misterioso unto cuyos ingredientes se le había transmitido por herencia de sus antecesoras.

Entre los poderes de la bruja destacamos que era capaz de volar, hablaba latín, lenguas desconocidas, podía emponzoñar la hierba, envenenar las aguas del río para matar a las reses que bebieran e impedir que los mulos tuviesen apetito.

La tía Casca disfrutaba echando el mal de ojo a los niños y se divertía sacándolos de la cuna para azotarlos, Por todos era sabido que las oraciones siempre las rezaba al revés.

Gustavo Adolfo Bécquer nos la describe:

“Con sus greñas blancuzcas, su formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo de fuego del horizonte”

La tía Casca fue acusada de ser la ejecutora de males de ojo y todos los hechizos imaginables por los vecinos del lugar.

Estos fueron quienes la persiguieron y tras un linchamiento popular acabó despeñada por un precipicio.

Tras morir la tía Casca su alma comenzó a vagar por el entorno, quizá con sed de venganza. Ni el mismísimo diablo quiso llevársela al Infierno.

Bécquer pone en boca de los lugareños con los que conversó que el espíritu en pena de la bruja se ocupaba, en acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando lastimeros como de criatura, o acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima.

La Tía Casca murió, pero la tradición brujeril la mantuvo viva la familia.

Una muchacha ya se lo advirtió a Gustavo Adolfo Becquer.

¡Toma, toma! Mataron a una; pero como que son una familia entera y verdadera, que desde hace un siglo o dos vienen heredando el unto de unas en otras, se acabó con la tía Casca, pero que su hermana, y cuando se acaben con ésta, que acabarán también, le sucederá su hija, que aún es moza, y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera”.

Según la opinión de Javier Bona sobre la verdadera tía Casca, recogida en la publicación “Las almenas de Trasmoz” recuperan sus brujas, en Heraldo de Aragón, Joaquina Bona, con 46 años, no debería parecer, como describe Bécquer, una vieja decrépita. Parece cierto, pues, sufrió una muerte violenta en un arranque de ira popular, acusada por hechos de brujería, cuando en realidad parecía tratarse de una simple curandera que sólo intentaba ayudar a los demás. Una muerte, en todo caso, injusta y por la que fueron condenados varios vecinos del bello pueblo del Moncayo.

Otra bruja famosa es Dorotea. Al parecer fue víctima del encantamiento de otras brujas después del intento de su tío, el párroco Mosén Gil, de exorcizar el lugar. Más recientes son la Tía Galga y su hija, de las que se recuerdan lecturas del destino y potajes milagrosos. De hecho son recordadas con cariño porque daban solución a muchos problemas aplicando remedios con plantas que recogían de las faldas del Moncayo.

Trasmoz no sólo no ha querido olvidar las historias de brujas sino que las ha potenciado para convertirlas en un atractivo turístico. Existió durante años un museo y siguen celebrándose unas jornadas dedicadas a la brujería y las plantas medicinales que atraen a miles de personas en cada edición. Las organiza una asociación local de nombre muy sugerente: “El embrujo”. Se conocen como “Encuentro de Brujería, Magia y Plantas Medicinales del Moncayo”.

Los momentos que más destacan en esos días son los de las representaciones de la captura, juicio y tortura de brujas y herejes. Pero también se recrean batallas como las que debieron producirse en aquellas tierras durante el conflicto que enfrentó a los Reinos de Castilla y Aragón. Junto a las recreaciones hay también espectáculos musicales y de humor, talleres artesanos o un mercado esotérico durante todo el día.

En cada uno de esos encuentros las “brujas” de Trasmoz aumentan, porque una de sus vecinas es nombrada “Bruja del año”. En el nombramiento le acompañan todas las mujeres que han obtenido ese título en años anteriores. Todas ellas reciben una placa de cerámica que muchas deciden colgar en la puerta de sus casas. De esta forma no sólo están identificadas, sino que el pueblo muestra a los visitantes su continua relación con la brujería.

Pero las brujas no son las únicas manifestaciones sobrenaturales que se recuerdan en Trasmoz. Existe una tradición alrededor del día de las ánimas. Se dice que en el día de los difuntos es necesario encender una vela por cada uno de sus muertos. Las encienden dentro de calabazas a las que se le hacen agujeros y se colocan en el camino de la procesión de las ánimas, una tradición que, aseguran, se remonta a tiempos celtas y nada tiene que ver con el “Halloween” importado de EE.UU. Las luminarias se contemplan con rezos y toques de campana. Se entona, por ejemplo, el tradicional canto de “Los gozos para las ánimas benditas”.

También alrededor de esta tradición se ha originado una fiesta. Se conoce como la fiesta de “La Luz de las Ánimas” y se celebra el primero de noviembre. Cada vez atrae a más personas que encienden sus velas por los muertos. Y Trasmoz afianza su título de localidad más misteriosa de Aragón, siempre bajo la sombra del castillo en el que se encontraban las brujas las noches de los sábados.

Lo que sí está contrastado es que Trasmoz, actualmente con apenas  70 vecinos empadronados,  impedía que el Monasterio de Veruela impusiese un control absoluto sobre el territorio como sí ocurría con el resto de poblaciones de los alrededores. Era independiente, por ejemplo, en el uso del agua, ya que la Corona le había otorgado una serie de derechos que le situaban en una posición más ventajosa que al resto de municipios. Además, hay quien señala que en su Castillo lo que realmente se hacía era acuñar monedas falsas que minaban los ingresos de Veruela. Y fue este compendio de razones las que llevaron a excomulgar al municipio por orden papal.

Muchos años después, ya en el siglo XVI, en concreto en 1511, el Abad del Monasterio de Veruela decidió propagar por el municipio de Trasmoz una maldición convirtiéndolo en el único pueblo maldito conocido de toda España. A la entrada del pueblo, una cruz con un velo negro, dejaba constancia de la maldición, en la que participaron todos los monjes del Monasterio con la lectura del salmo 108 del libro de los salmos.

«Danos tu ayuda contra el adversario, porque es inútil el auxilio de los hombres; Con Dios alcanzaremos la victoria, y él aplastará a nuestros enemigos». Un salmo que se usaba para maldecir a los enemigos y con el que quedó maldecido el señor de Trasmoz, sus descendientes y todo un pueblo. No hay otro lugar en España en el que se haya realizado un ritual de estas características.

Y maldito y excomulgado ha llegado Trasmoz hasta nuestros días, ya que hasta el momento ningún Papa ha levantado la maldición ni la excomunión. Aún así, poco o nada afecta esta situación al día a día del municipio. Y es que se celebran actos religiosos con absoluta normalidad y se han mantenido las tradiciones religiosas a lo largo de la historia.

Trasmoz destacó por su papel militar. En los siglos XII y XIII fue clave en la frontera de los reinos de Castilla, Navarra y Aragón. Asimismo, “era el único señorío laico de todo el Moncayo, repleto de señoríos eclesiásticos”. También fue el centro de una falsificación de monedas hacia 1267 que el rey Jaime I descubrió y a sus autores ejecutó. Y en el XIV y XV jugó un papel importante para Los Luna y los señores de Urrea.

Los historiadores aseguran que la fortaleza fue definitivamente abandonada en 1530, tras desplomarse su interior por un incendio. Así terminaron sus 400 años de vida militar, con diferentes etapas constructivas y guerras defensivas.

Estos han sido sus dueños y su historia:

El castillo de Trasmoz era señorío de Fortúan Sanz junto con la vecina Vera.

En 1171 Trasmoz está en poder de Navarra hasta 1185 en que Alfonso II lo recuperó para Aragón por medio del conde de Poitiers, acordando a cambio de la devolución, la ayuda de Aragón contra el conde de Tolosa.

En 1212 Pedro II de Aragón empeñó el castillo junto con otros castillos a Sancho VII de Navarra por el préstamo que este último le había hecho, quitando toda demanda sobre él en 1232 cuando entregó al rey navarro parte de los castillos empeñados.

Más tarde el castillo de Trasmoz pasa a ser dominio del rey Jaime I de Aragón.

En 1234 se firmó un pacto por 4 años con el rey navarro colocando en manos del obispo de Tarazona y del maestre provincial de los hospitalarios los castillos de Trasmoz, Gallur, Escó y Zalatambor, de modo que si no había acuerdo entre el rey de aragón  y el rey de navarra el castillo de Trasmoz quedaría adscrito al reino de Aragón.

En 1236 el castillo y la villa están bajo el dominio del justicia de Tarazona Juan Pérez.

De nuevo volvió a ser ocupado por el rey de Navarra Teobaldo I, y en 1244 Jaime I recuperó el castillo de Trasmoz para Aragón.

Pedro de Aragón en 1250 reconoce una deuda con el rey navarro por la que le entrega el castillo y la villa de Trasmoz con todos su derechos, hasta 1254 en que se firmó la paz entre Aragón y Navarra.

En 1255 Jaime I entregó el castillo al caballero navarro Sancho Fernández de Monteagudo, a condición de que no interviniera en caso de guerra con Castilla o Navarra en contra de Aragón y de que no hiciera daño ni guerra al rey de Aragón.

En 1267 el Castillo de Trasmoz  pertenece a Pedro Pérez de Tarazona, que lo utilizaba para labrar moneda falsa ayudado por su hermano Blasco sacristán de Tarazona. Estos fueron inculpados y castigados por lo que el castillo les fue confiscado y pasó al rey Aragonés.

A finales del SXIII el castillo fue dado en feudo por el rey Pedro III a su hijo Jaime Pérez. De éste último pasó a su hija Constanza, y de ésta pasó a su marido Artal de Luna.

El castillo de Trasmoz pertenecerá a la familia Luna hasta comienzos del SXV.

Don Fadrique, conde de Luna, se pasa a servir al reino de Castilla, y como consecuencia de este hecho el rey aragonés comenzó a confiscar parte de los bienes del conde de Luna.

Finalmente el conde de Luna cayó prisionero por el rey castellano, y fue recluido en el castillo de Ureña.

En 1436 el castilo de Trasmoz pasó a dominio aragonés y en 1437 Lope Ximénez de Urrea recibió el castillo de Trasmoz en donación de Alfonso V el Magnánimo, su hijo Pedro Manuel Ximenez de Urrea traslada su residencia al castillo de Trasmoz en el año 1509.

Don Pedro Manuel Ximenez de Urrea (1485-1524), intelectual y poeta, es uno de los nobles más poderosos de Aragón y uno de los grandes escritores de ese siglo.

Escribe poemas cultos, religiosos, morales, amorosos, canciones y villancicos.

Elabora relatos alegóricos y de defensa de los valores de la nobleza y églogas pastoriles cuyos personajes proceden de Moncayo.

En la obra Peregrinación a Jerusalén, Roma, y Santiago de Don Pedro Manuel Ximenez de Urrea había un capítulo titulado “Trasmoz hace cien fuegos” que contendría información sobre este señorío y sobre su castillo.

A partir del SXVI el castillo de Trasmoz comenzó su destrucción y deterioro debido al gran abandono que sufrió.

En 1530 la torre del homenaje fue devastada por un incendio y años más tarde el interior del castillo fue expoliado por los depredadores furtivos de tesoros que cavaron sin ningún tipo de respeto, a lo que fue en su día, un glorioso castillo testigo de batallas y conquistas entre los grandes reinos que lo atesoraban.

En la actualidad la situación ha mejorado afortunadamente ya que en los años 70 el castillo de Trasmoz fue adquirido mediante subasta por el empresario Aragonés Manuel Jalón, inventor de la fregona y de la jeringuilla desechable.

Este nuevo propietario se compromete al estudio y conservación del castillo e impulsa la Fundación Castillo de Trasmoz de la que forman parte también profesores de la Universidad de Zaragoza.

La Fundación de Amigos del Castillo de Trasmoz tiene previsto continuar con la rehabilitación del resto del recinto del Castillo de Trasmoz.

Los mitos, fábulas, gestas y ritos ligados al castillo de Trasmoz sobrevuelan de nuevo por entre la historia documentada de este particular recinto aragonés. La magia, los duendes, aquelarres y encantamientos de brujas que hasta Gustavo Adolfo Bécquer relató sobre Trasmoz en tres de sus leyendas se unen para siempre a todo un archivo arqueológico e histórico del recinto, con Pedro Manuel Ximénez de Urrea (1485-1524), último señor del castillo de Trasmoz, como protagonista .

Es más, son estas historias las que cada año llevan a miles de turistas a visitar esta localidad zaragozana, que ha hecho de sus brujas y sus leyendas todo un filón para el turismo. Cuenta con un museo dedicado a la brujería y cada año, con la llegada del verano, se celebra una feria dedicada a las brujas, la magia y las plantas medicinales que atrae a cientos de visitantes al pueblo.

Esa tradición de brujería es la que lleva a los habitantes de este poblado a que las tradiciones antiguas perduren, por lo que durante el año organizan dos eventos que permiten la visita de turistas y personas que disfrutan con estos temas. Una de las actividades es el Encuentro de brujería, magia y plantas medicinales del Moncayo que se lleva a cabo a mediados del año y es organizado con la intención de tener vivas las leyendas asociadas a la villa. En ella, además, se hacen representaciones donde sobresalen los disfraces y juegos de luces. A este festejo se suma el Museo de la Brujería, un sitio en el que se puede conocer la historia de las brujas más famosas, las leyendas que encierran a estos personajes y una importante muestra de plantas medicinales. El otro festejo se presenta el 31 de octubre, día en el que se celebra La luz de las ánimas. Esta parece ser una antigua celebración de origen celta que festejaba la llegada del imperio de las tinieblas, las largas noches de invierno, momento perfecto para que los espíritus afloraran para vagar entre los vivos.

Existe un libro antiguo que refleja el peregrinaje del señor de Trasmoz a las tres Ciudades Santas, Jerusalén, Roma y Santiago, de una sola vez. No existe constancia escrita de que ningún hombre haya hecho algo así.

En torno al siglo XX, ese documento se encontró.  Constituía uno de los libros de hoguera, considerados herejía por la Inquisición. Por ello, cuando encontraron la obra en Francia, estaba cosida bajo las tapas de otro libro que sí estaba permitido. El dueño era un descendiente directo de Napoleón.

Quizá también buscaban la protección de las brujas de Trasmoz los que cometieron el secuestro del doctor Julio Iglesias Puga,“Papuchi”, a comienzos 1982, ya que fue en este municipio donde el doctor permaneció retenido durante 20 días.

Verdad o no, hoy en día no se ven brujas por sus calles aunque el castillo albergue un museo sobre la brujería, eso sí puedes comprarle mermeladas de autor a Guillermo Fatás cantante del grupo aragonés Puturrú de fua (“No te olvides la toalla cuando vayas a la playa” y otros éxitos ochenteros) y participar en numerosas festividades curiosas como la de hacer roldar el huevo, la feria de brujería y magia o la celebración, por todo lo alto del día de los difuntos.

Otro punto que sobresale en esta localidad es la calle llamada Gol de Nayim, nombrada así en homenaje al gol que marcó este jugador, y con el que el Real Zaragoza pudo alzarse con el título de la Recopa en 1995. Aunque Trasmoz es una población pequeña encierra misticismo y magia, por lo que vale la pena incluirla en nuestras agendas de viaje.

Elena G.
Con información de : El Universo por descubrir

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Francisco ante la escasez de sacerdotes


En una entrevista reciente concedida al semanario alemán Die Zeit, Francisco afirmó: La crisis de vocaciones sacerdotales es un gran problema. En su cuarto año de pontífice, Bergoglio abre un nuevo frente de debate al preguntarse por la ordenación de casados. Ante la ostensible falta de vocaciones en la Iglesia católica, el Papa pone sobre la agenda la posibilidad de ordenar curas casados para frenar la crisis de carencia sacerdotal. Al Die Zeit, Francisco le dijo: “debemos analizar si los viri probati –hombres casados– son una posibilidad” para paliar la falta de sacerdotes, especialmente en las pequeñas comunidades. Los viri probati son una figura en la Iglesia primitiva, al igual que las diaconisas, y que consistía en ordenar sacerdotes a hombres casados de probada virtud. Es una expresión incluida en la primera epístola de Clemente (44:2) y retomada por el Concilio Vaticano II (LG 20), con la que el derecho canónico de la Iglesia católica se refiere a los hombres casados, de vida cristiana madura y contrastada, a los que, de modo extraordinario, se admite la ordenación sacerdotal.

En realidad, el celibato no es un dogma, el mismo Papa lo ha reconocido en otras ocasiones, sino una disciplina canónica, es decir, una norma obligatoria establecida en la Iglesia sólo después de 1100. Tampoco puede desdeñarse una tradición de cerca de mil años; sin embargo, en la situación actual es válido repensar el celibato, aunque no sea el origen ni la razón principal de la falta de vocaciones. La propia Iglesia católica ha mostrado pragmatismo; por ejemplo, la aceptación de los pastores casados anglicanos que se convirtieron a la Iglesia católica, cuya posición está regulada por la constitución apostólica Anglicanorum coetibus, firmada por Benedicto XVI en 2009. Figuran también los sacerdotes de rito oriental en comunión con Roma. En las iglesias orientales, de hecho, se puede ordenar a los seminaristas ya casados, pero sacerdotes ordenados ya no pueden casarse. La cuestión, como se esperaba, levantó gran revuelo. Entre las primeras reacciones el cardenal Reinhard Marx, presidente de los obispos alemanes, afirmó que la contribución del Papa es un valioso impulso. Mientras los sectores conservadores encontraron un nuevo pretexto para confrontarlo, siguen criticando a este pontífice como el Papa falible.

El tema va más allá de ordenar a santos varones jubilados. Vuelve a ponerse en el centro de la polémica la pertinencia del celibato sacerdotal. El celibato como precepto religioso no sólo está presente históricamente en el cristianismo latino, sino forma parte del patrimonio de porciones del hinduismo y del budismo. En el antiguo imperio romano, lleno de excesos, la castidad era concebida como virtud. En algunas sectas judías, como la de los esenios –a la cual, se conjetura, pertenecía Jesús–, exaltaban la espiritualidad, la renuncia a los bienes materiales, la humildad y la castidad como virtudes esenciales de la práctica religiosa. Por tanto, el celibato no es dogma, como tratan de revestirlo católicos tradicionalistas, sino un hecho histórico e institucional, que refleja en el tiempo y en el espacio las diversas concepciones religiosas del cuerpo y la sexualidad humanas.

Casi todos los apóstoles eran casados en el cristianismo primigenio. El Nuevo Testamento refiere este hecho. Habla de la suegra de Pedro (Mateo 8:7). Pablo señala que varios apóstoles eran ayudados por sus esposas (1 Corintios 9:5). Los primeros papas eran casados y en las primeras generaciones los obispos tenían mujeres e hijos; en la antigüedad, Pablo exige en sus epístolas que vivieran con moralidad y que tuvieran una sola mujer (1 Timoteo 3:3). Hay que recordar el contexto patriarcal de los inicios del cristianismo. Sobre la soltería de Jesús hay dudas razonables que quedan en el misterio, amparadas en más de 2 mil años de distancia. En contraparte, las nuevas lecturas de mujeres exégetas y teólogas abren nuevas hipótesis. Jean Meyer publicó en 2009 un libro titulado El celibato sacerdotal; su historia en la Iglesia católica, que documenta cómo algunas leyes empezaron en el cristianismo a exigir el celibato sacerdotal, por las tensiones entre laicos versus clero naciente, entre diócesis de rito latino en el siglo IV: se hizo manifiesto en el Concilio de Elvira y se reiteró en el Concilio de Letrán I, en 1123. Aunque no todo el clero asumió automáticamente la continencia sacerdotal como obligación para la impartición de los sacramentos, porque en Francia y España obispos, sacerdotes y diáconos estaban casados y continuaban una vida conyugal y engendraban hijos –incluso se respetó la orden de mantener el celibato en sacerdotes que fueron ordenados bajo tal condición–, según el autor, el celibato se impuso como obligación para todos los niveles clericales de la Iglesia latina en el siglo XII. Se reafirmó en el Concilio de Trento, a mitad del siglo XVI, en respuesta a la abolición del celibato por los movimientos protestantes. Según el anuario pontificio, hay poco más de 400 mil sacerdotes en el mundo. Distribuidos así: América 29.6 por ciento, Europa 44.3 por ciento, Asia 14.8 por ciento, África 10.1 por ciento, Oceanía 1.2 por ciento. En África y en Asia hay mayor número de vocaciones sacerdotales; sin embargo, han descendido en América y en especial Europa, que además presenta el cuadro de mayor envejecimiento sacerdotal. Hay también un declive en las diferentes órdenes religiosas.

Están ahí los recursos de los diaconados permanentes. Resuenan las expectativas abiertas por el propio Papa, el 12 de mayo de 2016, sobre la posibilidad de que las mujeres sean ordenadas diáconos y celebren bautismos y matrimonios; un giro revolucionario para la Iglesia católica, sólo reservado para los varones y que ha quedado entumecida en una comisión de estudio. También resuenan los lamentos de un grupo de 26 mujeres de Italia que a mediados de 2014 demandaban a Francisco abolir el celibato porque sostenían relaciones sentimentales con curas y muchas de éstas tenían hijos y hasta familia. Las mujeres apelaban al sentido común y a la inocultable práctica de sexualidad del clero heterosexual y homosexual. El panorama es complejo, a pesar de que el mismo Francisco desechó abolir el celibato como opción. Pero la falta de vocaciones y la creciente ancianidad del clero colocan el problema como una cuestión en que hay poco tiempo. Su resolución debe ocurrir en el corto plazo.

Bernardo Barranco V.
Con información de:La Jornada

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Gregorio, el experto en dolor; Doctor de la Iglesia Católica

Gregorio “el Narek”

Todos los pueblos de la tierra han padecido a lo largo de su historia etapas de indecible sufrimiento. Pero algunos han capitalizado el dolor de un modo especialmente agudo. Es el caso de Armenia, desde su primer bautismo –bautismo de sangre-, en torno al año 300, pasando por las sucesivas invasiones selyúcidas y mongoles, hasta el trágico genocidio de 1915 en que fueron exterminados un millón y medio de cristianos (Declaración común de Juan Pablo II y Karekin II, 27 de septiembre de 2001). Y para las sucesivas generaciones armenias que han arrostrado con increíble valentía el inmenso dolor soportado durante los últimos mil años, dos libros han sido los únicos instrumentos de consuelo y esperanza: la Biblia, y el Libro de las Lamentaciones de Gregorio de Narek.

Gregorio nació hacia 950 en Antsévatsik, actualmente en territorio turco. Huérfano de madre desde muy niño, fue confiado por su padre al superior del monasterio de Narek. Allí recibió una completísima formación que abarcaba todas las ramas de la cultura de la época; desde la literatura hasta la matemática, desde la teología hasta la astronomía. Dentro de su saber enciclopédico, no desconocía desde luego la doctrina de los Padres (Basilio, Gregorio de Nisa, Cirilo, Efrén…), y muy pronto comenzó él mismo a escribir diversas obras: poesía religiosa (Himnos y Odas), panegíricos (sobre la Cruz, sobre la Virgen y sobre los apóstoles), las oraciones conocidas como “el tesoro” (sobre el Espíritu Santo, la Iglesia y la Cruz)… y, muy especialmente, el Libro de las Lamentaciones.

Este Libro, escrito hacia 1002, poco antes de su fallecimiento, “da voz al grito, que se convierte en oración de una humanidad que sufre y es pecadora, oprimida por la angustia de la propia impotencia pero iluminada por el esplendor del amor de Dios y abierta a la esperanza de su intervención salvífica, capaz de transformar todo” (Mensaje del Santo Padre Francisco a los Armenios, 12 de abril de 2015).

Conocido también como “el Narek”, habitualmente es situado en la cabecera de la cama de los enfermos y moribundos, y en general constituye el consuelo de todos aquellos armenios a quienes asola el dolor físico o espiritual. Consta de 95 oraciones, escritas como un coloquio con Dios, en las que se muestra Su misericordia como refugio y remedio para todo pesar.

Realmente este libro ha supuesto un extraordinario bálsamo para un pueblo tan atormentado como el armenio, cuya espiritualidad “está impregnada de un sano orgullo por el signo supremo del don de la vida en el martirio” (Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II en el XVII Centenario del Bautismo del Pueblo Armenio, 2 de febrero de 2001, n. 4). Este “sano orgullo” se puso ya de manifiesto en la batalla de Avarayr (451) contra el rey sasánida Yazdegerd (que significa “hecho por Dios”) II, el cual intentó imponer a sangre y fuego la religión mazdeísta a los cristianos armenios. Éstos resistieron heroicamente la opresión porque “quienes creían que el cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel” (Eliseo, Historia de la guerra de Vartán y de los armenios).

Posteriormente llegarían las crueles invasiones mongoles, y la dominación otomana. Durante ésta, los cristianos armenios fueron siempre ciudadanos de segunda. Se distinguió entre los Turcos y los “Raya” (literalmente, ganado). Y además del “conjunto de incapacidades legales que les denegaban protección y reparación institucionales en el caso de ser víctimas de una agresión, también estaban sometidos a imposiciones arbitrarias, de las que la peor era el tributo de los niños (Devshirme). Los temidos jenízaros (soldados de élite) se llevaban a los niños cristianos, arrancándolos de sus padres. Una de las penosas tareas de los obispos armenios era la de reunir o seleccionar este tributo humano en el seno de los hogares armenios. Un caso bien conocido es cuando, en el siglo XVIII, se ordenó al obispo armenio de Sivas que enviara 5.000 niños armenios al Sultán. Berberian, el cronista armenio contemporáneo, describe gráficamente cómo, conducidos a pie, en pleno invierno, la mitad de los pequeños jamás llegó a su destino.” (George Hintlian, El Genocidio armenio, en: Historia y Política: ideas, procesos y movimientos sociales, nº 10, 2003, pp. 66-67).

Durante estos siglos de oscura opresión, “los cristianos armenios, guiados por la certeza de la ayuda divina, supieron repetir constantemente la oración de san Gregorio de Narek: “Si mis ojos contemplan el espectáculo del doble riesgo en el día de la miseria, ¡que vea tu salvación, oh próvida Esperanza! Si dirijo mi mirada a las alturas, hacia el sendero terrible que lo abarca todo, ¡que me salga al encuentro con dulzura tu ángel de paz!” (Carta apostólica… n. 4)

Pero indudablemente el momento más crítico de la historia de Armenia, donde estuvo amenazada su propia supervivencia como pueblo, fue el “Gran Crimen” (Medz Yeghern), calificado como genocidio por la sistemática brutalidad con la que un número indeterminado de civiles, no inferior al millón y medio de personas, fue exterminado en los albores del siglo XX. Esta masacre, que se había anticipado con episodios de violencia extrema ya desde finales del siglo XIX, tuvo su culmen con la llegada al poder de los Jóvenes Turcos y la aprobación en 1915 de la Ley de Deportación Temporal. “La población armenia formada por mujeres, niños y ancianos, recibió la orden de trasladarse hacia destinos no especificados y con un escaso margen de tiempo. Entre abril y septiembre, en un tiempo relativamente corto, un millón de armenios fue sistemáticamente asesinado en esas marchas de la muerte. Parece que el último destino era el desierto sirio, específicamente Alepo. Cuando las autoridades turcas vieron que quedaban cerca de medio millón de supervivientes los reenviaron hacia el desierto. Allí, bandas de delincuentes, preparadas por las autoridades otomanas y formadas en su mayor parte por chechenos y circasianos, asesinaron a cerca de 300.000 armenios. Los desiertos de Deir el Zor se convirtieron en los mayores cementerios de los deportados armenios.” (George Hintlian, pp. 81-82).

En aquel desierto, Eitan Belkind, un soldado judío del ejército otomano vio cómo “un soldado circasiano ordenó a los armenios que juntaran cardos y espinos y que los apilaran en una gran pirámide. Después ataron por las manos a todos los armenios que estaban allí, casi 5000 almas, cercándolos como un anillo en torno a la pila de cardos y espinos y prendiéndoles fuego en una llamarada que subió hasta los cielos junto con los gritos de los desdichados que fueron quemados hasta la muerte. Huí del lugar porque no podía soportar semejante visión. Azoté al caballo para que galopara con todas sus fuerzas y después de una loca carrera de dos horas todavía podía seguir escuchando sus lastimosos gritos, hasta que volví al lugar y vi los cuerpos abrasados de miles de seres humanos” (Yair Auron, The Banality of lndifference, 2000, p. 183).

“Un millón y medio de seres humanos asesinados: caravanas interminables de personas hambrientas, sedientas y en harapos, madres ultrajadas que, a su vez, presenciaban cómo violaban, robaban o vendían a sus hijos e hijas, personas mutiladas, torturadas o asesinadas delante de sus familiares, gendarmes que arrojaban los bebés al cielo y los esperaban con sus bayonetas caladas, vejámenes de todo tipo a mujeres embarazadas… El horror se podría resumir sencillamente: “Uno de los trofeos más preciados que podía tener un turco era un collar hecho con pezones de mujeres armenias” (Andrés Vartabedian, Centenario del Genocidio Armenio 1915 – 2015)

Han pasado ya más de 100 años desde aquellos horribles sucesos. Pero como dice el papa Francisco, recordar lo sucedido es un deber no sólo para el pueblo armenio y para la Iglesia universal, sino para toda la familia humana, para que el llamamiento que surge de esa tragedia nos libre de volver a caer en semejantes horrores, que ofenden a Dios y la dignidad humana.

“San Gregorio de Narek, formidable intérprete del espíritu humano, parece pronunciar palabras proféticas para nosotros: «Yo cargué voluntariamente todas las culpas, desde las del primer padre hasta las del último de sus descendientes, y de ello me consideré responsable» (Libro de las Lamentaciones, LXXII). Cuánto nos impacta ese sentimiento suyo de solidaridad universal. Qué pequeños nos sentimos ante la grandeza de sus invocaciones: «Acuérdate, [Señor,]… de quienes en la estirpe humana son nuestros enemigos, pero para su bien: concede a ellos perdón y misericordia (…) No extermines a quienes me muerden: ¡conviértelos! Extirpa la viciosa conducta terrena y arraiga la buena conducta en mí y en ellos» (ibid., LXXXIII)”. (Mensaje…)

El papa Francisco, tan sensible como sus predecesores a los sufrimientos del admirable pueblo armenio, declaró a Gregorio de Narek Doctor de la Iglesia el 21 de febrero de 2015.

Con información de Diario Armenia

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