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La Primavera Árabe del arte

Casa Árabe, en colaboración con el Victoria & Albert Museum, expone en Madrid 22 obras contemporáneas inspiradas en el arte islámico y galardonadas con el Jameel Prize.

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Fragmento de «Fashion Week» (Semana de la Moda), de Soody Sharifi

Primero fue el 11-S, después la Primavera Árabe y el derrocamiento de muchos regímenes totalitarios. El mundo islámico ha dado un giro radical en la última década y los cambios parecen imparables. Pero hay otra Primavera Árabe de la que se habla mucho menos, pero que también está presente y con mucha fuerza: hablamos del «boom» del arte islámico en todo el mundo. Basta con echar un vistazo a los grandes museos (Louvre, Metropolitan, Victoria & Albert) para poder constatarlo. Todos ellos atesoran importantes colecciones de arte islámico y recientemente han modernizado y ampliado sus espacios dedicados a él.

Desde hoy y hasta el 15 de julio, Casa Árabe alberga en su sala de exposiciones de Madrid (Alcalá, 62) una interesante selección de 22 obras de arte contemporáneo. Son las obras del ganador y los finalistas de un prestigioso premio, el Jameel Prize, que reconoce creaciones inspiradas en el arte, la artesanía o el diseño de tradición islámica. Se trata de una interesante iniciativa puesta en marcha por el Victoria & Albert Museum de Londres, en colaboración con la Abdul Latif Jameel Community Iniciatives, cuyo objetivo de enriquecer la visión de la cultura islámica en Occidente. Los artistas no tienen que ser musulmanes ni proceder de países islámicos. El premio es bienal y ésta es la segunda edición. Si las obras premiadas en la primera edición (2009) viajaron por seis museos de Oriente Medio, las de la segunda (2011) lo harán por Ocidente: París, Madrid y distintos puntos de Estados Unidos.

De la mano de Tim Stanley, comisario de la colección de Oriente Medio del Victoria & Albert -museo que atesora la mejor colección de arte islámico del mundo- y miembro del Consejo Científico del Museo del Louvre, y Sadia Touqan, co-comisaria de la exposición y especialista en arte contemporáneo y diseño de Oriente Medio, visitamos la exposición.

Los artistas premiados

El artista más joven presente en la muestra es Noor Ali Chagani. Nació en Pakistán en 1982; vive y trabaja en Lahore. Su obra escultórica «Infinity» se inspira en la pintura miniaturista mogola: en su caso la convierte en tridimensonal gracias a ladrillos en miniatura. Esta pieza reflexiona sobre la idea de la propiedad de la tierra, pero también sobre el concepto de cobijo y protección.

En el lado opuesto, la artista de más edad de la exposición es Monir Shahroudy (Irán, 1923). Vive y trabaja en Teherán. Esta octogenaria artista tiene una biografía fascinante. Se formó en Nueva York, trabajó con Warhol. Volvió a Irán y trabajó como consejera de Farah Diva. Cuando estalla la revolución en su país ella estaba en Estados Unidos. Su obra quedó confiscada o fue destruida. Quedó en el anonimato hasta que resurgió en la última década. Su obra se vio en la Bienal de Venecia y ahora vuelve a estar en activo. En la exposición vemos su obra «Birds of Paradise» (un mosaico hecho con trozos de espejo), inspirada en la pluma de un gorrión que se cayó en el balcón de su casa en Teherán.

Hadieh Shafie nació en Irán en 1983. Vive y trabaja en Estados Unidos. Presenta dos coloristas trabajos inspirados en los movimientos místicos del sufismo. Los sufíes utilizan el lenguaje del amor para describir la relación con Dios. Shafie escribe la palabra amor en sufí en miles y miles de tiras de papel enrolladas y colocadas unas juntos a otras.

Hayv Kahraman (Irak, 1981) se exilió a los 11 años: vive y trabaja en Estados Unidos. Su obra es abiertamente de denuncia. Dos de sus trabajos pertenecen a una serie, «Baraja». Semejan cartas de una baraja en madera, de gran tamaño, y en ellas denuncia el trauma de la diáspora iraquí. En una tercera obra muestra a un león herido que escupe esas mismas cartas de la diáspora.

Rachid Koraïchi es el ganador del premio. Nació en Argelia en 1947 y vive y trabaja a caballo entre Túnez y Francia. En sus trabajos reivindica el trabajo textil como un medio tan digno como la pintura. En la obra premiada, «Los maestros invisibles», celebra las vidas y el legado de los catorce grandes maestros del sufismo. Está inspirada en los estandartes que llevan en las procesiones rituales. Es una llamada a la tolerancia.

Soody Sharifi nació en Irán en 1955 y vive y trabaja en Estados Unidos. En sus trabajos se inspira en los manuscritos iluminados persas de los siglos XIV al XVII. Escanea estos manuscritos y crea collages digitales que denomina «maxiaturas». En ellas mezcla con mucho humor pasado y presente y pone sobre la mesa muchas de las contradicciones de la sociedad iraní. Así, en una de las obras aparecen mujeres desnudas bañándose (son las figuras originales), mientras que las mujeres actuales que incluye están en la piscina completamente tapadas. En otra obra es capaz de incluir un desfile de modas (fotógrafos incluidos) en una recepción en el salón del trono del Sha (harén incluido).

Bita Ghezelayagh (Italia, 1966) vive y trabaja entre Londres y Teherán. Encerrados en una vitrina se exhiben tres túnicas de fieltro, inspiradas en las capas tradicionales de los pastores iraníes. En ellas vemos colgados, a modo de objetos de protección, símbolos que retoma de la cultura popular de su país: coronas, tulipanes, llaves e incluso la imagen de un héroe de la guerra irano-iraquí.

De padres iraníes, Babak Golkar nació en 1977 en Estados Unidos. Vive y trabaja en Canadá. Esa dualidad biográfica Oriente-Occidente también está muy presente en su trabajo. En «Negotiating the space for possible coexistences, Nº 5», el dibujo en 3D sacado de una alfombra tradicional da lugar a un rascacielos. Tal como está expuesto en la sala, el propio rascacielos parece surgir de la alfombra.

El egipcio Hazem El Mestikawy (1965, vive y trabaja entre El Cairo y Viena) utiliza papel de periódico reciclado y cartón para hacer sus geométricas instalaciones escultóricas. «Bridge», presente en la exposición, está creado tanto por periódicos en árabe como en inglés. Una forma de simbolizar ese puente entre Oriente y Occidente, pesente en muchos de estos artistas, pero también un puente entre las tradiciones del Egipto faraónico y el Egipto actual.

Finalmente, Aisha Khalid (Pakistán, 1972), muy célebre en su país. Aborda en su trabajo las tensiones heredadas del pasado colonial de su país. Hoy mantiene dos lenguas oficiales: el urdu y el inglés. Parte de esta idea en su obra «Name, Class, Subject», una especie de libro escolar (mitad en urdu, mitad en inglés). Cada idioma comienza desde un extremo distinto. Otra de sus obras expuestas es un impresionante mantón tejido de Cachemira que cuelga del techo de la sala. Si lo miramos de frente es un bello y rico paño tejido en hilo de oro, pero por detrás está perforado por 300.000 alfileres chapados en oro, que simbolizan la agonía de la Cachemira ocupada. Esta región ha sufrido un largo conflicto entre Pakistán y La India.

Por Natividad Pulido

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¿Acaso Túnez no es país para laicos?


Es erróneo identificar las iniciativas de gobierno de los políticos tunecinos con la historia cultural y social de un pueblo. La mirada occidental sobre los países musulmanes prefiere simplificar y ahorrar matices que lastren la visión rápida y eviten las conclusiones llamativas. Pero los países árabes son más variados de lo que pensamos. Por ello, no es conveniente que sus ordenamientos jurídicos nieguen esta pluralidad. Los primeros pasos de la Asamblea Constituyente de Túnez son inquietantes –“los integristas quieren que la “sharía” sea la principal fuente del derecho” (Ignacio Cembrero, La ley islámica se abre paso en Túnez, (El País, 6/III/12)-. Pero esto no significa que la tradición cultural tunecina sea unitaria y homogéneamente musulmana. Túnez formó parte del Imperio Otomano y recoge un amasijo de identidades culturales que no pueden reducirse al islam.

Los individuos tenemos unas capacidades cívicas eliminables en una definición cultural o religiosa de la personalidad. Si la religión es el patrón de identidad de cada individuo se elimina la serie de filiaciones –aficiones, gustos, vocaciones, sensibilidades, hábitos, preferencias diversos- que pueden conectar a seres autónomos, independientemente de la religión que profesen o si no practican ninguna. Tanto el “choque de civilizaciones” como el “diálogo de civilizaciones” han exagerado la importancia de la “civilización” en la definición de la identidad de las personas. No faltan en Occidente quienes niegan la variedad de identidades en la cultura árabe. Uno de los más beligerantes contrincantes del islam ha sido Giovanni Sartori al resaltar el carácter público de la religión musulmana, que imposibilitaría reservar la religión al ámbito íntimo de los creyentes. Primero tendrían que cambiar “Ellos”, antes de que “Nosotros” les busquemos el encaje en las sociedades occidentales.

En el comienzo espléndido de Las identidades asesinas (1998), Amin Maalouf muestra las líneas de pertenencia a identidades muy diversas de un libanés de hoy que escapan a la rápida etiquetación de “islamista radical”. Propone que hagamos un “examen de identidad” como el que expone: en vez de buscar una pertenencia esencial en que reconocerse, deja que aflore la mayor riqueza posible de componentes de su identidad. En el caso de de Maalouf, sus ingredientes son muy diversos: cristiano de  familia originaria del sur de Arabia establecida en la montaña libanesa, familia dispersada migratoriamente desde Egipto a Brasil y de Cuba a Australia, de lengua materna árabe que le proyecta a los oradores y a los eruditos de una “madrasa” timurí, escritor en francés, nacido en una comunidad católica griega (reconocida a la autoridad del Papa pero seguidora fiel de algunos ritos bizantinos), melquita aun registrado protestante, educado como católico por los jesuitas, de abuela turca y abuelo anticlerical y librepensador, de segundo abuelo maronita, su tatarabuelo fue el primer traductor de Molière al árabe para representarlo en 1848 en un teatro otomano,…

Todos los individuos tenemos –en opinión del escritor libanés- diversas pertenencias y múltiples fracturas que nos hacen singulares. Por ello, es tanto más disparatado que se trate forzadamente de inflar la importancia de alguna de ellas o se nos atribuyan prejuiciosamente defectos, crímenes, o malos modos. ¿Cuántas veces hemos escuchado decir que los musulmanes son pendencieros, los judíos son arrogantes, los católicos resignados o que los protestantes venderían a su madre por dinero? Con frecuencia somos moldeados por los estereotipos desde afuera. Mostramos solidaridad con los miembros del grupo al que pertenecemos y desarrollamos un miedo paranoide hacia el extraño que puede conducirnos al crimen. Como recuerda Amin Maalouf, se trata de una tendencia a la violencia que podemos desarrollar todos porque Mr. Hyde se alberga en todos nosotros.

Precisamente por esta cuadratura imposible del círculo de la identidad individual, abierto a múltiples intersecciones, es tanto más rechazable la posibilidad de un Estado confesional de cualquier religión. Un Estado laico y democrático, que mantenga una posición neutral en materia de religión, puede desmantelar la violencia religiosa a través de políticas de igualdad. Y este es el camino, por el momento, desechado por los islamistas de Ennhda (Renacimiento) en Túnez. Pero es necesario  recordar que este partido musulmán alcanzó una mayoría simple del 41,5 por ciento de la Asamblea Constituyente y el resto, entre los que se encuentran muchos partidarios de un Estado laico y democrático, no le votó. A pesar de las declaraciones de algunos de los líderes de Ennhda, el islam no es un elemento esencial de la personalidad del tunecino, sino una preferencia de una parte, más o menos, elevada de la población.

Una sociedad atravesada por la expulsión de la mujer del ámbito laboral, la imposición del velo islámico y la prohibición del alcohol acabará fragmentando a aquella colectividad. Sería deseable la reconsideración del pacto constitucional para lograr un Estado neutral en materia religiosa, que reserve las creencias en la moral privada, en vez de situarla en la justicia pública. Luego, será posible alguna forma de tolerancia, o “modus vivendi”  entre islamistas y no islamistas en aquel país impulsado por la “primavera árabe”. Si no,  el Islam perderá, allí, su significado de “sumisión a la paz”. Aflorará la violencia y la insatisfacción social en Túnez. Y, entonces, no será país para laicos.

Por Julián Sauquillo

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