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Al despertar… – Naguib Mahfuz

Frederick Arthur Bridgman – La Siesta (1878)

…Cuando se despabiló un poco, se acurrucó sobre la cama con la cabeza apoyada en las manos, deseando juguetear con esos deliciosos pensamientos que endulzan las visiones del despertar. Pero, como su padre, se había despertado con un gran peso en la cabeza que le estropeaba su ensoñación. Se imaginó a Zannuba, la tañedora de laúd, sin que le hiciera sentir lo mismo que cuando estaba lúcido, aunque en sus labios brilló una sonrisa.

En la habitación contigua, Jadiga no había necesitado los golpes de la masa para saltar de la cama. Era la que más se parecía a la madre en la vitalidad y el pronto despertar. En cuanto a Aisha, se despertaba normalmente con la sacudida que su hermana imprimía a la cama al levantarse y deslizarse hasta el suelo con intencionada brusquedad, provocando con ello una discusión y una pelea que, a fuerza de repetirse, se había convertido en una especie de juego cruel. Cuando se despertaba del todo y dejaban de chincharse, no se levantaba, sino que se entregaba largo rato a uno de los ensueños del despertar feliz, antes de abandonar la cama.

Después, la vida avanzaba lentamente invadiendo todo el primer piso, se abrieron las ventanas y se precipitó la luz hacia el interior, recibiendo después el aire que llevaba el traqueteo de las ruedas de los suarés, las voces de los obreros y las llamadas del vendedor de balüa. Reinó un vaivén continuo entre los dos dormitorios y el baño, y aparecieron Yasín, con su carne prieta y envuelto en una amplia galabiyya, y Fahmi, alto y delgado, que, exceptuando su delgadez, era el vivo retrato de su padre. Las dos chicas bajaron al patio para reunirse con su madre en el horno; en sus rasgos había tales diferencias como raramente se encuentran en el seno de una misma familia: Jadiga era morena y sus facciones no guardaban armonía; Aisha era rubia, e irradiaba una aureola de belleza.

A pesar de que el señor estaba solo en el piso de arriba, Amina no olvidaba atender a sus necesidades. Así, él encontró sobre la mesita un platillo lleno de al-holva para refrescarse el aliento. Fue hacia el baño y le llegó el aroma perfumado del incienso. Allí encontró sobre una silla la ropa limpia y ordenada con cuidado. Se lavó con agua fría como solía hacer cada mañana, manteniéndose fiel a esta costumbre ya fuera invierno o verano, y regresó a su habitación con vitalidad y actividad renovadas. Tomó la alfombrilla de la oración, que estaba plegada sobre el respaldo del diván, y la extendió para cumplir el precepto de la mañana. Rezó con un rostro sumiso, diferente de aquel, sonriente y radiante, con el que recibía a sus amigos, y también del otro, enérgico y decidido, con el que se dirigía a su familia. Éste era un rostro apacible, de cuyas facciones, relajadas y suavizadas por la devoción, el afecto y la solicitud de perdón, emanaban la piedad, el amor y la esperanza.

Él no rezaba de forma mecánica: recitación, puesta en pie y prosternación, sino que su oración era hecha con gran sentimiento y llevada a cabo con el mismo entusiasmo que lo sacudía al volcarse en todos los demás aspectos de la vida, como el trabajo, sacrificándose por él; la amistad, excediéndose en ella; el amor, derritiéndose de pasión, y la bebida, emborrachándose y ahogándose en ella, fiel y sinceramente en toda ocasión. Así, la plegaria era un pretexto espiritual para conocer a fondo la grandeza del Señor. Cuando terminaba su oración se sentaba con las piernas cruzadas y extendía las manos, rogando a Dios que lo protegiera, lo perdonara y bendijera su descendencia y su negocio.

La madre terminó de hacer el desayuno y dejó que las chicas prepararan la bandeja. Subió a la habitación de los hermanos, donde se encontró con que Kamal aún no se había despertado. Se acercó a él sonriendo y posó la palma de la mano sobre su frente, recitando la fátiha. Empezó a llamarlo y a sacudirlo con dulzura hasta que abrió los ojos, y no lo dejó hasta que salió de la cama. Fahmi entró en la habitación y al verla le sonrió y le dio los buenos días. Ella le devolvió el saludo diciendo mientras destellaba en sus ojos una mirada de amor:

—¡Buenos días, luz de mis ojos!

Y con la misma dulzura dio los buenos días a Yasín, «el hijo de su marido», que le respondió con el amor que le merecía la mujer que ocupaba en su corazón el lugar de una madre digna de este nombre. Cuando Jadiga regresó del horno, Fahmi y Yasín, sobre todo Yasín, la recibieron con las bromas que solían gastarle. El motivo era tanto su físico desagradable como su lengua afilada, a pesar de la influencia que ejercía sobre sus dos hermanos al cuidar de sus asuntos con una excelente habilidad de la que raramente gozaba Aisha, la cual aparecía en el seno de la familia como el símbolo de la belleza, fresca, atractiva y carente de utilidad. Yasín la abordó diciendo:

—Estábamos hablando de ti, Jadiga, y comentábamos que si todas las mujeres se te parecieran, los hombres no padecerían mal de amores.

—Y si los hombres se parecieran a ti —saltó ella —, ninguno tendría quebraderos de cabeza.

En ese momento la madre llamó:

—¡Señores, el desayuno está listo!…

Naguib Mahfuz

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Hadices del Profeta Muhammad (s.a.s)-Aquel que tiene tres hijas…

Hadices del Profeta Muhammad (s.a.s)

Aquel que tiene tres hijas o hermanas, o quizás dos hermanas o dos hijas, y es compasivo y piadoso con ellas y se preocupa por ellas, educándolas, cuidándolas y favoreciendo que contraigan matrimonio, entrará en el Paraíso. (Abu Dawud, Adab, 130; Tirmizi, Birr, 13)

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Yo soy uno de los reyes del fin-Mahmud Darwish

Henri Emilien Rousseau: jinete árabe con un halcón (1926)

Yo soy uno de los reyes del fin. Salto de mi caballo en el último invierno. Soy el último suspiro del árabe.

No me asomo al arrayán sobre las azoteas y no miro a mi alrededor por si me ve aquí alguien que me conozca y sepa que he pulido el mármol de las palabras para que mi mujer atraviese descalza campos de luz. No me asomo a la noche para no ver una luna que iluminaba todos los secretos de Granada cuerpo a cuerpo.

No me asomo a la sombra para no ver  a alguien portando mi nombre y corriendo tras de mí: descárgame de tu nombre y dame la plata del álamo. No miro hacia atrás para no recordar que pasé por la tierra. No hay tierra en esta tierra desde que el tiempo se rompió en torno a mí, fragmento a fragmento.

No estaba enamorado para creer que las aguas eran espejos, como les dije a mis viejos amigos. Y no hay amor que interceda por mí.

Desde que he aceptado el pacto de paz no tengo presente para pasar mañana cerca de mi ayer. Castilla izará su corona sobre el alminar de Dios. Escucharé el tintineo de las llaves en la puerta de nuestra edad de oro. Adiós a nuestra historia. ¿Seré yo quien cerrará la última puerta del cielo?

Yo soy el último suspiro del árabe.

Mahmud Darwish


Mahmud Darwish nació en Birwa (Galilea) en 1942 y murió en Houston, Texas el 9 de agosto de 2008 . Su vida es un paradigma de la tragedia de su pueblo: nació en una aldea destruida por los israelíes cuando tenía seis años, y vivió la mayor parte de su vida en el exilio. Desde 1966 vivió en Ramallah, donde dirigió la revista literaria Al Karmel. Obtuvo, entre otros, los premios literarios : Lannan Cultural Frreedom Prize, 2001; y el premio Príncipe Claus de Holanda, 2004. Comenzó a escribir al tiempo que comenzó a militar en el Partido Comunista. Algunos de sus libros publicados son: Pájaro sin alas, Hojas de olivo, Enamorado de Palestina, 1966; Mi Fin de la noche, 1967; Los pájaros mueren en Galilea, 1970; Mi amada se despierta, 1970; Amarte o no amarte, 1972; Elogio de la alta sombra, 1983; Menos rosas, 1986; Once astros, 1992; Por qué has dejado el caballo solo, 1995; El lecho de una extraña, 1999; Mural, 2000.


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