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El Diluvio Universal – Diferentes versiones sobre un mismo mito – (+ Video)

El Diluvio Universal de Miguel Angel
El Diluvio Universal de Miguel Angel

Los mitos son algo consustancial al género humano, y surgen de forma totalmente aislada en diversos puntos y momentos de la Historia, siempre respondiendo a preocupaciones fundamentales. El contacto entre las diversas culturas los va puliendo, con lo que se acaban alcanzando unas “formas canónicas” en las que se captan fácilmente orígenes comunes.

Los mitos, en la innovadora visión del psicólogo y psiquiatra suizo Karl Gustav Jung (1875-1961) son representaciones de los arquetipos. Según Platón, éstos eran “las ideas inmateriales, perfectas e inmutables, modelo ideal de las cosas sensibles”, y Berkeley los situaba en la mente divina antes de la Creación. Jung dio una nueva forma a esta antiquísima idea: “Son símbolos ancestrales que forman el inconsciente colectivo del hombre y que se encuentran en toda la mitología universal”. La repetición de los cuentos, los mitos, las fórmulas mágicas, etc. en las diferentes civilizaciones, prueba que “real sustrato psíquico de los hombres es común a todos ellos en las capas más íntimas de nuestro inconsciente… porque forman el lenguaje innato de la psique”.

El análisis concreto de los mitos más habituales nos confirma esta visión Y el más universal de todos ellos, que hallamos presente en prácticamente todas las culturas, es el del Diluvio Universal, abstracción extrapoladora de las grandes inundaciones catastróficas que en todas partes se dan periódicamente. Incluso algunos divulgadores han pretendido ver en él un recuerdo difuso de las glaciaciones geológicas.

Los modernos investigadores de la mitología han recopilado más de cuatrocientos mitos diferentes sobre el Diluvio. El primero por orden cronológico es el contenido en la Epopeya de Gilgamesh, poema nacional babilónico.

Gilgamesh
Gilgamesh

En la mitología babilónica, el equivalente a Noé se llama Utanapishtin, hombre piadoso que había sido avisado de la proximidad del desastre por los susurros de las cañas movidas por el viento. Protegido por el dios Ea, éste le comunica la decisión que otros dioses han tomado, por inspiración de Enlil, de destruir la humanidad, y le aconseja que construya una nave con la que podrá escapar a la invasión de las aguas. Así lo hace Utanapishtin, metiendo en el navío a su familia, sus riquezas y parejas de animales. Apenas lo había terminado, se soltaron los vientos y el diluvio durante siete días. A la madrugada del día octavo, el mar recobró la calma, la nave se posó sobre un monte y Utanapishtin soltó una paloma y una golondrina, que volvieron al barco por no encontrar otro lugar donde posarse; más tarde soltó un cuervo que ya no regresó y por último salió Utanapistin, ofreció un sacrificio y la vida comenzó de nuevo.

Es innecesario subrayar las coincidencias con el relato de la Biblia, (Génesis, VIII) muy posterior:

Viendo Yahvé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra… se arrepintió de haber hecho al hombre… y dijo: ‘Voy a exterminar al hombre que hice de sobre la faz de la tierra; al hombre, a los animales, a los reptiles y hasta las aves, pues me pesa haberlo hecho’. Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé. Yahvé dijo a Noé: ‘Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimentos y la calafateas con pez por dentro y por fuera… Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. De todos los animales meterás en el arca parejas’. Pasados los siete días, las aguas del diluvio cubrieron la tierra… y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches… El arca flotaba sobre la superficie de las aguas, que cubrieron los montes por debajo del cielo… Sólo quedaron Noé y los que con él estaban en el arca. Ciento cincuenta días estuvieron altas las aguas sobre la tierra… Pasados cuarenta días, abrió Noé la ventana y soltó un cuervo que volando iba y venía… Siete días después para ver si se habían secado las aguas, soltó una paloma, que como no hallase donde posarse se volvió al arca… Esperó otros siete días y al cabo de ellos soltó otra vez la paloma, que volvió a él trayendo en el pico una ramita de olivo… Siete días después volvió a soltar la paloma que ya no volvió más… y dijo Yahvé: “Voy a establecer mi pacto con vosotros… y he colocado mi arco en las nubes.”

Deucalión y Pirra de Pedro Pablo Rubens. [itd. Museo del Prado
Deucalión y Pirra de Pedro Pablo Rubens. [itd. Museo del Prado

Un paralelo inmediato a esta narración figura en la cultura clásica griega, con el mito griego de Prometeo y su hijo Deucalión. Según los griegos, el Diluvio duró nueve días y nueve noches, y de él sólo escaparon “los más justos”, Deucalión y Pirra, en un arca similar a la bíblica. Ovidio, en su primer libro de las Metamorfosis inicia el relato de la breve historia de los regeneradores de la humanidad, que inician su dura nueva vida en la Fócida.

En la mitología persa y según el Zend-Avesta, el dios Ahura-Mazda (Ormuz) ordenó al primer hombre, Yima, que se encerrase en una fortaleza, en la cumbre de una montaña, con los mejores hombres, animales y plantas. El resto del mundo fue destruido por el dios del Mal.

Baal el Peor
Baal el Peor

En la mitología fenicia, la narración del Diluvio está poco detallada; pero su recuerdo es tan fuerte que el dios Aleyín, hijo de Baal, propuso que el dios Kusor abriera un tragaluz en medio del templo (es decir, el mundo) y Baal abriera una resquebrajadura en las nubes; así las aguas no caerían sobre la Tierra en cantidad tan grande que produjera un nuevo diluvio, ya que sería necesario que Baal y Kusor se pusieran de acuerdo.

En la mitología lituana, el dios Praamzis, que gobernaba el Universo, al contemplar que en la Tierra todo eran guerras e injusticias, decidió hacer un escarmiento. Para ello envió a dos monstruos, el Agua y el Viento, y entre los dos cogieron la Tierra, imaginada por los lituanos como un disco, y la sacudieron durante doce días, acabando con casi todos los hombres. Entonces se asomó Praamzis para ver el mundo, y tiró las cáscaras de una nuez que estaba comiendo con el fin de que en ella se refugiasen un puñado de hombres y de animales que se habían puesto a salvo en la cima de una montaña.

En la mitología celta aparece también el mito del Diluvio e incluso afirman que después de él la isla de Irlanda fue habitada por una reina maga, que pereció en unión de todos sus compatriotas antes del desembarco del príncipe Portholón, que llegó de Grecia con veinticuatro parejas en el año 2700 a. de J. C., y cuyos descendientes tuvieron que luchar con los últimos gigantes.

En la mitología de la India aparece la leyenda del Diluvio bajo una forma muy original. Uno de los Manú, dios que preside cada uno de los catorce largos períodos en que se subdivide la historia de la humanidad, hacía sus abluciones, cuando entre sus dedos encontró un pececito vivo. Cuando iba a devolverlo al agua, el animal le rogó que no lo hiciera porque temía ser devorado por los monstruos del mar. Para protegerle, Manú le colocó en un tazón con agua. Al día siguiente, el pez había crecido tanto que tuvo que ponerlo en el jarrón más grande que pudo hallar. Al otro día, el pez se había desarrollado de tal manera que Manú tuvo que depositarlo en un lago y como siguiera creciendo, Manú le llevó hasta el mar. Entonces el pez le dijo: “Dentro de siete días será el Diluvio; enviaré para ti y los siete richis un gran barco. Embarcaréis y contigo una pareja de cuantos animales viven en la tierra y en los aires y una semilla de cada planta. Cogerás a la serpiente Vasuki y atarás con ella el navío a mi cuerpo, y yo te guiaré a través de las aguas”. Después del Diluvio, Manú fue el padre de la nueva raza humana. Siguen las coincidencias, incluida la de los siete días, demostradoras de que todos los relatos proceden de uno solo.

La diosa gata Sekmet, la ira de Ra
La diosa gata Sekmet, la ira de Ra

En la mitología egipcia antigua la destrucción de la humanidad primitiva tomó otra forma: Ra envió contra los hombres su Ojo Divino, encarnado en. la diosa Sekmet, la que realizó una mortandad tan terrible, que para evitar el exterminio de la raza humana, Ra tuvo que preparar una bebida compuesta de cerveza, cebada y una sustancia roja que le daba aspecto de sangre. Sekmet confundió esta bebida con sangre y la ingirió, embriagándose de tal manera que dejó de matar. Entonces Ra, después de salvar a los hombres, estableció un pacto con ellos.

En África el mito del Diluvio tiene tantas formas como tribus viven en el continente negro. En el bajo Congo se cuenta que hace muchos años el Sol encontró a la Luna y le tiró barro para apagar su brillo. Entonces se produjo un diluvio y los hombres supervivientes se convirtieron en monos (obsérvese la curiosa coincidencia con el darwinismo).

En América el mito del Diluvio está todavía más extendido, si ello es posible, que en los otros continentes. Ya Cristóbal Colón, al tocar el golfo de Paria en 1498, observó que los indígenas veneraban el que llamaban “árbol de la vida” (¡otra coincidencia con la Biblia!). Según ellos, de sus frutos había vuelto a nacer el género humano después de ser destruido por un gran diluvio, del que sólo se salvaron un hombre y una mujer. Un “árbol de la inmortalidad” similar existía en México.

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Cuenta la leyenda de los algonquines que un día el dios Michabó se metió en el agua para salvar a sus perros que habían quedado aprisionados en el fango. Las aguas se desbordaron y cubrieron la tierra. Para rehacer la tierra, Michabó encargó al cuervo que le buscase un pedazo de arcilla, pero el cuervo no lo trajo. Después envió a una nutria, pero ella volvió de su zambullida sin traer nada. Por último envió a una rata almizclera, que le trajo un poco de tierra. Los hombres que repoblaron el mundo son los hijos de Michabó y la rata almizclera.

Según los indios de California, un diluvio cubrió todas las montañas e hizo perecer a todos los hombres menos a los que se habían refugiado en el pico del monte Bonsald.

Las mitologías de la Melanesia son muy curiosas. Según las tribus narri-ñeri de Australia, el dios creador formó al hombre de excrementos y los modeló como estatuas sin vida y luego, para infundirles la vida, les hizo cosquillas, porque la risa es el símbolo de la vitalidad (compárese con el episodio de la creación de Adán en la Biblia). Su mito referente al Diluvio dice que todas las aguas del mundo habían sido tragadas por una rana, pero una anguila la hizo reír y abrió la boca, con lo que las aguas se precipitaron sobre la tierra causando una gran inundación. En otras mitologías oceánicas el Diluvio fue un castigo impuesto al hombre por haber dado muerte a un monstruo marino.

Terminemos recordando el mito tal como lo narran en Malasia. Según los malayos, la creación de la tierra molestó a un dios que existía anteriormente y que se irritó, destruyéndola. El creador reconstruyó la tierra tomando precauciones para que el dios anterior a la humanidad no se irritara, pero cuando se enfada se producen los frecuentes terremotos oceánicos.

Los grandes mitos, por P. Hernández, Editorial Bruguera, Barcelona, 1971.). … Josep M. Albaigès

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Sidi Bou Sa’id – La Ciudad Azul – Un relato de Elisa Mellado – (+ Video)

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Según las palabras de la escritora y viajera Margarite Youcenar:”El ser humano, al igual que las aves, parece tener una necesidad de emigración, una vital necesidad de sentirse en otra parte. En todos los casos, trata de informarse acerca del mundo, tal cual es, y de instruirse también ante los vestigios de lo que ha sido”. Una frase en la que me veo reflejada y compartí cuando visité las ruinas de lo que fue la antigua Cartago. Aún se conserva esplendorosa.

A pocos kilómetros de Cartago, en lo alto de un acantilado que domina el Golfo de Túnez, se alza el bello pueblo de Sidi Bou Said. Un lugar que parece se ha desprendido del cielo. Un pueblo azul, envuelto por una mágica luminosidad, como no he visto en otra parte, donde creo viviré un sueño.

Para saborear de lleno el ambiente y el encanto que emana esta villa, decido explorarla sin hacer ninguna ruta especial. Enseguida me percato de que es una ciudad pequeña. Vale la pena, simplemente, callejear en busca de esos pintorescos rincones. Como siempre, ojeando mis anotaciones y consultando mi inseparable mapa-guía. He de confesar que me siento privilegiada, porque hasta 1.820 los cristianos teníamos prohibida la entrada a la ciudad.

Hamdelah assalama (Bienvenidos) a Sidi Bou Said

La suntuosa belleza del paisaje se mezcla con la armonía de la arquitectura: edificaciones con los tejados a cuatro aguas, detectan la influencia bereber-andalusí de tiempos pasados. Casas encaladas, inmaculadas, con arcos de entradas, las jambas y dinteles son generalmente de piedra arenisca, que resaltan con el color azul que las recubre. Las musharabiyas (ventanas con celosías) de los pisos superiores, por las que se puede ver sin ser visto; las rejas y las cancelas, auténticas filigranas, obras creadas en la forja, también decoradas del mismo color. Sin dejar atrás las puertas o portones, también pintados de azul claveteados de negro, al igual que las tres aldabas y cerraduras, con sus diseños geométricos sobre la madera. Un azul que no sé definir su tonalidad, es un color característico, que sólo he visto en los países del Magreb. Según la tradición, es el color de la buena suerte en el mundo árabe. Son las señas de identidad de Sidi Bou Said, que guarda celosamente su misterio.

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Son numerosas las casas que tienen patios o jardines, se puede decir que en casi todos, están omnipresentes las plantas del yasmín (jazmín), por algo es la típica flor tunecina y es lucida por sus habitantes. Según la tradición, el hombre casado se coloca el ramillete en la oreja derecha; si busca pareja, un soltero, se insinuará colocándoselo en la oreja izquierda. En cambio, las mujeres lo guardan en su pequeño bolso para perfumar su interior. También estos ramilletes son ofrecidos a los turistas por vendedores ambulantes.

Hay que impregnarse de la atmósfera y la luz de este pueblo, que fue eternizado por numerosos artistas, entre otros los pintores Paul Klee y August Macke. Sus calles y callejuelas, adoquinadas, empinadas y tortuosas, que parecen se retuercen en sus vueltas y revueltas por las esquinas y, al final, desembocan al mar azul en las que se reflejan. Un lugar remoto, inimaginable, perdido en la noche de los tiempos.

Sobre su historia, posiblemente, el origen de este pueblo se remonta a un faro púnico que aquí se construyó, tal vez, una de las torres de Aníbal. Más tarde fue romano, y con el tiempo se convirtió en el Yebel Menara (El monte del faro). Una fortaleza de las muchas que protegían las costas africanas. A finales del siglo XII llegó hasta aquí Abu Said el Baji, nacido en Marruecos en 1.156. Personaje entregado de lleno a la meditación y a la difusión del Sufismo, con fama de santón, siendo desde entonces lugar de peregrinación. Así pasó a llamarse con el nombre del morabito (santón) Sidi Bou Said. Fallecido en 1.236 se construyó sobre su tumba un mausoleo y una mezquita. Siglos después, entre el XVIII y XIX, el ambiente del pueblo fue cambiando.

En 1.912 el Barón d’Erlanger, se instaló en la villa y edificó un palacete. Este influyente personaje, advirtió que su amado Sidi Bou Said terminaría por perder su extraño encanto. Por sus relaciones con el Gobierno Tunecino, logró que el 28 de Agosto de 1.915 se firmara un Decreto, en el cual se prohibía cualquier construcción que no fuera acorde con el estilo establecido, así ha sido hasta nuestros días. Está considerada como la gran joya árabe-andalusí.

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Inicio mi andadura por la empinada calle principal, bulliciosa y llena de colorido. Conforme avanzo, percibo diferentes aromas en el ambiente, creo adivinar que huelo a miel, menta, canela, jazmín, es agradable al olfato. El tráfico rodado está prohibido por esta zona. A ambos lados de la calle, docenas de tiendas de todo tipo, bazares y pequeños talleres, donde se puede ver a los artesanos trabajar el grabado y el repujado de platos y objetos de cobre y latón. Otros, entretenidos en el ensamblaje de alambres, finamente trabajado, en complicadas espirales y filigranas, inmersos en la creación de las típicas e inconfundibles jaulas. Luego serán colgadas en las puertas, como “talismán” y no como prisión de aves; sin embargo, codiciado objeto decorativo para los occidentales.

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En este ambiente exótico que me rodea, parece que despierta y agudiza mis sentidos, por lo que estoy receptiva a todo lo que contemplo. Es una cultura que siempre ha llamado mi atención. Observo que las personas mayores aún se visten con la tradicional chilaba; los hombres lucen en su cabeza la sheshiya, color granate, el típico casquete tunecino, y las mujeres se cubren con el haik. Son gente amable y respetuosa, que muestran su interés para comunicarse con los foráneos.

El centro neurálgico de la población es la Place Sidi Bou Said, rodeada de cafetines, puestos de dulces y tenderetes de souvenirs. Me detengo delante de la escalera que conduce al “Café des Nattes”, el más famoso de Túnez, también conocido como “Café de las Esteras”. Los lugareños le asignan también “Qahwa el Alia” (El Café Alto) o “Qahwa el Suq (El Café del Zoco) Es un viejo edificio de dos plantas construido en el siglo XVI, que antaño perteneció a la Mezquita, aún mantiene ese halo de misticismo. Decido descansar un rato. Subo lentamente, recreándome en el ambiente que me rodea. Dos pequeñas terrazas a ambos lados de la puerta con algunas mesas y sillas.

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Traspaso la puerta arqueada y curioseo el interior. Comprendo el porqué de su nombre: está decorado con esteras, predominan los colores verdes y rojos de las columnas y techos. Mesas bajitas alrededor del salón y en el centro una de mayor tamaño con una gran vasija de metal. Un viejo tesoro que el tiempo ha conservado. Me acomodo en la terraza. Respiro hondo, el intenso olor a mar mezclado con el de jazmines, me embriaga. Es asombrosa la vista que contemplo de toda la calle. Las azoteas de las casas, sus balconadas y ventanas de celosías azules, cuajadas de flores que cuelgan hasta los toldos de las tiendas. El murmullo de la gente que deambula de un lado a otro. Mientras tanto, disfruto de un reconfortante té con menta y piñones, y unos riquísimos dulces de miel y frutos secos. Me siento observada: un grupo de curiosos ancianos que están fumando la shisha o narguile, no dejan de mirarme. Imagino sus pensamientos: ¡una mujer sola! El olor dulzón del tabaco invade el lugar.

En este Café des Nattes fue lugar de tertulias de escritores como Simone de Beauvier junto a su compañero Jean-Paul Sartre, Oscar Wilde, André Gidé, Maupassant, y también de pintores como Giacometti, August Macke, Paul Klee, así como el arquitecto Le Corbusier, entre otros.

A pesar de que, muchos autores han residido temporadas en Sidi Bou Said, no son muchos los que han ambientado sus novelas en este país. De entre todos, la novela “Salambó” de Flaubert, en el que el autor hace una reconstrucción de la civilización púnica. Por otro lado, la obra “El Inmoralista” de André Gidé, que lo escribió en la cercana villa de Hammamet.

Como referencia a la figura más grande de la Literatura tunecina, y el mayor historiador árabe de todos los tiempos, es Abd el Ramman Ibn Jaldun (1.332-1.406) Durante un tiempo residió en Al-Andalus (Sevilla y Córdoba).

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La villa sólo cuenta con dos Museos cuyas visitas son breves e interesantes por su curiosidad. El Museo de la Música Árabe y Mediterránea, instalado en el fantástico palacio, de clara inspiración andalusí, que donó el Barón d’Erlanger. Se pueden admirar antiguos instrumentos de música árabe. El otro es el Dar el Annabi, suntuosa mansión del siglo XVIII que perteneció a este ilustre personaje de la zona, donde se exhiben vestidos, objetos cotidianos y otras antigüedades de la familia.

Me aventuro a perderme entre sus calles, de paredes blancas recortadas de añil, auténticos laberintos. A cada vuelta espero qué sorpresa me aguardará a la siguiente esquina, a veces, callejones sin salidas. Así es la magia de las viejas ciudades árabes. Una agradable brisa me alivia del calor primaveral que hace por estas latitudes.

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Detrás del Café des Nattes se alza el minarete de la Mezquita y el tourbet (mausoleo) del morabito de Sidi Bou Said, con sus cuatro cúpulas blancas. Lugares sólo accesibles a musulmanes. En los alrededores numerosos cafetines ofrecen todas clases de tés. Otro importante café moro es el Sidi Chabanne, cerca de la zauía del poeta y místico Sidi Ceban. Cuenta con pequeñas terrazas colgadas en el acantilado; dada su privilegiada situación puede contemplarse unas magnificas vistas del puerto.

Según me indica el mapa, he de ir hacia el Norte. Este camino está bordeado de carmenes con hermosos jardines y huertos: naranjos, sicomoros y palmeras asoman tras los muros por los que trepan los jazmines, buganvillas y mimosas. Todo es un estallido de vida multicolor.

No me da “yuyu” pasar por el cementerio, en el que yacen los restos de Sidi Driff, un afamado sabio musulmán. Camino hacia la parte más alta de la villa, donde está ubicado el Faro, junto a las ruinas del viejo ribat (fortaleza) del siglo IX. Desde este enclave las vistas son espectaculares: El Golfo de Túnez y de la Goulette, el Cabo Bon y al fondo las cadenas del Atlas y el Rif Tell.

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Un poco más abajo, se agolpan las casas encaladas que miran al mar, escalonadas por las pronunciadas pendientes de los acantilados. Parece que se aferran para no caerse a ese Mediterráneo azul que está a sus pies. Por unos momentos, pienso que es una ciudad que me inquieta, a la vez que me fascina.

Al regreso, me detengo en la pequeña explanada para contemplar la extensa bahía de Túnez. Descendiendo por la ladera llego al pequeño puerto, donde las barcas, pintadas de colores, reposan sobre la arena. En el muelle fondean pequeñas embarcaciones de pesca y de recreo.

El tiempo del que disponía se agota. Tras un breve paseo por la playa, regreso al lugar de encuentro con mis compañeros de viaje.

Leí en alguna parte, que Sidi Bou Said hace más de mil y una noche que hechiza a toda aquella persona que la visita. He comprobado que la magia del azul sobre el blanco invita a descubrir sus contrastes. Para mí ha significado un disfrute para los cinco sentidos.

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Najwa Karam Cartago 2008 – Saharni – (Video)


Saharni

Saharni w ghalghal fyie saharni
Ejani bel hanie w ghayarni
Aamili tano u rano w akhed aaqelati meni
U haida eli mejanane saharni
Aleni keef ma baaref keef u ma fi ghayro bikhator aa bali
Khaleni bhal ma bada hal w raieh jaye ahki maa hali
Jabli qamar laandi
U ghata al nejme aazindi
U aaish behalem uarde… saharni
Khatafli rouh uain badi erouh gheir aaqli albi ghamet aain
Kelo al ahlam kelo al gharam u aaio fiye kebro be youmen
Men youm eli abelto
Lahketo lasaalto
Aashqane haida elli qolto… saharni

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