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Nisrin Akoubeh, mujer, jordana y taxista en Ammán

Nisrin Akoubeh

Nisrin Akoubeh comprueba el aceite, el nivel de agua, cierra el capó y se lanza con su taxi a las calles de Ammán para buscar a su próxima clienta.

Esta pelirroja madre de tres hijos pasa 10 horas diarias conduciendo un taxi, una actividad muy poco habitual para una mujer en un país musulmán y conservador como Jordania.

“Quiero romper la cultura de la vergüenza y demostrar al mundo árabe que las mujeres son fuertes y capaces de trabajar en todos los sectores hasta ahora monopolizados por los hombres”, explica esta viuda de 31 años que antes trabajó como enfermera.

Igual que sus compañeras, quiere convertir la profesión de taxista en un oficio honorable también para las mujeres, desafiando las rígidas normas de la sociedad patriarcal jordana.

En su taxi exclusivo para mujeres suele llevar a enfermeras que vuelven a casa tras terminar el turno de noche, estudiantes o madres de familia que llevan a sus hijos a la escuela.

Vestida con una camisa rosa y una corbata azul oscuro, Nisrin Akoubeh encadena las carreras en medio del ruidoso tráfico.

A veces sus pasajeras son saudíes de paso, cuyos maridos se niegan a que viajen en un taxi conducido por un hombre. En Arabia Saudí, las mujeres tienen prohibido conducir, menos aún un taxi.

“Mis clientas se sienten cómodas y seguras conmigo”, asegura.

“Cuando termino tarde las clases en la universidad o cuando salgo de noche prefiero tomar estos taxis”, explica Ghena al Asmar, una estudiante de 19 años y cliente fiel de los taxis para mujeres.

En Jordania medio millón de mujeres tienen permiso de conducir, un 20% del total de automovilistas, según datos oficiales.

Aunque Nisrin Akoubeh asegura haber recibido apoyo, también lamenta encontrarse a veces con gente “que me recuerdan que hago un trabajo de hombres y que mi lugar está en casa”.

Así piensa Mohamad al Ahmad, un funcionario de 50 años. “Vivimos en una sociedad conservadora, regida por costumbres y tradiciones tribales”, dice. “Hay muchos trabajos y profesiones que pueden desempeñar las mujeres que corresponden a sus capacidades y preservan su lugar en la sociedad, sin que se les mire con malos ojos”, asegura.

Pero según Eid Abu al Haj, que dirige el grupo que financia la compañía Al Moumayaz, responsable de estos llamados taxis “rosas” -que en el caso de Nisrin Akoubeh es gris metalizado-, poner mujeres al volante sólo tiene ventajas. “Son más prudentes y provocan menos accidentes. Y con nuestros coches exclusivamente femeninos, ofrecemos más comodidad e intimidad a las pasajeras”, afirma.

Los taxis solo para mujeres empezaron a circular en varios países árabes el 21 de marzo, Día de la Madre.

“Empezamos con cinco conductoras y ahora tenemos 10, de entre 30 y 45 años. Esperamos seguir desarrollándonos”, dice Abu al Haj.

El concepto del “taxi rosa”, que triunfa en numerosas ciudades del mundo, ya se puso a prueba en El Cairo, la megalópolis egipcia de 20 millones de habitantes con una circulación caótica y donde nadie había visto hasta entonces una mujer taxista.

Nisrin Akoubeh dice tener un buen sueldo, seguro médico, días de descanso y, además, puede elegir sus horarios.

Pero circular en Ammán, una ciudad llena de atascos de cuatro millones de habitantes y 1,4 millones de automovilistas, sigue siendo un desafío diario.

“Hay mucho tráfico, sobre todo en las horas punta”, asegura, aunque queda compensado por el placer de “conocer a nuevas personas y escuchar las historias” de su clientas.

Con información de Terra

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Jesús es palestino

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Conversaba hace unos días en un restaurante de Ammán con una joven actriz jordano-palestina de nombre Raya. Hablábamos de su monarquía parlamentaria y de mi dictadura imperfecta, de la cantidad impresionante de refugiados que han sido acogidos en territorio jordano y de lo terriblemente lejana que parece la solución a ese conflicto milenario entre Israel y Palestina.

En Jordania actualmente 35% de la población son refugiados. Dos millones y medio sólo procedentes de Siria que han ido cambiando poco a poco las jaimas y las tiendas de campaña por construcciones precarias que se han convertido en ciudades dentro de las ciudades.

Recordé una película que vi hace años en la Cineteca llamada El limonero. Era la historia de una mujer palestina llamada Salma, cuyos limoneros hacían vecindad con la casa del ministro de defensa de Israel, a quien le parecía que los árboles representaban un peligro inminente en términos de seguridad. Salma decidió defender a sus árboles entrando en un batalla que muestra con inteligencia el absurdo que permea ese interminable agandalle bíblico entre primos hermanos.

Resultó que Raya es amiga de Hiam Abbass, la actriz palestina protagonista de El limonero. Tampoco se trataba de una casualidad cósmica, realmente no hay muchas actrices palestinas triunfando en el medio. Nos contaba que era difícil ser actriz en el mundo árabe, que ella para trabajar en televisión o en cine tenía que viajar a Egipto.

—¿Y no está muy peligrosa la situación ahí?— preguntó un compatriota por ahí.

—¿Y dónde no lo está?— respondió Raya, completamente convencida de sus palabras —¿Dime un lugar en el mundo donde la situación no esté complicada, donde no haya inconformidad social, donde no estén matando personas? No existe.

No pude evitar sonreír por la ironía de que un mexicano le preguntara a una palestina si no le daba miedo ir a Egipto porque está peligroso. Si a mí lo que me daba miedo era regresar a México. Lo cierto es que Raya tiene razón y no hay lugar en el mundo que se salve del apocalípsis cotidiano. Incluso los daneses y los suizos que parece que no tienen problemas, también los tienen. Ni modo que se suiciden nada más de aburrimiento. Y vaya que se suicidan más que los mexicanos.

Supongo que Raya y Hiam Abbass deben estar contentas de que la ONU haya dejado de ver a Palestina como una “entidad observadora” para declararla “Estado observador no miembro”. Tan contentas como avergonzados estamos muchos mexicanos del papelón diplomático de México en la decisión de la UNESCO sobre el Monte del Templo en Jerusalén, donde primero votaron a favor, luego se arrepintieron, corrieron a Andrés Roemer y finalmente la UNESCO rechazó el cambio de voto, por no decir la volubilidad de las autoridades mexicanas que encontraron la manera de quedar mal con las dos partes del conflicto.

En mi indiferencia patológica y juarista al conflicto ajeno celebro el mezquino pero paulatino reconocimiento de las Naciones Unidas al pueblo palestino con la misma emoción con la que celebro el Nobel a Robert Zimmerman, mejor conocido como Bob Dylan. Y aunque no quiero tomar partido ni meterme en debates bizantinos, no puedo ocultar que ahora mismo porto una camiseta comprada en Jordania que dice: “Jesus is palestinian” y canto esas estrofas del último gran profeta judeo-cristiano que dicen: “La línea está trazada, lanzada la maldición, el que ahora es lento luego será rápido, como el presente será luego pasado. El orden se desvanece rápidamente y el que ahora es el primero mañana será el último, porque los tiempos están cambiando”.

Por Fernando Rivera Calderón
Con información de: máspormás

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Llega a USA la primera cerveza artesanal árabe

Ramzi Kharoufeh,empleado de la Cervecera Carakale, llena una caja con botellas de cerveza, pasteurizadas y etiquetadas ese día en Fuheis, Jordania ©Sam McNeil
Ramzi Kharoufeh,empleado de la Cervecera Carakale, llena una caja con botellas de cerveza, pasteurizadas y etiquetadas ese día en Fuheis, Jordania ©Sam McNeil

Hicieron falta agallas para invertir millones de dólares en fundar una cervecera en un país de mayoría musulmana donde muchos miran con malos ojos el consumo de alcohol.

El pionero cervecero jordano Yazan Karadsheh va a dar ahora su siguiente paso arriesgado al enviar su primer envío de Carakale a Estados Unidos, donde competirá con miles de marcas en un mercado de la cerveza artesanal valorado en 22,000 millones de dólares al año.

Karadsheh, de 32 años, forma parte de una pequeña pero creciente hermandad de cerveceros árabes en el Levante que quieren nutrir la cultura local de consumo de cerveza y competir contra las marcas de grandes empresas, algunas de ellas multinacionales que dominan el mercado en la región.

Carakale es la primera cerveza artesana de Jordania. Palestina ya tiene tres empresas independientes: la ya consolidada veterana Taybeh, la recién llegada Shepherds y la pequeña Wise Men’s Choice, fabricada en un sótano cerca de Belén. Entre las marcas libanesas están Colonel, fabricada en un gran pub en la ciudad costera de Batroun, y 961, que lleva el nombre del código internacional de llamadas de teléfono para el país.

Es una reaparición modesta en una región con tradiciones cerveceras que se remontan al antiguo Egipto y Mesopotamia, pero que han pasado siglos en espera.

La demanda también ha subido. El consumo regional de cerveza creció un 44% en la última década, aunque los casi 4 millones de hectolitros (105 millones de galones) bebidos el año pasado en nueve países árabes y Palestina ocupada palidecen ante el consumo de 234 millones de hectolitros (6,100 millones de galones) en Estados Unidos, según datos del sector y IWSR, una firma de investigación sobre bebidas alcohólicas.

Yazan Karadsheh, fundador de la Cervecera Carakale en Fuheis, Jordania, observa una máquina que llena botellas de cerveza y las cierra en una cadena de montaje ©Sam McNeil
Yazan Karadsheh, fundador de la Cervecera Carakale en Fuheis, Jordania, observa una máquina que llena botellas de cerveza y las cierra en una cadena de montaje ©Sam McNeil

Karadsheh cree que hay espacio para crecer.

“Obviamente beben”, comentó Karadsheh, miembro de la minoría cristiana jordana, sobre sus compatriotas. “Puede que el alcohol sea tabú, pero uno puede encontrar alcohol y comprar alcohol con facilidad en el mercado. Jordania es un lugar muy progresista, comparado con los países circundantes”.

Karadsheh y otros cerveceros en ascenso, como Alaa Sayej, fundador de Sheperds en Palestina, o Jamil Haddad, creador de Colonel en Líbano, llegaron por casualidad a una pasión que cambió sus carreras.

Hace una década, Karadsheh estudiaba ingeniería en Boulder, Colorado, pero después estudió un segundo título en fabricación de cerveza. Sayej, de 27 años, obtuvo una maestría en finanzas pero empezó a hacer cerveza en su habitación de una residencia en Gran Bretaña. Haddad, de 33 años, dejó un empleo en publicidad para convertir en un negocio su afición de fabricar cerveza.

En la progresista y diversa Líbano, conseguir una licencia fue un proceso sencillo libre de tabúes sociales, dijo Haddad. En cambio, Karadsheh y Sayej lidiaron con burocracia y oposición religiosa.

En un principio, explicó Sayej, el gobierno autogestionado palestino rechazó su etiqueta, en la que aparecía un pastor, insistiendo en que era una imagen de Jesús y por tanto era blasfema en una botella de cerveza. Sayej, que es cristiano, dijo que le había costado tres meses convencer a las autoridades de lo contrario.

También tuvo problemas en su pueblo natal, Bir Zeit, donde fundó la cervecera.

El pueblo era de mayoría cristiana, pero tiene una creciente comunidad musulmana. En un feriado local reciente, Shepherds decidió retirar su puesto después de que un clérigo musulmán local arremetiera contra la empresa en la mezquita local, tachándola de “haram”, o prohibida por motivos religiosos. Sayej dijo que retiró su puesto porque no quería alterar las relaciones de la comunidad, pero que la empresa celebró después su propio festival en Bir Zeit.

Pese a todo, pudieron comenzar a producir cerveza, Karadsheh en 2013, Haddad en 2014 y Sayej el año pasado.

A los tres les apasiona fabricar diferentes tipos de cervezas, incluyendo series de temporada para verano y Navidad, así como variedades tradicionales como rubia, de trigo o negra.

Karadsheh y su supervisor de producción, Jordan Wambeke, esperan entrar en el mercado estadounidense con cervezas aromatizadas con sabores característicos de Medio Oriente, como una porter con un poco de cardamomo y un toque de melaza de dátil.

“En general, la gente va a las importaciones buscando algo diferente, algo que en absoluto puedan conseguir a nivel local, y algo que vaya a aguantar el viaje al extranjero”, explicó Wambeke, de 28 años, que es de Cody, Wyoming, y se sumó a Carakale hace seis meses.

El primer envío, de unos 7.000 litros, saldrá en las próximas semanas de su planta en Fuheis para llegar a un almacén en New Jersey y distribuirse en la costa este, explicó Karadsheh.

Sayej, que trabaja con sus hermanos menores Khalid y Aziz —el lema de la empresa es “hermanos haciendo cerveza para amigos”-, también quiere exportar. Dijo tener encargos de Italia, Gran Bretaña, Suecia, Bélgica y Estados Unidos, pero está esperando a instalar equipo de pasteurización este otoño. La pasteurización ayuda a que las cervezas aguanten un viaje largo, explicó.

Sayej confía en que el origen de la cerveza ayude como estrategia de marketing.

“Tenemos el mejor ingrediente del mundo para diferenciarnos”, dijo bromeando. “Es el agua de Tierra Santa”.

Por Karin Laub
Con información de El Nuevo Herald

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