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El Truco – Juego de naipes con impronta Árabe

Cartas Valencianas, edición de 1778. El caballo de copas tiene escrita una típica frase castiza “Ai va”, (“ahí va eso”, “ahí queda eso”, derivado de la expresión épica “¡va!”: ese héroe, etc.).

Nuestro  juego nacional Argentino, el truco, está basado en la mentira, en la capacidad del adversario de aparentar lo que no es y llevar a su contrincante a una trampa.

Malfud, en la “psicología de la viveza criolla”, observó que el truco “es el único juego que permite  al argentino ser en su mundo como él quiere ser”. Existe algo que hay que apuntar con insistencia: los sueños o la ficción, en este mundo compartido, equivalen a la realidad.

El truco es un juego árabe introducido por los moros en España, donde lo llamaron TRUQUE o truquiflor, vocablo de origen portugués, que, casualmente significa “trampa”. En dichos del truco, publicado por la editorial Salerne, se le define como un juego en que la mayor parte del éxito estriba en engañar a los contrarios haciéndoles creer que se tiene tal o cual juego.Son Buenas, se dirá cuando se perdió el tanto y no se canta para que los demás no conozcan el juego. Venga se le pide al compañero para que no juegue una carta alta aunque la tenga.


Estos datos y reglas, están sacados de los principales orígenes del Juego del Truc, árabe musulmán, por lo que se debería escribir TRUK, que es como lo escriben los moros, de quienes lo heredamos.

Si bien su origen es árabe,  llegó a Valencia y las Islas Baleares, pero aquel truk o truch tiene muy poco que ver con el que se juega en el Río de la Plata, en Valencia la variación más común se juega con 22 cartas.

El truco está extendido principalmente en el Río de la Plata, pero se conoce con variaciones en toda Argentina, en Paraguay, en Uruguay, en el sur de Chile y de Brasil. En este caso se juega con una baraja española de 40 naipes y pueden ser 2, 4 y 6 jugadores, aunque existe una modalidad de 3 (gallo), u 8. Lo más frecuente es jugar dos parejas.

Cartas Valencianas, edición de 1778.

El Truc Valenciano

El Dr. José Peris Celda hace referencia del Truc Valenciano detallando con aforismos propios de la época, el encanto de este juego dándole casi  el título de arte, el arte del engaño.

Los castellanos han adaptado la palabra truco para encubrir el engaño, sorpresa o picardía, etc. Es una cosa que nos sorprende de momento, inesperada; cuando saben el secreto, no tiene nada de particular.

Se emplea esta palabra para expresar muchas martingalas. En el Circo, en los efectos teatrales, en la propaganda y nos atrevemos a decir que la mayor parte de la humanidad, vive del truco. Hasta esos grandes inventos destructores que se fabrican para darse miedo unas naciones a otras, de bombas, satélites, desintegraciones cósmicas, pruebas de artefactos H.I.J.K., también debe tener parte de truco aunque revuelvan la atmósfera para darnos algún disgusto.

Dicen los libros musulmanes, que tenían los moros una baraja entera. Pero en un descuido, la cogieron los chiquillos para jugar a guerras y recortaron los reyes, caballos y sotas, designando el as de oros como símbolo  y el de copas para premio de los campeonatos. Claro está quedaron nada más que las blancas.

Disgustados los moros al ver que no podían hacer partida de brisca, idearon otro juego y de allí nació el TRUC, Truch o Truk, que es una expresión.

Y con las blancas se apañaron, porque a los moros siempre les ha pegado por lo blanco. En fin, sea verdad o mentira, lo cierto es que entre las muchas cosas buenas que heredamos de ellos, el noble, leal, distraído y elegante JUEGO DEL TRUC es una de las mejores. Y  ha echado tantos arraigos en la tierra valenciana y se juega tan re-que-te-bien, que no nos vengan con pókeres, golfos, bridges, tresillos, julepes, etc., pues donde haya una partida de Truc que se quiten los demás.

No queremos decir con esto que despreciemos los nombrados, ya que todos son dignos de nuestro respeto, pero así como con estos se han de buscar combinaciones de reyes y caballos, de ases, doses y treses; escaleras, parejas y muchas cavilaciones, en el Truc con cuatro cartas que tienen valor y solamente 26 en total, se hacen centenares de combinaciones que no las tienen los demás. A cada uno lo suyo.

José Peris Celda, (Valencia, 1958)



Los huecos en la parte superior e inferior de la línea que enmarca las cartas de la baraja española (pintas) indican el palo del naipe. Una línea sin huecos indica “oros”; un hueco es “copas”, dos “espadas” y tres “bastos”.

El juego de los Rioplatenses

Su origen hispánico lo entronca con nuestras raíces más antiguas, siendo su presencia una constante a lo largo de la historia.

Hilario Ascasubi ha empleado sus incidencias y su espíritu en El Truquiflor (c. 1839), y más tarde ha pintado en el capítulo LV de Santos Vega o los Mellizos de la Flor (1872), el bullicio de las partidas:

“…juego en el que eran capaces / de asustar al mesuro diablo, / con los gritos que se daban / al calentarse trucando, / o al echarse un contraflor”.

Para el Borges anterior al 30 – el mismo que reiteradamente lo menciona en El truco, Fundación mitológica de Buenos Aires, Isidoro Acevedo y Barrio Norte– su “mitología criolla y tiránica” ha sido la cifra de todo un mundo y de un estilo vital, cifra que le ha permitido, como afirma en una nota de 1943 a sus Poesías, “aplicar el principio leibniziano de los indiscernibles a los problemas de la individualidad y del tiempo”.

Dice Borges en Evaristo Carriego (1930):

“Cuarenta naipes quieren desplazar la vida. En las manos cruje el mazo nuevo o se traba el viejo: morondangas de cartón que se animarán, un as de espadas que será omnipotente como don Juan Manuel, caballitos panzones de donde copió los suyos Velázquez. El tallador baraja esas pinturitas. La cosa es fácil de decir y aun de hacer, pero lo mágico y desaforado del juego -el hecho de jugar- despunta en la acción. 40 es el número de los naipes y 1 por 2 por 3 por 4… por 40, el de maneras en que pueden salir. Es una cifra delicadamente puntual en su enormidad, con inmediato predecesor y único sucesor, pero no escrita nunca. Es una remota cifra de vértigo que parece disolver en su muchedumbre a los que barajan.

Así, desde el principio, el central misterio del juego se ve adornado con otro misterio, el de que haya números. Sobre la mesa, desmantelada para que resbalen las cartas, esperan los garbanzos en su montón, aritmetizados también. La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual. Un yo distinto, un yo casi antepasado y vernáculo, enreda los proyectos del juego. El idioma es otro de golpe. Prohibiciones tiránicas, posibilidades e imposibilidades astutas, gravitan sobre todo decir”.

Con información de Acá nomas


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Los naipes y su origen Árabe

Cartas Mamelucas

Los juegos de naipes llegaron a Europa procedentes desde Oriente, pero no como un objeto tangible, sino en forma de descripción en los relatos y textos de distintos viajeros. De este modo se expandió por Europa la idea de los naipes, que generó posteriormente los diversos modelos de barajas.

Los persas remontan su invención anterior a los tiempos bíblicos y los árabes usaban la baraja o naib, como la nombraban, en el siglo XIII.

Naipes Mamelucos

Forman parte del acervo del museo Topkapi Sarayi, en Estambul, un conjunto de cartas de juego. Son cartas de grandes dimensiones, (25,5 x 9,5 cm), pintadas a mano, con detalles en oro. Hay indicios que habría sido un regalo del gobernador mameluco de Egipto al sultán Otomano, a mediados del siglo XV.

Al estudiar estas cartas en 1938, L. A. Meyer, un importante investigador de influencia árabe en Europa, ha concluido que el modelo podría haber sido el precursor de las barajas europeas. Aunque sin las tradicionales cartas figurativas, (reyes, reinas, caballeros y sotas, comunes en las barajas más antiguas de la región), la semejanza estructural y de los símbolos que identifican a los naipes es notable.

La inexistencia de las figuras se relaciona con la tradición árabe de evitar la representación figurativa de las personas, explicada por algunos como una prohibición formal de base religiosa y por otros, simplemente, por ser considerada de mal gusto estético. Pero, en su baraja, identificaba cartas que representaban a reyes, virreyes de primera y virreyes de segunda; exactamente tres ‘figuras reales’, como en la mayoría de las barajas europeas. Constaba de 52 cartas, como también se encuentran en muchos tipos de barajas, especialmente en la versión más popular de las barajas modernas.

El descubrimiento de otras cartas con dimensiones menores y presentaciones menos lujosas que las encontradas en el museo Topkapi Sarayi, probablemente producidas en el siglo XII, ha mostrado evidencias consistentes de que nuestras barajas actuales fueron, casi seguramente, originarias de este juego mameluco. Estudios y análisis realizados en la década de 1970, principalmente por miembros de la International Playing Card Society, (IPCS, Sociedad internacional de juegos de cartas), como el Prof. Sir Michael Dummett, de la Universidad de Oxford, consolidaron la versión del origen mameluco de la baraja europea.


Cartas de una baraja turca del siglo XV

Legado Árabe

Afirmar que los naipes llegaron de Oriente es sólo una primera y poco específica aproximación a su origen, ya que esta evidencia sólo sirve como indicación de que no son una creación europea pero no definía su origen exacto. A finales del siglo XIV, principios del XV, Oriente comprendía el norte de África, el sur de la Península Ibérica ocupado por los árabes, el este europeo y los países asiáticos comprendidos entre los mares Mediterráneo y Rojo y el golfo Pérsico.

Giovanni di Covelluzzo, en las Crónicas de Viterbo dice: “En el año 1379, ha llegado un juego de cartas a Viterbo proveniente del país de los sarracenos, denominado naib”. También se encontraron referencia y barajas de origen árabe, con características semejantes en la península Ibérica. No es coincidencia que Italia y España fueran los principales puntos de contacto entre los mamelucos y europeos, durante el siglo XIV. Es por esta razón que las ‘barajas’ en España se denominan naipes.

Los naipes o cartas para jugar se han atribuido asimismo, a Marco Polo, quien los habría traído de China, pero parece que Marco Polo no llegó a China y que todas las historias que de allí contó las había oído en Oriente Medio. Otras teorías atribuyen la expansión de las cartas en Occidente a las Cruzadas, e incluso, durante mucho tiempo circularon historias atribuyendo la invención de las cartas a ciertos personajes, (Vilhán, Nicolás Papin…), que en muchos casos resultaron ficticios.

Lo cierto es que fue en Oriente Medio donde se encontraron las primeras barajas de 52 naipes, pintadas a mano y con los cuatro palos que han llegado nuestros días.

Los naipes españoles

La historia deja clara constancia de que en 1331 esta forma de entretenimiento gozaba de cierto arraigo en España, ya que justamente ese año, Alfonso XI prohibió a los caballeros de la Orden de la Banda por él fundada que interviniesen en partidas de naipes, quienes pasarán su tiempo libre en el “nefasto juego”.

Una de las referencias escritas más antigua que se dispone data de 1371 y se encuentra en el “Diccionario de la Rima” del poeta catalán Jaume March, en el que por primera vez aparece la palabra “naip”. Se cree que lo trajeron los árabes o Mamelucos, pero como era difícil de entender los símbolos árabes, los sustituyeron por otros de la tradición popular.

En el museo Británico de Londres existe un manuscrito de 1377, de un monje alemán, mencionando el juego de las cartas para enseñar y educar.

En Italia, una crónica de Viterbo del año 1379 trata del “Gioco della Carta”. En Francia, se hace referencia al juego de los naipes en un manuscrito de 1381 de la Notaría de Laurent Aycardi de la ciudad de Marsella.

En el Archivo Histórico de ciudad de Barcelona se recogen unas Ordenanzas publicadas en 1382, donde se prohibía el empleo de los juegos de azar, entre ellos estaban los naipes, y fueron leídas por el pregonero en las calles y plazas barcelonesas; “no gos jugar a nengun joch de daus, ni de taules, ni de naips..”.

Por último en 1384, el Consejo General de la ciudad del Turia, en Valencia, dispuso la prohibición de un novel joch apellat dels naips.

En 1387, Juan I prohibió por precepto la práctica de los juegos de cartas. En 1397, el Preboste de París, Francia, publicó una orden prohibiendo el uso de la baraja.

En 1543, se acuerda que nadie pueda entrar naipes en España para dar, un año más tarde, la exclusiva de las ventas al banquero de Medina e imponer, en el siglo XVII, el impuesto conocido como “renta de naipes”.


Primera baraja española, Sevilla 1390

Fabricación de los naipes

En un principio, las barajas no estaban al alcance de todos. Comerciantes, burgueses y nobleza eran los únicos que podían pagar a un miniaturista para que en las piezas, normalmente de madera, dejara impresas alusiones a oficios, naturaleza, orfebrería o trajes propios de sus países y de la época.

Primero los naipes se realizaban totalmente a mano por artistas llamados pintores naiperos, más tarde, en pleno siglo XV se industrializa su fabricación mediante la impresión xilográfica, dicha técnica consiste en imprimir mediante moldes de madera de boj o peral, grabados en alto relieve. Los colores se aplicaban por dos procedimientos: MORISCA o TREPAS.

El pintado a la MORISCA se realizaba sin pincel, es decir con los dedos, consistía en dar unos toques de color sobre el grabado ya impreso en color negro. El procedimiento de TREPAS, consistía en emplear patrones de cartón, troquelados, sobre los que se pasaba una brocha con el color correspondiente.

La evolución de la baraja francesa a la inglesa se produjo por accidente. En 1628, para favorecer la fabricación interna de naipes se prohibió la importación de las reputadas cartas francesas; los grabadores ingleses, menos talentosos que sus colegas continentales, optaron por unos trazos más sencillos.

Durante las décadas siguientes, con el voraz colonialismo británico, la baraja inglesa se convirtió en la más usada en el mundo entero.

En 1832, el fabricante Thomas de la Rue, de Londres implanta un nuevo sistema de impresión, llamado litografía que sustituye a la xilografía, con este descubrimiento, obtiene una distinción de la Corona Inglesa, el nuevo proceso consistía en dibujar perfiles y colorear sobre una piedra litográfica, lo cual permitía un perfecto ajuste entre los colores, llegando a hacer naipes con 16 colores diferentes.

Hacia el año 1868, los naiperos españoles emplean moldes de plomo y comienzan a grabar los dibujos sobre planchas de cobre.

En la actualidad la plancha de zinc y aluminio ha sustituido a la piedra litográfica.

Hay quien asegura que las 52 cartas de la baraja representan las semanas del año; las 12 figuras, los signos zodiacales; las 13 cartas de cada palo, los 13 meses lunares, y las cuatro estaciones. Sin embargo, esta teoría resulta bastante improbable teniendo en cuenta que después del tiempo transcurrido deberían haberse visto afectadas por mutaciones en sus símbolos y formas.

Algo más creíble resulta la consideración de que los palos de la baraja tienen significaciones mucho más concretas. Según este criterio, en la Baraja Española de 48 naipes, divididos en los cuatro símbolos apuntados: Oros simbolizarían el comercio; las Espadas, la nobleza y al ejército; los Bastos, la agricultura o estado llano, y las Copas, la religión. Cada serie es de doce cartas cada una, siendo su numeración del uno, (conocido por As hasta el doce. Esta última carta y las dos anteriores, o sea el 11 y el 10, se conocen por los nombres de ReyCaballo Sota respectivamente).

En la Baraja Francesa, (también llamado la Baraja Americana), se compone de 52 naipes, divididos también en cuatro palos que reciben la denominación de PicaTrébolDiamante y Corazón.

El simbolismo de estos palos es por el estilo del español, ya que los corazones representan a la Iglesia; los diamantes, como emblema de riqueza, a la aristocracia; los tréboles simbolizan al ejército y las picas a los obreros.

Con información de Historia y Arabismo


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Fatayer, Sfijas – Empanadas Árabes

 

Existen casi tantas versiones y nombres como mesas familiares en las que se prepara. Dependiendo del origen se les llama también lehmeyun, fatay, fatayers, lajmashin o lahem bajin. La mayoría de los términos remiten a la traducción de “carne en masa”.

Los debates por los condimentos que llevan o no han desatado encendidas peleas familiares durante siglos y que cada abuela atesora su fórmula secreta, que sólo transmite a sus descendientes.

Su origen exacto es desconocido. El genérico “árabe” que denomina a este tipo de empanadas ubica las primeras preparaciones similares varios siglos antes de Cristo, en la zona que en la actualidad ocupan Siria, Líbano, Irán, Irak, Turquía, Armenia, y Grecia. Constaba entonces de una especie de guisado de carne, principalmente de cordero, envuelto en una preparación de harina cocida, abierta como una tortilla o cerrada como un pañuelo.

Llegó a España de la mano de los moros. Los rellenos fueron adaptados con los productos característicos o disponibles de cada lugar. En la península ibérica cambiaron, por ejemplo, la carne roja por el pescado o los mariscos. En Grecia, la masa fue reemplazada por el hojaldre y al relleno se añadieron más verduras. La receta desembarcó luego en América, en los baúles de los conquistadores españoles. Los libros de historia -y de cocina- la consideran el antecedente de las empanadas criollas argentinas.

Lo cierto es que nació del ingenio, como un empaque práctico para transportar y conservar carnes o vegetales que los pastores y viajeros llevaban para consumir.

Al principio en el corazón del mismo pan, luego fueron armando la masa para cocinarla junto con el relleno, y finalmente se fueron perfeccionando los distintos tipos de pasta de acuerdo a los ingredientes disponibles en cada sitio. Y de acuerdo a la proximidad en el consumo, el grosor de la masa: las más gruesas para guardar, las más finas para consumir al momento. De ahí que cada país tenga su versión: Sfijas y Fatayer árabes, Briks tunecinos, Börek turcos, Calzone italianos, Empanadas gallegas, Cornish Pasties británicos…

Secretos de familia

Tres secretos que le dan un sabor especial: vinagre de granada, laben y condimento árabe o baharat. La primera, que es un concentrado del jugo de la fruta, aporta acidez. La segunda, mezcla siete condimentos que varían de acuerdo a la marca y la zona de la que proviene. En este caso, la que emplean tiene clavo de olor, nuez moscada, canela, pimienta de Jamaica, pimienta negra, pimienta blanca, jengibre y cilantro. El tercer ingrediente es el laben, que le da una textura única y suave al relleno. 


Ingredientes

25 gr levadura
5 gr azúcar
1 Kg harina 0000
30 gr sal fina
100 cc aceite de girasol
500 cc agua
1 Kg carne picada
1/2 taza jugo de limón
3 tomates
2 cebollas ralladas
1 cucharada de baharat
1 morrón verde
C/n sal fina
1cda de vinagre de granada
3 cdas de laben

Preparación

Masa:

Disolver la levadura con el azúcar y el agua. Hacer una corona con la harina y la sal.

Disponer todos los líquidos con el aceite en el centro. Trabajar hasta formar una masa homogénea, cubrir con un paño de cocina y dejar reposar la masa hasta que duplique su volumen.

Desgasificar la masa y cortar pequeños bollitos. Estirar con ayuda de un palo de amasar los bollos, formando discos delgados de masa.

Relleno de carne:

Picar el tomate y el morrón verde, mezclar la carne con los condimentos, la verdura, el vinagre de granada y el jugo de limón. Reposar el relleno durante 30 minutos. Escurrir a fin de quitar el exceso de líquido. Agregar el laben. Dejar descansar.

Sobre los discos de masa disponer una pequeña porción de relleno, cerrar generando 3 dobleces de la masa a fin de que quede con forma triangular.

Ponerlas en una placa enmantecada, hornear a 180 °C hasta dorar la masa

El armado varía según las costumbres de cada región. Las hay abiertas, cerradas en forma de triángulo y en forma de barquillo. Con respecto a los rellenos, lo tradicional es usar carne de cordero pero tambien las hay de verduras. Todo depende de los gustos de los comensales.


Con información de Historia de la Cocina y la Gastronomía

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