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Cuarenta y Ocho horas en Dubai

Burj Khalifa, Dubai

Arquitectura impactante, coloridos mercados y excursiones al desierto, en una guía para descubrir este rincón de Medio Oriente.

Descomunal, intrigante, intensa, atrapante, seductora, lujosa, arquitectónicamente apabullante. Un oasis de modernidad en medio del desierto. A orillas del golfo Pérsico o Arábigo, Dubai –uno de los siete emiratos que, desde 1971, conforman Emiratos Arabes Unidos– supo colocarse en el horizonte de los viajeros como destino deseable a fuerza de construcciones y emprendimientos llamativamente desmesurados, una línea aérea de servicio impecable y varios galardones en su haber –Emirates Airline– y muchas inversiones de lujo, grandes marcas y exquisitas cadenas hoteleras que atrajeron a ricos & famosos de todo el mundo.

Si hay algo que define a este pequeño territorio que sólo se reconoce en la grandilocuencia, es que aquí, en Dubai, “nada es imposible”. Pasó de pequeña villa de pescadores a vibrante ciudad en crecimiento constante.

La visión y la determinación de los últimos jeques de la dinastía Al Maktoum –Rashid, luego su hijo Maktum y, el actual jeque de Dubai, su otro hijo Mohammed, quien también es vicepresidente y primer ministro de los Emiratos– ha sido decisiva. Sabiendo que el petróleo traería mucho dinero, pero que en algún momento se acabará, decidieron apostar al turismo y las finanzas como fuentes de ingresos.

El puntapié inicial estuvo dado, en gran parte, con la inauguración del Burj Al Arab, ese hotel que parece una vela en donde todos quieren pasar, aunque sea, una noche (tenga en cuenta que la habitación más económica cuesta US$ 2.700).

El resto se impuso como por arte de magia: la torre más alta del mundo –el Burj Khalifa–, uno de los shoppings más grandes, el Dubai Mall –hay 75 centros comerciales–, el mercado de oro más importante, el desembarco de reconocidos chefs –Gordon Ramsay, Marco Pierre White y Heinz Beck que acaba de abrir Social by Heinz Beck en el Waldorf Astoria de Palm Jumeirah– y hasta excentricidades como un centro de esquí dentro de un centro comercial –Mall of the Emirates– y emprendimientos inmobiliarios como Palm Jumeirah –un barrio con forma de palmera que ganó terreno al mar– y The World, similar, pero con islas que imitan formas de diversos países (aunque tuvo varias idas y vueltas).

The Palm, un gran barrio de casas privadas y resorts que, como indica su nombre, tiene forma de palmera (Emirates)

Es curiosa la multiplicidad de orígenes de su población: de los dos millones y medio de habitantes, el 80 por ciento proviene de otros países (India, Pakistán, Sri Lanka, Filipinas, Egipto, Inglaterra, Irán, Jordania, entre muchos otros). Son los “expatriados”. Aprecian la posibilidad de ingresos que les ofrece Dubai, aunque saben que nunca serán ciudadanos. Sus hijos, aunque nazcan en los Emiratos, tampoco. Muchos de ellos, incluso, trabajan aquí pero tienen a su familia en su país de origen.

Dubai ofrece cada vez más atractivos que lo convierten en un destino en sí mismo –playas, compras, un paisaje desértico para explorar, acuarios gigantes, parques acuáticos, discotecas, excelente infraestructura hotelera, muy buenos restaurantes–, pero es también la escala perfecta para quienes viajan desde Buenos Aires rumbo a otros destinos asiáticos. Desde el Creek, el famoso canal o cala natural que divide a la ciudad en dos, hasta los vertiginosos paisajes que regala el Burj Khalifa, la cultura emiratí y la soledad abismal del desierto, sugerimos aquí algunas propuestas para disfrutar este lugar en dos días. Y dejarse asombrar.

PRIMER DÍA

En Dubai la actividad comienza temprano. Es que al mediodía, el sol y el calor arrecian. Aunque la modernidad se impone y hay un estado de construcción constante, Dubai también tiene un pasado de pequeñas casas, pequeñas comunidades de pescadores, de torres de viento –algo así como los antepasados del aire acondicionado–, de buscadores de perlas y comerciantes marítimos.

En Al Bastakiya, zona restaurada, se pueden ver y recorrer calles estrechas y casas antiguas con patios en donde hoy funcionan galerías, museos, cafés y restaurantes. Hay unas 50 casas originales. También está la mezquita de Bastakiya –no está abierta a las visitas– y hasta se puede ver una parte de la antigua muralla de Dubai, que data de 1822.

Más cerca de la boca del canal, Shindagha también propone un recorrido por la historia ya que es el punto de inicio y posterior crecimiento de Dubai. Allí puede visitarse la casa del Sheikh Saeed Al Maktoum, de 1896 y con una interesante colección de fotos.

9.30 Museo de Dubai

​Construido en 1787, el fuerte Al Fahidi alberga el Dubai Museum (Museo de Dubai) desde 1971. Es una interesante muestra de la vida cotidiana en estas tierras antes del descubrimiento del petróleo. Hay antiguas barcas, objetos en exhibición con explicaciones en árabe e inglés y se destacan la recreaciones de escenas del Creek, casas árabes tradicionales, mezquitas, mercados, la vida en el desierto y la vida de los buscadores de perlas.

Las exposiciones dan cuenta de la evolución de Dubai en los últimos años: en 1912 se creó la primera escuela; en 1951, el primer hospital, en 1960, el aeropuerto, en 1966 se descubrió el petróleo, en 1997 se estableció el turismo como fuente de ingreso. También tienen su lugar los proyectos futuros. La entrada cuesta 3 dirhams (casi un dólar) y funciona de 8.30 a 20.30 (los viernes, a partir de las 14.30).

11.30 En los mercados

Busque una estación de cruce, súbase a un abra –barcazas con capacidad para hasta 20 personas– y atraviese el canal. También puede hacer un paseo a bordo, previo arreglo con el conductor, pero por ahora, cruce. Sólo hay que seguir el bullicio y los aromas para dar con al Mercado de las Especias, básicamente controlado por los iraníes (de allí provienen muchos productos).

Los grandes bolsones coloridos sobre la calle y los pasillos muestran canela, anís, pimienta negra, lima, sal, azufre, pimienta blanca, azafrán, chile, cúrcuma, ajo seco. En la tienda de Abdul Jalil me dejan probar unos pedacitos de chocolate de colores. Asegura que tiene el mejor puesto y que aquí se consiguen, además de las especias que están a la vista, otros productos como viagra natural, un aceite de Argán para el cuidado del pelo y de la piel y también un aceite de hormiga para depilarse. Y un montón de objetos ideales para turistas que no compran especias, pero sí souvenires. Como en todo mercado hay que regatear (podrá obtener hasta un 20 o 30 por ciento de descuento sobre la tarifa inicial).

Junto al puesto de Abdul hay un local que prepara jugos naturales. Si tiene sed, este es el momento (5 dirhams los pequeños, 10 los más grandes).

Mercado de Especias, Dubai

Tras detenerse a revisar pashminas, zapatitos en punta como los de los cuentos de Aladino, alfombras y promesas de “los mejores productos de Dubai”, desembocará en el gran Zoco del Oro, una suerte de galería semicubierta, con aire acondicionado, que concentra más de 300 tiendas –en todo Dubai hay cerca de 700 joyerías– que venden anillos, pulseras, colgantes y hasta lingotes de oro.

Mercado del Oro en Dubai ©AP Photo/Kamran Jebreili

Aunque no tenga pensado comprar joyas, tiene que conocer este lugar. Me detengo en una vidriera y un hombre, desde adentro, levanta un cartel que tienta con un 70 por ciento de descuento. En otro negocio, la gente se agolpa para tomar fotos del Najmat Taiba, el anillo de oro más pesado del mundo que tiene 5,71 kilos de piedras preciosas engarzadas. Un récord Guinness. En algunos pasillos laterales hay tiendas que ofrecen productos de plata.

Al salir, dése una vuelta por los negocios que venden perfumes. El fuerte son las fragancias árabes, bien potentes, pero también tienen las marcas famosas presentes en todo Duty Free Shop.

14.00 Almuerzo frente al mar

No es una buena hora para exponerse al sol, pero si se acerca a la playa Jumeirah Beach verá mucha gente disfrutando del mar. Claro, aquí es otoño y las temperaturas son más agradables como para permitirse estar en la playa. En verano, el calor es abrumador. La propuesta es darse una vuelta y almorzar en The Walk o The Beach, complejos de negocios, bares, heladerías y restaurantes a orillas del mar. Hay de todo, desde hamburgueserías y heladerías, hasta restaurantes especializados en comida étnica.​

16.00 Del té de lujo al esquí

Si almorzó recién y de manera abundante, quizá aún no esté listo para esta propuesta… pero es una de las posibilidades para conocer el hotel Burj Al Arab. El hotel 5 estrellas tiene el ingreso restringido: sólo pueden entrar los huéspedes o quienes tengan reserva para comer o tomar el té. Por US$ 170 (más US$ 30 si quiere una mesa junto a la ventana) se puede tomar el té en el Sky View Bar, en el piso 27. Las infusiones o el café se sirven acompañados de canapés de caviar, salmón, palta, tarteletas, frutos rojos con crema y tortas. Y se paga de manera anticipada para confirmar la reserva.​

Burj Al Arab Hotel en Dubai

El hotel es excéntrico y lujoso, pero si quiere ver con sus propios ojos algo más increíble aún, acérquese al Mall of the Emirates. Sí, es un centro comercial; no, no lo estoy mandando de compras. La sugerencia viene a cuento de que allí, dentro del shopping, hay un complejo de esquí: una ladera cubierta de nieve, aerosillas, gente envuelta en abrigadas camperas que calza esquís y tablas de snowboard y gomones para hacer culipatín. En el medio del desierto, esquiar sobre nieve ¡también es posible!

19.30 Cena en el Creek

Para terminar un día apasionante, una buena alternativa es recorrer el Creek a bordo de uno de los tantos barcos (dhows) con cena a bordo (no todos tienen el mismo horario). Los precios varían, esencialmente, en función de la comida que ofrecen. Pero todos regalan bonitas vistas nocturnas de la ciudad. Incluso los mismos barcos tienen luminarias que recorren su perímetro. Así, el canal también atrae con estas embarcaciones que, suavemente, vienen y van, coloreando la noche.​

SEGUNDO DÍA​

10.00 En la mezquita​

Quienes están interesados en acercarse a la cultura emiratí e islámica, la mezquita Jumeirah ofrece una visita guiada todos los días a las 10 de la mañana, excepto los viernes. Hay que llegar unos minutos antes para registrarse y abonar la visita (US$ 5,50). Se trata de una charla de 75 minutos sobre los pilares de esta religión, los rezos, la indumentaria, las creencias… incluyendo un espacio en el que se contestan inquietudes. Para ingresar, se requiere que las mujeres cubran su cabeza (si no tiene un pañuelo a mano, le ofrecerán uno) y los hombres no pueden entrar con bermudas o shorts, así que también podrán utilizar kanduras (vestimenta tradicional) que tienen a disposición y cubren todo el cuerpo. El calzado debe quedar afuera. La charla es en inglés.​

Mezquita Jumeirah en Dubai

Si este no es plan para su mañana, un paseo en lancha (no por el Creek sino por mar abierto) para ver la ciudad desde el agua es una alternativa divertida. Parten desde Dubai Marina. Un paseo de 75 minutos cuesta US$ 56; de 90 minutos, US$ 79. Los precios y los recorridos varían según la empresa. Si contrata el paseo en una lancha descubierta, no olvide llevar gorro y abundante protector solar.

12.00 Desde las alturas

Como una aguja que busca alcanzar el cielo, el Burj Khalifa, con sus 828 metros, el edificio más alto del mundo, es una visita ineludible, a menos que sufra de vértigo. Parte del complejo del Dubai Mall, el Burj Khalifa ofrece vistas panorámicas de la ciudad y la experiencia de estar en una leyenda arquitectónica. Hay distintas opciones para la observación: el piso 124, por un lado, y la experiencia premium que combina observaciones desde el piso 125 (456 metros) y el 148 (555 metros), recientemente inaugurado. Los tickets suelen agotarse rápidamente. Se recomienda comprarlos con anticipación. La hora más solicitada es la del atardecer.​

Ya con los pies en la tierra, es tiempo de ver de cerca la Fuente de Dubai y de recorrer el Dubai Mall, interesante por su tamaño, por las tiendas, por el Aquarium y Underwater Zoo y por The Waterfall, caída de agua circular, que atraviesa varios pisos y tiene esculturas de hombres tirándose de cabeza.

El Burj Khalifa, Dubai

15.30 Rumbo al desierto

El desierto, las dunas, los orix, las gacelas. A fin de cuentas, el desierto es el paisaje natural de esta región y no conocerlo, no sentir la inmensidad del terreno, sería minimizarlo. Varias empresas ofrecen safaris en una zona cercana al centro de la ciudad. La compañía Arabian Adventures trabaja con zonas exclusivas, en este caso con la Dubai Desert Conservation Reserve, más alejada. Allí se llega en vehículos 4×4. La primera propuesta es disfrutar de un espectáculo en el que muestran cómo los halcones –ave de rol preponderante en la cultura de Medio Oriente– ayudaban a los beduinos con la caza.

Al Maha Resort & Spa de Dubai, un hotel de lujo en medio del desierto.

Luego, la diversión comienza: las camionetas, con menos presión en las gomas, surcan las dunas –siempre por rutas preestablecidas, se trata de una reserva– a modo de montaña rusa. La parada es para ver la puesta del sol, imperdible, en un horizonte de arena. Luego se puede cenar en una suerte de campamento beduino con todas las comodidades. Dátiles y café para la recepción, comida buffet que se disfruta en mesas bajas y almohadones, tatuajes de henna a disposición, breves paseos en camello, shisha (arguile) para fumar tabaco, un puesto de Al nassma, que vende chocolates hechos a base de leche de camello y, para el final, los seductores movimientos de una odalisca.

Paseos en camello por el desierto (Emiratos)

Con la noche, la oscuridad en el desierto es total. La 4×4 desanda la ruta. Allí, a lo lejos, nos esperan las luces de Dubai, ese oasis urbano, de vanguardia, que desafía al desierto y sorprende constantemente a los visitantes.​

Por Grisel Isaac
Con información de Clarín

©2017-paginasarabes®

Expolio y contrabando de arena, ¿es el fin de las playas?

Un barco con sacos de arena robados en Maldivas
Un barco con sacos de arena robados en Maldivas

Tres de cada cuatro playas están desapareciendo, y el año 2100 podría no quedar ni una en todo el planeta. Muchas son robadas, literalmente, por mafias que extorsionan, sobornan y matan para extraer hasta el último grano de sílice, que luego venden de contrabando. El tráfico mundial de este material, usado para fabricar desde pasta de dientes hasta tecnología, es enorme. Es el segundo recurso natural más usado tras el agua.

La playa es el destino turístico por excelencia, elegido por una de cada tres personas para su asueto estival. Si usted, lector, es una de ellas, ¡aproveche! Porque, desgraciadamente, dentro de poco puede que no quede ni una sola playa en todo el planeta. “Ah, ¡el cambio climático!”, tal vez esté pensando. En parte tiene razón, pero el motivo principal de la desaparición de este bello ecosistema natural no será ese, sino que se acabará la arena.

“Vamos a la playa, ponemos la toalla, tomamos el sol, tal vez hacemos un castillo de arena con nuestros hijos. Y nos vamos tan contentos, sin plantearnos nada. Pero, el 75% de las playas del planeta está desapareciendo. En el 2100, de seguir así, no quedará ni una sola. Hay mafias que matan por conseguir arena, hay contrabando. Y si la voracidad de ciertos países continúa, acabaremos viendo a indonesios, indios o malasios defendiendo a tiros sus costas a no tardar”. Quien así habla es Denis Delestrac, un realizador de documentales francés que investigó a fondo durante tres años qué estaba ocurriendo con este recurso natural.

En el 2013 estrenó un documental sobre el tema, Sand Wars, guerras de arena, en el que denuncia la sobreexplotación de esta materia y las gravísimas consecuencias que acarrea para el planeta. Su filme ha sido premiado en numerosos festivales e incluso ha propiciado que las Naciones Unidas (ONU), en el marco de su programa de medio ambiente (UNEP), hayan publicado un informe, basado en su investigación, titulado Arena, más escasa de lo que pensamos, en el que alerta sobre la situación, que califica de “emergencia”.

Una de cada cuatro playas del planeta ya muestra los efectos de la extracción masiva de arena. Paradójicamente, el impacto global de este fenómeno pasa inadvertido para la mayoría de las oenegés, gobiernos, científicos y medios de comunicación. La extracción de arena, en muchos sitios, ha resultado en la destrucción de playas y ecosistemas enteros, y ha tenido gran impacto en el turismo de esas zonas y el medio de vida de muchos pescadores.

LA NUEVA FIEBRE DEL ORO.

Vamos a la playa y se suele dar por sentado que la arena va a estar ahí, se ven grandes extensiones doradas, parece un recurso inacabable, infinito. Pero tiene los días contados porque se ha colado en todos los rincones de nuestra vida.

Se estima que cada año, el tráfico mundial de este material es de cerca de 18.000 millones de toneladas, según un informe de la International Union of Geological Sciences. Esta cantidad es seis veces superior al consumo de petróleo, de unos 3.400 millones de toneladas.

“Al ser un material a priori tan abundante, se ha utilizado tradicionalmente en muchos procesos industriales. Se usa para hacer desde pasta de dientes, pintura y productos de limpieza del hogar hasta alimentos deshidratados, vidrio… Y por las capacidades semiconductoras del silicio, el elemento principal de la arena, también se emplea para fabricar chips, ordenadores, móviles”, explica Joan Poch, profesor de Geología de la Universitat Autònoma de ­Barcelona.

Aunque los sectores que más cantidad devoran son la construcción y el turismo. El primero lo hace de forma muy voraz: el 80% de las autopistas, puentes, edificios y otras obras públicas están hechas con ingentes cantidades de arena. Esto se debe a que desde hace medio siglo se usa el hormigón armado como material de construcción, sumamente eficiente y de bajo coste. “Construcciones como parkings subterráneos o bloques de muchas plantas o rascacielos sólo son posibles gracias a este material”, indica Albert Cuchí, arquitecto y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya.

El hormigón se elabora con agua, cemento, gravas y arena, que en España procede de canteras en montañas (también alteran el entorno), porque la ley de Costas prohíbe que se obtenga del litoral. Pero en otros países se extrae del fondo marino y de las playas. El problema es que las cantidades que se necesitan para edificar o hacer puentes o carreteras son astronómicas. “Si cogiésemos un edificio recién construido, lo arrancásemos con los cimientos y lo pesáramos, tendríamos más de dos toneladas de material por metro cuadrado. Y más de la mitad sería arena y gravas”, señala Cuchí.

Singapur es uno de los países que más arena consumen del planeta –quizás el que más–. Es una de las naciones más ricas pese a su reducido tamaño. “Para mantener su estatus de hub financiero internacional desde los años 60 ha aumentado un 20% su superficie. ¿Cómo? Echando tierra al mar. Y para ello ha importado arena de Indonesia, Vietnam, Malasia”, denuncia Megan MacInnes, responsable de campaña de la oenegé británica Global Witness.

Primero, explica, usaron legalmente la arena importada de sus vecinos, hasta que estos se percataron de que sus costas estaban devastadas y prohibieron la exportación. Singapur empezó a ir más lejos a comprarla. Y también, entonces, comenzó el tráfico ilegal.

“Hay ladrones que van por la noche a playas paradisiacas de Malasia o Indonesia y se llevan toneladas de arena de la costa en pequeñas barcas. Luego van al puerto de Singapur, donde la venden, sin que la policía los intercepte”, asegura el realizador Denis Delestrac. O hay barcos que anclan en la costa y dragan grandes cantidades de arena a la superficie, lo que tiene igualmente consecuencias devastadoras al acabar con el ecosistema del fondo del mar, afectar a la pesca tradicional y poner en jaque la subsistencia de muchas familias.

Indonesia es seguramente el país que más ha sufrido la avaricia singapurense. Las autoridades locales afirman que han desaparecido ya 24 pequeñas islas de su litoral, y Greenpeace Indonesia alerta de que muchas más de las 83 islas que conforman la costa norte del país podrían ser engullidas por el mar en la próxima década debido al robo de arena.

“El daño que se está produciendo en la costa es irreparable. Y resulta irónico, porque Singapur tiene un marco legal muy avanzado para la protección del medio ambiente, pero claro, dentro de sus fronteras. Lo que les ocurre a otros países no parece importarle demasiado”, acusa Megan MacInnes.

Que islas enteras desaparezcan dragadas resulta catastrófico para la seguridad de Indonesia, porque las pequeñas actúan de escudos de las más grandes y habitadas ante tormentas y tsunamis. “En algunas comunidades del océano Índico los efectos del terremoto y posterior tsunami en el 2004 fueron peores por la extracción de arena”, señala Claire Le Guern, directora de Santa Aguila Foundation-Coastal Care, una entidad norteamericana que lleva 10 años alertando sobre los peligros de la extracción de arena.

Dubái, en los Emiratos Árabes, es otro voraz consumidor de arena. El minúsculo país vive un boom por construir rascacielos. Cuenta con cerca de 200, entre ellos el Torre Jalifa, el más alto del mundo. Y hay previstos casi medio millar más que, de llegarse a edificar, la convertirán en la ciudad del mundo con más construcciones de este tipo. Y para ello, claro, se necesita más y más arena.

El país desarrolló además dos proyectos –tildados de estrambóticos por algunos– de islas artificiales. Uno, The World, un archipiélago de 300 islas que forman un mapa del mundo, se ha abandonado. Y otro es The Palm Jumeira, una isla artificial con forma de palmera.

¿Imagina los millones de toneladas de arena que se necesitaron para crear esas islas? Cerca está el desierto, pero no se puede usar su arena. “El grano de la del desierto está muy erosionado por la acción del viento y es muy redondo y pulido, no se une a otro. En cambio, el de playa es más rugoso, desi­gual y funciona muy bien para construir”, explica Joan Poch.

LA MAFIA DE LA ARENA.

India es uno de los principales suministradores de arena de Dubái. En el país del sur de Asia, la mafia de la arena es la organización más poderosa; empresas de construcción y material, así como policías y políticos corruptos están detrás del robo de playas enteras, afirma Delestrac. “Hay crimen organizado, con conexiones con las más altas esferas políticas; un sistema bien organizado que va desde la extracción hasta la venta y la construcción. Y las personas que se ven obligadas a excavar la arena son muy pobres, una especie de esclavos, a quienes amenazan con matar a sus familias si no lo hacen”, cuenta.

También en Africa Coastal Care tiene noticia de organizaciones criminales que matan y extorsionan para hacerse con este recurso. De hecho, la oenegé ha documentado la devastación de las playas marroquíes del norte. “Antes estas playas eran muy largas, podías casi recorrer toda la costa por ellas. Y eran bellísimas, con enormes dunas. Constituían uno de los principales atractivos turísticos del país. Y vimos con nuestros propios ojos cómo se las llevaban día y noche. Hombres, incluso niños, cogían la arena con palas, la cargaban en burros para meterla en camiones. Ahora esa zona es paisaje lunar. Da muchísima pena”, cuenta Le Guern.

Marruecos tiene como despensa el Sáhara. El país exporta cada año unas 50.000 toneladas de arena procedente de territorios ocupados, por lo que la ONU ha dictado que el comercio de este recurso es ilegal, aunque continúa, denuncia la oenegé Western Sahara Resource Watch. Y afirma que entre los principales compradores está España, que desde hace 30 años importa arena del desierto para rellenar playas canarias.

¡VAMOS A LA PLAYA!

Además de la construcción, el otro agujero negro de la arena es el turismo. Es una industria muy potente de la que muchos países dependen económicamente por la actividad que genera, desde alojamiento hasta restauración y ocio. De ahí que todos quieran ofrecer playas anchas y bonitas, aunque eso implique prácticas como robar arena de los vecinos.

En Cancún, en el 2009, se registró el caso de un hotel que había vaciado una playa de otra zona turística para rellenar su propia playa. Y no hace falta ir tan lejos: en Cádiz, el año pasado, Ecologistas en Acción denunció el robo de arena de la playa de Valdevaqueros que fue vendida a Gibraltar, que la usó para crear playas artificiales.

En España y otros países es muy habitual extraer arena del fondo del mar, de la costa, para rellenar las playas. Poco antes de comenzar la temporada de baño, es frecuente ver enormes barcos anclados frente a la costa dragando arena para luego verterla en la zona en que pondremos la toalla meses después. “Ya apenas quedan playas naturales en el mundo. Casi todas son artificiales, porque si no las rellenásemos cada cierto tiempo, desaparecerían”, explica Jorge Guillén, geólogo marino del Instituto de Ciencias del Mar-CSIC (ICM-CSIC).

La extracción de arena del fondo marino no es inocua. Muchos microorganismos y pequeños animales y algas viven en esa arena y constituyen la base de la cadena alimenticia marina. Si ellos desaparecen, peces mayores no tienen con qué alimentarse. Y así hasta llegar a nosotros, los humanos. Además, rellenar las playas es un parche temporal, porque esa arena se vuelve a perder. ¿Y eso por qué?

Las playas son ecosistemas muy dinámicos que cambian con cada estación. En invierno apenas se ve arena, y en verano, en cambio, aparecen grandes franjas doradas. Esos cambios en el aspecto de la playa no implican modificaciones de volumen, sino de distribución de la arena. Es un proceso que de manera natural funciona a la perfección, en el que no se pierde ni se gana un solo grano. En geología, a este equilibrio se le llama balance sedimentario.

Los problemas empiezan cuando ese balance es negativo. “La pérdida de arena de las playas tiene que ver con la intervención del ser humano”, señala Joan Poch. La mayoría de los granos de arena de la playa procede de la erosión de las montañas y tarda decenas de miles de años en llegar a la costa. Son transportados por el viento y, sobre todo, por los ríos. No obstante, la mayoría de los ríos están ahora regulados mediante presas, que detienen el agua y asimismo el aporte de sedimentos al mar.

“En España, se calcula que, antes de construir las presas, el río Ebro, por ejemplo, aportaba unos 20 millones de toneladas de sedimentos al mar. Ahora puede que lleguen apenas unas 150.000 toneladas”, señala Jorge Guillén. Esto, sumado a la edificación en primera línea de mar, sin respetar la forma de la playa y sus dunas; a la construcción de puertos por toda la costa, que desvían las corrientes submarinas que antes distribuían la arena, y al avance del nivel del mar por el cambio climático, “hace que la gravedad de la situación vaya en aumento; las playas ejercen de amortiguadores entre el océano y la tierra. Sin esa protección y con el aumento del nivel del mar, las olas están invadiendo la tierra, salinizando la capa freática y contaminando el agua que bebemos y que usamos para la agricultura. Es un auténtico desastre”, alerta Claire Le Guern.

VIDRIO RECICLADO.

Pero ¿qué se puede hacer para evitarlo? Porque el problema, coinciden en señalar todos los expertos, irá al alza. La arena es un recurso natural finito, la demanda seguirá aumentando, continuarán las mafias, el contrabando y los desastres naturales. “Una solución puede ser reciclar lo que ya tenemos. Dedicar más recursos y energías, e inversiones tecnológicas a investigar las posibilidades del reciclaje”, señala la directiva de la organización Coastal Care.

En este sentido, en Florida, en Estados Unidos, están regenerando las playas con vidrio reciclado. En esa zona del país, la costa es clave para la economía, puesto que es el principal reclamo turístico: aguas prístinas, buen clima, arena fina. No obstante, como en tantos otros lugares, aquí también han construido en primera línea de mar, las playas se han erosionado, y llevan décadas teniendo que rellenarlas. Y hace un tiempo se quedaron sin arena.

Entonces se les ocurrió una solución ingeniosa. Al parecer, una tercera parte del vidrio es imposible de recuperar, y en Florida han cogido esa parte, la han machado hasta pulverizarla y la han puesto de nuevo en las playas. “Se comporta exactamente igual que la arena. No hay turistas por ahí con los pies cortados”, bromea Le Guern. Debe de ser muy similar porque incluso las tortugas han regresado a esas playas a poner sus huevos.

Donde más tienen que cambiar las cosas es en la construcción. Para Sonia Hernández -Montaño, arquitecta experta en bioconstrucción y fundadora del estudio Arquitectura Sana, “podemos optar por una solución parche y seguir construyendo con hormigón armado, aunque buscando alternativas para no tener que seguir reventando montañas o vaciando playas”. En España, cuenta esta arquitecta, se ha llevado a cabo algún experimento con autopistas, en las que se han usado escorias de la industria metalúrgica que no se podían reciclar.

En Sant Cugat, cerca de Barcelona, la planta de Unión Transmóvil, dedicada al reciclaje de residuos de la construcción, recoge los escombros de obras de reforma y de derribos, los somete a un proceso de limpieza y así consigue recuperar material apto para volver a ­construir.

Ya se emplea en carreteras, drenajes, canalizaciones. “Los vertederos son el negocio tradicional, adonde van a parar todos los residuos de la construcción, pero eso contamina, crea canteras y desaprovecha recursos. Hay muchos residuos susceptibles de convertirse en productos para abastecer el mercado. ¿Por qué usar solamente materiales nuevos?”, se pregunta Roger Domènech, gerente de la citada planta.

Otra opción es introducir más materiales naturales, como la madera laminada, usada en Austria y Alemania, aunque tiene un límite constructivo: no se pueden superar las cuatro o cinco plantas.

Para el arquitecto y profesor Albert Cuchí, “la construcción del futuro tendrá que orientarse más a la rehabilitación y no tanto a la nueva construcción. También tenemos que repensar el modelo de ciudad, sólo así podremos utilizar otros sistemas de construcción. ¿Hace falta que más de la mitad de la población mundial viva en la costa?”.

Igualmente, habrá que reflexionar sobre el modelo de arquitectura. Ahora está globalizada, se construye igual en Dubái que en Finlandia, dice Hernández-Montaño, “los arquitectos deberíamos tratar de repensar cuál es la arquitectura tradicional de cada lugar y usar los materiales de la zona. No tiene sentido hacer los mismos edificios en todas partes, cuando el clima es distinto”.

Como civilización no podemos detener el mundo que tenemos en marcha, pero tampoco podemos seguir haciendo las cosas igual que hace 50 años, porque la situación en el planeta ha cambiado. La población ha aumentado, los recursos naturales menguan y el cambio climático avanza. “Tenemos que hallar nuevas maneras sostenibles de adaptarnos a las nuevas situaciones. Necesitamos invertir en nuevo pensamiento. De otra forma, ¿qué Tierra vamos a dejar a los que vienen detrás?”, se pregunta Claire Le Guern, de Coastal Care.

Por Cristina Sáez
Con información de Magazine

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El Islam y los superhéroes del Golfo Pérsico

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“Defender la verdad, la justicia y el modo de vida americano”. Con este lema se presentaba Superman, el primer superhéroe de la historia. Un héroe como los clásicos, pero con poderes extraordinarios y embutido en unas mallas. Nacía así uno de los productos de la cultura pop estadounidense más reconocibles que Kuwait y Emiratos Árabes Unidos están tratando de introducir en sus países.

Desde la década de los treinta las dos grandes editoriales del sector, DC y Marvel, han creado espacios, grupos y personajes a través de los cuales sus superhéroes y superheroínas han defendido los valores made in USA  de los malos del momento. Primero fueron los nazis, luego los chinos y en plena Guerra Fría, los soviéticos. No es casualidad que Superman, Spiderman, Wonder Woman y el Capitán América vistan de azul y rojo, los colores de la bandera estadounidense.

En 2009 Marvel y DC llevaron este proceso de identificación al extremo, registrando el término “superhéroe” en la oficina de patentes de EE.UU. como marca comercial descriptiva estadounidense, independientemente de su tipografía, de la que las ambas eran copropietarias. Incluso llegaron a demandar al autor de un libro para emprendedores en cuyo título se mencionaba la palabra.

El saudí Naif al-Mutawa, editor formado en Nueva York y amante de las historias de superhéroes, tenía claro que serían un éxito en el mundo árabe, pese a su marcado sello estadounidense. En 2005, cuando trabajaba para la editorial de libros infantiles para el mundo árabe Teshkeel en Kuwait , firmó con Marvel el primer acuerdo para publicar -traducidas al árabe- las aventuras de los X-Men, Spiderman o los Cuatro Fantásticos en todo el Golfo Pérsico y Norte de África. Como reconocía el presidente de Marvel International, Bruno Maglione, “este es uno de los mercados que está creciendo más rápido y un paso clave en nuestra expansión a otras regiones”. “Los superhéroes de Marvel proporcionan modelos positivos para los niños en todo el mundo, y es muy gratificante poder llevarlos a un público árabe”, afirmaba Mutawa entonces.

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Los primeros superhéroes musulmanes: `the 99´

La estigmatización de lo musulmán como integrista o violento que trajo el 11-S le llevó a pensar que un grupo de superhéroes islámicos sería una buena idea. Nacieron así los 99, 50 mujeres y 49 hombres que representan cada una de las virtudes de Allâh en el Corán. “Generosidad, misericordia, sabiduría…valores a los que nadie se opondría, ni siquiera un ateo”, explicaba en una charla TED. “Porque quienes usan la religión para fines malvados, se convierten en malas personas con malos mensajes”, añadía.

Con la esperanza de “arreglar el Islam desde dentro”,centrándose en los “aspectos positivos de la religión e inculcando una versión pacífica, tolerante y multicultural con el resto del mundo”, al-Mutawa creó este cómic con la estética pop estadounidense y los valores islámicos como marco de referencia.

Publicado primero en Kuwait en 2006 -tras la aprobación del Ministro de Información- y luego en EE.UU., la historia comienza en 1258 cuando Hulagu Khan, nieto de Gengis Khan, saquea Bagdad. El califa y sus bibliotecarios transfieren todo el conocimiento acumulado en sus libros a 99 gemas, transportadas a Granada. La Reconquista de la ciudad andaluza hace que las piedras se esparzan por todo el mundo. Aquel que encuentre una gema adquiere poderes extraordinarios, vinculados a las 99 cualidades positivas de Allâh. En el cómic -que nunca se llegó a publicar en España- hay combates e intrigas, personajes femeninos, con y sin hijab, pero nadie se pronuncia respecto al conflicto palestino-israelí o a las teocracias de la zona.

“Yihad cultural” para los conservadores en EEUU y “herejía” para los islamistas radicales.

Mutawa intentó llevar al público estadounidense esta historia mediante una serie de televisión para la CNN. Pese a que Obama calificó su iniciativa como “respuesta más innovadora en el diálogo entre Estados Unidos y el mundo árabe”, la oposición de grupos conservadores, lo impidió. La periodista Pamela Geller -autora del libro Stop de Islamization of America, a Guide to Resistance-tildó la iniciativa de “una forma particularmente insidiosa de yihad cultural cuyo objetivo son nuestros hijos; una basura para hacer proselitismo”. Aunque tampoco lo consiguió, Francia era el siguiente punto de interés para Mutawa.

Pese a que sus superhéroes han inspirado el primer parque temático de esta naturaleza en Oriente Medio y unido sus fuerzas a la Liga de La justicia, en el otro extremo tampoco le han ido bien las cosas al editor de los 99. En 2015 se enfrentó a un juicio por herejía en Kuwait a consecuencia de una durísima campaña en Twitter. Además, ha sido amenazado de muerte por Daesh, según denuncia la Red Internacional de Derechos de los Dibujantes de Cómics, organización que defiende la “libertad de expresión de los dibujantes de viñetas políticas”.

La paradójica relación entre cultura pop y países del Golfo no se limita al caso de Naif al-Mutawa. Dubai, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, acoge en los últimos años la Middle East Comic-Con. Emulando al popular evento de San Diego, esta cita anual se consolida en la región, y la edición de 2016 contó incluso con la presencia por videoconferencia de Stan Lee. Tratando de atraer un turismo diferente y oportunidades de negocio, los Emiratos Árabes Unidos se presentan como un oasis de tolerancia comparados con la vecina Arabia Saudí. Aunque bajo esta fachada de modernidad y apertura esconden un lado oscuro de abusos políticos y restricciones a la libertad de expresión, como denuncian Ahmed Mansoor, activista de la Primavera Árabe y ganador del premio Martin Ennals de Defensores de Los Derechos Humanos,  Amnistía Internacional  y Human Rights Watch.

Con información de Bez

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