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Las reglas del ajedrez de Abraham Ibn Ezra

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Mitad juego y mitad ciencia, relacionado con los saberes matemáticos, astrológicos e incluso cabalísticos, el ajedrez ha experimentado una difusión universal y múltiples variedades

En efecto, junto al ajedrez antecesor del clásico actual, muchos otros tipos de juegos sobre tablero y con parecidas piezas aparecen a lo largo de su historia, como por ejemplo: “el juego del rey” (ajedrez cuádruple, con tablero en forma de cruz), “courier” (tablero de 12 x 8), “gran ajedrez (tablero de 12 x 12), ajedrez astronómico” (para siete jugadores, sobre un tablero circular), etcétera. Para un análisis comparativo de las diferentes variedades pueden consultarse en castellano las obras de Julio Ganzo y Gabriel Vicente Maura reseñadas en la bibliografía.

Son temas aún debatidos la antigüedad del ajedrez y su origen. Trataremos de pasada estos puntos antes de centrarnos en el papel jugado por los judíos en la historia del ajedrez y, más concretamente, en el poema ajedrecístico de Abraham Ibn Ezra.

Respecto a la antigüedad, ha habido múltiples intentos de remontar el origen del juego a varios siglos antes de la era cristiana. Algunas leyendas griegas atribuyen a Palamedes, rey de Eubea, el invento del ajedrez para distraer a las tropas durante el sitio de Troya; incluso dentro del judaísmo, como veremos luego, hay tradiciones tardías que consideran al rey Salomón como inventor de este juego. El denominador común de tales leyendas suele ser la mención de juegos sobre tablas, pero no hay certeza de que se trate del ajedrez. En realidad, éste es un advenedizo reciente al mundo de los juegos de mesa, existiendo otros mucho más antiguos (el backgammon, por ejemplo, que es posiblemente el aludido en el Talmud, Ketubot 61b, mediante la palabra nerdshir).

Otra fuente frecuente de confusión es la asimilación del ajedrez a los juegos de dados, debido a que el propio ajedrez se jugaba con ellos en algunas variedades (incluso el único testimonio sobre el ajedrez griego así lo indica). Aunque entre los persas y árabes no se utilizaban, en el ajedrez hindú era frecuente su uso, y en los Libros de Acedrex, dados e tablas, de Alfonso X el Sabio (manuscrito redactado el año 1283 en Sevilla), aparece incluso atestiguada una variedad de ajedrez con dados (“bien como metieron por aquella razon mesme los dados en el acedrex, porque se iogare mas ayna”). Esta equiparación a los juegos de dados es, por otra parte, el motivo principal de las reiteradas prohibiciones del ajedrez en la Edad Media.

Tomando en consideración dos obras clásicas de historia del ajedrez, constatamos que según Van der Linde, el testimonio fiable más antiguo sobre el ajedrez tal y como lo conocemos hoy se remonta sólo al siglo X (o siglo IX a lo sumo). Anterior es la antigüedad documental según Murray: siglo VI de nuestra era. A estas cautas opiniones deben en la actualidad añadirse los datos ofrecidos por la arqueología. Golombek menciona el descubrimiento en 1972 por parte de arqueólogos rusos en la región de Uzbekistán de figuras de animales que pueden ser datados en el siglo II EC. Si se trata de piezas de ajedrez (y no meramente de elementos ornamentales) para un juego similar al actual, la antigüedad documentada del ajedrez podría remontarse varios siglos.

Queda en la penumbra, sin embargo, tal certeza, pues dichas figuras podrían ser las de uno de tantos juegos emparentados al ajedrez, no las de éste mismo. Es más, sus características (fichas como discos, en lugar de tallas verticales) son más acordes con el ajedrez chino, entre cuyas diferencias más notables respecto al ajedrez llegado a Europa están el tablero de 8 x 9 (con una línea vacía intermedia, “el río”) y la colocación de las fichas sobre las líneas del tablero, no dentro de los cuadros.

Cuál es el lugar de origen del ajedrez? Aunque no faltan opiniones discordantes que consideran a China como su región de nacimiento (recientemente, por ejemplo, Dickins y Vicente Maura), la opinión común (tradicional y defendida en las magnas historias de Van der Linde y Murray, así como por Ganzo dentro de la tradición hispanohablante) considera a la India como patria del ajedrez; de ella pasó posteriormente a las culturas persa y árabe y, a partir de esta última, se difundió por toda Europa occidental y central. Respecto a Rusia, y aunque el ajedrez ruso actual procede de la corriente europea, existen variedades cuyo origen parece directamente persa.

El nombre original del antepasado de nuestro ajedrez actual era chaturanga, palabra sánscrita que significa ‘cuatro secciones militares’ (=elefantes, jinetes, carros, infantería). El juego así conocido en la India pasó a denominarse -por corrupción de la palabra sánscrita- chatrang entre los antiguos persas y shatranj entre los árabes (por modificación de la primera y última consonantes, que faltaban en el repertorio fonético árabe). De la palabra árabe con artículo (ash-shatranj) deriva acedrex y posteriormente axedres y axedrez en la tradición española.

Digamos de paso que la diferente interpretación de esta palabra ha dado origen a diversas opiniones. Así, ha sido afirmación extendida (y recientemente reproducida por el ajedrólogo español J. Ganzo) que en su origen el ajedrez era un juego entre cuatro y posteriormente pasó a ser un juego entre dos. Contrariamente Van der Linde y Murray, por citar dos clásicos prestigiosos, se decantan por la originalidad del ajedrez entre dos (el ajedrez entre cuatro, llamado a veces también chaturanga, recibe más frecuentemente el nombre de chaturâjî, ‘cuatro reyes’).

Que el ajedrez surgió como juego que trata de representar sobre un tablero las condiciones tácticas y estratégicas de la guerra real no ofrece ninguna duda (un ejemplo de ello puede verse en la descripción del tratado alfonsino y al comienzo del propio poema de Ibn Ezra), y en realidad, la palabra “cuatro” (chatur) se aplica a los cuatro cuerpos del ejército, en estricta correspondencia con la costumbre militar de la época; ya encontramos documentadas las características del ejército persa en tiempos de Alejandro Magno, que durante su invasión de la India noroccidental en el año 326 aEC hubo de oponerse a un ejército compuesto por cuatro divisiones: 30.000 infantes, 4.000 jinetes, 300 carros y 200 elefantes. Ejemplos sánscritos posteriores del origen del ajedrez como representación bélica los hallamos, por ejemplo, en los poemas épicos (del siglo IX EC) Haravijaya y Kavyalankara, poema este último donde se describe el movimiento de las piezas en el chaturanga.

Cuando los árabes acogieron el shatranj, lo hicieron con tal energía que desde el siglo VII se convirtieron en paladines y defensores de este juego oriental. Varios fueron los tratados que redactaron sobre el mismo, siendo el primero de ellos el libro de ajedrez de Al-Adli.

La conquista árabe de España supuso la introducción en Europa del ajedrez, que posteriormente llegó también a Italia. A tenor de las variantes léxicas en la denominación de las piezas del juego según los diferentes países europeos, y teniendo en cuenta que la influencia del latín italiano predominó en la nomenclatura ajedrecística de Europa salvo España y Portugal, donde predominó la influencia de la lengua árabe, puede suponerse que el ajedrez penetró en el centro y norte de Europa procedente de Italia, vía Provenza, durante el siglo XI o quizás X, y pasó a Francia desde España, vía Cataluña, a partir del siglo X.

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Y como está bien atestiguada históricamente la difusión de la cultura árabe en Europa a través del puente judío, cabe preguntarse si también en el caso del ajedrez se produjo este fenómeno.

El papel desempeñado por los judíos en la historia del ajedrez ha sido minuciosamente estudiado por Moritz Steinschneider en su monografía Schach bei den Juden, reproducida en la historia de Van der Linde (t. I cap. VIII). Aunque innegable la intervención judía en la difusión del ajedrez, no puede darse crédito a las tardías tradiciones que llegan incluso a atribuir al rey Salomón la invención del mismo, ni a los intentos de hallar huellas suyas en la tradición rabínica. Según Steinschneider, el primer judío de nacimiento (posteriormente renegado) que recomendó el ajedrez, como remedio contra la melancolía, fue Alí de Taberistán (siglo X), y el primer europeo que menciona el ajedrez entre las siete “probitates” caballerescas es el también judío de nacimiento Moisés Sefardí (siglo XI), posteriormente prosélito cristiano (año 1106) con el nombre de Petrus Alphonsi, en su obra Disciplina clericalis, libro de gran importancia para la difusión de ideas y formas literarias tanto judías como árabes en Europa.

No resulta extraño que un autor tan prolífico como Abraham Ibn Ezra, dedicado tanto a los comentarios bíblicos y composiciones poéticas como al estudio de textos científicos y astronómicos, quisiera hacer asimismo una incursión en el específico campo del ajedrez. Por otra parte, el análisis de su bibliografía permite constatar que desde España realizó viajes a Francia e Italia, países donde el ajedrez se implantó pronto y fue progresivamente modernizándose.

Tampoco Inglaterra, otro país visitado por Ibn Ezra, quedó ajena a la introducción de este juego oriental en Europa. No se puede probar históricamente la influencia directa de Ibn Ezra en todo este proceso (aunque hay autores que han llegado a considerarlo maestro y difusor del juego), pero las coincidencias de su biografía con la importación europea del shatranj árabe indican que, por lo menos, Abraham Ibn Ezra se hallaba al día de las innovaciones en todos los campos del saber. Y si el relato de Ibn Ezra acerca del envío de un judío a la India con funciones de intérprete bajo uno de los primeros abbasíes tiene fundamento histórico (cf. Steinschneider, p. 185), podría él mismo estar involucrado en el trasvase cultural del juego del ajedrez.

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Que el juego nuevo en Europa gozó rápidamente de gran popularidad lo confirman las frecuentes prohibiciones del mismo por parte de las autoridades religiosas de la época, unas veces argumentando su espíritu violento y guerrero, otras veces por asimilarlo a los juegos de dados, que eran sistemáticamente vetados al jugarse dinero en ellos (sobre las diversas actitudes, véase por ejemplo G. Abrahams). Mas aunque el ajedrez es en su origen muy probablemente un juego de suertes, como los dados, ya entre los persas y árabes era un juego de cálculo, que representaba una especie de arte marcial, en paralelismo con las fábulas indias, y cuya difusión dentro de las oscuras tradiciones y sagas corre pareja al Panchatantra o Calila e Dimna.

Gradualmente, sin embargo, fue ganando respetabilidad, destacando el decreto de los rabinos de Cremona tras la peste de 1575, quienes de su prohibición general de los juegos excluyeron el ajedrez, siempre que no se jugara por dinero. En el ámbito cristiano las prohibiciones habían durado hasta el pontificado de León X (1513), quien según sus biógrafos llegó a ser un ferviente aficionado al ajedrez.

Entrémonos ya en el poema didáctico cuya composición se atribuye a Abraham Ibn Ezra y que comienza Ashorer shir be-milhamá ‘arujá. El propio Steinschneider pone en duda que Ibn Ezra sea su autor, pues aunque la tradición es muy sólida en este sentido (y el encabezamiento de muchos manuscritos efectúa dicha atribución), su estilo literario no le parece al sabio moravo tan elevado como cabría suponer en “el genial Ibn Ezra”. Pone así en tela de juicio el que sería testimonio más antiguo de las reglas del ajedrez en Europa. A favor de su autoría se pronuncian, por el contrario, editores de Ibn Ezra como Kahana o Rosin.

Como Steinschneider indica, faltan datos históricos que permitan decidirse en esta cuestión, debiéndose acudir al estilo y contenido de la composición. En cuanto al contenido ajedrecístico, elementos importantes a favor de la antigüedad del poema son la figura y movimientos del “férez” y la falta de salto doble inicial del rey (y, en consecuencia, del enroque). La gran dificultad para todos los autores es el salto doble del peón en su primer movimiento, rasgo más tardío en la historia del ajedrez que se quiere ver en este poema y que, si no se considera interpolación, obliga a proponer una fecha de composición posterior a Ibn Ezra.

Pero ello nace de que en la edición príncipe de Hyde, que ha sido seguida por los demás editores -excepción hecha de Bislichis-, los versos “y si quiere puede dar al principio / en cualquier sentido un triple salto por la senda” figuran adelantados, referidos al peón en su movimiento inicial, y no, como en nuestra edición del poema (avalada por los demás manuscritos, salvo el que ha servido de base a Hyde), donde les corresponde, referidos al “férez” y consecuentemente al peón llegado a la octava fila y convertido en tal (el denominado “peón alferzado” en el tratado de ajedrez alfonsino), con los movimientos de éste.

Eliminado tal escollo, podemos concluir que las reglas del juego del poema son perfectamente representativas del ajedrez árabe antiguo, recién implantado en España y sin la significativa evolución que con el tiempo condujo a la modernización hispana del juego. No me parece, por tanto, que haya motivos de peso para negar la tradición que asigna a Abraham Ibn Ezra la composición del poema. Y dejando aparte consideraciones estilísticas, de valoración siempre subjetiva, la temática abordada cuadra muy bien con la de la poesía secular hebrea del siglo XII en la España cristiana, en general, y del versátil Ibn Ezra en particular, con tendencia a tratar géneros diferentes a los tradicionales, destacando la parodia, el realismo descriptivo y el debate personificado de ideas abstractas (en este caso de seres inanimados), así como el empleo de efectos manieristas o el interés por temas científicos con afán didáctico.

La búsqueda de soluciones ante la problemática expuesta me indujo a llevar a cabo una edición crítica del poema, hasta ahora inexistente. Sólo las ediciones de Steinschneider y Rosin mencionan variantes al texto que editan, con indicación de ediciones (muchas veces sin especificar cuáles) y manuscritos (uno cada una). En cualquier caso, y aunque las notas críticas afectan a las lecturas importantes, faltaba una edición crítica sistemática y basada fundamentalmente en manuscritos. El resultado ha sido presentado al Simposio Internacional sobre Abraham Ibn Ezra, celebrado en Madrid (febrero 1989), y aparecerá publicado en la Actas del mismo, a las que remito para las referencias de manuscritos y ediciones.

Para las citas del poema en este estudio utilizaremos nuestra propia traducción castellana, basada en la edición crítica realizada. Hay otras dos versiones españolas anteriores basadas en la edición de Hyde, completa la una y fragmentaria la otra: la de Rodríguez de Castro, pp. 183-8 (con edición en columnas paralelas del texto hebreo y su transcripción latina, seguido de dos traducciones españolas, también en columnas paralelas: “Versión literal en prosa” y “Traducción en metro acomodado al del original hebreo”), y la de Amador de los Ríos, pp. 259-261 (los fragmentos reproducidos van acompañados de una versión española con metro y rima).

Es ya momento de analizar las reglas fundamentales del juego que se derivan del poema (cuyos 76 versos se distribuyen en 38 pares de rimas masculinas, siguiendo el esquema métrico ha-merubbé:

Sobre un tablero de 8 x 8 cuadros se enfrentan dos ejércitos en batalla ficticia:
Voy a cantar un poema sobre una batalla en regla, 
antigua, desde tiempos remotos consagrada,
que gente inteligente y entendida organizó,
instituyóla sobre ocho hileras.
Hilera tras hilera, en todas hay grabadas
sobre una tabla ocho divisiones;
son las hileras cuadros taraceados,
donde las tropas se mantienen apiñadas.
Con sus mesnadas unos reyes se sitúan
dispuestos a batallar, y hay espacio entre ellos dos.
Los rostros de todos para luchar están prestos,
continuamente están o saliendo o acampando.
En su lucha no desenvainan espadas,
pues su guerra es un asunto de ingenio.
Se les distingue por símbolos y enseñas
en sus cuerpos inscritas y talladas,

Aunque los cuadros aparecen decorados, no se menciona que esté escaqueados a dos colores, como posteriormente será norma. En el ajedrez árabe (que el pueblo jugaba habitualmente sobre manteles o incluso sobre la arena) todos los cuadrados eran del mismo color, y si aparecían decorados era por motivos ornamentales. La lentitud de movimientos del férez y el alfil no hacían necesario marcar las diagonales, como fue preciso tras la evolución del movimiento de estas piezas.

Por el orden progresivo en que van citándose las piezas, a partir del centro del tablero, podemos concluir que la colocación del roque era, conforme a lo habitual, en las esquinas, sin el intercambio de posición entre el alfil y el roque que se da en algunas tradiciones del ajedrez (con los elefantes en las esquinas y la posterior mixtificación del diseño de una torre sobre tales elefantes).

Los bandos eran, de acuerdo con el color de los trebejos en el ajedrez antiguo, uno rojo y otro negro, representados por los idumeos y los cusitas (etíopes) respectivamente, iniciando la partida las piezas negras:

y quien los viera agitarse
creería que se trata de idumeos y cusitas.
Cuando los cusitas al combate lanzan sus manos
salen los idumeos a por ellos.

El nombre de algunas piezas aparece traducido al hebreo (rey, caballo, peón o infante), manteniéndose los nombres antiguos en el caso del fil (árabe) y ruj (sánscrito, mantenido así en árabe). El ferz árabe se halla adaptado al hebreo (férez) tomando como base la palabra hebrea correspondiente atestiguada en la Biblia (Hab 3,14).

El rey (mélej) se mueve de casilla en casilla, en cualquier sentido:
El rey camina por sus [casillas] contiguas
en todos los sentidos; a sus siervos ayuda,
cauto se muestra en su reposo o en su salida
a luchar, y también en el lugar de su acampada.
Si su enemigo terriblemente contra él sube
y le amenaza, huye entonces de su territorio.

El enroque, introducción posterior en la historia del ajedrez y ausente del ajedrez árabe, no se menciona. Ninguna alusión tampoco al doble salto del rey en su primer movimiento (ni, en consecuencia, a una movida inicial similar a la del caballo para escapar a la desesperada de un jaque, como se practicó posteriormente en algunas variantes del ajedrez). Isidor Gross, frente a la opinión común de que el enroque no se introduce hasta finales del siglo XV, quiere ver su existencia en este poema de Ibn Ezra, es decir, en el siglo XII, para lo cual propone que los conflictivos versos desplazados en las ediciones se inserten en este lugar, aplicándolos al rey, cuyo salto doble inicial correspondería a su movimiento de enroque; pero, como ya antes dijimos, se pueden explicar perfectamente (y conforme al testimonio de la mayoría de los manuscritos) en referencia al peón promocionado.

También Léon Hollaenderski defiende la existencia del enroque en nuestro poema de una forma muy curiosa, pues aprovechando el lugar libre correspondiente al verso omitido en la edición príncipe de Hyde, introduce la siguiente traducción: “et s’il y a danger, le Rou’h peut changer sa place contra celle de son maître (roquer)”. Como Steinschneider exclama: “Wie käme die Rochade in das alte Schach?!”.

El infante (raglí) o peón avanza en línea recta, sin que pueda retroceder, y captura en diagonal:
Los infantes son los primeros que salen
a la guerra, siguiendo un camino recto;
es la regla del infante que camine frente a sí
y para capturar a su enemigo se desvíe;
pero al caminar no torcerá su marcha
ni volverá atrás sobre sus pasos.

Si alcanza la octava fila adquiere el rango de general (férez) y mueve como él. Es entonces (y no en su primera movida, cf. supra), en calidad de férez, cuando puede mover como éste y, en consecuencia, saltar a la tercera casilla en su primer movimiento tras su promoción. Lo puede hacer en cualquier sentido (y seguirá manteniendo el color, conforme a las normas del ajedrez árabe, donde el ferz avanza por las diagonales correspondientes a su color durante toda la partida):

Si se aleja y emigra de su territorio 
y hasta la octava fila se allega,
a todos los frentes cual general puede volverse
y es su forma de luchar a la suya equiparada.

El férez (que mantiene su sentido original masculino de general, frente a la posterior evolución femenina a reina o dama) mueve exclusivamente en diagonal. Y aunque en su primer movimiento puede saltar, en cualquier sentido, a la tercera casilla, el resto de la partida avanza diagonalmente (“desvía sus pasos”) de casilla en casilla, conforme a las reglas del ajedrez antiguo y como se desprende de la ventaja que en este aspecto tiene sobre él el alfil, que puede saltar a la tercer casilla durante toda la partida. Habrá que esperar a las profundas renovaciones del ajedrez español de Lucena para que la “dama” avance cuanto quiera y no sólo en diagonal:

El general puede desviar sus pasos 
y movimientos a sus cuatro esquinas;
y si quiere puede dar al principio,
en cualquier sentido, un salto triple por la senda.
El elefante (alfil) mueve en diagonal, como el férez, pero puede saltar de dos en dos casillas. No se explicita la norma del antiguo ajedrez de poder efectuar su salto aunque haya una pieza interpuesta:
El elefante al combate va acercándose
se sitúa como emboscado por el flanco;
cual la del general es su marcha, pero tiene
la ventaja de que es triple.
El caballo (sus) salta en zigzag, movimiento inalterado en toda la historia y en todos los tipos de ajedrez:
El caballo en el combate es muy ligero de patas
y camina por sendero tortuoso,
sinuosos sus caminos y con cuestas;
por tres casillas se extienden sus dominios.
El roque (ruj), por el contrario, avanza en línea recta, en cualquier sentido, dominando varias casillas, no sólo la contigua:
El roque marcha recto en su camino
a lo largo y ancho del campo;
rutas tortuosas en verdad no busca,
su senda no es oblicua ni torcida.
Resulta por ello una pieza de enorme valor (la más potente de este ajedrez antiguo), capaz de amenazar seriamente al rey contrario, el cual puede huir o cubrirse con sus tropas:
Si su enemigo terriblemente contra él sube
y le amenaza, huye entonces de su territorio.
Y si el roque con hostilidad le arremete
y de aposento en aposento le persigue,
hay veces que de su presencia huye
y veces hay en que sus turbas le protegen.
Tras una viva descripción de los avatares de la partida, ésta concluye con el mate al rey:
Si se matan todos ellos entre sí,
uno al otro aniquila con gran saña.
Los héroes de ambos reyes
son vulnerados sin que haya sangre derramada.
A veces prevalecen sobre ellos los cusitas,
y ante éstos los idumeos huyen;
hay veces en que predomina Edom, y los cusitas
con su rey en el combate desfallecen.
En la trampa que le tienden al rey es capturado
sin clemencia, es atrapado en sus redes
y no hay refugio para salvarse ni escape,
ni hay huida a ciudad amurallada o de asilo;
junto al enemigo es condenado y derribado;
sin salvador, se dirige dando tumbos a la muerte.
Por él todo su ejército moriría,
se pondrían como rescate a cambio de su vida.
Quien era su gloria ya partió, y no son nada
cuando reparan en que ya fue derrotado su señor.
Pero vuelven a luchar una segunda vez
y hay para todos sus muertos resurrección.

En “se dirige dando tumbos a la muerte” (cf. Prov 24,11) se ofrece un indudable juego de palabras: con el uso de la raíz m.t ‘caminar vacilante’ se está aludiendo al “jaque mate”, objetivo básico del ajedrez (y que le diferencia de otros juegos de mesa cuya finalidad es alcanzar alguna parte del tablero o despojar al adversario de todas sus fichas). La propia dinámica de la batalla descrita, que concluye en mate, no permite saber qué hubiera ocurrido en caso de “rey robado” (despojado de todas sus piezas), que suponía una derrota en el ajedrez árabe. Tampoco se da la circunstancia de “rey ahogado”.

Este poema de Ibn Ezra, en suma, es un magnífico documento (de hecho, el primer reglamento conocido) sobre el ajedrez europeo primitivo, que prosigue claramente las normas del parsimonioso ajedrez árabe. Es un hito importante, prolegómeno de una serie de estudios de ajedrez que conduciría a los grandes tratados españoles e italianos del siglo XV, con el progresivo abandono del ajedrez árabe (“del Ferz” o Axedrez del Viejo”) para introducir las características del nuevo juego europeo (“Axedrez de la Dama” o “alla rabiosa”), con mayor dinamismo en el movimiento de las piezas y representativo del ajedrez clásico que hoy se juega en los torneos: salto del rey para enrocar y dominio de toda la diagonal por parte de alfil y dama (la cual, además, puede mover también en línea recta, convirtiéndose, frente a la débil y defensiva pieza del ajedrez antiguo, en la más potente del ajedrez actual).

Además de documentar la participación judía en el ajedrez europeo medieval (básicamente similar al árabe), es asimismo el preludio de una serie de contribuciones judías a la literatura ajedrecística, en forma de poemas hebreos anónimos o de pequeños tratados sobre el juego, entre los que destacan la melisá de Bonsenior Ibn Yahya o el famoso Ma’adané mélej o “Delicias reales”, erróneamente atribuido al propio Abraham Ibn Ezra en época más reciente.

Bibliografía aludida
• G. Abrahams, artículo en Encyclopædia Judaica 5 (1972) 402-4.
• José Amador de los Ríos, Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España (Madrid 1848).
• A. S. M. Dickins, artículo en British Chess Magazine, julio 1973.
• Julio Ganzo, Historia general del ajedrez (3ª ed., Madrid 1973).
• Harry Golombek, Chess: a History (Nueva York 1976).
• Isidor Gross, “Rochade und Notation bei Ibn Esra”, MGWJ 65 (1921) 365-9.
• Léon Hollaenderski, Délices royales ou le jeu des echecs: Son histoire, ses règles et sa valeur morale, par Aben-Ezra et Aben-Yéhia, rabbins du XIIe siècle (Paris, 1864).
• Thomas Hyde, Mandragorias seu Historia Shahiludii (Oxford 1694), pp. 2-9; incluida posteriormente en la más asequible Historiæ Shahiludii, Pars IIda, quæ est hebraica; seu Trias Judæorum de ludo Scachorum (Oxford 1767), pp. 163-6.
• H. J. R. Murray, A History of Chess (Oxford 1913).
• Joseph Rodríguez de Castro, Biblioteca Española: tomo primero, que contiene la noticia de los escritores rabinos españoles desde la época conocida de su literatura hasta el presente (Madrid 1781).
• Moritz Steinschneider, Schach bei den Juden: Ein Beitrag zur Cultur und Litteraturgeschichte (Berlin 1873).
• Antonius Van der Linde, Geschichte und Litteratur des Schachspiels, 2 vols. (Berlin 1874).
• Gabriel Vicente Maura, Evolución del ajedrez, 40 siglos: Variaciones y algunos datos históricos desde los grandes imperios chinos, siglo XX a.C. hasta el siglo XX d.C. (Madrid 1980).

por Luis Vegas Montaner . Profesor de Lengua y Literatura Hebreas en la Universidad Complutense (Madrid)

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AL-ANDALUS, EL FARO QUE ALUMBRÓ LA EDAD MEDIA – Manuel Marques

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Durante la Alta Edad Media, Al-Andalus se convirtió en uno de los emporios científicos más importantes del mundo. Este hecho queda ejemplificado por la existencia de la inmensa biblioteca del califa Al-Hakam II, hijo menor del gran Abd-al-Rahmán III; esta biblioteca, que hubiera podido rivalizar con la de Alejandría en su época de esplendor, constaba de cerca de 400.000 volúmenes y un índice de clasificación compuesto por 44 cuadernos de 50 folios cada uno. Trabajaban al servicio de la biblioteca un equipo de copistas, traductores, ilustradores y encuadernadores, más numeroso que el de todos los monasterios de monjes copistas de Europa juntos.

La labor de los científicos hispanoárabes se llevó a cabo en dos sentidos: por un lado rescataron parte de antiguos conocimientos de egipcios, hebreos, babilonios, persas, griegos y romanos, a la vez que importaron desde el lejano Oriente los descubrimientos más avanzados de su época, los cuales provenían sobre todo de China y de la India; por otro lado, ellos mismos realizaron sus propios descubrimientos. Así fue como a través de los árabes llegaron a la Europa medieval -vía Al-Andalus- el álgebra, el ajedrez, la brújula, la pólvora, el jabón, el alcohol, el papel… y muchos otros conocimientos e inventos, a los que hemos de añadir todos aquellos que ya existían con anterioridad, pero que ellos mejoraron.

Fueron numerosas las ramas de la ciencia en las que los sabios de Al-Andalus dejaron su impronta: las matemáticas, la astronomía, la ingeniería, la navegación, la medicina, la alimentación, la botánica, la agricultura, la arquitectura… e incluso la cosmética. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que lo que se produjo en la España musulmana fue un auténtico renacimiento de las ciencias y las artes, en contraste con el casi total rechazo y abandono del que éstas eran objeto en el resto de Occidente. Ahora vamos a desglosar todo este compendio, enumerando a los científicos más importantes, sus descubrimientos y los hitos más destacables de sus obras.

Comencemos por las matemáticas puras, y dentro de éstas, por lo más básico: el sistema de numeración. Anteriormente se utilizaban los números romanos, pero representar cantidades grandes con ellos, y no digamos realizar operaciones de suma, resta, multiplicación o división, resultaba tremendamente engorroso. El sistema de numeración que utilizamos hoy en día es el mismo que utilizaban los árabes, aunque la grafía de los números ha cambiado un poco, pero es muchísimo más práctico que el romano. Aunque fue gracias a los árabes que lo conocemos, su origen es hindú. Sin embargo, no se limitaron a recoger el conocimiento ajeno, sino que además lo hicieron evolucionar; ellos utilizaron el cero como un dígito más, colocándolo en todas las posiciones posibles entre los demás números, para poder expresar cualquier cantidad de la manera más simple posible, lo cual significó una importantísima evolución en las matemáticas.

Muhammad ibn Musa Al Jwärizmï, gran matemático de finales del siglo VIII, escribió una obra al respecto, titulada Kitab-al-Jabr, un tratado completo de álgebra que incluye ecuaciones e integrales entre otras operaciones; la mencionada palabra «álgebra» deriva de al-Jabr. Además de todo esto, Al Kwharizmi se sirvió de la regla de tres y formuló el método para extraer raíces cuadradas y cúbicas, por lo que  puede considerarse que su trabajo está a la altura de matemáticos posteriores tan importantes como Leibniz o Gauss. También conocemos gracias al cadí o gobernador de Jaén, Ibrahim Ibn Muda, el primer tratado de trigonometría esférica registrado en la historia de España, titulado Kitab Mayhulat kisi al-kura (Libro de las incógnitas del arco y de la esfera),  fue escrito hacia finales del siglo XI. Esta obra, de carácter práctico, consta de dos partes: la primera expone la teoría, mientras que la segunda pone a prueba los conocimientos del estudioso mediante problemas cuya solución se encuentra en los postulados teóricos de la primera parte.

La astronomía fue una de las ciencias en la que más despuntaron los sabios de Al-Andalus, porque en sus investigaciones avanzaron hasta un nivel comparable al que alcanzaron algunos de los astrónomos del Renacimiento. Uno de los más destacados fue Yahya-al-Gazal, embajador de profesión, al servicio del califa Abd-al-Rahmán II durante la segunda mitad del siglo IX, y astrónomo en su tiempo libre, que no debió ser mucho, pese a lo cual consiguió rescatar las tablas astronómicas del persa al-Juwarizmi, mucho más prácticas y exactas que las que habían usado hasta entonces. Este matemático y astrónomo había compilado la sabiduría astronómica de la India, pero escribió otras obras que fueron también conocidas en Al-Andalus. A él se debe el nacimiento de la ciencia del álgebra o «complementación».

Posteriormente surge en el panorama científico hispanoárabe uno de esos genios que hacen historia; se trata de Azarquiel, que vivió entre 1029 y 1100. Trabajó en primer lugar al servicio de Al-Mamún, emir de Toledo, desarrollando astrolabios de diseño plano, con los que se podían realizar cálculos más precisos, y gracias a eso pudo construir un planisferio celeste. Algún tiempo después construyó otro aparato, al que llamó «ecuatorio», en el que se mostraban los distintos planetas del sistema solar conocidos entonces, así como sus órbitas alrededor del Sol; en él quedaba reflejada la trayectoria elíptica de Mercurio, lo que ya indicaba que sus investigaciones iban en la dirección adecuada, como confirmarían las observaciones en los siglos venideros. Otro de sus inventos consistió en un reloj de clepsidra, o sea, que funcionaba con agua, y que indicaba tanto las horas del día como las de la noche, e incluso las fases de la Luna; todo ello con un margen de error muy pequeño.

También dejó a la posteridad -además de numerosas tablas astronómicas, en las que describía las órbitas del Sol, los planetas y la Luna, tomando como referencia el meridiano de Toledo-, el compendio de las observaciones que realizó a lo largo de 25 años de los movimientos del Sol respecto de las estrellas, obra a la que llamó Suma de los movimientos del Sol. La práctica totalidad de sus trabajos se recopilaron diligentemente, quedando recogidos en Los libros del Saber de Astronomía, publicados por orden del rey Alfonso X el Sabio. Pero con anterioridad a este hecho, Maslama Al-Mayriti, oriundo de Magerit (Madrid), que vivió a finales del siglo X, había adaptado las tablas astronómicas de Al-Jwarizmi al meridiano de Córdoba y a la Hégira, o año cero de la era musulmana (627 de la era cristiana). También tradujo El Planisferio de Ptolomeo, y escribió un tratado sobre la construcción de esferas armilares, también llamadas astrolabios, que se utilizaban para mediciones astronómicas. Abd-al-Rahmán Al-Sufí realizó un catálogo estelar, inspirándose en el Almagesto de Ptolomeo, cuya precisión ha posibilitado su uso incluso hoy en día.

Finalmente, podemos citar a Alpetragius, sobrenombre latino de un astrónomo de Córdoba, de nombre desconocido, que rompe una lanza a favor de un modelo de sistema solar heliocéntrico, es decir, que el Sol ocupa el centro del sistema, cuestión que, por otra parte, no será planteada por los astrónomos europeos hasta el Renacimiento.

Y si fueron maestros trabajando en el campo de la teoría, no se quedaron atrás en las aplicaciones prácticas, como demuestran sus obras de ingeniería aplicadas a la arquitectura y a la agricultura. Siendo Córdoba capital del Califato Independiente en el siglo IX -cuando las que en un futuro habrían de ser grandes capitales de Europa no eran más que pobres aldeas-, ya contaba esta gran metrópoli, la mayor de todo Occidente, con alumbrado público a base de antorchas en gran parte de sus calles y plazas. También contaban en algunas casas con un ingenioso sistema de aire acondicionado, consistente en hacer circular aire a través de unos conductos forrados con fieltro, el cual se humedecía gracias a un constante goteo de agua perfumada, y de esa manera refrigeraba toda la casa. Por otra parte, el monumento más conocido de Al-Andalus, la Alhambra de Granada, guarda un secreto muy práctico, y es que está orientada según los vientos dominantes de Sierra Nevada a lo largo de cada estación; lo que se pretendía era resguardarla del viento en invierno, para que se mantuviese caldeada, pero exponerla en verano para que se mantuviese fresca.

Pero fueron sus aplicaciones agrícolas las que más admiración nos causan hoy: importaron la noria desde el Oriente Medio, e implantaron en los campos del levante los ingeniosos sistemas de regadío que tanto éxito habían cosechado en Babilonia y que aún hoy en día siguen en uso, e incluso ha llegado hasta nosotros un Tratado de Agricultura, obra de Ben Wafid, que fue utilizada por Campomanes, ministro del ilustrado Carlos III, para explotar más eficazmente las fincas agrícolas. Sin embargo, y no contentos con eso, trajeron desde Oriente numerosos cultivos desconocidos hasta entonces, como el arroz, el azúcar, el limonero, las berenjenas, las alcachofas o las espinacas.

Pero es sin duda la medicina, por delante incluso de la astronomía, la rama de la ciencia en la que más trabajaron los hispanoárabes, y en la que más éxitos obtuvieron, porque como afirma un hadith, o sentencia coránica: «la medicina es la salvación del cuerpo», colocándola a la altura de una ciencia independiente, y siendo los médicos tan bien considerados y respetados como los sacerdotes, los jueces o los oficiales del ejército. La medicina era una ciencia al servicio de todos los ciudadanos y residentes, y no sólo de los acaudalados que se podían permitir un médico particular; los hospitales y los medicamentos eran gratuitos y siempre estaban atendidos por personal especializado, incluso para tratar las enfermedades mentales,  que en Europa se consideraron simplemente como posesiones demoníacas hasta bien entrado el siglo XIX, pudiéndose encontrar al menos uno en cada ciudad que pudiera considerarse como tal.

Como se ha mencionado, varias fueron las culturas que aportaron sus conocimientos a la medicina árabe. Así, estudiaron al griego Hipócrates, considerado el padre de la medicina, al romano Galeno y también a las obras dejadas a la posteridad por hebreos, egipcios, babilonios y persas. No dejaron de lado las soluciones de la medicina hindú y china, consideradas las más avanzadas de la época. Conocían los diferentes órganos del cuerpo humano, su función y su situación dentro de éste; también sabían de la circulación de la sangre, diferenciando entre la arterial y la venosa, así como el esquema básico del sistema nervioso. Sus conocimientos del sistema óseo les permitían tratar con éxito las fracturas más comunes. Tropezaron, sin embargo con un obstáculo importante: la ley coránica prohibía expresamente diseccionar cadáveres, pese a lo cual, sus conocimientos anatómicos eran muy avanzados para su tiempo.

Sus técnicas eran muy variadas y proporcionaban un abanico de soluciones muy completo: practicaban la cirugía, incluida la ocular, trataban las fracturas, luxaciones, lesiones de músculos, tendones y articulaciones, a base de masajes y fármacos; tomaron de los chinos el uso del opio como analgésico, y asimismo se sirvieron del alcohol como antiséptico. A principios del siglo XI, Abúl Qasim al-Zahrami, médico de Córdoba, publica una enciclopedia que reune todo el saber de la medicina de Al-Andalus en todas sus ramas, incluyendo la más desarrollada, la oftalmología; no es una simple recopilación de datos, sino que también contiene una parte de ética profesional que ha de ser observada rigurosamente por quienes ejercen la medicina.  Pero ésta es sólo una de las numerosas obras escritas entonces sobre medicina, pues también pueden citarse el Kitab al-Taysir o Libro que facilita el tratamiento, de Avenzoar o el Kulliyat fi´l-tibb, o Libro general de medicina, entre otros.

Al contrario que en la Europa cristiana, en Al-Andalus, al igual que en el resto del mundo islámico de la época, había un conocimiento amplio y bastante profundo para aquel entonces sobre la geografía del mundo conocido. En este sentido destacan los trabajos de Abú Obeid al-Bakrí, autor del Libro de los reinos y los caminos, y Abú Abbás Ahmed ben Umar, quien escribió El Jardín de las maravillas del Mundo y Los caminos del Orbe. Hoy sabemos que los navegantes hispanoárabes ya disponían de embarcaciones con vela latina para poder navegar contra el viento, conocían las corrientes submarinas del estrecho de Gibr al-Tarik (Gibraltar o Monte de Tarik) y los vientos dominantes en el Mediterráneo, el Índico y parte del Atlántico, así como la configuración de las costas desde Finisterre hasta la Mauritania por el Sur, y hasta el estrecho de Malaca (Malasia) por el Este. También supieron sacar partido de la «aguja de marear», es decir, la brújula, inventada por los chinos pero conocida por los marinos hispanoárabes desde el año 854.

Este era el panorama de la ciencia en Al-Andalus; y podemos afirmar que la ciencia hispanoárabe, en la que trabajaron no solamente musulmanes, sino también cristianos y judíos, no pasó por ninguna época de renacimiento, puesto que jamás fue eliminada de la vida cultural de la sociedad, como sí sucedió en la Europa cristiana, en la que toda ciencia desapareció o hubo de ocultarse, para ser suplantada por la más profunda y desoladora ignorancia, propiciada por el fanatismo y la intolerancia.

Sirva este artículo para dar a conocer, en sus rasgos más importantes, los hitos y la importancia de aquel afortunado período, y también como un humilde homenaje a la  grandeza de su aportación a la ciencia, que no es patrimonio de un pueblo ni de una época determinada, sino de toda la Humanidad en el pasado, en el presente y en el futuro.

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AL-ANDALUS, EL FARO QUE ALUMBRÓ LA EDAD MEDIA por Manuel Marques se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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