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Ramsés I – El Hijo de la Luz – Christian Jacq

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«Ramsés, el mayor de los vencedores, el rey sol, guardián de la Verdad.» En estos términos describe Jean-Francois Champollion -que abrió las puertas de Egipto cuando descifró los jeroglíficos-, al faraón Ramsés II, a quien profesaba un verdadero culto.

El nombre de Ramsés, es cierto, ha cruzado los siglos y ha vencido el tiempo; él solo encarna el poder y la grandeza del Egipto faraónico, padre espiritual de las civilizaciones occidentales. Durante sesenta y siete años, de 1279 a 1212 a. J.C., Ramsés, el «hijo de la luz», encumbrará la gloria de su país y hará brillar la sabiduría.

En tierras de Egipto, el viajero encuentra a Ramsés a cada paso. Dejó su impronta en una cantidad incalculable de monumentos, tanto en los construidos por sus maestros de obras como en los restaurados bajo su reinado. Todos piensan en los dos templos de Abu Simbel -donde reina para siempre la pareja formada por Ramsés divinizado y Nefertari, la gran esposa real-, en la inmensa sala de columnas del templo de Karnak y en el coloso sentado y sonriente del templo de Luxor.

Ramsés no es un héroe de novela, sino de muchas novelas, de una verdadera epopeya que nos conduce desde su iniciación en la función faraónica bajo la dirección de su padre, Seti, de talla tan impresionante como la del hijo, hasta los últimos días de un monarca que tuvo que superar múltiples pruebas. Es por ello que le he dedicado esta serie de novelas compuesta por cinco volúmenes, para que podamos evocar las extraordinarias dimensiones de un destino en el que participaron personajes tan inolvidables como Seti, su esposa Tuy, la sublime Nefertari, Iset la Bella, el poeta Homero, el encantador de serpientes Setaú, el hebreo Moisés y tantos otros que revivirán a lo largo de sus páginas.

La momia de Ramsés se ha conservado. De los rasgos del gran anciano se desprende una formidable impresión de poder. Muchos visitantes de la sala de momias del museo de El Cairo han tenido la impresión de que iba a salir de su sueño.

Lo que la muerte física le niega a Ramsés, la magia de la novela tiene el poder de dárselo. Gracias a la ficción y a la egiptología es posible compartir sus angustias y sus esperanzas, vivir sus fracasos y sus éxitos, encontrar a las mujeres que amó, padecer las traiciones sufridas y disfrutar de las amistades indestructibles, luchar contra las fuerzas del mal y buscar esa luz de donde todo salió y hacia la cual todo vuelve.

Ramsés el grande… Qué compañero de ruta para un novelista! Desde su primer combate contra un toro salvaje, hasta la sombra apacible de la acacia de Occidente, se juega el destino de un inmenso faraón ligado al de Egipto, el país amado por los dioses. Una tierra de agua y sol, donde las palabras rectitud, justicia y belleza tenían un sentido y se encarnaban en lo cotidiano. Una tierra en la que el más allá y lo terrenal estaban en contacto permanente, donde la vida podía renacer de la muerte, en que la presencia de lo invisible era palpable, donde el amor por la vida y lo imperecedero expandía el corazón de los seres y los tornaba jubilosos.

En verdad, el Egipto de Ramsés.

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El toro salvaje, inmóvil, miraba fijamente al joven Ramsés.

El animal era enorme; con las patas gruesas como columnas y largas orejas colgantes, una barba tiesa en la mandíbula inferior y el pelaje pardo y negro, acababa de sentir la presencia del muchacho.

Ramsés estaba fascinado con los cuernos del animal, unidos y abultados en la base antes de curvarse hacia atrás y dirigirse hacia arriba, formando una especie de casco terminado en puntas aceradas, capaces de desgarrar la carne de cualquier adversario.

El muchacho jamás había visto un toro tan grande.

El animal pertenecía a una raza temible, que los mejores cazadores dudaban en desafiar; apacible en medio del rebaño, compasivo con sus congéneres heridos o enfermos, atento al cuidado de los toros jóvenes, el macho se convertía en un guerrero aterrador cuando se turbaba su quietud. Furioso a la menor provocación, embestía a una velocidad sorprendente y no se calmaba hasta abatir a su adversario.

Ramsés retrocedió un paso.

La cola del toro salvaje fustigó el aire; lanzó una mirada feroz al intruso que había osado aventurarse en sus tierras, unos pastos cercanos a un marjal en el que crecían altas cañas. No lejos de allí, una vaca paría, rodeada por sus compañeras. En aquellas soledades del borde del Nilo, el gran macho reinaba en su manada y no toleraba ninguna presencia extraña.

El joven había confiado en que la vegetación lo ocultaría; pero los marrones ojos del toro, hundidos en las órbitas, no lo abandonaban. Ramsés comprendió que no tendría escapatoria.

Lívido, se volvió lentamente hacia su padre.

Seti, el faraón de Egipto, aquel al que llamaban «el toro victorioso>, se mantenía a unos diez pasos detrás de su hijo.

Su sola presencia -se decía- paralizaba a sus enemigos; su inteligencia, aguzada como el pico del halcón, iba en todas direcciones y no había nada que ignorase. Esbelto, con el rostro severo, la frente alta, la nariz arqueada, los pómulos salientes, Seti encarnaba la autoridad. Venerado y temido, el monarca había devuelto a Egipto la gloria de antaño.

A los catorce años, Ramsés, cuya estatura era ya la de un adulto, se encontraba con su padre por primera vez.

Hasta entonces había sido criado en el palacio por un ayo encargado de enseñarle a convertirse en un hombre de valor, que, como hijo de rey, pasaría días felices desempeñando una alta función. Pero Seti lo había arrancado de su clase de jeroglíficos para llevarlo a pleno campo, lejos de cualquier aldea.

Ni una palabra había sido pronunciada.

Cuando la vegetación se hizo demasiado densa, el rey y su hijo ya habían abandonado el carro tirado por dos caballos y se habían internado en las altas hierbas. Una vez franqueado el obstáculo, habían ido a parar al territorio del toro.

Entre el animal salvaje y el faraón, ¿cuál era el más pavoroso? Tanto de uno como de otro se desprendía un poder que el joven Ramsés se sentía incapaz de dominar. Afirmaban los narradores que el toro es un animal celeste, animado por el friego del otro mundo, y que el faraón confraternizaba con los dioses. A pesar de su estatura, su robustez y el rechazo del miedo, el adolescente se sentía atrapado entre dos fuerzas casi cómplices.

-Me ha descubierto -confesó con voz que quería ser resuelta.

-Tanto mejor.

Las dos primeras palabras pronunciadas por su padre resonaron como una condena.

-Es enorme, es…

-¿Y tú, quién eres tú?

La pregunta sorprendió a Ramsés. Con la pata delantera izquierda, el toro escarbaba furiosamente el suelo; garzas y garcetas remontaban el vuelo, como si abandonaran un campo de batalla.

-¿Eres un cobarde o el hijo de un rey?

La mirada de Seti traspasaba el alma.

-Me gusta luchar, pero…

-Un verdadero hombre llega al final de sus fuerzas. Un rey, más allá de ellas; si no eres capaz de ello, no
reinarás y no volveremos a vernos. Ninguna prueba debe hacerte flaquear.

Vete, si lo deseas; si no, captúralo.

Ramsés osó alzar los ojos y sostener la mirada de su padre.

-Me enviáis a la muerte.

-«Sé un toro poderoso de eterna juventud, de corazón firme y de cuernos acerados, que ningún enemigo pueda vencer>, me dijo mi padre; tú, Ramsés, saliste del vientre de tu madre como un auténtico toro, y debes convertirte en un sol radiante que lance sus rayos por el bien de tu pueblo. Te ocultabas en mi mano como una estrella. Hoy abro los dedos. Brilla o desaparece.

El toro emitió un mugido; el diálogo de los intrusos lo irritaba. A su alrededor, todos los ruidos del campo se extinguieron; del roedor al pájaro, cada uno percibía la inminencia del combate.

Ramsés dio la cara.

En la lucha con manos libres había vencido a adversarios más pesados y más fuertes que él, gracias a las llaves que le había enseñado su ayo. Pero, ¿qué estrategia adoptar ante un monstruo de aquel tamaño?

Seti entregó a su hijo una larga cuerda con un nudo corredizo.

-Su fuerza está en su cabeza; atrápalo por los cuernos y lo vencerás.

El joven recobró la esperanza; durante las luchas náuticas en el lago de recreo del palacio se había ejercitado en el manejo de las cuerdas.

-En cuanto el toro oiga el silbido del lazo -advirtió el faraón- se abalanzará sobre ti; no falles, pues no dispondrás de una segunda oportunidad.

Ramsés repitió el gesto con el pensamiento y se envalentonó en silencio. A pesar de su corta edad, medía más de un metro setenta y exhibía la musculatura de un atleta que practica varios deportes; ¡cómo le irritaba el rizo de la infancia, sujeto por una cinta a la altura de la oreja, adorno ritual confeccionado con sus magníficos cabellos rubios! En cuanto fuera titular de un puesto en la corte, sería autorizado a llevar otro peinado.

Pero, ¿el destino le daría el tiempo suficiente? Por cierto, en muchas ocasiones, y no sin fanfarronería, el fogoso joven había solicitado pruebas dignas de él. No sospechaba que el faraón en persona respondería a sus deseos de manera tan desmesurada.

Irritado por el olor del hombre, el toro no esperaría mucho tiempo. Ramsés apretó la cuerda. Cuando el animal se sintiera capturado, necesitaría desplegar la fuerza de un coloso para inmovilizarlo. Puesto que aún no la poseía, iría más allá de sí mismo, aunque le estallara el corazón.
No, no decepcionaría al faraón.

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Ramsés hizo voltear el lazo; el toro se abalanzó con los cuernos por delante.

Sorprendido por la velocidad del animal, el joven se aparto dando dos pasos hacia un lado, extendió el brazo derecho y lanzó el lazo, que onduló como una serpiente y golpeó el lomo del toro. Al terminar el movimiento, Ramsés resbaló en el húmedo suelo y cayó en el momento en que los cuernos se aprestaban a ensartarlo. Le rozaron el pecho sin que él cerrara los ojos.

Había querido ver la muerte de frente.

Irritado, el toro continuó su carrera hasta el cañizal y se volvió de un salto; Ramsés, que se había levantado, fijó su mirada en la del animal. Lo desafiaría hasta el último momento y probaría a Seti que el hijo de un rey sabía morir dignamente.

El impulso del monstruo fue atajado en seco; la cuerda que sostenía firmemente el faraón rodeaba sus cuernos. Loco de furia, sacudiendo la cabeza y exponiéndose a romperse la nuca, el animal intentó liberarse pero fue en vano; Seti utilizaba su enorme fuerza para volverla contra él.

-¡Agárrale el rabo! -ordenó a su hijo.

Ramsés corrió y cogió la cola casi desnuda, provista de un mechón de crin en el extremo, la cola que el faraón llevaba colgada a la cintura de su taparrabo, como dueño del poder del toro.

Vencido, el animal se calmó, contentándose con resoplar y gruñir. El rey lo soltó, tras indicar a Ramsés que se colocara detrás de él.

-Esta especie es indomable; un macho como éste arremete a través del fuego y el agua, e incluso sabe ocultarse detrás de un árbol para sorprender mejor a su enemigo.

El animal ladeó la cabeza y miró un instante a su adversario. Como si se supiera impotente frente al faraón, se alejó con paso tranquilo hacia su territorio.

-¡Vos sois más fuerte que él!

-Ya no somos adversarios porque hemos cerrado un pacto.

Seti sacó un puñal de un estuche de cuero y, con un gesto rápido y preciso, cortó el rizo de la infancia. -Padre mío…

-Tu infancia ha muerto; la vida empieza mañana, Ramsés.

-No he vencido al toro.

-Has vencido el miedo, el primero de los camino de la sabiduría.

-¿Y hay muchos otros?

-Sin duda más que granos de arena en el desierto.

La pregunta ardía en los labios del joven.

-¿Debo entender… que me habéis elegido como sucesor?

-¿Crees que basta con el coraje para gobernar a los hombres?

Sary, el ayo de Ramsés, recorría el palacio en todas direcciones en busca de su alumno. No era la primera vez que el joven desertaba de la clase de matemáticas para ocuparse de los caballos o para organizar un concurso de natación con su grupo de amigos, disipados y rebeldes.

Sary, barrigón y jovial, detestaba el ejercicio Físico y echaba pestes sin cesar contra su discípulo, pero se inquietaba a la menor travesura. Su matrimonio con una mujer mucho menor que él, la hermana mayor de Ramsés, le había servido para ocupar el envidiado puesto de ayo del príncipe.

Envidiado… ¡por aquellos que no conocían el carácter obstinado y difícil del hijo menor de Seti! Sin una paciencia innata y una tenacidad para abrir la mente de un chiquillo a menudo insolente y demasiado seguro de sí, Sary habría debido renunciar a su tarea. Conforme a la tradición, el faraón no se ocupaba de la educación de sus hijos menores; esperaba el momento en que el adulto aparecía bajo las formas del adolescente para conocerlo y probarlo, a fin de saber si sería digno de reinar. En el caso presente, la decisión se había tomado hacia mucho tiempo: sería Chenar, el hermano mayor de Ramsés, quien subiría al trono. Aún había que canalizar la fogosidad del pequeño para convertirlo, en el mejor de los casos, en un buen general o, en el peor, en un cortesano satisfecho.

Sary, con sus treinta años bien cumplidos, habría pasado gustoso el tiempo al borde del estanque de su villa, en compañía de su esposa de veinte. Pero ¿no se habría aburrido? Gracias a Ramsés, ningún día se parecía al anterior. El ansia de vivir de aquel muchacho era inagotable; su imaginación, sin limites; había aburrido a varios ayos antes de aceptar a Sary.

A pesar de sus frecuentes rencillas, este último lograba sus fines: abrir la mente del joven a todas las ciencias que debía conocer y practicar un escriba. Sin que lo confesara, aguzar la desatada inteligencia de Ramsés con intuiciones a veces excepcionales era un verdadero placer.

Desde hacia algún tiempo, el joven cambiaba. Él, que no soportaba un minuto de inactividad, se demoraba en las Máximas del viejo sabio Ptah-hotep; Sary incluso lo había sorprendido soñando mientras miraba el vuelo de las golondrinas a la luz de la mañana. La madurez intentaba realizar su obra; en muchos seres, fracasaba. El ayo se preguntaba de qué madera estaría hecho Ramsés si el fuego de la juventud se transformara en otro fuego, menos indisciplinado pero igualmente vigoroso.

¿Cómo no sentirse inquieto ante tantos dones? En la corte, como en cualquier capa de la sociedad, los mediocres, cuya perpetuación estaba asegurada, le cobraban antipatía, incluso odio, aquellos cuya personalidad hacía aún más deslucida su insignificancia. Aunque la sucesión de Seti no suscitó perplejidad y Ramsés no tuvo que preocuparse en absoluto de las inevitables intrigas fomentadas por los hombres de poder, sus días futuros quizá serían menos risueños de lo previsto. Algunos, empezando por su propio hermano, ya pensaban en apartarlo de las funciones mayores del Estado. ¿En qué se convertiría, relegado en una lejana provincia? ¿Se acostumbraría a una existencia campesina y al simple ritmo de las estaciones?

Sary no había osado desvelar sus tormentos a la hermana de su discípulo, cuya charlatanería temía. En cuanto a abrirse a Seti, era imposible; verdugo del trabajo, el faraón estaba demasiado ocupado en gestionar el país, cada día más floreciente, para prestar atención a los estados de ánimo de un educador.

Era bueno que el padre y el hijo no tuvieran ningún contacto; frente a un ser tan poderoso como Seti, Ramsés no habría tenido otra elección que la rebelión o la aniquilación. En realidad, la tradición tenía cosas positivas; los padres no eran los mejor situados para criar a sus hijos.

La actitud de Tuy, gran esposa real y madre de Ramsés, era muy diferente; Sary era uno de los pocos en constatar su marcada preferencia por su hijo menor. Cultivada, refinada, conocía las cualidades y los defectos de cada cortesano; reinando como auténtica soberana en la casa real, velaba sobre el estricto respeto de la etiqueta y gozaba tanto de la estima de los nobles como de la del pueblo. Pero Sary tenía miedo de Tuy; si la importunaba con temores ridículos, se desacreditaría. La reina no apreciaba a los charlatanes; una acusación infundada le parecía tan grave como una mentira. Más valía callar antes que pasar por un profeta de mal augurio.

A pesar de la repugnancia que le producía, Sary se dirigió a las cuadras; temía a los caballos y a sus coces, detestaba la compañía de los palafreneros y más aún la de los jinetes, apasionados por hazañas inútiles. Indiferente a las burlas que saludaron su paso, el ayo buscaba a su discípulo; nadie lo había visto desde hacía dos días, y todos se asombraban de esta ausencia.

Durante horas, olvidándose incluso de almorzar, Sary intentó encontrar a Ramsés. Cuando cayó la noche, agotado, cubierto de polvo, se resignó a volver a palacio. Pronto debería dar cuenta de la desaparición de su discípulo y probar que era por completo ajeno a ese drama. ¿Y cómo afrontar a la hermana del príncipe?

Taciturno, el ayo omitió saludar a sus colegas que salían de la sala de clases; tan pronto amaneciera el día siguiente, interrogaría, sin gran esperanza, a los mejores amigos de Ramsés.

Si no lograba algún indicio, habría que admitir la horrible realidad.

¿Qué falta había cometido Sary contra los dioses para ser torturado así por un genio maligno? Que se rompiera su carrera tenía que ver con la injusticia más manifiesta; se le expulsaría de la corte, su esposa lo repudiaría, ¡sería reducido a la condición de lavandero! Horrorizado ante la idea de sufrir tal descrédito, Sary se sentó a la manera de los escribas en su lugar habitual.

Habitualmente, frente a él, Ramsés estaba ora atento, ora pensativo, pero siempre capaz de ofrecerle una réplica inesperada. A los ocho años había logrado trazar los jeroglíficos con mano firme y calcular el ángulo de la pendiente de una pirámide… porque el ejercicio le había gustado.

El ayo cerró los ojos para conservar en la memoria los mejores momentos de su ascenso social.

-¿Estás enfermo, Sary?

Aquella voz… ¡Aquella voz, ya grave y autoritaria!

-¿Eres tú, de verdad eres tú?

-Si duermes, continúa; si no, mira.

Sary abrió los ojos.

Era Ramsés, también cubierto de polvo, pero con los ojos brillantes.

-Ambos necesitamos lavarnos, ¿dónde te habías metido, ayo?

-En lugares insalubres, como las cuadras.

-¿Me estabas buscando?

Estupefacto, Sary se levantó y giró alrededor de Ramsés.

-¿Qué has hecho con tu rizo de infancia?

-Mi propio padre me lo ha cortado.

-¡Imposible! El ritual exige que…

-¿Pones en duda mi palabra?

-Perdóname.

-Siéntate, ayo, y escucha.

Sary, impresionado por el tono del príncipe, que ya no era un niño, obedeció.

-Mi padre me ha hecho pasar la prueba del toro salvaje.

-Eso… ¡eso no es posible!

-No he salido vencedor pero he hecho frente al monstruo, y creo… ¡que mi padre me ha elegido como futuro regente!

-No, mi príncipe; el designado es tu hermano mayor.

-¿Ha pasado él la prueba del toro?

-Seti sólo quería enfrentarte al peligro que tanto te gusta.

-¿Habría malgastado su tiempo por tan poco? Me ha llamado hacia él, ¡estoy seguro!

-No te exaltes, renuncia a esa locura.

-¿Locura?

-Muchas personalidades influyentes de aprecian demasiado.

-¿Qué me reprochan?

-El que seas tú mismo.

-¿Quieren que sea uno del montón?

-La razón lo exige.

-La razón no tiene la fuerza de un toro.

-Los juegos del poder son más crueles de lo que te imaginas; la valentía no basta para salir vencedor de ellos.

-Pues bien, tú me ayudarás.

-¿Qué?

-Conoces bien las costumbres de la corte; identifica a mis amigos y a mis enemigos, y aconséjame luego.

-No me pidas tanto… Sólo soy tu ayo.

-¿Olvidas acaso que mi infancia ha muerto? O te conviertes en mi preceptor o nos separamos.

-Me obligas a tomar riesgos innecesarios y tú no tienes talla para el poder supremo; tu hermano mayor se prepara para ello desde hace mucho tiempo. Si lo provocas, te destruirá.

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Sobre el hermetismo – (Alquimia y esoterismo en el Islam) – Hermanubis

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Los Rosacruces fueron propiamente seres que alcanzaron la terminación efectiva de los “pequeños misterios”, la iniciación rosacruciana, inspirada por ellos, era una forma particular que se relaciona con el hermetismo cristiano;por tanto,de una manera general el hermetismo pertenece al ámbito de lo que es designado como la “iniciación real”. Sin embargo, también sería bueno aportar algunas precisiones sobre este tema, porque, aún allí, se han introducido algunas confusiones, y la palabra “hermetismo” en sí misma es empleada por muchos de nuestros contemporáneos en una forma muy vaga e incierta; con ello no sólo queremos hablar de los ocultistas, para los cuales la cosa es demasiado evidente, sino de otros que, al mismo tiempo que estudian la cuestión con seriedad, pareciera como -tal vez a causa de ciertas ideas preconcebidas- que no se han dado cuenta exactamente de lo que en realidad se trata.

En principio es necesario destacar que esa palabra “hermetismo” indica que se trata de una tradición de origen egipcio, revestida después con una forma helenizada,sin duda en la época alejandrina,y transmitida bajo esta forma,en la Edad Media,al mundo islámico y al cristiano a la vez,y,agregaremos, al segundo en gran parte por intermedio del primero, como lo prueban los numerosos términos árabes o arabizados adoptados por los hermetistas europeos, comenzando por la misma palabra “alquimia” (al-kimyâ). Sería entonces totalmente abusivo extender esta designación a otras forma tradicionales, tanto como por ejemplo lo sería llamar “Kábala” a otra cosa que al esoterismo hebraico; por supuesto, eso no quiere decir que no existan equivalentes, por el contrario esta ciencia tradicional que es la alquimia tiene su exacta correspondencia en doctrinas como las de la India, el Tibet y China, aunque con modos de expresión y métodos de realización naturalmente bastante diferentes; pero desde que se pronuncia el nombre de “hermetismo”, con ello se especifica una forma claramente determinada, cuya procedencia no puede ser otra que greco-egipcia.

En efecto, por ello mismo la doctrina así designada es relacionada con Hermes, en tanto que éste era considerado por los griegos como idéntico al Thot egipcio; por otra parte ésto presenta a esta doctrina como esencialmente derivada de una enseñanza sacerdotal, porque Thot, en su función de conservador y transmisor de la tradición, no es otra cosa que la representación misma del antiguo sacerdocio egipcio, ó dicho más claramente, del principio de inspiración “suprahumana” de la cual este tenía toda su autoridad y en nombre de la cual formulaba y comunicaba el conocimiento iniciático.

No se podría ver allí la menor contradicción con el hecho de que esta doctrina pertenezca propiamente al dominio de la iniciación real, porque debe ser dado por supuesto que, en toda tradición regular y completa, es el sacerdocio quien, en virtud de su función esencial de enseñanza, confiere igualmente las dos iniciaciones, directa o indirectamente, y quien así asegura la efectiva legitimidad de la iniciación real en sí misma, relacionándola a su principio superior, de la misma forma que el poder temporal no puede extraer su legitimidad más que de una consagración recibida de la autoridad espiritual.

Dicho esto, el principal problema que se plantea es éste: ¿ésto que se ha mantenido con el nombre de “hermetismo” puede ser visto como constituyendo una doctrina tradicional completa en sí misma? La respuesta sólo puede ser negativa, porque allí no se trata estrictamente más que de un conocimiento no metafísico, sino sólo cosmológico, por otra parte entendiendo esta palabra en su doble aplicación “macrocósmica” y “microcósmica”, porque surge por sí mismo que, en toda concepción tradicional, hay siempre una estrecha correspondencia entre esos dos puntos de vista, no es entonces admisible que el hermetismo, en el sentido que ha tomado esa palabra desde la época alejandrina y mantenido desde entonces, represente, aunque fuese a titulo de “readaptación”, la totalidad de la tradición egipcia, tanto más cuanto que ello sería claramente contradictorio con el rol esencial jugado en ésta por el sacerdocio del que hemos hablado; bien que, a decir verdad, el punto de vista cosmológico parece haber sido allí particularmente desarrollado, al menos en la medida en la que es posible actualmente saber algo de ello y por lo tanto sea poco preciso, y que en todo caso sea eso lo que hay de más aparente en todos los vestigios que de ello subsisten, se trate de textos o monumentos, no hay que olvidar que no puede ser jamás más que un punto de vista secundario y contingente, una aplicación de la doctrina principal al conocimiento de lo que podemos llamar el “mundo intermedio”, es decir del dominio de manifestacion sútil donde se sitúan las prolongaciones extracorporales de la individualidad humana, o las posibilidades cuyo desarrollo conciernen propiamente a los “pequeños misterios”.

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Podría ser interesante, pero sin duda bastante difícil, investigar cómo esta parte de la tradición egipcia, pudo de alguna manera aislarse y conservarse en una forma aparentemente independiente, luego incorporarse al esoterismo islámico y al esoterismo cristiano de la Edad Media (lo que por otra parte no podría haber hecho una doctrina completa), al punto de devenir verdaderamente parte integrante de una y otra, y proporcionarles todo un simbolismo que, por una conveniente transposición, ha podido hasta servir a veces de vehículo a verdades de un orden más elevado.

No queremos entrar aquí en esas consideraciones históricas demasiado complejas; sea lo que fuere de este problema particular, recordaremos que las ciencias de orden cosmológico son efectivamente aquellas que, en las civilizaciones tradicionales, han sido sobre todo patrimonio de los Kshatriyas o de sus equivalentes, mientras que la metafísica pura era propiamente, como ya hemos dicho, la de los brahamanes, a veces se han podido constituir corrientes tradicionales incompletas, reducidas a esas únicas ciencias separadas de su principio trascendente, y hasta, tal como lo indicamos antes, desviadas en el sentido “naturalista”, por negación de la metafísica y desconocimiento del carácter subordinado de la ciencia “física”, tanto como del origen esencialmente sacerdotal de toda enseñanza iniciática, y más particularmente la destinada al uso de los Kshatriyas.

Eso no quiere decir que el hermetismo constituya en sí mismo una desviación tal o que implique algo de ilegítimo, lo que evidentemente habría hecho imposible su incorporación a formas tradicionales ortodoxas; pero es necesario reconocer que bien puede prestarse a ello por su misma naturaleza y a poco que se presenten las circunstancias favorables a esta desviación; por lo demás ese es el peligro de todas las ciencias tradicionales cuando son cultivadas por sí mismas, perdiendo de vista su relación con el orden principal. La alquimia, que se podría definir como siendo la “técnica” del hermetismo, es “un arte real”, si por ello se entiende un modo de iniciación especialmente apropiado a la naturaleza de los Kshatriyas; pero eso marca precisamente su lugar en el conjunto de una tradición regularmente constituida, y, además es necesario no confundir los medios de una realización iniciática, sea los que sean, con su objetivo, el que en definitiva es siempre el puro conocimiento.

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Por otro lado, es necesario desconfiar de una cierta asimilación que a veces tiende a establecerse entre hermetismo y “magia”; incluso si se lo toma en un sentido diferente del que se le da de ordinario, es de temer que esto que no es sino un abuso del lenguaje, provoque confusiones irritantes. En sí misma, la magia no es más que una de las más inferiores entre todas las aplicaciones del conocimiento tradicional, y no vemos que pueda haber la menor ventaja en evocar la idea de ello cuando en realidad se trata de cosas que, aún siendo contingentes, son sin embargo de un nivel notablemente más elevado.

Además, puede que haya allí otra cosa que una simple cuestión de terminología mal aplicada: en nuestra época, esa palabra “magia” ejerce sobre algunos una extraña fascinación, y, como ya hemos señalado, la importancia acordada a tal punto de vista, sería hasta intencionado, esto está también ligado a la alteración de las ciencias tradicionales separadas de su principio metafísico; ese es sin duda el principal escollo con el cual corre el riesgo de chocar toda tentativa de reconstitución o restauración de tales ciencias, si no se comienza por lo que es verdaderamente el comienzo en todas sus referencias, es decir por el principio mismo, que al mismo tiempo es también el fin en vista de lo que todo el resto debe ser normalmente ordenado.

Otro punto sobre el cual hay que insistir, es la naturaleza puramente “interior” de la verdadera alquimia, que es propiamente de orden psiquico cuando se la toma en su aplicación más inmediata, y de orden espiritual cuando se la transpone en su valor superior; allí está en realidad, lo que le da todo su valor desde el punto de vista iniciático. Esta alquimia no tiene entonces absolutamente nada que ver con las operaciones materiales de una “química” cualquiera, en el sentido actual de esa palabra; casi todos los modernos se han descuidado extrañamente en lo anterior, tanto aquellos que han querido erigirse en defensores de la alquimia como los que, por el contrario, se hicieron sus detractores; y este descuido es aún menos excusable en los primeros que en los segundos, quienes, al menos, jamás han pretendido la posesión de un conocimiento tradicional cualquiera.

No obstante es bien fácil ver en ocasiones a los antiguos hermetistas hablar de los “sopladores” y “quemadores de carbón”, en los cuales es necesario reconocer a los verdaderos precursores de los químicos actuales, por tan poco halagüeño que sea para estos últimos; y, hasta en el siglo XVIII, no falta un alquimista como Pernety que subraye en toda ocasión la diferencia entre la “filosofia hermética” y la “quimica vulgar”.

Así, como muchas veces lo hemos dicho mostrando el carácter de “residuo” que tienen las ciencias profanas en relación a las ciencias tradicionales, lo que ha dado nacimiento a la química moderna, no es para nada la alquimia, con la cual no tiene ninguna relación real la “hiperquímica” imaginada por algunos ocultistas contemporáneos; en eso sólo hay una deformación o una desviación, surgida de la incomprensión de aquellos que, profanos desprovistos de toda calificación iniciática e incapaces de penetrar en cualquier medida el verdadero sentido de los simbolos, tomaron todo al pie de la letra, siguiendo la acepción más exterior y el más vulgar de los términos empleados, y, a continuación creyendo que en todo ello no se trataba más que de operaciones materiales, se lanzaron a una experimentación más o menos desordenada, y en todo caso bastante poco digna de interés desde más de un punto de vista.

Igualmente en el mundo árabe, la alquimia material siempre ha sido muy poco considerada, a veces hasta asimilada a una especie de brujería, mientras que, por el contrario, se tenía en mucho honor a la alquimia “interior” y espiritual, a menudo designada con el nombre de kimyâ es-saâdah ó “alquimia de la felicidad”.

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Por otra parte, eso no quiere decir que sea necesario negar la posibilidad de las transmutaciones metálicas, que ante los del vulgo representan la alquimia; pero es necesario reducirlas a justa importancia, que en suma no es más grande que la de las experiencias “científicas” cualesquiera, y no confundir cosas que son de un orden totalmente diferente; hasta a priori no se ve porque no podría ocurrir que tales transmutaciones sean realizadas por procedimientos que simplemente surgen de la química profana (en el fondo, la “hiperquímica” a la que siempre hacemos alusión no es otra cosa que una tentativa de ese tipo).

Sin embargo hay otro aspecto del problema: el ser que ha llegado a la realización de ciertos estados interiores puede, en virtud de la relación análoga del “microcosmo” con el “macrocosmo”, producir exteriormente los correspondientes efectos; es entonces perfectamente admisible que quien ha alcanzado un cierto grado en la práctica de la alquimia “interior” sea capaz por ello mismo de cumplir transmutaciones metálicas u otras cosas del mismo orden, pero ello a título de consecuencia totalmente accidental, y sin recurrir a ninguno de los procedimientos de la pseudialquimia material, sino únicamente por una especie de proyección hacia afuera de las energías que contiene en sí mismo.

Por otra parte hay, también aquí, una distinción esencial a hacer: puede que en ello sólo se trate de una acción de orden psíquico, es decir de la puesta en acción de influencias sutiles pertenecientes al dominio de la individualidad humana, y podría decirse que eso es alquimia material, si se quiere, pero operando por medios totalmente diferentes de los de la pseudoalquimia, que exclusivamente se relacionan con la zona corporal; o bien, para un ser que haya alcanzado un grado de realización más elevado, puede tratarse de una acción exterior de verdaderas influencias espirituales, como la que se produce en los “milagros” de las religiones, y sobre lo que anteriormente hemos dicho algunas palabras.

Entre esos dos casos, hay una diferencia comparable a la que separa la “teúrgia” de la magia (bien entendido que, volvemos a insistir, no sea de la magia de lo que tratamos aquí, de modo que sólo indicamos esto a título de comparación), ya que esta diferencia es, en suma, la misma que puede hacerse entre el orden espiritual y el orden psíquico; si los efectos aparentes son a veces los mismos en uno y otro caso, las causas que los producen no dejan de ser por ello menos profundamente y totalmente diferentes.

Por otra parte agregaremos que quienes realmente poseen tales poderes se abstienen cuidadosamente de exhibirlos para asombrar a la multitud, y hasta generalmente no hacen ningún uso de ello, al menos fuera de ciertas circunstancias particulares donde su ejercicio se encuentra legitimado por otras consideraciones.

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Sea lo que fuere, lo que es necesario no perder nunca de vista, y lo que está en la misma base de toda enseñanza verdaderamente iniciática, es que toda realización digna de ese nombre es de orden esencialmente interior, aun si ella es susceptible de tener en el exterior cualquier género de repercusiones. De ello el hombre sólo puede encontrar los principios en sí mismo, y lo puede porque lleva en él la correspondencia de todo lo que existe, porque es necesario no olvidar que, siguiendo una fórmula del esoterismo islámico, “el hombre es el símbolo de la Existencia Universal”, y si alcanza a penetrar justo hasta el centro de su propio ser, allí mismo alcanza el conocimiento total, con todo lo que implica por añadidura: “aquel que se conoce a sí mismo conoce al Señor”, y conoce entonces todas las cosas en la suprema unidad del Principio mismo, en el cual está “eminentemente” contenida toda realidad.

Fuente:Temple Tarragona

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Al-Ándalus Al-Yadid – (El nuevo Al-Ándalus) – ¿Desapareció realmente Al-Ándalus o somos aún moriscos?


Últimamente he leído varios libros de distintos autores y fechas que coincidían en resaltar cómo pese a la Guerra de la Alpujarras y el decreto de expulsión de 1609 los andaluces musulmanes se las arreglaron para seguir viviendo en su tierra contribuyendo a la realidad andaluza de hoy. ¿ Fuimos conquistados por los castellanos o convertimos a los castellanos en andaluces ? ¿ Somos musulmanes de espíritu ? ¿ Está al-Andalus aún vivo o pereció en 1492 ?.

En los últimos años la búsqueda de la identidad andaluza ha llevado a numerosos nacionalistas andaluces a adoptar el Islam como religión, ancestralmente otros muchos andaluces cristianos, especialmente en el campo, creen en la Divina Providencia, que recuerda claramente a Allah, (que no es Dios sino lo más parecido a esa Divina Providencia que podemos encontrar en el cristianismo), además florecen las iniciativas culturales andalusíes (el nacionalismo andaluz también empezó con juegos florales a principios de siglo), se editan libros de éxito como el Manuscrito Carmesí de Antonio Gala sobre la vida de Boadbil, se crea en Córdoba la primera universidad islámica en Andalucía de la era moderna, Universidad Internacional Averroes de al-Andalus, los musulmanes “conversos” de toda España eligen el Albaicín granadino como residencia, se suceden los actos de ayuda al pueblo saharui, en Internet florecen las web andaluzas que derrochan tolerancia, libertad y amor por su tierra con un marcado acento andalusí o musulmán andaluz, llegando incluso a plantear el árabe como lengua co-oficial de Andalucía dentro de un amplio debate sobre la lengua andaluza.


¿Es esto casual o es fruto de una auténtica mezcla, fusión, confusión, del pueblo andaluz entre castellanos que huían de la presión feudal y buscaban su tierra prometida, y andaluces musulmanes que se las arreglaron para sobrevivir como conversos fieles a su espíritu.?

La Conquista de Granada en 1492 supone la derrota oficial de los musulmanes andaluces y su conversión paulatina unas veces, inmediata otras, al cristianismo y a los modos de vida impuestos por los conquistadores castellanos.

Es conocido, (aunque menos que el caso sefardí), que los andaluces expulsados en las distintas etapas del empuje castellano-español aún hoy día se vanaglorian de ser andalusíes viviendo en Tetuán, Salé, Fez, Xauen, Orán ó Túnez. La música andalusí sigue siendo en el Magreb la música clásica y culta como pueda ser para nosotros la música de Turina ó Falla, pero poco se ha difundido sobre la existencia de andaluces moriscos o musulmanes en espíritu, en muchos casos sin saberlo ellos mismos, en nuestra Andalucía.

Las sucesivas revueltas culminadas en la Guerra de las Alpujarras de 1568-1571 y el decreto de expulsión de todos los moriscos en 1609 confirman oficialmente la desaparición de los descendientes de Al-Andalus en la península ibérica, sin embargo, distintas fuentes, relatos y situaciones confirman que supieron sobrevivir en Andalucía entre los dogmas que la pureza de sangre y el ser castellano viejo les rodeaban. Estos son algunos apuntes en este sentido:

En primer lugar habría que remitirse a la conquista del Valle del Guadalquivir a mediados del siglo XIII, pues muchos musulmanes son autorizados a quedarse en sus pueblos, viviendo en barrios musulmanes o aljamas, diecinueve sólo en la campiña cordobesa, estos mudéjares (musulmanes que vivían en zona cristiana) serán imprescindibles en la vida económica de los reinos de Córdoba y Sevilla hasta que con la caída de Granada y la presión posterior sobre ellos, muchos musulmanes deciden “voluntariamente” convertirse al cristianismo pues sino serían expulsados del país, la sublevaciones musulmanas en 1499 en el Albaicín, en 1500 en las Alpujarras y en 1501 en la Serranía de Ronda provocan la conversión forzosa.

De este modo los mudéjares serán ahora castellanos nuevos o moriscos, que sólo en apariencia adoptan el cristianismo ya que conservan su forma de vivir, vestidos e idioma.

Al finalizar la Guerra de las Alpujarras en 1571 la represión es ya durísima, los moriscos granadinos tanto si eran de comunidades sublevadas como si permanecieron sumisos, son deportados a los reinos de Sevilla, Córdoba, Extremadura y Murcia, y sus tierras repobladas con andaluces de estos reinos y con manchegos. Entre estos nuevos repobladores había también cristianos nuevos que a pesar de ser ya cristianos de segunda o hasta cuarta y quinta generación eran vigilados por los cristianos viejos y prefieren salir de sus pueblos para iniciar una nueva vida en los campos y montañas granadinas, malagueñas y almerienses.

Por estas y otras razones la expulsión de 1609 y sucesivos años afectará más en número a los moriscos de los reinos de Valencia, Murcia y Aragón que a los andaluces, de hecho y según Lapeyre salen de Valencia 118.000 moriscos, 61.000 de Aragón, 45.000 de Castilla y Extremadura, 16.000 de Murcia y “sólo” 32.000 de toda Andalucía.

De este modo oficialmente ya no existen moriscos en España, sin embargo, numerosos relatos y realidades atestiguan lo contrario.

El antropólogo Díaz del Moral encontró en sus mediciones y estudios sobre cráneos de andaluces de los siglos IX y X y actual, parecidos muy significativos.

Blas Infante acudió al parecido sociológico con los africanos y árabes escribiendo:

“…los jornaleros… los campesinos sin campos, que son los moriscos de hoy… los andaluces auténticos privados de su tierra por el feudalismo conquistador. No queremos… no podemos ser sólo Europa, a pesar del bárbaro coloniaje; somos, Andalucía… Jamás hemos dejado de ser andaluces; euro-africanos, euro-orientales, hombres universalistas …”

José Acosta Sánchez interpreta que a medida que se conquista Andalucía y la represión de la Inquisición aumenta, la diversidad social del pueblo se va simplificando y reduciendo quedando los moriscos como jornaleros, “que volcarían sus ansias reivindicativas seculares en el movimiento anarquista.”

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También son numerosos los trabajos que hablan sobre el componente morisco de la raza gitana ya que muchos musulmanes se refugiaron en la ilegalidad de esta comunidad para escapar de la ley cristiana. Blas Infante aseguraba que la etimología de la palabra “flamenco” viene de las palabras árabes “fellah” y “mengu” que significan “campesino sin tierra”, e incluso que el cante jondo es cante morisco fundido con el gitano.

El escritor sirio Nizar Qabbani visitó Andalucía en 1955 y parecía querer dar la razón a Infante con estos versos:

Flamenco…
Flamenco…
La taberna en penumbra se despierta
al brotar la voz triste
como un chorro de oro,
al repiquetear las castañuelas.
Yo, con pena, sentado en un rincón,
voy juntando mis lágrimas.
Voy juntando reliquias de los árabes.

En cuanto a narraciones directas a lo largo de la historia, el historiador Fernández González descubrió un documento que afirmaba:

“un informe elevado al rey por la ciudad de Sevilla acerca de los moros que había en ella, por los años de 1624 y 1625 (…) a consecuencia de haberse reconocido por los daños grandes que resultaban de tan gran cantidad de moros de berbería libres, y cautivos mezclados con los moriscos del reino de Granada (…) y ninguno de dichos moros y moras cautivos no viven en casa de sus amos y andan en tal libertad que procuran que no se conviertan a nuestra Santa Fe Católica los otros esclavos que están en casa de sus amos. Y las villas de Utrera, Villamartín y otras han venido a presentar a esta ciudad los grandes daños que padecen con la habitación de moros en aquellos lugares. “

Es decir que quince años después de la supuesta total expulsión de moriscos de Andalucía quedan aún comunidades moriscas e incluso mudéjares.

Otra narración también esclarecedora supone la del embajador del sultán de Marruecos Muley Ismail en 1690.

“Caminando para Utrera desde Jerez, cuenta que pasó una noche en Lebrija, donde algunos moradores le dieron a entender por señas y sigilosamente que descendían de los árabes, aunque sólo podrían decirlo en secreto… En Utrera, habló con dos jóvenes… ambas del linaje de Boadbil el Chico… Después de pasar por Córdoba, en donde vinieron a saludarle los cautivos marroquíes, llegó a Andújar en donde le maravilló sobremanera encontrar que sus moradores eran casi todos descendientes de aquellos abencerrajes que se pasaron a los cristianos, cuando algunas de sus familias fueron muertas en Granada. Añade que, con ser muchos en este distrito sólo algunos confiesan su abolengo… otros guardan cierta disimulación haciéndose pasar por oriundos de las montañas de Navarra … “

En el siglo XVIII Felipe V dicta una pragmática para expulsar a los moros “cortados”, es decir musulmanes cautivos que lograron su libertad asalariándose para pagar su propio rescate.

En 1766 otro embajador marroquí al-Gazzal, escribió durante su paso por Loja y Elche sobre los descendientes de los moriscos:

“Muchos de sus apellidos están presentes entre nosostros. Había quién señalaba su inclinación hacia el Islam de forma oculta y quien lo pregonaba abiertamente… (Y hacían todo esto en secreto) puesto que si alguno lo proclamaba en público y no se arrepentía estaba condenado a morir.”

Las guerras con Marruecos en 1774 y 1792, la de 1859 y sobre todo las de principios de este siglo con la desgraciadas campañas del Rif, resucitan los odios contra “los moros” y hacen que desaparezcan casi todos los autoreconocimientos de las señas de identidad de los andaluces como musulmanes o moriscos.

Aún así distintos viajeros musulmanes apreciarían la similitud andaluza-árabe como el tunecino Alí al-Wardani durante una visita diplomática otomana en 1887 escribiendo:

“El vestido de las mujeres campesinas es como las de Túnez, me informó el cónsul del Imperio en Valencia que los hombres que trabajan en sus huertas no visten pantalones largos, sino sólo hasta la rodilla, como el vestido de los hombres de Túnez. También me informó que las gentes del sur de España, como Granada, Valencia y otras ciudades, si están comiendo y llega un huésped, le ofrecen la comida, al igual que las costumbres de los árabes, y a diferencia de los habitantes del norte de España… “


El ensayista e hispanista egipcio Husayn Munis en su Rihlat al-Andalus publicado en 1963 escribía:

“En Yayyan -que se llama ahora Jaén-, no lejos de Córdoba, me pareció que, si abría el listín telefónico, iba a encontrar el nombre y la dirección de Uamal al-Din bin Malik, al autor de la Alfiyya, (gramático jienense del siglo XIII muy estudiado en el mundo árabe.) y que podría conversar con él.”

Y este otro comentario sobre Loja, pueblo natal del polígrafo Lisan al-Din bin al-Játib.:

“Cierta mañana me paré delante de una casa de estilo árabe que tenía una fuente en el centro, de la que manaba el agua amable y musical. Y me pareció que Lisan al-Din estaba allí, con la espalda apoyada en el otro lado de la fuente, ocupado en la composición de un nuevo libro.”

Y por último este otro, también de Munis:

“No olvido una escena en el camino de Guadix a Granada, camino campesino que se parece a los nuestros rurales. Era el atardecer y yo volvía, cansado, de Iznalloz. Me senté a descansar en la carretera. Desde lejos se acercaba un campesino con su asno; en todo, un campesino egipcio. Llevaba una vestimenta que parecía una chilaba, y sólo quien se llame Bestuisi o Awaden puede llevar ese rostro moreno y arrugado. Hasta se envolvía la cabeza con algo parecido a un turbante. (…) Llegó el hombre ante mí, me miró y me hizo un gesto. Yo me levanté. Me hizo un sitio detrás y me llevó a su grupa. No dije una palabra, ni él tampoco, mientras el burro nos llevaba. Sentía que aquel hombre era mi pariente, mi pariente desde hacía mucho tiempo. Cuando llegamos al lugar que yo quería, me apeó, y siguiendo su marcha desapareció por una curva del camino. ¿De dónde llegó? ¿Adónde fue? No lo sé. Nos juntó el camino. El largo camino de Al-Andalus.

La experiencia de los años 30 editando revistas bilingües en español y árabe y la proliferación de estudios arabistas e incluso de la lengua árabe como también propugnó Lasso de la Vega, conocen desde los años 80 una nueva revitalización:

El estudio del árabe con numerosísimos alumnos en las escuelas de idiomas y universidades, la creación de la universidad islámica en Córdoba, las nuevas mezquitas construídas a golpe de petrodólar, y la influencia andalusí en partidos políticos auguran un siglo XXI cargado de explosión cultural en Andalucía, punto de encuentro entre Europa, Africa y América. Esperemos que seamos nosotros los andaluces los que decidamos hasta donde queremos llegar en el resurgir de Al-Andalus.


Por último y a título de ejemplo estos son algunos apellidos andaluces de origen morisco:

BENJUMEA: De Banu Umayya o del clan de los Omeyas, la dinastía que gobernó Al-Andalus como emires y califas y también durante la rebelión de las Alpujarras con Abén Humeya. Lograron en el siglo pasado y en éste destacar varios miembros de esta familia en la pintura, la política y la empresa, fruto de ello obtuvieron los títulos de Conde de Benjumea y Conde de Guadalhorce.

SOLIS: Apellido que recibirían Saad y Nasr, hijos del sultán de Granada Abu-l-Hassán y Soraya o Isabel de Solís, que tras la conquista de Granada fueron bautizados con los nombres de Fernando y Juan.

VENEGAS ó BENEGAS: Apellido que recibieron Yahya An-Nayyar y su familia junto al titulo de Duque de Granada, y como nombre Alonso de Granada Venegas. En 1643 su descendiente Pedro de Granada y Venegas recibió el título de Marqués de Campotéjar.

AVENA ó ABENA: Apellido documentado entre familias asentadas en Tetuán por Muhammad ibn Azzuz en 1953 que además recoge los siguientes:

ABRIL, ACTRIZ, ABARRI, ALIATAR, ABEZ, ASCALANTE, ACHUELA, AFIA, AGUILAR, GAZUL O GAZULES, ALICANTE, ALCANTARA, ALCAZARIN, ALFANGERO, ALFONSERO, ALGUACIL, ALHAJA, ALMADEN, ALMANSA y ALMEIDA.

Otros muchos apellidos de fuerte raíz castellana fueron adoptados o impuestos a los moriscos, así Abén Humeya se llamaba de cristiano Fernando de Válor, su suegro era Miguel de Rojas, su tío Hernando el Zaguer y su primo Diego López, luego Aben Aboo.

También al apadrinar los señores feudales a sus esclavos musulmanes en su bautismo solían tomar sus apellidos como es el caso del duque de Alba, y de ahí vinieron muchos De Alba actuales, por lo que determinar a priori por su apellido quién es morisco y quién no, es sumamente difícil.

José Manuel de Molina
Andalucía, 27-6-1998

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BIBLIOGRAFIA:

ACOSTA SANCHEZ, José. Andalucía. Reconstrucción de una identidad y la lucha contra el centralismo. Ed. Anagrama. Barcelona 1978.

MARTINEZ MONTAVEZ. Pedro. Al-Andalus, España, en la literatura árabe contemporánea. Ed. Arguval. Málaga 1992

MARMOL CARVAJAL, Luis. Rebelión y castigo de los moriscos. Ed. Arguval. Málaga 1991.

REVISTA LAMALIF. Número 5. Diciembre. Ed. Alqibla. Almería 1992

GONZALEZ DORIA, Fernando. Diccionario Heráldico y Nobiliario de los Reinos de España. Ed. Bitácora, S.A. San Fernando de Henares. 1987

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