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Torre de la Cautiva – ALHAMRA

Torre de La Cautiva – Alhamra

Torre situada en el camino de ronda de la muralla, fue conocida en el siglo XVI como de Torre de la Ladrona y de la Sultana. Se cambió su nombre por el de la Cautiva porque se pensaba que en ella vivió Doña Isabel de Solís, convertida al Islam con el nombre de Zoraya, favorita del rey Muley Hacén.

Se accede a la planta baja por un pasadizo que nos lleva a un patio con galerías abiertas por arcos peraltados festoneados en tres de sus lados, con impostas de mocárabes. Este patio comunica con una sala cuadrada a través de un arco doble de mocárabes, la cual presenta un artesonado del siglo XIX y unos camarines con balcones al exterior. Las inscripciones de sus paredes nos revelan su importancia defensiva dentro del conjunto, y su carácter de torre-palacio de gran belleza.

Cronología: fines del siglo XIII, aunque es renovada y adecuada para vivienda en la época de Yusuf I en la primera mitad del siglo XIV.

A destacar: Es una torre-palacio, o Qalahurra, donde se combina el carácter defensivo en su exterior con vivienda en el interior.

Ésta torre que ha recibido diferentes denominaciones a lo largo de su historia: de la Ladrona, de las Damas y de la Sultana. Desde mediados del siglo XIX se la conoce como de la Cautiva, por la leyenda literaria romántica, de que en ella estuvo prisionera Dª Isabel de Solís, que posteriormente sería sultana con el nombre de Zoraya.

La Torre de la Cautiva apenas se diferencia exteriormente del resto. Sin embargo, el interior de ésta es uno de los espacios de habitación más destacados de la Alhambra por su decoración. Se trata de una torre-palacio, o Qalahurra, cuya estructura y distribución es la misma que la de las casas y palacios del Conjunto Monumental.

Este espacio, junto con el Salón de Comares, atesora el más complejo programa decorativo de la Alhambra. Un poema inscrito en la sala, que comienza en el ángulo izquierdo de la misma, nos da la clave para entenderla:

«Esta obra ha venido a engalanar la Alhambra;

es morada para los pacíficos y los guerreros;

Calahorra que contiene un palacio

¡Dí que es una fortaleza y a la vez mansión para la alegría!

Es un palacio en el cual el esplendor está repartido

entre su techo, su suelo y sus cuatro paredes;

en el estuco y en los azulejos hay maravillas,

pero las labradas maderas de sus techos son aún más extraordinarias….».

(trad. de Mª Jesús Rubiera)

Fuente: Entradas Alhambra Granada

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TERCER POEMA EN LA TORRE DE LA CAUTIVA

TORRE DE LA CAUTIVA – ALHAMRA

Cuenta una leyenda de la Alhambra que Doña Isabel de Solís, hija del comendador Sancho Jiménez de Solís, fue hecha prisionera por los servidores de rey Muley Hacén (del que toma nombre el pico Mulhacén, en Sierra Nevada) y llevada a esta torre, en la que estuvo presa. Era tal su belleza, que el sultán se enamoró de ella convirtiéndola en su esposa principal.

La sultana Aixa, hasta entonces la primera dama de la Corte, presa de celos, enemistó al rey con su hijo Boabdil, que le arrebató el trono a su padre. La Torre de la Cautiva, toma el nombre de este acontecimiento.

«Esta obra ha venido a engalanar la Alhambra;

es morada para los pacíficos y para los guerreros;

Calahorra que contiene un palacio.

¡Di que es una fortaleza y a la vez una mansión para la alegría!

Es un palacio en el cual el esplendor está repartido

entre su techo, su suelo y sus cuatro paredes;

en el estuco y en los azulejos hay maravillas,

pero las labradas maderas de su techo aún son más extraordinarias;

fueron reunidas y su unión dio lugar a la más perfecta

construcción donde ya había la más elevada mansión;

parecen imágenes poéticas, paranomasias y trasposiciones,

los enramados e incrustaciones.

Aparece ante nosotros el rostro de Yusúf como una señal

es donde se han reunido todas las perfecciones.

Es de la gloriosa tribu de Jazray cuyas obras en pro de la religión

son como las aurora cuya luz aparece en el horizonte.»

Por El Moro Andaluz

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LA MUERTE EN EL ISLAM


La muerte, para un musulmán sincero, es el signo evidente y más rotundo de la fragilidad del ser humano. El Profeta del Islam (BP) aconsejaba reflexionar sobre lo que significa la muerte, porque nos enseña lo que somos y ante Quién existimos. Huimos de ese pensamiento porque nos asoma a abismos impensables y a terrores en los que, sin embargo, hay poderosas luces. La muerte es nuestra derrota y el triunfo de Allah, de la Verdad. Todos nuestros sueños, nuestras esperanzas, y también nuestros miedos y nuestros fantasmas son nada ante la conclusión que resulta de la meditación en la muerte. Estas certezas son las que permiten al musulmán invertir todos los valores. Son la puerta hacia otra forma de medir las cosas.

El hombre occidental, que se instala en la existencia como juez y no como parte, sólo ve males y agresiones contra él en la enfermedad, la pobreza, la desgracia, la incapacidad, la calamidad, la opresión, la desesperación y la muerte. Evidentemente, son males. Eso es obvio: nos causan daño y dolor, nos confunden y atormentan, nos dejan desarmados. Y lo hacen porque son la manifestación de nuestra debilidad ante el Poder arrollador de la Verdad Creadora que constantemente nos está diciendo que Ella es la preeminente, que está más allá de nuestros deseos e ilusiones, que escapa a nuestros juicios, que, simplemente, domina. El hombre quiere exorcizar esos males que son la prueba de su fragilidad, evitando enfrentarse con su verdad en la que está la puerta hacia Allah.

La muerte en sí es el ocaso del dios humano, el derrumbamiento de su ídolo. La vida a la que nos aferramos desesperadamente es un instante efímero. No lo remediaría el que duráramos mil años ni el que nos reencarnáramos mil veces. El tiempo mismo es nada. Ante esto, cabe el pesimismo más absoluto o bien se transforma en un trampolín hacia espacios infinitos. En realidad, la inmersión en lo que significa e implica la muerte es una clave para una liberación infinita, para una vida más allá de toda angustia. Quien, convencido de su fragilidad y la de cuanto lo rodea rompe con su propia mentira y su miseria, se asoma entonces a lo eterno porque ha salido de un circulo vicioso, de la estrechez de su mundo de in autenticidades.

La eternidad a la que nos referimos no es un tiempo sin fin, no es una esperanza, no es un alivio para quienes tienen sentimientos religiosos. Es la libertad en la que se sumerge quien ha desidolatrizado su existencia con la llave eficaz de lâ ilâha illâ llâh, no hay más verdad que Allah. Eso es al-Âjira, el Universo de Allah, que nos aguarda tras la muerte. No es un espacio mítico sino la realidad con la que se encuentra el que ha abandonado a los ídolos y se ha abierto a Allah. Es, realmente, un Jardín.

La muerte es presencia de Allah, presencia contundente, que nos arranca de nosotros. La muerte es terrible porque nos aparta de lo que amamos, de todo aquello en lo que hemos cifrado nuestro ser, corta violentamente nuestras dependencias y apegos, y nos arroja a lo indeterminado, a lo inmedible, a lo impensable, donde está la Verdad. Por ello huimos de ella, la camuflamos constantemente y lamentamos cada muerte. No podemos negar lo que sentimos, no debemos condenarlo, pero sí reflexionar. ¿Qué es lo que somos? ¿Qué tememos? En el fondo tememos a Allah, presentimos a Allah, nos da pánico esa eternidad. Él es el Irrepresentable, el Irrefutable, el Uno en el que existimos, el Poder que respalda nuestra existencia, lo que nos está velado y cuya Inmensidad asusta y apabulla.

Quienes han perdido miedo a sentir miedo ante Allah entran en el Amor a Allah. Quienes no han dudado en convertir la muerte en un tema para la reflexión y el aprendizaje han franqueado la puerta y se han asomado a lo que angustia al ser humano en sus profundidades y ahí han encontrado al Majestuoso, al Bello, y el terror se ha convertido en ellos en pasión desbordada. Han trasgredido los límites y han trastocado todo, y han convertido esta vida en Jardín. La muerte, para ellos, es un tránsito hacia la plenitud. El Profeta dijo: “Morid antes de morir”, y quienes lo han hecho han perdido el miedo a la muerte.

La vida es un don dado a la nada, y la muerte es una enseñanza profunda para conocer en ese obsequio la Inmensidad en la que existimos, ofreciendo la eternidad al ser frágil que se debate entre sueños. Puesto que es un don, el musulmán tiene, por ello mismo, la posibilidad de valorar la magnificencia de ese regalo. La reflexión en la muerte no es un rechazo a la vida, al contrario, es una enseñanza rotunda para conocer su profundidad, para que deje de ser una obsesión y se convierta en un disfrute. Y el mal que nos derrota, la enfermedad que nos agobia, la muerte que se nos anuncia, la injusticia que sufrimos, no son perversidades del Destino sino retos contra los que luchar desde una sabiduría que hunde sus raíces en una contemplación distinta de la realidad. El Islam es Yihâd, es lucha, nunca es fatalismo o pesimismo. El Islam es aspiración a la verdad, a la justicia, a la eternidad, y en esas claves el musulmán realiza su plena soberanía, su condición califal, su centralidad en la existencia.

Fuente: Musulmanes Andaluces

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