Archivo de la categoría: Mitos y Leyendas

Los Gul y los Yinn en la literatura Palestina

Agwal

Entre lo real,lo sobrenatural y lo maravilloso: Los Yinn y los Gul en la Literatura palestina de tradición oral

La Jrefiyye 1

La jrefiyye es un tipo específico de cuento perteneciente a la literatura palestina de tradición oral.

La características principales que lo definen y lo diferencian del resto de los géneros narrativos, son las siguientes:

1º) La narradora por excelencia es la mujer.
2º) Utilización de un lenguaje dialectal y coloquial.
3º) Ausencia de movimientos y gesticulación en su ejecución.
4º)La presencia en la narración de elementos y personajes sobrenaturales y maravillosos.

La jrefiyye constituye todo un mundo donde confluyen una serie de personajes maravillosos y sobrenaturales. Dos tipos son los que aparecen con más frecuencia: el gul (ogro) y el yinn (genio).

El término gul (Pl. Gilan o Agwal) viene de la raíz árabe gala-yagulu que significa: arrebatar, aniquilar, asesinar. El término gul posee una gran variedad de significados: desgracia, accidente, ogro, genio y demonio. Según fuentes antiguas, con la palabra gul se designa tanto a un ser femenino como masculino, aunque los árabes tendían y tienden a verlo como femenino. Como veremos más adelante, muchos consideran a la si’ala como el femenino de gul, sin embargo, el pueblo ha formado el femenino gula que es el más extendido y conocido en todos los cuentos de tradición oral.

En cuanto al término yinn, existen dos teorías sobre la etimología de su raíz. Una que la hace derivar de la raíz árabe yanna-yayunnu que significa: cubrir, envolver, ocultar, volverse loco, ser oscuro, tenebroso, etc. Y otra que asegura que procede del término latino “genius” 2.

Las traducciones que encontramos para el término yinn son numerosas y ambiguas, pues significa tanto genio, como trasgo, gnomo, elfo, demonio, duende y espíritu. La razón de estas traducciones tan poco precisas, es que no existen diferencias muy claras entre los numerosos seres maravillosos y sobrenaturales que existen en la imaginación popular. Tampoco son muy precisas las clasificaciones que hacen muchos sabios y filósofos árabo-musulmanes, pues, según el autor del que se trate, nos encontraremos con divisiones muy diferentes. Esto nos lleva a pensar que la única forma de definir a estos seres, es directamente a través de nuestros cuentos, en donde sí vamos a encontrar características y actitudes bien definidas, o por lo menos más clarificantes.

Tanto los gul como los yinn son personajes muy populares, conocidisimos, no sólo en Palestina, lugar de donde proceden los cuentos que servirán de base para este trabajo 3, sino en todo el mundo arabo-musulmán. Estos seres, presentes en el mundo irreal de los cuentos, forman parte de la experiencia diaria de la gente y de sus más firmes creencias.

La creencia en el gul y yinn proviene de tiempos muy antiguos. Su origen se remonta a los primeros temores del hombre ante la propia naturaleza y lo desconocido.

A pesar de tratarse de personajes tan conocidos y populares, no existe una definición clara y precisa de los mismos, y mucho menos una diferenciación entre lo que es un gul y lo que es un yinn, siendo muy común que sean confundidos entre sí, tanto entre las gentes del pueblo, los filósofos e historiadores más eruditos, como en el cuento mismo.

Según la mayoría de los autores, al gul se le considera una especie perteneciente a la familia de los yinn. Es por esa razón, que en el breve recorrido que se hará desde la época preislámica hasta nuestros días, el término yinn se mencionara la mayoría de las veces, aunque en él quede incluido el gul. En este escueto análisis, se observará cómo la creencia en los genios y ogros ha ido evolucionando, y nos encontraremos con muchas y diferentes opiniones sobre ellos.

Sin embargo, lo que más nos interesa es estudiar a estos seres en nuestro género de cuento, la jrefiyye : cómo son, cómo viven, piensan y sienten, cuál es su función dentro del cuento, cuál es su relación con los héroes y heroínas, etc. Todo ello con el fin de aclarar, situar y diferenciar a estos conocidos y, a la vez oscuros personajes.

La creencia en los Yinn desde la época pre-islámica hasta nuestros días

Época preislámica

Se sabe que la creencia en los diferentes seres sobrenaturales (yinn, shaytan, gul, ‘ifrit, etc.) comunes en la tradición árabo-musulmana, se remonta a las civilizaciones más antiguas. Según Sawqi ‘Abd al-Hakim 4, la creencia en los yinn se remonta al 4000 a.C., particularmente de unos habitantes al sur de Arabia, en el Yemen, conocidos como los Qahtaníes. Al parecer, la situación estratégica del Yemen, a caballo entre el Mar Rojo y el océano Índico, le permitió a este pueblo entrar en contacto con civilizaciones como las de la India y Persia, de las que importó todas estas creencias, que después se propagarían al resto del mundo árabe y más tarde a Europa.

Nos presenta ‘Abd al-Hakim las ideas de otros autores 5 que defienden que la creencia en los genios les llegó a los árabes de sus vecinos los iranios. Sin embargo, los descubrimientos sumerio-iraquíes, mucho más antiguos que los arios, pues se remontan a los principios del 4000 a.C., aportaron nuevas ideas sobre el origen de estas creencias. Ya entre este pueblo se creía en una shaytana 6 (diablesa) que habitaba lugares abandonados y derruidos. De esta primera idea, puede derivar la creencia, todavía presente en la actualidad, de que toda clase yinn y demonios viven en construcciones en ruinas, deshabitadas, en desiertos y sitios poco transitados.

Las tradiciones de los sumerios fueron heredadas por los acadios, pueblo semita, y babilonios, entre los que siguió desarrollándose la creencia en esta shaytana y extendiéndose a todos los pueblos posteriores hasta llegar a los árabes.

Los árabes preislámicos creían en la existencia de los yinn, que representaban las fuerzas hostiles e indómitas de la naturaleza. Se les relacionaba con los animales salvajes, y se pensaba que aparecían bajo diferentes formas animales 7. Era tal el temor y miedo que estos seres les inspiraban a los beduinos que empezaron a ofrecerles sacrificios e implorar su ayuda y protección. Sin duda, los yinn llegaron a alcanzar la condición de semidioses, y debieron existir pocas diferencias entre ellos y los primitivos dioses semíticos, salvo que éstos tenían adoradores y los yinn no. Es más, según un pasaje del Corán (VI,100) los árabes paganos asociaban a los genios como hijos o hijas, e incluso como compañeros de Dios 8.

En cuanto a los parajes por los que suelen pulular estos seres, se cuenta que los árabes preislámicos creían que después de que Dios destruyera los pueblos de Wabar, Tasm, ‘Ad, Zamud y Yadis, los genios ocuparon sus ciudades, casas, baños (hammam), ríos, pozos, etc. 9

Sin embargo, la imaginación y el miedo de los árabes preislámicos debieron ser los verdaderos condicionantes a la hora de precisar los lugares en donde habitaban los yinn: desiertos, descampados, los fondos de los ríos, los pozos, cuevas, ruinas; todos, lugares que les infundían temor, sobre todo con la caída de la tarde 10.

Los viajeros o despistados que se adentrasen en territorio de los yinn podían encontrar la muerte o sufrir incontables burlas y jugarretas por parte de genios, demonios, ogresas y ogros. Por eso, se adoptó la costumbre de invocarlos y pedir su protección al aproximarse a lugares desiertos y solitarios, diciendo: “¡Oh, dueño de este valle! Te pido protección frente a la plebe que te obedece” 11. Con ello se pensaba que obtenía el favor de los genios del lugar, para poder pasar o acampar sin peligro.

La relaciones entre los humanos y los yinn eran bastante hostiles, de ahí el miedo que los árabes sentían hacia ellos, y todas las precauciones que tomaban antes de pasar por un territorio, supuestamente poblado por los genios, procurando en todo momento no ofenderlos ni levantar su temida ira. Sin embargo, la relación que los genios tenían con poetas, magos, sacerdotes y adivinadores solía ser bastante buena. Se creía que los poetas recibían de éstos la inspiración, que al igual que magos, sacerdotes y adivinadores, tenían un vínculo muy especial con estos seres, a los que con frecuencia invocaban y hacían ofrendas.

Otro tipo de relación en la que se creía era la amorosa, y existen varias leyendas que narran amores y matrimonios entre humanos y genios. Una de las leyendas más conocidas es la que cuenta que Balquis, la reina de Saba, era hija de un humano y una yinna 12.

La llegada del Islam

La llegada del Islam supuso, por un lado, la afirmación y supervivencia de muchas creencias y prácticas pre-islámicas, y por otro, la prohibición de muchas otras. La creencia en los yinn fue una de las que lograron sobrevivir y reforzarse, sin embargo se prohibió la costumbre de ofrecerles sacrificios.

Según la concepción musulmana, se definieron como seres corpóreos creados antes que Adán (XV,27) de un fuego purísimo 13 (LV, 15/14), dotados de inteligencia, imperceptibles a nuestros sentidos y capaces de adoptar cualquier forma.

Los yinn aparecen citados en numerosos pasajes del Corán, e incluso existe una sura(LXXII) dedicada a ellos, con el nombre de “al-yinn”. En el libro sagrado se les acepta como una raza en la Tierra que vive entre los humanos y que, al igual que éstos, dan testimonio de su fe (LXXII,2) y aceptan el Islam, exhortando a los ateos para que acepten la verdadera religión y sigan el camino recto (XLVI,29,30,31).

Las relaciones que se establecen en el Corán entre los genios e Iblis (el demonio), no son nada claras. Pues en aleyas como la XVIII, 48, Iblis es considerado un yinn por haberse negado a postrarse ante Adán como los demás ángeles, mientras que en la aleya II,32, es considerado un ángel. Todo ésto ha generado una gran confusión a la hora de diferenciar a los genios de los demonios (Sayatin) y un interminable número de historias, leyendas, hipótesis e interpretaciones acerca de este tema.

A diferencia del yinn, el gul no aparece citado en el Corán. El Profeta era consciente de la creencia popular en los ogros, y aunque en un hadiz niega su existencia, los comentaristas afirman que se refiere solo a la capacidad de transformarse, puesto que existe otro hadiz en el que el Profeta Muhammad recomienda pronunciar el nombre de Dios para escapar de sus maleficios y librarse de ellos 14.

Muchos sabios y eruditos musulmanes, que creían en la existencia de estos seres, han intentado definir y determinar qué son los yinn, con el fin de aclarar la confusión existente en torno a ellos y otros personajes como demonios, ogros, duendes, etc. Sin embargo, nos encontraremos con numerosas definiciones y clasificaciones, cada una diferente de la otra, con lo que la aclaración sobre qué son los genios deja un poco que desear.

Al-Qazwini (1203-1283) los define como animales etéreos, de cuerpo transparente que pueden tomar formas diferentes. Muy parecida es la definición de ad-Damiri (1349-1405) que los considera cuerpos etéreos con posibilidad de adoptar formas diferentes, dotados de inteligencia y capaces de realizar los trabajos más duros.

Donde existen más diferencias es a la hora de la clasificación, según as-Sibli (m.1367) cuando se habla del verdadero genio se le llama yinni. Si es de los que viven con la gente, se le llama ‘amir (habitante), cuyo plural es ‘ummar. A los genios que se le aparecen a los niños se les denomina ‘arwah (espíritus). Si es malo, recibe el nombre de shaytan (demonio), cuando es un poco más malo que éste, se le llama marid (genio, demonio), pero si es peor que los anteriores y tiene mucho poder, se le dice ‘ifrit (diablo, duende).

Para Wahab Ibn Munabbih (655-729) los auténticos yinn son espíritus (‘arwah) que no comen ni beben ni duermen ni procrean. No opina igual ad-Damiri, pues para él existen algunas especies de yinn que comen, beben y se casan, como los ogros (gilan), ogresas (si’ali)demonios (qatarib) y lo mismo ocurre con los hijos de todos ellos.

Ibn al-Kazir (m.1372) dice que los genios fueron creados del fuego y son igual a los humanos, pues comen, beben y se reproducen.

Según algunos hadices atribuidos al Profeta, hay varios tipos de genios: los que son como el viento y vuelan en el aire con sus alas; los que son animales como las serpientes, los escorpiones e insectos; por último los que se comportan y actúan como humanos y tienen descendencia.

Para al-Qazwini el gul (ogro) y la si’ala (ogresa) son los demonios más conocidos, son animales muy feos, poco agraciados por la naturaleza, al vivir aislados en los desiertos se convirtieron en salvajes, así que son mitad bestias mitad humanos. Se aparecen al que viaja solo por la noche y adoptan forma humana para desviar al viajero de su camino.

Al-Yahid (m.869) considera que el gul es el nombre que se le da a los yinn que se aparecen al viajero bajo las formas y ropas más diversas, la mayoría de las veces con apariencia femenina y entonces se la denomina si’ala.

Según ad-Damiri el ogro es una clase de yinn y de šhaytan que tiene poderes mágicos y se aparece a los humanos por la noche. Y considera a la si’ala (ogresa) como la más perversa de entre los ogros que, a diferencia del gul, aparece por el día 15.

Otros sabios medievales como Ibn Sina (Avicena), Ibn Jaldún y el movimiento de la Mu’atazila 16 negaron la existencia de estos seres.

Por Montserrat Rabadán Carrascosa


Notas:

1 Este trabajo está basado en un apartado de la tesis doctoral: La jrefiyye palestina: literatura, mujer y maravilla, la cual presentado en la Universidad Autónoma de Madrid. ** Montserrat Rabadán Carrascosa, El Colegio de México, C.E.E.A., Camino al Ajusco, nº 20, México D.F. 01000.
2 El Corán, Trad. Juan Vernet, Barcelona, Planeta, 1986. p.139, n.100. Véase también: Encyclopédie de l’Islam, s.v. djin, p.560.
3 Tawaddud`Abd al-Hadi, Jararif sa`abiyya [Cuentos Populares], Bayrut, Dar Ibn Rusd, 1980.
4 Sawqi Abd-l-Hakim, Al-fulklur wa-l-‘asatir al-`arabiyya [El folclor y las leyendas árabes], Bayrut, Dar Ibn Jald_n, 1978, p. 129-146.
5 Sawqi Abd-l-Hakim, op.cit. pp.129-130
6Ibid., pp.132-133.
7 Véase: Duncan Black Macdonald, The Religious Attitude and Life in Islam, London, Darf, 1985, pp. 130-156.
8 Duncan Black Macdonald, op. cit. pp.133-134
9 Mahmud Salim al Hut, Fi-l-tariq al-mizuluyia `inda-l-`arab. Bahz mushab fi-l-mu`ataqadat wa-l-asatir al-`arabiyya qabla-lislam.[En el camino de la mitología de los árabes. Un estudio minucioso de las creencias y leyendas árabes antes del Islam], Bayrut, Dar an-Nahar li-n-nasr, 1979, p. 212.
10 Ibid., p.211.
11 El Corán, op.cit., p.636, n.6.
12 Jairat Al-Saleh, Jairat, Ciudades fabulosas, príncipes y yinn de la mitología árabe, Madrid, Anaya, 1986, pp. 50-57.
13 El Corán, op.cit., p. 139, n.100.
14 Encyclopédie de l’Islam, s.v. ghul, pp.1104-1105.
15 Sobre las definiciones de los diferentes autores, véase: Mahm_d S_lim al-H_t, op. cit., pp.208-236.
16 “Los separados”, este movimiento se dio entre los siglos VII-XI, y fueron el grupo que no tomó partido en el conflicto entre los partidarios de ‘Ali y los Mu’awiya. Defienden el libre albedrío, la unidad de Dios y la Justicia Divina. Para más información véase: Miguel Cruz Hernández; Historia del pensamiento en el mundo islámico, 2 vols., Madrid, Alianza Universidad, 1981. vol.1, pp. 89-127.


©2017-paginasarabes®

La fundación de Cartago

Según la leyenda, la gran ciudad del norte de África fue fundada por una princesa fenicia, Elisa. El viaje desde su Tiro natal evoca el gran movimiento colonizador de los fenicios a partir del siglo IX a.C.

Uno de los episodios más célebres de la literatura occidental es el de la llegada del príncipe troyano Eneas a Cartago, donde es acogido por la bella reina Elisa, también conocida como Dido. Entre largas conversaciones, banquetes y partidas de caza ambos protagonizan una historia de amor que se verá truncada por la huida intempestiva del troyano para cumplir su destino de fundar una nueva ciudad en Italia, a lo que sigue el suicidio de la reina cartaginesa. Sin embargo, el idilio entre Dido y Eneas no es la única leyenda en torno al origen de Cartago. Una antigua tradición, recogida entre otros por el cronista romano Justino, relata asimismo las circunstancias en que la propia Dido había fundado la ciudad y cómo se inmoló para asegurar su pervivencia.

Todo comenzó en Tiro, la gran ciudad-estado fenicia en la costa del actual Líbano. El rey de la ciudad, Mattan, tenía dos hijos: un varón, Pigmalión, y una mujer, Dido. Tras la muerte del padre, los hermanos se disputaron la sucesión al trono. Dido, quizá por intereses políticos y hereditarios, contrajo matrimonio con su tío paterno, Acerbas, sacerdote de Melkart, quien reunía en su entorno un enorme poder político y militar. Pero Pigmalión, por miedo a perder su posición, asesinó brutalmente a Acerbas. Durante un tiempo Dido disimuló su horror, pero sólo para preparar mejor su huida de la ciudad, llevándose consigo los inmensos tesoros de su esposo, que su hermano codiciaba.

Finalmente, la princesa y un nutrido grupo de fieles se embarcaron hacia Occidente. En su primera escala, en Chipre, la comitiva se acrecentó con nuevos colonos fenicios. Asimismo, con el beneplácito de los sacerdotes del templo de Astarté, Dido se llevó a unas ochenta mujeres jóvenes para casarlas con sus seguidores y fundar una nueva colonia –aunque, según la versión de Justino, las doncellas fueron secuestradas–. Tras escuchar un oráculo que anunciaba la fundación de una nueva ciudad, Dido y sus seguidores partieron de Chipre y prosiguieron la ruta hasta alcanzar la costa del actual Túnez.

Las tretas de Dido

Cuando los fenicios desembarcaron en una bahía junto a la que se alzaba una colina, la población indígena trató de impedir que se instalaran allí. Por ello, Dido debió pactar con Hiarbas, un reyezuelo local, al que convenció de que le vendiera el terreno que abarcase una piel de buey extendida, diciendo que era para que sus compañeros, fatigados, pudieran descansar antes de zarpar de nuevo. Pero la hermosa princesa hizo cortar la piel en finas tiras y así obtuvo la superficie suficiente como para fundar su ciudad. Parece que el nombre de Byrsa, que significa «piel de buey», con el que se conoce a la colina en la que se ubicó la acrópolis de Cartago, recuerda ese acontecimiento.

La leyenda sigue contando que el rey ingeniosamente engañado por Dido quedó prendado de su belleza e inteligencia y se propuso a toda costa tomarla como esposa. Expuso su pretensión a un grupo de notables fenicios, a los que amenazó con declararles la guerra si no convencían a la princesa. Sabedores del horror que sentía Dido por los «bárbaros» africanos, los nobles fenicios intentaron engañarla. Le dijeron que el rey Hiarbas pedía que alguien acudiera a su corte para civilizarlos, y cuando la reina les dijo que cualquiera de ellos debería estar dispuesto a cumplir esa misión aun al precio de su vida, le revelaron la verdadera pretensión de Hiarbas. Dido, entre sollozos y lamentos, les aseguró que haría lo que pedían, pero al cabo de tres meses mandó erigir una pira en las puertas de la ciudad, se subió a ella y se atravesó el pecho con un cuchillo.

Detrás de esta historia legendaria, que conocemos tan sólo por las fuentes grecorromanas, puede adivinarse una realidad histórica. Para empezar, el viaje de Dido y sus compañeros evoca el fenómeno de la colonización fenicia en el Mediterráneo. Sabemos que, desde finales del II milenio a.C., gentes de Tiro, Sidón y otras ciudades fenicias, bajo la amenaza constante del vecino Imperio asirio, surcaron el Mediterráneo en sus barcos. Los marinos fenicios adquirieron un amplio conocimiento no sólo de las técnicas de navegación, sino también de los fondeaderos y los puntos de aguada para sus flotas. Así establecieron rutas marítimas fijas y entraron en contacto con los distintos pueblos de las orillas del Mediterráneo, con los que establecían pactos. La fundación de colonias fue el último paso en este proceso.

Lo que dice la arqueología

Cartago es una de las fundaciones coloniales fenicias más antigua. Según algunos autores (como Filisto de Siracusa, Eudoxo de Cnido o Apiano), su establecimiento se remonta a la época de la guerra de Troya –datada hoy hacia 1200 a.C.–, lo que justificaría el encuentro entre Eneas y Dido. Otras fuentes, con más verosimilitud, sitúan esa fundación hacia finales del siglo IX a.C. Una inscripción del rey asirio Salmanasar III la data entre 825 y 820 a.C., e incluso alude a un rey Mattenos/Mattan de Tiro. Esta última fecha ha sido confirmada por la arqueología y por las dataciones de radiocarbono.

También hay indicios de que los colonos fenicios entraron en contacto con la población indígena del lugar. El nombre de Cartago, en fenicio Qart Hadasht, significa «ciudad nueva», un topónimo que los fenicios utilizaron para sucesivos asentamientos de similar carácter en Chipre, Cerdeña, el norte de África o en la península Ibérica, donde los propios cartagineses fundarían en el siglo III a.C. la actual Cartagena. En el caso de Cartago, el topónimo tal vez indica que a la llegada de los tirios existía un asentamiento indígena en la colina de Byrsa. Los arqueólogos han hallado en la zona agujeros de postes, propios de pequeñas cabañas típicas de un asentamiento anterior a la llegada de los fenicios. Estas cabañas, de planta oval, presentan una estructura arquitectónica simple con cimientos de mampostería y muros de adobes. Hemos de imaginar toda la ladera sur de la colina de Byrsa construida con estas cabañas de cubierta vegetal, agrupadas dejando espacios abiertos entre sí a modo de plazas, donde se intercambiarían todo tipo de productos y ganado. No en vano, en la Eneida Virgilio explica cómo Eneas, a la vista de Cartago, «admira esta obra hasta no hace mucho constituida por simples chozas».

Tal como se relatan en el mito, las negociaciones entre Dido y los indígenas de la zona, primero para comprar el terreno y luego para negociar un enlace, también pueden reflejar hechos de épocas remotas. Las relaciones coloniales solían ir acompañadas de pactos, del pago de tributos y de adquisición de terrenos. Además, Cartago no fue una colonia aislada de su entorno, sino que surgió como una cultura mestiza desde su inicio. La base cultural fenicia de la nueva colonia no impidió que los pobladores de origen africano dejaran en ella su rastro, como atestiguan las fuentes documentales. Justino describe cómo, «atraídos por la esperanza de ganancias, los habitantes de los lugares cercanos acudieron en tropel para vender sus géneros a estos nuevos huéspedes, estableciéndose junto a ellos, y su número creciente daba a la colina el aspecto de una ciudad». Las posibilidades que ofrecía el lugar eran óptimas, sobre todo para el desarrollo de la agricultura y la ganadería.

De aldea a gran metrópoli

Asimismo, la arqueología aporta información sobre la fisionomía de la Cartago arcaica. Las casas, de planta rectangular, se disponían en varias alturas y contaban con terrazas y pequeños patios interiores. Desde muy temprano se desarrolló un urbanismo organizado en torno a calles y plazas. De la primera Cartago se han localizado los restos de los puertos, algunos espacios sagrados como el tofet (santuario dedicado a los dioses Tanit y Baal donde se practicaban sacrificios humanos) y las murallas.

Gracias a su posición geográfica y a los beneficios de su actividad comercial, Cartago estableció en pocas décadas su liderazgo sobre el resto de las colonias fenicias del Mediterráneo central, al tiempo que sellaba diversos tratados político-económicos con otros Estados de la región. Todo ello, acompañado por la construcción de una potente armada, sentó las bases del denominado imperialismo cartaginés a partir del siglo V a.C., que acabaría entrando en colisión con el de Roma. En este aspecto, cabe señalar que los cartagineses rompieron con la tradición de las ciudades fenicias. Mientras que éstas se habían centrado en la fundación de colonias comerciales y no habían mostrado interés en controlar el territorio circundante, los cartagineses, siguiendo el modelo colonizador griego, pronto se propusieron extender su dominio sobre amplios territorios, de modo que la primigenia colonia se convirtió en una entidad urbana de carácter estatal.

Esta evolución fue posible gracias al tipo de sociedad mestiza que surgió en Cartago. Prácticamente desde los inicios de su historia, colonos e indígenas compartieron los mismos espacios urbanos y quizá también, transcurridas un par de generaciones, los espacios religiosos y funerarios. Es revelador, por ejemplo, que en las necrópolis de otros núcleos púnicos tunecinos, como Kerkouane, Korba o Sidi Salem, se encuentren epitafios con nombres tanto fenicios como líbicos, griegos o itálicos. Esa integración aseguró el control de Cartago sobre el territorio circundante, lo que fue clave para su posterior desarrollo. Ciudad y territorio se retroalimentaron para el bien común y todo ello fue, sin duda, reflejo del carácter abierto de unos ciudadanos que asumieron desde el origen que su principal riqueza radicaba en el mestizaje.

Para saber más:
Cartago. Una ciudad, dos leyendas. C. Wagner. Alderabán, Madrid, 2001.
Los fenicios: del monte Líbano a las columnas de Hércules. F. Prados Martínez. Marcial Pons, 2007.
El silbido del arquero. I. Vallejo Moreu. Contraseña, Zaragoza, 2015.

Con información de: National Geographic

©2017-paginasarabes®

Polvo de momias

Un grato enterramiento llega en paz, tus setenta días han sido completados.
Tutmosis II

La farmacopea europea tradicional, hasta no hace muchos años, incluía productos algo exóticos para nuestras mentes acostumbradas a las precisas fórmulas químicas de los medicamentos que utilizamos. Contaban en ese entonces con el rojo polvo de basilisco, con la espirituosa mandrágora en todas sus formas, con el raro esperma de ballena, con los ubicuos excrementos de paloma, con el milagroso bezoar y los enhiestos cuernos de unicornio. Pero por sobre ellos reinaba un remedio a todos los males, fuente de curaciones milagrosas que sólo podía competir en capacidad sanadora con las reliquias de los santos (especializadas éstas en distintas partes de la anatomía aun antes que los profesionales del arte de curar). Se trata del polvo de momia, que los egipcios llamaban Sabu, expendido en forma de moliendas a ingerir o en su variable de mortajas, que aseguraban una pronta curación de cuantas enfermedades hostigaran a la doliente humanidad.

La palabra “momia” tiene su origen en la voz persa mummia. Los árabes usaban un término semejante, mummiya, que significa betún o cera mineral, sustancia empleada profusamente en el proceso de momificación de los cuerpos. Este proceso se inició en tiempos de Osiris, cuando éste fue descuartizado por su hermano Seth, y Anubis debió embalsamarlo para su viaje al país de los muertos. Aunque estas técnicas de embalsamamiento se remontan a las primitivas dinastías, fue durante el período entre XVIII y XXI (1500 a 1000 a. C.), cuando llegaron a su mayor esplendor. La creencia de que el espíritu del muerto (Ka) retornaría a ocupar su cuerpo hacía necesario preservarlo de forma tal que éste lo pudiera reconocer al volver de la otra vida.

El proceso utilizado era el mismo con el que Anubis embalsamó a Osiris. La técnica variaba de acuerdo con la jerarquía del fallecido, pero en todos se preservaba el corazón, lugar donde, suponían, se alojaba el alma. Ni el cerebro ni los ojos se conservaban. Estos últimos eran reemplazados por cebollas coloreadas y el primero era removido íntegramente con un gancho que se introducía a través de los orificios nasales, algo que se hace en algunas operaciones actuales de neurocirugía para extirpar la hipófisis. Una poco cuidadosa técnica podía dejar narices mutiladas, como la de Tausert, la poderosa sacerdotisa del dios Amón. Removidas estas partes comenzaba el proceso de embalsamamiento propiamente dicho, que era llevado a cabo por dos grupos de especialistas: los Parischistes, encargados de remover los órganos, y los Taricheutes, saladores, que introducían los compuestos necesarios para conservar al cadáver. Utilizando un cuchillo de obsidiana se realizaba una incisión vertical de unos quince centímetros sobre el flanco izquierdo del abdomen, a través de ella se retiraban todas las vísceras —intestinos, hígado y bazo— a excepción de los riñones y la vejiga. Por la misma vía cortaban la tráquea y el esófago, removiendo todo el contenido torácico, usando un gancho especial por la misma incisión abdominal, una suerte de grosera cirugía endoscópica. El corazón era devuelto a su lugar, continuando allí su viaje por la eternidad. Este órgano era considerado el sol interior, el Ka mencionado. En él se encerraba la esperanza de una vida eterna. Pero ese corazón debía enfrentarse a la corte de la muerte, curiosa corte ésta, conformada por Anubis, con cabeza de chacal y Ammit, el comedor de muertos, una extraña mezcla de hipopótamo, león y cocodrilo. El difunto debía hacer una confesión negativa, en donde enumeraba ante los cuarenta y dos dioses los pecados que no había cometido. Quizás de esta forma ahorraban tiempo, porque su lista de faltas era más larga que los Diez Mandamientos. Entre muchos otros pecados, consideraban punible el derroche de agua y “el haber multiplicado mis palabras más allá de lo que debería haber dicho”, circunstancia que impediría a abogados y políticos acceder al Olimpo egipcio. Si el corazón era encontrado culpable, le estaba vedada la compañía de los dioses y sólo servía de almuerzo al voraz Ammit.

Las cavidades eran lavadas con agua y vino de palmera. Allí se introducían mirra, canela y otras sustancias aromáticas. Los órganos retirados eran preservados separadamente en resina, recubiertos por una delgada tela de lino, puestos dentro de una vasija canope1 con representaciones de las cuatro cabezas de los hijos de Horus: una humana, una canina, la de un gavilán y la de un chacal. Estos recipientes, a veces, volvían a ser introducidos en la cavidad abdominal. Los órganos reproductores femeninos siempre eran removidos, no así los masculinos, que eran dejados en su lugar. Solamente en el caso de Seti I y Ramsés II los mismos se preservaron en un recipiente separado, vaya uno a saber por qué desgraciado accidente pre o post mortem.

Los egipcios conocían por experiencia que la sequedad del desierto permitía la deshidratación de los cuerpos y la conservación. Así los habían preservado durante las primeras dinastías. Pero este proceso llevaba mucho tiempo. Entonces recurrieron a métodos químicos de deshidratación, utilizando el natrón (solución de carbonato de sodio con bicarbonato sódico, una mezcla extraída del lago Ued-en-natrum2, de donde deriva su nombre).

Los egiptólogos tenían dudas acerca de cómo era usado este natrón. El libro del historiador griego Herodoto, principal fuente explicativa (ya que hasta ahora sólo se encontró el Papiro de Bulaq, donde se comenta superficialmente el tema), no precisa si era usado en solución o en polvo. Hechas las experiencias, se demostró que al sumergir los cuerpos en solución de natrón la carne tendía a desprenderse. Esto explicaría por qué existen momias con una pierna y tres brazos. En caso de dejarlos sobre polvo el cuerpo se preservaba mejor, aunque disminuyendo su tamaño. Este paso demoraba exactamente setenta días. A continuación, los embalsamadores, después de lavar el cuerpo, introducían resina caliente a través del orificio por donde habían extraído el cerebro.

El interior del abdomen era rellenado con liquen, aserrín, telas impregnadas en resina y algunas cebollas, como las utilizadas en reemplazo de los ojos de Ramsés IV.

Hasta acá, la momia era una especie de suela dura y poco flexible. Lo que se hacía era semejante a la salazón de un cuero vacuno, para promover la deshidratación. Luego comenzaba el proceso de curtido. Se coagulaban las proteínas usando aceites de cedro y de comino, trementina, incienso, minerales y grasas animales.

Con la piel y el subcutáneo convertido en un cuero terso y flexible, llegaba el momento de rellenarlo y envolverlo para su largo viaje. Las cavidades se atiborraban con resina. La incisión abdominal era a veces suturada. Las mejillas se rellenaban con telas para darles un aspecto más rozagante y el cuerpo era pintado de rojo, en caso de ser hombre, y de amarillo azafrán si era mujer.

Los brazos se colocaban en distintas posiciones, de acuerdo con lo que habrían de llevar al más allá. Los monarcas, que portaban sus bastones de oro y piedras preciosas, los tenían cruzados sobre el pecho. Como muy pocos conservaron sus ricos atuendos, ni sostuvieron por mucho tiempo sus cetros (sustraídos por generaciones de ladrones de tumbas), quedaron en una pose algo ridícula. Otras momias presentan los brazos a los costados o con las manos sobre el pubis.

Completado el proceso, lo único que faltaba era envolverla en metros de lino3, cosa que llevaba casi dos semanas. Este paso se llamaba Ges y se completaba recubriendo la tela con una goma, según contaba Herodoto. En una momia se encontraron dos ratones que, probablemente ebrios por el incienso y el vino de palmera, quedaron atrapados durante el proceso de amortajamiento y se mantuvieron así por estos 3.000 años como polizones en un viaje hacia otra vida.

La riqueza del sarcófago y de la máscara mortuoria estaba en directa relación con la importancia del personaje en cuestión. Hostigados a lo largo de los siglos por ladrones de tumbas, las generaciones posteriores optaron por no redundar en despilfarros, guardándose el oro y las joyas para los vivos y dejando las maderas y las pinturas para los difuntos.

Tan viejas como la humanidad son las diferencias sociales. Todos los hombres nacen iguales (bueno, no todos) pero no todos mueren igual. Muchos egipcios no podían oblar tales ostentaciones y debían recurrir a embalsamamientos menos costosos. Aquí el acceso a la inmortalidad se hacía literalmente por la puerta trasera. Era la evisceración “per ano”. Por ese orificio introducían un líquido graso llamado enebro cade, dejándolo dentro de la cavidad abdominal, mientras el cuerpo se mantenía en natrón. Una vez retirado el tapón, a los setenta días, los contenidos abdominales disueltos escapaban por su vía natural.

Para aquellos que hoy llamaríamos pobres de solemnidad, se purgaba el cuerpo con un desinfectante vegetal, probablemente con alto contenido tánico, llamado Syrmala, y se depositaba el cuerpo en natrón para su desecación y ulterior entierro.

Como acompañantes del viaje hacia mejor vida, los egipcios solían llevar a sus mascotas: toros, perros, cocodrilos y gatos. En 1859 exploradores británicos encontraron un enterratorio con 300.000 felinos momificados. No en vano el utilitarismo de Jeremy Ben tham había nacido en Inglaterra, porque se llevaron a los rígidos felinos para ser utilizados como abono en la rubia Albión.

Hasta hace pocos años, la princesa Makare ofrecía un misterio de difícil solución. Esta joven noble, sacerdotisa y virgen (ordene usted estas virtudes según su escala de valores) había sido enterrada con la momia de una criatura. ¿Qué hacía ese niño en el sarcófago de la sacerdotisa virgen? ¿Quién era? ¿Por qué estaba con Su Majestad? ¿Un hermano? ¿O acaso el fruto de tentaciones carnales que deshonraron su existencia a punto tal de serle insoportable persistir en este mundo? Todo un enigma que la ciencia resolvió al estudiar a la criatura con rayos X. Para sorpresa de todos y alivio de la dama, era el esqueleto de un simio, mascota de la princesa virgen y sacerdotisa, que de esta forma recuperaba el buen nombre y honor digno de sus virtudes intactas.

Hacia el siglo XV Europa fue invadida por lienzos de momias egipcias que garantizaban la curación de cualquier herida o úlcera cutánea. Magnífico desinfectante, se cree que además de la poderosa sugestión de ser tratado como un faraón, un hongo crecido entre las vendas podría haber sido responsable del desarrollo de un antibiótico como el del Penicillum notatum. De allí su capacidad curativa, que los galenos medievales usaban sin saber de gérmenes ni antibióticos.

Si las telas que recubrían las momias tenían ese poder, los antiguos médicos elucubraron las posibilidades terapéuticas de las mismas momias. Se estableció entonces una interesante corriente comercial entre Egipto y las principales ciudades europeas. Las momias machacadas y disueltas en vino con miel garantizaban curaciones tan milagrosas como la ingesta de reliquias de santos católicos.

El tráfico fue tan intenso, y los requerimientos de tal magnitud, que pronto se quedaron sin momias para ofrecer. Por ende, estos precursores de los ejecutivos de laboratorios multinacionales estimaron que, después de todo, las diferencias terapéuticas entre una momia de tres mil años y otra de pocas semanas no podían ser tantas. ¿Qué mejor que hacer momias último modelo? Por pocos dracmas se conseguía un cadáver que era prontamente tratado con natrón, utilizando el método reservado para ciudadanos de segunda (léase el de la puerta trasera), procesado y secado al sol con ayuda del alquitrán, y de esta forma a las ocho semanas podían contar con una momia casi indistinguible de las de sus antecesores. Y si alguna diferencia subsistía, desaparecía prontamente al ser reducida la momia a polvo, ahorrando en embalaje y presentándose en forma ready for use.

Ambroise Paré, el célebre cirujano de la corte francesa, le desconfiaba al producto, y mucho más cuando de boca de su colega, Gilles de la Fontaine, se enteró de esta práctica engañosa. Sin embargo, su prédica no fue escuchada y este negocio, como tantos otros, llegó a su fin cuando el califa de Egipto, deseoso de compartir los réditos de sus sacrificados empresarios, recargó sus trabajos con pesados impuestos que les quitaron su merecida retribución por tan desagradable tarea. El comercio de las momias cesó, no por falta de efectividad terapéutica, sino por codicia gubernamental (¡y algunos necios sostienen que la historia no se repite!).

Cuando los franceses comenzaron a interesarse en el arte egipcio, más allá de usarlo como blanco de sus cañones (Napoleón apuntaba a la nariz de la Esfinge para calibrar sus armas) y Champolion descifró el misterio de los jeroglíficos en la Piedra Roseta, se enteraron de las terribles maldiciones que podían caer sobre aquellos que perturbasen el sueño de sus momias, advertencias destinadas a espantar a generaciones y generaciones de ladrones de tumbas. La historia se ha cansado de demostrarnos que suculentas ganancias son un estímulo poderosísimo para correr los peores riesgos.

La maldición más conocida tuvo como víctima a lord Carnavon, financiador de la expedición de Carter, que descubrió uno de los pocos recintos reales todavía intactos, la famosa tumba de Tutankamón. Dicen que no menos de 16 personas murieron en forma misteriosa después de haber tenido contacto con el faraón4. Algunos inculparon a un antiguo virus olvidado por los tratados de microbiología que retornaba después de 3.500 años de sueño egipcio a vengar el perturbado reposo del monarca.

Sin embargo, hubo una momia poco conocida, pero particularmente vengativa, responsable de la muerte de 1.522 personas. En 1912 fue embarcada hacia América, como un pasajero más del Titanic.

1 Canope: almirante egipcio que condujo a Isis y Osiris en su viaje a la India. Fue elevado a la categoría de Dios.
2 Ubicado entre El Cairo y Alejandría.
3 Se usaban entre 1.000 y 1.500 metros.
4 No así Carter, que sobrevivió varios años más.

Por Omar López Mato, fragmento del libro Despues del entierro.

©2017-paginasarabes®